El despertar de una dama (Familia Blackshear 1)

Cecilia Grant

Fragmento

1

En diez meses de matrimonio no había deseado jamás el fallecimiento de su marido. Tampoco le habría alegrado semejante acontecimiento, ni por un momento. Ni siquiera en ese momento. Eso no habría sido digno de ella.

Martha se enderezó en su asiento y se alisó los negros faldones. En ocasiones, las conductas respondían más a los principios que a los sentimientos, sin lugar a dudas. Sin embargo, en los principios se podía confiar. Los principios equilibraban a las personas; a decir verdad, a ella le levantaban el ánimo en instantes como ese en que los sentimientos eran un terreno pantanoso en el que podía llegar a hundirse.

Terminó de alisar sus ropas, entrelazó las manos y las apoyó en el mantel.

—Bien —dijo, rompiendo el silencio de su soleada sala de estar—. No me cabe duda alguna de que esta es una visita con fines legales.

El señor Keene realizó una discreta reverencia desde el lugar que ocupaba a un extremo de la mesa, lo cual permitió que ella vislumbrara la calva de su coronilla. Él no cruzó mirada alguna con la dama, como ya había hecho desde el momento en que empezara a leer. Se oía el susurro de los papeles que tenía delante mientras los escudriñaba, además de hacer otra serie de arreglos sin ningún fin en particular. Resultaba exasperante.

Al otro extremo de la mesa, su hermano permanecía sentado en hermético silencio, moviendo la mandíbula como si estuviera tragando un bocado de dimensiones descomunales. Sería por su mal genio. Debía decirse en su favor que siempre intentaba controlarlo.

—Habla, Andrew. —Ella sabía muy bien lo que tendría que decir—. Si no hablas, acabarás haciéndote daño.

—Le habría hecho daño a Russell si hubiera conocido sus intenciones. ¡Mil libras! —Escupió esa suma como si se tratase de un bocado de avena en mal estado—. Mil, ¡y en un principio eran diez mil! ¿Qué clase de hombre especula con el acuerdo prematrimonial de su esposa?

Al parecer, un hombre ebrio sí lo haría. Por dar solo un ejemplo. Ella inspiró para tomar fuerzas.

—No es que me vaya a quedar en la miseria. Tendré la pensión de viudedad.

—Pero no te corresponderá la vivienda, pese a ser viuda, y será solo una décima parte de lo que aportaste al contraer matrimonio. Te juro que me gustaría saber cómo se le ocurrió —dijo, lanzándole una clara indirecta al señor Keene.

—Yo, personalmente, no le habría aconsejado la inversión —fue la respuesta inmediata del leguleyo mientras seguía trajinando con los papeles—. Aunque al señor Russell le gustaban ese tipo de riesgos. El testamento de la primera señora Russell era similar: su parte del capital se invertiría en propiedades privadas, y todo lo demás se dispuso para destinarlo a un posible heredero.

Un heredero, claro. Si existía un hombre en la tierra más deseoso de tener un heredero que su difunto esposo, ella habría pagado por verlo.

Bueno, no. En realidad no tenía ningunas ganas de ver a un hombre así. Separó las manos y acarició el mantel con las puntas de los dedos. Qué hermoso tejido. Lino de Bélgica, que ya no era suyo.

—Me gustaría que mis propios abogados revisaran tu acuerdo prematrimonial. Yo no habría apostado jamás por esta clase de inversión. —Más avena en mal estado—. Los empleados de nuestro padre fueron unos verdaderos ineptos. Tendría que haberme encargado de ello personalmente.

—¿Cómo te las habrías arreglado?

Martha no tenía ni tiempo ni paciencia para esa clase de tonterías. Ojalá hubiera hecho esto; habría hecho esto otro; tendría que haber hecho aquello de más allá. No eran más que callejones sin salida que la conducían directamente hacia el pantano de los sentimientos y a ningún otro lugar.

—Tenías las manos ocupadas con la documentación sobre las propiedades de nuestro padre —añadió—. Esa época fue difícil para todos nosotros. Lo hecho hecho está. No es necesario decir nada más al respecto.

