Te prometo, mi amor (Trilogía Quiéreme imperfecta 3)

Estefanía Segovia

Fragmento

te_prometo_mi_amor-3

Capítulo 1

Se despertó con un sobresalto, producto del ruido estruendoso de una puerta al cerrarse. Sentía los ojos pesados y sus párpados hinchados. Trató de abrirlos un poco y vislumbró una luz que la desconcertó. Las lágrimas, que habían aguardado pacientemente, fluyeron con libertad sobre su rostro. Otra vez se había quedado dormida llorando. ¿Acaso terminaría la tortura en algún momento? Su decisión acerca de un cambio de trabajo estaba aferrándose con fuerza y con más determinación que hacía unas semanas atrás. Se quedó en la cama, no por pereza sino por el simple hecho de conocer su cuerpo, que necesitaba siempre unos minutos antes de incorporarse. El cansancio la dominaba debido al poco consumo de alimentos. Algo que debería cambiar en el corto plazo.

Hacía un mes exacto que había vuelto a trabajar y, sin embargo, en esos días, había concretado varias entrevistas, todas para el mismo puesto en Calidad. No conocía realmente el motivo por el cual había decidido cambiar de empleador. Ya apenas se cruzaba con Kevin, quien utilizaba nuevamente los ascensores para no pasar por su lado. Aún se le cortaba la respiración de tan solo posar los ojos en él, con su ropa exquisitamente formal y a medida. Sus ojos, más verdes que turquesa, como si se hubiesen apagado levemente y llevaran un deje de orgullosa rebeldía, se movían inquietos cada vez que se cruzaban. Sus dedos le cosquilleaban solo con mirar esos cabellos rubios, recortados prolijamente y que le caían hacia las cejas. Su corazón latía desbocado cada vez que se aproximaba. Su cuerpo se debilitaba solo con estar en la misma sala que él. Por otro lado, Emilia, con un embarazo de veintiún semanas notables en su fina y esbelta figura, contaba con licencia y ya no asistía a la oficina. Había sido un alivio enterarse de ello, pese al pinchazo de vergüenza porque eso implicaba que el bebé que venía en camino podía estar en peligro.

Su nuevo jefe, Adrián Necastro, acudía a las reuniones y muchas de las tareas que Priscila había ejecutado de forma efectiva y apropiada hacía tan solo dos meses atrás en ese entonces las realizaba él. Romina, su exjefa del equipo de Calidad, había desatendido y delegado todas sus tareas a Priscila, uno de los motivos por los cuales la habían desafectado de KMR, la empresa para la cual trabajaba. El otro motivo, decisivo para el gerente de Sistemas, fue el hecho de que Romina trabajaba para otras empresas en horario laboral. De eso ya había pasado… apenas dos meses. Dos meses desde que su mundo se derrumbó. Una maldita e ínfima porción de tiempo desde que se desvaneció por los aires todo aquello en lo que creía real.

Con un quejido se levantó de la cama y entró al baño a ducharse. Ni siquiera constató la hora. Debía ser algún momento de la mañana del sábado, se dijo. Luego de refrescarse, entró a la cocina y calentó el agua para tomar mate mientras miraba con atención hacia la mesa. El desayunador, que dividía la cocina del comedor, era pequeño y cómodo para la amplitud que ella requería. El living también formaba parte del comedor, pero le otorgaba poco lugar para dar un aire de ambiente espacioso y que su mente precisaba. Sin embargo, su inquietud provenía por la molesta sensación de que su celular y su notebook de trabajo no los había dejado sobre la mesa, sino que nunca los había sacado de su bolso.

¿Podía asegurarlo?

Claro que no.

¿Percibía una amenaza ante aquella sensación?

Por supuesto que sí.

Había aprendido por las malas que el instinto era el mejor aliado ante predadores y que confiara en pequeñas señales de alarma. Eso podría ser la diferencia entre la vida y la muerte. Por lo menos para ella.

Agarró el celular y la notebook y los dejó sobre la mesada del desayunador para tomar mate mientras revisaba los navegadores. Lo primero que observó fue su correo personal abierto y se quedó mirando la pantalla sin saber bien cómo proseguir. Hizo un esfuerzo casi excesivo por recordar qué había estado haciendo el día anterior para descartar que hubiera sido ella la que había dejado toda esa información desplegada a simple vista.

Nada.

Después del accidente, le costaba recordar fragmentos del día anterior. Le habían dicho que sería momentáneo, algo normal luego de los golpes que había sufrido. Por las dudas, cambiaría la cerradura, se dijo. El miedo ya no formaba parte de ella, solo sintió una simple curiosidad acerca del motivo que alguien tendría para espiarla. No tenía nada. No era nadie. No poseía familia. ¿Qué otros motivos habría?

Suspiró.

¿Serían secuelas las que provocaban esos escalofríos de que su casa había sido inspeccionada?

Debería tomar el sabio consejo de Isabella de asistir a la psicóloga, por más que le pesara. A lo mejor la ayudaba, como bien decía su amiga. O a lo mejor la destruiría, como bien decía su consciencia.

***

—¿Qué quieres, Emilia?

