1
Una serie de circunstancias infortunadas me trajo al Château Silvaine. Mi padre era un capitán de barco que perdió la vida en el mar cuando yo tenía cinco años. Mi madre, que había vivido siempre con cierta holgura, se vio forzada a mantenerse a sí misma y a su hija. Una mujer sin dinero, dijo mi madre, debe vivir de su fregona o de la aguja, a menos que tenga alguna educación que pueda serle útil. Al ser este su caso, le quedaban dos posibilidades: enseñar a los niños o acompañar a los ancianos. Eligió la primera. Era una mujer de carácter fuerte, decidida a triunfar, y con los escasos medios a su disposición alquiló un pequeño pabellón en las posesiones de sir John Derringham, en Sussex, y abrió una escuela para señoritas.
Durante algunos años, si bien no era exactamente floreciente, la escuela nos proporcionó lo necesario para vivir. Yo misma me había educado allí, recibiendo un adiestramiento excelente bajo la supervisión de mi madre, que tuvo desde el principio la intención de que yo me uniese a ella más tarde como maestra, lo que había estado haciendo los tres últimos meses.
—Esto tendría que alcanzarte para vivir bien, Minella —acostumbraba decir mi madre.
Me había llamado Wilhelmina, como ella. El nombre le quedaba bien, pero yo nunca me sentí cómoda con él. Cuando yo era un bebé, me lo había transformado en Minella, y seguí llamándome así.
Creo que la principal razón del entusiasmo de mi madre por la escuela, era que esta me aseguraba el sustento. Su mayor preocupación había sido siempre el hecho de que no teníamos familia que pudiera ayudarnos en caso de emergencia. Dependíamos exclusivamente de nuestras propias fuerzas. Las niñas Derringham, Sybil y Maria, se educaban en la escuela, lo que hacía que otras familias enviaran a ella sus hijas. Solían decir que les ahorraba una gobernanta. Cuando había visitas en la mansión Derringham y traían consigo a sus hijas, estas se transformaban temporalmente en alumnas. Mi madre enseñaba modales, porte, danza y, además de estas tres asignaturas, francés, lo que se consideraba muy poco habitual.
Sir John era un hombre generoso y amable, ansioso por ayudar a toda mujer a quien, como mi madre, admirase. Era dueño de extensas posesiones, recorridas por un río pequeño pero delicioso en el que abundaban las truchas. Mucha gente rica —incluso algunos de la corte— solían pasar temporadas en la mansión para pescar, disparar sobre los faisanes o cazar a caballo. Estas temporadas eran importantes para nosotras, porque la fama de la escuela de mi madre se había difundido en los círculos de sir John y aquellas familias que deseaban tener consigo a sus hijas las traían, y como sir John nos recomendaba calurosamente, estaban encantadas. Estas niñas que venían por breves períodos eran, como decía mi madre con su habitual franqueza, el refuerzo de nuestro pan. Podíamos vivir con las alumnas permanentes, pero, como es natural, pedíamos más dinero por la tutela temporal… de modo que eran muy bien recibidas. Yo estaba convencida de que sir John lo sabía, y por eso le causaba tanto placer traérnoslas.
Llegó el día que iba a resultar significativo en mi vida. Fue cuando arribó a la mansión Derringham la familia francesa de Fontaine Delibes. El conde Fontaine Delibes me fue instantáneamente antipático. No solo me pareció vano y arrogante, sino que parecía considerarse aparte de todos los seres humanos a causa de su superioridad en todos los sentidos. La condesa era distinta, pero no se la veía mucho. Debía de haber sido hermosa en su juventud. No es que fuera vieja entonces, pero en mi inmadurez consideraba ancianos a todos los mayores de treinta años. Margot tenía entonces dieciséis años. Yo dieciocho. Supe después que Margot había nacido un año después del matrimonio de sus padres, cuando la condesa solo tenía diecisiete años. En realidad, me enteré de muchas cosas del matrimonio por medio de Margot, que, por supuesto, había sido enviada a nuestra escuela gracias al amable sir John.
Desde el principio, Margot y yo estuvimos juntas. Pudo haberse debido al hecho de que yo tenía un don natural para las lenguas y podía charlar con ella en francés incluso con mayor facilidad que mi madre (aunque su francés era más correcto) y que Sybil y Maria, cuyos progresos en esta lengua se parecían más a los de la tortuga que a los de la liebre, según decía mi madre.
De nuestras conversaciones surgía la impresión de que Margot no estaba segura de si amaba u odiaba a su padre. Confesó tenerle miedo. Gobernaba su casa en Francia y la campiña circundante (que aparentemente le pertenecía) como un señor feudal. Todos parecían reverenciarlo sumisamente. También podía ser a veces alegre y generoso, pero su característica más notable era tal vez lo imprevisible de sus reacciones. Margot me contó que podía ordenar que azotaran a un sirviente un día, y al siguiente darle al mismo sirviente una bolsa de dinero. Y no se trataba de que los dos incidentes estuviesen relacionados entre sí. Nunca —o pocas veces— se arrepentía de su crueldad, y sus raptos de generosidad no tenían nada que ver con él remordimiento.
—Solo una vez —dijo Margot misteriosamente, pero cuando traté de sonsacarla dejó de hablar y agregó con cierto orgullo que su padre era llamado Le Diable (a sus espaldas, naturalmente).