Andrew se mordió la lengua en ese instante, pero sus ojos —grandes, vidriosos, oscuros como un poso de café— brillaron ante sus contundentes opiniones. Ella apartó la mirada, desviando el gesto con gran formalidad. Resultaba del todo indecoroso permitir que cualquier reacción aflorase en su rostro. Del todo indisciplinado. Aunque ella tenía esos mismos ojos, hacía tiempo que los había educado para mantener una mirada estática, de esfinge. En realidad no le suponía un gran esfuerzo.

—Entonces ¿cuándo la echarán de su hogar? —preguntó su hermano a punto de llegar al límite de su paciencia—. ¿Cuándo espera tomar posesión de la vivienda ese otro señor Russell? Por supuesto, vendrás a vivir con Lucy y conmigo —añadió dirigiéndose a ella, sin esperar la respuesta de su letrado—. Cuando llegues al campo incluso podrás recuperar el que fuera tu cuarto.

Y vivir de nuevo como una niña dependiente, cuando ya había cumplido veintiún años. Una carga para su hermano y para la esposa de este. Algo se le removió en lo más hondo de sus entrañas: pequeños fragmentos de rebelión, revoloteando sin rumbo, tan desorientados como la basura en un vendaval.

El señor Keene inclinó la cabeza como si volviera a enseñar a la dama su calvicie.

—En estos casos, no solemos proceder hasta que la viuda nos garantiza que no hay posibilidad alguna de que exista un descendiente.

Bien, pues no existía esa posibilidad. Su cuerpo había despejado esa duda hacía días y le había comunicado la noticia por el procedimiento habitual. A pesar de los vigorosos esfuerzos del difunto señor Russell, tanto con ella como, supuestamente, con su primera esposa, jamás había tenido retoños. Ni los tendría jamás.

¿Debía confesarlo ella en ese momento? La rebelión le hizo morderse la lengua. Si sembraba cierta duda sobre la cuestión, conseguiría quedarse allí un par de semanas más. Tal vez, incluso un mes.

Claro está que si fuera una auténtica rebelde... De hecho, había oído historias sobre lo que en ocasiones hacían algunas viudas desesperadas sin hijos. Historias escabrosas, difíciles de creer. ¿Qué mujer podría llegar a estar tan desesperada? Seguramente no era más que un mito, un bulo que corría entre algunos hombres que deseaban que fuera cierto.

Martha levantó la barbilla.
—Se lo haré saber cuando tenga una respuesta a esa pregunta.

Al menos así podría encargarse del servicio. El señor James Russell y su señora llegarían con sus propios sirvientes, lo cual supondría reducir la plantilla del servicio doméstico en Seton Park. Ella invertiría el tiempo que fuera necesario para conseguir recolocarlos.

Andrew permaneció en silencio, moviéndose inquieto en la silla, durante los minutos que el señor Keene se tomó para recoger sus papeles y dedicar a los presentes unos comentarios corteses, y cuando el letrado por fin fue acompañado a la salida, se levantó del asiento con vehemencia.

—Por el amor de Dios, hermana, ¿es que jamás piensas defenderte? —Caminó dando grandes zancadas hacia el otro extremo de la mesa—. No es justa la forma en que han gestionado este asunto por ti. ¿Acaso soy el único que tiene los arrestos de decirlo?

Un frialdad que a Martha le resultaba familiar le afloró en el pecho y se filtró hacia el exterior.

—No lo entiendo como una cuestión de arrestos. —Midió cada una de sus palabras, sílaba a sílaba, y entrelazó las manos, una vez más, sobre la mesa—. Puedo hablar de injusticia, supongo, y permitirme alguna demostración de indignación, pero nada de eso cambiaría la realidad de mi actual situación, ¿no es así? —El tono de su voz iba perdiendo volumen minuto a minuto, como una masa de repostería bajo el rodillo más implacable.

