La luz tras la ventana

Lucinda Riley

Fragmento

 La luz tras la ventana

La luz tras la ventana

Noche ininterrumpida;

la oscuridad es el mundo que conozco.

Lastre oneroso;

no hay luces tras la ventana.

Día amable;

una mano avanza en la penumbra.

Me acaricia dulcemente;

colma de calor la estancia.

Hora del crepúsculo;

las sombras van y vienen.

Anhelos secretos;

el corazón se ablanda, late de nuevo.

Luz ininterrumpida;

la oscuridad era el mundo que conocía.

Arde con fuerza;

brilla con mi amor por ti.

SOPHIA DE LA MARTINIÈRES,

julio de 1943

1

Gassin, sur de Francia, primavera de 1998

Émilie notó que la presión sobre su mano se relajaba y bajó la mirada hacia su madre. Mientras la contemplaba, pareció que, al tiempo que el alma abandonaba el cuerpo de Valérie, también lo hacía el dolor que hasta ese momento había crispado sus facciones, permitiendo a su hija ver más allá del demacrado rostro y recordar la belleza que su madre había poseído en otros tiempos.

—Se ha ido —murmuró en vano Phillipe, el médico.

—Sí.

Estaba detrás de ella. Émilie le oyó farfullar una plegaria, pero no sintió el impulso de acompañarlo. En lugar de eso, se quedó observando con macabra perplejidad el saco de carne macilenta, todo lo que restaba de la presencia que había dominado su vida durante treinta años. Sintió un deseo instintivo de zarandear a su madre para que despertara, pues la transición de la vida a la muerte —dada la fuerza de la naturaleza que había sido Valérie de la Martinières— era más de lo que sus sentidos podían aceptar.

No estaba segura de lo que debería sentir. A fin de cuentas, había imaginado ese momento infinitas veces a lo largo de las últimas semanas. Apartó la mirada del rostro de su madre muerta y contempló por la ventana las nubes suspendidas como volutas de merengue en el cielo azul. Por el hueco de los vidrios abiertos le llegaba la brisa tenue de una alondra anunciando la primavera.

Se incorporó despacio, rígidas las piernas después de largas horas de vigilia, y caminó hasta la ventana. El paisaje de las primeras luces no presentaba aún la pesadez que el paso de las horas traería inevitablemente consigo. La naturaleza había pintado un retrato nuevo, como hacía cada amanecer, la suave paleta provenzal de ocres, verdes y celeste que marcaba el inicio de un nuevo día. Más allá de la terraza y los jardines formales, Émilie vislumbró los ondulantes viñedos que rodeaban la casa y se extendían hasta donde alcanzaba la mirada. La vista era, sencillamente, magnífica, y había permanecido inalterada durante siglos. El castillo De la Martinières había sido su refugio de niña, un lugar que le transmitía paz y seguridad, y esa calma estaba indeleblemente grabada en cada sinapsis de su cerebro.

Y ahora el castillo era suyo, aunque ignoraba si su madre había dejado algo, después de sus excesos con el dinero, para financiar su mantenimiento.

—Mademoiselle Émilie, la dejaré sola para que pueda despedirse. —La voz del médico irrumpió en sus pensamientos—. Bajaré para cumplimentar la documentación pertinente. Lo siento mucho —añadió con una leve inclinación de la cabeza, y salió de la habitación.

«¿Lo siento yo...?»

La pregunta cruzó inesperada por la mente de Émilie. Regresó a la silla y se sentó de nuevo, tratando de encontrar respuesta a las numerosas incógnitas que la muerte de su madre planteaba, ansiando una resolución, contrastando las emociones en conflicto para producir un sentimiento definitivo. Era imposible, naturalmente. La mujer que yacía tan patéticamente inmóvil —tan inofensiva para ella ahora, pero una influencia tan confusa en vida— siembre le provocaría la inquietud de la complejidad.

Valérie le había dado la vida, la había alimentado y vestido, le había proporcionado un techo seguro. Jamás la había pegado ni maltratado.

Simplemente, la había ignorado.

Valérie había sido —Émilie buscó la palabra justa— indiferente. Y eso la había vuelto a ella, como hija, invisible.

Posó una mano sobre la de su madre.

—No me veías, mamá... no me veías...

Émilie era plenamente consciente de que su nacimiento había sido la consecuencia de una aceptación reacia a la necesidad de engendrar un heredero que perpetuase el apellido De la Martinières; un requisito fruto del deber, no del instinto maternal. Y al verse frente a una heredera en lugar del requerido varón, el desinterés de Valérie había crecido. Demasiado mayor para concebir otro vástago —Émilie había nacido en el ocaso de la fertilidad de su madre, cuando esta contaba cuarenta y tres años— Valérie había continuado su vida como una de las anfitrionas más encantadoras, espléndidas y bellas de París. El nacimiento de Émilie y su posterior presencia habían tenido para ella la misma importancia que la adquisición de otro chihuahua para añadirlo a los tres que ya poseía. Como los perritos, Émilie era sacada de su cuarto de juegos y exhibida a los invitados siempre que su madre lo juzgaba oportuno. «Al menos los chuchos podían consolarse entre ellos», se dijo Émilie; ella, en cambio, había pasado sola largos periodos de su infancia.

Tampoco había ayudado que hubiese heredado el físico de la rama De la Martinières en lugar de los cabellos rubios y las facciones delicadas de los antepasados eslavos de su madre. Émilie había sido una niña fornida, de piel aceitunada y su abundante pelo caoba —cortado cada seis semanas a la altura del mentón, con el flequillo formando una gruesa línea sobre las cejas oscuras—, era un regalo genético de Édouard, su padre.

—¡A veces, cuando te miro, me cuesta creer que seas la niña que di a luz! —comentaba su madre en sus raras visitas al cuarto de jugar, antes de marcharse a la ópera—. Por lo menos tienes mis ojos.

Émilie deseaba a veces poder arrancarse de las cuencas esos globos color azul intenso y sustituirlos por los bonitos ojos castaños de su padre. Creía que no iban con su cara y, además, cada vez que los contemplaba en el espejo veía a su madre.