—Kev, ven a casa. Creo que me estoy descomponiendo.

—Díselo a Delfina, para eso le pago.

—Necesito que estés aquí.

—Ahora no puedo. Es viernes, ¿recuerdas? Envíame un mensaje luego.

—Pero… ¿Y si le pasa algo al bebé?

—Lo hubieras pensado antes.

Le cortó el llamado con el mal humor acrecentado. Ella siempre lograba sacarlo de sus casillas. Maldecía tener que estar atado a esa mujer por culpa de un descuido. Por supuesto que el bebé no tenía la culpa, solo que le apetecía estar a miles de kilómetros lejos de Emilia. No la soportaba. Le crispaba todos los pelos de los brazos cada vez que ella lo llamaba. Su enojo era visible hasta en las venas de su sien. Él también tenía la culpa de su desgracia. Solo que su mente le otorgaba toda la falta a ella y a él le costaba olvidar.

Ese embarazo no había sido planeado y se había metido en su vida como un disparo engorroso y cruel. No sabía si era el padre, lo más probable era que sí según las palabras de Emilia que ya recitaba de memoria su alegato. No le importaba. Se haría la prueba de paternidad apenas el bebé naciera, así tuviera que raptarlo para meterlo en el laboratorio. Tenía que cerciorarse.

Pidió otro vaso del whisky escocés, Johnnie Walker. No notaba las diferencias entre cada etiqueta ya, aunque seguramente tampoco notara el sabor de la comida a esa altura. Sus amigos charlaban con animosidad alrededor de la mesa del boliche. Él se había propuesto desmayarse hasta que su mente se perdiera… de nuevo.

—¿Kevin?

Una voz femenina, más bien un grito por el ruido de música mezclado con las voces que se querían hacer oír por encima, lo hizo distraer cuando estaba por tomar un trago de la nueva bebida que le habían traído y provocó que se le cayera un poco en la camisa. No le importó. Tenía los ojos posados en esa belleza morocha que le sonreía divertida.

—Sí, soy yo.

—¿No te acuerdas de mí?

La mujer de unos treinta y pocos años se acercó más a él.

—Lo siento, tu rostro me resulta muy familiar… Creo que es la oscuridad del lugar que no me deja reconocer…

—Soy Luna. —Al ver que Kevin seguía sin recordar, continuó con su presentación—. Soy amiga de Isabella.

Una alerta se encendió en su cuerpo y lo descartó por completo. Claro, en ese momento sí la recordó.

—¿Cómo estás tanto tiempo? ¿Qué es de tu vida?

—Trabajo en Hahn Air.

—No sé qué empresa es.

—Es una aerolínea alemana.

—¿Tienen sede en Argentina?

—Ahora estoy de visita. Me mudé a Alemania hace un año, ¿no te lo dijo Isabella?

—Se le debe haber pasado —mintió por un beneficio mayor. A él no le importaba qué había hecho de su vida o qué haría a continuación, aunque ella no lo debía saber. Todavía no—. Y dime, ¿hasta cuándo te quedas?

—Solo estaré unas semanas más de paseo. Viajaré a mediados de marzo. ¿Cómo está tu hermana? Hace mucho que no la veo.

—Está en la facultad de Economía y trabaja para una financiera.

—¿Ella está cómoda?

No le sorprendía que las amigas de su prima supieran de los vaivenes profesionales de su hermana. Lula siempre había sido inquieta y con tendencias al aburrimiento. Una vez que aprendía lo suficiente, renunciaba a la carrera y comenzaba otra. Él nunca hubiese podido. Habría sido más probable que, de haber abandonado el estudio, no lo hubiese vuelto a retomar nunca. Por ese motivo, admiraba a su hermana. No perdía el tiempo si no lo consideraba grato.

—Dice que sí. Veremos cómo le va.

—Bueno, me alegro que sigan bien. No te molesto más, me iré a la barra a esperar a una amiga.

—No me molestas. Al contrario, estos de aquí son desconocidos para mí.

Recibió unos empujones como reprimenda de sus palabras. Si podía ligar, por qué avergonzarse. Todo valía de noche. La risa fresca le dejó la constancia esperada de que era compañía aceptable para ella.

—Vamos mejor a la barra. Estaremos más tranquilos.

La llevó con una mano apoyada en la espalda hasta la barra y pidieron unas copas —con bajo contenido alcohólico se dio cuenta Kevin— que le mantuvieron las manos ocupadas por un rato.

—Y dime, ¿Eugenia cómo anda?

Casi se le escapó una sonrisa que logró ocultar detrás del vaso. Si recordaba a su novia, eso significaba que le interesaba. A lo mejor, si jugaba sus cartas correctamente, esa noche tendría suerte. Nunca buscaba irse a la cama con una mujer pero, cuando se presentaban ante él de forma voluntaria, tampoco se privaba. Apostaría todas las cartas esa noche. Porque, de lo contrario, debería enfrentarse al suplicio que era la vida con Emilia.

—Espero que ande muy bien. No la veo desde hace más de medio año.

—¿Se separaron? ¿Después de tantos años?