Era muy apuesto, de una manera sombría y satánica. Su apariencia coincidía con lo que había oído decir de él. Lo vi por primera vez cerca de la escuela. Jinete sobre un caballo negro, realmente parecía alguien salido de una leyenda. En ese instante, se me ocurrió llamarlo el Jinete del Diablo, y seguí pensando en él en esos términos durante mucho tiempo. Iba magníficamente vestido. Por supuesto, los franceses eran excepcionalmente elegantes, y aunque sir John tenía una apariencia inmaculada, no podía compararse con el conde diabólico. La corbata del diablo era una espuma de exquisito encaje, lo mismo que sus puños. La chaqueta era de color verde botella, como también su sombrero de jinete. Usaba una peluca de suave cabello blanco y los diamantes centelleaban discretamente en el encaje del cuello.
No me vio, de modo que pude quedarme y observarlo.
Como es natural, mi madre jamás era invitada a la mansión Derringham. Ni siquiera el liberal sir John hubiera soñado con invitar a su casa a una maestra de escuela, y, aunque era siempre cortés y considerado (como correspondía a su naturaleza), no se nos consideraba iguales desde el punto de vista social.
A pesar de esto se fomentó mi amistad con Margot, porque se suponía que esta relación era beneficiosa para su inglés, y cuando sus padres regresaron a Francia, Margot se quedó para perfeccionar su conocimiento de nuestra lengua. Esto encantó a mi madre, que iba a tener por más tiempo del calculado a una de sus alumnas mejor pagadas. Los padres de Margot —pero sobre todo su padre— visitaban de vez en cuando la mansión, y esta era una de esas ocasiones.
Margot y yo estábamos siempre juntas y un día, como recompensa —aunque no para sentar un precedente—, fui invitada a tomar el té en la mansión, para pasar una hora con nuestras alumnas.
Mi madre estaba contenta. El día antes de la reunión, después del cierre de la escuela, ya estaba lavando y planchando el único traje que consideraba apropiado para la ocasión… uno de hilo azul festoneado con un encaje bastante fino, que había pertenecido a la madre de mi padre. Ronroneaba de orgullo mientras planchaba, segura de que su hija podía ocupar fácilmente su lugar entre los poderosos. ¿Se había dado cuenta de lo que se esperaba de ella? ¿Acaso no había sido educada para mantener el equilibrio entre los exaltados? ¿No estaba mejor educada para sus años que las otras? (Verdad.) ¿No era tan elegante e iba tan bien vestida como las demás? (Cariño de madre, temí, más que realidad.)
Fortalecida con la confianza de mi madre y mi decisión de dejarla en buen lugar, salí. Mientras atravesaba los bosques de pinos, no sentía más excitación que la normal. Había estado tan a menudo en clase con Sybil, Maria y Margot que su compañía me era habitual. Estaría simplemente en otro lugar. Pero cuando salí del bosque y vi la casa en medio de aquellos graciosos prados, no pude evitar sentir un gran placer ante la perspectiva de entrar. Muros de piedra gris. Ventanas con persianas. La casa original había sido reducida a ruinas por los hombres de Cromwell, y prácticamente reconstruida después de la Restauración. Un tal Daniel Derringham, que había luchado por la causa del rey, había sido recompensado con una baronía y tierras.
Un sendero de piedra cruzaba el parque, y junto a él crecían unos tejos muy antiguos que tenían fama de haber sobrevivido a los Roundheads, por lo que se les atribuían doscientos años. En el centro de uno de los prados había un reloj de sol, y no pude evitar acercarme para mirarlo. Tenía una inscripción casi borrada por el tiempo, grabada en un estilo elaborado muy difícil de descifrar.
«Cada hora tiene su valor», pude leer, pero el resto de la escritura estaba cubierto por el moho. Lo froté con el dedo y miré con desmayo la mancha verde que había quedado en él. Mi madre me lo reprocharía. ¡Cómo podía llegar a la mansión Derringham con aspecto descuidado!
—¿Lo encontráis difícil de leer?
Me volví bruscamente. Detrás de mí estaba Joel Derringham. Estaba yo tan absorta estudiando el reloj de sol, que no había advertido su llegada a través del suave césped.
—Hay tanto musgo cubriendo las palabras… —contesté.
Había hablado muy pocas veces con Joel Derringham. Era el único hijo y tendría veintiuno o veintidós años. Ya ahora era muy parecido a sir John. Cuando alcanzara su edad sería su vivo retrato. Tenía el mismo cabello castaño claro y los ojos azul pálido, la nariz algo aquilina y la boca amable. Cuando se miraba a sir John y a su hijo, el adjetivo que acudía a la cabeza era «agradable». Eran amables y compasivos sin ser débiles, lo que, cuando lo pienso, es el mejor cumplido que un ser humano puede hacer a otro.
Me sonrió.
—Puedo deciros lo que pone:
Cada hora tiene su valor
y el pasado no importa.
Vive cada día con ardor.
La vida es corta.
—Una advertencia bastante solemne —comenté.
—Pero suena a buen consejo.
—Sí, supongo que sí. —Se me ocurrió que debía explicar mi presencia allí—. Soy Wilhelmina Maddox —y continué—: he sido invitada a tomar el té.
—Sé quién sois, por supuesto —dijo—. Permitidme que os conduzca a donde están mis hermanas.
—Gracias.
—Os he visto en las cercanías de la escuela —agregó, mientras atravesábamos el parque—. Mi padre dice a menudo que la escuela es muy ventajosa para la vecindad.
—Es gratificante ser útil al mismo tiempo que uno se gana la vida.
—Oh, estoy de acuerdo, señorita… Wilhelmina. Si me permitís, es nombre un tanto formal para sentaros bien.
—Me llaman Minella.
—Eso está mejor. Señorita Minella. Mucho mejor.