A menudo había tenido la impresión de que no había nacido con un solo don que su madre pudiera valorar. Apuntada a clases de ballet a los tres años, Émilie descubrió que su cuerpo se negaba a retorcerse para adoptar las posturas requeridas. Mientras las otras niñas revoloteaban por la sala cual mariposas, ella tenía problemas para dar gracilidad a sus movimientos. Pequeños y anchos, sus pies se empeñaban en permanecer plantados en el suelo y todo intento de separarlos del mismo acababa en fracaso. Las clases de piano habían resultado igualmente infructuosas, y en lo que a canto se refería, carecía de oído.

Tampoco su cuerpo hacía honor a los vestidos femeninos que su madre se empeñaba en ponerle cuando ofrecía una velada en el exquisito jardín repleto de rosas que había detrás de la casa de París, el escenario de las famosas fiestas de Valérie. Sentada en una silla dispuesta en un recodo, Émilie observaba fascinada a la distinguida, encantadora y bella mujer que se paseaba entre los invitados con elegante profesionalidad. Durante las innumerables reuniones sociales que tenían lugar en la casa de París, y en el castillo de Gassin durante los veranos, Émilie siempre se sentía cohibida e incómoda. Para colmo, estaba claro que no había heredado el don de gentes de su madre.

Y sin embargo, visto desde fuera, parecía que Émilie lo había tenido todo. Una infancia de cuento de hadas —nacida en una hermosa casa de París, en el seno de una familia que pertenecía a la nobleza francesa, con varios siglos de historia y una fortuna todavía intacta después de años de guerra—, una situación con la que muchas niñas francesas solo podían soñar.

Por lo menos había tenido a su adorado padre. Aunque no le hacía mucho más caso que su madre, debido a su obsesión por la interminable colección de libros raros que tenía en el castillo, cuando Émilie lograba captar su atención, él le daba el amor y el cariño que tanto necesitaba.

Su padre tenía sesenta años cuando ella nació, y falleció cuando Émilie contaba catorce. No habían pasado mucho tiempo juntos, pero Émilie sabía que buena parte de su personalidad le venía de él. Édouard era un hombre tranquilo y reflexivo que prefería los libros y la paz del castillo al constante reguero de amigos y conocidos que su esposa metía en casa. Émilie se había preguntado a menudo cómo era posible que dos personas tan opuestas se hubiesen enamorado. Édouard, sin embargo, parecía adorar a su joven esposa, no le reprochaba su estilo de vida suntuoso, pese a llevar él una vida más frugal, y estaba orgulloso de su belleza y de su popularidad en los círculos sociales de París.

Con frecuencia, cuando el verano tocaba a su fin y a Valérie y Émilie les llegaba la hora de regresar a París, Émilie suplicaba a su padre que la dejara quedarse.

—Papá, me encanta estar aquí, en el campo, contigo. Hay un colegio en el pueblo... podría estudiar allí y cuidar de ti, porque estoy segura de que en el castillo te sientes muy solo sin mamá.

Édouard le acariciaba cariñosamente el mentón pero meneaba la cabeza.

—No, pequeña. Pese a lo mucho que te quiero, debes volver a París para seguir con tus lecciones y aprender a ser una dama como tu madre.

—Pero, papá, yo no quiero volver a París con mamá, yo quiero quedarme aquí contigo...

Y luego, cuando tenía trece años... Émilie parpadeó para ahuyentar las inesperadas lágrimas, todavía incapaz de regresar al momento en que el desinterés de su madre se había convertido en abandono. Sufriría las consecuencias de ello el resto de su vida.

—¿Cómo es posible que no vieras o que no te importara lo que me estaba pasando, mamá? ¡Era tu hija!

Un repentino temblor en el ojo de Valérie sobresaltó a Émilie y le hizo temer que su madre aún estuviese viva y hubiese escuchado lo que acababa de decir. Entrenada para reconocer los síntomas, buscó el pulso en la muñeca de Valérie y no lo encontró. Obviamente, había sido el último vestigio físico de vida antes de que sus músculos se entregaran definitivamente a la muerte.

—Mamá, intentaré perdonarte, intentaré comprender, pero ahora mismo no sé si tu muerte me alegra o me apena. —Émilie podía notar que también ella dejaba de respirar, un mecanismo de defensa contra el dolor que le producía decir esas palabras en alto—. Yo te adoraba, me esforzaba por complacerte, por ganarme tu amor y tu atención, por sentirme... merecedora de ser tu hija. ¡Dios mío! ¡Lo intenté todo! —Cerró los puños—. ¡Eras mi madre!

El eco de su voz en el vasto dormitorio la sobresaltó. Clavó la mirada en el blasón de la familia De la Martinières, pintado doscientos cincuenta años atrás en el majestuoso cabecero. Desgastados por el paso del tiempo, los dos jabalíes enfrentados en combate, con la ubicua fleur-de-lis y el lema «La victoria lo es todo» grabado debajo, apenas eran reconocibles.

De repente tuvo un escalofrío, pese al calor que hacía en la habitación. El silencio del castillo era ensordecedor. La casa, llena de vida en otros tiempos, era ahora una cáscara vacía que solo albergaba el pasado. Contempló el anillo que lucía en el dedo meñique de su mano derecha con el sello que representaba el escudo familiar en miniatura. Ella era la última superviviente De la Martinières.

Sintió de pronto sobre los hombros el peso de varios siglos de antepasados, y la tristeza de un gran noble linaje reducido a una mujer de treinta años soltera y sin hijos. La familia había soportado los estragos de cientos de años de brutalidad, sin embargo, en el lapso de cincuenta años, solo su padre había sobrevivido a las dos guerras mundiales.

Por lo menos se ahorraría las acostumbradas disputas por la herencia. Debido a una ley napoleónica obsoleta, todos los hermanos y hermanas heredaban los bienes de sus padres a partes iguales. Eran muchas las familias que habían sido arrastradas prácticamente a la ruina por un vástago que se negaba a vender. Por desgracia, en este caso, les héritiers en ligne directe significaban únicamente ella.

Suspiró. Quizá tuviera que vender, pero hoy no era día para tales elucubraciones. Había llegado el momento de la despedida.

—Descansa en paz, mamá.

Le dio un beso fugaz en la frente ya macilenta y se santiguó. Se levantó con gesto cansado, salió de la habitación y cerró la puerta firmemente tras de sí.

2

Dos semanas más tarde

Con su café con leche y su cruasán, Émilie salió por la puerta de la cocina al patio rebosante de lavanda situado detrás de la casa. El castillo estaba orientado al sur, de modo que el patio era el lugar idóneo para disfrutar del sol de la mañana. Era un bello día de primavera, lo bastante caluroso para estar al aire libre en camiseta.

