365 días más («Trilogía 365 días» 3)

Blanka Lipińska

Fragmento

Capítulo 1

1

El cálido viento me revolvía el pelo mientras conducía el descapotable a toda velocidad junto a la playa. Por los altavoces retumbaba la canción de Ariana Grande Break Free, cuya letra respondía a mi situación como ninguna otra en el mundo. If you want it, take it, cantaba y asentía al ritmo de cada palabra al tiempo que subía el volumen.

Aquel día era mi cumpleaños. Teóricamente, era un año más vieja que el día anterior, así que debería estar deprimida, pero nunca me había sentido tan viva como en ese momento.

Detuve el coche en un semáforo, y justo entonces empezó el estribillo. Los bajos explotaron a mi alrededor y me sentía de tan buen humor que me puse a cantar con Ariana:

This is… the part… when I say I don’t want ya… I’m stronger than I’ve been before… —grité junto a ella, moviendo las manos en todas direcciones.

El joven que detuvo el coche a mi lado me sonrió con coquetería; debió de parecerle divertido mi comportamiento y empezó a golpear el volante al ritmo de la canción. Aparte de la música y de mi insólita conducta, quizá también le llamó la atención mi vestuario, porque no llevaba mucha ropa.

El bikini negro pegaba de manera ideal con mi Plymouth Prowler morado, con el que combinaba todo porque era la hostia. Mi coche, divino y extraordinario, era un regalo de cumpleaños. Por supuesto, era consciente de que mi hombre no se detendría ahí, pero me gustaba consolarme pensando que quizá fuera el último obsequio.

Todo había comenzado un mes antes: cada día me ofrecía algo por mi cumpleaños. Trigésimo cumpleaños, treinta días de regalos. Así lo veía él. Alcé los ojos al pensar en ello y arranqué cuando el semáforo se puso en verde.

Aparqué, cogí el bolso y me dirigí a la playa. Hacía mucho calor, era pleno verano y tenía muchas ganas de comprobar cuánto tiempo podía estar al sol sin hartarme. Sorbí un poco de té helado por una pajita y me puse a caminar hundiendo los pies en la ardiente arena.

—¡Felicidades, vejestorio! —gritó mi hombre; en cuanto me di la vuelta para mirarlo, un géiser de Moët & Chandon Rosé me explotó en la cara.

—¡¿Qué haces?! —chillé sonriendo, y traté de apartarme del chorro, aunque sin éxito.

Me empapó entera con la precisión y el acierto de un bombero con una manguera. Cuando la botella estuvo vacía, se abalanzó sobre mí y me tumbó sobre la arena.

—Felicidades —susurró—. Te quiero.

Entonces su lengua se introdujo lentamente en mi boca y empezó a moverse en todas direcciones. Gemí, crucé los brazos por detrás de su cuello y separé las piernas cuando se acomodó entre ellas, moviendo las caderas a un lado y a otro.

Sus manos agarraron las mías y las hundieron en el blando suelo. Luego se apartó de mí y me miró con expresión divertida.

—Tengo algo para ti. —Movió las cejas alegremente, se incorporó y tiró de mí para dejar que me levantara.

—¿De verdad? —murmuré con sarcasmo y alcé la vista, que ante él quedaba oculta por los cristales oscuros de mis gafas de sol.

Levantó la mano y me las quitó. Se puso serio.

—Me gustaría… —se aturulló, y lo miré con gesto divertido. Entonces inspiró profundamente, cayó de rodillas, estiró la mano y puso frente a mí una cajita—. Cásate conmigo —dijo Nacho mostrando sus blancos dientes en una sonrisa—. Me gustaría decir algo inteligente, romántico, pero solo deseo decir algo que te convenza.

Tomé aire, pero levantó la mano para detenerme.

—Piénsatelo antes de decir nada, Laura. Prometerse no significa casarse y casarse no significa que sea para toda la vida. —Empujó suavemente la cajita contra mi vientre—. Recuerda que no quiero obligarte a nada, no te ordeno nada. Di «sí» solo si lo deseas de verdad.

Por un instante se quedó en silencio, esperando mi respuesta, pero al no obtenerla, meneó la cabeza y continuó:

—Si no aceptas, te enviaré a Amelia y te torturará hasta la muerte.

Lo miré preocupada y asustada, pero a la vez contenta.

«Si en Nochevieja alguien me hubiera dicho que meses después estaría donde estoy, habría creído que estaba loco», pensé, y me reí para mis adentros. Y si hace un año por esas fechas, cuando Massimo me secuestró, alguien hubiera insinuado que un año después iba a aterrizar en Tenerife y que tendría a un chico de colores a mis pies, habría apostado una mano a que eso era imposible. Así que en ese instante no tendría mano… Pensar en lo que había ocurrido ocho meses antes aún me helaba la sangre, pero gracias a Dios, o al doctor Mendoza, mis sueños ya eran más tranquilos. Aunque tras tanto tiempo y con semejante compañía en la cama no podría ser de otro modo…

Capítulo 2

2

Cuando abrí los ojos por primera vez desde que los cerrara en la residencia de Fernando Matos, me di cuenta de que estaba cubierta por kilómetros de tubos insertados en mi cuerpo y que me rodeaban decenas de pantallas en las que se mostraban mis constantes vitales. Todos los aparatos lanzaban pitidos y ruidos. Quise tragar saliva, pero en la garganta tenía un tubo. Me dio la sensación de que en cualquier momento iba a vomitar. Los ojos se me nublaron y sentí que el pánico se apoderaba de mí. Entonces una de las máquinas empezó a pitar de manera estridente, la puerta se abrió y Massimo entró sofocado en la habitación, como si fuera un ariete. Se sentó a mi lado y me tomó de la mano.