—Tuvimos un pequeño desacuerdo. Ella entendía que nuestra relación era abierta y eso incluía a nuestro vecino.

Su acompañante lo miró seria por unos segundos sin saber qué decir. Y luego largó una carcajada que lo contagió.

—Disculpa que me ría de tu desgracia.

—No te preocupes. Podemos decir que lo superé. Ya no tengo a nadie a quien rendir cuentas.

—Entonces no la superaste todavía.

—¿Qué dices? Me siento extremadamente fenomenal y disfruto mi soledad.

—No necesitas a alguien para rendir cuentas. Una relación debe ser libre y de mutuo compromiso, donde la confianza prevalezca y se fortalezca.

—Eso es una farsa. Una relación libre es lo que tenía con Eugenia.

—Y ahí está el motivo por el cual no la superaste.

No era la culminación de la relación con Eugenia lo que Kevin no había superado. Y tampoco se lo diría. Al recordar unos enormes ojos, un dolor en su pecho le remarcó que su actitud no era apropiada. Se recompuso rápidamente y vació su copa de un trago. ¿A quién le importaba en ese entonces su comportamiento? Solo a él. Ya nadie le haría sentir culpable por su accionar. Ni siquiera la testaruda de Priscila.

Era el momento de hacer su jugada.

—Creo que me iré a caminar para despejarme un poco. ¿Estarás bien si te dejo sola?

Tardó unos segundos en contestar.

—Iré contigo. Vamos, seguramente mi amiga me dejó colgada.

—¿Segura? ¿No quieres hablarle?

—Sí, le mandaré un mensaje para vernos otro día. Descuida.

—Bien, la noche está hermosa para disfrutarla de a dos.

Su tono meloso se había perdido entre la música y el ruido ambiental. Sin embargo, percibió con agrado el sonrojo de Luna. Era cuestión de encontrar un hotel cerca, se dijo, disfrutando de antemano su plato.

***

—¿Puedes esperar unos minutos más, Priscila?

—Sí, no creo tener problemas.

—Excelente. Prefiero que te entreviste el jefe del área ahora, para no hacerte venir nuevamente.

Asintió y el joven de Recursos Humanos salió hacia el pasillo que, le pareció probable, conduciría a las oficinas de las posiciones más jerárquicas de la empresa. Era una pyme, en un segundo piso cerca de su vivienda, pero más alejado que la empresa donde trabajaba en ese momento. Le habían indicado una nómina de casi cincuenta empleados, ideales para personas como ella. En KMR debía lidiar constantemente con nuevos rostros y eso la incomodaba. Ya no subía hasta el piso once, el piso de las salas de reuniones. Eso fue un alivio, aunque continuaba mareándose por la cantidad de personas que entraban y salían de su sector.

Ya había avisado a su jefe que no volvería hasta el otro día. Estaba segura de que Adrián se imaginaría el motivo de sus llegadas tardes o escapadas a la hora del almuerzo. No le extrañaría que la sentara en su oficina a hablarle acerca de lo crucial que era ella en la empresa. Lo sabía. Sabía que había cambiado el sistema del equipo de Calidad, pese a la ausencia de su jefa anterior. Ella siempre había impulsado a mejorar continua y metódicamente todos los procedimientos para trabajar de forma organizada. Ese no era el problema. Tampoco lo era el hecho de que no la hubieran ascendido cuando despidieron a Romina.

Antes del accidente, ella hubiera podido escalar hasta llegar a ser la jefa que reemplazara a Romina. El puesto debía ser de ella. Y pese a ello, entendía el contexto acerca de la decisión de no generarle estrés ni forzarla luego de estar una semana en coma. Lo único que KMR poseía y que la hacía desear irse era Kevin. Y por supuesto que no iban a despedir al jefe de Desarrollo solo por una simple referente de equipo de Calidad.

Suspiró. Nueva vida, nuevo trabajo, se dijo. Esa era la solución. El beneficio que ganaba era en esfuerzo al subir por escaleras solo dos pisos. Además, el ambiente que se percibía era de familiaridad. No había desánimo ni aires de cansancio, algo que sí veía a menudo en KMR. Intentó imaginar cómo se lo tomaría Kevin cuando supiera que se iba. Estaba segura de que intentaría hablarle, por lo que debía asegurarse un planteamiento correcto acerca de su decisión para que él no la persuadiera de quedarse. Sabía cuáles iban a ser sus palabras. Lo conocía hasta ese punto y no era de su maldita incumbencia. Era su decisión. Y él no era más que un simple jefe de otro sector. No era nadie, se repitió, nadie.

Se abrió la puerta de madera, lo que la sacó de sus pensamientos. Un hombre robusto y con rostro amable se sentó frente a ella y se presentó como Ernesto Quintara. Volvió a contestar algunas preguntas, que ya le había hecho la persona anterior, y luego otras nuevas propias del puesto actual que ocuparía. La conversación fue amena y fluida, en parte gracias a la práctica con Isabella, miembro de Recursos Humanos de KMR, y también porque ella conocía y entendía a la perfección lo que se necesitaba para el lugar que deseaba alcanzar allí. Saludó y salió con buenas expectativas. El viento fresco y lluvioso, tan impropios de febrero, la asaltaron cuando salió del subterráneo de la línea B. Se arrebujó un poco en la fina campera y llegó hasta su departamento tiritando y empapada. El baño de agua caliente no ayudó a mermar sus temblores. Con lo poco que comía y sus energías bajas, bien eso le causaría como poco un resfrío, maldijo.