La tarde de las honras fúnebres de su madre, celebrado en París cuarenta y ocho horas antes, había llovido sin parar mientras Valérie recibía sepultura. En el velatorio posterior —celebrado en el Ritz por deseo expreso de su madre— Émilie había recibido el pésame de la flor y nata de París. Las mujeres, en su mayoría de edades que rondaban la de su madre, vestían de negro y, en opinión de Émilie, semejaban un corrillo de cuervos decrépitos. El surtido de vetustos sombreros ocultaba sus ralos cabellos mientras se paseaban con paso tambaleante, bebiendo sorbos de champán, cuerpos consumidos por la edad, pieles caídas bajo gruesas capas de maquillaje.

En sus buenos tiempos habían sido consideradas las mujeres más bellas y poderosas de París. El ciclo de la vida, no obstante, las había hecho a un lado y sustituido por toda una nueva hornada de jóvenes activas e innovadoras. Cada una de esas mujeres estaba, sencillamente, esperando la muerte, pensó Émilie con pesar al salir del Ritz y detener un taxi para ir a su apartamento. Abatida por la tristeza, había bebido más vino de lo habitual y se había despertado a la mañana siguiente con resaca.

Por lo menos lo peor había pasado, se dijo a modo de consuelo mientras daba un sorbo a su café. Las dos últimas semanas había dedicado todos sus esfuerzos a organizar el funeral, consciente de que al menos le debía a su madre la clase de despedida que la propia Valérie habría preparado a la perfección. Émilie se había descubierto tratando de decidir si servir cupcakes o pastelitos con el café, y si las exuberantes rosas blancas que su madre adoraba eran lo bastante espectaculares para adornar las mesas. Era la clase de decisiones sutiles que Valérie había tomado cada semana y Émilie sentía, bien que a regañadientes, un nuevo respeto por la facilidad con que se había manejado en vida.

Y ahora —volvió el rostro hacia el sol y se dejó inundar por su calor reconfortante— debía pensar en el futuro.

Gérard Flavier, el notaire que se ocupaba de los asuntos legales y patrimoniales de la familia De la Martinières, se encontraba de camino, procedente de París, para reunirse con ella en el castillo. Hasta que el hombre le desvelara la situación financiera de la propiedad, no tenía sentido hacer planes. Émilie se había tomado un mes de excedencia para lidiar con un proceso que preveía complejo y entretenido. Le habría gustado tener hermanos con los que compartir la carga; los temas legales y financieros no eran su punto fuerte. La responsabilidad la aterraba.

Notó el roce suave de un pelaje contra su tobillo desnudo. Bajó la mirada y vio a Frou-Frou, la última chihuahua de su madre que aún vivía, mirándola con ojos tristes. Sentó al anciano animalillo en las rodillas y le acarició las orejas.

—Ya solo quedamos tú y yo, Frou —murmuró—. Tendremos que cuidar la una de la otra, ¿vale?

La expresión de seriedad en los ojos semiciegos de Frou-Frou le arrancó una sonrisa. Ignoraba cómo se las apañaría para cuidar de la perra en el futuro. Aunque soñaba con vivir algún día rodeada de animales, su diminuto apartamento en el barrio del Marais y sus largas jornadas de trabajo no eran las mejores condiciones para hacerse cargo de una perra que había crecido en el regazo material y emocional del lujo.

Por otro lado, los animales y su cuidado formaban parte de su trabajo. Émilie vivía para sus vulnerables clientes, ninguno de los cuales podía expresarle cómo se sentía o dónde le dolía.

«Es triste que mi hija prefiera la compañía de los animales a la de las personas...»

Tales palabras reflejaban la opinión que tenía Valérie de la manera en que su hija vivía su vida. El día que Émilie había anunciado que quería ir a la universidad y estudiar veterinaria, Valérie había hecho una mueca de disgusto.

—No puedo entender que quieras pasarte la vida abriendo pobres animalillos y mirándoles las tripas.

—Mamá, ese es una consecuencia, no el motivo. Me gustan los animales y quiero ayudarles —se había defendido Émilie.

—Si tantas ganas tienes de trabajar, ¿por qué no te dedicas a la moda? Tengo una amiga en Marie Claire que podría encontrarte alguna cosilla. Naturalmente, cuando te cases dejarás de trabajar y dedicarás tu vida a cumplir con tu papel de esposa.

Aunque Émilie no culpaba a Valérie por estar atrapada en su túnel del tiempo, no podía evitar desear que se hubiera enorgullecido de los logros de su hija. Había terminado la carrera como la primera de su promoción y un conocido consultorio de París la había contratado de inmediato como aprendiz.

—Puede que mamá tuviera razón, Frou —dijo con un suspiro—, a lo mejor prefiero los animales a las personas.

Al escuchar el crujido de la gravilla bajo unos neumáticos, dejó a Frou-Frou en el suelo y rodeó la casa para recibir a Gérard.

—¿Cómo estás, Émilie? —Gérard Flavier la besó en las mejillas.

—Bien, gracias —respondió—. ¿Qué tal el viaje?

—Volé hasta Niza y alquilé un coche para venir aquí —explicó el notaire, pasando junto a Émilie para entrar en el amplio vestíbulo, en penumbra con los postigos cerrados—. Es un placer escapar de París para visitar uno de mis lugares favoritos de Francia. La primavera en Var es siempre deliciosa.

—Pensé que era mejor que nos reuniéramos en el castillo —dijo Émilie—. Los papeles de papá y mamá están en el escritorio de la biblioteca y supuse que necesitarías verlos.

—Así es. —Gérard cruzó el gastado suelo de mármol y examinó una mancha de humedad en el techo—. Me temo que el castillo necesita unos cuantos mimos. —Suspiró—. Se hace mayor, como todos nosotros.

—¿Vamos a la cocina? —propuso Émilie—. He preparado café.

—Justo lo que necesito —dijo Gérard con una sonrisa antes de seguirla por el pasillo hasta la parte de atrás de la casa.

—Siéntate, por favor.

Émilie señaló una silla frente a la larga mesa de roble y se acercó al fogón para volver a calentar el agua.

—Esta cocina no destaca por sus lujos —señaló Gérard examinando el espacio funcional y el escaso mobiliario.

—No —convino ella—, pero la utilizaban únicamente los sirvientes para dar de comer a nuestra familia y a los invitados. Dudo mucho que mi madre se haya acercado siquiera una vez al fregadero.

