Capítulo 1
Inglaterra, 1820
Lord James Armit caminó con tranquilidad por las calles del pueblo. Sus astutos ojos azules buscaban algo que lo pudiera entretener y lo sacara del letargo de aburrimiento al que se había sometido voluntariamente desde hacía ya unos meses.
Estando como estaba Londres en plena temporada social, era casi imperdonable que un libertino como él estuviera ahí, en el campo, buscando algo con qué matar el tiempo. Sin embargo, había sido una medida extrema que tuvo que tomar si no quería terminar ese año pasando por la vicaría; y es que su cuñada, Rowena Armit, era una celestina en toda regla. Debía ser la mayor casamentera de Londres, y tenía la firme convicción de que todo el mundo era más feliz casado; por eso, como él acababa de cumplir los veintinueve años, ya era apto para buscar una esposa que no quería.
La soltería era el bien más preciado de todos los hombres y él no estaba dispuesto a dejarla ir tan joven. Era hijo menor y no tenía responsabilidades a su cargo, por lo que la obligación de engendrar herederos no sería necesaria, al menos que su hermano, el duque de Richmond, siguiera como hasta ahora, sin progenie.
Él no quería ser duque, eso era muy ajetreado y requería un nivel alto de responsabilidad. No se podía decir que fuera irresponsable, pero tampoco había sido preparado para semejante carga, por lo que rogaba al Ser Divino que un día de estos la noticia de que se esperaba un heredero al ducado llegara a sus oídos, no solo por él, sino por su hermano y por su cuñada. James estaba y estaría feliz siendo lo que era hasta ahora, un inversionista con dinero suficiente para mantenerse él mismo y llevar una vida esplendorosa. Sus negocios, que por cierto había dejado abandonados por huir al campo, no le exigían tanta responsabilidad como un ducado y podía seguir con su vida alegre sin ningún problema.
Cualquiera diría que huir al campo era una medida un tanto drástica; después de todo, era un hombre adulto que podía tomar sus propias decisiones, pero el que afirmara eso no tenía una cuñada como la que él tenía. Rowena Armit era la personificación de la persistencia y no iba a descansar hasta verlo casado, como había hecho con todas sus pupilas, las Loughy. En el fondo, sentía cierto pesar por dejar a Esmeralda Loughy, a quien quería como una hermana, sola en las garras de su cuñada, pero todo fuera por la supervivencia de su soltería.
No obstante, dicha supervivencia le estaba causando un aburrimiento crónico que amenazaba con hacer flaquear su fiera determinación. Cuando había huido, lo había hecho con toda la intención de pasar ahí toda la temporada, pero, ahora, en pleno mes de abril, no estaba tan seguro de lograrlo. La tranquilidad de la propiedad solariega no era nada comparado con el bullicio de Londres y, estando como estaba lleno de entretenimiento y fiestas en esta época del año, se sentía fuera de lugar.
No es que no apreciara el campo, de hecho, se había ido ahí no solo por escapar, sino para que su tranquilidad le ayudara a pensar en otras estrategias que sirvieran para evadir a su cuñada y que no significaran su ida de Londres cada temporada, pues estaba claro que, si hacía eso siempre, su próximo destino terminaría siendo Bedlam. Él era un hombre activo, alegre, social; estar recluido ahí, sin nadie interesante con quien hablar ni nada que hacer, solo podía significar la pérdida de su salud mental y tampoco era el caso. La caza, la práctica de tiro, montar a caballo dejaron de ser de su interés hacía días y ahora necesitaba algo más, algo que esperaba encontrar en ese pueblo.
Era mundialmente conocido que no había mejor remedio para el aburrimiento que un buen revolcón con una persona agradable de vista, pues no solo te entretenía, sino que te dejaba de un buen humor que necesitaría si quería seguir ahí hasta que encontrara una solución a su problema. El sexo era desde tiempos inmemorables el mejor remedio para casi todos los males y él estaba dispuesto a buscar a alguien que pudiera proporcionárselo. En ese pequeño pueblo tenía que haber alguna joven viuda necesitada de atención, o quizás alguna criada o doncella dispuesta a prestar sus servicios por un rato efímero de placer.
James no era arrogante ni dado a alabarse a sí mismo, pero sí sabía el efecto que causaba en las mujeres y lo que estas estarían dispuestas a hacer por meterse en su cama. Sabía, sin temor a equivocarse, que fuera cual fuera la elegida, no se haría del rogar, y eso era posiblemente lo mejor de todo, pues ahorraría tiempo y tendría sus momentos de placer lo más pronto posible.