Habíamos llegado a la casa. La pesada puerta estaba ligeramente entreabierta. Él la empujó y entramos en el vestíbulo. Ventanas altas, suelo embaldosado, techo bellamente abovedado con vigas a la vista… me encantó. En el centro, había la gran mesa de refectorio de roble, con platos y copas de peltre. Los blasones colgaban de los muros de piedra, en los que se habían practicado asientos. Las sillas eran carolingias, y un gran retrato de Carlos II dominaba la estancia. Me detuve unos segundos a estudiar aquel rostro pesado y sensual, que hubiera sido grueso de no ser por el humor que resplandecía en los ojos y una cierta gentileza en la curva de los labios.
—El benefactor de la familia —dijo él.
—Es un retrato magnífico.
—Entregado por el propio y alegre monarca, después de habernos visitado.
—Debéis amar vuestra casa.
—Bueno, sí. Tiene algo que ver con el hecho de que la familia vivió aquí tantos años. Aunque fue prácticamente reconstruida durante la Restauración, algunos fragmentos son de la época de los Plantagenet.
La envidia no es uno de mis defectos, pero sentí un atisbo de ella. Pertenecer a una casa y a una familia como aquella, debía deparar un sentimiento de gran orgullo, pero este se advertía apenas en Joel Derringham. Dudo que hubiese concedido mucha reflexión al asunto. Siempre debía de haber aceptado el hecho de que había nacido en aquella mansión y la heredaría a su debido tiempo. Después de todo, era el único hijo y, en consecuencia, el heredero indiscutible.
—Supongo —dije impulsivamente— que esto es lo que llaman haber nacido con una cuchara de plata en la boca.
Pareció sobresaltarse y me di cuenta que estaba expresando mis pensamientos de una manera que mi madre seguramente desaprobaría.
—Todo esto —continué— fue vuestro desde el día en que nacisteis… solo por haber nacido aquí. ¡Qué afortunado fuisteis! ¡Suponed que hubieseis nacido en una de las cabañas de la heredad!
—Pero no sería yo mismo con otros padres —señaló.
—Imaginad que hubieran cambiado a dos bebés, y uno de los de las cabañas hubiera sido educado como Joel Derringham, y vos en su lugar. ¿Podría alguien establecer la diferencia cuando hubieran crecido?
—Creo que me parezco mucho a mi padre.
—Eso es porque habéis sido criado aquí.
—Me parezco a él.
—Sí, es cierto…
—Ambiente… nacimiento… ¿qué influencia tienen? Es un problema que ha desconcertado a los médicos durante años. No es algo que pueda resolverse en un momento.
—Me temo que he sido algo impertinente. Estaba pensando en voz alta.
—Por cierto que no. Es una teoría interesante.
—Estaba abrumada por la casa.
—Me alegro de que os produzca ese efecto. Sentís su antigüedad… el espíritu de mis antecesores muertos.
—Solo puedo deciros que lo lamento.
—Yo no. Me agradó vuestra franqueza. ¿Os llevo arriba ahora? Os deben estar esperando.
Del vestíbulo partía una escalinata. Subimos por ella y llegamos a una galería llena de retratos. Luego subimos por una escalera de caracol y nos encontramos en un rellano con varias puertas. Joel abrió una de ellas y escuché de inmediato la voz de Sybil.
—Aquí está. Pasa, Minella. Te esperábamos.
La habitación era la que se conocía como solario, porque había sido construida para recibir el sol. En un extremo había una tapicería en un bastidor, en la cual descubrí que trabajaba lady Derringham. En el otro extremo de la habitación, una rueca. Me pregunté si alguien la usaba ahora. En el centro, una larga mesa con una pieza de bordado. Supe que las niñas trabajaban en esta habitación. Había un arpa y una espineta y pude imaginar qué distinto sería el lugar cuando era despejado para bailar, con las bujías oscilando en sus candelabros y las damas y caballeros con sus ropas exquisitas.
Margot gritó en su extraño inglés:
—¡No te quedes allí boquiabierta, Minelle! —Siempre adaptaba nuestros nombres a su idioma—. ¿Nunca habías visto un solario?
—Espero —dijo Maria— que Minella encuentre esto bastante diferente de la escuela.
Maria quería ser amable, pero yo sentía a menudo una espina en su amabilidad. Era la más afectada de las Derringham.
Joel dijo:
—Bueno, os dejo, niñas. Adiós, señorita Maddox.
Cuando la puerta se cerró detrás de Joel, Maria preguntó:
—¿Dónde encontraste a Joel?
—Cuando llegaba a la casa. Él me hizo entrar.
—Joel siempre se siente obligado a ayudar a todo el mundo —comentó Maria—. Acarrearía una canasta para la chica de la cocina, si pensara que es demasiado pesada para ella. Mamá dice que es rebajarse, y tiene razón. Joel debería saberlo.
—Y volverle su aristocrática nariz a la maestra de escuela —dije agudamente— porque, después de todo, está tan por debajo de él que es sorprendente que advierta su presencia.
Margot se sacudió de risa.
—¡Bravo, Minelle! —gritó—. Y si Joel debería saberlo, también deberías saberlo tú, Marie. No cruzar nunca las espadas… ¿está bien dicho? —Asentí—. Nunca cruces tu espada con la de Minelle porque ella te ganará siempre, y si ella es la hija de la maestra de escuela y tú la del hidalgo… no tiene importancia. La inteligente es ella.
—¡Oh, Margot —grité—, eres ridícula! —pero sabía que el tono de mi voz reflejaba mi agradecimiento por haber venido en mi ayuda.
—Pediré el té ahora que has llegado —dijo Sybil, recordando sus deberes de anfitriona—. Lo servirán en el cuarto de estudios.
