Una cura para el alma

Mariam Orazal

Fragmento

Prólogo

Prólogo

Londres, 25 de julio de 1865

El maldito ratón no quería entrar en la madriguera. Ni las caricias en el lomo ni los murmullos cariñosos servían para convencerlo. A pesar de que había creado un hogar confortable en aquel hueco del establo, el nuevo inquilino no estaba por la labor de ser salvado; se revolvía y chillaba de forma audible, con lo que ponía a ambos en riesgo de ser descubiertos. Y eso era una desgracia de proporciones épicas, porque si su padre se enteraba de que había vuelto a coger uno de aquellos adorables bichitos de la calle, ya no habría más helados de fresa.

Nunca. Jamás. Ni en un millón de años.

Paige sabía que las personas no vivían un millón de años y que, por tanto, el buen doctor Clearington exageraba en sus amenazas; sin embargo, aunque desconocía cuán longeva podía llegar a ser ella, la posibilidad de quedarse sin helado resultaba lo bastante alarmante como para justificar el «furtiveo».

Se agazapó entre los dos montones de paja donde había construido su cabaña ratonesca al oír los pasos arrastrados del señor Marshal. A él tampoco le gustaba que se dedicara a llevar roedores a su cochera; sobre todo desde aquella vez que se le escapó François, y el estúpido caballo de su tío se encabritó al verlo rondar por allí. Todos sus ratones tenían nombres franceses, porque a Paige le parecían más cantarines que los ingleses y porque papá decía que, «desde que murió el maldito Napoleón», le caían bien los franchutes.

Papá decía mucho eso de «maldito», pero regañaba a Paige cada vez que pronunciaba alguna de esas palabras grandilocuentes. Ella solo las decía porque admiraba el modo en que su padre hacía las cosas, incluidos sus parlamentos sobre la «maldita» gente en general. Si no fuera porque después se ponía triste al explicarle que necesitaba una madre, seguiría diciéndolas. Pero no le gustaba ver al buen doctor apenado.

Los pasos se acercaron y el corazón de la niña se puso a latir desaforado mientras apretaba a Gaspard, su nuevo amigo, contra el pecho. El ratón se revolvía entre sus dedos, y Paige temía que en algún momento se escurriría entre ellos y la delataría. Nunca volvería a valorar tanto el helado de fresa como en aquel momento.

Sin embargo, una voz lejana detuvo el caminar del señor Marshal, quien, mascullando otras de esas palabras que Paige no debía pronunciar, se volvió hacia la puerta del establo y salió.

Paige infló el pecho de aire y respiró aliviada, sin poder evitar la sonrisa: se había librado por los pelos.

El helado estaba a salvo, pero no podía seguir arriesgándose de tal modo. Debía de haber una manera de conservar a sus pequeños amigos los pocos días que tardaban en hacerse grandes. A Paige le gustaban los ratoncitos bebés que se perdían por las callejuelas, pero cuando crecían se volvían un poco antipáticos, así que los soltaba.

Tenía que haber un lugar mejor que el establo para esconderlos, dado que, cuando no era un caballo el que se espantaba, eran el viejo señor Marshal o el ama de llaves, la señora Marshal, o papá quienes relataban por sus continuos rescates.

De momento, podía guardarlo en su habitación, pues nadie entraría allí hasta, al menos, la mañana siguiente. Eso le daba tiempo para buscar otro escondrijo. Pero para llegar a su dormitorio sin pasar por el vestíbulo tendría que entrar por la cocina. Mala cosa. Allí sería difícil pasar desapercibida.

Se acercó hasta la puerta y escudriñó a través del cristal. Sí, la señora Marshal estaba con sus faenas. Paige protestó mentalmente.

—Tendremos que esperar aquí un rato, Gaspard —le explicó a su amigo grisáceo, que la miraba con aquellos ojitos tan redondos y brillantes. Se había quedado más tranquilo tras el revuelo del establo, aunque Paige no aflojaba la celda de sus manos por si tenía en mente una escapada.

Le produjo un alivio tremendo la visión de su tío Horace montado a lomos de su zaino, Talentoso —aunque de talentoso no tenía nada—, en dirección al establo.

Tal y como esperaba, él se convirtió en un motivo de distracción para todos en la casa. Entró por la puerta principal y, a los pocos minutos, él y el padre de Paige pidieron el té, con lo que la cocina quedó vacía.

Paige cruzó con mucho sigilo hasta la puerta del pasillo de servicio y caminó con tiento por el vestíbulo hacia la escalera —apoyando primero el talón de sus zapatillas y luego la punta, como le había enseñado papá—. Sin embargo, cedió a la tentación de acercarse a la biblioteca en cuanto oyó hablar a los dos hombres acaloradamente. A decir verdad, era su tío Horace quien parecía más alterado.

—El forense estaba tan contrariado que hizo acudir a todos los miembros del claustro para certificar la muerte —contaba Horace Clearington.

—No puedes estar en lo cierto. —El escepticismo de su padre era muy notable.

