El libro de la vida (El descubrimiento de las brujas 3)

Fragmento

Los fantasmas no tenían demasiada sustancia. Estaban hechos solamente de recuerdos y corazón. En lo alto de uno de los torreones de Sept-Tours, Emily Mather apretó una mano vaporosa sobre el centro de su pecho, donde aún sentía el peso del miedo.

¿Se vuelve en algún momento más fácil? Su voz, como el resto de ella, era casi imperceptible. ¿Observar? ¿Esperar? ¿Saber?

No, que yo sepa, contestó brevemente Philippe de Clermont. Estaba sentado cerca de ella, estudiando sus propios dedos transparentes. De todas las cosas que no le gustaban de estar muerto —la incapacidad de tocar a su esposa Ysabeau, la falta de olfato o gusto, el hecho de no tener músculos para una buena pelea—, la invisibilidad superaba al resto. Era un constante recordatorio de lo intrascendente que se había vuelto.

Emily palideció y Philippe se arrepintió silenciosamente de su respuesta. Desde la muerte de Emily, la bruja había sido su compañera constante, partiendo su soledad en dos. ¿Por qué le estaba hablando de tan mal modo, como si fuera su sirviente?

Tal vez sea más fácil cuando ya no nos necesiten, dijo Philippe en un tono más amable. Puede que él fuera un fantasma más experto, pero Emily comprendía mejor la metafísica de su situación. Lo que la bruja le había contado iba en contra de todo cuanto Philippe creía del más allá. Él pensaba que los vivos veían a los muertos porque necesitaban algo de ellos: ayuda, perdón, venganza. Pero Emily insistía en que aquello no eran más que leyendas humanas y que los muertos solo podían aparecerse a los vivos cuando estos hubieran pasado página y les hubieran dejado marchar.

Aquello hacía algo más soportable el hecho de que Ysabeau no pudiera verle, aunque no demasiado.

—¡Qué ganas tengo de ver la reacción de Em! Le va a sorprender mucho. —La voz cálida y grave de Diana subió flotando hasta las almenas.

Diana y Matthew, dijeron al unísono Emily y Philippe, asomándose a mirar el patio adoquinado que rodeaba el castillo.

Allí, indicó Philippe señalando la entrada de coches. A pesar de estar muerto, su visión de vampiro era más aguda que la de cualquier humano. También era más apuesto de lo que cualquier hombre tenía derecho a ser, con sus anchos hombros y su sonrisa endemoniada. La volcó sobre Emily, que no pudo evitar devolvérsela. Hacen buena pareja, ¿no crees? Fíjate cuánto ha cambiado mi hijo.

Supuestamente, a los vampiros no les afectaba el paso del tiempo, y por ello Emily esperaba ver el mismo cabello negro, tan oscuro que irradiaba destellos azules; los mismos ojos, que cambiaban entre el azul y el gris, fríos y lejanos como un mar en invierno; la misma piel pálida; y la enorme boca. Pero, como decía Philippe, había algunas diferencias sutiles. Matthew llevaba el pelo más corto y una barba que le hacía parecer más peligroso, como un pirata. Ella lanzó un grito ahogado.

¿No está Matthew… más grande?

Lo está. Cuando Diana y él estuvieron aquí en 1590 le hice engordar. Los libros le estaban ablandando. Le hacía falta pelear más y leer menos. Philippe siempre decía que a veces se educaba demasiado a la gente. Y Matthew era la prueba viviente de ello.

Diana también parece distinta. Me recuerda más a su madre con esa melena larga y cobriza, dijo Em, que había advertido el cambio más evidente en su sobrina.

Diana se tropezó con un adoquín y la mano de Matthew se apresuró a agarrarla. En algún momento, Emily había visto aquel incesante rondar de Matthew como un signo de la actitud sobrepro

libro de la vida tectora de los vampiros. Pero ahora, con la perspicacia que le daba ser un fantasma, comprendía que aquella tendencia venía de su conciencia sobrenatural ante cualquier alteración en el gesto de Diana, cualquier cambio en su ánimo, cualquier indicio de fatiga o hambre. Sin embargo, la preocupación que demostraba hoy parecía más concentrada e intensa.