Mientras conversábamos miré a mi alrededor, observando lo que me rodeaba y pensando qué agradable había sido el encuentro con Joel Derringham, y cuánto más amable era él que sus hermanas.
Tal como había dicho Sybil, sirvieron el té en la sala de estudios. Había pan delgado y mantequilla con tarta de cerezas y pequeños bollos espolvoreados con semillas de alcaravea. Mientras Sybil servía el té, un sirviente merodeaba por el cuarto. Al principio estábamos algo rígidas, pero muy pronto charlamos como solíamos hacerlo en la escuela, porque aunque ahora yo era una maestra, no había pasado mucho tiempo desde que aprendía junto con ellas.
Margot me sorprendió al proponer que jugáramos al escondite, porque era un juego de niños y ella hacía alardes de mundanidad.
—Siempre quieres jugar a ese juego tonto —dijo Sybil—, y luego desapareces y no podemos encontrarte.
Margot se encogió de hombros.
—Me divierte —replicó.
Las Derringham se resignaron. Supuse que tenían instrucciones de complacer a su invitada.
Ella señaló el suelo.
—Todos los de abajo deben estar terminando su siesta y tomando el té en el comedor. Es divertido. Aunque es mejor por la noche, cuando está oscuro y salen los fantasmas.
—No hay fantasmas —dijo Maria con viveza.
—Oh, sí, Maria —bromeó Margot—. Está el de la criada que se ahorcó porque fue abandonada por el muchacho de la despensa. Solo que no se te aparece a ti. ¿Cómo lo decís? Sabe cuál es su lugar.
Maria, ruborizándose, murmuró:
—¡Margot dice tantas tonterías!
—Juguemos al escondite —rogó Margot.
—Es poco equitativo para Minella —protestó Sybil—. No conoce la casa.
—Oh, pero jugaremos solo aquí arriba. Sería escandaloso que bajáramos e irrumpiéramos entre los invitados. Iré a esconderme ahora.
Los ojos de Margot bailaban con el placer anticipado, y esto me sorprendió. Pero la idea de explorar la casa, aunque estuviera limitada al piso alto, era tan excitante que olvidé mi sorpresa ante la inesperada niñería de Margot. Después de todo, ella era siempre imprevisible y me dije que en realidad no era tan mayor.
Maria refunfuñaba.
—¡Es un juego tan tonto! Me pregunto por qué siempre quiere jugar a eso. Los acertijos serían mucho más apropiados. Quisiera saber adónde va. Nunca la encontramos. Y siempre tiene que ser ella la que se esconde.
—Quizá esta vez la encontremos, con ayuda de Minella —dijo Sybil.
Dejamos el cuarto de estudios y salimos a un rellano. Maria abrió una puerta y Sybil otra. Yo fui con Sybil. La habitación estaba amueblada como un dormitorio y comprendí que era allí donde dormían Maria y Sybil. Había dos camas con medios doseles en rincones apartados de la habitación, tan lejos la una de la otra como era posible.
Regresé al rellano. Maria no estaba allí, y sentí una urgencia irresistible de explorar por mi cuenta. Regresé al solario. Parecía distinto ahora que estaba sola. Esto era lo que sucedía en las casas grandes. Cambiaban cuando había gente en ellas. Parecía como si tuvieran vida propia.
¡Cómo ansiaba vagar por la casa, explorándola! Cómo deseaba saber todo lo que estaba sucediendo ahora y lo que había sucedido en el pasado.
Margot hubiera comprendido. Las Derringham no. Pensarían que era la hija de la maestra de escuela, abrumada por lo que la rodeaba.
No me interesaban los juegos infantiles de Margot. Era evidente que no estaba en el solario. No había lugar donde esconderse allí.
Escuché la voz de Maria en el rellano y crucé aprisa la habitación. Había descubierto otra puerta en el solario y la abrí. Me encontré con una escalera de caracol. Impulsivamente, descendí. Daba vueltas y vueltas y parecía no terminar nunca, hasta que llegué. Estaba en otra parte de la casa. Aquí el corredor era ancho. Había pesadas cortinas de terciopelo en las ventanas. Miré por una de ellas. Vi el prado con el reloj de sol y supe que estaba en la parte delantera de la casa.
Había varias puertas a lo largo del corredor. Abrí cautelosamente una. Las persianas estaban bajadas para evitar el sol y me llevó varios segundos adaptar mis ojos a la penumbra. Luego vi la figura dormida en el canapé. Era la condesa, la madre de Margot. Rápida pero silenciosamente, cerré la puerta. ¡Si despertaba y me veía! Caería en desgracia. Mi madre hubiera sido herida y abochornada y no me habrían invitado más a la mansión Derringham. Tal vez no volvieran a hacerlo de todos modos, porque esta era la primera vez que me invitaban. Era el único momento apropiado. En consecuencia, debía aprovecharlo.
Mi madre decía a menudo que cuando yo deseaba hacer algo no del todo correcto, encontraba excusas que lo hacían aceptable. ¿Qué excusa podía inventar para vagar por la casa… espiando, porque de eso se trataba? A Joel Derringham le había complacido que me gustara la casa. Estaba segura de que no le importaría. Tampoco a sir John. Y podía ser mi única oportunidad.
Recorrí el pasillo. Luego, para mi alegría, descubrí que una de las puertas estaba ligeramente entreabierta. La abrí más y espié dentro de la habitación. Era muy parecida a la de la condesa, excepto que en ella había una cama con dosel y ricos cortinajes. Observé los hermosos tapices que adornaban los muros. No pude resistirlo y me deslicé dentro, de puntillas.
