Prólogo
Batalla del Cráter
Afueras de Petersburg, 30 de julio de 1864
La cruenta guerra entre el Norte y el Sur llevaba más de tres años rugiendo con fuerza, pero todo cambió la madrugada en la que el ejército de la Unión hizo volar por los aires el fuerte Elliott’s Salient, el bastión confederado que se interponía entre los nordistas y la ansiada capitulación de la ciudad de Petersburg.
La sangrienta batalla que se libró justo después, y que se prolongó durante horas, no solo segó las vidas de más de cinco mil hombres de ambos bandos, sino que provocó heridas más profundas que las físicas en cuatro soldados que ya nunca volverían a ser los mismos.
El principio del fin comenzó cuando David Cassane y Mitch Chapman prendieron la mecha con la que hicieron explotar trescientos veinte barriles de pólvora bajo territorio enemigo. Tras la incursión por la mina excavada en secreto durante semanas, Cassane y un renqueante Mitch, cuyo tobillo se había torcido en su precipitada salida para evitar volar por los aires, se reencontraron con Russell Norton, Gabriel Sinclair y Brett McFarlane en el flanco izquierdo del ejército del Potomac. Sus amigos, hermanos en todos los aspectos que importaban, los esperaban impacientes mientras aguardaban nuevas órdenes de su general, Orlando Bolivar Willcox, para unirse a la refriega.
La detonación, destinada a terminar con los largos meses de asedio a Petersburg, incluso a acabar con esa maldita guerra de una vez por todas, parecía haber hecho temblar hasta los confines del mundo solo unos minutos antes. Cuando el polvo se disipó, quedó a la vista un cráter de dimensiones estremecedoras donde antes había estado el fuerte. El agujero, de ciento setenta pies de largo y ochenta de ancho, se abría desde las profundidades de la tierra como una boca oscura y despiadada, dispuesta a engullir a cualquier imprudente que tuviera la audacia de acercarse.
Sin embargo, en medio de aquel horror existía un atisbo de esperanza, un retazo de optimismo al que esos cinco amigos se aferraban con fuerza. La victoria de la Unión parecía ser clara y, con ella, se acercaba la libertad que todos anhelaban y por la que tanto habían luchado durante aquellos tortuosos años. Si Petersburg caía, Richmond, la capital de la Confederación, la seguiría, y se cumplirían los dos objetivos que los habían mantenido cuerdos en medio de la locura. Porque esa libertad, además de romper las cadenas de la esclavitud, también serviría para que cada uno de ellos pudiera empezar a reconstruir su vida sobre las cenizas que la guerra iba dejando a su paso.
Pero algo no iba bien.
La división del general James Hewett Ledlie, la primera en cargar contra las líneas enemigas, se había adentrado de lleno en el cráter en lugar de rodearlo por los bordes. Los confederados, que se habían recuperado con asombrosa rapidez de la explosión, los estaban acribillando desde arriba.
Las órdenes eran confusas, el campo de batalla se había transformado en puro caos, y más y más unidades militares de la Unión eran obligadas a avanzar y quedaban atrapadas en la ratonera mortal en la que se había convertido Elliott’s Salient.
Llegó el momento de que los soldados de la 3.ª División del Cuerpo IX de infantería de la 48.ª de Pennsylvania del Ejército del Potomac intervinieran. Debían atravesar el cráter para abrir una brecha en las defensas confederadas hasta alcanzar su retaguardia.
Russell, Mitch, David, Brett y Gabriel se miraron entre sí una última vez. Se habían hecho la promesa de permanecer juntos y con vida. Sin embargo, la única certeza que tenían era que se adentrarían en un lugar repleto de muerte.
Tal y como imaginaban, entrar en el cráter fue como transportarse a un mundo de pesadilla. Dentro del agujero resonaban los gritos de los heridos, los disparos de los rifles y el sonido de los cuerpos al caer. Con determinación y sangre, consiguieron mantener la posición entre los escombros del fuerte y cubrirse las espaldas hasta casi llegado el mediodía.