Pasó sus ojos por el pueblo fijándose en todas y cada una de las mujeres que se encontraba. No sabría diferenciar a una casada de una soltera o viuda, pero ese no era un inconveniente que no se pudiera resolver con una simple conversación antes del flirteo.
Siguió observando, pero no pudo hacer más que suspirar ante la terrible decepción que empezaba a embargarlo. No se podía decir que las mujeres del pueblo fueran feas, pero ninguna parecía llamar su atención. Había unas cuantas doncellas bonitas que debían trabajar en casas vecinas, pero ninguna que le despertara algún deseo. No había nadie… Sus ojos se detuvieron de repente en una hermosa cabellera negra recogida en un sencillo moño con pocas horquillas.
La portadora de tan brillante cabello era una mujer de figura esbelta y bien proporcionada, vestida con ropa algo vieja y desgastada, típica de una doncella. Estaba de espaldas hablando con el herrero en la puerta de la herrería y James no pudo distinguir bien su cara. Curioso, se acercó un poco hasta que pudo verla mejor. Se quedó sorprendido, pero no sabía bien por qué.
La mujer en sí no tenía nada fuera de lo común. Era bonita, pero acababa de ver a otras más hermosas. Sus rasgos no mostraban nada extraordinario, y no podía definir el color de sus ojos, sin embargo, seguía viéndolos como hechizado. No sabía si desprendía alguna clase de aura que captaba su interés, o tal vez era el cuerpo voluptuoso que escondía tras esos ropajes austeros, pero no podía apartar la mirada como si una fuerza desconocida lo obligara a permanecer ahí. Ella se movió un poco y pudo ver cómo fruncía el ceño, para luego poner una cara de indiscutible súplica al herrero que, después de unos segundos, asintió. Ella sonrió y James pareció no poder moverse del lugar.
Podían decir que exageraba, pero estaba seguro de que esa era la sonrisa más hermosa que había visto en su vida. Acostumbrado como estaba a sonrisas falsas y ensayadas, esa sonrisa de natural alegría, o triunfo en ese caso, lo dejó completamente desarmado. Decidido, empezó a acercarse; su búsqueda había terminado.
Jade contuvo a duras penas el impulso de abrazar al amable herrero y agradecer por su buena disposición.
Ahora que su situación estaba en estado crítico, eran pocas las personas que se atrevían a prestarle un favor sin solicitar nada a cambio, y ella no los culpaba. El pan de cada día de la gente del pueblo era el trabajo, y nadie podía darse el lujo de brindarlo sin ninguna retribución, aunque fuera la hija de un barón quién lo pidiera; sin embargo, Jade en ese momento no se encontraba en posición de pagar a nadie, ni siquiera al herrero por unas simples herraduras que necesitaban los caballos.
Durante los últimos meses, su situación parecía ir de mal en peor, y su padre, castigado con la mala suerte, no daba un paso hacia delante. Era cierto que desde hacía más o menos cinco años su situación empezó a decaer, hasta el punto de que solo pudo tener una temporada decente en Londres, pero ahora estaba en ese momento en que la cosa era insalvable. Por más que se buscaba, no había forma de que los acreedores de su padre en Londres no vinieran a exigirle su pago y, como no lo tendrían, se lo llevarían a Marshalsea, y su madre y ella quedarían desamparadas.
Su padre no era un mal hombre, ni tampoco un mal padre, pero el pobre no tenía, en lo más mínimo, don para los negocios y siempre quiso vivir mejor de lo que la finca del baronado lo permitía. Los aristócratas, que solían tenerle aversión al trabajo, se conformaban con lo que las propiedades ligada a los títulos dieran; no obstante, su padre quería más y ahí fue donde iniciaron sus desgracias.
Cuando su hermana fallecida, Susan, fue presentada, hace ya cinco años, en sociedad, su padre, ansioso por que su hija predilecta no tuviera nada que envidiarles a las demás damas, había decidido recurrir a las inversiones para conseguir más capital, sin embargo, el resultado había sido contrario a lo imaginado. La inversión resultó pérdida y su padre entonces decidió seguir probando suerte para recuperar el capital perdido, a pesar de que Susan, de corazón tan noble, le insistía en que no era necesario. Su hermana nunca había sido vanidosa ni necesitaba vestidos extravagantes y caros para ser feliz, además de que era todo lo hermosa que ella no era, también era buena y bondadosa, inspiraba tal aura de alegría que en su primera temporada consiguió comprometerse con el que era ahora el barón de Clifton. Por alguna de esas malas jugadas del destino, la tisis se la llevó poco antes de su matrimonio y trajo consigo más desgracias de las acumuladas.