Y entonces mi corazón saltó aterrorizado, porque oí que la puerta se cerraba detrás de mí. Nunca había estado tan asustada en mi vida. Alguien había cerrado la puerta. Mi posición era terriblemente embarazosa. En situaciones semejantes, siempre encontraba rápidas excusas para salir de los lugares inadecuados, pero en ese momento estaba realmente asustada. Habíamos estado hablando de lo sobrenatural y me sentí como si pudiera estar en presencia de algo de esa índole.
Y luego, a mis espaldas, una voz dijo con fuerte acento:
—Buenas tardes. Es un placer conoceros.
Me volví vivamente. El conde diablo estaba de pie ante la puerta, con los brazos cruzados. Sus ojos —muy oscuros, casi negros— me taladraban. Su boca se curvaba en una sonrisa que hacía juego con el resto de su persona, y a la que solo se podía llamar diabólica.
Balbuceé:
—Lo siento. Parece que me he entrometido.
—¿Buscáis algo? —preguntó—. No a mi esposa, eso lo sé, porque os fuisteis después de haber mirado en su habitación. ¿Tal vez me buscabais a mí?
Comprendí que las dos habitaciones se comunicaban y que él había estado allí donde dormía la condesa. Sin duda había venido rápidamente a este cuarto, abriendo la puerta para atraerme y sorprenderme cuando hubiera entrado.
—No, no —dije—, es un juego. Margot se está escondiendo.
Asintió.
—Tal vez querríais sentaros.
—No, gracias. No debí haber venido aquí. Debería haberme quedado arriba.
Caminé audazmente hacia la puerta, pero él no se movió y me detuve mirándolo indefensa y no obstante fascinada, preguntándome qué iría a hacer. Lo que hizo fue avanzar un paso y tomarme de un brazo.
—No debéis iros tan pronto —dijo—. Ahora que me habéis visitado, os quedaréis un rato.
Me estudiaba con atención y su escrutinio me hacía sentir incómoda.
—Creo que debo irme —alegué tan ligeramente como pude—. Deben extrañarme.
—Pero, si es Margot la que está escondiéndose. No la encontrarán todavía. Es una casa grande para esconderse en ella.
—¡Oh, sí que la encontrarán! Es solo el piso alto…
Me interrumpí, como una tonta. Me había traicionado.
Él rió, triunfante.
—¿Entonces qué estabais haciendo aquí abajo, mademoiselle?
—Es mi primera visita a la casa. Me extravié.
—¿Y buscabais vuestro camino en estas habitaciones?
No dije nada. Me llevó a la ventana, empujándome a su lado. Estaba junto a él, muy consciente del ligero olor a madera de sándalo de su traje y del gran anillo de sello que llevaba en el meñique de la mano derecha.
—Deberíais decirme vuestro nombre —ordenó.
—Soy Minella Maddox.
—Minella Maddox —repitió—. Ya sé. Sois la hija de la maestra de escuela.
—Sí. Pero espero que no le digáis a nadie que he bajado aquí.
Asintió con gravedad.
—De modo que habéis desobedecido órdenes…
—Me extravié —repetí con firmeza—. No me gustaría que supieran que he sido tan tonta.
—¿De modo que me estáis pidiendo un favor?
—Sugiero simplemente que no mencionéis este asunto trivial.
—No me parece trivial, mademoiselle.
—No os comprendo, monsieur le comte.
—¿De modo que me conocéis?
—Todo el mundo os conoce por los alrededores.
—Me pregunto cuánto sabéis de mí.
—Solo quién sois y que sois el padre de Margot, y que venís de vez en cuando de Francia a visitar a Derringham.
—Mi hija habló de mí, ¿no es verdad?
—Alguna que otra vez.
—¿Os ha contado algo de mis muchos… cuál es la palabra?
—¿Pecados, queréis decir? Si preferís hablar en francés…
—Veo que tenéis sobre mí una opinión formada. Soy un pecador que no habla vuestro idioma tan bien como vos habláis el mío.
Hablaba en un francés rápido, esperando —lo supe— que yo no lo comprendiera, pero yo había tenido un buen adiestramiento y el miedo me abandonaba. Además, aunque me encontraba en una situación difícil y sabía que él no era hombre lo suficientemente caballeroso como para ayudarme a salir bien de ella, no podía evitar cierto regocijo. Contesté que creía que la palabra que buscaba era la que le había sugerido, y que si estaba pensando en algo más podía decírmelo en francés y estaba segura de que le comprendería.
—Veo —dijo, hablando muy rápido— que sois una damita animosa. Ahora nos entenderemos. Buscáis a mi hija Marguerite, a quien llamáis Margot. Ella se esconde en el piso alto de la casa. Vos lo sabéis, pero la buscáis aquí abajo. ¡Ah, mademoiselle, no buscabais a Marguerite más que para satisfacer vuestra curiosidad! Admitidlo.
Frunció el entrecejo de una manera que —estoy segura de ello— estaba calculada para producir terror en los que lo veían.
—No me agrada que me mientan —añadió.
—Bueno —dije, decidida a no dejarme intimidar—, es mi primera visita a una mansión de este tipo y admito que siento algo de curiosidad.
—Es natural, muy natural. Tenéis un hermoso cabello, mademoiselle. Diría que es del color de las mieses en agosto. ¿Estáis de acuerdo?
—Os complacéis en lisonjearme.
Levantó una mano y tomó un mechón de mis cabellos que mi madre había rizado cuidadosamente y sujetado en la nuca con una cinta azul, para hacer juego con mi vestido.
Me sentí incómoda, y sin embargo seguía alborozada. Como me tiraba del cabello, me vi forzada a acercarme más a él. Podía ver su rostro con toda claridad: la sombra bajo los ojos luminosos, las cejas espesas pero finamente trazadas. Era el hombre de aspecto más notable que había visto en mi vida.
