1
¡Oh, Torre Negra! Tu sombría quebrada
no rebosa de historia escocesa;
en otros baluartes, altivo Argyll,
tu antigua gloria se asienta soberana.
Bien poco nos queda del pasado,
según nos dispersamos por el valle,
para adornar tus estandartes,
henchidos por el viento,
¡castillo de Campbell!
«Castillo de Campbell», WILLIAM GIBSON
En las proximidades del castillo de Campbell, Clackmannanshire, junio de 1608
Elizabeth Campbell bajó el arrugado pergamino a su regazo y miró por la pequeña ventana, contemplando con pesadumbre la profunda sombra del castillo de Campbell perderse en la distancia. Daba igual cuántas veces leyera la carta, las palabras eran siempre las mismas. Su hora, al parecer, había llegado.
El carruaje avanzaba a trompicones por el accidentado camino, moviéndose a un paso fatigosamente lento. La reciente lluvia había vuelto peligrosa la calzada, de por sí irregular, que conducía a las Highlands; pero si la cosa no mejoraba, les llevaría una semana llegar al castillo de Dunoon.
Lizzie dirigió la vista al interior del carruaje, y captó la mirada furtiva de su doncella, Alys, pero la mujer se apresuró a clavar los ojos nuevamente en su labor de bordado, fingiendo una concentración que contradecía sus nefastas puntadas.
Alys estaba preocupada por ella, a pesar de que procuraba no demostrarlo.
—Ignoro cómo puedes coser con todo este bamboleo... —dijo Lizzie, con la esperanza de eludir sus preguntas.
Pero su discurso fue interrumpido de golpe cuando, como para apoyar aquella declaración, su trasero se despegó del asiento durante un prolongado instante y aterrizó de nuevo de forma tan violenta que le castañetearon los dientes, en tanto que el hombro chocaba contra la pared revestida de madera del carruaje.
—¡Ay! —se quejó, frotándose el brazo una vez fue capaz de enderezarse. Dirigió una mirada a Alys, que había sufrido un destino similar al suyo—. ¿Te encuentras bien?
—Sí, milady —respondió la doncella, acomodándose de nuevo en el mullido asiento de terciopelo—. Muy bien. Pero si los caminos no mejoran, antes de llegar nos habremos convertido en un montón de huesos rotos y de morados.
Lizzie sonrió.
—Sospecho que van a empeorar mucho. Traer el carruaje
ha sido, posiblemente, un error.
Tendrían que cambiar los caballos cuando pasaran Stirlingshire, cruzaran la frontera escocesa hacia la zona montañosa y los caminos se estrechasen o, como diría ella, se estrechasen aún más, puesto que ya eran apenas lo suficientemente anchos para permitir el paso de un carruaje en esa parte de las Lowlands.
—Al menos estamos secas —señaló Alys, siempre dispuesta a ver el lado bueno de una situación. Quizá por ese motivo Lizzie disfrutaba tanto de su compañía. Se parecían mucho en ese aspecto. Alys bajó la mano y recogió la carta que había caído al suelo con la agitación—. Se os ha caído la carta.
Resistiéndose al impulso de hacerse con ella de inmediato, Lizzie la tomó con despreocupación y se la guardó a buen recaudo en la falda.
—Gracias.
Podía sentir la curiosidad de Alys por la carta del conde, por los motivos que les llevaban al castillo de Dunoon de forma tan repentina, pero no estaba dispuesta a satisfacerla. Alys, al igual que los demás, no tardaría mucho en averiguar el contenido. No sería ningún secreto que su primo, el conde de Argyll, pretendía encontrarle un marido a Lizzie.
«Una vez más.»
Por lo visto, tres compromisos rotos no bastaban. Tenía el deber de «desposarse», y debía cumplirlo.
Se le encogió el corazón cuando el humillante recuerdo del último de sus compromisos rotos le vino inoportunamente a la cabeza. El dolor, incluso habiendo transcurrido dos años, seguía siendo intenso. Le habían llamado «Elizabeth, la Tartaja» y habían dicho de ella que estaba tan deseosa de halagos que los había recibido «con el entusiasmo de un cachorro agradecido».
