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En cuanto vi el edificio, mientras el viento luchaba por hacerse con la posesión de mi capa y sombrero, me pregunté si no habría cometido una equivocación. El hecho de hallarme delante de la casa después de tantísimos años, no había despertado los recuerdos que yo esperaba que hiciera aflorar. En efecto, mientras me encontraba bajo la tormenta que iba arreciando y alzaba los ojos hacia aquella formidable mansión antigua, no vino a mí ni el más leve vislumbre de tiempos pasados.
Comenzaba a reconsiderar mis decisiones. Tal vez no debería haber vuelto. Era verdad que se trataba de la casa que me había visto nacer, y era también cierto que yo era una Pemberton, que mi padre había nacido aquí, y que también lo había hecho su padre; sin embargo, ¿qué otro vínculo podría decirse que me unía a aquella mansión, cuando no recordaba los años pasados en ella, ni siquiera a la gente que la había habitado?
La gente... Continué de pie en medio del viento que todo lo azotaba, escuchando el sonido de las ruedas del carruaje mientras este desaparecía por el sendero. Con el rostro y las manos entumecidos, contemplé la vieja casa al tiempo que me preguntaba: ¿qué puedo decir de las personas que residían aquí? ¿Quiénes eran y por qué no conseguía recordarlas? Y, después de todos estos años pasados, ¿cómo iban a recibirme?
Entonces pensé en la carta. Había constituido para mí una gran sorpresa recibir por correo un sobre de costoso papel que llevaba un sello de correos de dos peniques de la reina Victoria. Debido a que iba a nombre de mi madre solamente, lo había subido mientras ella estaba durmiendo a su habitación, donde lo dejé en la mesilla de noche con la intención de hacérselo notar una vez que hubiese despertado. Aquel anochecer, no obstante, cuando subí a su dormitorio, me encontré con que el sobre había desaparecido y mi madre no hizo ni el menor comentario. Debía de tener sus razones para actuar de aquel modo, y se encontraba tan indispuesta en aquel momento que decidí no formularle pregunta alguna al respecto.
Encontré la carta una semana más tarde, mientras repasaba las posesiones de mi madre después del funeral. Nunca llegaría a saber por qué la había guardado, aunque ahora tengo conocimiento pleno de por qué no quiso hablarme del contenido de la misma. Sin embargo, aquel día, mientras descendía del carruaje de alquiler para luchar con el viento por la posesión de mi capa, no tenía ni la más remota sospecha del raro sendero por el que aquella carta iba a conducirme.
Porque, de haber tenido conocimiento de ello, jamás habría regresado a Pemberton Hurst.
Fue un paso descabellado el que di al regresar de esta manera; iba armada con poco más que una enigmática carta y el recuerdo de que mi madre había hablado apenas y de una forma extraña acerca de este lugar. Mientras mis ojos contemplaban ahora la mansión, también volvieron a tener delante la imagen del rostro de mi madre tal y como solía observarme a veces con expresión misteriosa. Se trataba de una expresión críptica que se apoderaba de ella y que yo le había sorprendido repetidas veces... como si sondease mi cara en busca de algo. Cuando por fin la interrogué al respecto, a una edad más avanzada, se había limitado a responder:
—Eres una Pemberton.
Así pues, yo sabía que de alguna forma importante estaba vinculada a esta casa y que, en efecto, en otra época incluso había vivido en ella; sin embargo mi mente se encontraba en blanco. Y mi madre, durante los veinte años que pasamos en los barrios bajos de Londres, había hablado desesperantemente poco sobre la mansión. Pero ahora yo tenía la carta. Así que regresé.
Había algo más que motivaba mi vacilación de aquel sombrío día, porque mientras me hallaba de pie ante Pemberton Hurst y examinaba mi raro valor para haber regresado, recordé también pequeños detalles de las leyendas que había oído por casualidad referentes a esta casa. El halo de fuerzas malignas que supuestamente rodeaba la mansión. Fábulas de brujería y encantamiento. Cuentos que los campesinos devanaban en las monótonas noches y que hacían que las personas del populacho se mantuviesen alejadas. Y a pesar de todo eso, mientras mis ojos recorrían el antiguo edificio gris y mi mente rememoraba aquellas historias oídas por casualidad en el tren y en la posada de la aldea, lo único que yo lograba ver ante mí era solo una hermosa mansión antigua georgiana, reliquia de una época mejor.