—¿Quién se ocupa ahora del castillo y su mantenimiento?

—Margaux Duvall, el ama de llaves. Lleva quince años aquí y viene cada tarde desde el pueblo. Cuando murió papá, mamá despidió al resto del personal y dejó de venir aquí los veranos. Creo que prefería pasarlos en el yate de alquiler.

—A tu madre le gustaba mucho gastar —dijo Gérard mientras Émilie le ponía delante una taza de café—. En las cosas que le interesaban —añadió.

—Que no incluían este castillo —declaró ella sin rodeos.

—No —reconoció él—. Por lo que he podido ver de sus finanzas hasta el momento, tu madre prefería los placeres de la casa Chanel.

—Mamá adoraba la alta costura. —Émilie tomó asiento frente al notaire con su café—. De hecho, el año pasado, pese a su delicada salud, seguía acudiendo a los desfiles de moda.

—Valérie era todo un personaje, y además célebre. Su fallecimiento ha recibido una gran cobertura en nuestros periódicos —dijo Gérard—. Aunque no me sorprende. De la Martinières es una de las familias más conocidas de Francia.

—Lo sé —dijo Émilie con una mueca—. Yo también he visto la prensa. Al parecer, voy a heredar una fortuna.

—Es cierto que tu familia fue increíblemente rica en otros tiempos, Émilie. Por desgracia, los tiempos han cambiado. El apellido noble de tu familia todavía existe, pero no la fortuna.

—Me lo figuraba. —No estaba sorprendida.

—Tu padre, aunque quizá ya lo sepas, no era un hombre de negocios —continuó Gérard—. Era un intelectual, un estudioso con muy poco interés por el dinero. Aunque le aconsejé en multitud de ocasiones que realizara inversiones e intenté persuadirle de que planificara un poco el futuro, no mostraba el menor interés. Veinte años atrás eso no representaba un problema, había dinero de sobras. Pero entre la indiferencia de tu padre y el gusto por el lujo de tu madre, la fortuna ha menguado notablemente. —Suspiró—. Lamento mucho ser portador de tan malas noticias.

—Es justo lo que esperaba oír, y en realidad no importa —dijo Émilie—. Lo único que quiero es organizar lo que sea necesario y regresar a mi trabajo en París.

—Me temo, Émilie, que las cosas no son tan sencillas. Como te dije al principio, aún no he tenido tiempo de leer detenidamente los pormenores, pero sí puedo decirte que la herencia tiene acreedores, y muchos. Y hay que pagarles lo antes posible. Tu madre logró acumular un descubierto de casi veinte millones de francos con la casa de París como aval. Y tiene muchas otras deudas que es preciso liquidar.

—¿Veinte millones de francos? —Émilie estaba horrorizada—. ¿Cómo ha podido ocurrir?

—Muy fácil. Cuando los fondos se agotaron, Valérie no moderó su estilo de vida. Vivió de dinero prestado muchos, muchos años. Por favor, Émilie —Gérard vio la expresión en sus ojos—, no te asustes. Son deudas que podrán saldarse fácilmente, no solo con la venta de la casa de París, que calculo que ascenderá a unos setenta millones de francos, sino con su contenido. Por ejemplo, la magnífica colección de joyas de tu madre, que está en una caja fuerte del banco, y los innumerables cuadros y valiosas obras de arte que hay en la casa. No eres, ni mucho menos, pobre, Émilie, créeme, pero es preciso actuar cuanto antes para cortar el problema de raíz y tomar decisiones sobre el futuro.

—Entiendo —respondió lentamente—. Perdona, Gérard, he salido a mi padre y tengo poco interés o experiencia en cuestiones financieras.

—Lo comprendo perfectamente. Tus padres te han dejado una pesada carga que ahora descansa exclusivamente sobre tus hombros. Aunque... —el hombre enarcó las cejas—, es increíble la de parientes que te han salido de repente.

—¿De qué estás hablando?

—Oh, no tienes de qué preocuparte, es normal que los buitres desciendan en momentos como este. He recibido más de veinte cartas de individuos que aseguran tener algún tipo de parentesco con la familia De la Martinières. Cuatro hermanos ilegítimos cuya existencia se desconocía hasta la fecha, al parecer engendrados por tu padre fuera del matrimonio, dos primos, un tío y una mujer que sirvió en la casa de París en los años sesenta y que jura que tu madre le prometió que a su muerte le dejaría un Picasso. —Gérard sonrió—. Todo eso era de esperar, pero, por desgracia, de acuerdo con la ley francesa hay que investigar cada reclamación.

—¿Crees que alguna de ellas podría ser auténtica? —Émilie tenía los ojos como platos.

—Lo dudo mucho. Y por si te sirve de consuelo, lo mismo ha sucedido con todas las defunciones sonadas que he llevado. —Gérard se encogió de hombros—. Déjalo en mis manos y no te preocupes. Prefiero que concentres tus energías en decidir qué quieres hacer con el castillo. Como he dicho, las deudas de tu madre pueden liquidarse con la venta de la casa de París y su contenido. No obstante, todavía te quedará esta enorme propiedad que, por lo que he visto hasta el momento, se encuentra bastante deteriorada. Decidas lo que decidas, seguirás siendo una mujer rica, pero ¿quieres vender este castillo o no?

Émilie dejó la mirada perdida y suspiró hondo.

—Si te soy sincera, Gérard, me encantaría desentenderme de este asunto y que otra persona pudiera tomar la decisión por mí. ¿Qué me dices de los viñedos? ¿Da beneficios la cave? —preguntó Émilie.

—Otro tema que he de investigar —dijo Gérard—. Si decides vender el castillo, el negocio del vino puede incluirse como una empresa en activo.

—Vender el castillo... —Émilie repitió las palabras. Oírlas en alto subrayaba la enormidad de las responsabilidades que debía afrontar—. Esta casa ha pertenecido a mi familia desde hace doscientos cincuenta años y ahora me toca a mí tomar la decisión. Francamente —suspiró—, no tengo ni idea de cuál es la mejor opción.

—No me extraña. Como ya he dicho, no es fácil lidiar con todo esto tú sola. —Gérard meneó la cabeza con empatía—. ¿Qué puedo decir? No siempre podemos escoger la situación en la que nos encontramos. Intentaré ayudarte en todo lo que pueda, Émilie; sé que es lo que tu padre habría querido de mí en estas circunstancias. Iré a asearme y luego, si quieres, podemos dar un paseo hasta los viñedos y hablar con el encargado.