—Querida. —Sus ojos se llenaron de lágrimas—. ¡Gracias a Dios!

El rostro de Black reflejaba cansancio, y me pareció que había perdido la mitad del peso que tenía la última vez que lo vi. Inspiró hondo y me acarició la mejilla. Al verlo, me olvidé del tubo que me asfixiaba. Empezaron a brotarme lágrimas y él las fue secando una a una sin apartar sus labios de mi mano. Justo en ese momento unas enfermeras entraron en la habitación y silenciaron aquel insoportable pitido.

Tras ellas aparecieron los médicos.

—Señor Torricelli, salga, por favor. Tenemos que ocuparnos de su esposa —dijo un hombre mayor con bata blanca, pero no reaccionó, así que el doctor repitió la orden en voz más alta.

Massimo se irguió por encima de él, adoptó la expresión más fría posible y le espetó, mascullando en inglés:

—Mi mujer acaba de abrir los ojos por primera vez en dos semanas. Si cree usted que voy a salir, se equivoca.

El médico agitó una mano resignado.

Cuando me sacaron de la garganta aquel tubo, que parecía el de un aspirador, pensé que habría sido mejor que Black no lo hubiera presenciado, pero en fin. Un momento después empezaron a entrar en mi habitación muchos médicos de las más diversas especialidades. Luego llegaron los análisis y las pruebas, montones de ellas.

Massimo no salió ni un momento ni tampoco me soltó la mano. Hubo un par de ocasiones en las que hubiera deseado que no estuviera allí, pero no habría sido capaz de apartarlo de mí, de convencerlo para que se separara unos centímetros y dejara sitio a los médicos. Finalmente, todos desaparecieron. A pesar de que me costaba un mundo hablar, quería preguntarle qué había sucedido. Traté de tomar aire y de mi boca salieron unos sonidos incomprensibles.

—No hables —gimió Black mientras volvía a acercar mi mano a su maravillosa boca—. Antes de que empieces a preguntar e investigar… —Suspiró y parpadeó nervioso, como si quisiera contener las lágrimas—. Me salvaste, Laura —murmuró, y a mí me subió la temperatura—. Tal como aparecía en mi visión, me salvaste, querida.

Su mirada se clavó en mi mano. No entendía qué quería decirme.

—Entonces…

Intenté arrancar, pero era incapaz de hablar.

En aquel momento me di cuenta de a qué podía referirse. Con manos temblorosas, aparté la sábana a un lado. Black intentó cogerme de las manos, pero algo le impedía luchar conmigo. Al final, me soltó las muñecas.

—Luca —susurré al ver las vendas en mi cuerpo—. ¿Dónde está nuestro hijo?

Mi voz apenas resultó audible y cada palabra me producía dolor. Quería gritar, levantarme de la cama y hacer ESA pregunta para que Black se sintiera obligado a decirme por fin la verdad.

Se levantó, cogió el edredón tranquilamente y cubrió mi cuerpo desgarrado. Sus ojos no tenían vida y, al mirarlo, me invadió no solo el miedo, sino también la desesperación.

—Ha muerto. —Se levantó, tomó aire y se giró hacia la ventana—. La bala le dio muy cerca… Era demasiado pequeño… No tenía oportunidad alguna. —A mi marido se le quebró la voz, y yo no sabía cómo definir lo que sentía en ese momento.

La palabra «desesperación» no era suficiente. Tenía la impresión de que alguien acababa de arrancarme el corazón. Las olas de llanto que me golpeaban a cada segundo me impedían respirar. Cerré los ojos y traté de tragarme la bilis que me subía a la garganta. Mi hijo, la dicha que tenía que ser parte de mí y de mi amado, había desaparecido. De repente, el mundo se detuvo.

Massimo se quedó quieto como una estatua, hasta que al final se secó los ojos y se giró hacia mí.

—Por fortuna, estás viva. —Se esforzó por sonreír, pero no lo consiguió—. Duerme, los médicos dicen que tienes que descansar mucho. —Me acarició la cabeza y secó mis mejillas húmedas—. Tendremos un montón de niños, te lo prometo.

Cuando dijo eso, exploté con un llanto aún más fuerte.

Se quedó de pie, resignado, respirando de manera superficial, y noté que la impotencia se apoderaba de él. Apretó los puños y salió sin mirarme. Poco después volvió en compañía de un doctor.

—Laura, le voy a administrar un calmante.

Como no podía hablar, negué con la cabeza.

—Sí, sí, tiene que recuperarse poco a poco, pero por hoy ya es suficiente —dijo mientras le dirigía una mirada de reproche a Black.

Clavó la jeringuilla en uno de los goteros y noté que me volvía extrañamente pesada.

—Aquí estaré. —Massimo se sentó junto a la cama y agarró mi mano. Empecé a adormilarme—. Te prometo que estaré aquí cuando te despiertes.

Y allí estaba cuando abrí los ojos, y todas las demás veces que me dormí y volví a despertar. No se apartó de mí ni un momento. Me leía, traía películas, me peinaba, me lavaba. Descubrí, preocupada, que esta última tarea también la hacía mientras dormía, porque no dejaba que las enfermeras se acercaran a mí. Me pregunto cómo consiguió soportar el hecho de que los médicos que me operaron fueran hombres.

