Prólogo
Amaya se despertó con un terrible dolor de cabeza. La noche anterior, durante la cena de Navidad organizada en casa de su amiga Laura, bebió más ron miel de la cuenta.
«¿Qué demonios tendrá esta bebida?».
Era la segunda vez que se lo preguntaba en los últimos cinco minutos. Justo el mismo tiempo que hacía que intentaba abrir los ojos sin padecer bajo la soleada luz que inundaba el salón.
—¿Y no se supone que en diciembre los días son fríos y oscuros?
—Agradéceselo al cambio climático.
Al recibir respuesta para una pregunta que creía haber hecho para ella misma, alzó los párpados de golpe y se maldijo por haber olvidado que no estaba sola. En el mismo instante en el que los rayos del sol golpeaban de lleno sus pupilas, recordó a Lucas, y una sucesión de imágenes acaecidas la noche anterior hicieron que deseara que se la tragara la tierra. O más bien el sofá en el que se había pasado descansando las últimas horas.
—¿Qué tal habéis dormido?
La misma voz seductora que se había dejado oír segundos antes activó el movimiento en el salón en el que se encontraba, pues un coro de respuestas llegó al unísono, acompañado del inconfundible sonido de pasos a su alrededor. Con los ojos cerrados de nuevo, Amaya escuchó a Lucas peligrosamente cerca.
—Seguro que un buen desayuno te sienta «de maravilla».
—Haz el favor de dejar a Amaya tranquila, donjuán, que anoche ya tuvo suficiente de ti.
Álex, el novio de Laura, acudió en su ayuda, librándola de mostrar ante los demás el rubor que acababa de teñir sus mejillas.
«Esto te pasa por querer convencer a todo el mundo de lo que no es. Si estás hecha unos zorros, ¿qué hacías anoche repitiendo al que quisiera oírte “estoy de maravilla, estoy de maravilla”».
Un bufido nada discreto escapó de sus labios.
—Arriba, May. Verás como las tostadas de Álex consiguen despejarte.
Amaya abrió los ojos y encontró a su amiga Laura tendiéndole la mano. Sin embargo, no correspondió a su gesto. En su lugar, le hizo señas para que se acercara a ella.
—Solo si me aseguras que anoche no hice el ridículo.
—Nada de lo que debas arrepentirte, si es a eso a lo que te refieres. Pero yo, en tu lugar, tiraría a la basura todas las botellas de ron miel que te queden en casa. Son del todo perjudiciales para ti.
—No tanto…
—Respuesta incorrecta. «Y tanto» es lo que deberías haber contestado.
La mirada tristona de Amaya demostraba que se estaba mortificando por dentro.
—Vamos a hacer una cosa, May: te levantas del sofá, te enfrentas al nuevo día asumiendo lo que pudieras haber hecho anoche y desayunas en condiciones para poner en orden tu cuerpo. Porque seguro que tienes una resaca de campeonato.
—¡Buen día a todos! Hace un tiempo espectacular, seguro que hoy nos ronda la buena suerte. —Sandra acababa de acercarse a ellas y se arrodillaba al lado de Laura mientras cogía las manos de Amaya entre las suyas—. Uy, qué cara tienes, corazón. Si lo sé, te despierto y te llevo conmigo a meditar. A mí me ha devuelto la vida.
—¿A meditar? —Laura no salía de su asombro—. ¿Cuándo te has ido?
—Pues, esta vez, más tarde de lo habitual. A las ocho ya no podía dormir más, así que he cogido tus llaves y me he ido al parque que hay más abajo. Espero que no te haya importado.
—¡Si nos acostamos a las cinco! —Amaya no conseguía entender a la amiga de Laura. Apenas había coincidido con ella en unas pocas ocasiones, pero cada vez la sorprendía con sus comentarios y su forma tan particular de enfrentarse al mundo—. No comprendo cómo puedes tener tanta energía.