—Te digo que vengo de la sala de autopsias y lo he visto con mis propios ojos. Yo tampoco daba crédito cuando leí el informe del doctor Gilligan. Uno no recibe todos los días un mensaje de su superior para corroborar el género de un cadáver. Imagínate mi desazón al tener que explicarle el motivo de mi visita al ujier, pero cuando llegué había otra media docena de doctores allí. Todos para certificar lo mismo.

—Pero eso es imposible. No puedo imaginar de qué modo podría ocultar algo así durante... toda su vida. Debe de ser un error —insistió Arthur Clearington.

Ese fue el momento en el que Paige escuchó la frase que, sin saberlo entonces, iba a marcar su destino. Y no fue porque una convicción radiante se prendiera en su mente o en su alma en ese preciso instante, no. En realidad, lo único que comprendió de forma instantánea fue que, a pesar de ser una niña y no un niño, ella podría seguir los pasos de papá, que era lo que deseaba por encima de todas las cosas.

La idea anidó en un rincón de su cerebro, donde consiguió el abrigo necesario para germinar y convertirse en un fuerte anhelo que fue articulando a lo largo de toda su vida. Lo que Paige Clearington escuchó esa tarde de boca de su tío Horace fue lo siguiente:

—Arthur, te juro por la vida de mi hijo que el doctor James Barry era una mujer.

Capítulo 1

1

Hyde Park, Londres, octubre de 1890

Una diminuta partícula de polvo flotaba unas pulgadas por delante de su nariz, suspendida, sin que la gravedad pudiera hacer nada contra ella, e iluminada por un haz de luz, como esas motitas que solo son visibles dentro de una cabaña de madera cuando los rayos del sol se cuelan por las ranuras que quedan entre los tablones. Sin embargo, estaban al aire libre, y las que filtraban el sol de aquel mes de octubre eran las copas de los árboles que los rodeaban, tan altos y frondosos que tenían el poder de cubrir de sombras el inmenso parque por el que paseaban.

La sinfonía de ocres, verdes, rojos y amarillos del otoño que pintaba esas copas formaba una pintoresca escena, como si deambularan por una acuarela.

Un tenue aroma a lluvia se distinguía en la mezcolanza de olores que iban y venían, arrastrados por la brisa, como iban y venían los sonidos de las conversaciones o el regocijo de los niños jugando al aro. Uno de esos querubines, que se asemejaba tanto a las pinturas de Joshua Reynolds que podía parecer irreal, había perdido el control del suyo y rodaba ladera abajo, tan pegado al aro y a tanta velocidad que la escena solo podía acabar en un tropezón. Habría un chichón, alguna rozadura y probablemente un mar de lágrimas, pero ningún chiquillo se había roto el cuello retozando en el césped, al menos que ella supiera.

—No me gusta. —La negativa del rostro que tenía frente a ella era aún más rotunda que la de la voz. Aquellas facciones armónicas mostraban un convencimiento cerrado. Y no le sorprendía. La conclusión era lógica, pero no por eso menos discutible.

—Solo tienes que acompañarme durante la reunión. No te va a pasar nada.

—¡No me preocupa mi integridad! —contestó Drew ofendido—. Me preocupan las repercusiones para ti.

Desde luego, esa también era una reacción lógica. Y esperada.

Ya imaginaba que el disgusto de Andrew no tenía nada que ver con sus intereses personales, y sí mucha relación con el afán de protegerla. Era un acontecimiento muy cotidiano y, como se ha dicho, muy lógico.

En calidad de recién graduada en la Escuela de Medicina para Mujeres de Londres, Paige Clearington había iniciado una campaña de recaudación de fondos para abrir consultas ambulatorias en varios distritos de la ciudad. Quedaban descartados los barrios más sórdidos, aunque bien sabía Dios que el East End necesitaba una consulta de atención específica para prostitutas. Ese era un berenjenal en el que Paige no pensaba comprar acres. Le encantaría, sin duda, pero había sido pragmática a la hora de establecer su proyecto. Las únicas personas capaces de proporcionar los fondos para que se habilitasen dichas consultas eran las pertenecientes a la clase acomodada: comerciantes y aristócratas. Esa gente no quería oír hablar de lugares como Spick o Seven Dials, donde la mugre y las epidemias campaban a sus anchas junto con la miseria y la perversión.

No. Sus planes eran ambiciosos, pero realistas. Consultas en barrios trabajadores, donde pudiera ofrecerse un servicio que, sin llegar a ser de urgencias, quedase fuera de los límites de cobertura de los hospitales.

—Yo estaré bien —aseguró en tono conciliador y casi maternal.

La condescendencia no solía ser útil con Drew. Él solo puso en blanco sus vivaces ojos color chocolate y se pasó las nervudas manos por el cabello castaño, sin que este tuviera el mal gusto de despeinarse por la acción. Volvió a quedar pulcramente atusado en torno a su atractivo rostro, que la miraba con expresión acusadora.

—Bien defenestrada, querrás decir.

El estatus, la posición, la imagen... eran cuestiones fundamentales para su interlocutor. Pero, por más que él se empeñara, no acababan de ordenarse en la escala de prioridades de Paige.

—Solo voy a solicitar su colaboración para una causa benéfica —lo tranquilizó—. La caridad es un ejercicio que practican los de tu clase, Drew. No seas cínico.