***

—Emilia, sabes que no puedo quedarme.

Su tono de voz cálido y paciente no manifestaba su enojo por tener el mismo planteamiento durante todos los santos días. Estaba cansado de escapar, de inventar siempre excusas para no estar a su lado. Ella no entendía que no estarían juntos así el bebé que llevaba en su vientre fuese hijo de él. La veía arrimarse al sofá para acostarse allí, con una mano en la barriga, para remarcar su estado.

«Como si pudiera olvidarlo, maldita sea».

—Es que el médico me dijo que haga reposo y Delfina no llega hasta después de las once.

—Eso es porque quieres que se quede hasta las ocho de la noche.

—No puedo cocinar, Kevin.

—Calienta la comida, Emilia.

—Se supone que debo estar acostada, sin hacer esfuerzo.

—Puedes caminar.

—Y tú puedes quedarte al menos una vez a hacerme compañía, ¿no? ¿Qué es lo que te cuesta tanto? Recuerdo que fuimos dos los que creamos esto.

Apretó los labios y el enojo pasó a la furia. Debía calmarse, no podía tirarle encima todo lo que pensaba cuando ella estaba estresada. Contó hasta diez, se acercó un poco y se apoyó en el sillón.

—Debo trabajar, en eso no decides ni tú ni yo. Pero puedo prometer llegar a horario.

—No saldrás esta noche, ¿verdad?

—Sí. Arreglé con un amigo.

—No mientas. Sé que te citas con mujeres, Kevin. ¿Me crees idiota?

Se irguió, con lo que barrió toda la tranquilidad que había aguantado hasta ese momento.

—No estamos en pareja ni lo estaremos. Que eso te entre de una buena vez en tu cabeza.

—Esperamos un hijo, ¿o acaso lo olvidas?

—Puedo citarme con quien quiera. Que estés viviendo en mi casa es solo practicidad para ti, porque insistes en quedarte, y para mí, así no tengo que salir de madrugada por tus llamadas en mitad de la noche.

—¿Quieres que me mude?

—Quiero que me dejes tranquilo.

—Es tu hijo el que llevo en mi vientre.

—Dije que te ayudaré, pero eso no implica atarme a ti. Nunca fuimos pareja.

—Eres un desgraciado. Yo no puedo andar por ahí, de bar en bar, por culpa tuya.

—¿Mi culpa? —sonrió sarcástico—. Recuerdo haberte preguntado si estabas cuidándote o si debía comprar un preservativo. ¡Todo esto es por tu irresponsabilidad!

—¡Se necesitan dos personas, idiota!

—Vas a tener que conformarte con este arreglo ¡o te largas de mi casa!

Salió dando un portazo. No le importaba. Ella tenía toda la falta. Su situación no cambiaría a menos que Emilia se mudara, mientras tanto, él continuaría pasando el menor tiempo posible en su hogar. Golpeó con fuerza el volante para quitar toda esa furia acumulada. Estaban caminando en una cuerda floja y su hijo podría resultar lastimado. Lo cierto era que no pensaba en el bebé cuando Emilia lo intentaba acorralar y encadenarlo a ella.

Sí, la odiaba y no debía hacerlo. Su vida era un infierno desde principios de año. Dos meses exactamente desde ese accidente. Cómo odiaba toda su rutina a partir de ese momento. Si tan solo hubiera una manera de remediarlo…

Cansado, se dejó caer en el asiento de su auto. Su celular comenzó a sonar. Era Isabella. No contestó porque sabía lo que le diría. En el instante en que aceptó ir a la casa de Luna, sabía que su prima le saltaría encima como animal embravecido. Por supuesto que él estiraría la bronca hasta llegar a su trabajo, se dijo. Debía pensar en alguna excusa para apoyar su versión. No la tenía, y era porque no le importaban los sentimientos de la amiga de ella. Habían pasado una noche agradable, habían bebido y comido juntos y luego habían ido a la cama como él había previsto. Luna también quiso, se justificó. Claro que Kevin nunca mencionó que él no quería iniciar una nueva relación y que solo buscaba una noche de satisfacción. Apenas lo obtuvo se fue. Sin justificarse, sin mentiras piadosas, sin argumentos que la hicieran sentir menos usada. Solo se vistió y negó la invitación de ella a quedarse. ¿Para qué mentir? De otra forma, hubiera esperado una llamada al día siguiente o al otro y se habría decepcionado de todos modos. Le ahorró unos días de esperanzado martirio.

Bueno, martirio no, pero sí al menos despecho por haber sido un mero entretenimiento. Y eso era lo que Isabella le apuntaría enojada con esos ojos acusadores. Él era una persona mayor de edad y, por lo que sabía, Luna también. No la dejaría martirizarlo. Ya no más.