—Lo que yo no entiendo es que desperdiciéis horas de vuestra vida durmiendo. Venga, vamos. Hoy no paso consulta, que estoy de vacaciones, pero como los amigos de mis amigos son mis amigos, podemos dar un paseo y charlar un rato. Intuyo en ti una fuerza muy negativa que no te deja avanzar. Si quieres puedo enseñarte a soltar lastre.
—Sandra, ¿qué tal si desayunamos primero y dejamos esas sesiones para luego?
Sin esperar respuesta, Laura tiró de la mano de Amaya y la ayudó a levantarse, no sin cierta dificultad, pues esta se mostraba reacia a mezclarse con el grupo de chicos, que ya se había congregado alrededor de la isla de la cocina, abierta al salón, y que daba cuenta de un buen desayuno.
Sin poder evitarlo, los ojos de Amaya se posaron sobre el más rubio de todos que, además, era el objeto de su azoramiento. Como si Lucas lo presintiera, levantó la cabeza de su plato, clavó la mirada en ella y le sonrió.
—¿Qué tal te encuentras?
—De maravilla…
A los labios del chico acudió una sonrisa y las piernas de Amaya amenazaron con dejar de sostenerla.
«¡Podrías dejar de decir eso!», se amonestó en silencio mientras pasaba de las manos de Laura a las de Lucas, casi como una niña pequeña, sin ser muy consciente de lo que estaba ocurriendo.
—Me alegra oír eso. Y como yo ya he terminado de desayunar y, además, me tengo que marchar, te cedo mi asiento.
—¿Solo vas a comer eso? —Raúl, otro de los chicos que se había quedado a pasar la noche en casa de Laura y Álex, lo miró con cara de asombro—. Tío, no me extraña que estés tan delgado.
—Prefiero hacer varias comidas al día que inflarme en solo tres. ¡Y no estoy delgado!
Daren y Marc, los otros dos amigos que conformaban el grupo de hombres, intervinieron al mismo tiempo en la conversación.
—¿Ya te vas?
—¿Cuándo te dejarás caer de nuevo por Madrid?
—No lo sé… En un par de meses o así; este viaje me va a llevar más tiempo del que pensaba.
Amaya asistía al intercambio de frases como si la escena estuviera ocurriendo en la televisión y ella solo fuera una espectadora. La noche anterior había conocido a un hombre fantástico y, unas cuantas horas después, desaparecía de su vida. Debía haberlo supuesto. Lucas era el amigo más viajero de Álex y, de hecho, hasta un rato antes de que comenzase la cena de Navidad que cada año él y sus amigos organizaban, no tenían muy claro que fuese a aparecer. Cuando descubrieron que los golpes en la puerta anunciaban su llegada, los chicos lo celebraron con alegría, pero su frase «No perdamos el tiempo, que mañana me voy antes de comer» cayó como un jarro de agua fría. Y, para Amaya, esa sentencia comenzó a revolotear en su cerebro desde el mismo segundo en el que descubrió que congeniaba con él.
Escapó de sus pensamientos en el instante en el que todo el mundo empezó a despedirse de Lucas. Agachó la cabeza y se centró en la tostada que, sin saber cómo, había aparecido en su plato, tratando de pasar desapercibida. No era que no quisiera hablar con él, más bien se trataba de que no tenía idea de cómo actuar y, tal y como le ocurría en ese tipo de situaciones, rogaba por mimetizarse con el mobiliario y que nadie recayera en que estaba en la habitación. No tuvo tanta suerte. Lucas, tras haber dicho adiós a todo el mundo, se acercó a ella, mostrando su mejor sonrisa de niño bueno, y le soltó:
—Ha sido un verdadero placer haberte conocido.
Por inercia, ella se levantó de la silla, momento que Lucas aprovechó para darle un cálido abrazo. Como no sabía qué hacer con las manos, las pasó alrededor de la cintura del rubio, queriendo corresponder así a su gesto. Le hubiera gustado decir algo como «lo mismo digo» o «el placer ha sido mío», pero no le salían las palabras. Lucas, sin embargo, siguió hablando, como si no fuera consciente de su estado de ánimo.
