Bailando con el diablo (Cazadores Oscuros 4)

Sherrilyn Kenyon

Fragmento

Bailando con el diablo

1

Aquerón Partenopaeo era un hombre con muchos secretos y poderes. Al ser el primer Cazador Oscuro creado y el líder de su especie, se había erigido hacía nueve mil años como intermediario entre su gente y Artemisa, la diosa de la caza, su creadora.

Era un trabajo que muy rara vez delegaba y un puesto que siempre había detestado. Como si de una niña malcriada se tratase, el pasatiempo favorito de Artemisa era llevarlo al límite para ver lo lejos que podía llegar antes de que él le echara la bronca.

La relación que había entre ellos era muy complicada y se basaba en el equilibrio de poder. Él era el único que poseía la habilidad de mantener a la diosa tranquila y razonable.

Al menos, la mayor parte del tiempo.

A su vez, ella era la única fuente de alimento que él necesitaba para seguir siendo humano. Compasivo. Sin ella, se convertiría en un asesino desalmado peor que los daimons que se alimentaban de los humanos.

Sin él, ella no tendría corazón ni conciencia.

Durante la noche del Mardi Gras, Aquerón había prometido pasar dos semanas de servidumbre a cambio de que la diosa liberara el alma de Talon y le permitiera dejar su servicio para pasar el resto de su vida inmortal con la mujer a la que amaba. Talon fue liberado de la caza de vampiros y demás criaturas demoníacas que pululaban por el mundo en busca de víctimas indefensas.

En ese momento Ash tenía restringido el uso de la mayoría de sus poderes mientras estuviera encerrado en el templo de Artemisa, donde dependía de los caprichos de la diosa para conseguir información acerca de la caza a la que estaba sometido Zarek.

Comprendía muy bien el sentimiento de traición que estaba sintiendo Zarek y le remordía la conciencia. Él mejor que nadie comprendía qué era sentirse solo, sobrevivir únicamente por instinto rodeado de enemigos.

Y no soportaba pensar que uno de sus hombres estuviera sintiendo eso.

—Quiero que detengas a Tánatos —dijo Ash, que estaba sentado en el suelo de mármol a los pies de Artemisa. La diosa yacía recostada en su trono color marfil, un trono que siempre le había recordado a un recargado diván. Era suntuoso y suave al tacto, el vivo ejemplo del placer hedonista.

No podía negarse que Artemisa era una amante de la comodidad.

La diosa esbozó una sonrisa lánguida mientras se ponía de espaldas. Su translúcido peplo blanco mostraba más de lo que ocultaba, y al moverse toda la mitad inferior de su cuerpo quedó descubierta ante él.

Indiferente, Aquerón buscó sus ojos.

La mirada sensual y ardiente de la diosa recorrió su cuerpo, desnudo salvo por unos ajustados pantalones de cuero. Había un brillo de satisfacción en esos ojos verdes mientras jugueteaba con un largo mechón del rubio cabello de Ash que en esos momentos cubría la mordedura que tenía en el cuello. Estaba saciada y contenta de tenerlo a su lado.

Todo lo contrario que él.

—Sigues estando débil, Aquerón —dijo en voz baja—, y no estás en posición de exigirme nada. Además, tus dos semanas conmigo no han hecho más que empezar. ¿Dónde está la sumisión que me prometiste?

Ash se levantó muy despacio para mirarla desde arriba. Colocó las manos a ambos lados de la diosa y descendió hasta que sus narices estuvieron a punto de rozarse. Ella abrió los ojos un tanto, lo justo para darle a conocer que, pese a sus palabras, sabía muy bien quién era el más poderoso, aun estando debilitado.

—Detén a tu mascota, Artie. Lo digo en serio. Ya te dije hace mucho tiempo que no había necesidad de que un Tánatos persiguiera a mis Cazadores y estoy cansado de este jueguecito. Lo quiero encerrado.

—No —replicó ella con un tono de voz casi petulante—. Zarek tiene que morir. Fin de la cantinela. En cuanto su imagen apareció en la cabecera del noticiario de la noche mientras mataba daimons, puso en peligro a todos los Cazadores Oscuros. No podemos permitirnos que las autoridades humanas sepan de su existencia. Si llegan a encontrar a Zarek…

—¿Cómo van a encontrarlo? Está encerrado en mitad de la nada gracias a tu crueldad.

—Yo no lo mandé allí, fuiste tú. Yo quería matarlo y tú te negaste. Su destierro en Alaska es cosa tuya, así que no me culpes a mí.

Ash frunció los labios.

—No pienso matar a un hombre solo porque tu familia y tú estuvierais jugando con su vida.

Deseaba otro destino para Zarek. Pero hasta el momento, ni los dioses ni Zarek habían cooperado.

A la mierda con el libre albedrío. Al final los había metido en más problemas de los que necesitaban.

La diosa lo miró con los ojos entrecerrados.

—¿Por qué te importa tanto, Aquerón? Empiezo a sentir celos de ese Cazador Oscuro y del amor que le tienes.

Ash se apartó de ella. La diosa lograba que la preocupación que sentía por uno de sus hombres pareciera obscena.

Claro que era una experta en ese aspecto.

Lo que sentía por Zarek no era más que amor fraternal. Él mejor que nadie comprendía las motivaciones del hombre. Sabía que Zarek atacaba llevado por la rabia y la frustración.

Un perro podía soportar cierto número de patadas hasta acabar resabiado.

Él mismo estaba tan cerca de ceder a la rabia que no podía culpar a Zarek por el hecho de haber sucumbido a ella siglos atrás.

A pesar de ello, no podía dejarlo morir. Al menos de esa manera y por algo de lo que no era culpable. El incidente en el callejón de Nueva Orleans donde Zarek había atacado a los policías humanos lo había organizado Dioniso con el claro objetivo de revelar a Zarek a los humanos y provocar que Artemisa ordenara la cacería del hombre.

Si Tánatos o los escuderos mataban a Zarek, este se convertiría en una Sombra sin cuerpo condenada a vagar por la tierra durante toda la eternidad. Siempre hambrienta y atormentada.

Siempre sufriendo.

Ash se encogió por dentro al recordarlo.

Incapaz de soportar la idea, se encaminó a la puerta.

—¿Adónde vas? —preguntó Artemisa.

—En busca de Temis para detener lo que has empezado.

Artemisa apareció de repente delante de él, bloqueándole el paso.

—No vas a irte a ninguna parte.

—Pues retira a tu perro.

—No.

—Perfecto. —Ash bajó la vista hasta su brazo derecho, concretamente hasta el tatuaje con forma de dragón hembra que se extendía desde el hombro a la muñeca—. Simi —ordenó—, toma forma humana.

El dragón se alzó de su piel y cambió de forma para convertirse en una niña demoníaca, que no llegaba al metro de altura. Revoloteó sin esfuerzo hacia su derecha.

En esa encarnación, sus alas eran de color azul oscuro y negro, aunque solía preferir el color borgoña. El color oscuro de sus alas, junto con el de sus ojos, le reveló a Ash lo poco que le agradaba a Simi encontrarse en el Olimpo.

Sus ojos eran blancos, con el borde de color rojo, y su largo cabello rubio flotaba a su alrededor. Tenía un par de cuernos negros más hermosos que siniestros, así como unas orejas largas y puntiagudas. Su vap

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