Apenas llegó a su oficina, se enteró que su referente, Lucio, se había ausentado por enfermedad. Cosa que maldijo. No se consideraba un jefe controlador resentido porque sus empleados se dignaban a resfriarse una vez cada tanto, sino por el hecho de que debía asistir a las reuniones de referentes cuando el otro no se presentaba. Y a Priscila le incomodaba tenerlo en esas reuniones.

Y a él le partía el alma.

Maldición.

Pero era su responsabilidad. No podía escapar, por más que a ella no le gustara. Estaba seguro de que lo entendía, aunque la perturbaba. Suspiró hondo, lo que le brindó oxígeno a sus compungidos pulmones. Su corazón inició su proceso de palpitación en crecimiento como le sucedía cada vez que ingresaba a una reunión con ella. Ese dolor ya conocido lo carcomía y lo privaba por un instante de pensamientos lógicos. Volvió a tomar aire despacio; su mente lo transportó hacia lugares remotos donde solo estaba él. Exhaló lentamente y repitió el proceso hasta que su cuerpo se normalizó. Un mecanismo de defensa que ya tenía establecido para demostrar firmeza ante el inminente encuentro.

Ingresó a la sala, a sabiendas de que había iniciado hacía diez minutos, con su mejor semblante de impávido y desfachatez. La mesa rectangular de madera envuelta en paredes vidriadas era una de las más grandes dentro del área de Sistemas, localizado en ese mismo piso. Se sentó frente a ella, y si la conocía bien, sabía que tendría las cejas arqueadas y lo miraría con una mezcla de enojo y alarma. Por supuesto, intentó anularla mentalmente. Consultó en voz alta sobre lo que se había perdido por llegar tarde e hizo algunos garabatos para aparentar escribir y simular interés ante lo indicado como importante.

—¿Lucio no vendrá hoy?

La voz de Priscila, apenas un murmullo, lo alcanzó como un flechazo. Revolvió su cuaderno y cambió de hoja, al contestar, para ocultar su ansiedad.

—Está enfermo.

Apenas un fugaz vistazo a esos ojos, que tenía delante, lo hicieron constatar que no estaba errado ante lo que creía que era un semblante alarmado. Tuvo que bajar la vista para recordar a su cuerpo que debía calmarse y respirar.

Unos segundos de silencio y luego Esteban, uno de los líderes del equipo de Calidad, comenzó a explicarles acerca de la planificación, y el debate comenzó con pedidos y cambios. La reunión la abordó otro, para sorpresa de Kevin, pasmado de que Priscila permitiera esa intromisión. Echó una mirada de reojo hacia ella y se debatió nervioso. Estaba enfrascada en su celular. A menos que fuese Isabella, no tenía idea quién podía ocupar su tiempo entonces. Y estaba seguro de que Priscila no contestaría mensajes de su prima en plena reunión de planificación.

Apretó los labios. No era su maldito problema, se repitió con las manos hechas un puño.

Luego de pasar al siguiente proyecto, volvió a posar sus ojos en ella. Odiaba reducirse a ese estado de incoherencia en el que no cabía otro paradigma que no fuese lo que esa mujer representaba. Sus cabellos, atados de forma floja y desprolija, brillaban contra la luz artificial de la sala. Esos ojos, tan sinceros y fieles espejos de lo que habitaba en su mente, eran desmesurados y solo provocaban que a Kevin se le entrecortara el aliento cuando acaparaba su atención. La nariz pequeña y respingona lo hacía suspirar al igual que sus labios, en ese instante, apresados por unos dientes inquietos.

Se pasó la mano por el rostro para salir del hipnotismo que lo capturaba cada vez que la miraba e intentó enfocarse en lo que hablaban sus compañeros. Interrumpió un par de veces para comentar avances o cambios cuando fue necesario, y cada vez que terminaba de hablar, posaba sus ojos en ella para obtener su aprobación, pero Priscila continuaba metida entre los mensajes que llegaban a su celular.

Cuando estaba por pedirle su conformidad acerca de una medida impuesta a su equipo, ella se levantó, lo que lo sorprendió. La siguió con la mirada, mientras Priscila se acercaba a Esteban. Le habló en confianza con una voz hecha un susurro y luego se dirigió a la puerta.

—¿Te irás de la reunión?

Notó el sonrojo en sus mejillas y se llamó a la cordura para permanecer en su sitio.

—Así es.

Y salió, por lo que lo dejó solo con sus preguntas y recriminaciones. Estaba tan envuelto en sus propios pensamientos que no se dio cuenta del silencio de la sala tras ese breve intercambio, tenso por la fragilidad del ambiente. A los pocos segundos, él también salió de allí.

te_prometo_mi_amor-4

Capítulo 2

—Luisa, ¿ya terminaste?

Resopló nuevamente. Ella debía ordenar su ropa, hacer espacio, limpiar la alfombra y guardar todas sus revistas en dos horas. Era la segunda vez que su madre le preguntaba si ya había terminado. Como si no supiera que debía acatar la orden que le había dado esa mañana.