—Espero que pronto coincidamos de nuevo. —Y agregó, en un tono más bajo, quizá solo para sus oídos—: Y ojalá entonces te encuentre realmente «de maravilla».
Estrechó un poco más el abrazo y depositó un beso en su mejilla derecha. Y así, sin mirar atrás, abandonó la casa de Álex, dejando a una Amaya confundida que no recordaba haberse sentido de ese modo en mucho tiempo.
Capítulo 1
Por fin estaba de vuelta. Al final, a pesar de que le habían prometido que su último proyecto les llevaría solo dos meses, las cosas se complicaron y su viaje se demoró treinta días más. No era que no le gustara su trabajo. De hecho, lo adoraba. Le había tocado pelear mucho con los suyos, pues en su familia padres, tíos, primos y hasta algún abuelo se dedicaban al mundo de la publicidad en cualquiera de sus vertientes. Y él había salido rana. O eso era lo que le repetían una y otra vez en las ocasiones, cada vez menos, en las que todo el clan se reunía. ¿Por qué? Pues porque, contra viento y marea, se opuso a los deseos de todos y decidió estudiar Arquitectura.
A punto estuvo de irse de casa tras una de las discusiones más fuertes que tuvo con sus padres, no porque se negaran a que eligiera algo diferente, que también, sino por el tipo de frases que había tenido que escuchar. Le llamaron, entre otras lindezas, pusilánime por elegir una profesión en la que, según ellos, solo tenía que hacer un par de dibujitos y cobrar. No como la publicidad, que requería entrar en la mente del comprador y buscar en sus entresijos hasta encontrar la forma de acceder a su lado más consumista. «Sí, muy heroico», había contestado él. Y a partir de ese momento, las palabras hirientes se sucedieron una tras otra hasta que su paciencia se vio colmada y se marchó a su habitación. Por suerte, fue aceptado en la Universidad Politécnica de Cataluña y pudo abandonar Madrid e instalarse lejos de su familia. Durante los dos primeros años, la relación con ellos se mantuvo como dormida, consiguiendo así que las aguas volvieran a su cauce, no así la confianza. En la actualidad, se juntaban solo en las ocasiones especiales y, el resto del año, hablaban por teléfono lo justo y necesario para saber que todo seguía igual.
Acomodado en la butaca del avión que lo llevaba de vuelta a España, Lucas meneó la cabeza sabiendo que aquel asunto nunca mejoraría. Y no lo lamentaba en absoluto. Su familia no era dada a las muestras de efusividad, ni tampoco consideraba las relaciones personales como algo más que un vehículo para asegurar la continuidad del imperio que habían construido en torno al mundo publicitario. Buscó el afecto que necesitaba en sus compañeros de escuela y así fue como Daren, Raúl, Álex y Marc pasaron a convertirse en su verdadera familia.
Y ahora estaban a punto de juntarse de nuevo. Al parecer, Álex tenía algo importante que contarles y había esperado a que él volviera para decírselo a todos al mismo tiempo. Intuía de qué podía tratarse. Su amigo nunca había sido muy dado a las parejas. Decía que había muchas cosas interesantes que hacer en este mundo como para perder el tiempo con la persona equivocada. Que solo cambiaría su modo de vida cuando sintiera que había llegado el momento. Y que le hubiera pedido permiso para instalar una puerta en el baño de su apartamento porque Laura la necesitaba, había sido señal suficiente para saber que había caído.
Sonrió ante el recuerdo de cómo surgió aquella conversación:
—Lucas, ya sé que es tu casa y todo eso, pero Laura no parece apreciar el concepto de baño abierto que has creado. Le gustaría saber si podríamos poner una puerta.