Andrew era el conde de Redditch, y la amistad que se había establecido entre ellos, si bien respondía a lazos familiares, se había terminado de sustentar en su compartida y sincera observación del mundo. Ambos eran almas curiosas, y debatir sus razonamientos y teorías sobre el devenir de la vida y las personas los había convertido en grandes amigos.

Solían coincidir en sus juicios de valor sobre los demás, pero diferían como polos opuestos en lo relacionado con las decisiones que tomaban en el ámbito personal. Paige desaprobaba a Andrew. Y solo había que observar aquella escena para hacerse una idea de cuánto desaprobaba Drew las acciones de Paige.

—¿Y qué harás cuando te manden a paseo? Te conozco. Entonarás un discurso coercitivo. —Se enderezó con gesto cansado—. E impregnado de reproche por los lujos que les han sido dados desde la cuna, intentando que sea su culpabilidad la que los empuje a apoyar tu proyecto. Pero siempre olvidas que los afortunados no se sienten avergonzados de serlo y que no les gusta que les ventiles sus defectos en la cara.

Paige respondió a la infamia con un bufido muy poco digno de una dama. Se empujó los anteojos sobre el puente de la nariz y después volvió a ajustarlos un poco más alejados para que no le golpeasen los cristales contra las pestañas. La rectificación le restaba soberbia a su gesto, pero estaba convencida de que el rictus de enfado era suficiente para demostrar su indignación.

—Yo no hago eso —protestó.

—Lo haces constantemente, incluso conmigo.

A regañadientes, tuvo que concederle ese punto. Una de las primeras cosas que Paige había reprobado de Andrew era su jactancia aristocrática y su inadecuado uso de la coquetería. Aunque, para ser honesta, las primeras semanas después de conocerlo había criticado casi cada aspecto de su vida: desde el tono fatuo de su conversación hasta el coste del pulimento con el que le abrillantaban las botas. Por suerte, a Drew le había fascinado su carácter subversivo.

—Esta vez no lo haría —replicó—. Nadie tira piedras contra su propio tejado.

—Creo que sería mucho más efectivo si intentases establecer los contactos de manera individualizada. Yo puedo servirte de embajador.

«Otra vez con eso», farfulló en su mente.

—No voy a valerme de tu amistad para trabajar por lo que creo justo y necesario, Drew. Eso sería taimado y degradante —respondió airada.

—¿De dónde sale tanto maldito orgullo? —saltó Andrew exasperado. Elevó las manos al cielo y siguió caminando a su lado con actitud resignada—. ¡Eres imposible!

Como le ocurría siempre, Paige se enfurruñó durante largo rato. Le giró la cara a su primo y se empeñó en negarse a sí misma la infundada acusación, al tiempo que buscaba las palabras para refutarla a viva voz. Mas estas no llegaron. Porque Drew tenía razón. Aun cuando era muy pequeña, había desdeñado cualquier intento paternalista por allanarle el camino, siempre decidida a sacarse sus propias castañas del fuego. Era una cualidad que exasperaba a su padre y a su tío. A Drew tampoco le había causado especial entusiasmo.

—Tengo que hacer esto por mí misma —murmuró.

Ese tono normalmente desarmaba a Arthur y a Horace Clearington, pero Andrew era tan terco como ella. Los ardides de niña no eran efectivos con él, porque se habían conocido como adultos y, para ese tiempo, Paige ya había perdido el candor convincente que tantas puertas le había abierto en el pasado.

—Si al menos la doctora Garret te secundara en el proyecto... —refunfuñó—, pero sin su aval no vas a lograr que nadie mueva un dedo.

A Paige le había sorprendido y decepcionado a partes iguales la negativa de la rectora de la Escuela de Medicina. Durante años, había admirado y reverenciado a aquella mujer, Elizabeth Garret, y aún seguía creyendo que era la persona más valiente, inteligente y perseverante que conocía. Pero también era... fría, impasible, desatenta. Cuando Paige le había contado su idea, la había descartado con una rapidez que le resultó humillante. Como si su gran intelecto hubiera sido capaz de ver lo absurdo de la propuesta con solo escucharla, a pesar de que Paige había dedicado semanas enteras simplemente a darle una forma con la que presentarla al mundo.

—No puede ser tan complicado —murmuró más para sí misma que para el propio Drew.

Pero todo lo era. Desde que su mente podía recordar, todo lo importante —todo lo verdaderamente trascendente— había resultado difícil y afanoso. Excepto el amor. Querer a su padre, a su tío, a Andrew... había sido tan natural y fácil como respirar. Sin embargo, más allá de la familia estaba el mundo. Y allí, incluso las relaciones más cercanas habían necesitado de una elegante manipulación. Por suerte, a Paige nunca le habían faltado arrestos para pelear, ya fuera en un salón de té o en un aula.

Las voces incorpóreas que flotaban en el ambiente empezaron a tomar forma en una parte inalcanzable de su mente. Se puso alerta justo en el momento en el que un discreto alboroto comenzó a ser audible. Se volvió hacia el camino de grava y divisó a una elegante dama, ataviada con un pomposo vestido amarillo, que se apresuraba con pasitos cortos y decorosos hacia un grupo de personas que se amontonaban en torno a algo o a alguien muy cerca del río.