—Y ahora —afirmé— debería irme.
—Vinisteis por vuestra voluntad —me recordó— y creo que es un asunto de cortesía el que os retiréis de acuerdo con la mía.
—Ya que hablamos de cortesía, no me detendréis contra mi deseo.
—Pero es que estábamos discutiendo la cortesía que vos me debéis. Yo no os debo nada, recordad. Vos sois la intrusa. ¡Oh, mademoiselle, espiar en mi dormitorio! ¡Espiar de esa manera! ¡Qué vergüenza!
Sus ojos centelleaban. Recordé lo que decía Margot sobre lo imprevisible de sus reacciones. Por el momento, se divertía. Muy pronto podía no ser así.
Rescaté mi cabello de un tirón y me puse de pie.
—Os pido perdón por mi curiosidad —dije—. Fue una muestra de mala educación por mi parte. Debéis hacer lo que consideréis oportuno. Si deseáis informar a sir John…
—Os agradezco el permiso —repuso. Estaba junto a mí y para horror mío pasó sus brazos a mi alrededor y me estrechó contra sí. Luego puso un dedo bajo mi barbilla, haciéndome levantar la cara—. Cuando transgredimos —continuó— debemos pagar por nuestros pecados. Este es el pago que solicito.
Tomó mi cara entre sus manos y me besó en los labios… no una, sino muchas veces.
Yo estaba horrorizada. Nunca me habían besado de esa manera. Me arranqué de sus brazos y eché a correr.
El pensamiento que predominaba en mi cabeza era que me había tratado como a una sirvienta. Estaba asustada. Además, todo era culpa mía.
Salí del cuarto a tropezones. Encontré la escalera de caracol y cuando comenzaba a subir escuché un movimiento a mis espaldas. Por un momento pensé que el conde me seguía y me heló el terror.
Margot dijo:
—¿Qué estás haciendo aquí abajo, Minelle?
Me volví. Estaba ruborizada y sus ojos danzaban.
—¿Dónde has estado? —pregunté.
—¿Dónde has estado tú? —Puso un dedo sobre sus labios—. Ven. Subamos.
Ascendimos la escalera. Una vez arriba, se volvió hacia mí y se rió. Entramos juntas en el solario.
Maria y Sybil ya estaban allí.
—Minelle me encontró —dijo Margot.
—¿Dónde? —preguntó Sybil.
—¿Y crees que voy a decírtelo? —repuso Margot—. Podría decidir esconderme allí otra vez.
Ese fue el principio. Él había advertido mi existencia y por cierto yo no iba a olvidarlo enseguida. Durante el resto de la tarde no pude dejar de pensar en él. Mientras estábamos sentadas en el solario jugando a los acertijos, yo esperaba que viniera a denunciarme. Lo más probable, pensé, era que se lo hubiera dicho a sir John. Estaba muy incómoda pensando cómo me había besado. ¿Qué había querido decir con aquello?
Yo sabía que la permanente preocupación de mi madre era que permaneciera virtuosa e hiciera un buen matrimonio. Quería lo mejor posible para mí. Un médico sería apropiado, había dicho una vez, pero el único que conocíamos había permanecido soltero durante cincuenta y cinco años y era difícil que tomara esposa ahora. Y aun si lo hubiera decidido y hubiera querido otorgarme ese honor, yo lo hubiera rechazado.
—Estamos a mitad de camino entre dos mundos —decía mi madre, significando con ello que los aldeanos estaban muy por debajo nuestro y los ocupantes de la mansión muy por encima.
Por esta razón deseaba con tanto empeño dejarme una escuela floreciente, aunque debo decir que la idea de pasar el resto de mi vida enseñando a los retoños de la nobleza que iban de visita a la mansión Derringham, no me resultaba muy atractiva.
Era el conde quien me había hecho pensar esto. Comprendí con enojo que no debía haberse atrevido a besar de esa manera a una joven de buena familia. ¿O sí? Por supuesto que se hubiera atrevido. Era capaz de hacer cualquier cosa por la que se sintiese inclinado. Como es natural, hubiera podido enfurecerse, diciéndole a sir John que yo había espiado en su dormitorio. Pero en cambio me había tratado como a una… ¿como a una qué? ¿Cómo podía saberlo? Todo lo que sabía era que, de enterarse mi madre, se hubiera horrorizado.
Estaba esperándome ansiosa cuando regresé.
—Pareces acalorada —refunfuñó con ternura y algo de reproche. Hubiera preferido verme tan fría como si tomar el té en la mansión Derringham fuera un acontecimiento cotidiano para mí—. ¿Te has divertido? ¿Qué sucedió?
Le conté qué habíamos tomado con el té y qué ropa lucían las niñas.
—Sybil presidió —dije— y más tarde jugamos.
—¿A qué? —quiso saber.
—Pues solo una aniñada versión de escondite, y luego a adivinar ríos y ciudades.
Asintió. Luego frunció el entrecejo. Mi vestido era un verdadero harapo.
—Me gustaría comprarte un vestido nuevo —dijo—. Algo bonito. Terciopelo, quizá.
—Pero, mamá, ¿cuándo lo usaría?
—¿Quién sabe? Tal vez vuelvan a invitarte.
—Lo dudo. Una vez en la vida es más que suficiente para semejante honor.
Debí haber parecido amarga, porque ella se entristeció y yo me sentí mal. Fui hacia ella y la abracé.
—No te preocupes, mamá —dije—. Somos felices aquí, ¿no es cierto? Y la escuela va muy bien. —Recordé entonces lo que había olvidado hasta ese momento—. Oh, mamá, cuando llegué conocí a Joel Derringham…
Levantó los ojos.
