Prólogo
Londres, mayo, 1832
—¡Clarit!... ¡¡¡Clarit!!!
El grito de su padre la sobresaltó haciéndola salir de su ensoñación...
—¿Q-qué sucede, padre?
—Deja de andar por las nubes, muchacha —la reprendió—. Charlotte quiere verte. Me preguntó por ti esta mañana —le comunicó su padre, tomando asiento y observándola alejarse de la ventana donde ella se encontraba.
Clarit se acercó a su padre y le dio en la mejilla un suave beso de bienvenida.
—Debe ser sobre las clases de costura que me está dando. Me va a enseñar a hacer un vestido como los de las damas de la clase alta; lo vamos a diseñar para mí.
Clarit se dirigió al mueble, y tomó un plato de porcelana para servirle un trozo de pastel a su padre; luego se dispuso a preparar el té.
—¿Para qué quieres un vestido de esos?
Clarit lo observó con una sonrisa soñadora.
—Robert me va a llevar a cenar con su familia.
—Niña, ya te dije que te olvides de ese muchacho: él solo quiere robar tu inocencia y luego se olvidará de ti. Recuerda que es hijo de un conde, y esos jamás se cansan con mujeres de clase baja, como lo eres tú. Me arrepiento del momento en que dejé que trabajaras para esa familia.
Clarit trabajó una temporada por recomendación de él, cuidando a la fallecida lady Blackford cuando había estado muy enferma y en cama años atrás. Ella se había dedicado a leerle y a hacerle compañía hasta el día que ya no abrió sus ojos nunca más.
—Padre...
—Entiende, Clarit. Tú eres sola la hija de un viejo sastre.
Thomas Thompson no pudo evitar sentirse mal al ver el asomo de las lágrimas en los ojos de su hija, pero debía ser realista, y ella también tenía que serlo. Él era un simple sastre, que, pese a que ganaba muy bien y mantenía una vida acomodada, era un plebeyo que no poseía ningún título ni posición social como para que el hijo de un conde se fuera a casar con su hija.
Clarit le sirvió una taza de té y lo miró con tristeza.
—Padre, tú bien sabes que los Blackford no son iguales a los demás aristócratas; ellos no son unos esnobs. Me acogieron muy bien cuando trabajé cuidando de la condesa, y tengo una muy agradable amistad con lady Alexandra. Y, aunque no lo crea, Robert está enamorado de mí.
Su padre la miró con melancolía. Clarit, a sus diecinueve años, era idéntica a su madre cuando él la había conocido: cabello rubio; rostro de facciones delicadas, adornado por dos hermosos ojos color azul zafiro, decorados por espesas pestañas; nariz respingona y labios perfectamente delineados y carnosos. Recordó que, así como él se había enamorado de Ruth hacía tantos años, los muchachos se enamoraban de su hija. Aun así, no creía que ese caballero realmente fuera a casarse con su Clarit: los lores no se casaban con mujeres de clase baja.
No negaba que lord Robert fuera muy simpático, y no era el típico esnob, como la mayoría de sus clientes. No obstante, estaba seguro de que Clarit nunca iba a ser aceptada en esa familia. Ella solo era la muchacha que había velado por la condesa enferma. Si tan solo su Ruth estuviera viva para que lo ayudara con su hija... Pero un mal parto se la había llevado de su lado hacía quince años junto a su hijo, dejándolos solos.
—Si tan enamorado está ese muchacho de ti, dile que venga a hablar conmigo y que me pida permiso para cortejarte —le aconsejó resignado. Con eso solo se darían cuenta de una cosa: él estaba equivocado, o su hija lo estaba. Aunque tampoco eso les aseguraría nada.
—Se lo diré, y te vas a convencer de que Robert de verdad está enamorado de mí. —Le dio un beso en la mejilla y le regaló una radiante sonrisa—. Iré a ver qué quiere la señora Charlotte.
Su padre la observó marcharse, y se preguntó qué iba a ser del destino de su hija. Ella era una muchacha espabilada y muy inteligente, por lo que no comprendía qué le había dado ese muchacho para que la tuviera tan embelesada.
Thomas no esperaba que el muchacho fuera hablar con él; sospechaba que solo era un encaprichamiento de niño de rico y que se rehusaría a hacerlo buscando alguna excusa. Fue por eso que se llevó una gran sorpresa días después, al llegar a su casa y encontrar a lord Robert Blackford esperándolo en la sala.