«En lugares como Hyde Park incluso los altercados resultan moderados», pensó. La buena gente de Londres jamás perdía la compostura, y mucho menos en el elegante parque y en las decentes horas del mediodía. Habría ignorado por completo el asunto de no ser porque su oído captó las palabras «ayuda» y «doctor».

Con bastante menos elegancia y decoro que la joven dama de amarillo, Paige se agarró la voluminosa falda y salió corriendo. Drew fue rápido también y, sin mediar palabra, se echó a correr a su lado. Atravesaron Flower Walk con presteza, espantando los patos que acababan de salir del agua, mientras el resto de los viandantes se limitaban a contemplar los acontecimientos con curiosidad disimulada. Parecían demasiado presuntuosos para acercarse al tumulto, pero lo suficientemente acicateados para detener su marcha y observar. Paige, sin embargo, volaba, mostrando a todo el que quisiera mirar sus bien definidas pantorrillas envueltas en medias de seda.

Drew, bendito fuera él, llegó antes que ella y comenzó a apartar a la gente al grito de «¡Traigo un médico!». Muchos reconocían en él al conde de Redditch y se apartaban con reverencia. Otros —«las alimañas», como las llamaba ella— sentían demasiada fascinación por cualquiera que fuese la desgracia acontecida como para molestarse en dejar hueco a cualquier posible ayuda. Con poco o ningún tacto, se abrió paso a codazos.

Un niño estaba tendido en el suelo, inconsciente, mientras un adulto corpulento lo zarandeaba para intentar despabilarlo. Drew insistió en que traía ayuda, y aquel hombre se volvió para mirarlos. Ni la expresión de su rostro ni los inteligentes ojos verdes mostraban alarma. «Bien», pensó Paige, pues le costaba mucho tratar con familiares histéricos que le dificultasen el trabajo.

—Haga algo —le dijo entonces a Drew—. Creo que no respira.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Paige.

El hombre, quien era evidentemente un miembro destacado de la sociedad dado su distinguido porte y su elegante atuendo, clavó los ojos en ella, extrañado, pero respondió mientras Paige se arrodillaba junto al muchacho, que debía de tener unos cinco años.

—Estaba correteando con la niñera. Se tropezó y volvió a levantarse de inmediato, pero cuando dio unos pasos más comenzó a toser y a marearse. Lo llamé, pero se le pusieron los ojos de un modo muy extraño y entonces se desmayó.

Paige le levantó los párpados para comprobar si tenía algo en los ojos. Estaban un poco rojos y somnolientos, pero al decir que se le pusieron raros debía de referirse a que se le pusieron en blanco. Después se acercó a comprobar la respiración del niño, que era superficial y pareja.

—¿Está resfriado? —Los orificios de la nariz estaban enrojecidos y despellejados.

—Sí, desde hace varios días —respondió el que por lógica debía de ser el padre, con una mirada que todavía era desconfiada—. ¿Es usted el médico?

Aquella pregunta, siempre que viniera acompañada de un tono sorprendido y no desdeñoso, había dejado de ofender a Paige, de modo que se mostró respetuosa al contestar:

—Soy doctora, milord. —Su instinto le decía que estaba ante un lord—. No se preocupe. El niño respira con dificultad, pero respira.

—¿Cómo es que...?

Paige sabía lo que iba a ocurrir a continuación. El lord saldría de su estupefacción en cualquier momento y reclamaría que fuera un «verdadero doctor» quien atendiese a su hijo. No era la primera vez que vivía esa situación y había aprendido el modo más conveniente y eficaz de evitarla: no darles opción a ponerse difíciles. Necesitaban llevarse al niño de allí, toda esa polvareda y bullicio no le hacían ningún bien.

—¿Tiene su carruaje cerca, milord? —quiso saber, interrumpiendo la incipiente pregunta.

—Querida, estás hablando con el duque de Breighton —le advirtió Drew en voz baja.

«¡Maldición! ¡Condenación!»

—¿Tiene su carruaje cerca, excelencia? —se corrigió, contrariada por el giro de los acontecimientos.

Ya era difícil que alguien de la nobleza dejara de ofenderse porque una mujer ejerciera la medicina, pero ¿un duque? La iba a despachar en cuanto saliera del pasmo. Y Paige no quería eso. En primer lugar, porque un niño sano y fuerte —como lo era aquel— no se desmayaba por un simple ataque de tos; algo le ocurría, y ella quería descubrirlo. En segundo lugar, porque, pensándolo fríamente, si consiguiera que un lord —¡un duque, ni más ni menos!— contratase sus servicios, las posibilidades de labrarse una reputación entre la nobleza y acceder a las grandes familias de Londres aumentarían de modo exponencial.

Y sin ninguna salvaguarda ni mecenas.

—Mi lacayo ha ido a por él —contestó el duque, sin ningún rastro de expresión en el rostro que le permitiera adivinar si la aprobaba o no.