Habiendo tenido que guardar luto por todo un año, su presentación en sociedad la tuvo a los diecinueve años y Jade en verdad se esforzó por conseguir un buen marido; nunca había creído en ideales amorosos y sabía que su familia dependía exclusivamente de ella. No obstante, su cara nunca podría haber rivalizado con la de su hermana, y los pretendientes jamás llegaron, sobre todo si se considera su mísera dote de mil libras. Fue un total y rotundo fracaso y después las cosas ibas demasiado mal para pagar otra temporada. De hecho, si había sobrevivido todos esos años, era en parte por la generosidad del antiguo prometido de su hermana, que por algún motivo se había visto en la obligación de ayudarlos durante todo ese tiempo, y lo seguiría haciendo si no fuera porque ella, creyendo que ya abusaban demasiado de la generosidad del barón, armó un ardid para que este creyera que todo estaba bien, y para que su padre pensara a su vez que no los podía seguir ayudando. Sabía que había sido un acto egoísta de su parte si se consideraba su situación, pero la verdad es que no se arrepentía; Anthony Price, Barón de Clifton, no tenía por qué pagar los platos rotos de su padre.
Suspirando, se giró y empezó el camino de vuelta a casa. Cualquiera que la viera podía dar por hecho de que la familia había caído lo más bajo que podía. Su ropa había pasado de moda hace siglos y ahora estaba desgastada; la hacía parecer más una doncella que una dama. En la casa no había más criados que los necesarios y habían vendido todo lo de valor que tenían. Estaban en la ruina total y no había nada que los pudiera sacar de ahí… Bien, Anthony los podía sacar de ahí, pero primero muerta antes que perder su orgullo y pedirle nuevamente ayuda al hombre. Sabía que la ayudaría de forma desinteresada pues, a pesar de todas las barbaries que se decían de él, era buena persona. Sin embargo, ya había hecho bastante y Jade no podía pedirle más. Lo mejor sería pensar la manera en que haría para mantener a su madre cuando su padre terminara en la cárcel.
Tan concentrada estaba en sus problemas que casi tropieza con el hombre rubio que se le interpuso en el camino. Frenando sus pies, Jade alzó la cabeza para murmurar una disculpa y casi se quedó estática de la sorpresa.
El hombre que tenía frente a sí debía ser el espécimen más apuesto que hubiera visto jamás. Tenía el típico cabello rubio de un inglés y los ojos del mismo color azul que todos, pero había algo que lo hacía ver diferente. Podía ser la apostura de sus rasgos, o lo fornido de su cuerpo, o tal vez esa sonrisa encantadora que le dirigió; no lo sabía, pero Jade se veía incapaz de moverse.
Él amplió su sonrisa como si supiera el efecto que provocaba y ella se vio obligada a reaccionar.
—Disculpe. Estaba distraída —le dijo e intentó pasar de largo, pero él le bloqueó el camino.
—No se preocupe, de hecho, venía buscándola a usted.
—¿A mí?
Jade miró al hombre con sospecha y se dio cuenta de que en realidad no lo había visto nunca. El hombre tenía toda la pinta de un aristócrata, pero eso era imposible pues las personas importantes que vivían cerca estaban en Londres disfrutando de la temporada.
—Sí, a usted. —Él volvió a sonreír y Jade dio instintivamente un paso hacia atrás—. Puede decirme su nombre.
—Yo… —Ella nunca había sido buena relacionándose, ni se diga hablando con gente extraña—. Soy la señorita Kingsley.
Era su impresión, ¿o parecía complacido cuando mencionó que era señorita? ¿Debería salir corriendo? Tal vez debió llevar a Harry consigo. «No seas exagerada, Jade», se reprendió. Estaban parados en la mitad del pueblo, él no podía hacerle nada, ¿cierto?
—Un gusto conocerla, señorita Kingsley. Yo soy… James, James Armit.
¿Armit? ¿Armit…? ¿Dónde había escuchado ese apellido?
—Un placer, señor Armit. —Jade intentó rodearle, pero él volvió a bloquearla.