Según pude deducir de sus lacónicos comentarios, me habían disparado en un riñón. No pudieron salvarlo. Por fortuna, las personas tenemos dos, y vivir con uno no es una tragedia, siempre y cuando esté sano. Durante la operación, mi corazón decidió dejar de cooperar, lo que no me extrañó demasiado. En cambio, me sorprendió que los médicos lograran arreglarlo. Desatascaron, cosieron, cortaron y, en principio, con eso debía funcionar. El doctor que realizó la operación me lo explicó todo durante más de una hora, mostrándome dibujos y gráficos en la pantalla de una tableta. Por desgracia, mi inglés no era lo bastante bueno como para comprender los detalles de su exposición. Además, debido a mi estado de ánimo, me era totalmente indiferente. Lo que importaba era que pronto abandonaría el hospital. En apariencia, cada día me encontraba mejor, mi cuerpo se recuperaba rápidamente… Mi cuerpo, porque mi alma seguía muerta. La palabra «hijo» quedó eliminada de nuestro vocabulario y el nombre «Luca» dejó de existir. Bastaba la mera mención a un niño, no ya durante la conversación, sino por televisión o internet, y rompía a llorar.

Massimo y yo hablábamos de todo, se abrió a mí más que nunca, pero bajo ningún concepto quería tocar el tema de Nochevieja. Me irritaba cada vez más. Dos días antes de la fecha prevista para que me dieran el alta en el hospital no aguanté más.

Black acababa de poner delante de mí la bandeja con la comida y se remangó.

—No voy a comer ni un bocado —bramé cruzando los brazos sobre la colcha—. No conseguirás escaquearte del tema. Ya no puedes escudarte en mi estado de salud, me siento fenomenal. —Alcé la vista con ostentación—. ¡Joder, Massimo, tengo derecho a saber qué ocurrió en la mansión de Fernando Matos!

Don Torricelli dejó la cuchara en el plato, inspiró con fuerza y se levantó irritado.

—¿Por qué eres tan testaruda? —Me dirigió una mirada de ira—. Por Dios, Laura. —Se cubrió la cara con las manos y se inclinó un poco hacia atrás—. Está bien. ¿Qué es lo último que recuerdas? —Su voz reflejaba resignación.

Rebusqué en todos los rincones de mi memoria y, cuando apareció la imagen de Nacho, se me heló el corazón. Tragué saliva ruidosamente y, poco a poco, expulsé el aire de los pulmones.

—Recuerdo que me pegó el hijo de puta de Flavio.

La mandíbula de Massimo empezó a moverse rítmicamente.

—Después apareciste tú.

Cerré los ojos y pensé que eso me ayudaría a recordar.

—Luego hubo un gran alboroto, todos salieron y nos dejaron solos.

Me detuve porque no estaba segura de lo que había ocurrido después.

—Me acerqué a ti… Recuerdo que me dolía mucho la cabeza… Y después nada.

Me encogí de hombros a modo de disculpa y le miré.

Sabía que estaba a punto de estallar. Toda esa situación y los recuerdos asociados a ella despertaban en su interior un enorme sentimiento de culpa que no era capaz de sobrellevar. Caminaba por la habitación con los puños apretados y su pecho se hinchaba y deshinchaba a un ritmo frenético.

—Flavio, ese… Mató a Fernando y después disparó a Marcelo.

Al oír esas palabras, noté que me bloqueaba.

—Pero no le dio —añadió, y respiré aliviada.

Massimo me miró sorprendido y fingí que me dolía el pecho. Me llevé la mano al busto y le hice una señal para que continuara.

—Ese hijoputa calvo lo mató, o al menos eso pensó cuando el otro cayó tras el escritorio y lo llenó todo de sangre. Entonces te sentiste peor.

Volvió a detenerse y apretó los puños con tal fuerza que los nudillos se le quedaron blancos.

—Quise sujetarte y entonces disparó de nuevo.

Puse los ojos como platos y el aire se me atascó en la garganta de tal manera que no me permitía emitir palabras. Mi aspecto debía de ser horrible, porque Black se me acercó y me acarició la cabeza mientras comprobaba los indicadores de los monitores. Me bloqueé. ¡¿Por qué me disparó Nacho?! No podía comprenderlo.

—¡Y por eso no quería hablar contigo de este tema! —bramó Black cuando una de las máquinas empezó a pitar.

Poco después, una enfermera entró corriendo en la habitación y los médicos tras ella. Se montó un gran revuelo a mi alrededor, pero al cabo de un rato volvieron a inyectarme algo a través del catéter de mi muñeca y todo quedó solucionado. Pero esa vez no me dormí, solo me tranquilicé. Me sentía como una lechuga. En apariencia, lo veía y lo entendía todo, pero experimentaba una extraña felicidad. «Soy una flor de loto en la superficie de un lago», pensé tumbada sobre la cama mientras observaba cómo Massimo le explicaba al médico lo que había ocurrido y este le quitaba importancia al asunto agitando una mano. «Ay, doctor, si supieras quién es mi marido, jamás te habrías atrevido a acercarte tanto a él», cavilé sonriendo. Ambos discutieron un momento, hasta que al final Black se dio por vencido y asintió. Un rato después volvimos a quedarnos a solas.

—¿Y qué pasó a continuación? —pregunté alargando un poco las palabras, aunque me parecía que hablaba con normalidad.

Se quedó pensativo y me miró con atención. Entonces le dirigí una sonrisa ligeramente narcótica y él negó con la cabeza.

—Por desgracia, Flavio se recuperó y te disparó.

«Flavio», repetí mentalmente, y mi rostro mostró una alegría incontrolada. Don Massimo seguramente lo atribuyó al efecto de los calmantes y continuó:

—Marcelo lo mató, más bien lo masacró, porque le metió todo el cargador en el cuerpo. —Black resopló de manera burlona y meneó la cabeza—. En ese momento yo estaba ocupándome de ti. Domenico fue a buscar ayuda, porque la sala estaba insonorizada y nadie había oído nada. Matos trajo un botiquín. Después llegó la ambulancia. Perdiste mucha sangre. —Volvió a levantarse—. Y eso es todo.

—¿Y ahora? ¿Qué va a ocurrir ahora? —pregunté entornando los ojos para aguzar la vista.

—Volvemos a casa. —En su cara apareció la primera sonrisa sincera del día.