A decir verdad, era extraño, pero tampoco parecía preocupado ni alarmado por el chiquillo. Su semblante era ilegible, al menos para ella. Por algún motivo, le gustó. No se resignaba a los aspavientos de la gente, siempre tan susceptible, siempre tan dispuesta a horrorizarse o indignarse. Aquel parecía un hombre imperturbable, y con eso podía tratar.

—Deberíamos llevarlo a casa y darle algún tónico para que se reanime —aventuró, decidida a mantener el efugio—. Lord Redditch, ¿podría enviar a alguien a por mi maletín? Así ganaríamos tiempo.

—Yo mismo iré, señorita Clearington. Nos vemos en Breighton Hall —respondió Drew, y se marchó sin esperar una aceptación explícita del duque.

Paige era muy consciente del murmullo general a su alrededor y lamentó sobremanera la marcha de Drew. No llegaba a saber lo que decían, porque toda su atención estaba puesta en aquellos ojos verdes jade, que tenían el poder de juzgarla y desecharla.

Eran unos ojos bonitos, supuso, que armonizaban bastante bien con una nariz aquilina, aunque elegante, y una mandíbula más afilada que cuadrada. No había una chispa de candor en aquel rostro adusto, excepto, quizá, el aire nostálgico de los óvalos verdes. Paige rogó por que fueran el síntoma de una personalidad más afable de lo aparente. Quería que le diera una oportunidad, pues eso supondría un gran impulso para sus intereses personales, que, a fin de cuentas, eran los de muchas almas trabajadoras de Londres.

Hasta que pudiera descubrir qué tipo de hombre era el duque de Breighton, tenía que seguir su método: nada de indecisión. Si quería hacerse respetar, no podía permitirse el gesto de bajar la vista —lo haría en ese momento con infinito gusto— como si fuera un vasallo acobardado mientras él continuaba observándola.

Le sostuvo la mirada hasta que el duque asintió y se levantó al oír el traqueteo del carruaje. Paige suspiró mentalmente. Había funcionado.

Dos fornidos lacayos, con las libreas azul real más elegantes y fastuosas que hubiera visto en su vida, llegaron justo al mismo tiempo y cargaron al pequeño como si de fina porcelana china se tratase. Paige pensó que su propio padre, que era bastante robusto y sano, se habría bastado para tan sencilla tarea, pero nuevamente los usos y costumbres de la aristocracia se demostraron muy al margen de su conocimiento.

El duque pareció pensarlo un momento antes de ofrecerle que subiera a la lujosa calesa cubierta. Puesto que el decoro no tenía cabida en una situación de emergencia como aquella, Paige supo que el aristócrata se estaba planteando cuán ofensivo era que una mujer del vulgo, doctora para mayor bochorno, subiera en su lujoso carruaje. Entrelazó las manos frente a la falda y esperó. Aquella era una buena oportunidad para Paige Clearington, pero no iba a humillarse ante nadie.

—Acompáñeme, señorita...

—Clearington —aclaró en tono desafiante.

—Señorita Clearington —repitió él impertérrito.

Subió al carruaje sin ninguna ayuda, pues el duque parecía dudar de si tenía alguna obligación de facilitarle la tarea. Como habían tumbado al niño en uno de los asientos, comprendió que tendría que viajar junto a Su Excelencia, quien resultaba ciertamente amedrentador dentro del habitáculo de un carruaje. Paige no era una mujer menuda ni bajita, pero aun así se sintió diminuta.

No era por entero una percepción subjetiva. El duque de Breighton poseía una planta fuera de lo común que señalaba la práctica de algún deporte. Acompañado del mentón firme y la ancha frente, su aspecto era el de una estatua bizantina; un Coloso de Barletta que podría ser considerado atractivo si no fuera porque tenía la misma expresividad que el propio bronce.

—¿No es muy joven para ser médico?

No sabía si sentirse halagada por el hecho de que el duque observase su juventud u ofendida por el menoscabo que eso suponía.

—Recién graduada —aclaró.

—Eso no suena muy bien.

Paige tomó una bocanada de aire y se preparó para defender su plaza:

—Excelencia, le aseguro que la Escuela de Medicina no me habría entregado el título si no me considerase apta para ejercer mi profesión con unos amplios estándares de calidad y seguridad para los pacientes. —Espoleada por su propia indignación, se volvió hacia el duque, quien la miraba de soslayo como única muestra de atención—. Puede que desconozca la complejidad de mi profesión, pero me he estado formando durante casi una década. Además, pertenezco a una familia de reputados doctores y siempre he acompañado a mi padre en sus consultas desde que supe leer y escribir. Le garantizo que estoy perfectamente cualificada para atender un desmayo.

Nada más terminar, se reprendió a sí misma por haberse justificado de modo tan feroz. Esa no era la actitud que le ganaba a una mujer el respeto de sus semejantes, y tenía por norma no dejar asomar las garras. Ah, ¡el orgullo! Acabaría siendo su perdición.

—¿«El ingenio es la insolencia educada»? —citó el duque sin dignarse a girar la cabeza.

