Tu sonrisa me cambió la vida

Ana Castellar

Fragmento

tu_sonrisa_me_cambio_la_vida-3

Capítulo 1

Amelia miraba de reojo a Alberto cada vez que él pasaba por la puerta de la cocina. Alberto estaba sacando los escombros del cuarto de baño que estaba reformando. No era un guapo evidente, pero a ella le atraía mucho, cada día más. Su pelo corto, sus brazos musculados llenos de tatuajes. No sabía si era atracción real o si la idea que había empezado a tomar forma en su cabeza hacía que lo viese más atractivo de lo que era en realidad.

«Tampoco es un tema sobre el que vaya a pedir más opiniones», pensó Amelia, riendo sola.

Había estado curioseando sobre él y lo que había averiguado hacía que estuviese más convencida sobre que era el hombre ideal para su plan.

«¿Qué es lo que te gustaría conseguir en la vida? ¿Cuál es tu sueño?», recordaba las preguntas de Nerea, su prima, la tarde en que le contó todos los planes que tenía con sus casi dieciocho años. Amelia sintió cierta envidia de ella, ya que con sus casi cuarenta años nunca había tenido tantos planes. Le había faltado la valentía de atreverse a pensar en que podía tener un futuro.

Mientras, miraba cómo Alberto seguía sacando escombros y pensaba que era capaz de recordar la hora exacta en que esa idea se le metió en la cabeza y ya no pudo quitársela. Solo se le añadían matices, cómo, cuándo, cuánto y quién. Y Alberto era el quién.

En su cabeza, parecía todo muy fácil. Conocía muchas cosas de Alberto, sabía que tenía cuatro hijos de mujeres diferentes, de tres, para ser exacta. Y estaba a pocos meses de volver a casarse con su primera esposa, Zaida.

Amelia recordaba a Zaida porque la había visto una vez al inicio de las obras, cuando Alberto había ido a llevarle unas muestras del suelo del que le había hablado esa mañana. La presentó desde el coche y ella solo hizo un ademán para saludar y no se molestó ni en bajar del automóvil. Alberto se disculpó al día siguiente cuando se vieron en la obra por la actitud de Zaida y explicó que llegaban tarde a la prueba del menú de bodas y que por eso Zaida estaba enfadada con él y no se había bajado del coche a saludarla.

Amelia se sorprendió porque él pudo haberlo dejado pasar, pero no fue así, al contrario, pareció nervioso al contarle ese detalle de su vida cuando apenas se conocían.

Después de ese encuentro, habían pasado varias semanas y entonces la relación era algo más fluida, sobre todo por parte de Alberto, que le hablaba de sus hijos, de alguna exmujer cuando lo llamaban en horas de trabajo, etc. Había más confianza entre ellos que antes y por eso Amelia dudaba si era el momento indicado para proponerle lo que tenía en mente. Pero era en ese momento o nunca, así que estaba casi decidida a dar ese paso esa tarde cuando estuvieran solos. Dio unas vueltas por su dormitorio, escuchando cómo se despedían los trabajadores de Alberto, miró su reloj y observó que ya había pasado tiempo suficiente y que no volverían de repente porque se les hubiese olvidado algo.

Respiró hondo y salió de su dormitorio decidida a hablar con él, no podía esperar más tiempo.

Alberto estaba limpiándose las manos cuando Amelia apareció en el baño, él todavía llevaba puesto el mono de trabajo.

—¿Qué tal va todo? —le preguntó Amelia.

—Bien, no te asustes al verlo así, mañana ya empezamos a construir, en pocos días lo verás y no te lo creerás. Ya parecerá el baño que quieres. Ya queda poco para librarte de nosotros.

—¿Ya se han ido todos? —intentó averiguar ella.

—Sí, hace un rato, pero siempre me voy el último porque el jefe tiene que dar ejemplo —le dijo sonriendo—. ¿Pasa algo?

—¿Puedo hablar contigo en el salón?, no te quitaré mucho tiempo.

—Sí —le respondió temiendo que le iba a echar una bronca por algo. Aunque ella no tenía pinta de discutir, debía ser algo muy importante si lo quería hablar a solas. Caminando hacia el salón se le vino a la mente que Gerardo, uno de sus obreros, quizá había hecho algo fuera de lugar o había robado algo. Amelia le pidió que se sentara en una silla y ella se sentaría enfrente, por lo que dejaría la mesa como separación entre ambos, a modo de distancia de seguridad, pensó ella.

Amelia se quedó unos segundos en silencio; esos segundos duraron mucho más para ella que para él. Amelia vio pasar toda su triste vida hasta llegar a ese momento vergonzoso. Miró a Alberto que le sonreía nervioso sin saber qué iba a pasar. Pensó en echarse para atrás, en dejarlo todo como estaba, en seguir así. Alberto interrumpió sus pensamientos con impaciencia.

—¿Qué ocurre?, ¿hay algún problema?, ¿no estás contenta? —Amelia se puso roja y su cara ya empezaba a arder, le costaba mirarlo a los ojos.

—Necesito que me escuches sin interrumpir. Sé que es raro hacer esta petición, pero es lo que necesito.

—De acuerdo —aceptó Alberto intrigado.

—Me he hecho un pequeño guión. Es más fácil o eso creía. Ahora me parece todo inútil —le dijo Amelia mientras jugaba con un papel, doblándolo y desdoblándolo.

Alberto se rascó la barbilla sin entender nada de lo que estaba pasando.

—Te he estado observando estas semanas, he escuchado lo que hablan de ti y también te he escuchado a ti. Tengo un problema, bueno…, sí, un problema. —Volvió a leer el guión—. Tenía que haber dedicado más tiempo a prepararlo… Tú puedes ayudarme a solucionar el problema. Tienes mucha paciencia, no te enfadas fácilmente y te he visto repetirle las cosas mil veces a Gerardo; eso es lo que necesito. Lo que tengo que proponerte no es fácil y supongo que no te habrá ocurrido antes algo así, o sí, no lo sé. —Amelia soltó una pequeña risa nerviosa—. Por eso te ruego la máxima discreción y, si después de escucharme no quieres volver por aquí, lo entenderé. Buscaremos una solución. Quiero ofrecerte un trabajo. Quiero…, necesito que me des clases.

—¿Clases yo? ¿De qué? —le preguntó Alberto. Amelia respiró hondo.

—De sexo —soltó de repente.

—¿Perdona?

—De sexo, es decir, de cómo mantener relaciones sexuales. Ese sería el tema principal de las clases —dijo intentando darle una entonación formal.

—¿Qué? —salió de su boca y miró a su alrededor—. Esto es una broma de los chicos. Os prohíbo grabar esto y luego difundirlo por ahí. Estos gilipollas… —dijo Alberto antes de que Amelia lo interrumpiera.

—No es una broma, Alberto.

Él la miró varias veces y se rascó la barbilla.

—¿No es una broma? —le preguntó incrédulo.

Amelia bajó la mirada.

—No —respondió sintiendo que se había equivocado al hacerlo. Su pequeño mundo empezaba a tambalear.

Alberto se volvió a sentar.

—No entiendo nada, Amelia. Vuelve a explicármelo, pero esta vez para idiotas. ¿Qué es lo que quieres? —le preguntó.

—Es raro, lo sé, muy raro. Lo he resumido un poco —dijo mirando otra vez el papel para evitar mirarle a los ojos.

—Me he pasado la vida estudiando, Alberto, para conseguir un puesto fijo, a eso le sumo que siempre he estado enferma. No son enfermedades normales que puedes ocultar y dar pena. No, la vida no me lo iba a poner fácil. Son enfermedades que t

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