—Me refiero a los españoles, a vuestros negocios —balbucí tumbándome boca arriba.

Massimo me miró con suspicacia y preparé mentalmente una buena justificación para mi pregunta. Permaneció en silencio bastante rato, y al final decidí mirarle fijamente.

—¿Estoy a salvo o van a volver a raptarme? —pregunté con fingida irritación.

—Digamos que he llegado a un acuerdo con Marcelo. Toda la casa está plagada de dispositivos electrónicos, igual que la nuestra. Hay cámaras y sistemas de grabación. —Cerró los ojos y agachó la cabeza—. Vi uno de los vídeos y escuché lo que decía Flavio. Sé que a la familia Matos la enredaron en el asunto. Fernando no conocía las intenciones de Flavio. Marcelo cometió un enorme error al raptarte. —Los ojos de Black se encendieron de ira—. Pero sé que te salvó la vida y te cuidó. —Empezó a temblar y de su garganta surgió una especie de rugido—. No puedo soportar la idea de que… —Se detuvo y lo observé con cierta indiferencia—. ¡Jamás habrá paz! —Se levantó de la silla y la lanzó contra la pared—. Por culpa de ese hombre ha muerto mi hijo y mi esposa casi pierde la vida. —Inspiró sin fuerza—. Cuando vi la grabación en la que ese hijo de puta te torturaba… ¡Te juro que, si pudiera, lo volvería a matar un millón de veces!

Massimo cayó de rodillas en mitad de la habitación.

—No puedo soportar la idea de que no te protegí, de que permití que ese calvo malnacido te secuestrara y te llevara al lugar donde te atacó ese degenerado.

—Él no lo sabía —susurré entre lágrimas—. Nacho no tenía ni idea de por qué me habían raptado.

La mirada llena de odio de Massimo se posó en mi boca.

—¿Lo defiendes? —Se levantó, dio tres pasos y se me acercó—. ¿Después de todo lo que has pasado por su culpa, lo defiendes?

Se quedó de pie junto a mí, resoplando, y sus pupilas estaban tan dilatadas que sus ojos se volvieron completamente negros.

Lo miré y descubrí con sorpresa que no sentía nada, ni rabia, ni nervios, ni siquiera notaba debilidad. Era muy extraño. Los medicamentos que me habían administrado me habían vaciado de emociones y lo único que reflejaba lo que sentía eran las lágrimas que rodaban por mis mejillas.

—Es que no quiero que tengas enemigos, porque eso también me afecta a mí —contesté, y al momento lamenté haber pronunciado esas palabras.

Mi respuesta era una acusación, no directa, pero acusación al fin y al cabo. Sin quererlo, insinuaba que él era el responsable de mi estado.

Black suspiró y se quedó pensando. Su labio mordisqueado pedía misericordia. Se levantó y se dirigió lentamente hacia la puerta.

—Voy a ocuparme de tu alta —susurró, y salió en silencio de la habitación.

Quise llamarle y rogarle que se quedara, pedirle perdón y explicarle que no tenía mala intención al decir eso, pero las palabras se me atascaron en la garganta. Cuando la puerta se cerró, me quedé un rato mirándola fijamente y al final me dormí.

Me despertó mi vejiga. Era una sensación que había empezado a apreciar poco antes, así como la de verme capaz de ir al baño sola. Disfrutaba de cada visita al servicio. Por fin me habían quitado el catéter urinario y, como el médico había dicho que tenía que andar, desde hacía unos días me dedicaba a dar cortos paseos, aunque sin soltar el portasueros.

Estuve un buen rato en el baño, ya que hacer mis necesidades enganchada a un gotero no fue sencillo y exigía una habilidad excepcional. Además, tuve que apañármelas sola, ya que al despertar descubrí, sorprendida, que Massimo había desaparecido. El día que ingresé en el hospital pidió que llevaran una segunda cama a la habitación y siempre dormía a mi lado. El dinero abría todas las puertas. Si hubiera querido tener allí muebles antiguos y una fuente, lo habría conseguido. Su cama estaba sin deshacer, lo cual significaba que esa noche había tenido que solucionar asuntos más importantes que cuidar de mí.

Como había dormido todo el día, no tenía sueño, así que decidí vivir una aventura saliendo sola al pasillo. Nada más cruzar el umbral, me agarré a la pared y vi con alegría que dos fornidos guardaespaldas se levantaban de un salto al descubrir mi presencia. Les hice una señal con la mano para que se sentaran y caminé por el pasillo arrastrando el portasueros tras de mí. Desgraciadamente, me siguieron. En cuanto me di cuenta de lo ridícula que resultaba la situación, me entraron ganas de reír. Iba ataviada con una bata blanca y unas botas Emu de color rosa, con el pelo rubio despeinado, apoyada en un perchero metálico, y detrás de mí dos gorilas con traje negro y el cabello engominado. Por desgracia, la velocidad que podía alcanzar no era extraordinaria, así que nuestra comitiva avanzaba paso a paso.

Necesité sentarme un momento, pues mi organismo aún no estaba preparado para largas expediciones. Mis acompañantes se detuvieron a unos metros de mí. Miraron alrededor por si había alguna «amenaza», pero no vieron nada y se pusieron a charlar. Aunque era de noche, en el pasillo del hospital había mucho movimiento. Una enfermera se acercó a mí y me preguntó si me pasaba algo. La tranquilicé explicándole que solo estaba descansando, así que se marchó.

Finalmente me levanté para volver a mi habitación cuando al fondo del pasillo distinguí una silueta familiar. Estaba de pie junto a una ventana muy grande.

—No es posible —susurré, y fui caminando hasta ella—. ¿Amelia?

La chica se giró hacia mí y en su rostro apareció una sonrisa apagada.