En Diana no solo ha cambiado el pelo, dijo Philippe con gesto maravillado. Diana está esperando un hijo: el hijo de Matthew.

Emily observó con atención a su sobrina utilizando la percepción agudizada de la verdad que la muerte confería. Philippe estaba en lo cierto, hasta cierto punto.

Querrás decir «hijos». Diana va a tener gemelos.

Gemelos, dijo Philippe asombrado. Desvió la mirada, distraído al ver aparecer a su esposa. Mira, allá van Ysabeau y Sarah con Sophie y Margaret.

¿Qué va a pasar ahora, Philippe?, preguntó Emily, con el corazón cada vez más cargado de emoción.

Finales. Comienzos, dijo Philippe con deliberada ambigüedad. Cambios.

A Diana nunca le han gustado los cambios, dijo Emily.

Eso es porque Diana teme aquello en lo que debe convertirse, contestó Philippe.

Marcus Whitmore había afrontado muchos horrores desde la noche de 1781 en que Matthew de Clermont le convirtió en vampiro. Pero ninguno le había preparado para el suplicio que le esperaba aquel día: explicar a Diana Bishop que su adorada tía, Emily Mather, había muerto.

Marcus recibió la llamada de Ysabeau mientras Nathaniel Wilson y él veían las noticias en la televisión de la biblioteca de la familia. Sophie, la mujer de Nathaniel, y su bebé, Margaret, dormían en un sofá a su lado.

—El templo —dijo Ysabeau con la respiración entrecortada y tono frenético—. Ven. De inmediato.

Marcus había obedecido a su abuela sin discusión, tan solo se había detenido a llamar a su primo Gallowglass y a su tía Verin mientras iba hacia la puerta.

La penumbra del atardecer de verano se fue iluminando según se acercaban al claro en lo alto de la montaña, bañado por el poder sobrenatural que Marcus podía vislumbrar a través de los árboles. Su vello se erizó ante la magia que había en el aire.

Entonces olió la presencia de un vampiro, Gerbert de Aurillac. Y alguien más..., un brujo.

Un ruido de pasos ligeros y resueltos por el pasillo de piedra sacó a Marcus del pasado y le devolvió al presente. La puerta pesada se abrió, chirriando como siempre.

—Hola, cariño. —Marcus apartó los ojos del campo de Auvernia y respiró hondo. El olor de Phoebe Taylor le recordaba a un matorral de lilas que había junto a la puerta roja de la granja familiar. Delicada y resuelta, aquella fragancia se había convertido en símbolo de la esperanza de la primavera tras un largo invierno de Massachusetts, despertando —como por arte de magia—la sonrisa comprensiva de su madre, fallecida hacía ya mucho tiempo. Pero ahora solo pensaba en la mujer menuda de férrea voluntad que tenía delante.

—Todo irá bien. —Phoebe le arregló el cuello de la camisa, pero sus ojos verdes estaban llenos de preocupación. Marcus había empezado a cambiar las camisetas de grupos musicales por ropa más formal más o menos en el mismo momento en que comenzó a firmar sus cartas como Marcus de Clermont en lugar de Marcus Whitmore (el nombre con el que ella le había conocido, antes de que le hablara de vampiros, padres de mil quinientos años, castillos franceses llenos de parientes intimidatorios y una bruja llamada Diana Bishop). Para Marcus, era un auténtico milagro que Phoebe siguiera a su lado.

—No, no irá bien. —Le cogió la mano y le besó la palma. Phoebe no conocía a Matthew—. Quédate aquí con Nathaniel y los demás. Por favor.

—Por última vez, Marcus Whitmore: voy a estar a tu lado cuando recibas a tu padre y a su esposa. No creo que haga falta volver a discutirlo. —Phoebe extendió la mano—. ¿Vamos?