—¡Tenemos que cruzar al otro lado! —gritó Gabriel para hacerse oír en un momento dado.
Fue casi un milagro que sus amigos lo escucharan, porque el fuego de mortero Coehorn había empezado a caer sobre sus cabezas como si el mismísimo infierno hubiera abierto sus puertas para ellos. La carga confederada se había recrudecido de un modo exponencial.
Intentaron hacerse un hueco hasta un lateral del cráter, buscando protección en un terreno inestable, surcado de desniveles traicioneros como dentelladas. No muy lejos vieron a John «Lobo Azul» Walls, su compañero indio, y a Hank Maverick, camarada de penalidades y anécdotas, que les hacían señas para ponerse a cubierto bajo un saliente de roca que la propia voladura había formado. Ellos también se dirigían hacia allí, junto a otros miembros de la tercera división, y todos echaron a correr bajo una nueva andanada de disparos todavía más numerosa que la anterior. Cada vez había más enemigos dentro y alrededor del cráter.
—Esto no es una batalla —murmuró Brett, empapado en sudor—. Es una carnicería.
Estaban casi debajo del saliente cuando llegó el fin.
El tobillo lastimado de Mitch no soportó más su peso cuando pisó un hoyo oculto por la penumbra y los desechos. El hueso crujió con un sonido desagradable que lo hizo derrumbarse y quedar expuesto a la metralla que se clavaba sobre la piel de los soldados como una lluvia macabra. Gabriel y Russell, los más cercanos a él, se agacharon para alzarlo y cargarlo hasta su intento de refugio, pero esos segundos bastaron para que quedasen separados de sus dos amigos por un mar de hombres desesperados por sobrevivir.
Esa misma desesperación, pero por salvar a sus hermanos de armas, había hincado sus garras en Brett y David quienes, con los rifles en alto, trataban de cubrirlos disparo a disparo mientras se abrían paso hasta ellos.
De pronto, una bala impactó de lleno en el pecho de Cassane, que salió despedido hacia atrás, por la fuerza de la descarga, ante la mirada incrédula y horrorizada de los demás. Pero el destino no les dio tiempo a reaccionar.
La fatalidad quiso que, en ese mismo momento, un proyectil de mortero chocara contra el saliente y lo resquebrajara de lado a lado.
—¡Cuidado, va a derrumbarse! —resonó la advertencia de Hank antes de que Brett cayera inconsciente al golpearlo una roca en la cabeza y Cassane fuera sepultado por la avalancha de piedras y tierra.
***
Horas más tarde, una eternidad después del final de la batalla, se fueron filtrando noticias tan afiladas que arañaron con saña los cuerpos ya magullados de Mitch, Gabriel, Brett y Russell. Catástrofe a catástrofe. Negligencia a negligencia.
La Unión había sufrido una derrota estrepitosa y la guerra continuaría.
La noche anterior al asalto, se decidió cambiar la unidad entrenada para liderar el ataque por la frágil división del general Ledlie, y esa decisión los había condenado a todos, ya que Ledlie se había pasado cada maldito minuto de la lucha borracho y a una distancia prudencial del lugar de la explosión, sin dar ni una sola directriz a sus hombres.
La última noticia, la más dolorosa de todas, fue enterarse de que Ambrose Burnside, mayor general del ejército del Potomac, había recibido la orden de suspender el ataque cerca de las nueve de la mañana, pero los soldados del cráter se enteraron cuando ya era demasiado tarde.
Tarde para salvar a David Cassane.