—¿Qué haces aquí? —pregunté sorprendida por encontrármela allí.

—Estoy esperando —contestó señalando con la cabeza hacia algo que estaba al otro lado de la ventana.

Miré a la izquierda y vi una sala en la que había bebés en incubadoras. Eran muy pequeños, algunos poco más grandes que un envase de azúcar. Parecían muñecas a las que hubieran enganchado tubos y cables. Al verlos, se me puso mal cuerpo. «Luca era así de pequeño», pensé. Los ojos se me llenaron de lágrimas y se me hizo un nudo en la garganta. Los cerré con fuerza y, antes de abrirlos, me giré hacia la chica. La volví a mirar, pero esta vez la observé atentamente. Llevaba una bata, así que era otra paciente del hospital.

—Pablo ha nacido demasiado pronto —dijo secándose la nariz con la manga. En sus mejillas se veían rastros de lágrimas—. En cuanto me enteré de lo que le había pasado a su padre y… —Su voz se quebró y supe qué quería decirme.

La rodeé con el brazo, no sé si para darle ánimos o para dármelos a mí. Entonces los guardaespaldas se apartaron unos pasos para dejarnos un poco de intimidad. Amelia apoyó la cabeza en mi hombro. Sollozaba. No tenía ni idea de qué sabía, probablemente su hermano le habría ahorrado detalles innecesarios.

—Siento mucho lo de tu marido.

Me costó horrores pronunciar esas palabras, porque no las sentía; al contrario, me alegraba que Nacho lo hubiera matado.

—En realidad no era mi marido —susurró—. Pero le llamaba así. Deseaba que lo fuera.

Se sorbió la nariz y se irguió.

—¿Y tú qué tal estás? —Su mirada llena de preocupación se posó en mi vientre.

—¡Laura! —A mi espalda se oyó un bramido que no auguraba nada bueno.

Me giré y vi a Massimo muy cabreado avanzando a grandes zancadas por el pasillo.

—Tengo que irme. Te buscaré —susurré. Me di la vuelta y fui hacia mi marido.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó irritado, y me sentó en una silla de ruedas que había junto a la pared. Después, entre dientes, reprendió en italiano a los dos seguratas y empujó lentamente la silla en dirección a mi habitación.

Entramos, me dejó sobre la cama y me tapó con la colcha. Naturalmente, durante todo el trayecto tuvo que soltar su habitual rollo sobre lo irresponsable e irreflexiva que era; de otro modo, no habría sido él.

—¿Quién era esa chica? —preguntó mientras colgaba la chaqueta en el respaldo de la silla.

—La madre de uno de los niños prematuros —susurré girando la cabeza en otra dirección—. No sabe si su bebé sobrevivirá. —La voz se me quebró. Sabía que Black no insistiría en el tema del niño.

—No entiendo por qué has ido a esa zona del hospital —me reprochó. Se hizo un incómodo silencio en el que solo se oía la respiración de mi marido—. Deberías descansar —comentó cambiando de tema—. Mañana volvemos a casa.

Fue una noche complicada. Cada poco tiempo me despertaba de sueños en los que aparecían niños, incubadoras y mujeres embarazadas. Esperaba librarme de todos esos pensamientos que me atormentaban cuando llegara a casa. Por la mañana, no veía el momento en que Massimo me dejara sola y fuera a molestar al consejo médico que se había reunido para tratar la cuestión de mi alta. Los doctores no estaban demasiado contentos con la decisión de mi marido de sacarme del hospital, porque, en su opinión, aún no estaba bien. Accedieron a condición de que pudieran detallar cómo iba a ser el tratamiento que debía seguir y que se respetarían todas sus indicaciones. Don Massimo trajo a un médico desde Sicilia para que le aconsejara y entonces se sentaron a discutir la cuestión.

Decidí aprovechar para ir a ver a Amelia. Me vestí con un chándal que me habían preparado y unas zapatillas. Me asomé por la puerta con cuidado. Con sorpresa, pero aliviada, descubrí que no había nadie fuera. Al principio me asusté. Pensé que alguien había liquidado a mis guardaespaldas y que vendría a por mí, pero luego recordé que ya no tenía nada que temer. Avancé por el pasillo.

—Estoy buscando a mi hermana —dije al llegar al mostrador de la unidad neonatal.

Una enfermera mayor que estaba sentada en una silla giratoria dijo unas palabras en español, alzó los ojos y se fue. Poco después ocupó su lugar una chica joven y sonriente.

—¿En qué puedo ayudarla? —preguntó en un correcto inglés.

—Estoy buscando a mi hermana, Amelia Matos. Está ingresada en esta área; ha tenido un parto prematuro.

La joven miró un momento la pantalla del ordenador, me facilitó el número de la habitación y me indicó dónde se encontraba.

Me detuve delante de la puerta y me quedé inmóvil, con la mano preparada para llamar. «Pero ¿qué demonios estoy haciendo? —pensé—. Voy a entrar a ver a la hermana del sicario que me secuestró para preguntarle cómo se encuentra después de que haya muerto el tipo que me torturó y quiso matarme, que resulta que además era su novio.» La situación era tan surrealista que no podía creer lo que estaba a punto de hacer.

—¿Laura? —dijo alguien a mi espalda.

Me di la vuelta. A mi lado estaba Amelia con una botella de agua bajo el brazo.

—He venido a ver cómo te encuentras —balbucí tras inspirar profundamente.

Abrió la puerta y me agarró de la mano para que entrara tras ella. La habitación era aún más grande que la mía. Contaba con una especie de salón y un segundo dormitorio. Por todas partes se veían lilas, cientos de ellas, y el aire estaba impregnado de su aroma.