—No, ahora no lo cambiaría. —El caballero hizo un gesto de impaciencia con la mano—. Pero todo este asunto podría haberse evitado. Por mi vida que jamás entenderé por qué contrajiste matrimonio con ese hombre. ¿Por qué iba a querer una muchacha casarse con un viudo que le doblaba la edad, si ella...?

—Tenía treinta nueve años. No es que estuviera precisamente decrépito. Y no, no espero que llegues siquiera a entenderlo.

¿Cómo iba a entenderlo un primogénito? Jamás debería enfrentarse al supuesto de una existencia como mantenido. Jamás tendría que tomar las decisiones en las que no tenían cabida los modos ingenuos de una niña. Se limitaría a compadecerla, metiendo el dedo en la llaga, y a preguntarse el porqué de sus equivocadas decisiones.

¡Como si la única explicación de un matrimonio fuera el amor correspondido! ¡Como si la humanidad no hubiera avanzado durante miles de generaciones gracias a uniones de otra clase; gracias a respetables alianzas entre personas que valoraban otras cosas por encima de la pasión desenfrenada!

Martha había desenlazado las manos sin darse cuenta y estaba resiguiendo con dos dedos, una y otra vez, un pequeño orificio del mantel calado. Contuvo el gesto. Volvió a entrelazar con firmeza los dedos. Permaneció sentada en silencio.

Su hermano inspiró con exagerada sonoridad.

—Lo siento, Martha.

Ella percibió un cambio en su voz, aunque no apartó la vista del mantel.

Andrew rodeó la mesa para colocarse tras el asiento de su hermana. Le posó una mano en el hombro. Ella levantó la barbilla y miró fijamente a la pared, donde las peonías recorrían su camino con sus coloridos trazos en blanco y rojo.

—Siento haberte ofendido. —Se mostró muy inseguro en su intento de encontrar la forma adecuada de consolar a su terca hermana pequeña—. Siento que hayas sufrido esta desgracia, y siento no haber estado presente para ayudarte. Pero te ayudaré ahora, si me lo permites. Te espera un buen hogar junto a Lucy y junto a mí.

Las peonías del papel de las paredes cabrillearon por un instante y amenazaron con difuminarse. Bien podría haber vuelto a ser en ese momento una niña de siete años y él el joven de dieciocho, con esa misma mano sobre el hombro de su hermana, tan incómodo como un pavo sobre un palo en el que se posaran las palomas. Ya habían hecho eso mismo antes, aunque, en esa ocasión, habían estado sentados el uno junto al otro, apoyados en la pared de piedra, donde él por fin la había encontrado, y las titubeantes palabras de consuelo tenían todas algo que ver con el cielo y con el alma de su madre.

Yo también lo siento, se dijo Martha. Ojalá aceptase tu oferta. No sé por qué, pero no puedo aceptarla.

Tragó saliva y habló con un hilillo de voz.
—Has sido muy amable al venir. Sin duda me has resultado de gran ayuda. Estos últimos días habrían sido mucho más difíciles de no haber estado tú aquí. Te escribiré cuando... Te escribiré.

Eso suponía sumergir un solo dedo del pie en los pantanos del sentimiento y volver a sacarlo a toda velocidad.

Su hermano se marchó a Londres. Martha se despidió con la mano hasta que el carruaje abandonó el camino que conducía a la casa y tomó la carretera. Entonces dejó caer la mano y echó a andar. Se alejó de su hogar, hacia el sur, en dirección a las altivas montañas. El sol de agosto se mostraba impío con una mujer que vestía de luto de los pies a la cabeza, sobre todo en el caso de una dama que cubría distancias a buen ritmo Martha apretó el paso.

No tardó en empezar a ascender y notó que su paso se ralentizaba a medida que iba remontando la montaña más alta. De algún punto de los alrededores alcanzó a oír el diálogo de las ovejas, lastimero e irascible por momentos. También el ladrido de un perro, y la voz de un hombre que daba lacónicas órdenes. Tras doblar un recodo del camino se topó con ambos: se trataba de uno de sus arrendatarios, ocupado en el adiestramiento de un perro pastor nuevo, al que hacía dar vueltas y más vueltas alrededor de tres ovejas contrariadas. El señor Farris la vio de refilón y se quitó la gorra, y ella se vio obligada a detenerse para darle conversación.