—Buenas tardes, milord. No esperaba verlo por aquí.
—Buenas tardes, señor Thompson, Clarit... Y-yo he venido a pedirle permiso para ver a su hija.
Thomas le indicó que tomara asiento, y el muchacho no dudó en hacerlo. Estaba nervioso.
—Tengo entendido que usted y mi hija se ven en varias ocasiones, ¿Por qué pedirme permiso ahora?
—Porque... es cierto que nos reunimos en varias ocasiones. No se lo voy a negar: hemos salido a dar paseos por el parque y también la he invitado a tomar un helado. Su hija me gusta, y no para lo que se imagina —se apresuró a explicar—. Ella es una mujer muy inteligente con la que se puede tener una conversación de lo que sea, y eso es muy importante para mí. —Sus ojos brillaron—. Clarit me comentó que usted quería que habláramos y puede creerme o no, pero yo ya estaba pensando en venir a hacerlo para poder cortejarla como se debe.
Thomas lo miró con seriedad y asombro.
—Supongo que, si quiere cotejarla, es porque piensa casarse con ella —aventuró el sastre, mientras observaba con el rabillo del ojo a Clarit husmeando al otro lado de la puerta del humilde salón.
—Así es, señor; yo amo a su hija. Nada me gustaría más que hacerla mi esposa, y es por eso que quiero hacer todo como se debe, empezando por tener su aprobación.
Thomas observó con admiración al muchacho, de aproximadamente veinticinco años. En su mirada podía percibir que era sincero.
—¿Tu padre lo permitiría? —preguntó. Estaba seguro de que no lo haría.
—No se opone y, si lo hiciera, tengo los medios suficientes para cuidar de Clarit —le aseguró Robert.
—Voy a ser claro con usted, milord. —Lo vio asentir—. No estoy de acuerdo con la relación que tiene con mi hija. Hasta lo que tengo entendido, no es bien vista entre la aristocracia, y usted pertenece a ella. —Robert lo iba a interrumpir y no se lo permitió—. Sin embargo, no me opondré; comprendo que ambos se quieren, y creo que lo mejor es dar mi permiso, y le advierto: en el momento en que haga llorar a Clarit, me voy a olvidar de quién es usted o de quién es su familia, y le retorceré el cuello.
Robert tragó saliva al escuchar la amenaza; si Thomas pretendía que saliera corriendo, casi lo había logrado. Pero no pensaba hacerla sufrir, nunca. La amaba y quería un futuro con ella, por más que lo asustara el sastre con su aspecto tenebroso.
Su amor por Clarit fue desde el primer instante en que la había visto, años atrás, una tarde que él recién regresaba de Italia. Al llegar a la mansión, le informaron que su madre estaba enferma, y se dirigió de inmediato a su habitación. Al escuchar la voz de una mujer, se detuvo en la puerta para prestar atención, y descubrió que estaba leyendo. Se asomó con discreción y observó a una muchacha sentada en una butaca junto al lecho de su madre; se quedó ahí unos minutos y, cuando no la oyó más, pensó que era momento de entrar. Al hacerlo, ella lo miró sorprendida. Era preciosa; su corazón comenzó a latir desbocado, y así fue cómo lo supo. A partir de ese día, Robert solía acompañarlas en la habitación y disfrutaba de escucharla leer junto a su madre. Poco a poco fue haciendo amistad con ella, hasta que se atrevió a robarle un beso, al que ella respondió, y él decidió que ya era momento de conquistarla. No se arrepentía; al contrario, cada día estaba más convencido de que Clarit era la mitad de su alma y era por eso que quería casarse con ella. Clarit se había convertido en todo para él, y había estado a su lado en uno de los momentos más dolorosos de su vida.
—No se preocupe; jamás la haré llorar porque, si ella lo hace, mi corazón también llorará —le aseguró.
Y, con esas simples palabras, Robert se ganó la aprobación de Thomas Thompson para que fuera parte del futuro de su hija.
***
Clarit salió de la habitación y dio una vuelta para que su padre admirara el hermoso vestido, que la señora Charlotte y ella habían estado elaborando por tres semanas. Su mentora la miraba muy orgullosa por el trabajo.
—Te ves preciosa, mi niña.
—Quedó muy lindo el vestido, y en ella se ve mucho más hermoso.