—De acuerdo —respondió, cansada, Émilie—. He abierto los postigos del dormitorio situado a la izquierda de la escalera principal. Tiene una de las mejores vistas. ¿Necesitas que te acompañe?

—No, gracias. Me he alojado muchas veces en esta casa, como bien sabes. Encontraré el camino.

Gérard se levantó y, con una leve inclinación de la cabeza, salió de la cocina y puso rumbo a su habitación. Se detuvo en mitad de la escalera para contemplar el rostro polvoriento y desvaído de un antepasado De la Martinières. Eran tantas las familias aristocráticas de Francia, y la historia relacionada con ellas, que estaban extinguiéndose, dejando una línea apenas visible en la arena para marcar su paso por este mundo. Se preguntó qué pensaría el gran Gilles de la Martinières del retrato —guerrero, noble y, a decir de algunos, amante de María Antonieta— si pudiera ver el futuro de su linaje descansando sobre los frágiles hombros de una mujer joven. Y una mujer que al notaire siempre le había parecido extraña.

Durante sus numerosas visitas en el pasado a las casas de la familia De la Martinières, Gérard se había encontrado con una niña anodina cuyo carácter reservado le impedía responder a las muestras de afecto del notaire o de otras personas. Una niña que parecía distante, casi hosca en su reticencia a aceptar sus gestos cordiales. Como notaire, Gérard creía que su trabajo comprendía no solo el proceso técnico de manejar columnas de números, sino también la habilidad de leer las emociones de sus clientes.

Émilie de la Martinières era un enigma.

La había observado en el funeral de su madre y su semblante no había delatado emoción alguna. Cierto que era mucho más atractiva que de niña. Sin embargo ahora, enfrentada a la pérdida del único progenitor que le quedaba y a la responsabilidad de tomar decisiones sumamente difíciles, no la había encontrado vulnerable. La vida que Émilie llevaba en París no podía estar más alejada de la de sus antepasados. Era una vida corriente. Y aun así, todo lo relacionado con sus padres y con la historia de su familia no tenía nada de corriente.

Gérard reemprendió el ascenso, irritado por las débiles reacciones de Émilie. Había algo en ella que se le escapaba... algo a lo que no podía llegar. Y no tenía ni idea de cómo encontrarlo.

Mientras Émilie se levantaba y dejaba las tazas en el fregadero, la puerta de la cocina se abrió y entró Margaux, el ama de llaves del castillo. Al ver a Émilie se le iluminó el rostro.

—¡Mademoiselle Émilie! —Se acercó a ella para abrazarla—. ¡No sabía que iba a venir! Tendría que haberme avisado. Lo habría preparado todo.

—Llegué anoche muy tarde de París —explicó Émilie—. Me alegro de verla, Margaux.

La mujer dio un paso atrás y la examinó con empatía.

—¿Cómo está?

—Voy... tirando —confesó Émilie. El hecho de ver a Margaux, que había cuidado de ella cuando pasaba los veranos en el castillo de niña, le puso un nudo en la garganta.

—Está muy flaca. ¿No come? —Margaux la examinó detenidamente.

—¡Claro que como, Margaux! Y en cualquier caso, no me sería fácil desaparecer. —Émilie recorrió con las manos su cuerpo con una sonrisa débil.

—Tiene un tipo estupendo. ¡Espere a ponerse como yo! —La mujer señaló su rolliza silueta y se echó a reír.

Émilie se fijó en los ojos azules, ya un tanto apagados, y los cabellos rubios ahora salpicados de canas. Recordaba a Margaux hacía quince años como una mujer guapa, y se deprimió aún más al pensar en cómo el tiempo lo destruía todo en su ávido avance.

La puerta de la cocina se abrió de nuevo y apareció un niño de constitución delgada, con los enormes ojos azules de su madre dominando su rostro menudo. Miró sorprendido a Émilie y se volvió nervioso hacia su madre.

—Mamá, ¿puedo estar aquí? —preguntó.

—¿Le importa que Anton esté en el castillo mientras trabajo, mademoiselle Émilie? Son las vacaciones de Semana Santa y no me gusta dejarlo solo en casa. Normalmente se sienta a leer un libro.

—Claro que no me importa. —Émilie sonrió al muchacho para tranquilizarlo. Margaux había perdido a su marido ocho años atrás en un accidente de coche. Desde entonces, había luchado para criar a su hijo sola—. En esta casa hay sitio de sobras para todos, ¿no crees?

—Sí, mademoiselle Émilie, gracias —dijo Anton acercándose a su madre.

—Gérard Flavier, nuestro notaire, está arriba. Se quedará hasta mañana, Margaux —añadió Émilie—. Vamos a bajar a los viñedos para ver a Jean y a Jacques.

—En ese caso, prepararé la habitación mientras están fuera. ¿Quiere que les prepare algo de cenar?

—No, gracias, nos acercaremos al pueblo más tarde para comer algo.

—Han llegado algunas facturas de la casa, mademoiselle. ¿Quiere que se las dé? —preguntó Margaux con cierto apuro.

—Sí, claro —suspiró Émilie—. No hay nadie más para pagarlas.

—No. Lo siento mucho, mademoiselle. Es duro para usted quedarse sola. Sé muy bien cómo se siente.

—Gracias, Margaux. La veré más tarde.

Émilie se despidió de madre e hijo con un gesto de la cabeza y partió en busca de Gérard.

Esa tarde, Émilie acompañó a Gérard a la cave. Los viñedos de las tierras de la familia De la Martinières eran una explotación pequeña de diez hectáreas que producía anualmente doce mil botellas de rosado, tinto y blanco y vendía principalmente a tiendas, restaurantes y hoteles de la zona.

Por dentro, la cave era fresca y oscura y el olor del vino fermentándose en los grandes barriles de roble ruso arrimados a las paredes impregnaba el aire.

Jean Benoît, el encargado de la cave, se levantó de su mesa al verlos entrar.

—¡Émilie, cuánto me alegro de verte! —Jean la besó calurosamente en las dos mejillas—. ¡Papá, mira quien ha venido!

Jacques Benoît, un octogenario entumecido por el reuma que, no obstante, todavía se sentaba diariamente a una de las mesas de la cave para envolver meticulosamente cada botella de vino con un papel de seda morado, levantó la vista y sonrió.