Martha no tuvo más remedio que cantar las alabanzas de ese perro pastor. Y las cantó todas mientras el arrendatario jugueteaba con su gorra entre sus gruesos dedos y asentía con expresión de sabio.

—Mi Jane me ha dicho que le pregunte, si es que me lo permite, si podemos esperar que usted siga viviendo aquí —añadió una vez terminados todos esos halagos.

—Me temo que eso es poco probable. —Era algo más que poco probable. Pero la repuesta que diera a sus arrendatarios debía coincidir con la que había dado al señor Keene.

—Muchas personas lamentarán oír eso. —Silbó, y el perro cambió de dirección, dándole un giro a su posición de semiacuclillado—. Jane me ha dicho que gracias a usted tenemos techo bajo el que dormir.

—Bueno, sobre todo se debe a la generosidad del señor Russell. —Inclinó la cabeza y se sacudió una mota de polvo de la manga.

—El primer señor Russell no se interesó nunca por mejorar nada. Ni él tampoco, hasta que llegó usted. Eso dice Jane. Asegura que todo es gracias a usted.

—La buena opinión que tiene de mí me honra. —Se sacudió otra mota de polvo e irguió la cabeza—. ¿Ella se encuentra bien? ¿Y los niños?

—Sí, sí señora, están todos bien. —Hizo un gesto con la mano y el perro volvió a cambiar de dirección—. Ben y Adam tienen muchas ganas de que se abra la escuela.

—¿La escuela? —Sintió una oleada de bienestar que recorrió todo su cuerpo y que borró de un plumazo las decepciones de la mañana. Elevó el tono de voz hasta alcanzar una curiosa octava—. Sus hijos no estaban en la lista del señor Atkins, al menos la última vez que hablé con él. ¿Al final asistirán a clase?

—Para empezar, solo tres días de cada cinco. También irá mi hija pequeña. Los chicos de Everett me echarán una mano, y los míos lo ayudarán a él, y ya nos las apañaremos con todo lo demás.

—¿Quiere decir que los hijos de Everett también irán a la escuela? —Volvió a bajar el tono de voz hasta hablar con un timbre que no espantase a las ovejas.

—Sí, sí, tres de cada cinco días. A lo mejor, unos pocos más en invierno.

—Me alegra mucho oírlo. Está haciendo a sus hijos un gran favor al escolarizarlos.

—Bueno, ellos ya son listos. —Se encogió de hombros y volvió a quitarse la gorra—. Si a eso le suma la educación, seguro que podrán escoger su propio camino.

En esas palabras, Martha reconoció al menos uno de los argumentos que el señor Atkins había utilizado para convencerla de las bondades de la nueva escuela, y no pudo reprimir una sonrisa. Había hecho algo bueno en Seton Park, a pesar de haber estado allí poco tiempo. Había sido útil. Cuando el malestar amenazase con apoderarse de ella, pensaría en los tejados nuevos para las casas y en su colaboración para la realización del proyecto que el coadjutor ansiaba desde hacía tanto tiempo: abrir una escuela para los arrendatarios de la propiedad.

También la ayudaría recordar sus propias aportaciones a ese plan con objeto de mejorarlo.

—¿Qué hay de sus hijas, Laura y Adelaide? Irán a la catequesis de los domingos, espero.

—Eso no se lo puedo asegurar. —Ladeó la cabeza y se frotó la mandíbula con la base de la mano—. Las necesitaremos en casa mucho más cuando sus hermanos vayan a la escuela.

—Por supuesto. —Había escuchado esa desalentadora respuesta en más de una ocasión—. Aun así, es solo una hora de clase, una vez a la semana. Tal vez, con el tiempo, descubrirá que puede arreglárselas sin ellas.

—A lo mejor. Ahora mismo tengo a Laura aprendiendo más sobre este trabajo. —El señor Farris hizo un gesto de cabeza señalando al perro—. Tiene mano para esto, ¿sabe? Se le da bien mandar a las bestias.