Russell y Gabriel apenas habían logrado sacar a Mitch y a Brett con vida de la masacre y conservar el pulso ellos mismos, pero nada los detendría para recuperar a Cassane. Una diminuta llama de esperanza había brillado en el pecho de sus amigos por un breve periodo de tiempo, demasiado obstinada como para apagarse incluso tras haber sido testigos de lo que le había ocurrido a su teniente. Cuando todos pudieron volver al cráter por su propio pie, aunque heridos y conmocionados, estaban decididos a excavar bajo la montaña de escombros con uñas y dientes hasta dar con él.
Pero la esperanza se apagó de un plumazo cuando se encontraron ante una hilera de cuerpos demasiado destrozados como para ser reconocibles. Pararon en seco al llegar ante uno que escondía, bajo el uniforme hecho jirones, una pluma de oro con las iniciales «D. C.» grabadas con sobria elegancia.
En ese momento, los cuatro hombres supieron que el agujero oscuro y cruel que les había arrebatado a su hermano también se había llevado un pedacito de sus almas con él.
Capítulo 1
Hotel Nueva Esperanza
Elizabethtown, Kansas, septiembre de 1872
—¿Ya se marcha, McFarlane?
Brett detuvo el movimiento de calarse el sombrero sobre el cabello castaño y se giró hacia Ryan Willard, el dueño del recién inaugurado —y único— hotel en el floreciente pueblo de Elizabethtown. El corpulento pelirrojo, que prefería hacerse llamar Rock y ya pasaba la cincuentena, lo examinaba con ojos evaluadores pero francos, una sinceridad que Brett apreciaba. Sobre todo en el Oeste.
Además, había tenido el buen tino de no bloquear la puerta del salón donde Mitch, que había llegado en verano al pueblo para ponerse al frente del banco Chapman, y su esposa Ruth estaban celebrando su enlace matrimonial con un nutrido grupo de invitados. Aunque Brett era igual de alto que Rock y más musculoso, además de veinte años más joven, no sería la primera vez que un hombre quisiera imponerse a él mediante un tipo de fuerza que los hacía creerse invencibles: el poder. Pero el rico hotelero se había detenido a su lado con una actitud cordial.
Brett esbozó una sonrisa ladeada a la par que asentía.
—Ya he bailado una vez con la preciosa novia y he dado cuenta de la mitad de las bandejas de comida y bebida. No le puedo pedir más a la velada.
En realidad, apenas había tocado una de las copas de cristal más que para dar un tentativo sorbo a la sofisticada agua carbonatada importada desde Alemania, una de las muchas y caras excentricidades que ofrecía el lujoso hotel, y la absurda cantidad de burbujas le había hecho arrugar la nariz. Se tomaría un buen whisky cuando llegara a Red Forest, el rancho de purasangres de su amigo Russell, donde se alojaba hasta que el camino volviera a llevarlo lejos de Kansas.
Y lo haría. Brett sabía que lo haría. No había dejado de vagar en esos últimos siete años después de la guerra en busca de algo que pudiera parecerse en lo más mínimo a la felicidad, pero esta se había empeñado en eludirlo. ¿Por qué iba a ser distinto ahora?
No pudo evitar lanzar una mirada subrepticia a los otros tres hombres que consideraba su familia. Ellos sí que habían encontrado su sitio en Elizabethtown.
Mitch rodeaba la cintura de Ruth con el brazo y tenía el semblante resplandeciente. Gabriel, que se mantenía en un discreto segundo plano en una de las paredes más alejadas de la estancia, no se apartaba de su esposa, Eleanor. Ambos toleraban con aplomo los gestos de censura de algunos de los asistentes por el hecho de que Eleanor fuera la dueña del saloon Seven Roses, pero las dificultades que habían atravesado solo los habían hecho más fuertes.
Por último, enfocó la vista en Russell... quien parecía a punto de estrangularlo.
Russell, y en concreto su mujer, Caroline, eran la verdadera razón por la que se marchaba con cierta premura de la fiesta. Caroline estaba embarazada de ocho meses y se había encontrado demasiado indispuesta como para acudir a la celebración, por lo que Russell estaba deseando regresar a su lado. Brett no se lo reprochaba. Al contrario, él habría hecho lo mismo de encontrarse en su situación. Tampoco le parecía adecuado llegar a casa más tarde que su anfitrión o hacerlo esperar, así que hizo ademán de despedirse de Willard.