Así apareció la casa ante mis ojos aquel agonizante día de invierno del año 1857, mientras permanecía de pie ante ella con mi sombrero, mi crinolina y mi capa. La casa era grandiosa e impresionante, aunque sombría y con los terrenos que había en la parte frontal cubiertos de malas hierbas. ¿He mencionado antes que era georgiana? Hasta cierto punto, así era, pero dado que la habían construido originalmente en los tiempos de los Tudor, el georgiano era el estilo más reciente, el que con mayor facilidad podía identificarse, mientras que debajo subyacía el isabelino y el de la reina Ana. Se trataba de una elegante casa antigua de aspecto formal que resultaba fácil de emparejar con aquellas mansiones nobles que se encontraban a lo largo de Park Lane, en Londres. Pero, cosa extraña, los terrenos se encontraban en un estado deplorable. Los de la parte delantera ofrecían poco que pudiera impresionar la vista: un camino de grava, rejas cubiertas por hiedras ama rronadas, césped descuidado y árboles sin hojas. A pesar de que se trataba de solo un pequeño trozo descuidado del paisaje, se percibía algo salvaje y desgobernado en su apariencia, y casi parecía vanagloriarse de una dignificada libertad que lanzaba un reto a cualquiera que desease refrenarla. Los árboles que invadían los márgenes del sendero eran seres salvajes que susurraban al viento y lanzaban trozos de hojas muertas y ramitas. Los desmoronados cercos de los macizos de flores desafiaban la mano del hombre y habían regresado a su estado natural de terrones y malas hierbas. Los pájaros chillaban en los aleros, allá arriba. El sol cayó de modo repentino tras el horizonte. Pemberton Hurst comenzó a asumir el carácter con el que la describían las leyendas locales.
A estas alturas yo me sentía cada vez más indecisa y experimentaba mayor aprensión. Ahora que me encontraba aquí después de todos los años pasados, cara a cara por así decirlo, algo me retenía. De alguna manera, en la tibieza de mi apartamento de Londres, con mi gato y mi tetera, la idea de ir a vivir en una hermosa mansión antigua había resultado intrigante. Y en el tren había jugado con visiones de opulentas cenas y llameantes chimeneas. Pero después había sido objeto de extrañas miradas en la estación de trenes de East Wimsley. El apellido Pemberton había evocado reacciones incómodas. Incluso el conductor del carruaje de alquiler se había mostrado renuente a llevarme hasta la casa. Y ahora, mientras me encontraba allí, contemplando con temor reverente el umbroso edificio antiguo, comenzaba a preguntarme si mis expectativas no estarían a punto de sufrir alguna decepción.
Sin embargo, mi necesidad de entrar se sobrepuso a estos pequeños temores. Yo estaba llena de preguntas que requerían respuesta, y daba la impresión de que Pemberton Hurst era el único lugar donde podría encontrarlas. Todavía más importante que esto, no obstante, era la necesidad que yo sentía de volver a pertenecer a una familia.
Veinte años antes, el mismo año en que la princesa Victoria fue coronada reina de Inglaterra, yo me había visto repen tina, brutalmente arrebatada de mi hogar, despojada de mi familia y llevada a vivir entre extraños.
Aquella era la verdadera razón por la que yo me encontraba allí aquel día, subiendo con cautela cada escalón mientras en una mano llevaba un bolso al tiempo que usaba la otra para mantener cerrada mi capa. Necesitaba volver a ver a mi familia, por muy extraños que sus integrantes fuesen ahora para mí, y reclamar un poco de mi pasado antes de embarcarme hacia el futuro.
Y por lo tanto allí me hallaba al fin, veinte años después, de pie en el umbral de la casa que me había visto nacer, a punto de conocer a las personas que eran tan próximas a mí por la sangre, como hermanos y hermanas, y me prometía, anhelante, una cálida bienvenida, abrazos de felicidad y largas horas de evocación de recuerdos.
No obstante, al detenerme ante las antiguas puertas de roble desgastadas por el tiempo, me sentí consternada al descubrir que ni una sola hebra de recuerdo había regresado a mi memoria.
¿Acaso no eran las escaleras el lugar preferido por los niños para jugar? ¿Por qué entonces, mientras me hallaba con la mano en alto y dispuesta a golpear la enorme puerta con el aldabón, no podía recordar haber jugado aquí con mi hermano Thomas? Este entorno debería haber despertado un torrente de recuerdos; ¿por qué insistía en ser tan totalmente ajeno que casi daba la impresión de que nunca hubiese estado antes en el lugar?