—Mademoiselle Émilie, ¿cómo está?

—Bien, Jacques, gracias. ¿Y usted?

—Digamos que ya no estoy para correr detrás de los jabalíes que su padre y yo cazábamos en las montañas —rio—, pero todavía me descubro respirando cada amanecer.

Émilie sintió una oleada de placer por el cálido recibimiento y el trato familiar de los dos hombres. Su padre y Jacques habían sido grandes amigos, y de niña Émilie solía ir en bicicleta hasta la playa de Gigaro para nadar con Jean, quien le llevaba ocho años y en aquel entonces le parecía casi un hombre. Émilie imaginaba a veces que era su hermano mayor. Jean siempre fue muy amable y protector con ella. Había perdido a su madre, Francesca, siendo un niño, y Jacques se había esforzado por criarlo solo.

Padre e hijo, y sus antepasados antes que ellos, habían crecido en la casita que lindaba con la cave. Jean dirigía ahora los viñedos; sucedía a su padre, una vez que este decidió que el hijo ya había aprendido sus métodos especiales de mezclar y fermentar las uvas de las viñas circundantes.

Émilie advirtió que Gérard aguardaba incómodo detrás de ellos. Interrumpiendo sus pensamientos, dijo:

—Les presento a Gérard Flavier, el notaire de la familia.

—Creo que nos presentaron hace muchos años, monsieur —dijo Jacques, tendiéndole una mano trémula.

—Así es, y cuando regreso a París todavía retengo el sabor de los delicados vinos que producen aquí —señaló Gérard con una sonrisa.

—Es usted muy amable, monsieur —dijo Jacques—, pero creo que mi hijo es aún más hábil que yo a la hora de producir el rosado provenzal perfecto.

—Supongo, monsieur Flavier, que ha venido a examinar los números y la situación financiera de nuestra cave, más que la calidad de nuestro producto. —Jean parecía inquieto.

—Me gustaría, efectivamente, hacerme una idea de la rentabilidad del negocio —confirmó Gérard—. Me temo que mademoiselle Émilie debe tomar algunas decisiones.

—Creo que no van a necesitarme durante un rato —dijo ella—, así que me iré a dar un paseo por las viñas. —Se despidió de los tres hombres y abandonó de inmediato la cave.

Al salir, comprendió que su propio malestar se veía incrementado por el hecho de que las decisiones que debía tomar harían peligrar el medio de subsistencia de la familia Benoît. Habían mantenido intacto su estilo de vida durante cientos de años. Era evidente que Jean, en concreto, estaba muy preocupado, pues comprendía cuáles serían las repercusiones si ella decidía vender. Un propietario nuevo podría poner a su propio encargado, por lo que Jean y Jacques se verían obligados a dejar su hogar. Émilie no podía ni imaginar semejante cambio, pues los Benoît parecían haber brotado de la tierra misma que ahora pisaba.

El sol ya estaba bajando cuando Émilie echó a andar por el suelo pedregoso que separaba las hileras de frágiles vides. Durante las semanas venideras crecerían como la mala hierba para dar la fruta dulce y oronda que, en la vendange de finales de verano, se cosecharía para producir el vino del próximo año.

Se volvió para contemplar el castillo, a trescientos metros de distancia, y suspiró con pesar. Los muros rosáceos, con sus postigos pintados de un azul claro tradicional, enmarcados por altos cipreses, se fundían con la luz aterciopelada del ocaso. De líneas sencillas aunque elegantes para armonizar con su entorno rural, la casa reflejaba a la perfección el linaje discreto pero noble del que provenían ambos.

«Y nosotros somos todo lo que queda...»

Experimentó una ternura repentina por el edificio. También él se había quedado huérfano. Reconocido, pero ignorado en cuanto a sus necesidades básicas, mantenía sin embargo un aire de distinguida dignidad. Sintió una extraña camaradería con él.

—¿Cómo puedo darte lo que necesitas? —susurró al castillo—. ¿Qué voy a hacer contigo? Mi vida está en otro lugar... —Émilie suspiró antes de oír que la llamaban.

Gérard estaba caminando hacia ella. Se detuvo a su lado y siguió la dirección de su mirada.

—Es un castillo precioso —dijo.

—Sí, pero no tengo la menor idea de qué debo hacer con él.

—¿Por qué no volvemos y te doy mi opinión sobre el tema? —propuso Gérard—. Puede que te ayude.

—Gracias.

Veinte minutos después, mientras el sol se ocultaba definitivamente tras la colina que albergaba el pueblo medieval de Gassin, Émilie se sentó con Gérard para escuchar lo que el hombre tenía que decir.

—El viñedo produce por debajo de su capacidad, tanto en lo referente a cosechas como a beneficios. En los últimos años se han disparado las ventas de vino rosado. Ya no está considerado el hermano pobre del blanco y el tinto. Si en las próximas semanas las condiciones climáticas se mantienen como hasta ahora, Jean espera obtener una cosecha récord. El problema, Émilie, es que la familia De la Martinières siempre ha dirigido la cave como un hobby.

—Estoy de acuerdo —admitió Émilie.

—Jean, quien por cierto me ha causado una excelente impresión, me dijo que no se ha invertido un solo céntimo en los viñedos desde que tu padre murió hace quince años. Obviamente, la bodega se creó en un principio para proveer al castillo de un vino de cosecha propia. En sus épocas doradas, cuando tus antepasados se divertían a la vieja y ostentosa usanza, la mayor parte del vino era consumido por ellos y sus invitados. Las cosas han cambiado mucho desde entonces, pero los viñedos siguen operando como hace cien años.

Gérard miró a Émilie esperando una reacción. Al no producirse ninguna, prosiguió.

—Lo que la cave necesita es una inyección de dinero a fin de sacarle el máximo partido. Jean me ha contado, por ejemplo, que hay tierra suficiente para duplicar el tamaño de los viñedos. También se precisa maquinaria moderna para poder obtener, en opinión de Jean, beneficios sustanciosos. La pregunta es —resumió Gérard—, ¿estarías dispuesta a seguir adelante con los viñedos y el castillo? Estamos hablando de dos proyectos de renovación, y consumirían la mayor parte de tu tiempo.

Émilie prestó atención al silencio. No soplaba una brizna de aire. La sosegada atmósfera la rodeó con su cálido manto. Por primera vez desde la muerte de su madre sentía paz. Y, por consiguiente, se resistía a llegar a una conclusión.