—Si me disculpa...
—Verá —lo interrumpió Rock—, quizá yo pueda añadir un aliciente más a su velada, en el que no había pensado.
Brett levantó la ceja derecha, incapaz de ocultar su curiosidad.
—¿Y qué aliciente sería ese?
—Se trata de un asunto personal que preferiría discutir en privado.
—Entiendo —respondió despacio. Lo que quiera que Rock fuera a ofrecerle quizá podría interesarle o quizá no, pero la experiencia le había enseñado a Brett a no dejar escapar ni la más mínima oportunidad—. Deme un momento.
Buscó a Russell de nuevo con la vista y lo encontró en la misma posición homicida que antes. En un par de zancadas estuvo a su lado y le palmeó el hombro.
—Lo siento, Rock Willard quiere hablar sobre algún tipo de negocio conmigo. No sé cuánto tiempo se alargará, así que ve a casa junto a Caroline, yo me buscaré un sitio en el que pasar la noche.
La postura de Russell se relajó de inmediato.
—Sabes que puedes volver al rancho a la hora que quieras. Estamos un poco alejados del pueblo, no en otro condado.
—Ni se me ocurriría molestar a tu mujer cuando necesita descansar. ¿Qué clase de impresentable crees que soy?
—Un impresentable con modales, por lo visto. —Rio su amigo entre dientes—. ¿Dónde te quedarás?
—Quizá en la casa de huéspedes de la viuda Dupré. —Brett prefería no saber cuánto costaba una habitación en el Hotel Nueva Esperanza. Además, su mustang estaba acomodado en el establo del pueblo, así que no tendría que preocuparse por él—. O puede que vaya a molestar a los recién casados. Apostaría mi Colt a que lo que más desean en este momento esos dos tortolitos es tener mis agudos orejones bajo su techo.
Una dolorosa punzada de añoranza por cosas que no poseía —un hogar propio, una esposa que también lo estuviera esperando— se le clavó en el esternón. Brett la suprimió con eficacia bajo su habitual barniz de humor porque esa vida no era para alguien como él ni lo que arrastraba consigo. Le guiñó uno de sus ojos ámbar a Russell, pero este lo observó con seriedad.
—¿Te veré mañana?
No era una pregunta despreocupada o hecha por compromiso. No sería ninguna sorpresa que Brett se esfumase sin dejar rastro de un día para otro y enviase noticias suyas de forma vaga y esporádica. Ya lo había hecho antes, el mes pasado sin ir más lejos, tras acudir en ayuda de Mitch para proteger a Ruth de los malos tratos de su padre y de un ranchero igual de violento y obsesionado con ella. Cuando todo se solucionó, se había marchado a Arkansas sin mirar atrás. Aunque había regresado al enterarse de la boda. En su fuero interno, también reconocía que lo había hecho porque había algo en Elizabethtown que lo atraía y le hacía difícil mantenerse lejos. Algo parecido a la esperanza.
—Trataré de llegar a tiempo al rancho para el desayuno. —Tranquilizó a su amigo.
Russell cabeceó una vez y se marchó mientras él se aproximaba de nuevo a Rock y abría los brazos.
—Al parecer, podré disfrutar durante un rato más de su magnífico hotel.
—Espero que sea por más tiempo del que usted cree, McFarlane. —Ignoró la mirada inquisitiva de Brett y le hizo una señal—. Acompáñeme.