Marcus cogió la mano de Phoebe, pero en lugar de seguirla hacia la puerta, como ella esperaba, la acercó hacia sí. Phoebe se apoyó en el pecho de Marcus, con una mano asida a la de él y la otra sobre su corazón. Le miró sorprendida.

—Muy bien. Pero si vienes conmigo será con condiciones, Phoebe. La primera, estarás conmigo o con Ysabeau en todo momento.

Phoebe entreabrió la boca para protestar, pero la mirada seria de Marcus la hizo callar.

—Segundo, si te digo que salgas de la habitación, lo harás. Sin demora. Sin preguntas. Irás directamente a buscar a Fernando. Estará en la capilla o en la cocina. —Marcus la observó y vio una recelosa aceptación—. Tercera, bajo ninguna circunstancia te pondrás al alcance de mi padre. ¿De acuerdo?

Phoebe asintió. Como buena diplomática, estaba dispuesta a seguir las reglas de Marcus, por ahora. Pero si su padre era el monstruo que aparentemente creían algunas personas en aquella casa, Phoebe haría lo que debía.

Fernando Gonçalves vertió los huevos batidos en una sartén caliente sobre las patatas, que ya estaban doradas. Su tortilla era uno de los pocos platos que Sarah Bishop se dignaba comer y hoy, más que nunca, la viuda necesitaría alimento.

Gallowglass estaba sentado a la mesa de la cocina, quitando pequeños trozos de cera de una raja en la vieja madera. Con el pelo rubio hasta el cuello de la camisa y su complexión musculosa, parecía un oso taciturno. Sus antebrazos y sus bíceps estaban cubiertos de tatuajes que serpenteaban en espirales de color. El tema de los tatuajes revelaba lo que ocupaba los pensamientos de Gallowglass en cada momento, pues en un vampiro los tatuajes apenas duraban unos meses. Aparentemente, ahora estaba pensando en sus raíces, porque sus brazos estaban cubiertos de nudos celtas, runas y bestias fabulosas sacadas de mitos y leyendas escandinavos y gaélicos.

—Deja de preocuparte. —La voz de Fernando era cálida y refinada como un jerez envejecido en barrica de roble.

Gallowglass levantó la mirada por un instante y devolvió su atención a la cera.

—Nadie evitará que Matthew haga lo que debe, Gallowglass. Vengar la muerte de Emily es una cuestión de honor. —Fernando apagó el fuego y se acercó a Gallowglass, junto a la mesa, moviendo lentamente sus pies descalzos sobre las baldosas del suelo. Al caminar, se iba bajando las mangas de la camisa blanca. Estaba impoluta, a pesar de las horas que había pasado aquel día en la cocina. Se metió la camisa por dentro de los vaqueros y se pasó los dedos por el pelo oscuro y ondulado.

—Marcus intentará cargar con la culpa —dijo Gallowglass—. Pero la muerte de Emily no fue culpa del chico.

La escena en la montaña fue extrañamente tranquila, dadas las circunstancias. Gallowglass llegó al templo unos instantes después que Marcus. No hubo más que silencio y la imagen de Emily Mather arrodillada dentro de un círculo dibujado con piedras de color claro. El brujo Peter Knox estaba con ella, con las manos sobre su cabeza y una mirada de anticipación, casi hambrienta. Gerbert de Aurillac, el vecino más cercano de los Clermont, les observaba con interés.

—¡Emily! —El grito angustiado de Sarah rasgó el silencio con tal fuerza que hasta Gerbert dio un paso atrás.

Sobresaltado, Knox soltó a Emily, que se derrumbó en el suelo, inconsciente. Sarah derribó a Knox con un conjuro poderoso que lanzó al brujo volando hasta el otro extremo del claro.

—No, Marcus no la mató —dijo Fernando, devolviendo la atención de Gallowglass al presente—. Pero su negligencia…

—… Falta de experiencia —interrumpió Gallowglass. —Negligencia —repitió Fernando—, sí desempeñó un papel en la tragedia. Marcus lo sabe y acepta su responsabilidad.