—Te agradezco mucho tu ayuda, Gérard, pero creo que ahora mismo soy incapaz de darte una respuesta —explicó—. Si me lo hubieras preguntado hace dos semanas, te habría contestado sin pestañear que mi deseo era vender. Pero ahora...

—Lo entiendo —asintió Gérard—. Yo no puedo asesorarte en el terreno emocional, Émilie, solo en el económico. Quizá te tranquilice saber que lo que obtengas de la venta de la casa de París, el contenido y las joyas de tu madre, probablemente no solo cubrirá lo que cueste restaurar el castillo, sino que dispondrás de una renta elevada el resto de tu vida. Y, por otro lado, está la biblioteca —añadió—. Tu padre nunca invirtió sus energías en cuidar de la estructura de sus casas, pero su legado está entre estas paredes. Amplió lo que ya era una excelente colección de libros raros. He echado un vistazo a sus ficheros y yo diría que la ha duplicado. No soy un experto en libros antiguos, pero sospecho que es una colección sumamente valiosa.

—Jamás me desprendería de la biblioteca —respondió con firmeza Émilie, sorprendida por el tono defensivo de su voz—. Es el trabajo de toda una vida. De niña pasaba muchas horas en ella con mi padre.

—Por supuesto, y no tienes por qué venderla. Aunque si decides conservar el castillo, tendrás que buscar un lugar más grande que tu apartamento de París para guardar la colección —señaló Gérard con una sonrisa—. Y ahora me gustaría comer algo. ¿Me acompañas a cenar al pueblo? Me marcho mañana temprano y debo, con tu permiso, comprobar si en el contenido del escritorio de tu padre hay más documentación financiera.

—Por supuesto —dijo Émilie.

—Primero tengo que hacer un par de llamadas —se disculpó Gérard—. Te veré aquí abajo dentro de media hora.

Émilie lo vio levantarse de la mesa y entrar en la casa. Se notaba tensa en su compañía, a pesar de que había estado presente a lo largo de toda su vida. Lo había tratado entonces como cualquier niño trataría a un adulto distante. Ahora, sin la presencia de una tercera persona, mantener una conversación mano a mano con él era una experiencia nueva e incómoda.

Al entrar en casa cayó en la cuenta de que sentía que la trataba con paternalismo, aunque comprendía que Gérard solo estaba intentando ayudar. A veces, no obstante, veía en sus ojos lo que solo podía interpretar como resentimiento. Quizá pensaba —y quién podía reprochárselo— que Émilie no tenía lo que hacía falta para recibir el manto del último superviviente De la Martinières, con todo el peso de su historia. Émilie era muy consciente de que no poseía el glamour de sus predecesores. Nacida en el seno de una familia nada corriente, su único deseo era parecer normal y corriente.

3

Émilie oyó el coche de Gérard alejarse por el camino de grava a primera hora de la mañana. Estaba tumbada en la angosta cama en la que había dormido desde niña, con sus ventanas orientadas al noroeste y privadas, por tanto, del sol de la mañana. No existían razones, se dijo, para no ocupar alguno de los bellos y espaciosos dormitorios de la parte frontal de la casa, dotados de grandes ventanales con vistas al jardín y los viñedos.

Frou-Frou, que la noche previa había gimoteado tan desconsoladamente que Émilie se había apiadado y la había dejado dormir con ella, se puso a ladrar delante de la puerta para anunciar que era la hora de sus abluciones matinales.

Émilie preparó café en la cocina y cruzó el pasillo hasta la biblioteca. La estancia de techos altos, que su padre había preservado siempre de la luz para proteger los libros, desprendía un reconfortante olor rancio y familiar. Dejando la taza en el gastado escritorio de cuero, caminó hasta una ventana y abrió los postigos. Miles de motas de polvo abandonaron sus escondrijos con la inesperada brisa y danzaron eufóricas en los suaves rayos de luz.

Se acomodó en el banco de la ventana y contempló las estanterías que iban desde el suelo hasta el techo. Ignoraba cuántos libros contenía la biblioteca. Su padre había pasado buena parte de sus últimos años catalogando los ejemplares y ampliado la colección. Se levantó y recorrió despacio las estanterías, con sus hileras de libros que se elevaban hasta cuadruplicar su estatura. Estoicos centinelas, tenía la sensación de que la estaban observando —a su nueva ama— y preguntándose qué futuro les esperaba.

Émilie se recordaba sentada con su padre jugando al juego del Alfabeto, en el que ella tenía que escoger dos letras del alfabeto, las que quisiera. Su padre se paseaba entonces por la biblioteca buscando un autor cuyo libro tuviera esas iniciales. Eran contadísimas las ocasiones que no conseguía sacar un libro a partir de las dos letras que Émilie le había dado. Incluso cuando intentaba ponérselo difícil con la X y la Z, su padre conseguía extraer un ejemplar descolorido de filosofía china o la delgada antología de un poeta ruso largo tiempo olvidado.

A pesar de haber visto a Édouard hacer eso durante años, Émilie lamentaba ahora no haber prestado más atención a los métodos eclécticos que empleaba para catalogar y archivar los libros. Observó los estantes, consciente de que tales métodos no eran tan sencillos como el orden alfabético. En el anaquel que tenía delante había libros que iban desde Dickens hasta Platón, pasando por Guy de Maupassant.

También sabía que la colección era tan extensa que toda catalogación que su padre hubiese llevado a cabo en los cuadernos apilados sobre el escritorio apenas habrían arañado la superficie. Aunque Édouard siempre había sabido dónde ubicar un libro casi al instante, era una habilidad y un secreto que se había llevado a la tumba.

—Si decido vender esta casa, ¿qué haré con vosotros? —les susurró.

Los libros la miraron en silencio; miles de niños abandonados que sabían que su futuro estaba en sus manos. Émilie se obligó a dejar de rememorar el pasado. No podía permitir que las emociones la influyeran. Si decidía vender el castillo, tendría que encontrar otro hogar para los libros. Cerró los postigos devolviendo los libros a su velado sopor y salió de la biblioteca.

Pasó el resto de la mañana explorando los rincones y recovecos del castillo, admirando sorprendida un maravilloso friso de doscientos años que adornaba el techo del magnífico salón, los muebles franceses, elegantes pero desgastados, y los numerosos cuadros que cubrían las paredes.