Para subir por la escalera principal a la última planta del edificio de tres alturas, tuvieron que dejar atrás a los músicos, la elegante decoración y los muebles tapizados con exquisito gusto, o eso suponía Brett. Aunque había nacido en el este, en Pennsylvania, su familia era de origen humilde y se habían dedicado durante varias generaciones a la industria del carbón. Había que trabajar duro y no perder el aliento en banalidades, eso era de lo que él entendía y lo que le habían inculcado. Además, a pesar de haberse criado en una tierra civilizada, pensar en su infancia y juventud le parecía tan remoto que era como si esos recuerdos pertenecieran a otra persona.
Torcieron varias veces a la izquierda por los amplios pasillos iluminados con lámparas de gas, y las brillantes botas negras de Brett —que solían estar cubiertas por dos centímetros de polvo, pero que había pulido para la ocasión— resonaron sobre la oscura madera del suelo hasta llegar a unas puertas dobles, custodiadas por un hombre con aspecto de pistolero. Aunque se había puesto su mejor ropa para el enlace, Brett también iba armado y contuvo el impulso de llevar los dedos a la culata del revólver, por mucho que su lógica le asegurase que no era probable que Rock Willard tuviera planeado derramar sangre en la inauguración de su propio hotel.
El tipo de pelo pajizo y expresión ceñuda se limitó a saludar a Rock y a medir a Brett con la mirada del mismo modo que este lo estaba midiendo a él.
—Enseguida se dará cuenta de que soy un hombre práctico —dijo Rock tras devolver el saludo y abrir las puertas de par en par.
Si el hotelero notaba la tensión en el ambiente, la ignoró por completo e instó a Brett a atravesar el umbral, por lo que no le quedó más opción que seguirlo.
Brett se encontró en un elegante despacho decorado con cuadros, jarrones llenos de flores y una mullida alfombra, en la misma línea que el resto del hotel.
—Tome asiento, McFarlane.
Rock ya había rodeado la impresionante mesa de madera tallada y se había acomodado delante de la ventana que se asomaba a la parte trasera del Nueva Esperanza. La estación de tren se desdibujaba a escasa distancia, apenas visible bajo las últimas luces del atardecer.
Brett accedió y se sentó con las piernas separadas, después de girar la silla un poco para no quedar totalmente de espaldas a las puertas por las que habían entrado y que acababan de cerrarse con un golpe seco.
—Esta es la primera vez que intercambiamos más que un par de saludos, si no me equivoco.
—No se equivoca, señor Willard.
Elizabethtown se estaba convirtiendo en uno de los puntos estratégicos de paso para los ganaderos que transportaban las reses desde el sur hacia las fábricas del este y, por tanto, su población había aumentado de manera notable en los últimos años, pero seguía siendo un pueblo lo bastante pequeño como para que todos se conocieran.
—Llámeme Rock, como todo el mundo que se ha cruzado conmigo desde Missouri hasta Nuevo México.
—Le pediré que me llame Brett a cambio.
—Muy bien, Brett. ¿Acepta una copa?
—Desde luego —asintió mientras se apoyaba el sombrero en la rodilla.
Rock se inclinó un poco y abrió un compartimiento en el lado derecho de la mesa del que sacó dos vasos y una botella de tequila. Escanció apenas dos dedos y le tendió su bebida a Brett. Chocaron los cristales en silencio y luego echaron la nuca hacia atrás para beberse el contenido de un trago.
Un bienvenido fuego le abrasó la garganta a Brett, y Rock dejó escapar el aire con un aparatoso sonido.
—Sabe beber tequila, hijo. La familia de mi esposa estaría orgullosa.
Brett se lamió los labios y sonrió, había escuchado que la mujer de Rock era mexicana, aunque ella aún no había puesto un pie en el pueblo.
—Pasé una temporada en Albuquerque —respondió con naturalidad.
—¿Y qué hacía en Nuevo México? Si le permite a este viejo fisgón preguntar.
Brett levantó un hombro.
—He hecho muchas cosas en los últimos años. Desde conducir diligencias o convertirme en explorador profesional hasta arrear ganado, que fue lo que me llevó hasta allí.
Algunas otras, de las que n