—Mi hija es una mujer muy bella, y todo lo que se ponga se verá bien —replicó Thomas orgulloso—. Han hecho un buen trabajo.
—Clarit es grandiosa con la costura; ha heredado tu don y será una gran modista algún día.
Thomas miró nuevamente a su hija, quien se pavoneaba por el salón haciendo que las amplias faldas del vestido se movieran.
—Espero que a Robert le guste.
—Cielo, si le gustas con tus humildes vestidos, no hay duda de que le gustarás con este.
Clarit dibujó una radiante sonrisa, que hicieron centellar más sus ojos azul cielo.
—Iré a terminar de prepararme; muchas gracias, Charlotte.
—No tienes nada que agradecer, cariño. —Se sentó al lado de Thomas, y él le sirvió una copa de vino. El sueño de Clarit siempre había sido ser modista e iba por buen camino.
—Dudo de que su sueño se haga realidad si se casa con ese muchacho. Él es hijo de un conde. ¿Dónde ves a una modista ahí?
Thomas cada día se convencía más de que su hija pronto se casaría con Robert. Él le había demostrado que de verdad la amaba, y todavía recordaba el día que le había pedido permiso para cortejarla. De eso había pasado un año, y ellos tenían un bello noviazgo, o al menos así lo veía. Tal como el lord se lo había prometido, la presentó a su familia como su novia, y ellos la acogieron muy bien, incluso a él.
Charlotte le dio una palmadita en el antebrazo; había sido más que su amiga desde hacía diez años. Ella la había ayudado a cuidar a Clarit; le había enseñado todo lo que sabía, y le tenía el mismo cariño que a una madre.
—Sea lo que sea que el destino le tenga preparado, será algo bueno para ella.
—Espero que así sea, cariño.
La puerta se escuchó en ese momento, y Charlotte se dispuso a abrirla. Del otro lado se encontraba Robert, puntual como siempre, y ella lo hizo pasar a la sala en donde se encontraba Thomas.
—Clarit vendrá en unos minutos —le anunció dejándolo en compañía del sastre.
—Buenas noches, señor Thompson.
—Buenas noches, ven, toma asiento mientras mi hija termina de prepararse, y así me sigues hablando de las momias y de los viajes.
—Por supuesto; ¿ya le conté de la vez que me quedé atrapado en una cripta? —replicó mientras tomaba asiento junto a él.
Robert era arqueólogo, y el sastre disfrutaba escuchando sobre las exploraciones que hacía; en esa ocasión no fue diferente. El muchacho se dispuso a hablar de sus aventuras, hasta que Clarit entró en la estancia, y Robert olvidó lo que estaba diciendo. Ella lucía el mismo vestido que le había mostrado a su padre, elaborado en terciopelo y con un tul en tono albaricoque. La falda estaba bordada por rosas blancas, y el escote cuadrado tenía encaje hasta las mangas; en su cabello tenía un moño alto y flojo, de donde salían algunos rizos en la sien y en el cuello. Robert respiró profundo; se lamió el labio inferior, y tragó saliva, tratando de humedecer la boca y la garganta que se le habían secado de la impresión de ver a Clarit, y se quedó como bobo, hasta que escuchó el carraspeo de Thomas.
—Muchacho, deberías cerrar la boca, o vas inundar mi casa —protestó Thomas.
Robert observó una vez más a su bella novia con un ligero sonrojo, sintiéndose el hombre más afortunado del mundo. Con rapidez se puso de pie para darle un suave beso en la mejilla.
—Mi amor, estás muy hermosa.
Clarit dibujó una radiante sonrisa y un leve sonrojo.
—Ella siempre lo está, y usted bien que lo sabe —murmuró el sastre.
Robert observó a Thomas con una radiante sonrisa; tenía razón: lo era pero, en esta ocasión, más y se había quedado atontado al verla.
—Con su permiso, suegro, me llevaré a esta hermosa dama.
—Vayan, vayan —Thomas movió las manos, y Clarit se acercó a él para darle un beso—. Cuídate, tesoro.