A él le había hecho muchísima gracia. A decir verdad, cuando el cliente que contrató sus servicios para transformar lo que antiguamente había sido una fábrica en un moderno loft le había solicitado que el baño no tuviera puerta, le resultó extraño. Sin embargo, como quien paga manda, no se molestó en hacerle cambiar de idea. La sorpresa vino más tarde, cuando, en la fecha de entrega convenida, le dijo que no podía liquidar la cantidad que habían acordado. Después de muchas conversaciones, accedió a quedarse con la vivienda, y decidió que, en principio, no se desharía de ella de forma permanente, pues le gustaba el resultado de su proyecto. No la habitaría, eso sí, puesto que él vivía la mayor parte del tiempo fuera de España y, en los cortos períodos que pasaba en el país, nunca mayores de un mes, se alojaba en un dúplex en el centro de la capital, que disponía de una terraza maravillosa desde la que disfrutar de las fantásticas vistas de los jardines de Sabatini. Había sido una auténtica excentricidad comprarlo, lo sabía, sobre todo, habida cuenta del poco tiempo que pasaba en él, y cuando le surgió la oportunidad de hacerlo, reconoció que ese chollo no volvería a presentársele nunca. Estaba derruido casi por completo y lo convirtió en su proyecto personal.
Por eso, cuando se enteró de que Álex andaba buscando un piso de alquiler en Madrid, le pareció una gran idea que él ocupase el loft del baño sin puerta. Su amigo necesitaba un sitio donde quedarse, y él, alguien que lo habitara. Sin embargo, cuando Laura se fue a vivir con él, se empeñó en que les cobrara un alquiler. A él no le hacía falta y estaba más que contento de que fuera su amigo quien estuviera en él, aunque entendía que ella no se sintiera cómoda en esa situación. Así que accedió a cobrarles una cuota mensual y a poner una puerta en el baño.
Al pensar en Álex y su novia, rememoró, sin querer, la última vez que los había visto: la cena de Navidad. Y recordó, también sin querer, a Amaya.
—La chica de los ojos tristes…
Las palabras, apenas abandonaron sus labios en un vago susurro, le provocaron una ola de ternura.
Durante los primeros días de su viaje, trató de averiguar cuántas veces de todas las que Amaya había dicho estar de maravilla habían sido ciertas. No había mucho más que le hubiera atraído de ella cuando se la presentaron: castaña, con el pelo cortado a medio camino entre la barbilla y los hombros, ojos marrones, de estatura media y sorprendentemente callada.
Recordó aquel momento.
—Lucas, estas son Amaya y Sandra, las amigas de Laura.
Así fue como Álex le presentó a las chicas. Tras los besos de rigor, se dio cuenta de que no había más mujeres en la casa y, como Daren y Raúl se enfrascaron en charlas de trabajo y Marc participaba en una conversación con Laura a la que Álex se había unido, decidió comportarse como un perfecto caballero y ayudarlas a integrarse en su grupo de amigos. A los pocos segundos descubrió que la única que necesitaba un empujoncito era Amaya, pues Sandra se bastaba y se sobraba para conversar. No era que no le hubiera caído bien, pero estaba agotado del viaje y necesitaba algo más tranquilo y, a pesar de que los ojos de Amaya recorrían la estancia como buscando un lugar por el que desaparecer, se centró en esta última.
Así fue como acabó sentado en el sofá, hablando solo con ella.
—Bueno… ¿Y qué tal se presenta la fiesta?
—De maravilla. —Sin embargo, su mirada decía lo contrario.
—¡Me alegra oír eso! —Lucas fingió no darse cuenta del poco entusiasmo que la chica demostraba con sus palabras—. ¿Me he perdido algo divertido?
—¡No! ¡Qué va! Si no hemos hecho nada del otro mundo. —Al momento, Amaya se percató de que sus comentarios estaban siendo contradictorios—. Quiero decir que, aunque no hemos hecho más que charlar y eso, el ambiente es muy… animado. Estamos todos muy… contentos y… sí, la música es… una maravilla, la casa es una maravilla también y tus amigos son… una maravilla. —Terminó su discurso con una sonrisa triunfal, como si hubiera conseguido salir airosa de una complicada pregunta.
