Nunca te olvidé (Trilogía Contrabandistas 1)

Laimie Scott

Fragmento

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1

París, 1691

La puerta de la taberna se abrió, dejando paso a un par de hombres embozados en capas oscuras. Las voces y las risas que se escuchaban por encima de aquella espesa niebla, que formaban los vapores del alcohol y del tabaco fumado en pipa, se fueron apagando cuando los clientes volvieron su atención hacia los recién llegados. Incluso el tabernero, un hombre de mirada fría, pareció recelar de los recién llegados en un principio. Los miró de soslayo al tiempo que terminaba de limpiar una jarra de barro. Aquellos dos hombres se habían convertido en el centro de atención provocando un silencio sepulcral.

—¿Qué desean? —preguntó el tabernero apoyando sus grandes manos sobre el mostrador.

—Buscamos a un hombre llamado Donaldson. Angus Donaldson —respondió uno de ellos—. Nos han dicho que para por aquí.

—Son muchos los hombres que pasan por esta taberna. Y yo no les pregunto cómo se llaman. Aunque todos ellos me los dijeran, no sería capaz de recordarlos. —El tabernero resopló y elevó sus cejas en clara señal de asombro—. Su nombre no me dice nada. ¿Tal vez irlandés? —preguntó negando con la cabeza primero para después encogerse de hombros.

—No, escocés. De la zona occidental. Ya le he dicho que nuestros informadores nos dijeron que podríamos encontrarlo aquí —insistió uno de los dos hombres extrayendo una moneda de plata de una pequeña bolsita de cuero anudada a su cintura—. Tal vez la plata os refresque vuestra memoria —le profirió con astucia arqueando su ceja derecha.

El tabernero bajó la mirada hacia la moneda, pero sin prestarle demasiada atención. Como si estuviera acostumbrado a ver muchas en su negocio

—Perdéis el tiempo amigo. Ya os he dicho que su nombre no me suena de nada. ¿Queréis que os ponga de beber algo a cambio de esa moneda? —preguntó haciendo un gesto con la mirada hacia esta.

—Entonces, ¿no os suena el nombre de Donaldson? —insistió el acompañante del primero con un rictus serio.

El tabernero giró el rostro en dirección a un rincón apartado del local. Hacia una mesa a la que estaba sentado un hombre de aspecto fiero con el pelo largo y una poblada barba de color oscuro. Sus ojillos brillaban en la penumbra, pero el tabernero vislumbró una leve señal que le hizo cambiar de opinión. Este alzó el mentón e hizo una señala en su dirección, captando la atención de los dos visitantes.

—Tal vez él haya oído hablar del hombre que buscáis. Pasa aquí todo el día hablando con la gente. Por un vaso de vino escucha lo que otros le cuentan.

Los dos recién llegados fijaron su atención en el extraño que ocultaba parte de su rostro tras la jarra de la que bebía en ese preciso instante.

—Tráenos de beber. No perdemos nada por intentarlo.

El hombre de la mesa los contempló dirigirse hacia él. Los había estado estudiando desde el mismo momento en que pusieron sus pies en la taberna. El que había preguntado por él era alto y fuerte. Tenía la mirada de un halcón. Vestía de negro de la cabeza a los pies. Pero sus ropas no parecían ser suyas, sino que eran de una talla superior. Su acompañante iba a su lado y era igual de corpulento. Se detuvieron frente a él esperando tal vez una invitación a sentarse. Viendo que esta no llegaba el extraño se dirigió a él.

—El tabernero nos ha dicho que pasáis aquí todo el día y que charláis con los clientes que entran. ¿Por casualidad habéis oído hablar de Angus Donaldson? —le preguntó el que hasta ese momento había llevado la conversación con el tabernero.

—O tal vez lo hayáis conocido en persona. ¿Del clan Donaldson que habita en las tierras cercanas a Glencoe? —le preguntó el otro hombre temiendo que no sacarían nada en claro de aquel anciano.

—¿Por qué queréis encontrarlo? ¿Y si él no quisiera que nadie lo hiciera? —el hombre habló con una voz ronca apenas perceptible.

Los dos extraños se miraron entre ellos sin comprender aquellas preguntas. ¿Daba a entender que sí lo conocía?

—¿Lo conocéis? ¿Lo habéis visto?

El hombre frunció los labios y encogió los hombros.

—Son muchos los que entran en esta taberna y me cuentan sus vidas.

—Venimos desde Escocia para encontrarlo. Pero si acaso no sabéis nada de él, decidlo y os dejaremos tranquilo —respondió con cierta gallardía en el tono de su voz.

—¿Por qué dos habitantes de las Tierras Altas de Escocia lo buscan aquí en París?

—Es necesario que regrese a su hogar.

—Creo que si me invitaran a una jarra de vino, podría contaros algo acerca de vuestro compatriota —les pidió señalando dos banquetas que había junto a la mesa—. Tal vez después de todo pueda serles de utilidad.

Durante unos segundos los dos escoceses parecieron dubitativos. Intercambiaron sendas miradas entre ellos hasta que al final accedieron a la invitación. No perdían nada con escuchar lo que aquel hombre tuviera que contarles. Podrían obtener alguna pista que les condujera hasta Angus Donaldson. El tabernero apareció con la jarra de vino y tres vasos. Lanzó una mirada al solitario cliente y este asintió para que los dejara solos.

—¿Sabéis dónde podemos encontrarlo o no? ¿Está aquí, en París? —preguntó el otro hombre con insistencia ante la parsimonia de aquel extraño hombre, que no parecía tener prisa en servirles, ni en empezar a hablar. Ni si quiera sabían por qué habían accedido a ello.

—Los seguidores leales a Jacobo en París nos dijeron que paraba en esta taberna con frecuencia...

Aquellas palabras parecieron despertar el interés del cliente. Arqueó una ceja mirando a ambos hombres con suspicacia.

—¿Sois jacobitas? —los dos asintieron ante la pregunta—. Podríais decir cualquier cosa con tal de acercaros a él.

—Lo mismo podría decir de vos. Podríais estar engañándonos con algún motivo oculto.

El cliente sonrió bajo la espesa barba mostrando una hilera de dientes blancos.

—Cierto. Solo que yo no ando buscando a ese amigo vuestro.

El escocés que hasta entonces había llevado la voz en la conversación pareció un poco cansado de aquel extraño. Apretó los dientes y sacó una bolsita de cuero de debajo de su capa que depositó encima de la mesa ante la atenta mirada del hombre. Luego la abrió y dejó caer en la palma de su mano un broche que tendió al cliente.

Este lo contempló en silencio mientras su cara cambiaba de color, su mirada se volvía más fría y su ceño se fruncía con un repentino interés.

—¿De dónde lo habéis sacado? —la voz pareció quebrarse de repente cuando su mirada se quedó fija en el objeto.

—Es el broche de Angus Donaldson, jefe del clan. Su padre nos lo entregó. Lo guarda como recuerdo desde el día que su hijo fue conducido a la prisión. Dijo que si lo encontrábamos, este lo reconocería nada más verlo.

El extraño cerró la mano sobre este y su mirada se empañó durante unos segundos. Aquel gesto no pasó desapercibido para ninguno de los dos recién llegados quienes parecieron mostrarse más tranquilos después de ver como aquel hombre apretaba el broche en su mano y su mirada se llenaba de nostalgia.

—¿Qué información que os han transmitido los jacobitas? Necesito conocerla antes de confiar en vos.

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