—Bueno, desde luego, las dotes de mando son una habilidad admirable.

Además de la educación. Una chica con aquel talento merecía tener una educación, una educación que fuera más allá de la lectura y el cálculo, con los que empezaba y terminaba la escolarización para las mujeres. Al día siguiente hablaría con el señor Atkins. Debían ponerse más firmes con aquellos padres y, teniendo en cuenta que ella permanecería allí poco tiempo, debería encargarse de ello el señor Atkins.

Hasta dos semanas atrás, y todos los domingos de su vida de casada, se había sentado junto al señor Russell en la primera fila de bancos de la derecha de la nave de la iglesia de San Esteban. Esa mañana se situó en la tercera fila de la izquierda, un gesto que solo ella podía interpretar. Esos bancos en primera fila eran para los propietarios de Seton Park. Martha no volvería a sentarse allí jamás.

Se veían las cosas muy distintas desde la tercera fila. Se veía el hueco por el que se colaba la luz del sol a través de la ventana ojival del muro este, para ir a proyectarse en el suelo de baldosas, por ejemplo. Se podía estudiar de cerca las nucas de los feligreses. Desde la primera fila no se habría enterado de qué vecinos se frotaban bien detrás de las orejas y quiénes no lo hacían.

Además, desde la primera fila jamás habría podido ver al desconocido. Podría haberlo oído, llegando a todo correr por el pasillo hasta un lugar libre, aunque los demás feligreses permanecían en un silencio sepulcral durante la entrada del coadjutor por la puerta de la sacristía. Sin embargo, qué duda cabe, jamás se habría vuelto para echar un vistazo al personaje alto y de elegante vestimenta que se sentó dejándose caer en el banco que quedaba justo al otro lado del pasillo.

Tampoco se volvió en ese momento. Las personas que llegaban tarde a misa no merecían ser objeto de atención, actitud que deberían haber adoptado los feligreses próximos al sujeto en cuestión, que sí le lanzaron miradas furtivas. La visión soslayada que Martha percibió del personaje mientras agarraba un misal y pasaba con enérgico gesto sus hojas fue más que suficiente, y la viuda desdeñó su presencia de plano en cuanto empezó la misa.

El señor Atkins pronunciaba sermones fervorosos y sinceros, tal vez algo más largos de lo que los feligreses, en secreto, pudieran desear, aunque siempre contenían un mensaje valioso como conclusión. Para el texto de ese día había escogido la historia de María y Marta, las hermanas que disentían respecto a la forma correcta de recibir la visita del Salvador en sus hogares: un versículo en extremo desconcertante, pues refrendaba, al parecer, el incumplimiento del deber. No obstante, Martha inclinó la cabeza y esperó a escuchar el argumento de peso: la conclusión.

La risilla reprendida de un niño distrajo su atención durante unos minutos. El pequeño del banco de delante estaba estirando el cuello para ver algo por encima de su hombro. Martha siguió la mirada del pequeño y vio la silueta del desconocido, profundamente dormido y escorado unos grados a la izquierda.

¿Acaso no sabía qué significaba dar ejemplo? La viuda lanzó una fugaz mirada reprobatoria al niño, que se volvió a toda prisa hacia delante. A continuación dirigió su mirada de desaprobación hacia la silueta tambaleante que estaba sentada al otro lado del pasillo.

El hombre dormía sin ningún reparo; le colgaba la cabeza del tal manera que Martha pudo contemplar toda su cabellera: formaba ondas y tenía el tono claro del boj recién cortado. Sin embargo no logró distinguir qué rasgos faciales enmarcaba. La forma en que el individuo tenía doblado el cuello dejó esa parte a su imaginación, aunque ella no tenía precisamente ganas de andar imaginándoselo.

La postura adoptada por el sujeto daba señales de su indolencia. Tenía las piernas largas, dobladas como las de un saltamontes con objeto de encajarlas en el hueco que quedaba entre su banco y el de enfrente. Había posado las manos totalmente laxas, sobre el misal que tenía en el regazo, todavía abierto por el lugar que estaba consultando mientras estaba despierto. Sin duda alguna, era uno de esos hombres que acudían a la iglesia con el propósito esencial de que todo el mundo pudiera oír cómo cantaba.