Tras haberse despedido, Robert llevó a Clarit al que iba ser su hogar cuando se casaran. Una propiedad perteneciente al conde, que colindaba con la mansión familiar. Ahí había empezado a construir una pequeña mansión para ambos, que ya estaba por terminar. Se dirigieron hacia la pequeña cabaña, que se había convertido en su nido de amor los últimos meses, y Clarit se sorprendió por lo que vio cuando abrió la puerta. El lugar estaba iluminado por pequeñas velas y había un camino de pétalos de rosas hasta la cama, la cual estaba llena de estos. Sobre la pequeña mesa, una botella de vino y una bandeja.
Cenaron y brindaron envueltos en una bruma romántica, acogidos por el calor que emanaba de la chimenea. Clarit devoró el último bocado del postre, y Robert se puso de pie. Hincó una de sus rodillas y sacó una pequeña sortija del bolsillo de la chaqueta.
—Clarit Thompson, ¿quieres hacerme el hombre más feliz del mundo casándote conmigo y convirtiéndote en mi esposa?
—S-sí, sí, quiero.
Pequeñas lágrimas corrían por las mejillas de Clarit, mientras asentía con vehemencia y Robert le colocaba la pequeña sortija en su dedo. Se puso de pie y le tomó las manos para que ella también lo hiciera; la fundió en un abrazó y la besó.
—Estoy tan feliz de que aceptaras...
—Y yo lo estoy más por convertirme en tu esposa.
Se besaron con ternura, desatando la pasión que tanto les gustaba. Las manos de Robert se hicieron ágiles quitando el vestido y las de Clarit, la chaqueta y el chaleco. Cuando llegaron a la cama, ya estaban desnudos. Robert la tumbó de espaldas y despacio se colocó sobre ella; la tentó con sus manos, hasta que ella le suplicó y él la complació hundiéndose en ella, uniendo ambos cuerpos en una sola alma. Hasta que quedaron sin aliento.
—Mi amor, haré un viaje en unos días; serán solo unos meses y, cuando regrese, nos casaremos.
Ambos se encontraban enredados el uno con el otro mientras Robert se dedicaba a darle suaves besos en el rostro. Clarit asintió; era común que Robert viajara y se ausentara por meses, pero esta vez lo esperaría con más ansias.
—Aquí te estaré esperando, como siempre.
—Alexandra se encargará de todos los preparativos de la boda, por lo que te ruego que me perdones si ella agota tu paciencia con sus cosas.
—Descuida, mi amor, Alexandra no suele ser molesta conmigo.
Robert la besó en los labios.
—Lo digo porque no se va limitar a una boda sencilla, y no sé si tú estás de acuerdo.
—No tengo ningún problema.
—También ha ofrecido su ayuda para decorar la mansión cuando ya esté lista.
—En eso sí que agotará mi paciencia: la semana pasada me llevó a ver papel y no sé qué más.
Robert se echó a reír.
—No importa cómo vaya estar decorada; lo importante es que será el lugar en donde vamos a iniciar nuestro futuro y nuestra familia.
—Estoy ansiosa por ser tu esposa.
—Y yo lo estoy por que lo seas. Pronto, amor mío, pronto serás mía hasta la eternidad.
—No necesitamos casarnos para que lo sea; siempre seré tuya.
Robert la besó, y despacio empezó a explorar su cuerpo nuevamente hasta tenerla ansiosa y deseosa de él, para luego hacerle el amor.
Esa noche era especial porque iba a marcar un antes y un después en la vida de ambos.
***
Clarit esperaba ansiosa el regreso de Robert; había pasado un mes desde su partida, y ya casi todo estaba listo para la boda. La señora Charlotte la estaba ayudando a elaborar el vestido, el cual ya estaba casi terminado. En ese momento regresaban del mercado, a donde habían ido a comprar algunas telas, encajes, y otras cosas que necesitaban. Al llegar a la casa, se encontró con uno de los lacayos de los Thellford esperando por ella.
—Hola, Jim, ¿qué haces aquí?
—Hola, señorita Clarit, milord me ha pedido que le entregue esto.
Clarit tomó la nota que le brindó y la leyó. Era de parte del hermano de Robert y supuso que se trababa de la casa.
—Guardo esto, y en unos segundos estoy contigo.
—No es necesario; yo lo haré: quizás es urgente —le advirtió Charlotte.
Clarit asintió, y se subió al carruaje que la llevaría a Thellford Manor. Al entrar en la mansión, fue conducida hacia la biblioteca, en donde se encontraba toda la familia y, por la expresión de sus caras, supo que no recibiría buenas noticias.