Sí, debió llevarse a Harry consigo, su fiel mascota hubiera conseguido espantar al desconocido, así como posiblemente hubiera espantado a medio pueblo.
—¿Tiene prisa? —preguntó—. ¿A dónde va? Quizás pueda acompañarla.
—No —respondió Jade de inmediato y dio un paso hacia atrás. ¿Por qué tenía la impresión de que estaba en problemas?
James frunció el ceño y miró a la joven que parecía querer salir corriendo. Esa no era la respuesta que solía recibir cuando se acercaba a una mujer. Con regularidad, solían corresponderle la sonrisa y coquetearle sin pudor… ¿Sería que los años lo habían vuelto demasiado arrogante?
—¿Por qué no? —preguntó acercándose un poco y Jade consideró la posibilidad de que estuviera tratando con un loco. ¿Sería?
—Porque no lo conozco —respondió como si fuera obvio—. Ahora… ¿me dejará en paz?
Él volvió a fruncir el ceño como si su reacción lo desconcertara. Tal vez sí estaba loco. ¡Oh, Dios!, y ahora ¿qué hacía?
—Bien precisamente por eso —respondió recuperando su buen humor—. Podemos conocernos mejor. Para eso me acerqué a usted.
Jade se quedó estática y miró a ambos lados como si buscara a alguien; a James le parecía que creía que no se refería a ella.
—¿Para conocerme a mí? —Su tono de incredulidad lo desconcertó.
—Sí… Me ha llamado usted la atención, y me pregunté si no querría… pasear un rato tal vez.
Jade se encontró pensando en el tiempo que tardaría la gente en acudir en su ayuda si gritaba. El hombre era un caballero, hablaba como un caballero y vestía como un caballero, pero no parecía estar en sus cinco sentidos. Ningún hombre se acercaba a ella para conocerla mejor, pues todos ahí la conocían, y los forasteros no solían prestarle atención, ya que no era el tipo de mujer que llamaba el interés para algo serio y, después de una mala experiencia hace años, lo tenía bastante claro, además de muchos motivos para desconfiar de la persona que tenía en frente.
—Quizás pueda acompañarla a donde vaya. ¿Regresa a su trabajo o va a su casa?
Jade, que había empezado a dar unos pasos hacia atrás, se detuvo en seco al oír la palabra «trabajo».
—¿Trabajo?
Él pareció confuso con su reacción, de hecho, parecía que hablaban dos lenguas distintas, o al menos no hablaban de lo mismo.
—Sí… ¿Dónde trabaja? ¿O solo ayuda en su casa?
Sí, definitivamente, no estaban hablando del mismo tema.
—Me temo, señor, que está confundido. Yo no trabajo en ningún lado…
—Espléndido. Así será todo más fácil.
—¿Más fácil?
Dios, debía parecer una retardada, pero es que en verdad no lograba seguir la conversación.
—Pues sí, será más sencillo vernos si no trabaja en ningún lado.
—¿Vernos? ¿Por qué habría de querer volver a verlo? —Era un hombre guapo y todo, pero no lo conocía.
Al ver su reacción desconcertada, James se percató de que había estado dando rodeos y no había hablado claramente con ella. Debió suponer que no todos podían leer entre líneas.
—Me disculpo, creo que no he sido del todo claro.
—No, no lo ha sido.
—Verá, he venido a pasar una temporada por acá y temo que estoy un poco aburrido. Me preguntaba si usted querría… ayudarme con eso. —Eso debía bastar para que entendiera, ¿no? Por su cara se dio cuenta de que no. Suspiró—. Le estoy proponiendo una aventura. Sé que no nos conocemos, pero le aseguro que no se arrepentirá —dijo y sonrió seductoramente.
Ella pudo haberse perdido en la belleza de esa sonrisa si su cerebro, no tan ingenuo como años atrás, no hubiera comprendido a qué se refería. ¿Una aventura? ¿Acaso ese hombre acababa de hacer una propuesta indecorosa? ¿Pero quién se creía? ¡Ella era una dama! ¿Así de rápido correrían los rumores sobre su situación que los caballeros ya la creían una mujer perdida? ¿Que se creían con el derecho de hacerle propuestas indecorosas? ¡Pues no! Puede que a sus veintitrés años no tuviera esperanza alguna de matrimonio, pero jamás se rebajaría a semejante situación.