Por otra parte, la torturó con algo más: un ronquido. Un ruido grave y sutil como el zumbido de algún insecto lejano, aunque se trataba, sin lugar a dudas, de un ronquido. Luego se oyó otro, exactamente igual que el primero.

En fin... Pero, en realidad, ¿para qué se molestaba en asistir a misa? Martha volvió a mirar al frente. El señor James Russell y su señora ya tendrían el placer de tratar con aquel individuo. Asuntos más importantes requerían toda la atención de la dama. Por ejemplo, el sermón. O el estado en que se encontraba su misal, impregnado de hedor a humedad invernal incluso en aquel día estival. Todos los misales de San Esteban tenían aquel olor, y el que ella sostenía entre sus manos lucía además, entre sus páginas, el agravio estético de las manchas negras y las hojas pegadas casi por completo por el exceso de humedad. Era una pena que jamás hubiera llegado a convencer al señor Russell para que sustituyera...

Se le puso la piel de gallina. Alguien estaba mirándola. Alguien situado a su derecha. Con un rápido movimiento levantó la barbilla, se volvió y se topó con unos ojos de color azul oscuro; como el azul oscuro de algún mar lejano. Era el desconocido, que acababa de despertar. Tenía la cabeza erguida casi del todo y su rostro quedaba a la vista.

Sin embargo, el sueño había deformado ligeramente sus rasgos. Tenía una arruga en una mejilla, justo donde la había apoyado sobre un hombro. Un rizo le caía con cierta inclinación sobre la frente. Bajo todo aquel desaliño se ocultaban unos pómulos aristocráticos, unos labios carnosos y rojizos y unas pestañas que Martha habría visto desde seis bancos más atrás.

Él no paraba de pestañear. Entonces, la mitad inferior de su rostro se tornó sonrisa, una sonrisa amplia dirigida a todos los feligreses, como si la hubiera visto desde el otro extremo de un salón de baile y estuviera deseando que se la presentaran.

No. Era algo peor que eso. Martha se volvió a toda prisa, la sangre empezaba a teñirle las mejillas. Las mujeres que se despertaban en su cama veían esa sonrisa. Como adormecido por efecto de la embriaguez. Un tanto sorprendido de verla. Dispuesto a más, en cuanto ella quisiera complacerlo.

Martha dejó el misal y cruzó los brazos, para evitar, en lo posible, que él la viera. La corriente que soplaba sobre su cuello desnudo se le antojó, de pronto, una caricia indeseada. A pesar de que era agosto, lamentó no haberse puesto el chal.

Volvió a sentir que la piel se le ponía de gallina un par de veces más, aunque siguió con la vista clavada al frente, incluso cuando acabó la misa y los bancos de su alrededor quedaron vacíos. Fue la última en cruzar las puertas de la iglesia, la última en estrechar la mano del coadjutor y agradecerle su edificante sermón.

De cerca, tal vez incluso más que cuando se encontraba en el púlpito, el señor Atkins tenía el aspecto de un clérigo como Dios manda. Su austera complexión daba un toque adicional de dignidad a su sencillo hábito negro y las tonalidades de su rostro eran tales que podrían haberlo retratado con la simple ayuda de una hoja en blanco y un carboncillo: ojos azabache, pelo azabache y gruesas cejas negras cuya curva natural, inclinada, confería una mirada melancólica a su tez pálida y angulosa.

—Opino que es un buen versículo —dijo en respuesta al cumplido que le había hecho Martha, y esbozó una sonrisa ligeramente burlona—, aunque, quizá, para una próxima ocasión, debo escoger pasajes más animados; lo digo por el señor Mirkwood. Si se duerme durante mi sermón sobre David y Goliat, supongo que el único culpable seré yo.

—¿Vive en nuestra comunidad?

Por encima del hombro del señor Atkins, Martha podía divisar al desconocido, que se encontraba casi a medio kilómetro de distancia, en el sendero que conducía al camino principal.