—Mi hermano me trae un ramo de flores cada día —dijo suspirando y sentándose. Yo me quedé paralizada y, presa del pánico, empecé a mirar a los lados y a retirarme hacia la puerta—. No te preocupes, se ha marchado y hoy ya no vendrá —comentó como si me hubiera leído el pensamiento—. Me lo ha contado todo.

—¿Concretamente qué? —pregunté, y me senté en una silla, a su lado.

Agachó la cabeza y empezó a hurgarse las uñas; parecía una sombra, no quedaba ni rastro de la hermosa chica que era.

—Sé que no erais pareja y que mi padre ordenó que te raptaran, pero Marcelo tenía que encargarse de que estuvieras cómoda y ocuparse de ti. —Se acercó a mí—. Laura, no soy tonta. Sé a qué se dedicaba Fernando Matos y en qué familia había nacido. —Suspiró—. Pero que Flavio tomara parte en todo eso… —Su voz se quebró al mirar mi vientre—. ¿Qué tal está tu…? —Se detuvo al ver que yo negaba con la cabeza y que mis ojos se llenaban de lágrimas. Cerró los suyos y segundos después las lágrimas empezaron a caerle por las mejillas—. Lo siento —susurró—. Has perdido a tu hijo por culpa de mi familia.

—Amelia, no ha sido culpa tuya, no eres tú quien debe pedir perdón —dije con la voz más firme que fui capaz de conseguir—. Debemos agradecérselo a los hombres con los que nos ha tocado vivir. Tú al tuyo porque Pablo esté ahora entre la vida y la muerte y yo al mío por haberme traído a esta isla.

Era la primera vez que decía eso en voz alta, y, al oírme, sentí un pinchazo en el pecho. Nunca había expresado mi resentimiento hacia Massimo. En realidad, no estaba siendo del todo sincera con Amelia, porque el único culpable de lo sucedido era Flavio… Pero no quería hundirla aún más.

—¿Cómo se encuentra tu hijo? —pregunté conteniendo el llanto. Aunque les deseaba lo mejor a ambos, no me resultó sencillo pronunciar esas palabras.

—Mejor, creo. —Sonrió—. Como ves, mi hermano se ha ocupado de todo. —Señaló la habitación con la mano—. Ha comprado a los médicos o los ha aterrorizado, así que me tratan como a una reina. Pablo recibe la mejor atención y cada día está más fuerte.

Charlamos unos minutos más hasta que me di cuenta de que, si Black no me encontraba en la habitación, tendría problemas.

—Debo marcharme, Amelia. Hoy vuelvo a Sicilia.

Me levanté haciendo un leve quejido.

—Espera, Laura. Hay otro asunto que quiero comentarte… —La miré intrigada—. Marcelo… Es sobre mi hermano.

Al oírlo abrí mucho los ojos y ella empezó a hablar algo indecisa:

—No quiero que lo odies, sobre todo porque creo que él te…

—No tengo nada en contra de él —la interrumpí por temor a lo que iba a decir—. En serio. Dale recuerdos de mi parte. Tengo que irme —insistí, y después de darle un beso y abrazarla con delicadeza, salí de la habitación casi a la carrera.

Una vez en el pasillo, me apoyé en la pared tratando de recuperar el aliento. Me sentía mal y notaba pinchazos en el pecho, aunque extrañamente no oía mi corazón, ese horrible golpeteo en la cabeza que aparecía en casi todos los ataques de pánico. Por un momento quise regresar con Amelia y pedirle que acabara la frase, pero me dominé y volví a mi habitación.

Capítulo 3

3

—¡Maldita sea! —bramó Olga al entrar corriendo en mi dormitorio y verme entre las sábanas—. ¿Crees que te voy a esperar eternamente, zorra?

Quiso abrazarme, pero a medio camino recordó que estaba cosida por los cuatro costados y se contuvo. Se arrodilló sobre la cama; un torrente de lágrimas se agolpó en sus ojos y poco después se desbordó.

—Tenía muchísimo miedo, Laura —dijo entre sollozos, y me sentí mal por ella—. Cuando te raptaron, quise… no sabía… —balbució atragantándose por la histeria.

La cogí de la mano y la acaricié con delicadeza, pero ella seguía gimoteando como un niño pequeño, con la cabeza bajo mi mentón.

—Soy yo quien debería consolarte a ti, no al revés.

Se secó la nariz y me miró.

—Estás tan delgada… —se lamentó—. ¿Te encuentras bien?

—De maravilla, si excluimos los dolores por las operaciones, el hecho de que llevo casi un mes fuera y que he perdido a mi hijo —dije suspirando.

Debió de notar el sarcasmo en mis palabras, porque se calló y agachó la cabeza. Durante un rato pensó en algo muy concentrada y al final inspiró profundamente.

—Massimo no les ha dicho nada a tus padres.

Hizo una mueca de decepción.

—Tu madre se vuelve loca de preocupación y él la engaña. Primero, cuando querían despedirse de ti el día que te ibas, me ordenó que les dijera… ¿Te lo puedes creer? Me ordenó que hablase con ellos y les contase una trola —bramó—. Les expliqué que Massimo te había preparado un viaje sorpresa y que había organizado tu secuestro. —Arqueó las cejas con expresión divertida—. Grotesco, ¿no? Que como regalo de Navidad te había secuestrado para llevarte a la República Dominicana. Ya sabes, un sitio muy lejano y con poca cobertura. Durante tres semanas le conté a tu madre esa mentira cada vez que escribía. En ocasiones no me creía, así que le escribía por Facebook como si fueras tú. —Olga se encogió de hombros—. Pero, por desgracia, Klara no es tonta.

Se tumbó a mi lado y se cubrió la cara con las manos.

—¡No sabes por lo que he pasado! Cada mentira generaba otra y cada nueva historia era menos creíble que la anterior.