Antes de dirigirse a la escuela, Carmen, su madre, le había indicado que su tía Leticia llegaría ese mismo día a visitarlos. Y por supuesto que se quedaría unos días con ellos hasta que finalizaran con la construcción de su casa de verano a pocos kilómetros de allí.

¿Qué cuerno le importaba a ella que su tía, a la que nunca veía, se instalara por unos días con sus hijas? ¡Con sus dos hijas! La muy caradura solo hacía ese viaje porque deseaba ostentar su buena vida, continuar adquiriendo propiedades, conocer otros países, otros paisajes, y todo se lo contaba a su madre para que sintiera envidia.

Ah, pero Carmen adoraba a su prima pequeña Leticia. O «Leti», como le encantaba decirle con voz cantarina y chillona. Gracias a Dios que ella no tenía hermanos, se dijo por enésima vez.

Ese enojo, provocado por sus propios parientes, inició tan solo cuando era chiquita, y tal como esa vez, su tía había llegado de visita. Su madre se desvivió en halagos y en atenciones solo para recibir un abrazo como agradecimiento de Leti. Las maneras exageradas de querer agradar a su prima la asquearon y se prometió a sí misma nunca actuar de esa manera. Con nadie.

El enfado que crepitaba en su interior aumentaba cada vez más cuando volvía al presente y se encontraba limpiando para la visita. La última vez que se había acercado a sus primas, María Ángeles y María del Carmen —su madre adoraba dispersar que el nombre elegido para la hija mayor de Leti era en honor a ella— eran tan solo unas niñas de seis y cuatro años que, contra todo pronóstico, habían pasado casi desapercibidas. Esas nenas sí le agradaron y rogaba que continuaran de la misma manera, sin molestar. Estaría muy aliviada si esos días ellas no le dirigían la palabra. En ese entonces, ya tendrían unos quince y diecisiete años, calculó rápidamente, y por supuesto que no se apegarían a una adulta de casi diecinueve años como ella. Ya no tenía edad para hacer de niñera, si apenas lograba salir con sus amigos.

—¡Luisa!

Cerró los ojos, contó hacia atrás y salió del cuarto que quedaba en la primera planta. Obviamente los modales de su madre no le permitían subir, sino que más bien gritaba a todo pulmón desde el inicio de las escaleras. Cuanta falta hacía su padre en esa casa para poner orden, se dijo.

—¿Qué quieres, madre? Estoy limpiando la habitación tal como me pediste.

—Están por llegar y todavía no terminé de limpiar la cocina. ¿Puedes apurarte?

—No, no me puedo apurar. ¿No podrían haberte avisado con más tiempo?

—Agh, ya te lo dije, Luisita. La invitación es mía.

—¿No podían haberse hospedado en el hotel que está a unas cuadras?

—Deja de quejarte y ve a limpiar.

—Era solo una idea, madre.

—Además solo será por unos días, una semana como mucho.

—¿También vendrá Cristóbal?

—Tío Cristóbal —la corrigió—. No, él estará dirigiendo la obra desde capital hasta que pueda terminar de cerrar unos temas en su trabajo.

La madre hablaba de la casona de verano que estaban construyendo en la zona elegante de la ciudad.

—¿De qué trabaja?

—Es gerente en un banco. Tiene un puesto importante y no puede darse el lujo de vacacionar cuando quiere.

—Claro, pobre de él. ¿No?

—No hables así, hija. Ellos no tienen la misma suerte que tuvimos nosotros de poder recorrer Europa.

Revoleó los ojos. A su madre siempre le gustaba ostentar el único viaje que habían realizado al exterior. Ya ni siquiera lo recordaba, pero había visto las fotos y no se veía un viaje divertido, comparado con las fotos que mostraba Leti cada vez que los visitaba. Esas fotos eran geniales y, más de una vez, deseó haber estado en esos viajes. A simple vista, se podía apreciar la chispa de amor que poseía la prima de Carmen y su marido, Cristóbal Casco.

—Ve a tu cuarto e intenta ordenar lo más que puedas. Necesito que bajes urgente para terminar con este piso.

Sin contestar, y arrastrando los pies, se dirigió a su habitación otra vez. ¿Qué pretendía su madre? ¿Qué metiera todo en una bolsa y la guardara debajo de la cama? Bueno, eso era definitivamente una buena solución. Escondería de la vista buena parte del desorden para que aparentara que había realizado un gran trabajo limpiando. Después de todo, solo serían unos días y todo volvería a la normalidad, se dijo.

Qué tan lejos de la realidad que estuvo.

te_prometo_mi_amor-5

Capítulo 3

Priscila se sentó en lo que parecía ser un sillón nórdico, cómodo y acolchado, de color beige que reposaba del otro lado del escritorio de madera laqueada con patas de hierro. Detrás de la mujer, que en ese momento se encontraba escribiendo en su computadora, había una enorme biblioteca, diseñada con el mismo material que la mesa, decorada con algunas plantas de hojas grandes en lugares específicos para una vista más armoniosa. A su derecha, una pared con revestimiento rústico era interrumpida por diplomas. Había reparado en un diván detrás de ella y dos ventanales que permitían el ingreso de una buena iluminación solar.

