Solo podría amarte a ti

Sandra Bree

Fragmento

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Nueva York, 1880

Max Kerrick cerró la puerta del despacho con un golpe seco. Con pasos largos llegó hasta el escritorio que estaba en el centro de la sala y observó la correspondencia amontonada. Todo estaba en riguroso orden, tal y como le gustaba.

Los rayos de sol penetraban en la estancia a través de los visillos blancos. La ventana estaba abierta y la tela se hinchaba con la brisa matinal refrescando el cuarto. Con manos temblorosas cogió el fajo de sobres buscando uno en especial. No le debería ser difícil dar con él ya que lo había estado ojeando hacía un par de horas. Sin embargo, no lo veía. A punto de llamar a su empleada apareció la carta.

Con un lánguido suspiro rodeó la mesa, se sentó en la silla y se preparó a responder la misiva.

No estaba contento en absoluto con lo que iba hacer, pero ya no tenía más opción. Después de darle muchas vueltas había llegado la hora de dar una lección a su nieta.

—¡Esta niña del diablo! —masculló entre dientes soltando la pluma por unos segundos. Se frotó la sien apaciguando el dolor de cabeza.

Últimamente pensar en Valentine le provocaba molestias. ¡Ella no podía hacer lo que se le antojara! No lograba entender cómo había cambiado tan de repente. Siempre había sido una niña buena y dulce, y de la noche a la mañana se había vuelto una respondona y una desobediente. Estaba seguro de que la culpa era de ese hombre, de Trevor. Desde que él apareció en Nueva York todo se había vuelto patas arriba. De ser una familia intachable habían pasado a ser la comidilla de todos los chismes de las reuniones, tanto sociales como políticas. Y Max había luchado mucho en su vida para mantener esa posición que había transitado de generación en generación, como para ahora permitirse el lujo de que su nombre fuese arrastrado por los suelos.

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Capítulo 1

Texas (El Paso)

Era uno de esos días cálidos de junio en que los rayos de sol se filtraban en la estancia donde Jane Wingate había ubicado el nuevo despacho de su hermano mayor, Wolf. En ese momento él aporreó la pared con el puño haciendo que uno de los cuadros cayese hecho añicos al suelo de piedra. Estaba enfadado, y no era para menos. Llevaba soñando con el rancho de Max Kerrick durante toda su vida, y de mil maneras diferentes había estudiado el modo de hacerse con él, de restaurar la propiedad y darle unos usos que ahora no tenía.

El rancho llevaba mucho tiempo abandonado de la mano de Dios. Él se había puesto en contacto con el dueño en varias ocasiones y había llegado a ofrecer más de lo que en sí valía. Sin embargo, Max Kerrick había rechazado todas sus ofertas. Pero ahora… ahora se la cedía mediante un contrato matrimonial. Lo malo de todo es que él no deseaba casarse. No era contrario a los esponsales, pero definitivamente odiaba que alguien quisiera imponérselo.

Wolf Wingate era el mayor de cuatro hermanos y el responsable de sacar adelante a su familia.

Su padre, Leonardo, era un borracho al que se lo podía encontrar más fácilmente en la cantina que en cualquier otro sitio. Más de una vez habían tenido que recogerlo a altas horas de la madrugada en un estado de total embriaguez.

Petter, el menor de todos, tenía doce años y era el único que parecía interesado en seguir sus pasos. Era responsable y le gustaba estudiar y aprender. Luego estaban Jane y Julian, que eran mellizos. Tan parecidos y tan dispares a un tiempo.

Julian estudiaba en Inglaterra, o al menos fingía que lo hacía, ya que tenía que haber concluido su carrera hacía más de un año, puede que dos, y todavía no parecía acercarse el día en que terminase. Pocas veces acudía a la casa familiar si no era por alguna ocasión especial o por falta de dinero. Y Jane, sin embargo, se creía dueña absoluta de la residencia. Organizaba fiestas y reuniones redecorando continuamente las habitaciones y haciendo lo que le venía en gana. La última había sido dejarse embarazar negándose a decir quién era el padre. Wolf intuía que se trataba de un hombre casado al que ella quería proteger. El caso es que esa última disputa con ella lo había impulsado a acelerar su prisa por independizarse. Deseaba tener su propia casa y su propia vida sin la necesidad de sentirse avergonzado a cada momento por lo que hiciese su familia. Pero de ahí a casarse tan rápido existía un abismo.

Posiblemente por genes maternos, su mente era ágil y despierta, eso lo había llevado a ejecutar varios negocios con bastante éxito. Había invertido mucho dinero en reses triplicando los beneficios. Con su duro esfuerzo y trabajo había podido mantener el nivel de vida al que siempre habían estado acostumbrados. Es decir, antes de que Leonardo se diera al alcohol y al juego y comenzara a despilfarrar como si el dinero creciese en lo alto de los árboles. Si Wolf ahora era un ganadero de renombre, creador de su propio imperio, no era gracias a nadie más que a sí mismo.

Wolf poseía tierras en Boston, era socio mayoritario de un club de hípica en Nueva York, y tenía una hacienda en México llamada como su difunta madre: «La bella Helena».

Cerró los ojos y la visión del rancho Kerrick se apareció ante él como un espejismo. Los altos muros exteriores de piedra gris, ahora semiderruidos y derrumbados por multitud de sitios; la casa agrietada de bellas líneas antiguas que alojaba toda clase de plantas y enredaderas creciendo de forma silvestre; el amplio terreno que lo circundaba, ideal para el pasto del ganado… La imagen desapareció de su mente tan rápido como había llegado.

La entrada de su amigo Richard en la cámara atrajo su atención.

—He escuchado el golpe y creo que no he llegado en buen momento, ¿me equivoco? —comentó, observando la habitación hasta que sus ojos oscuros se posaron en los restos del cuadro—. ¡Vaya, yo también actuaría así si me hermana me hubiese puesto el despacho de esta manera! ¿No es un diván demasiado femenino? Quizá si fuese en otro color en vez de ese rosa brillante sería otra cosa.

Wolf no se había fijado en eso y al hacerlo frunció más el ceño. ¿Cómo diablos se le había ocurrido a Jane poner ese mueble allí? Recorrió con la vista el resto del despacho. El diván no era lo único desagradable, también lo eran el delicado servicio de té que decoraba una estantería acristalada y la cenefa celeste que partía las paredes en dos. Tener una charla con su hermana iba a ser lo siguiente en hacer. De momento se limitó agitar la carta que tenía en su mano.

Sus ojos grises de mirada intensa y peligrosa le dijeron a Richard que Wolf no se hallaba así por la decoración del estudio.

—¿Qué pasa? ¿Te ha llegado la contestación de Kerrick?

Wolf afirmó.

—Esta vez no me da una negativa directa, sino que me hace una contraoferta.

—¡Pero eso son estupendas noticias! —exclamó, jubiloso.

—No lo son. —Wolf le hizo una señal para que se sentase en el diván, pero Richard prefirió el banco

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