—¿Qué sucede? —preguntó observando a sus cuñados y al conde, que la miraban de forma indescifrable.
—Siéntate, cariño —le pidió Alexandra.
—¿Es Robert? —preguntó, presintiendo que se trataba de él.
Vio al conde asentir, pero quien tomó la palabra fue Henry.
—Nos ha llegado una carta en donde nos informan que el barco en el que iba Robert naufragó. Según dicen, solo hay unos pocos sobrevivientes, y nuestro hermano no es uno de ellos.
Clarit se dejó caer en el sillón que se había rehusado a utilizar y empezó a llorar, sintiendo cómo su corazón se quebraba en mil pedazos y cómo el mundo se derrumbaba a sus pies. Alexandra no demoró en abrazarla y consolarla.
Esa tarde fue la más dolorosa de su vida porque había perdido al único hombre que amaría.
Capítulo 1
Londres, noviembre 1845
Si algo había aprendido Clarit en los años que llevaba como modista, era escuchar los cotilleos, chismes, y cualquier parloteo que sus clientas estaban dispuestas a decirle. Las damas solían decir que no había mejor lugar para informarse que con las modistas, así que iban de aquí y para allá dejando su información, y que ella la difundiera a las otras interesadas, lo que en pocas ocasiones hacía. Clarit se caracterizaba por su discreción, lo que muchas de sus clientas le agradecían, y era por eso que le tenían la confianza, hasta de hablarle de sus problemas más íntimos —especialmente de su falta de intimidad en la cama con sus maridos—. Estaban completamente seguras de que nadie se enteraría; no obstante, también tenía clientas que disfrutaban de hablar de los demás, tal como era el caso de las dos damas que estaban ahí en ese momento.
Clarit levantó la vista del boceto que estaba realizando y observó a lady Gertrudis y a lady Emery, ambas conocidas por ser las damas más chismosas de Londres. No existía escándalo o rumor que ese par no supiera.
—Gertru, el conde de Lincoln es tan guapo...
—Lo sé, lo sé, y está casado. Puede ser que su esposa quisiera irse para el campo y dejarlo solito. Sin embargo, la pobre es la comidilla de todo Londres, por lo que hizo el conde.
—Bien merecido se lo tiene por abandonar a ese guapote. Si estuviese viuda, igual que lady Carlota, no dudes de que hubiera hecho lo mismo.
Clarit empezó a toser para simular la risa; esa mujer no necesitaba estar viuda para meterse en la cama de otro. Todo el mundo lo sabía después del escándalo de meses atrás, cuando su esposo la había perseguido con un arma por todo Hyde Park. Lo que Clarit aún no se explicaba era cómo seguía con esa actitud después lo que había sucedido. Las mujeres la observaron con curiosidad.
—¿Ya ha elegido la tela que quiere para el vestido, lady Gertrudis?
—Gertrudis, Clarit. Tanto tiempo siendo amigas, y aún no te acostumbras. —Ella contuvo la risa—. Me gusta esta. —Le mostró una seda en amarillo chillón.
Clarit aún no se acostumbraba a los gustos tan excéntricos de lady Gertrudis; siempre elegía los colores más llamativos y brillantes, que poco le iban con su redonda figura. Pero había aprendido que no podía hacerle cambiar de opinión con sus sugerencias.
—Has estado muy callada, Clarit. ¿Tú qué opinas de lord Lincoln?, ¿verdad que es guapísimo? —indagó Emery.
—Sí, lo es. A pesar de ser un hombre maduro, mantiene una apariencia viril y joven.
—Gertru, el conde está bien sabroso.
Clarit puso los ojos en blanco y negó con la cabeza; luego carraspeó para llamar nuevamente la atención de las damas. No existían mujeres que la irritaran como esas; lo peor es que, cuando la visitaban, se demoraban horas, y no precisamente eligiendo telas. No se quejaba del todo: eran unas de sus mejores clientas, ya que, con tal de chismorrear ahí, encargaban un vestido cada semana.
Las mujeres volvieron a centrar su atención en ella.
—Este es el boceto del vestido que quiere Gertrudis —le indicó.
La dama tomó el papel y admiró el dibujó con aprobación.
—¿Cree que pueda estar listo para el baile de la duquesa de Richmond?
—Haré mi mejor trabajo; no tenga duda.
La dama sonrió y le devolvió el boceto, y continuó con su parloteo.