Al oírlo, Lucas no pudo evitar reír.
—Vaya, entonces sí, nos espera una noche… de maravilla.
Supo, sin lugar a duda, que Amaya se estaba arrepintiendo de no haber pensado más sus frases.
—Ay, Dios —dijo, al tiempo que se tapaba la cara con las manos—. Estoy haciendo el ridículo, ¿verdad? Es que no se me da muy bien hablar con desconocidos.
—Eso podemos solucionarlo. —Lucas deseaba a toda costa que ella se relajara y se prometió, en ese momento, que lo conseguiría—. Es sencillo, te contaré algunas cosas de mí y tú podrás hacer lo mismo. Así, pasado un ratito, sabremos algo más el uno del otro y no pareceremos tan desconocidos.
Amaya no dijo nada, tampoco rechazó su oferta. Lucas, al ver que ella se llevaba una copa a los labios, preguntó:
—¿Qué tomas?
—Ron miel. No me gusta mucho el alcohol, pero esto es muy dulce y sabe… —Iba a decir «de maravilla». Se mordió el labio en el último momento, y añadió todo lo deprisa que pudo para que él no lo notase—: muy bien.
Por supuesto, a pesar de que a Lucas no le cupo ninguna duda de que ella había cambiado de palabra para definir su bebida, optó por obviar el hecho.
—¿Te importa que yo también lo beba?
—¡No, no! Claro que no. De todos los que estamos aquí, Laura es la única que comparte mi gusto en esto, aunque desde que se nos fue de las manos la última vez y tuvimos que arreglar la que liamos, se ha pasado al ron solo. Sin miel, quiero decir. No es que beba ron sin hielo, a palo seco, qué va…
—Sí, sí, te entiendo, tranquila.
Lucas cayó en la cuenta de que esa noche se reiría muchísimo y, dispuesto a demostrar a Amaya que podía confiar en él, la obsequió con su mejor sonrisa de niño bueno y se preparó para pasar un buen rato.
***
Despertó cuando la voz de la azafata le pidió que enderezara el asiento y se abrochara el cinturón porque iban a aterrizar. En algún punto, mientras hacía un repaso de cómo conoció a la chica de ojos tristes, se había quedado dormido. Le sorprendió darse cuenta de que recordaba con detalle su mirada, a pesar de haberla olvidado pocos días después de comenzar su trabajo en Praga. Era cierto que le había comentado el placer que había supuesto para él conocerla y, en ese momento, no había mentido. La noche había resultado divertida, una vez que ella se relajó y la conversación empezó a surgir de manera más natural. Excepto cuando le preguntó, en un par de ocasiones, si estaba bien. Las dos veces ella contestó con su habitual «de maravilla», pero a él no logró engañarlo. Intuía que algo andaba mal en su vida. Sin embargo, tuvo que admitir que, aunque le estuviera matando la curiosidad, no podía pedirle que le contara el motivo, pues no habían alcanzado ese grado de confianza. Se preguntó, mientras abandonaba el avión, si al día siguiente por la noche Amaya estaría en la cena que Laura y Álex habían organizado. ¿Habría conseguido escapar de ese halo de melancolía que la rodeaba o seguiría siendo la chica de ojos tristes? Pronto lo descubriría…
***
—Bueno, May, ¿cómo lo hacemos? ¿Quedamos a medio camino o nos vemos directamente en el bar?
Acababan de salir de la universidad donde Amaya y Laura trabajaban. Dirigían un grupo de investigación educativa, que había puesto en práctica, desde el inicio de ese curso en un instituto de una barriada de Madrid, un proyecto encaminado a conseguir mayor motivación de los alumnos y mayor grado de implicación por parte de las familias. Por el momento, todo marchaba bien y, tras la reunión que acababan de mantener, el último trimestre del año escolar