La humillación todavía le escocía. Lo peor de todo era que John no se había equivocado. Había estado demasiado impaciente, demasiado dispuesta a creer que un hombre apuesto como él podría preocuparse por ella más allá de alianzas entre clanes y fortuna. Su mejor amiga había encontrado la felicidad; también ella había querido hallarla, desesperadamente. Lo bastante para ignorar lo que el instinto le decía: que bajo la apuesta apariencia moraba un hombre de carácter débil y gran ambición.
Escuchar al hombre al que había entregado el corazón hablar de un modo tan cruel de ella habría sido más que suficiente, pero entonces la situación empeoró. Infinitamente. Cerró los ojos pero no pudo desterrar los recuerdos de su tartamudez. O la caída en el charco. O las burlas. «Los pies se le enredan de igual modo que la lengua.» El eco de sus carcajadas todavía resonaba en su cabeza. Casi podía saborear las ardientes lágrimas saladas que le habían quemado en la garganta y los ojos. Había deseado meterse debajo de la cama y no salir nunca más de allí.
Solo un hombre había acudido en su auxilio. Se había sentido demasiado avergonzada para mirarle, pero recordaba la bondad, que no lástima, que traslucía su voz y la reconfortante fuerza de su callosa mano. Frunció el ceño. Qué extraño pensar que su galante caballero había sido un MacGregor.
Se había perdido en el caos que siguió a su marcha del pabellón, pero más tarde su hermano le había contado lo sucedido. Alasdair Roy MacGregor y sus hombres habían escapado delante de sus mismísimas narices y a Jamie le había disgustado enormemente. Lo que su hermano no podía comprender era por qué el proscrito se había arriesgado a ser descubierto para acudir en su ayuda. Tampoco ella lo sabía, pero siempre le estaría agradecida por su acto de bondad.
Presentía que Jamie sabía más sobre el hombre que la ayudó de lo que le había contado, pero quizá, debido a que podía percibir su interés, se lo había callado negándose a satisfacer su curiosidad acerca del galante proscrito.
Lizzie había puesto fin al compromiso con John Montgomery de inmediato, demasiado avergonzada para contar a su familia los pormenores. Pero cuando este sufrió un ataque no mucho después y quedó mutilado, perdiendo una oreja y parte del brazo con el que blandía la espada, Lizzie se preguntó si su familia había descubierto algo por su cuenta. No le había deseado ningún mal, aunque sabía que nada de lo que pudiera haber dicho habría impedido que su familia impartiera su castigo. Eran demasiado protectores con ella. Tal vez eso fuera parte del problema; los Campbell era un clan temible.
Lizzie había dejado atrás el disgusto y tratado de olvidar, pero de cuando en cuando, como en esos instantes, volvía a su memoria como si hubiera ocurrido el día anterior. Y cuando corriera la voz de que, una vez más, el conde de Argyll estaba buscando una alianza para su, tantas veces, comprometida prima, volverían a iniciarse las habladurías.
Temía la conversación con su primo, sabiendo que ya no sería capaz de mantener en secreto el alcance de su estupidez con John.
A pesar de que su primo Archie no había dicho con claridad que pretendía casarla, Lizzie leyó entre líneas la carta. Levantó el pergamino hasta la ventana de nuevo, la audaz letra en tinta negra revelaba más de lo que estaba escrito.
Mi querida prima:
Ya tenemos encima el verano. Solicito el placer de tu compañía en Dunoon tan pronto como sea posible para discutir
un asunto de suma importancia. Tal y como te dije el pasado
invierno, en agradecimiento a tu amabilidad tras el fallecimiento de la condesa el pasado año y por haberte ocupado
del pequeño Archie y de las niñas, te doto con una parcela de
tierra bastante grande.
Archibald, VII conde de Argyll
Más tierra. Qué humillante. A pesar de lo que afirmaba su primo, Lizzie sabía que la ayuda prestada tras el fallecimiento de la condesa no era el verdadero motivo del regalo. Era obvio que Archie consideraba que debía endulzar aún más la píldora para conseguir que alguien se casara con ella. No cabía duda de que solamente intentaba ayudar, pero su dote era ya una de las más cuantiosas del país; ¿no bastaba con eso?
Se encogió de hombros. Por lo visto, no.
Parte de la situación era culpa suya. «En verano», le había prometido. ¿Era posible que ya fuera junio? Cuando en Pascua su primo había abordado el tema de otro compromiso, tantos meses atrás, los días eran aún cortos y la nieve que cubría con su manto las llanuras del castillo de Inveraray seguía siendo espesa. El verano parecía quedar tan lejano... Había tenido la sensación de que disponía de tiempo de sobra para encontrar un hombre apropiado por sí misma. Tiempo de sobra para enamorarse.
Después de la parodia de su último compromiso, había jurado que se casaría únicamente por amor, algo que había creído sentir por John. Pero no había sido más que la estúpida promesa de una niña. Un juramento hecho cuando sus emociones aún estaban a flor de piel a causa de su crueldad.
Ahora, dos años más tarde, Lizzie tenía que ser pragmática. A los veintiséis años, posiblemente el amor no fuera para ella.
«Posiblemente.»
Dejó escapar un suspiro por su propia estupidez. Aun enfrentada cara a cara con la realidad, era incapaz de desterrar aquella posibilidad de la mente. Pero ya era hora de renunciar a esa fantasía en concreto. No deseaba pasar la vida sola. A la larga, ocuparse de las casas de su primo y de su hermano no sería suficiente, y por mucho que amase al pequeño Archie y a las niñas, no eran hijos suyos. Deseaba un hogar y una familia propios lo suficiente para aceptar un nuevo compromiso matrimonial concertado por su primo.
Sintió cierta desazón al pensar en la felicidad de sus amigas que hizo a un lado con celeridad. Sus dos amigas más íntimas, Meg Mackinnon y Flora MacLeod, habían tenido la gran fortuna de encontrar el amor con sus esposos. Irónicamente, Meg se había casado con el hermano de Flora, Alex. Meg tenía dos hijos pequeños y no hacía mucho que Flora acababa de dar a luz gemelos. Aunque Lizzie se sentía contenta por ellas, ello hacía que fuera plenamente consciente de todo lo que se estaba perdiendo.
Pero por mucho que deseara lo que habían encontrado sus amigas, tenía que aceptar que no podía esperar más por algo que bien podría no suceder nunca.
«No tiene importancia —se dijo a sí misma, decidida como siempre a sacar el mayor provecho a cada situación—. Yo crearé mi propia felicidad. Con o sin matrimonio concertado.» —¿Sucede algo, señora?
Sumida en sus pensamientos, no había reparado en que Alys había estado observándola de nuevo. Lizzie enarcó una ceja.
—Pensaba que estabas bordando.
Esta vez Alys no consentiría que la disuadieran. La curiosidad, al parecer, había acabado imponiéndose a la discreción.
—No dejáis de mirar la carta como si fuera una orden de ejecución.
Una sonrisa socarrona se dibujó en los labios de Lizzie. —Me temo que no se trata de nada tan dramático. —El conde estaría disgustado, pero no con ella.
—¿Os preocupa viajar con todos esos MacGregor correteando por la campiña, milady? —Alys se inclinó hacia delante y le dio una palmadita en la rodilla—. No hay nada de que preocuparse. Mi Donnan se encargará de que no nos suceda nada.
El esposo de Alys era el capitán de la guardia del conde en el castillo de Campbell, y la mujer estaba sumamente orgullosa de tan formidable guerrero.
—No, no es por el viaje —la tranquilizó Lizzie. Iban protegidas por una docena de soldados, y ni siquiera los desterrados MacGregor osarían atacar el carruaje del conde de Argyll. Además, estaban aún en las Lowlands, muy lejos de las montañas Lomond, a donde el clan proscrito supuestamente había huido tras la batalla de Glenfruin.
Aun cuando noticias de las atrocidades cometidas por los MacGregor en Glenfruin se extendían por las Highlands, a Lizzie le resultaba difícil conciliar al hombre que había acudido en su ayuda con la banda de despiadados malhechores que habían perpetrado una matanza en el campo de Glenfruin. En esto, sin embargo, estaba sola en su familia. El rey Jacobo le había encomendado a su primo llevar a los MacGregor ante la justicia por sus crímenes y durante los últimos años había hecho de ello su misión. Una misión a la cual se habían unido sus hermanos Jamie y Colin. Era solo cuestión de tiempo que los proscritos fueran todos capturados.
¿Qué sería de su guerrero? Sabiendo la respuesta, había procurado no pensar en ello.
Lizzie miró fijamente a la otra mujer, viendo la desazón reflejada en sus ojos castaños. Suspiró, consciente de que Alys estaba verdaderamente preocupada por ella.
Le habría entregado la nota, pero Alys, highlander hasta la médula, no sabía leer escocés; únicamente tenía ciertas nociones de gaélico, la lengua de las Highlands. Lizzie leyó las palabras en alto mientras el carruaje avanzaba traqueteando por un tramo de camino especialmente pedregoso. Su voz reverberaba con cada sacudida.
Cuando hubo acabado, Alys la miró ceñuda.
—¿Por qué habría de afectaros poseer más tierras?
—¿Acaso no lo entiendes? La tierra no es más que el cebo.
Mi primo pretende buscarme otro esposo.
Alys dejó escapar un bufido.
—Ya es hora, si queréis que os diga la verdad.
Habiendo sospechado que esa fuera la reacción de la doncella, Lizzie había abrigado la esperanza de eludir por completo el tema. Una sonrisa irónica apareció en sus labios.
—Tu compasión me abruma.
—Bah —dijo la mujer, indignada—. No es compasión lo
que necesitáis, milady, sino un esposo y unos pequeños. Sois
una muchacha hermosa con un corazón compasivo, y os habéis encerrado por culpa de un patán...
Lizzie la miró con dureza.
—Y todo por culpa de un presumido vanidoso —prosiguió Alys—. No sé lo que os hizo ese hombre, pero no merecía ni una sola de las lágrimas que habéis derramado por él.
Lizzie sabía que era inútil intentar que la leal doncella comprendiera. Lizzie no podía ser considerada hermosa en modo alguno, pero si trataba de explicarle eso a alguien de su familia la miraban como si no estuviera en su sano juicio.
Su familia no la veía del mismo modo que el resto de la gente. La consideraban un premio. Una mujer que cualquier hombre se enorgullecería de tener a su lado.
La amaban demasiado para considerar su tartamudez como otra cosa que no fuera un inconveniente sin importancia. Normalmente, tenían razón. Lizzie tartamudeaba solo en presencia de grupos numerosos o cuando estaba nerviosa o sentía ansiedad, y ahora casi no lo hacía. Suponía que había un motivo para estarle agradecida a John. Los dos últimos años había dedicado innumerables horas a hablar en voz baja y pausadamente, en un esfuerzo por controlar mejor su tartamudez, decidida a no volver a ser de nuevo el blanco de las burlas de nadie.
—Tal vez no —convino Lizzie, deseosa por evitar el tema. —¿De qué se trata, pues? ¿Estáis preocupada porque vuestro primo pueda comprometeros con un hombre al que no soportéis? El conde os quiere demasiado para consentir que seáis desdichada.
—Nunca me haría eso —reconoció Lizzie. Era afortunada. No solo contaba con el amor de su familia, sino que, además, la respetaban de un modo que era sumamente atípico dada la posición de la mayoría de las mujeres en los tiempos que corrían. Había sido educada por tutores junto con sus hermanos antes de que estos fueran al Tounis College, y estaba tan versada en la política de Escocia como cualquier hombre.
En efecto, no eran las elecciones de esposo de su primo las que habían originado el problema. De hecho, John Montgomery había sido elección suya. Los dos hombres que su primo le había elegido habrían sido opciones infinitamente mejores, pero circunstancias que se escapaban a su control la habían alejado de ellos.
Su primer compromiso, con James Grant, había sido concertado cuando era una niña, pero había quedado roto a causa de la traición de Duncan.
Duncan. El hermano al que había idolatrado y perdido hacía casi diez años. Señor, cuánto le añoraba. Pese a las pruebas en su contra, Lizzie jamás le había creído culpable de la traición que a los Campbell les había costado la batalla de Glenlivet y, en última instancia, la vida de su padre. Albergaba la esperanza de que algún día le viera regresar para probarlo. Así se lo había suplicado en infinidad de ocasiones en las esporádicas cartas que lograba enviarle a escondidas. La comunicación entre ambos era uno de los secretos que ocultaba a su familia. Pero se sentía tremendamente orgullosa del nombre que se había hecho en el continente después de que en su patria lo hubieran deshonrado por razones equivocadas.
Lizzie también aceptó con agrado su segundo compromiso matrimonial. Conocía a Rory MacLeod desde que era niña, y habría sido realmente difícil no sentirse, cuando menos, un poquito enamorada del apuesto jefe. Por desgracia para ella, el rey le había ordenado que se casara según el rito escocés con Isabel MacDonald y se había enamorado de su hermosa novia.
—¿Por qué estáis tan afligida, pues? —inquirió Alys—. ¿Acaso no deseáis casaros? —Dio la sensación de que la idea le era incomprensible.
—Por supuesto que lo deseo. Es solo que quiero... —A Lizzie se le enredó la lengua con las palabras, avergonzada. Parecía una tontería, sobre todo después de la decepción sufrida con John. Las mujeres de su posición se casaban por deber, no por amor. Sintiendo la reveladora ráfaga de ansiedad que originaba el tartamudeo, tomó aire profundamente, contó en silencio hasta cinco y luego se obligó a hablar pausadamente y con voz suave—. Quiero lo que tú tienes.
Alys abrió desorbitadamente los ojos al comprender. Lo más probable era que a ella o, para el caso, a la familia de Lizzie, jamás se le hubiera ocurrido que deseara algo tan extravagante y que no se contentara simplemente con hacer lo que se esperaba de ella, como siempre hacía. Cumpliría con su deber, naturalmente, pero eso no significaba que pudiera acallar por completo los deseos de su corazón.
La doncella estudió el rostro de Lizzie durante un prolongado momento antes de responder:
—Sí, yo también quiero lo mismo para vos, muchacha. Pero no tenéis de que preocuparos. El conde os buscará un buen esposo, y una vez que ese hombre llegue a conoceros, no podrá evitar amaros.
Alys dijo aquello con tal convicción que Lizzie se dio cuenta de que discutir era en vano. Le recordaba tanto a algo que podría haber dicho su madre que las lágrimas le empañaron los ojos y tuvo que volver la cara. No pasaba un solo día que no añorase a su madre. Su fallecimiento, tan solo unos meses después que el de su padre, había sido un duro golpe que Lizzie acusaba cada día.
Miró por la ventana para distraer la mente de tales recuerdos. La campiña pasaba ante ella en un vívido e impresionante despliegue de verdor. La copiosa lluvia primaveral había dado sus generosos frutos, poblando las cañadas de tupida hierba y los árboles de frondosas hojas.
La luz se iba extinguiendo a medida que transcurrían las horas y se internaban más profundamente en el bosque, arrojando sombras que danzaban por las paredes del vehículo. El carruaje aminoró la marcha y una angustiosa quietud se abatió sobre ellas. Daba la sensación de que estuvieran siendo engullidas. Como si de una esponja se tratase, el enramado de árboles se adueñó de todo, absorbiendo el sonido y la luz. Los dedos de Lizzie rodearon de forma inconsciente la empuñadura del pequeño puñal que llevaba sujeto al costado, dando gracias para sus adentros a sus hermanos por haber insistido en que aprendiera a utilizarlo.
El carruaje dio una fuerte sacudida hacia un lado, arrojando a Lizzie del asiento una vez más. Pero en esa ocasión el vehículo no se enderezó por sí mismo y se detuvieron bruscamente.
Algo no iba bien. Todo estaba demasiado silencioso. Igual que la calma que precede a la tormenta.
Se le aceleró el pulso, se le erizó el vello y la temperatura pareció descender al tiempo que el frío le calaba los huesos.
El carruaje había quedado inclinado de modo que ambas mujeres habían ido a parar contra la puerta de la derecha. Les resultó un tanto laborioso conseguir levantarse.
—¿Os encontráis bien, milady? —preguntó Alys, tendiéndole la mano. Por el estridente y acelerado tono de voz de la doncella, Lizzie supo que también ella estaba intranquila—. Debe de haberse atascado una rueda...
Un primitivo grito desgarró los tupidos árboles, haciendo que un espeluznante escalofrío descendiera por la espalda de Lizzie. Su mirada voló hacia la de Alys con muda comprensión. ¡Por Dios bendito, estaban siendo atacados!
Podía escuchar fuera las voces de los soldados de su primo gritando órdenes a diestro y siniestro y, seguidamente, oyó un nombre tan claro como el día: ¡Los MacGregor!