—Dejemos de hablar de Lincoln, ¿no crees que es una novedad que lady Marian al fin quiera realizar una celebración? Hacía años que no se abren las puertas de Richmond Manor para nadie.
—Sabes que la salud del duque no era muy buena; además, su hijo y esa muchacha con la que se casó, de dudosa procedencia, han realizado algunos bailes en su residencia; aquí en Londres.
—Lady Clara es una mujer muy hermosa, sin duda, y dicen que es la nieta de un marqués que abandonó Londres hace muchos años, y se internó en Cumberland con su hija después de la muerte de su esposa, y que lord Andrew la conoció cuando andaba de excursión por allá.
Clarit empezó a toser y, después de haberse disculpado con las damas, se dirigió al taller en donde se encontraban dos de sus empleadas, que la miraron sorprendidas cuando empezó a reír a carcajadas. Ya no podía contenerse más.
Estaba acostumbrada a escuchar rumores sobre lady Clara y siempre solía reírse de estos. Todos querían saber de dónde había salido aquella mujer humilde con tan buenos modales, que había logrado atrapar al hijo del duque de Richmond. Si supieran que ella había realizado sus primeros vestidos elegantes y de fiesta y que, gracias a uno en especial, había terminado de robarle el corazón al vizconde...
Se sirvió un vaso con agua y lo bebió; una de las muchachas se acercó a ella enseñándole el bordado que estaba realizando.
—Está quedando hermoso, Ana, tienes mucho talento. —La muchacha le recordaba a ella en su juventud: quería aprender para algún día ser como ella, algo que la orgullecía.
La campanilla de la puerta de entrada sonó, y Clarit se apuró a salir a la tienda y ver quién sería su salvadora de las dos cotorras. Esbozó una radiante sonrisa al encontrarse con Daphne Blackford, quien le dio un abrazo apenas se acercó.
—¡Bendito el cielo que te ha enviado! —exclamó—. Estás radiante, cariño.
—Déjame adivinar: cotorras en el salón.
Clarit asintió.
—Lady Gertrudis y lady Emery; llevan horas parloteando, y estoy que me vuelvo loca.
—Descuida, madre ya viene y sabes que ella siempre sabe cómo librarse de esas mujeres.
—No saben de la que me han salvado. ¿Cómo estás, cariño? Tenía entendido que tú estabas en Kent y tu madre, en Brighton.
—Así es: regresamos hace unos días. Rose estaba un poco enferma, y Harry insistió en que la viera el médico de la familia. Ya sabes cómo es. Padre tenía unos compromisos. Entonces aprovecharon para arreglar la habitación de Adrián y realizar unas compras.
—Es comprensible; siempre teme que Rose tenga la enfermedad que mató a su madre. Bueno, muero por ver a ese pequeño de nuevo.
—Sí, por eso cuida muy bien de ella y de mí, más ahora que he estado un poco indispuesta.
Clarit la miró con curiosidad curvando ligeramente los labios; iba a indagar, pero la campanilla sonó nuevamente: en esta ocasión se trataba de Alexandra.
—Clarit, querida, qué alegría verte.
—Lo mismo digo. —Ambas se fundieron en un abrazo—. Mírate: te ves hermosa. Te ha sentado muy bien la maternidad. ¿Cómo está el pequeño?
—De maravilla, es un glotón como su padre —sonrió—. Estoy demasiado feliz, ¿se me nota?, ¿tú cómo estás?
—Quién no lo estaría... y yo, bueno...
—Madre, Clarit necesita que liberes un par de cotorras de la jaula.
Alexandra las miró con una sonrisa y se dirigió hacia el salón, donde Gertrudis y Emery seguían con su parloteo.
—Señoras.
Las dos damas observaron a las recién llegadas.
—Oh, lady Alexandra, lady Daphne, es un placer verla —saludó Gertrudis.
Alexandra hizo un asentimiento con la cabeza; para nadie era mentira que aquellas damas no eran de su agrado, especialmente cuando una de ellas había sido la causante de que se separara de su duque en el pasado.
—Se ve muy radiante, lady Alexandra, ¿pero quién no con un esposo tan maravilloso como el suyo? —comentó Emery con desdén.
—Señoras, como ven, tengo otras clientas; si nos les importa, dejamos nuestra conversación para la próxima visita —aventuró Clarit—. Gertrudis, quedam