—Marcus no pidió quedarse al mando —refunfuñó Gallowglass. —No, yo le propuse para el puesto y Matthew coincidió conmigo en que era la decisión adecuada. —Fernando apretó el hombro de Gallowglass por un instante y volvió a los fuegos.

—¿Por eso has venido? ¿Te sentías culpable de haberte negado a liderar la hermandad cuando Matthew te pidió ayuda? —Nadie se había sorprendido más que Gallowglass cuando Fernando apareció en Sept-Tours. Fernando había evitado aquel lugar desde que el padre de Gallowglass, Hugh de Clermont, muriera en el siglo xiv.

—Estoy aquí porque Matthew me ayudó cuando el rey de Francia ejecutó a Hugh. No tenía nada en el mundo más que mi propio dolor. —El tono de Fernando era duro—. Y me negué a liderar a los Caballeros de Lázaro porque no soy un De Clermont.

—¡Eras la pareja de padre! —protestó Gallowglass—. ¡Eres tan De Clermont como Ysabeau o sus hijos!

Fernando cerró cuidadosamente la puerta del horno.
Soy la pareja de Hugh —dijo, aún de espaldas—. Tu padre nunca será pasado para mí.

—Perdona, Fernando —se disculpó Gallowglass, afligido. Hugh llevaba más de siete siglos muerto, pero Fernando aún no había superado su pérdida. Gallowglass pensaba que no la superaría jamás.

—Sobre lo de ser un De Clermont —prosiguió Fernando, con la mirada fija en la pared sobre los fuegos—, Philippe no estaba de acuerdo.

Gallowglass continuó quitando la cera con movimientos nerviosos. Fernando sirvió dos copas de vino tinto y las llevó a la mesa.

—Toma —dijo, empujando una hacia Gallowglass—. A ti también te va a hacer falta fuerza hoy.

Marthe entró haciendo ruido en la cocina. El ama de llaves de Ysabeau mandaba en aquella parte del castillo y no le gustaba encontrar intrusos en ella. Tras lanzar sendas miradas agrias a Fernando y Gallowglass, olisqueó y abrió bruscamente la puerta del horno.

—¡Esa es mi mejor sartén! —dijo con tono acusador.
—Lo sé. Por eso la utilizo —contestó Fernando dando un sorbito al vino.

—Dom Fernando, la cocina no es sitio para usted. Váyase arriba y llévese a Gallowglass. —Marthe cogió un saquito de té y una tetera de la estantería junto al fregadero. Entonces vio que ya había una tetera envuelta con un trapo sobre la bandeja, con tazas, platos, leche y azúcar. Arrugó el ceño aún más.

—¿Qué hay de malo en que esté aquí? —preguntó Fernando. —Usted no es sirviente —dijo Marthe. Levantó la tapa de la tetera y olió con suspicacia su contenido.

—Es el favorito de Diana. Usted me explicó lo que le gustaba, ¿recuerda? —Fernando sonrió con una pizca de tristeza—. Y en esta casa todo el mundo sirve a los De Clermont, Marthe. La única diferencia es que a usted, a Alain y a Victoria se les paga generosamente por hacerlo. El resto se supone que debemos estar agradecidos por tal privilegio.

—Y con razón. Otro sueño de manjasang de formar parte de esta familia. Procure recordarlo en el futuro, eso y el limón, dom Fernando —dijo Marthe, haciendo hincapié en el trato ilustre. Cogió la bandeja del té—. Por cierto, se le están quemando los huevos.

Fernando se levantó de un salto para quitarlos.
—Y en cuanto a usted —dijo Marthe clavando sus ojos oscuros en Gallowglass—, no nos contó todo lo que debía sobre Matthew y su esposa.

Gallowglass hundió la mirada en su copa de vino con expresión de culpabilidad.