—¿Cuál fue la última versión? —pregunté con toda la tranquilidad que fui capaz de reunir.

—Que estabais arreglando unos negocios en Tenerife y que tu teléfono se había hundido en el océano.

Volví la cabeza y la miré. «Por culpa de todo esto voy a tener que mentir de nuevo», pensé.

—Déjame tu teléfono. Massimo no me ha devuelto el mío.

—Lo tenía yo. —Sacó mi móvil del cajón que había junto a la cama—. Lo encontré en el pasillo del hotel cuando te raptaron.

Se levantó y se arrodilló junto a mí.

—Creo que es mejor que te deje sola, Laura.

Asentí y cogí el teléfono. Miré la pantalla y busqué «Mamá» en la lista de contactos. No sabía si decirle la verdad o mentirle. Si mentía, ¿qué le contaba? Al cabo de un rato me di cuenta de que la sinceridad sería cruel en ese momento, sobre todo porque todo se había arreglado y ella casi había empezado a querer a mi marido. Inspiré hondo y marqué el número. Me llevé el móvil a la oreja.

—¡Laura! —El agudo grito de mi madre me dejó al borde de la sordera—. ¿Por qué demonios no me has llamado en todo este tiempo? ¿Sabes por lo que he pasado? Tu padre estaba muy preocupado…

—Todo está bien. —Alcé la vista y noté que las lágrimas comenzaban a aflorar bajo los párpados—. He vuelto hoy. No tenía teléfono; se hundió en el mar.

—No entiendo nada. ¿Qué sucede, hija?

Era consciente de que acabaría por pillarme. Y también sabía que tarde o temprano tendría que llegar esa conversación.

—Tuve un accidente en las islas Canarias…

Suspiré y, aprovechando que mi madre no decía nada, continué:

—Un coche chocó con el que yo conducía y… —La voz se me atascó en la garganta y corrieron hilos de agua salada por mis mejillas—. Y… —Intenté volver a hablar, pero no fui capaz. Finalmente rompí a llorar—. Mamá, he perdido a mi hijo.

Al otro lado de la línea se hizo un silencio espantoso, pero noté que ella también lloraba.

—Querida mía —susurró, y en ese momento supe que no podía decirme nada más.

—Mamá, yo…

Ninguna de las dos estábamos en condiciones de hablar, así que permanecimos calladas y lloramos juntas. Aunque nos separaban muchos miles de kilómetros, sabía que estaba conmigo.

—Cojo un avión y me planto allí —anunció minutos después—. Me voy a ocupar de ti.

—Mamá, no tiene sentido, debo… debemos afrontar esto solos. Massimo me necesita más que nunca. Y yo a él. Iré a veros en cuanto me encuentre mejor.

Me llevó un buen rato convencerla de que ya era mayorcita y de que tenía un marido con el que debía pasar ese difícil trance. Al cabo de unos minutos, se dio por vencida.

Por un lado, charlar con ella fue como una catarsis, pero, por otro, me dejó tan extenuada que me dormí enseguida. Me despertó un ruido en el piso inferior. Percibí un resplandor procedente de la chimenea, así que me levanté y bajé las escaleras. Cuando iba por la mitad, vi como Black echaba leña al fuego. Me agarré al pasamanos y seguí bajando. Llevaba el pantalón del traje y una camisa negra desabrochada. Cuando puse el pie en el último escalón, alzó la vista hacia mí.

—¿Por qué te has levantado? —balbució. Se dejó caer en el sofá y se quedó mirando el fuego como hipnotizado—. No debes cansarte; vuelve a la cama.

—Sin ti, no tiene sentido —comenté sentándome a su lado.

—No puedo dormir contigo.

Cogió la botella de whisky casi vacía y se sirvió otra copa.

—Podría hacerte daño sin querer, y ya bastante has sufrido por mi culpa.

Suspiré con fuerza y le levanté el brazo para que me rodeara, pero lo apartó.

—¿Qué pasó en Tenerife?

En su voz había reproche y algo más que nunca había oído.

—¿Estás borracho? —Volví su cabeza hacia mí.

Me miró con expresión indiferente, pero en sus ojos había ira.

—¡No me has contestado! —dijo alzando la voz.

Me pasaron por la mente mil ideas por segundo, pero sobre todo una: ¿se había enterado? Me preguntaba si sabía lo que había ocurrido en la casa de la playa y si por algún casual conocía mi debilidad por Nacho.

—Tú tampoco me has respondido.

Me levanté demasiado rápido. Noté un dolor y me agarré al sofá.

—Pero ya no hace falta que digas nada. Estás como una cuba, así que no voy a hablar contigo.

—¡Sí lo harás! —bramó levantándose de golpe a mi espalda—. Eres mi esposa y tienes que contestar cuando te pregunto.

Tiró el vaso contra el suelo y el cristal se esparció por todos lados.

Yo permanecí de pie, descalza, encogida junto a la imponente figura de Massimo. Su mandíbula se movía al ritmo que marcaban sus dientes, que se apretaban y se relajaban. Cerró los puños con fuerza. Me quedé callada, asustada por lo que veía. Esperó un momento y, al no obtener respuesta, se dio la vuelta y se marchó.

Tenía miedo de cortarme, así que me senté en el sofá y levanté los pies para apoyarlos en un cojín. Mi recuerdo menos deseado llegó volando a la velocidad de la luz y vi a Nacho recogiendo los fragmentos del plato para que no me cortara. Recordé cómo me cogió y me puso a un lado para limpiarlo todo bien.

—Dios mío —susurré aterrada por lo que mi mente me ponía ante los ojos.

Me acurruqué en el sofá y cogí la manta que había a mi lado. Me envolví en ella y me dormí mirando el fuego.