Dejé el aldabón para concederme un último momento de reflexión. Podía ahora mismo volverle la espalda a esta casa de desconocidos, y regresar al Londres que conocía y quería para volver a reunirme con mis amigos. No conocía ni a uno solo de los habitantes de esta casa; ni siquiera la sombra de un recuerdo era capaz de decirme cómo podrían ser. ¿Y cómo iban a recibirme, cuando era una desconocida que llevaba su apellido y su sangre? ¿Se comportarían como desconocidos, o me abrirían los brazos para darme una jubilosa bienvenida?
Justo en ese instante regresó a mi mente la carta de la tía abuela Sylvia, para recordarme que era, en un cierto sentido, una invitación; que estas personas estaban, de hecho, esperándome. Ahora que mi madre había muerto —mi madre, que había vivido en esta casa y en ella se había casado—, era mi deber, tanto para con ella como para con los Pemberton, responder a la llamada de la carta.
Tal vez debería haber enviado un telegrama, comprendí cuando ya era tarde, mientras me encontraba de pie ante la puerta. O quizá haber enviado una simple carta para notificarles que acudiría en lugar de mi madre. Pero me había parecido impropio anunciarles a los Pemberton el fallecimiento de ella a través del impersonal correo. Lo correcto era decírselo en persona. Y la tía abuela Sylvia (quienquiera que fuese) merecía al menos un acuse de recibo personal a su solicitud.
Después de tragarme la última de mis dudas íntimas y cuadrar los hombros, di varios golpes contra la madera con el aldabón de la enorme puerta, y descubrí que me sudaba la palma de la mano.
Pasaron años antes de que se abriera la puerta, pero cuando lo hizo se derramó al exterior una explosión de luz que me hizo cerrar los ojos durante un instante. Cuando volví a abrirlos y vi ante mí una silueta generosa con una corona en torno a la cabeza, dije:
—¿Cómo está? Soy Leyla Pemberton. ¿Sería tan amable de decirle a mi tía Sylvia que estoy aquí?
Fue tal el silencio que siguió, que yo me pregunté si habría hablado con voz suficientemente alta. Al fin y al cabo, un viento terrorífico bramaba alrededor de mí y los árboles hacían bastante ruido. Pero cuando estaba a punto de repetir las palabras, la silueta habló con voz brusca.
—¿Es usted Leyla Pemberton? —inquirió, con un tono casi acusador.
—Sí, lo soy. Y ahora, si tuviera la amabilidad de anunciarme ante mi familia y luego permitirme entrar...
De inmediato, la mujer rotunda se retiró para dejarme paso. Yo me apresuré a entrar antes de que el viento se llevara mi sombrero, y luego realicé rápidos gestos con las manos en un esfuerzo por conseguir un aspecto más respetable. La agitación cesó, sin embargo, cuando alcé la mirada hacia la mujer y me encontré con que estaba siendo observada fijamente por dos ojos azul claro y una boca abierta de incredulidad.
—¿Sucede algo malo? —inquirí con cierta alarma incipiente.
—¿Leyla Pemberton? —fue la réplica que la mujer me dio con voz susurrante.
—¿Qué he dicho? Solo mi nombre. —Me pregunté si aquella mujer formaría parte de los lejanos recuerdos que extrañamente constituían un espacio en blanco en mi memoria. ¿Habría conocido a aquella rechoncha teutona en mis años de infancia? ¿Acaso habríamos cantado canciones juntas o danzado en torno a un árbol?—. Por favor, anúnciele mi llegada a la tía Sylvia. Según creo, está esperándome.
La boca se cerró y los ojos se retiraron a sus órbitas. Al suavizarse la profunda impresión, la mujer fue más capaz de rehacerse.
—¿Dice que la señorita Sylvia está esperándola? —El acento era levemente prusiano. Sylvia sonó como Sylfia.
—Sí, así es.
Unos pasos que entraban en el vestíbulo rompieron con rapidez el hechizo y fueron acompañados por las siguientes palabras:
—¿Quién llamaba a la puerta?
Una segunda mujer, ni tan corpulenta ni tan doméstica, a todas luces la señora de la casa, también se detuvo como congelada y dejó que su boca se abriese.
—¡Jenny! —susurró.
—No, no soy Jenny. Soy su hija, Leyla.
Los ojos de la segunda mujer se desviaron hacia el ama de llaves, y vi que se establecía una breve comunicación muda entre ambas.
—¿Leyla? —preguntó con voz susurrante—. ¿Tú eres Leyla?