Que eligiese la teoría aristotélica para reprenderla fue todo un golpe de efecto. Paige había sido considerada una alumna brillante pero protestona, y precisamente habían sido clases sobre Aristóteles y Galeno las que le habían hecho saltar de la silla. Esos señores serían los padres de la medicina y la filosofía, pero eran también unos obtusos sin redención.

—No pretendo ser ni lo uno ni lo otro —respondió con el mismo tono impasible que había usado él.

Todo lo que el duque tenía que decir se resumió en la forma en que entrecerró los ojos en su dirección. La estaba evaluando, comprendió Paige, y temió no salir bien parada.

Por suerte, el trayecto fue muy corto, y la inercia de los caballos aminorando el paso les hizo a ambos volver a enfocar la atención en el pequeño que reposaba en el asiento de enfrente, pues emitió un gemido difuso al sentirse zarandeado por el efecto de la frenada.

Paige fue la primera en apearse en cuanto el lacayo les abrió la puerta, y el sol volvió a iluminarle el rostro en la elegante Berkeley Square.

Capítulo 2

2

Paige intentó no mostrar su asombro al entrar en el recibidor de la mansión del duque de Breighton. Había estado en casas respetables con anterioridad —su propia familia era bastante acomodada—, pero jamás había visto ese esplendor dorado derramándose por cada rincón.

Los paneles de madera de roble, que brillaban con vetas imposibles por todo el perímetro del vestíbulo, se fundían con el empapelado de motivos florales en color crema y, más allá, con el artesonado de escayola del techo, en un tono hueso deslumbrante. Justo sobre su cabeza, un impresionante fresco de ángeles y querubines daba la bienvenida a los simples mortales con sus sonrosadas mejillas y regordetas manos blancas.

Una gran mesa octogonal taraceada en maderas nobles y con patas de bronce presidía la sala, ofreciendo una aromática recepción compuesta por media docena de arreglos florales de las más lustrosas variedades de la época. Paige casi temió estar causando un daño irreparable a la brillante superficie de mármol brocatel del suelo con sus vulgares pies, en absoluto aristocráticos.

—No se quede ahí parada. Su Excelencia ha ordenado que lo siga.

Aquella inmisericorde advertencia provino de un hombre con aspecto de mayordomo. Su elegante vestimenta de librea negra, el chaleco a rayas, la corbata de lazo y esa postura jactanciosa así lo proclamaban.

La grandiosidad de aquella casa empezaba a abrumarla, y el hecho de que hasta los pajes con chaquetilla corta que corrían escaleras arriba tras el duque la mirasen con desdén no ayudaba. «¡Señor bendito, la escalera!», gritó para sus adentros.

Paige contuvo un jadeo al encontrarse con aquella fastuosa balaustrada de delicada orfebrería que abarcaba una escalinata de más de siete yardas de anchura, toda enmoquetada en el mismo azul real de las libreas de los lacayos. Si no había logrado echar a perder el mármol del suelo, seguro que iba a profanar aquel idílico ascenso a los cielos.

¿Dónde se había metido? Se volvió en el primer escalón, al que había llegado casi de forma mecánica, esperando que su primo se hallase junto a ella para infundirle valor; pero Paige lo había enviado a por su maletín.

«Tranquila. No te dejes amilanar. ¿Qué más da si estás en el mismísimo palacio real? —se reconvino—. El niño. Estás aquí por el niño.»

Aquello consiguió ponerla en movimiento, aunque lo hizo con la firme intención de no quedar en evidencia. En lugar de salir corriendo para recuperar la ventaja que había desaprovechado durante su horrorizada fascinación, se cogió ligeramente la falda y subió con paso enérgico y decidido los peldaños. Comprobó de inmediato que no era suficiente, pues estaba perdiendo de vista a la comitiva, que giró en un recodo de la escalera. En el siguiente tramo, Paige se aseguró de haber quedado a solas y se lanzó a subir los peldaños de dos en dos, con lo que consiguió llegar al pasillo justo cuando una librea desaparecía en el marco de una puerta. Cuando entró en el dormitorio, el duque ya la reclamaba:

—¿Dónde está esa mujer?

—¡Aquí, su gracia! —Su voz sonó firme, a pesar de la carrera.

—Su excelencia —le susurró uno de los lacayos.

—¡Su excelencia! —corrigió.

«Con decisión», se recordó. Era la manera como debía proceder si quería que la tomaran en serio. En no pocas ocasiones, había comprobado que la seguridad que fuera capaz de reflejar era asumida por los demás como un hecho. Podía estar temblando por dentro, pero, si se mostraba impertérrita y confiada, la gente se apoyaba en ella y la creía capaz de todo. Era muy curioso, pero los hombres, y sobre todo las mujeres, no basaban sus juicios sobre la propia percepción, sino sobre el modelo de conducta que una fuera capaz de fingir.

Se acercó a la cama y se concentró en el niño: un precioso querubín de cabello dorado claro y tez rosada, nada parecido a su padre, pues el duque era propietario de una melena oscura, una piel cetrina y unos rasgos cincelados de los que poco había aportado a su vástago.