—¡¿Cómo se atreve? —espetó ella sin poder contener el tono de incredulidad y ofensa—. Mi padre lo retaría a duelo por mucho menos. Quítese de en medio o empiezo a gritar.
James, desconcertado, no se movió y ella lo tomó como una muestra de terquedad.
—Quítese del medio si no quiere que mi padre se entere de la ofensa que me ha hecho.
—Yo… Lamento si la he ofendido, pero no creí…
—¿No creyó que fuera a rechazarlo? —culminó ella más enojada que ofendida ahora—. Sépase que soy una dama, a pesar de todo, señor. La hija del barón de Seaford jamás se rebajará a semejante posición y puede decírselo a quien sea que le haya hecho llegar el rumor.
James pudo haber comprendido a qué se refería con «rumor» si su cerebro no hubiera dejado de funcionar en el momento en que ella dijo que era hija de un barón. ¡Hija de un barón! ¿En qué lío se había metido?
—Dios, señorita Kingsley… Yo no sabía… —Pero ella no siguió escuchando, caminó y lo dejó en medio del pueblo atontado y con muchas miradas curiosas sobre él.
«La hija de un barón», se repitió James mientras regresaba a su casa. Le hizo propuestas indecorosas a la hija de un barón. Solo esperaba no recibir pronto a los padrinos del padre de la chica. ¿Cómo pudo haber cometido semejante error? La mujer podía vestir y parecer de clase inferior, pero su porte y su forma de hablar debieron haberle advertido que era una dama. «Puede que no hayas querido advertirlo», le reprochó su conciencia recordándole las ganas que tuvo… o, mejor dicho, que aún tenía de llevarla a la cama, aunque desconocía el porqué. Como dedujo, no era excepcionalmente hermosa, pero vaya que tenía algo que llamaba la atención, algo que, mejor sería no investigar si no quería terminar muerto. Podía ser un libertino, pero ante todo era un caballero y jamás deshonraría a una dama ni se atrevería a decirle ese tipo de cosas. Si hubiera sabido…
Negando con la cabeza, se dijo que ya no tenía caso. Lo hecho, hecho estaba. Solo podía rezar para que ella no dijera nada y no lo metiera en un problema.
Cuando llegó a la casa, rememoró la escena más calmado y admitía que causaba un poco de gracia. Debió de quedar como un completo imbécil, pero lo que le divertía era recordar la cara ofendida de ella. Había algo de adorable en la forma en que fruncía el ceño y en las chispas de rabia que brotaban de esos ojos que ahora, sabía, eran de un oscuro verde. No era hermosa, pero si bonita y James se encontró sin poder sacársela de la cabeza. Sabía que no podía volver a verla, pero no podía evitar recordarla. Se encontró deseando acariciar ese cabello negro que parecía tan suave, y besar con dulzura esos labios carmesí que sobresalían en su blanca piel… ¡Rayos! Debía olvidarla y lo haría. Mañana buscaría a otra que pudiera encargarse de lo que quería y el infortunado encuentro quedaría en el olvido. La señorita Kingsley quedaría en el olvido.
Capítulo 2
Jade nunca se había sentido tan indignada en su vida. En sus veintitrés años hubo muchas ocasiones en las que se sintió ofendida por algo, y algunas vaya que tenían peso, pero nunca como ahora, cuando fue confundida con una vulgar fulana. Sí, confundida, pues ahora entendía que el hombre, en realidad, desconocía que era una dama; y, aunque admitía que en parte era su culpa por su vestuario y apariencia, no podía dispensarlo por completo de responsabilidad.
Era cierto que tenía puesto el peor vestido de su armario, que no solo había pasado de moda hacía años, sino que estaba desgastado y remendado hasta más no poder. Sin embargo, tampoco iba a usar su mejor vestido para ir al pueblo. Además, en ningún momento había hecho o dicho algo que pudiera darle a entender al hombre que estaría encantada de tener una «aventura» con él, y que lo diera por supuesto la molestaba.
«Engreído», pensó mientras entraba a su casa, pero tampoco podía culparlo completamente por eso. El hombre era apuesto y, con seguridad, eran muchas las que estarían felices de prestarles sus favores. No se podía culpar porque diera por supuesto que ella también lo haría, pero tampoco podía perdonarlo por una cuestión de orgullo.
Dentro de su casa, observó con desagrado el interior.