«Impecable» fue lo primero que le pasó por la cabeza al ingresar a la sala de la psicóloga recomendada por Isabella. Luego creyó haber ingresado a un hogar cálido y acogedor. «Buena decisión», fue lo último que pensó. La persona sentada frente a ella era una mujer de unos cuarenta años, calculó. Una camisa blanca impecable, unos brazos finos y un rostro serio, con rastros de paciencia.

Toda la expectativa fluía en ella como un hormiguero atacado. Bullicioso. Sí, el nerviosismo la helaba. Sabía que toda la transición, de la separación y el accidente que había tenido, la debía realizar con ayuda. Se desintegraba cada día un poquito y eso la asustaba. Perdía la potestad de sí misma y era lo único que tenía. La doctora Rebeca Vera percibió su angustia al mirarla fijamente.

—Dime, Priscila, el motivo por el cual pediste una cita.

No contestó al instante. Una catarata de oraciones quería ser expulsada para liberarse, pero estaba oprimida por su ofuscación.

—Hace bastante tiempo tenía su teléfono, sin embargo, no me animaba a llamar.

—¿Y qué es lo que te motivó a hablarme?

Se removió inquieta. Sus manos se apretaban fuertes, la una con la otra, como si temieran perderse en el enredo de nervios que era Priscila.

—Nada especial… es que…

Se quedó callada.

—Cuéntame un poco de ti.

Eso era fácil, pensó.

—Bueno, como bien sabe, mi nombre es Priscila Aretia, aunque ese no es mi nombre verdadero. Tampoco lo es mi nombre legal, Camila Torres.

—Disculpa que interrumpa, no te sigo.

—Lo sé… —Lanzó un suspiro de angustia—. Mis padres me adoptaron cuando tenía tres años de edad. Crecí creyendo que era Camila Torres hasta que tuve veinticuatro años, cuando me hice estudios de sangre con mi… con Miguel, quien me dejó un certificado de nacimiento en el que se indica mi adopción.

—¿Y quieres averiguar quién es tu familia?

—Sí. Quiero saber qué es lo que ocurrió, aunque eso no cambiará el hecho de haber vivido… lo que viví con los Torres.

—Entiendo. ¿Podría indicar qué es lo que vivió?

—No es por eso que pedí una cita. —La doctora esperó paciente hasta que ella se animó a hablar—. Hace unas semanas, tengo esta sensación… Es difícil de explicar. Tuve un accidente muy grave a principios de año.

—¿Accidente? ¿De qué tipo?

No podía expresarlo en voz alta. Era muy pronto. Todavía no, negó con la cabeza.

—Estuve en coma por seis días y quedaron ciertas secuelas. Producto de ello tengo cierta facilidad para olvidar algunos sucesos de días anteriores. O, si estoy caminando por la calle, se me eriza el pelo de los brazos y la nuca, como si alguien estuviera cerca de mí… como si me estuviera siguiendo. Alquilo un departamento, y usualmente acomodo todo antes de acostarme, pero cuando me levanto encuentro objetos en un lugar distinto al que los dejé.

—¿Lo hablaste con un médico?

—Sí, es normal. Pasará pronto cuando logre relajarme.

—¿Intentas relajarte?

Tensionó los labios.

—Sí. No lo suficiente, al parecer.

—Está bien. Y dime, ¿hay algo que te preocupe en estos momentos?

Suspiró rendida. No había manera de explicarlo sin nombrar al causante de sus tormentos. Había decidido no sacar ese tema el primer día de sesión. Maldición, siempre estaba presente.

—Antes de este accidente, yo me encontraba en pareja con esta persona.

—¿Se separaron por ese accidente?

—No.

—¿Están separados ahora?

—Sí.

—¿Te preocupa algo de él?

—No. Es que… lo extraño y es un compañero de trabajo.

—Entiendo.

—Pero ya estoy trabajando en ello.

—¿Cómo?

—Conseguí otro empleo, en un lugar distinto y más… apto para mis capacidades.

—¿Qué quieres decir con «más apto»?

—Bueno… Sufro de claustrofobia y el lugar donde trabajo actualmente tiene más de veinte pisos.

—Entiendo. ¿Cuándo cambiarás de empleo?

—Dentro de quince días. Me confirmaron hoy luego de la aprobación del psicotécnico.

—¿Estás contenta con el cambio?

Irguió los hombros.

—Será un nuevo desafío. Creo… mi cuerpo y mi mente necesitan motivación para poder continuar. Si sigo en el mismo lugar, me volveré loca.

—¿Es por tu expareja o por los síntomas del accidente?

—Es por todo. Desde que desperté, siento que camino sobre hielo fino. Necesito algo de estabilidad.

—¿A qué llamarías «estabilidad»?

—Saber qué esperar del día siguiente. A tener una rutina que pueda controlar. Creo que el nuevo ambiente laboral me dará eso al no tener miedo de cruzarme con Kevin.

—¿Kevin es tu expareja?

«Maldición. Maldición. Maldición».

—Sí… Quiero quitarlo de mi vida, aunque me duela. Y además está lo otro.

—¿Lo otro?