Un lacayo apareció presuroso con su maletín, que Drew ya habría hecho llegar, y Paige retiró algunos elementos de una mesita cercana para poder acceder fácilmente a su instrumental. «Lo primero —se dijo— es observar el desarrollo de algún posible síntoma infeccioso.»

El mayordomo que antes le había hablado en la puerta estaba pegado a sus talones y se apresuró a tomar entre las manos las cosas que Paige fue apartando.

—Tenga cuidado —espetó con desagrado y una mirada taimada.

El servicio inglés suponía toda una especie en sí mismo. Allí estaba ese mayordomo, el sirviente de mayor rango de un duque, que no dejaba de ser un empleado, mientras que ella era una mujer libre, con estudios y perteneciente a una familia acomodada. ¿Y quién desdeñaba a quién?

Paige había conocido a doncellas que la tildaban de fresca o de procaz por atreverse a mezclarse con la buena ton. Oh, no lo hacían abiertamente, por supuesto, pero había oído comentarios susurrados en las salas de aseo cuando acompañaba a Andrew a alguna de sus fiestas. Nadie entendía por qué una joven escandalosa como ella, con la osadía de estudiar medicina, era bien recibida en las reuniones de alto copete; pero, curiosamente, siempre encontraba más hostilidad en los criados que en los propios aristócratas.

En su opinión, para los miembros del beau monde ella era un entretenimiento, una rareza simplona y respondona con quien se divertían. Cierto que había conseguido cultivar la hostilidad de algunos hombres a quienes no había tenido reparos en hablar con franqueza sobre asuntos que ninguna mujer debería comentar en público, pero de algún modo su abierta amistad con el conde de Redditch los había llevado a catalogarla en el apartado de exótica, y de ese modo la habían aceptado.

Los mayordomos, amas de llaves, ayudas de cámara y doncellas personales... eran otro cantar.

Con un gesto que devolvía en proporciones similares su desaprobación, le dio la espalda al sirviente y se acercó a la cama. Se fijó en que el duque la había estado observando con atención. No al niño, sino a ella. Apartó la mirada, incómoda, y esta recayó en el retrato de una mujer joven y elegantemente vestida. La duquesa, sin duda. La madre del niño, a juzgar por el tremendo parecido.

Tenía aquel aire nostálgico y las mismas facciones que el pequeño, solo que en el caso de la mujer era la expresión máxima de la distinción. O bien el autor del retrato se había prodigado en exceso, o bien estaba ante una auténtica beldad. El pincel había captado la composición perfecta de matices platinos y dorados del cabello, el cual enmarcaba una reunión exquisita de rasgos puramente femeninos: mentón y barbilla suaves, labios muy bien perfilados, nariz fina y respingona... Oh, y los ojos, ¡vaya por Dios!, almendrados y de un tono azul que debía de ser una exageración del artista, pues no existía paleta así en la naturaleza.

—Mi esposa —confirmó el duque, quizá con la intención de que dejara de divagar y se centrase en su paciente.

—Eso pensé —respondió con desagrado.

Tenía el estómago contraído por la tensión. El duque no había sido grosero con ella, no había hecho nada para despertar suspicacia alguna, pero Paige parecía estar esperando un golpe en cualquier momento. Esa mirada fija tan silenciosa le crispaba los nervios de un modo insoportable, así que se centró por completo en examinar a su paciente.

Los ojos azules —también eran de la madre— lucían un halo rojo alrededor de los párpados; la nariz, algo sonrosada, derramaba mucosidad espesa. El fonendoscopio le corroboró que la dificultad para respirar le provocaba un sonido en el pecho. La primera impresión del parque quedaba confirmada: el niño tenía alguna enfermedad respiratoria, que podía ser muy sencilla, pero que también podía ser la antesala de algo peor.

Como un presagio, la idea que había estado rehuyendo de su cabeza desde que se encontraron en Hyde Park apareció como un fogonazo: la señorita Thurther se había desmayado en la panadería unos días antes de caer en cama.

Había sido el primer caso, y Paige tardó casi una semana en localizar un síntoma que le permitiese concretar el diagnóstico. El avance fue tan rápido a partir de ahí que, en cuestión de cuarenta y ocho horas, la jovencita dejó de respirar para siempre.

Se estremeció hasta la raíz del cabello al recordar el desconsuelo de su prometido. Pobre muchacho; cuando Paige lo visitó el domingo siguiente, continuaba sin entender del todo cómo había podido pasarles aquello. Después de la familia Thurther atendió tres casos más; pero no consiguió establecer relación alguna entre los afectados.

¿Era el hijo de un duque un posible candidato de haberse contagiado?

—En principio no veo motivos para preocuparse —explicó no muy convencida. No era necesario alarmar al aristócrata—. Podría haber sido un desmayo sin importancia, aunque noto cierta afección en las vías respiratorias. Me gustaría tenerlo bajo observación...

—¿Por qué no se despierta? —Tenía que preguntar lo evidente.

Esa era la cuestión que había llevado a Paige a suponer algo más que un catarro vulgar. Un niño de cinco años con una energía vital, como la que parecía tener ese chico, no se desmayaba con tanta facilidad.

—¿Ha realizado el niño más esfuerzo del habitual?