—No me habías dicho nada.
—Lo olvidé.
—¿Olvidaste… olvidaste decirme haber conocido a Joel Derringham? Será sir Joel un día. Todo será suyo. ¿Cómo lo conociste?
Se lo conté, palabra por palabra.
—Parece encantador —comentó.
—Lo es… ¡y tan parecido a sir John! Es divertido, en realidad. Podrías decir que es él… hace treinta años.
—Por cierto, fue muy amable contigo.
—No pudo haberlo sido más.
Vi cómo se organizaban los planes en su cabeza.
Dos días después, sir John vino a la escuela. Era domingo, de modo que no había clases. Mi madre y yo habíamos acabado de comer y nos habíamos sentado a la mesa como solíamos hacer los domingos hasta cerca de las tres, para discutir las lecciones de la semana.
Aunque normalmente mi madre era la más prosaica de las mujeres, podía soñar con tanto romanticismo como una jovencita en aquellos casos en los que estaban involucrados sus afectos. Yo sabía que se había convencido de que me invitarían muchas veces a la mansión y que allí conocería a alguien, tal vez no de un rango muy encumbrado pero que al menos podría ofrecerme más de lo que yo podía razonablemente esperar si pasara mis días en una escuela. Antes había decidido que yo debía tener la mejor de las educaciones posibles para hacer factible mi futuro como maestra. Ahora sus pensamientos se habían disparado en locos ensueños fantasiosos, y como era una mujer acostumbrada a tener éxito, no tenían límites.
Por la ventana de nuestro pequeño comedor vio a sir John sujetando su caballo a la manilla de hierro que había sido puesta allí con ese objeto. Sentí que me helaba. Se me ocurrió inmediatamente que el malicioso conde había decidido quejarse de mí. ¡Lo había dejado de una manera abrupta, demostrándole con toda claridad que deploraba su comportamiento! Esta podía ser su venganza.
—Pero ¡si es sir John! —exclamó mi madre—. Me pregunto…
Me oí decir:
—Tal vez se trate de una nueva alumna…
Fue rápidamente introducido en el comedor y sentí alivio al ver que sonreía con tanta benevolencia como siempre.
—Buenos días tengáis, señora Maddox… y Minella. Lady Derringham quiere pediros algo. Nos falta un invitado para la soirée y la cena que tendrán lugar esta tarde. La condesa Fontaine Delibes está confinada en su habitación y sin ella seremos trece. Como sabéis, hay una superstición que indica que el número trece trae desgracias, y algunos de nuestros huéspedes podrían sentirse incómodos. Me preguntaba si podría persuadiros de que permitierais a vuestra hija unirse a nosotros.
Esto se parecía tanto a los sueños que mi madre había tenido en los dos últimos días, que lo aceptó con toda calma, como si fuera lo más natural del mundo.
—Por supuesto que irá —contestó.
—Pero, mamá —protesté—, no tengo un vestido adecuado.
Sir John se echó a reír.
—Lady Derringham ha pensado en eso. Una de las niñas puede prestaros algo. Es sencillo. —Se volvió hacia mí—. Venid a la mansión esta tarde. Podréis elegir el traje y la costurera hará las modificaciones necesarias. Sois muy amable, señora Maddox, al prestarnos a vuestra hija. —Me sonrió—. Os veré más tarde.
Cuando se hubo ido, mi madre me estrechó entre sus brazos.
—¡Quise que sucediera! —gritó—. Tu padre solía decir que, cuando yo había decidido algo lo conseguía, porque creía en ello tan firmemente que lo provocaba.
—No tengo mucho interés en desfilar con plumas prestadas.
—¡Tonterías! Nadie lo sabrá.
—Sybil y Maria lo sabrán, y Maria aprovechará la primera oportunidad para recordarme que soy una especie de estorbo.
—Mientras no se lo diga a nadie más, no importa.
—Mamá, ¿por qué estás tan excitada?
—Es lo que siempre quise para ti.
—¿Deseaste que la condesa enfermara?
—Tal vez.
—¡Así tu hija podría ir al baile!
—¡No es un baile! —gritó horrorizada—. Para eso deberías tener un traje adecuado.
—Estaba hablando metafóricamente.
—¡Qué acertada estuve al educarte correctamente! Sabrás tanto de música como cualquiera de los que estén allí. Creo que deberías llevar el cabello recogido sobre la cabeza. Así se nota bien el color. —Escuché una voz cínica que murmuraba: «Como las mieses de agosto»—. Tu cabello es lo mejor que tienes, querida. Debemos sacarle todo el partido posible. Espero que el vestido sea azul, porque hace resaltar el color de tus ojos. Ese azul de aciano es bastante raro… cuando es tan profundo como el tuyo, quiero decir.
—Estás haciendo una princesa de tu maestra en capullo, mamá.
—¿Y por qué un capullo de maestra no puede ser tan bello y encantador como cualquier otra dama?
—Seguro que debería serlo, si es hija tuya.
—Debes dominar tu lengua esta noche, Minella. Siempre has tenido la costumbre de decir lo primero que te viene a la cabeza.
—Tendré que ser yo misma, y si no les conviene…
—Podrían no volver a invitarte.
—¿Por qué deberían volver a invitarme? ¿No estás concediendo demasiada importancia a esto? Me invitaron porque necesitan otro huésped. No es la primera vez que invitan a alguien para hacer el número catorce. Si el decimocuarto decidiera presentarse pese a todo, me asegurarían cortésmente que mi presencia no es necesaria.