Los siguientes días, en realidad semanas, pasaron de un modo similar. Me tumbaba en la cama, lloraba, pensaba, recordaba, volvía a llorar. Massimo trabajaba, aunque a decir verdad no sabía qué hacía porque lo veía muy poco, sobre todo cuando aparecían los médicos y tenía algún análisis o rehabilitación. No dormía conmigo, ni siquiera sabía dónde se acostaba, porque la mansión era enorme y tenía tantos dormitorios que no lo habría encontrado aunque lo hubiera buscado.

—Laura, esto no puede ser —dijo Olga sentándose a mi lado en un banco del jardín—. Ya estás bien, no te ocurre nada, pero te comportas como si estuvieras muy enferma.

Se tapó la cara con las manos.

—¡Estoy harta! Massimo se enfurece y se lleva a Domenico. Tú no haces más que llorar o estar tirada en la cama como un pelele. ¿Y qué pasa conmigo?

Me di la vuelta y la miré. Estaba sentada con la vista fija en mí, esperando una respuesta.

—Déjame en paz, Olga —balbucí.

—De eso nada. —Se levantó de golpe y estiró una mano hacia mí—. Vístete, nos vamos.

—Te contesto de la forma más eufemística posible: que te jodan.

Desvié la mirada y de nuevo la enfoqué en el mar. Noté que Olga hervía de rabia. El calor que desprendía su cuerpo casi me abrasaba.

—Eres una maldita egoísta.

Se levantó y se puso delante de mí. Empezó a gritarme:

—¡Me trajiste a este país, dejaste que me enamorara! ¡Es más, me he prometido! ¿Y ahora me dejas sola?

Su voz era desgarradora, estridente y me provocó profundos remordimientos.

No sé cómo lo hizo, pero consiguió arrastrarme arriba para que me pusiera un chándal. Después, me metió en el coche.

Nos detuvimos junto a una pequeña casa de Taormina. Cuando se bajó del vehículo, la miré como una imbécil.

—¡Mueve el culo, pesada! —gritó al verme aún sentada. En su voz no había ira, más bien preocupación.

—¿Me quieres explicar qué hacemos aquí? —pregunté cuando el guardaespaldas cerró la puerta del coche detrás de mí.

—Nos curamos. —Señaló el edificio con las manos—. Aquí se curan las cabezas enfermas. Al parecer, Marco Garbi es el mejor psicólogo de la zona.

Al oír eso, intenté abrir la puerta del coche para esconderme dentro, pero me apartó tirándome del brazo.

—Podemos hacerlo por nuestra cuenta o esperar a que tu apodíctico marido encuentre a un puto médico pirado que le mandará informes de todas tus visitas.

Alzó las cejas y esperó.

Me apoyé en el coche resignada. No sabía lo que quería, cómo ayudarme ni si tenía sentido hacerlo. Además, no me pasaba nada.

—No sé ni para qué me he levantado de la cama.

Suspiré, pero al final me dirigí a las escaleras.

El médico resultó ser un hombre excepcional. Esperaba encontrarme a un siciliano de cien años de pelo blanco engominado, con gafas, que me pediría que me tumbara en un diván freudiano. Sin embargo, Marco solo tenía diez años más que yo y toda la conversación tuvo lugar en la cocina. No parecía el típico psicólogo. Llevaba unos vaqueros rotos, una camiseta con parches roqueros y botas de lona. Tenía el pelo largo y rizado recogido en una coleta, y empezó la conversación preguntándome si quería tomar algo. Me pareció poco profesional, pero el especialista era él, no yo.

Cuando por fin se sentó, dejó claro que se daba cuenta de quién era mi marido y añadió que le traía sin cuidado. Me aseguró que Massimo no tenía ningún poder en su casa y que nunca se enteraría de nuestras conversaciones.

Después me pidió que le relatara con detalle el último año de mi vida, pero cuando llegué a mi accidente, me detuvo. Vio que me estaba atragantando con el llanto. Luego me preguntó qué me gustaría hacer, qué planes tenía hasta Nochevieja y qué me hacía feliz.

En realidad, fue una conversación normal con un desconocido. Al acabar, no me sentí ni mejor ni peor.

—¿Qué tal? —Olga me esperaba en el vestíbulo y se levantó de la silla al verme llegar—. ¿Cómo ha ido?

—La verdad es que no sé qué decir. —Me encogí de hombros—. No veo cómo puede ayudarme si solo habla conmigo.

Subimos al coche.

—Además, me ha dicho que no sufro ninguna enfermedad, pero que necesito un tratamiento para comprenderlo todo. —Alcé la vista—. Opina que, si quiero, puedo seguir pasando el tiempo tumbada. —Le saqué la lengua—. Aunque no sé si quiero. —Me quedé pensativa—. Lo que he sacado en claro de esta visita es que me aburro y que ese es mi mayor problema. Creo que ha insinuado que, para empezar, debo buscarme algo que hacer, aunque no estoy segura. Lo que sea, menos esperar a que vuelva mi antigua vida. —Apoyé la cabeza en el cristal.

—Entonces, perfecto. —Olga dio un salto en el asiento y aplaudió—. Hoy mismo empezamos las clases. Te voy a recuperar, ya verás.

Me rodeó el cuello con los brazos y le dio unas palmaditas en el hombro al conductor.

—Volvemos a casa —dijo.

La miré extrañada y sorprendida, pues me preguntaba qué se traía entre manos.

Cuando nos detuvimos en el camino de acceso, vi que había más de diez coches aparcados. «¿Tenemos invitados y no me he enterado?», pensé, y miré qué llevaba puesto ese día. El chándal beis de Victoria’s Secret era precioso, pero no para presentarme ante las visitas. Ante gente normal sí, pero no ante las personas con las que mi marido hacía negocios, o sea, gánsteres de todos los rincones del mundo. Por u

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