En realidad, quería saber si el niño había estado fatigado, pues eso podría indicar que no era un simple catarro. ¿Había tumefacción en el cuello? No estaba segura. Suspiró sin emitir ningún sonido.

—No. —Escueto hasta el extremo incómodo, el duque se inclinó hacia delante y rozó con el dorso de los dedos la frente de su hijo, en un gesto que habría albergado ternura de no ser por la sequedad con que aquel hombre hacía cada cosa.

La aparición de fiebre era lo primero que había comprobado Paige, pero si había algunas décimas ella no había sido capaz de apreciarlas.

Atenazada por el miedo a confirmar sus sospechas, Paige exploró la garganta del niño y comprobó con alivio que las amígdalas estaban despejadas. Se tomó un segundo para dejar entrar el aire en sus pulmones y se incorporó con una renovada confianza.

—En ese caso, podría tratarse de un agotamiento producido por el resfriado; pero, como le he dicho, preferiría observarlo en las próximas horas —explicó mientras rebuscaba en su maletín, de espaldas a esos ojos verdes escrutadores que tanto perturbaban su tranquilidad—. Vamos a darle un tónico que, probablemente, lo tendrá despierto en unos minutos.

Eso le valió a Paige una mirada glacial. A algunos hombres —especialmente a ellos— les provocaba desconfianza cualquier tipo de brebaje. Estaba a punto de explicarle que eran remedios naturales para aligerar la tensión del cuerpo cuando llamaron a la puerta de la habitación. Entró un señor bastante orondo y de estatura baja. Un médico, a todas luces, como proclamaba su maletín. Paige, en realidad, no se sorprendió.

—Señorita Clearington, él es el doctor Jackson. Doctor Jackson...

—Muy buenas tardes, doctor —saludó Paige, conteniendo su desazón.

Era evidente por la expresión del duque que había hecho llamar al médico de la familia al llegar a casa. No había regodeo ni desprecio en sus ojos, pero aun así se ofendió. Tampoco ayudó mucho la mirada de suficiencia que encontró en los ojos del mayordomo, quien seguía vigilando cada uno de sus movimientos como una gárgola, pertrechado en un rincón penumbroso de la habitación.

—Buenas tardes, jovencita. —Y aquello no era un halago, sino un recordatorio paternalista—. ¿Me permite examinar a lord Willonshire?

—¿Lord Willonshire? —preguntó contrariada al tiempo que se apartaba.

—Mi hijo es el marqués de Willonshire —explicó el duque con la misma sequedad con que parecía hacer todo.

Paige sabía que los grandes títulos a menudo gozaban de otros menores, que eran de cortesía. Según le habían explicado, un par del reino podía ostentar varios títulos y legarlos a sus herederos a modo de distinción; pero según ese mismo protocolo, únicamente uno de esos títulos era sustantivo y, por tanto, solo el duque ocupaba un escaño en la Cámara de los Lores.

No ignoraba por completo los protocolos de la nobleza, pero en aquel instante le pareció absurdo e incluso luctuoso que un niño tan vulnerable llevase semejante peso sobre los hombros. Por alguna extraña jugarreta de la mente, su mirada recayó en el mayordomo, quien se estiró al menos dos pulgadas sobre su propia altura.

«Pomposo», farfulló para sí.

Mientras el doctor se inclinaba sobre el pequeño para examinarlo, Paige se centró en estudiar y observar a su principal némesis en aquella habitación, que ni mucho menos era un miembro del servicio.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Jackson.

El hecho de que preguntara al padre del muchacho y no a ella le daba una medida de cuánto podía valorar aquel hombre la opinión de una «jovencita» a la que probablemente ni siquiera le concediera el crédito de llamarla «doctora».

—Estaba en el parque jugando con total normalidad y se cayó. Después, cuando ya se había levantado, comenzó a toser y se desmayó.

—¿Ha estado fatigado últimamente? —preguntó entonces.

—No sabría decirle. La niñera debe de estar al tanto. Carruthers, llame a la señorita Clark.

Era muy común que un padre no supiera si su hijo estaba incubando alguna enfermedad o más fatigado de lo habitual, porque normalmente apenas pasaban tiempo con ellos. Era una cualidad de la aristocracia que aborrecía. La falta de cercanía paterna durante la infancia se manifestaba en un amplio sector del beau monde junto con aquella fría indiferencia frente a los problemas del mundo.

Prefirió indignarse por eso y no porque la respuesta a idéntica pregunta, cuando la había hecho ella, había sido un escueto «no».

—Parece un simple desvanecimiento —dijo el doctor Jackson.

—¿Y la tos?

—Podría ser circunstancial. No se asuste, excelencia. Su hijo está ahora en buenas manos.

Tuvo que ser audible la inspiración ofendida que Paige no pudo evitar. Con aquella sentencia daba a entender que, antes de que él llegara, el niño no había sido bien atendido, y eso hacía saltar todos los resortes belicosos en ella. Pero una mirada al duque la disuadió de expresar con palabras lo que le bullía en el estómago. Allí las salidas de tono no serían bien acogidas. Era evidente. Aquel almidonado lugar nunca debía de haber oído algo má

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