No conseguí discernir en qué palabra hacía el hincapié, si decía «¿Tú eres Leyla?» o «¿Tú eres Leyla?», pero cualquiera que fuese el caso, yo jamás había visto a nadie en un estado semejante de sorpresa. Sin duda, la tía Sylvia había escrito en nombre de toda la familia, y hacía ya algún tiempo que me esperaban.
Pero no, era a mi madre a quien le habían escrito la carta, y por tanto la esperaban a ella.
—Sí, soy Leyla, la hija de Jenny. Supongo que no se les había ocurrido que yo vendría en lugar de ella. Perdóneme, fue algo muy poco considerado por mi parte...
—¡En lugar de ella! —La segunda mujer parpadeó con incredulidad—. Querida niña, no os esperábamos ni a ti ni a tu madre. ¡Esta es una impresión muy grande! —Y sus manos volaron hacia el pecho con gesto teatral.
—Lo siento, de verdad.
—Vaya, nunca pensamos que volveríamos a verte. Leyla,
Leyla. ¡Cielo misericordioso, qué sorpresa!
Con un poco más de gracia y buena crianza que el ama de llaves que continuaba mirándome fijamente con la boca abierta, esta mujer recobró gradualmente su gravedad y avanzó con una mano tendida ante sí. Una débil sonrisa le tensaba los labios, y su voz sonó baja y cálida. Sin embargo, sus ojos continuaban siendo duros.
—Por favor, perdona mi rudeza.
—¿Es usted la tía Sylvia?
Sus ojos volvieron a lanzarle una fugaz mirada al ama de llaves.
—No, querida, no soy la tía Sylvia. ¡Pero mirad, la pequeña Leyla después de todos estos años!
Así que me había equivocado. Su sorpresa no se debía a haberme visto a mí en lugar de a mi madre, sino al mero hecho de verme. Me pregunté por qué la tía abuela Sylvia no les había mencionado su carta a los demás.
Ambas nos abrazamos de manera superficial, como si representáramos una escena teatral, y luego yo retrocedí un poco para echarle otra mirada a esta parienta mía que comenzaba a proyectar una sensación bastante ominosa sobre mi persona.
Poseía un rostro familiar, con ojos ligeramente exoftálmicos, y su cuerpo de mediana edad iba ataviado con buen gusto por un vestido de terciopelo marrón con los volantes de moda y la crinolina en forma de cúpula, así como una cintura cortada en forma de V. Llevaba el pelo elegantemente dividido en el centro y recogido hacia atrás en un moño alto con rizos sobre los oídos. Por las arrugas faciales y el descolgamiento de la línea de la mandíbula, y por el abundante gris de sus cabellos, juzgué que debía tener más de cincuenta años, quizá cerca de sesenta. Dado que no conocía ni a uno solo de los miembros de la familia Pemberton, en aquel momento no tenía la más remota idea de con quién estaba hablando.
Como si me leyera los pensamientos, volvió a tenderme una mano.
—Soy Anna Pemberton —dijo—, tu tía y cuñada de tu madre. Probablemente no me recuerdas... —su voz se desvaneció pero volvió a la vida con rapidez—... ¿verdad que no?
—En absoluto. ¿Debería de recordarla?
Su risilla fue forzada pero agradable. La otra mujer, rechoncha bajo su delantal, continuaba contemplándome con mirada fija de incredulidad y era probable que necesitara una orden específica para marcharse. Sin embargo, no fue tanto la inquietante actitud de aquella criada hacia mí como una ligera incongruencia en la tía Anna, lo que disparó una diminuta alarma en el fondo de mi mente. Aquella ancha sonrisa fija, los labios finos delineados con pintura cosmética, eran todo un disfraz para ocultar su verdadera reacción ante mi llegada. A pesar de su sonrisa, del apretón de manos y de las palabras de bienvenida, resultaba claro como el día que la tía Anna no se alegraba en absoluto de verme.
—Gertrude, lleva de inmediato el té al salón. —Sacudió una mano impaciente y la mujer obedeció—. Leyla, deja aquí el bolso; un sirviente lo llevará a tu habitación. Entretanto, tienes que descansar. ¡Cómo puede haberse vuelto tan frío el tiempo!
Por mucho que su oferta de té y calor pudiera atraerme, experimenté la apremiante necesidad de atender primero una cosa.
—¿Puedo ver a mi tía Sylvia, por favor?
Anna se mostraba reticente, por no decir más. Durante el más breve de los momentos, su sonrisa vaciló, y luego se quedó sin nada que decir. Así que permanecimos de pie en el vestíbulo de entrada, iluminado por las luces de gas, dos desconocidas que de otra forma tendrían tantísimas cosas de las que hablar, tantas noticias que contarse la una a la otra, y que sin embargo se mantenían distantes, vacilantes ante el siguiente movimiento. Estaba claro que la tía Anna quería saber qué estaba haciendo yo aquí, dado que resultaba obvio que no había sabido nada de la carta de Sylvia. Al mismo tiempo, también era evidente que el tema de mi tía abuela resultaba algo delicado.
—Por favor —dijo en voz baja—, entremos en el salón. Debes estar desesperada por sentarte y quitarte el sombrero. Dime, ¿has viajado en tren?
Tuve que ceder.
—En la línea de Greenwich a Brighton. Pero bajé en East
Wimsley y cogí un coche de alquiler.
La tía Anna se estremeció.
—¡Qué cosas horribles son los trenes! Yo nunca he subido a uno, ni tengo intención de hacerlo. Yo siempre digo que
si Dios hubiese querido que viajáramos de esa manera, nos
habría dado ruedas.
Sonreí a pesar de mí misma mientras la seguía desde el vestíbulo de entrada al interior de un pasillo que estaba apenas iluminado por pequeñas lámparas de gas emplazadas en lo alto. Al pasar ante ornados percheros y tallados pedestales de paraguas y sombrillas, mis ojos se desplazaban con rapidez para fi jarse en todos los detalles. La tía Anna caminaba con lentitud, y su rostro evidenciaba el esfuerzo que hacía para decidir qué decirme a continuación; yo aproveché la oportunidad para descubrir si este corredor de techos altos tendría algo de familiar para mí. Pero en nuestro breve paso por él no lo fue, y con demasiada presteza llegamos a una elegante estancia que parecía toda fuego y luz. ¡Qué típico de nuestros tiempos era este salón decorado con los muebles de más recargado ornamento de maderas oscuras talladas y tapizados de pelo de caballo! Contra una pared había un piano con una partitura musical sobre él. Mesas de cartón piedra cubiertas de floreros, candelabros de bronce y pequeños cofres ocupaban la mayor parte del suelo disponible, por lo que tuve que cuidar de que mi amplia falda no provocara un desastre. Sobre la repisa de la chimenea, en el centro de una mezcla de baratijas, cajas de sombras y figurines Staffordshire, había un reloj de patas abiertas que estaba a punto de dar las cinco.
Nos sentamos en un sofá después de que la tía Anna me quitara la capa de los hombros, e intercambiamos banalidades sobre las inclemencias del tiempo atmosférico. Durante todo ese rato vi que los ojos de mi tía realizaban una rápida valoración de su sobrina, fijándose en mis gastadas botas de cuero, mi vestido práctico con anticuadas mangas ceñidas, mi pelo recogido sobre los oídos en dos apretadas trenzas. Resultaba claro que debí de parecerle un ratón de iglesia, vestida con las modas de ayer, con mis medias remendadas. Sin embargo, la característica que parecía captar su atención por encima de todas era mi rostro, dado que lo observaba con atenta mirada fija. En efecto, tuve la sensación de que sondeaba mi cara en busca de algo en particular; estudiaba cada uno de sus aspectos mientras hablaba del tiempo: mis ojos negros de espesas pestañas, mi nariz no demasiado larga, mi boca pequeña y la leve hendedura del extremo de mi mentón. Mientras ella me estudiaba, yo también la observaba a ella con la esperanza de ver un cambio de expresión que delatara que había encontrado lo que estaba buscando.
—Así que... eh... has venido a visitarnos, ¿no? —comentó cuando llegó el té—. ¿Crema y azúcar? —El servicio de plata resultaba magnífico. Era muy antiguo, y me pregunté si alguna otra vez habría yo bebido con estas tazas—. ¿Es eso lo que te ha traído a Pemberton Hurst, una visita? Verás, ahora son muy raras las ocasiones en que tenemos huéspedes aquí, y por eso no mantenemos habitaciones preparadas. Si al menos lo hubiésemos sabido... Oh, bueno, posiblemente no tuviste tiempo de enviar un telegrama. No había ninguna necesidad de que cogieras un coche de alquiler desde la estación; habríamos estado encantados de enviar un carruaje a buscarte. Y entonces habríamos podido recibirte de una manera más apropiada. ¡Debes comprender la enorme sorpresa que ha sido esto! —La cucharilla de té tintineaba ruidosamente contra los bordes de su taza—. ¡Cuántos recuerdos debe tener esta casa para ti, Leyla! —Al beber su té, mi tía Anna pareció relajarse y adquirir un talante más animado—. ¡Qué emocionante tiene que ser para ti, después de todos estos años!