—Tengo un hermano… bueno, hermanastro o como se llame. De la familia Torres, ya sabe. Él se encuentra en prisión y me pidieron testificar. Decidí quitar la denuncia hace poco.

—¿Lo denunciaste?

—En realidad, varias personas lo hicieron. No es un santo, aunque entiendo el motivo que los impulsó a hacerlo. La vida con los Torres no fue nada fácil. Sufrimos mucho y por ello… herimos mucho.

La doctora se debatía qué camino seguir. Si preguntar por la vida con los Torres o por Priscila por haberse incluido en la frase «herimos mucho». Ciertamente había bastante que analizar, aunque no podía hacerlo todo en una misma sesión. Debía ir con cuidado y muy despacio para no perturbar a su paciente.

—Muy bien, Priscila, podemos continuar… —La psicóloga revisó su agenda—. ¿Te parece bien la siguiente semana a la misma hora?

Aliviada, como si lo peor ya hubiese pasado. Saludó a la doctora y salió. Sabía que no cambiaría nada en cuarenta minutos. Sin embargo, algo en su pecho la instaba a volver la semana siguiente. Le pediría tiempo para hablar de lo que la acongojaba. No era su momento. Todavía no, se volvía a repetir.

***

Ya había avisado a su jefe que el 13 de abril iba a ser su último día en la empresa. Debía preparar bien a Esteban, quien sería su sucesor, recomendado por Priscila y aprobado por Adrián. Podía decir que su vida mejoraba con pasos lentos pero seguros. A Kevin no le había informado todavía y esperaba no tener que hacerlo. Esa fue su decisión durante la sesión con su psicóloga. Le pidió expresamente a Isabella, prima de Kevin, que no le dijera nada acerca de su partida hasta que ella ya no estuviese en la empresa. No quería justificarse ni tener que hablarle.

Terminó de meter unos paquetes de galletas a su carro de compras y se dirigió a la caja. No llevaba muchos productos porque lo debería llevar en bolsas por cinco cuadras. Intentaba no excederse; se le complicaría si añadía más peso del que podía cargar. Y Priscila conocía sus propias limitaciones.

De reojo pudo notar que alguien miraba en su dirección. Levantó los ojos y una señora la analizaba con el ceño fruncido. Se extrañó, aunque no la conocía. ¿O sí? Le resultaba vagamente familiar. La cajera le llamó la atención al indicarle el importe a pagar y ella le brindó su tarjeta de débito para ejecutar la transacción. Luego de firmar, salió del mercado un poco indecisa, sin saber bien cómo accionar.

Un recuerdo le vino a la mente. En ese mismo mercado, cuando Kevin había conocido su departamento, esa misma señora la había mirado fijamente hasta que salieron de allí. Ella había pensado que su maquillaje se había corrido y que su ojo negro, producido por un golpe de uno de los Torres, había quedado visible. Sin embargo, ahí estaba de nuevo. Y, en ese momento, no tenía el rostro morado o hinchado. Volvió sobre sus pasos y la increpó, apenas la señora pisó la vereda al salir del local.

—¿Quién eres?

—¿Disculpa? —preguntó la menuda mujer de rostro estirado, cachetes caídos y ojos marrones. El cabello lo llevaba corto hasta arriba de los hombros y seco, producto del uso excesivo de tinturas artificiales.

—¿Me conoces de algún lado? No es la primera vez que me miras como si quisieras acusarme de algo.

La señora tenía las cejas levantadas, azorada y nerviosa, sin saber que ese enfrentamiento era un acto de valor de Priscila, quien rehuía de las atenciones de las personas. Hubiera sido más fácil ir a su departamento y encerrarse, pretendiendo olvidar el tortuoso momento.

—Lo lamento. Debo parecer una loca.

—¿Qué quieres decir?

—Es que… te pareces a una amiga que tuve hace muchos años atrás.

—¿Una amiga?

—Una vieja amiga. Ella vivía en el interior, muy lejos de aquí, por lo que olvídalo…

—¿En el interior?

—Sí. Si tuviera una foto, te la enseñaría… Vivo cerca de aquí y me imagino que tú también porque te cruzo seguido.

—No había notado eso.

—Lo lamento. Parezco impertinente, es que te pareces tanto… el primer día que te vi creí que estaba en presencia de un fantasma.

—Un fantasma…

Priscila estaba reticente, aunque mareada por lo que escuchaba.

—Lo hubiera pensado realmente, sino fuese porque te encontrabas con tu novio.

Ella asintió confundida. Hablaba de Kevin, lo recordaba. Ese día él había conocido su departamento por primera vez. De eso hacía ya cinco meses. Tanto vivido en tan poco tiempo que su pecho le martilló por la angustia.

—¿Cómo se llama su amiga? ¿Sigue viviendo en el interior?

—No, ella… es una larga historia.

Priscila estaba segura de que la búsqueda de su propio origen hacía que su intuición le indicara un camino erróneo, iluso. ¿Cuáles eran las probabilidades de que hablaran de su madre biológica? Creía que cero.

—A lo mejor mi pregunta sonará rara…

—Dime, querida.

—¿Tuvo hijos?

—S

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos