Pasión prohibida

Penelope Williamson

Fragmento

Capítulo 1

1

Bristol, Rhode Island

Abril de 1890

Emma Tremayne sentía sus miradas como bofetadas en la piel desnuda. Era tan tímida que solo que la miraran era un tormento, a pesar de que ya debería estar acostumbrada. Después de todo, era una Tremayne, una de los indomables, perversos y escandalosamente ricos Tremayne. Y era hermosa, o eso le habían dicho toda su vida.

Nunca le había gustado participar en los actos sociales, pero sabía cuál era su deber y, por lo general, se esforzaba al máximo en hacer lo que debía. Había acudido a la última cacería del zorro de la temporada porque era una tradición entre la Gente Importante de Bristol y los Tremayne tendían a cuidar especialmente las tradiciones de la Gente Importante.

—Ahora eres nuestra última esperanza —le había recordado su madre aquella misma mañana.

Así que había ido, por su madre y por la familia. Por eso y porque le gustaba la caza. Bueno, no exactamente la caza; lo que le gustaba era cabalgar: galopar a rienda suelta cruzando los campos labrados, a través de la hierba y los bosques de abedules y pinos; saltar por encima de los muros de piedra y los setos cubiertos de zarzamoras, lanzándose de cabeza hacia ese instante en el tiempo en que el caballo dejaba de tocar el suelo y ella se sentía tan libre como si careciera de peso.

Sin embargo, en aquel momento, aguantaba erguida y firme en la galería de la granja de su primo. Miraba, con los ojos muy abiertos, los inquietos caballos y los perros que gemían, la chaqueta roja del Cazador Mayor, los pantalones de montar, todos de color beige, los trajes negros y los sombreros de copa de seda negra. Conocía a aquella gente de toda la vida, pero se sentía reacia a salir al patio y reunirse con ellos. Sin embargo, cuando pensaba en la desenfrenada cabalgada que la esperaba, sentía que la inundaba una oleada de placer, descarado y embriagador.

Vio a los hermanos Alcott en un extremo del patio, cerca de la verja, montando un par de bayos castrados iguales. Había olvidado lo mucho que se parecían los dos hermanos, con aquellas narices largas y estrechas y las caras largas y estrechas, coronadas por sendas matas de pelo castaño claro.

Geoffrey montaba en su caballo con soltura, pero muy erguido, elegante con su bombín negro y su corbatín blanco pulcramente anudado. Stuart estaba sentado de cualquier manera en la silla, con un aspecto a la vez gallardo y decadente. Pero Stu siempre había sido así. Llevaba fuera de casa siete años y se alegró tanto de verlo que se imaginó recogiéndose las faldas y corriendo escaleras abajo hasta el patio, gritando su nombre. Siete años atrás quizá lo habría hecho, incluso con todo el mundo mirando, pero ahora no sería apropiado.

No, nunca habría hecho una cosa así, ni siquiera de niña. La Emma Tremayne de sus fantasías siempre era mucho más valiente y atrevida que la de verdad.

Geoffrey levantó la mano, saludándola, y ella sonrió, aunque no respondió al saludo. Geoffrey Alcott, a quien había visto el miércoles anterior y de quien todo el mundo, por lo menos todo Bristol, pensaba que era su pretendiente. El hombre con quien se casaría, salvo que él todavía no se había decidido a pedírselo.

Habían bailado juntos, dos veces, en el baile de Navidad y a medianoche la había cogido del brazo y habían salido al balcón, para ver las estrellas, según dijo él. Cuando ella puso la mano en la baranda, él la cubrió con la suya y ella creyó notar el calor de la palma a través de la seda de sus guantes de baile. El aliento les envolvía la cara como si fuera un velo y se miraban el uno al otro, no a las estrellas. Pensaba que se lo pediría entonces, pero no lo hizo. Más tarde, no consiguió decidir si se sentía decepcionada o aliviada.

Ahora Geoffrey la miraba con los labios apretados y se preguntó qué había hecho aquella mañana para merecerse aquel ceño fruncido.

Se recogió la pesada y larga falda negra de kersey* de su traje de montar, para evitar que arrastrara, y bajó al patio. Un hombre vestido con un chaquetón negro de marinero y un sombrero flexible le trajo el caballo. El sombrero le ocultaba la cara, sombreándola, pero no importaba porque, en realidad, no lo miró. Ni siquiera cuando aceptó que la impulsara al lomo de su nerviosa yegua ruana.

Rodeó con la pierna la perilla de la silla y se colocó bien la falda. La piel de la silla estaba fría y resbaladiza. La yegua corcoveó y resopló, sacudiendo la cabeza y fue entonces cuando el hombre alargó la mano y cogió el tobillo de Emma.

Sus dedos apretaron con fuerza la suave piel de la bota. La inundó una sensación de extrañeza y algo que casi la impedía respirar, algo muy cercano al pánico. Se puso rígida, emitiendo una exclamación que era mitad grito, mitad jadeo.

—Lleva la cincha suelta —dijo él—. Y por muy soberbia dama que sea, señorita, si alguna alma amable como yo no la ciñe bien, me apuesto el culo a que se dará de narices contra la primera valla.

Aquellas rudas palabras la asombraron menos que la aspereza de la voz. Tenía una cadencia irlandesa, pero era bronca y rasposa, apenas más que un susurro. Amenazadora, de alguna manera.

Ya le había soltado el tobillo para levantar el faldón de la silla y ajustar las correas de la cincha. Sus manos eran grandes y cuadradas y estaban estropeadas.

Se quedó mirando la parte superior del sombrero y la forma en que el pelo le colgaba largo y desigual por encima del cuello de la chaqueta. Él levantó, despacio, la cabeza. Todavía durante un momento, el ala del sombrero siguió ocultándole la cara y, luego, Emma se encontró con la mirada de un par de extraordinarios ojos verdes.

La cara hacía juego con las manos. Una cicatriz blanca, fina como el filo de una navaja, que salía del ojo derecho, le atravesaba la mejilla. Tenía la nariz torcida, ligeramente inclinada hacia la izquierda. También tenía otra cicatriz en el cuello, un grueso verdugón purpúreo.

Estuvo a punto de decir «Lo siento», y luego se dio cuenta de que habría sonado estúpido, porque no había nada que sentir. Si alguien debía lamentar algo, era él, por tocarla sin su permiso. Y por hablarle, acusándola de pensar que era «una soberbia dama».

Pero él ya había dado media vuelta y se alejaba.

Pensó que caminaba con aire arrogante y sintió una triste envidia de su confianza. Aquel hombre moreno, con su rudo aspecto irlandés. Fue directamente hasta su primo Aloysius, quien como Cazador Mayor, aguardaba, montado en su caballo, en medio de la jauría de perros, que gruñían y ladraban y saltaban unos encima de los otros, excitados, pero que se aquietaron en cuanto el hombre se metió entre ellos. Como si su mera presencia impusiera la obediencia.

Después de eso, no dejó de ser consciente de su presencia. Los hermanos Alcott se acercaron hasta ella y consiguió sonr

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