—No sé cómo se llama ni me suena haberlo visto antes —añadió.

El hombre avanzaba con paso ligero y tan tranquilo, con las manos metidas en los bolsillos de su abrigo.

—Son dueños de la propiedad que se encuentra al este de Seton Park, aunque rara vez los vemos por el lugar. Mientras usted ha estado por aquí, no los he visto ni por asomo. El único que nos ha visitado es el joven señor Mirkwood. Pero ya llevo demasiado rato hablando y no le he preguntado cómo se encuentra. —El coadjutor cambió de tono de voz—. No esperaba verla tan pronto por aquí.

De haber levantado la vista en ese momento, Martha se habría encontrado con una mirada amable. Una mirada que invitaba a las confidencias, confidencias respetables de principio a fin, como las que solían compartir los feligreses con su pastor.

—Me va bastante bien. —Se puso la mano a modo de visera en la frente mientras observaba la silueta del señor Mirkwood, que cada vez se alejaba más—. Gracias por preguntar. ¿Puedo ayudarle a recoger?

—Desde luego que sí.

En ese sentido, el coadjutor también fue amable: entendió sus reticencias a la hora de responder y correspondió con elegante respeto.

De regreso al interior de la iglesia, el señor Atkins empezó a ordenar los papeles del atril mientras ella recogía los misales de los bancos. Al señor Russell no le parecía adecuado que la señora de Seton Park realizase aquellas tareas. Sin embargo, ahora Martha actuaba siguiendo el dictado de sus deseos.

Recogió el misal que había usado el señor Mirkwood y sujetó todos los que ya había reunido juntando los brazos.

—Debo confesar que tenía un motivo oculto al ayudarle. —Con los pies clavados en el suelo, se quedó mirando al púlpito—. Esperaba poder hablar de la escuela.

El clérigo dejó las manos quietas durante unos segundos. —Ah, sí. Lo suponía. —Dejó a un lado los papeles y levantó la barbilla—. Venga a sentarse. —Con una mano señaló el primer banco al tiempo que descendía del púlpito. Luego se apoyó en el banco del otro lado del pasillo, con los brazos cruzados—. Supongo que el señor Keene visitó ayer su casa.

—Así fue. —Martha depositó el montón de misales sobre su regazo—. Creo que hay muchas probabilidades de que la propiedad pase a manos del hermano del señor Russell, James. Seguramente me iré dentro de un par de semanas.

—¿No hay ninguna posibilidad de que usted la herede? —Inclinó el torso hacia ella.

—Una posibilidad muy pequeña. —Aquello se estaba complicando. Las mentiras tenían las patas muy cortas—. La cuestión debería quedar resuelta antes de que termine el mes.

—Ah. —El clérigo comprendió la indirecta y se ruborizó, y entonces adquirió un repentino interés por el suelo.

—En cualquier caso, nos enfrentamos a la realidad de mi partida. —La frase le dio alas para continuar. No había tiempo para dejarse llevar por la vergüenza—. Y, teniendo esto en cuenta, me gustaría recomendar un par de actuaciones referentes a la escuela.

—Sí, por supuesto. —El coadjutor asintió en silencio, con la mirada todavía gacha, como si esperara una respuesta trascendental.

—No habíamos calculado que pudieran matricularse en la clase las jóvenes del lugar. Pero tengo una idea. —Y, por sorprendente que pareciera, era bastante buena—. Si usted señalase a esas familias los versículos de las Escrituras en los que se apoya la formación académica de la mujer, en mi opinión, tomarían en consideración sus palabras; de lo contrario, no lo harán.

La mirada del religioso se había elevado ligeramente para encontrarse con la de Martha, y sus cejas, caídas por naturaleza, se fueron arqueando, por lo que ella habló con mayor premura.

—Piense, por ejemplo, en el sermón de hoy. Jesucristo ordenó a esas hermanas que abandonasen sus obligaciones femeninas, para aprender de Él lo que aprendían los demás discípulos, ¿verdad? Si en su siguiente visita a la casa de los Farri

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