—Madame, su abuela, ya se encargará de usted más tarde. —Y tras ese comentario escalofriante, Marthe salió de la cocina con paso airado.

—¿Qué has hecho esta vez? —preguntó Fernando, mientras ponía sobre los fuegos la tortilla, que, alhamdulillah, no estaba quemada. La experiencia le había enseñado que, por grave que fuera el desaguisado, Gallowglass lo habría hecho con buena intención y sin imaginarse un posible desastre.

—Pueeees —vaciló Gallowglass, arrastrando las vocales como solo podía hacerlo un escocés— tal vez me haya olvidado un par de detalles de la historia.

—¿Como cuáles? —preguntó Fernando, presintiendo un tufillo a catástrofe entre los olores caseros de la cocina.

—Como el hecho de que la tía está embarazada, y de Matthew, nada menos. O el hecho de que el abuelo la adoptara como hija suya. Caray, su juramento de sangre fue ensordecedor. —Gallowglass parecía pensativo—. ¿Crees que aún podremos oírlo?

Fernando se quedó en el sitio, mudo y boquiabierto.
—No me mires así. No me pareció bien contar la noticia del bebé. Las mujeres pueden ser muy especiales con esas cosas. ¡Y Philippe le contó a la tía Verin lo del juramento de sangre antes de morir en 1945 y ella tampoco dijo una palabra! —añadió Gallowglass a la defensiva.

Un golpe rasgó el aire como si una bomba silenciosa hubiera sido detonada. Algo verde y llameante pasó a toda velocidad por delante de la ventana de la cocina.

—¿Qué demonios ha sido eso? —Fernando abrió la puerta protegiéndose los ojos de la brillante luz del sol.

—Supongo que alguna bruja cabreada. —Gallowglass parecía abatido—. Sarah debe de haberle contado a Diana y a Matthew la noticia de Emily.

—La explosión no. ¡Eso! —Fernando señaló el campanario de Saint-Lucien, alrededor del cual volaba una criatura alada con dos patas y aliento de fuego. Gallowglass se levantó para ver mejor.

—Es Corra. Va adondequiera que esté la tía —explicó Gallowglass con toda naturalidad —Pero ¡eso es un dragón! —Fernando miró a su hijastro con los ojos desorbitados.

—Bah, eso no es un dragón. ¿No ves que solo tiene dos patas? Corra es un dragón escupefuego. —Gallowglass giró el brazo para mostrarle un tatuaje de una criatura alada muy parecida a la bestia voladora—. Como este. Puede que me dejara un par de detalles, pero avisé a todo el mundo de que la tía Diana ya no sería la misma bruja de antes.

—Es cierto, cariño, Em ha muerto. —Era evidente que la tensión de contárselo a Diana y a Matthew la desbordaba, porque Sarah juraría que acababa de ver un dragón. Fernando estaba en lo cierto, tenía que beber menos whisky.

—No te creo. —La voz de Diana sonaba aguda y punzante por el pánico. Iba de un lado a otro del gran salón de Ysabeau como si esperara encontrar a Emily escondida tras uno de los recargados divanes.

—Emily no está aquí, Diana. —Matthew le cortó el paso. Su tono de voz estaba inundado de dolor y ternura—. Se ha ido.

—No. —Diana trató de apartarle para seguir buscando, pero Matthew la estrechó entre sus brazos.

—Lo siento mucho, Sarah —dijo Matthew, apretando fuerte a Diana contra sí.

—¡No digas que lo sientes! —exclamó Diana, tratando de zafarse del abrazo inquebrantable del vampiro. Golpeó el hombro de Matthew con los puños—. ¡Em no está muerta! Esto es una pesadilla. Despiértame, Matthew. ¡Por favor! Quiero despertar y que estemos otra vez en 1591.

—No es ninguna pesadilla —dijo Sarah. Aquellas interminables semanas la habían convencido de que la muerte de Em era espantosamente real.