A la hora del almuerzo entró en la cocina para servirse un vaso de agua. Bebió con avidez, cayendo en la cuenta de que estaba jadeante y eufórica, como si hubiera despertado de una pesadilla. Toda la belleza que había apreciado por primera vez esa mañana había estado ahí siempre, sin embargo jamás se le había ocurrido prestarle atención u otorgarle el valor que merecía. Ahora, en lugar de ver la herencia y el linaje de su familia como una soga alrededor de su cuello de la que ansiaba liberarse, estaba experimentando un primer atisbo de entusiasmo.

Esta casa maravillosa, con su exuberancia de objetos exquisitos, era suya.

Presa de un apetito repentino, hurgó en la nevera y los armarios de la cocina pero no encontró nada. Salió de casa con Frou-Frou bajo el brazo, lo instaló en el coche, en el asiento del pasajero, y puso rumbo a Gassin. Estacionó, subió los empinados y vetustos escalones del pueblo hasta el paseo situado en lo alto de la colina, donde estaban los bares y restaurantes, y ocupó una mesa de la terraza para admirar las espectaculares vistas de la costa. Tras pedir una jarra pequeña de rosado y la ensalada de la casa, disfrutó del fuerte sol del mediodía mientras los pensamientos daban vueltas en su cabeza sin un orden concreto.

—Disculpe, mademoiselle, ¿es usted Émilie de la Martinières?

Protegiéndose los ojos de la deslumbrante luz, Émilie miró al hombre que estaba de pie junto a su mesa.

—Sí. —Lo miró con recelo.

—En ese caso, es un placer conocerla. —El hombre le tendió la mano—. Me llamo Sebastian Carruthers.

Émilie alargó una mano vacilante.

—¿Nos hemos visto antes?

—No.

Advirtió que hablaba un francés excelente pero con acento inglés.

—¿Puedo preguntarle entonces de qué me conoce? —dijo en un tono imperioso provocado por los nervios.

—Es una larga historia que me gustaría compartir con usted en algún momento. ¿Espera compañía? —El hombre señaló la silla vacía que Émilie tenía enfrente.

—Eh... no. —Negó con la cabeza.

—¿Le importa entonces que me siente y me explique?

Sin darle tiempo a poner objeciones, Sebastian retiró la silla. Ahora que la luz ya no la deslumbraba, Émilie lo observó detenidamente y vio que era más o menos de su edad y que vestía su cuerpo delgado con naturalidad: ropa informal de buena calidad. Tenía pecas en la nariz, el pelo castaño y unos atractivos ojos de color avellana.

—Lamento mucho el fallecimiento de su madre —dijo.

—Gracias. —Émilie bebió un sorbo de rosado y a renglón seguido, sacando a la superficie sus arraigados modales, dijo—: ¿Le apetece un poco de vino?

—Es usted muy amable.

Sebastian hizo señas al camarero para que le trajera una copa. Émilie la llenó con el vino de la jarra.

—¿Cómo sabe que mi madre ha muerto? —preguntó.

—Toda Francia lo sabe —respondió Sebastian con mirada empática—. Era una mujer muy conocida. Le doy mi más sentido pésame. Deben de ser momentos difíciles para usted.

—Lo son —repuso ella secamente—. ¿Es usted inglés?

—¡Lo ha adivinado! —Sebastian puso los ojos en blanco con fingido terror—. Con lo que me he esforzado por perder mi acento. Sí, confieso, para mi desgracia, que soy inglés. Pero pasé un año en París estudiando Bellas Artes. Y reconozco que soy un ferviente francófilo.

—Ya —murmuró Émilie—, pero...

—Lo sé —reconoció él—, eso tampoco explica por qué sé que es usted Émilie de la Martinières. Verá... —Sebastian levantó la mirada con aire misterioso—, la conexión entre usted y yo se remonta a un pasado lejano y profundo.

—¿Es usted un pariente? —preguntó Émilie, recordando la advertencia de Gérard.

—En absoluto —repuso él con una sonrisa—, pero mi abuela era medio francesa. Hace poco descubrí que trabajó estrechamente con Édouard de la Martinières, que creo que es su padre, durante la Segunda Guerra Mundial.

—Entiendo. —Émilie no sabía nada del pasado de su padre, salvo que nunca había hablado de él. Y todavía le inquietaba lo que este inglés pudiera querer de ella—. Sé poco de ese período de la vida de mi padre.

—Yo tampoco sabía mucho hasta que mi abuela me contó, justo antes de morir, que estuvo aquí durante la ocupación. También me dijo que Édouard era un hombre muy valiente —añadió Sebastian.

Al oír eso, Émilie sintió un nudo en la garganta.

—No lo sabía... Verá, yo nací cuando mi padre tenía sesenta años, más de veinte años después de que terminara la guerra.

—Ajá —dijo Sebastian, comprensivo.

—Además —Émilie bebió un generoso trago de vino—, no era un hombre dado a alardear de sus proezas.

—Pues Constance, mi abuela, tenía una gran opinión de él —aseguró Sebastian—. También me habló del bello castillo de Gassin donde se alojó durante el tiempo que pasó en Francia. Está muy cerca del pueblo, ¿no es cierto?

—Sí —dijo ella al tiempo que llegaba su ensalada—. ¿Le apetece comer? —preguntó, de nuevo por cortesía.

—Si no le importa que la acompañe.

—En absoluto.

Sebastian pidió y el camarero se retiró.

—¿Y qué le trae por Gassin? —inquirió Émilie.

—Buena pregunta —dijo Sebastian—. Después de licenciarme en Bellas Artes en París me dediqué a hacer del negocio del arte mi profesión. Tengo una pequeña galería en Londres, pero paso mucho tiempo buscando los cuadros raros que desean mis adinerados clientes. Vine a Francia para intentar persuadir al propietario de un Chagall de que me lo vendiera. El tipo vive en Grasse, que como sabe no está lejos de aquí —explicó—. Me enteré casualmente del fallecimiento de su madre por la prensa y eso me trajo a la memoria la conexión de mi abuela con su familia, así que decidí pasarme por aquí y ver con mis propios ojos el castillo del que tanto he oído hablar. Este pueblo es realmente bonito.

—Sí —respondió ella, desconcertada por la extraña conversación.

—¿Vive en el castillo, Émilie? —preguntó Sebastian.

—No —contestó, incómoda con el interrogatorio—

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