Lizzie no daba crédito. «Los proscritos deben de estar locos para arriesgarse a...»
Se le heló la sangre.
«... O muy desesperados; no tienen nada que perder.»
El temor comenzó a extenderse por su nuca. Primero como si se tratase del roce de un aliento; más tarde como un gélido puño de hierro. Luchó para aplacar el frenético latido de su corazón, pero este continuó acelerando el ritmo.
Un disparo. Luego otro.
—¡Donnan! —gritó Alys, abalanzándose hacia la manija
de la puerta.
—¡No! —Lizzie la detuvo. El imprudente acto de la doncella la arrancó de pronto del estado de conmoción—. No le pasará nada —dijo con algo más de dulzura, sabiendo que debía tranquilizar el creciente pánico de la mujer—. Si sales, solo conseguirás distraerle. Tenemos que quedarnos dentro, donde puedan protegernos.
Alys asintió; el temor por su esposo le había privado temporalmente del habla.
El corazón de Lizzie estaba con ella; era incapaz de imaginar lo duro que debía de ser para Alys quedarse de brazos cruzados, sin hacer nada, mientras que, fuera, el hombre al que amaba estaba en peligro.
—Todo va a salir bien —dijo, tanto para calmar a Alys como a sí misma.
«Ojalá Jamie estuviera aquí.» Los soldados de Argyll estaban muy bien adiestrados, pero los MacGregor eran célebres por su destreza en la batalla. Incluso su primo había contratado a los guerreros proscritos de cuando en cuando, antes de que las relaciones entre los clanes se hubieran roto. Pero nadie podía derrotar a su hermano. Era el guerrero más temido de las Highlands.
Ambas mujeres arrimaron la cara a la ventanita, esforzándose por ver lo que acontecía, pero el humo de los disparos de mosquete era denso, y la refriega parecía tener lugar delante del carruaje, más allá de su campo de visión.
El ruido era ensordecedor, pero lo peor de todo era imaginar, tratar de asociar los ruidos con lo que podría estar ocurriendo. Por desgracia, el sonido de la muerte era inconfundible. Las envolvió como un sudario dentro del pequeño carruaje, cerniéndose sobre ellas hasta que el aire se volvió sofocante e irrespirable.
Alys comenzó a sollozar suavemente. Lizzie le tomó las manos e, incapaz de hallar las palabras apropiadas, tatareó una canción para tranquilizarla. La música obró su magia y la madura mujer comenzó a relajarse.
—Oh, milady. Aun en pleno caos tenéis la voz de un ángel —dijo Alys, con los ojos llenos de lágrimas. Las finas arrugas que los rodeaban se hicieron más marcadas.
Lizzie, a quien siempre le había parecido irónico que la muchacha tartamuda hubiera recibido el don de la canción, acertó a esbozar una débil sonrisa. Mientras cantaba, su voz, milagrosamente, en ningún momento temblaba.
Rodeó a Alys con el brazo y se acurrucaron juntas, escuchando y rezando.
Lizzie jamás había estado tan aterrorizada. Tenía la sensación de que cada terminación nerviosa y cada fibra de su ser estaban del todo centradas en lo que estaba ocurriendo. Pero, curiosamente, nunca se había sentido más viva que en ese momento de extremo peligro.
Pero ¿por cuánto tiempo seguiría siendo así?
El tirador de la puerta se movió y Lizzie se estremeció. Un rostro amenazador apareció en la ventana, y el corazón le dio un vuelco, estrellándose contra su pecho, y luego cesó de latir.
Alys profirió un grito. Lizzie deseó imitarla, pero a pesar de que su boca estaba abierta, ningún sonido escapó de ella. No podía respirar; solamente era capaz de mirar fijamente la cara en el cristal. Y al hombre salvaje. Llevaba el cabello largo y desaliñado, sus rasgos quedaban ocultos bajo la mugre y el vello que le cubría la cara. Todo salvo los ojos, que la contemplaban con puro odio. Era igual que mirar el semblante de un animal feroz. Un lobo. Una bestia.
Por primera vez le vino a la cabeza lo que esos hombres podrían hacerles si las capturaban. La idea de que ese hombre la tocase... La bilis le subió a la garganta. Antes de consentir aquello se degollaría a sí misma.
La puerta comenzó a abrirse. Lizzie agarró el tirador desde su lado y tiró con ímpetu, imbuida de pronto de una inesperada descarga de fuerza mientras se enzarzaba en una batalla que estaba segura de perder.
—¡Ayúdame! —le gritó a Alys.
Pero antes de que la doncella pudiera disponerse siquiera a hacerlo, se escuchó otro disparo, y el hombre se tambaleó y quedó petrificado en un estado de aturdimiento momentáneo. Abrió los ojos como platos, luego un poco más, justo antes de que su cara golpeara violentamente contra el cristal con un horrible crujido. Cuando el peso muerto de su cuerpo tiró de él, su nariz y su boca resbalaron lentamente por el cristal, alargando sus rasgos en una espantosa máscara mortuoria.
Los músculos que había mantenido en tensión se relajaron. Su respiración era laboriosa y acelerada cuando el aire una vez más trató de entrar en sus pulmones. La amenaza inmediata había pasado, pero Lizzie sabía que distaba mucho de haber terminado.
El corazón continuaba desbocado, si bien su mente estaba extrañamente despejada, centrada en una única cosa: mantenerse con vida.
Que un atacante fuera capaz de acercarse tanto a ellas no presagiaba nada bueno para sus soldados. Miró de nuevo por la ventana, tratando de no pensar en los hombres muertos tendidos justo debajo de ellas, y sopesó las opciones. Solo tenía dos: no moverse de allí o intentar esconderse.
El carruaje, que había parecido un lugar seguro unos minutos antes, ahora parecía un ataúd a la espera de que lo metieran en el hoyo. El riesgo merecía la pena. Se volvió hacia Alys.
—Tenemos que irnos.
—Pero ¿adónde?
—Nos esconderemos en el bosque hasta que todo haya
acabado.
Alys asintió, demasiado conmocionada para hacer alguna objeción. Ambas tenían claro que aun sin la deferencia del rango, Lizzie había tomado el mando.
—¿Estás preparada?
La mujer asintió en silencio.
Lizzie era consciente de que Alys pendía de un hilo muy fino, dispuesta a sufrir un ataque de pánico de un momento a otro.
—Quédate junto a mí y sígueme. —Hizo una pausa—. Y hagas lo que hagas, no mires atrás. —Los ojos de Alys estaban anegados de lágrimas de comprensión—. Prométemelo —le pidió con mayor firmeza, tomándola por los hombros y zarandeándola suavemente.
—Lo prometo.
—Bien.
Inspirando profundamente, bajó el tirador y empujó la puerta. Cuando se hubo abierto lo suficiente, asomó la cabeza para echar un vistazo en derredor. El efluvio acre a pólvora y al inconfundible olor metálico de la sangre fue lo que le asaltó primero. Le llenó las fosas nasales y se le quedó adherido a la garganta. Tosió, cubriéndose la boca y la nariz con la mano para contener las ganas de vomitar.
Pese a que deseaba seguir el consejo que le había dado a Alys, sabía que tenía que mirar.
Se armó de valor, pero no fue suficiente para prepararla para el horror de lo que vio. El suelo del bosque estaba cubierto de muertos, desparramados en posiciones extrañas. Los vientres desgarrados, agujeros en el pecho, ojos de mirada vacía. Sangre. «Demasiada sangre.»
El horror la habría paralizado de haberse permitido mirar sus caras, pues algunos eran hombres a los que conocía. En vez de eso, apartó la mirada de los muertos con gran esfuerzo y la dirigió hacia los vivos. A los hombres que continuaban enzarzados en el combate.
La situación era la que temía. El número de enemigos era mayor que el de los Campbell. El ataque sorpresa había funcionado, diezmando inmediatamente a los soldados y proporcionando la ventaja al clan fugitivo. Contó solamente un puñado de Campbell y casi dos veces esa cantidad de MacGregor, a quienes era fácil identificar por sus ropas escocesas y aspecto de bárbaros. A diferencia del jubón y las calzas que vestían los hombres de su primo, los proscritos iban ataviados con camisolas y sucios tartanes deshilachados, sujetos con cinturones a la cintura. Llevaban el cabello y la barba largos y desaliñados. Solo unos pocos contaban con la protección añadida de un gambesón, y ninguno porta