—Entonces hice un giro equivocado o un nudo equivocado en el hechizo para viajar en el tiempo. ¡No es así como se suponía que debíamos acabar! —Diana estaba temblando de los pies a la cabeza entre el dolor y la conmoción—. Em me prometió que nunca se iría sin despedirse.

—Em no tuvo tiempo para despedirse... de nadie. Pero eso no significa que no te quisiera. —Sarah se lo recordaba a sí misma cientos de veces al día.

—Diana, debería sentarse —sugirió Marcus acercándole una silla. En muchos sentidos, el hijo de Matthew aún parecía el mismo surfero veinteañero que había entrado en casa de los Bishop el pasado octubre. Tenía el mismo cordel de cuero, con su extraña selección de objetos recogidos a lo largo de los siglos, enredado en el pelo rubio a la altura de la nuca y aún llevaba las zapatillas Converse que tanto le gustaban. Pero aquella mirada cautelosa y triste era nueva.

Sarah agradecía la presencia de Marcus e Ysabeau, pero la persona a quien de veras necesitaba a su lado en ese momento era Fernando. Él había sido su sostén durante todo el suplicio.

—Gracias, Marcus —dijo Matthew colocando a Diana en el asiento. Phoebe intentó poner un vaso de agua en la mano de Diana. Al ver a Diana mirándolo sin expresión, Matthew se lo retiró y lo dejó sobre una mesita cercana.

Todas las miradas se volvieron hacia Sarah.

Pero esas cosas no se le daban bien a Sarah. La historiadora de la familia era Diana. Ella sabría por dónde empezar y cómo hilar los confusos acontecimientos en una historia coherente, con un principio, un nudo y un desenlace; tal vez incluso daría con una explicación creíble de por qué había muerto Emily.

—No hay una manera fácil de contaros esto —empezó la tía de Diana.

—No tienes que contarnos nada —dijo Matthew, con los ojos llenos de compasión y empatía—. Las explicaciones pueden esperar.

—No. Debéis saberlo los dos. —Sarah cogió el vaso de whisky que siempre tenía a su lado, pero estaba vacío. Miró a Marcus en una súplica silenciosa.

—Emily murió en el viejo templo —explicó Marcus, asumiendo el papel de narrador.

—¿El templo dedicado a la diosa? —susurró Diana, arrugando la frente y tratando de concentrarse.

—Sí —gruñó Sarah y tosió para deshacer el nudo en la garganta—. Emily cada vez pasaba más tiempo allí arriba.

—¿Estaba sola? —El gesto de Matthew ya no era cálido y comprensivo, y su tono era helador.

Volvió a hacerse el silencio, esta vez pesado e incómodo. —Emily no dejaba que nadie la acompañara —dijo Sarah tras armarse de valor para ser sincera. Diana también era bruja y, si se alejaba de la verdad, lo notaría—. Marcus intentó convencerla de que la acompañara alguien, pero Emily se negó.

—¿Por qué quería estar sola? —preguntó Diana, percatándose del desasosiego de Sarah—. ¿Qué estaba pasando, Sarah?

—Desde enero, Em había estado usando alta magia para guiarse. —Sarah apartó la mirada del rostro consternado de Diana—.

Tenía premoniciones espantosas de muertes y desastres, y creyó que tal vez la ayudaría a entender por qué.

—Pero Em siempre decía que la alta magia era demasiado oscura para que las brujas la emplearan con seguridad —dijo Diana con voz aguda otra vez—. Decía que cualquier brujo que se creyera inmune a sus peligros averiguaría por las malas lo poderosa que es en realidad.

—Hablaba por experiencia —dijo Sarah—. Puede ser adictiva. Cariño, Emily no quería que supieras que había sentido la tentación. Llevaba décadas sin tocar una sola piedra de adivinación, sin invocar a un solo espíritu.

—¿Invocar espíritus? —Los ojos de Matthew se entornaron. Con aquella barba negra, su aspecto era verdaderamente aterrador.

—Creo que estaba intentando con

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