A medida que su situación iba volviéndose más crítica, tuvieron que recurrir a vender todo lo de valor que encontraran, por lo que los cuadros y los muebles habían desaparecido. Había tenido que dejar de usar velas de cera de abeja que desprendían un agradable olor para utilizar otras más económicas y de menor calidad. Gran parte del personal había sido despedido y solo quedaban el mayordomo, la cocinera, el ama de llaves, una doncella y como dos lacayos. Los arrendatarios empezaron a irse por el descuido en que tenía su propiedad y así los ingresos siguieron menguando. Ahora, solo se sostenían con lo poco que daba los que aún trabajaban en el campo, pero no era suficiente para mantener una casa semejante. Afuera había que hacer un arreglo en la fachada y dentro, otros arreglos más. En resumen, el lugar apenas era habitable. Jade sabía que tenía que hacer algo pronto, pero no tenía ni la más mínima idea de qué era.
Caminó por el vestíbulo y subió un corto tramo de escaleras que daban a la segunda planta. Atravesó unos cuantos pasillos y se disponía a subir hacia sus habitaciones cuando unos sollozos provenientes del salón de té de su madre la alertaron de que algo malo ocurría.
Suspirando, Jade rezó una oración para que fuera algo que tuviera solución y se encaminó hacia el pequeño salón con pase a la terraza.
—Aléjate de mí, criatura espantosa. —Oyó que mascullaba su madre entre sollozos cuando entró.
Harry, sentado a los pies de su madre, no se dejó amedrentar por el insulto, pero apenas ser percató de su presencia, corrió cojeando un poco hasta que llegó a su lado.
El zorro rojo, que no debía medir más de un metro, alzó la cabeza en su dirección y Jade lo tomó en sus manos. Ese animal era su mascota desde hacía más o menos seis años y se había presentado como su apoyo incondicional en muchas ocasiones. Jade lo había encontrado herido en sus tierras y lo había tomado a su cuidado hasta que se recuperó, sin embargo, Harry había quedado con una ligera cojera debido a la herida que le propició algún desalmado cazador y no podría defenderse como antes en la intemperie, por lo que ella no se vio con las suficientes fuerzas para abandonarlo a su suerte. Así que, en contra de su madre y de su padre, se había quedado con el animal que, después de tomarle confianza, se había encariñado con ella y se habían vuelto inseparables. Dios sabía que después agradeció su decisión.
—Madre, ¿qué sucede?
Como respuesta, su madre soltó otro sollozo y Jade temió lo peor.
Con Harry en brazos, se sentó al lado de su madre en el sillón y esperó pacientemente a que esta hablara.
A pesar de pasar los cuarenta años, su madre aún conservaba la belleza de antaño, que la caracterizó en sus mejores tiempos, y que después había heredado su hermana Susan. Sus cabellos estaban casi completamente teñidos de blanco, pero aún se podían distinguir unos cuantos mechones rubios que habían propiciado más de una mirada. Los ojos verdes, como los de Jade, ahora cubiertos de lágrimas, todavía tenían ese brillo especial que llamaba la atención, y su rostro, a pesar de estar surcados por unas cuantas arrugas productos de la edad, todavía conservaba las facciones delicadas y despreocupadas de una dama a la que no le había tocado sufrir nada en la vida, al menos, no hasta ahora.
—Se lo van a llevar, Jade, se lo van a llevar. —Sollozó su madre intentando con desesperación detener el fluido de lágrimas con un pañuelo que estaba más que empapado.
Jade no necesitó que le explicara más, sabía muy bien a quién se refería. Se llevarían a su padre.
—Hoy-hoy vinieron los acreedores de Londres. Di-dijeron que, si no les pagaban en una semana, lo mandarían a la cárcel. —Otro sollozo—. Oh, Jade. ¡Diez mil libras! ¡Tu padre debe diez mil libras en total! ¿Cómo se supone que conseguiremos esa cantidad en una semana? ¡Es imposible!
Sí, exactamente, era imposible. Tal parecía que solo un milagro impediría que se llevaran a su padre a la cárcel, pero a Jade no le preocupaba tanto eso como la posibilidad de qué pasaría con ellas.
Que no se malentienda, ella quería y se preocupaba por su padre, pero también sabía que era un hombre fuerte, y podía soportar una estancia en Marshalsea, siempre y cuando consiguieran pagarle una plaza de nobles; sin embargo, el problema radicaba en cómo conseguiría el dinero para la plaza y para mantener a su madre y a ella en el proceso.
El barón de Seaford solo había podido engendrar descendencia femenina y no había nadie
