Selena (Las últimas hijas de Aibhill 1)

May Velvetheart

Fragmento

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Capítulo 1

La familia

La primera vez que aparece ante mí lo que será mi nuevo hogar a partir de entonces, apenas se ve el mar en el horizonte. La espesa niebla cubre los muelles de Astoria casi por completo, y el pequeño coche de alquiler se sumerge cada vez más en esa nube blanca, hasta que el escaso paisaje que lograba divisar un segundo antes toma la percepción de un sueño.

Un extenso bosque parece engullir la angosta carretera, llena de interminables curvas, por la que ascendemos la colina. Alice y mamá canturrean alguna canción infantil que me suena muy lejana, pero no participo de la alegría y nervios que las han poseído desde que hemos tomado tierra. Estoy yo para alegrías, vamos.

Me siento un poco culpable cuando mi hermana intenta animarme y la ignoro, pero por algo llevo los auriculares pegados a los oídos desde que hemos salido del aeropuerto, y no precisamente para que me acompañen con una banda sonora de bienvenida, sino más bien para evitar otra discusión con mi madre. Ya son demasiadas hasta para mí.

Mamá baja un poco la velocidad para poder tomar una curva bastante más cerrada que las anteriores, y me distraigo mirando a través de la negrura que invade todo el espacio fuera de la calzada. Precioso, vamos. A saber lo que te puedes encontrar ahí dentro.

¿Y este es el maravilloso sitio que tanto extrañaba mi madre? No me imagino viviendo aquí. De hecho, ni me lo imagino ni pienso consentirlo.

Apenas han pasado seis meses desde que mis padres decidieron que la separación era un hecho inevitable. Mi hermana y yo nos quedamos impasibles ante la noticia, ya que para nosotras no era ninguna novedad que apenas se soportasen. Pero ninguna de las dos podíamos siquiera adivinar las drásticas consecuencias de aquella decisión.

Mi padre se marchó a Londres para iniciar uno de sus interminables y millonarios proyectos, la rehabilitación de un antiguo hospital, y no podría ocuparse de nosotras como era debido, por lo que mi madre tuvo vía libre para decidir por las tres. Así de simple.

Nos despojó de nuestras vidas, de nuestros amigos y de mis proyectos, porque lo mejor para nosotras —según ella, por supuesto— era marcharnos lo antes posible a Oregón, a su antiguo hogar. Facilísimo, vamos. Una buena excusa para alejarnos de papá y, ya de paso, de Alex, de Silvia y de todo lo que pudiese importarme mínimamente; porque, claro, yo solo soy una niña aún y no tengo ni idea de lo que me conviene.

Y no hubo más que hablar. De nada sirvieron mis quejas ni mis noches en vela llorando lágrimas de rabia e impotencia. Ni siquiera los pucheros de Alice cuando se enteró de que, posiblemente, no volviese a ver a sus amigos.

Mamá consiguió ilusionarla con promesas de tardes de playa, con helados en el puerto y con una casa enorme con piscina. Y no podía culparla, claro; porque a mí, con esa edad, me habrían convencido enseguida. El único problema es que yo, para desgracia de mi madre, ya no soy una niña pequeña y manejable, y poner las cosas fáciles nunca ha sido mi estilo.

Cuando la carretera se vuelve tan estrecha que apenas podemos circular, torcemos por un camino de tierra a través del oscuro bosque que nos rodea. A unos pocos metros el coche se detiene ante una verja automática, y mi madre masculla algo ininteligible ante un interfono lateral. Inmediatamente, la verja comienza a deslizarse hacia la derecha con un zumbido, y arrancamos hacia el interior de la finca.

Alice ahoga un suspiro y me coge con su manita pegajosa. No puedo evitar enternecerme. Guardo los auriculares y le aprieto los deditos para infundirle ánimo porque, aunque esté entusiasmada ante todo lo nuevo que le espera, es demasiado tímida en los primeros momentos, y sé que eso es lo que la está agobiando ahora: conocer gente nueva y un entorno que no domina.

Entre los asientos delanteros divisamos el enorme edificio de miradores que se alza frente a nosotras, y un escalofrío me recorre la columna vertebral. La mansión Carter, una edificación de la época victoriana, una joya de la arquitectura que se mantiene alejada de curiosos por un bosque oscuro que podría engullir almas.

Cuando mamá nos enseñó fotos de la casa, me pareció una preciosidad, pero ahora, tan solo iluminada por la tenue luz de unos faroles que indican el camino. No es que dude de su belleza arquitectónica, pero es demasiado siniestra para mi gusto.

Aunque se nota que está muy bien cuidada y que algunas zonas han sido rehabilitadas para respetar la arquitectura de la época, no puedo evitar estremecerme de nuevo al admirar los dos torreones de gran altura y las barandillas de forja con puntiagudos remates que los unen a través del tejado.

La niebla parece menos densa en aquel punto, aunque la poca que rodea la fachada no hace más que acentuar aquella atmósfera sofocante. Cinco coches aparcados de cualquier manera en la entrada relucen al ser iluminados por nuestros faros cuando los pasamos de largo.

—Mirad, chicas, parece que están todos. Será estupendo, ya veréis.

La voz de mi madre muestra emoción contenida. Alice me aprieta la mano de nuevo y se acurruca junto a mí, un gesto que aprovecho para besar su pelo con olor a fresa y abrazarla contra mi pecho.

Dejo soltar un largo suspiro. Pues aquí estamos, a punto de conocer a nuestra familia. Si es que se puede llamar así, porque no hemos hablado con ellos en la vida.

Las puertas de roble de la entrada principal se abren de par en par, y la figura de un hombre corpulento baja con agilidad la escalinata central que sale del porche y se dirige hacia nuestro coche.

—¡James!

Mi madre abre la puerta del conductor y sale corriendo sin ni siquiera poner el freno de mano, del que tiro desde el asiento de atrás antes de que rodemos colina abajo.

Desde la ventanilla, Alice y yo podemos verla dando saltitos en la gravilla del camino, como si fuese una niña, mientras el tal James va a su encuentro. Ambos se funden en un abrazo que parece durar horas.

—Vamos, Alice. —Miro su carita asustada y le doy un beso en la mejilla—. Tenemos que salir a saludar.

Salgo del coche y la ayudo a quitarse el cinturón de seguridad. En cuanto está en pie, su manita se engancha rápidamente a mis vaqueros. La sujeto con firmeza y nos acercamos a mi madre.

—Mamá, Alice se está asustando con tantos gritos.

Espero paciente mientras mi madre se separa sin ganas de aquel hombre y se acuerda de nuestra existencia por fin. También él se da la vuelta para mirarnos, lo que provoca que Alice gire la cabeza y se esconda detrás de mi pierna, en un brote de vergüenza.

James es el vivo retrato de mi madre, aunque en una versión bastante más grande y llamativa, casi salvaje. La expresión y el color de los ojos son clónicos, igual que la sonrisa, con aquellos dientes tan blancos, perfilados por los mismos labios rojizos y abultados que también Alice y yo hemos heredado.

Sin embargo, la prominente mandíbula y el pelo cobrizo y alborotado le dan un aire algo agresivo. Supera a mi madre en más de una cabeza de altura y en, al menos, dos cuerpos de envergadura.

Nos mira a Alice y a mí durante unos segundos, y su rostro se ilumina con una gran sonrisa.

—¿Estas preciosidades son mis sobrinas?

De una zancada se queda a unos centímetros de nosotras, y noto cómo Alice se asoma

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