—Sí, emocionante... —repliqué yo con lentitud.
No había retratos en las paredes, ningún daguerrotipo enmarcado que me proporcionara una pista del aspecto que tenía el resto de la familia. El hecho era que yo no tenía ni la más remota idea de cuántas personas vivían dentro de estos muros, ni de si me recordarían. De alguna manera, una intuición no muy distinta de una advertencia me proporcionó la presencia de ánimo necesaria para no dejarle entrever a esta tía mía que yo era mucho más extraña respecto a la casa de lo que ella sospechaba. Al menos de momento, hasta que la conociera mejor, y conociera mejor a los demás integrantes de la familia.
—¡Eras una niña tan adorable! —continuó parloteando ella—. ¡Y cuánto te pareces ahora a tu madre! Vaya, pero si cuando te vi allí en el vestíbulo pensé que eras Jennifer Pemberton.
—Gracias. —Me sentía de verdad halagada. Mi madre había sido toda una belleza cuando era joven.
—Dime... —Removió su té con aire meditabundo—. ¿Qué tal está tu querida madre?
Bajé la cabeza y miré fijamente el interior de mi taza. Habían pasado dos meses, y continuaba siendo tan doloroso como si hubiese sucedido ayer mismo.
—Mi madre ha fallecido.
—Oh, lo siento. —¿Acaso había un toque de alivio en su
voz?—. El esposo de ella y el mío eran hermanos, así que
siempre me sentí como una hermana para con ella. Pasamos
muchos días felices, tu madre y yo.
Ahora volví a alzar los ojos hacia aquella mujer locuaz. Mi madre, hasta donde yo podía recordar, nunca había mencionado a mi tía Anna.
—¡Tu tío Henry se sentirá tan emocionado cuando te vea! Él y Theo... tu primo Theodore... solían llamarte por un apodo. ¿Lo recuerdas? Te llamaban Conejita, porque tú solías dar botes de un lado a otro y fingir que eras una liebre. En aquel entonces tenías cinco años, Leyla. Fue hace mucho tiempo.
Resultaba extraño que no volviera a mi mente ni un solo recuerdo de aquello. Ningún recuerdo en absoluto antes de mi sexto cumpleaños, como si hubiese nacido en Londres y no aquí. Muchos años antes, como niña inquisitiva que era, le había preguntado a mi madre por qué no podía recordar los primeros años de mi vida como parecían poder hacerlo tantísimas otras personas. Su críptica respuesta había sido, simplemente:
—Es debido a lo que sucedió.
Dado que al parecer ya había dicho demasiado, se negó a hacer cualquier otro comentario y el tema no volvió a surgir nunca más.
—Y la prima Martha se acuerda de ti. Tenía doce años cuando... eh... cuando te marchaste.
La voz de la tía Anna se desvaneció, y fue reemplazada por mis propios pensamientos interrogantes. ¿Acaso me lo estaba imaginando, o los modales de esta mujer eran terrible mente defensivos? Su modo de hablar era afectado y vacilante, como si pusiera mucho cuidado en decir lo correcto... o, más precisamente, no decir lo incorrecto. Dejó caer un azucarillo más en su taza, y volvió a remover el té haciendo mucho ruido.
—La abuela aún no estará preparada para recibirte, así que tendrás tiempo de refrescarte.
Mis cejas se alzaron. Así que también tenía una abuela. En el lapso de pocos minutos me había transformado de una huérfana en una mujer con una familia completa: tía abuela, tío, tía y dos primos.
Mi tía Anna apartó ahora la mirada de mí y obligó a sus ojos a contemplar distraídamente el fuego. De inmediato me di cuenta de que esto era un gesto forzado y de que, en lugar de ser la anfitriona relajada que deseaba parecer, tía Anna estaba muy preocupada por cómo manejar la situación de manera adecuada. Tras una breve consideración de sus siguientes palabras, consiguió esbozar una pequeña sonrisa y decir, con forzada frivolidad:
—Y si por casualidad te encontraras con tu primo Colin, sería mejor que te excusaras cortésmente.
Así que tenía tres primos.
—¿Por qué? <