La verdad era que yo estaba tan excitada como mi madre. ¿Por qué esta convocatoria (pues así la consideraba) llegaba tan inmediatamente después de mi visita a la mansión? ¿Quién la había provocado? ¿Y no era algo así como una coincidencia que fuera precisamente la esposa del conde quien estaba indispuesta? ¿Podía ser que él hubiera sugerido mi nombre como apropiado para llenar el hueco? ¡Qué idea extraordinaria! ¿Por qué? ¿Por qué quería verme otra vez? Después de todo, no había traicionado mi indiscreción. Recordé lo que había dicho de mi cabello cuando lo tironeaba acariciadoramente. Y luego… aquellos besos. Era insultante. ¿Acaso había dicho: «Traigan a la niña a la casa»? Esa era la forma en que se comportaban en su mundo. Había algo llamado el droit de seigneur que establecía que, cuando una joven iba a casarse, el señor, si gustaba de ella, podía llevarla a su lecho por una noche —o más, si así lo deseaba— para luego pasarla al novio. Si el señor era generoso, habría algún presente. Podía imaginar muy bien al conde ejerciendo ese derecho.
¿Qué estaba pensando? Yo no era ninguna novia, y sir John no permitiría jamás una cosa como esa en su heredad. Estaba avergonzada de dejarme llevar por esas ideas. La entrevista con el conde había tenido sobre mí un efecto mucho más profundo del que imaginaba.
Mi madre seguía hablando de Joel Derringham. Tuve que repetirle lo que me había dicho. Ella volvía a sus ensueños románticos. Era demasiado estúpido. Se estaba contando a sí misma que la indisposición era un mito y que Joel había convencido a sus padres para que me invitaran porque deseaba conocerme mejor. ¡Oh, mamá, querida mamá, pensé, tonta solo en lo que concierne a su hija! Si pudiera verme satisfactoriamente establecida, moriría feliz.
Pero se complacía en los ensueños más extravagantes.
Margot vino a verme a la escuela. Estaba excitada.
—¡Qué divertido! —gritó—. ¿De modo que vienes esta noche? Querida Minelle, Marie ha encontrado un vestido para ti, pero yo no quiero. Vas a usar uno de los míos… directamente de manos de una couturière parisiense. Azul para tus ojos. El vestido de Marie era marrón. ¡Tan feo! Yo dije: no, no, no. Para Minelle, no, porque si bien no eres exactamente hermosa, como yo, tienes algo que te distingue. Sí, lo tienes, e insisto en que lleves mi vestido.
—Oh, Margot —dije—. ¿Realmente quieres que vaya?
—¡Por supuesto! Será divertido. Maman pasará la velada en su habitación. Estuvo llorando esta tarde. Fue mi padre otra vez. Oh, es malvado, pero supongo que ella lo ama. Las mujeres lo aman. Me pregunto por qué.
—Tu madre no estará realmente enferma, ¿no es cierto?
Margot se encogió de hombros.
—Son los vapores. Así los llama Le Diable. Es posible que hayan tenido una pelea. No es que ella se atreva a discutir con él. Es él quien inventa las peleas. Si ella llora, él se enoja más que nunca. Detesta a las mujeres que lloran.
—¿Y ella lo hace a menudo?
—No lo sé. Espero que sí. Después de todo, está casada con él.
—¡Margot, qué cosas tan horribles dices de tu padre!
—Si no quieres la verdad…
—Sí. Pero no comprendo cómo puedes saber, realmente. ¿Siempre se encierra ella? ¿Sucede lo mismo en tu casa?
—Supongo que sí.
—¡Pero debes saberlo!
—No la veo mucho, si eso es lo que quieres decir. Nou Nou la cuida y se me dice que no puede ser molestada. Pero ¿por qué hablamos de ellos? ¡Me alegro tanto de que vengas, Minelle! Creo que disfrutarás. Te gustó venir a tomar el té, ¿no es verdad?
—Sí, fue muy divertido.
—¿Qué hacías en la escalera? Estabas investigando. Confiesa.
—¿Qué estabas haciendo tú, Margot?
Entrecerró los ojos y se rió de mí.
—Vamos, dime —insistí.
—Si te lo digo, ¿me dirás tú lo que estabas haciendo? ¡Ah, pero ese no es un intercambio justo! Tú solo estabas mirando la casa.
—Margot, ¿de qué hablas?
—No te preocupes.
Yo estaba contenta de dejar el tema, pero seguí pensando en el conde y la condesa. Ella le tenía miedo. Eso podía entenderlo. Se encerraba, refugiándose en su enfermedad. Estaba segura de que era para huir de él. Era muy misterioso.
Margot me llevó a su habitación. Estaba bellamente amueblada y me recordó la del conde. La cama tenía baldaquino, aunque algo menos adornado. Las cortinas eran de rico terciopelo azul y había una pared cubierta con una fina tapicería del mismo tono de las cortinas, que era el que predominaba en el cuarto.
El vestido que iba a usar yo estaba tendido sobre la cama.
—Soy algo regordeta —dijo Margot—, pero eso facilita las cosas. Tú eres algo más alta, pero ya ves que hay un dobladillo ancho. Hice que la costurera lo deshiciera enseguida. Ahora te lo probarás y ella vendrá a hacer los arreglos. La mandaré a buscar.
—Margot —dije—, eres una buena amiga para mí.
—Ah, sí —asintió—. Me interesas. Sybil… Marie… ¡ufff! —dio un resoplido—. Son insulsas. Sé lo que van a decir antes de que lo digan. Tú eres distinta. Además, solo eres la hija de la maestra.
—¿Qué tiene eso que ver?
Ella volvió a reírse y no dijo nada. Me puse el vestido. Me sentaba muy bien. Ella tiró del lla
