PRÓLOGO
Londres, Inglaterra, 1816.
La noche cayó sobre Londres, y la figura resguardada a bordo de un carruaje de alquiler observaba a los ocasionales transeúntes caminar a paso rápido hacia sus hogares. Afortunadamente la primavera estaba en su esplendor, y el crudo clima del invierno había quedado atrás. Cuando el cochero comenzó a mermar la velocidad, se preparó para descender, sintiendo la sensación de anticipación erizarle la piel. Una vez que estuvo frente a su destino se detuvo a observar el lugar, apartándose del camino del incesante flujo de personas que pasaban por su lado para ingresar.
El Halcón no era un club corriente, era una enorme mansión estilo gótico. La clientela era extremadamente exclusiva y restrictiva; solo se admitían caballeros de élite, y estos debían ser miembros del club. Pero en aquella ocasión habían abierto el acceso a cualquier persona que contara con una invitación de las trescientas que se habían enviado a miembros, caballeros solteros y a mujeres viudas, casadas o de dudosa reputación.
La consigna era «noche de romance», y se debía acudir con máscara para resguardar la identidad y atenerse a las tres reglas que el amo y señor de aquel lugar había erigido para todos los miembros y visitantes: no quitarse las máscaras ni develar la identidad, no mencionar nada concerniente del club a terceros, estar abierto a experimentar el placer, siempre dentro del club.
Blair White tomó aire, exhaló lentamente y, armándose de valor, inició la subida por las escalinatas principales, ajustando su chal y sosteniendo con fuerza la invitación lacrada en papel dorado y rojo.
En la puerta había un hombre realmente enorme, con aspecto de procedencia extranjera, probablemente irlandés, y era quien se ocupaba de recibir las invitaciones y autorizar el acceso a la mansión. Mientras examinaba la suya, Blair se esforzó en aparentar serenidad bajo el intenso escrutinio al que el tipo la sometió. Cuando se hizo a un lado y le dio la bienvenida, ella se limitó a dedicarle un asentimiento regio con la cabeza, y traspasó el umbral.
Otras personas también recorrían el elegante vestíbulo con dirección al salón, desde donde el sonido de la música indicaba que la velada había iniciado hacía rato. Blair observó a su alrededor con atención, a pesar de que aquella era la segunda ocasión en la que asistía. Aunque la primera vez no contaba, pues se había presentado acompañando a la reciente esposa de su hermano mayor, y que como, por supuesto, no contaban con membresía por tratarse de dos mujeres y de familia decente, se habían visto obligadas a colarse utilizando las misteriosas y estimables dotes de allanadora de moradas de su cuñada. Lady Violet podía ser en extremo impulsiva, pero no lo suficiente como para permitir que una dama soltera paseara por aquel lugar, por lo que a pesar de permitirle acompañarla, no la autorizó a salir del cuarto de la planta baja por el que habían entrado. Y ella había acatado sus órdenes, perdiéndose la oportunidad de conocer aquel exótico lugar.
Por eso estaba allí, esta vez por su cuenta, y decidida a poner en marcha el plan que había trazado cuidadosamente durante varias semanas.
Blair tenía intención de vivir su vida a plenitud, sin importar la sobreprotección a la que la sometía su querido hermano Ethan, puesto no tenía tiempo que perder. Había sido presentada en sociedad tardíamente debido a diversas razones, como su incapacidad física, y estaba a punto de cumplir veinticuatro años, sin expectativas de experimentar lo que tenía en su matrimonio su hermano y las personas de su círculo íntimo: amor. Amor verdadero, pasión, anhelo, deseo, había decidió buscarlo ella misma, y habiendo comprobado que no lo conseguiría en ninguno de los interminables eventos sociales a los que había acudido en las dos temporadas en la que participó, tomó el riesgo de probar algo diferente, algo nuevo y peligroso.
Sabía que debería estar nerviosa y atemorizada, no por nada había permanecido los mejores años de su juventud al cuidado de su madre enferma, mas solo contaba con expectación e intriga, hasta emoción se atrevería a pensar.
Las puertas del salón estaban cerradas y flanqueadas por dos lacayos enmascarados, ataviados con libreas color burdeo, comprobaban que todos los dispuestos a ingresar tuvieran sus antifaces colocados debidamente. Y entonces abrieron las puertas de roble con bordes de oro para ella.
Blair cruzó el dintel y se detuvo unos segundos a examinar la concurrencia. Ciertamente no era lo que había imaginado, pues a menudo hurtaba libros extraños que su hermano tenía en una sección privada de la biblioteca creyendo que ella no había descubierto, en los que se podía ver en sus ilustraciones cosas decadentes, como imágenes de bacanales romanos, orgías y personas desnudas y enredadas en extrañas poses. Había esperado algo similar, pensando que aunque no encontraría probablemente alguien de quien enamorarse en semejante situación, sí podría al menos vivir en carne propia lo que era sentir deseo, atracción, una conexión especial con un hombre atrayente, diferente. Alguien que no supiera de su incapacidad física ni la mirara con lástima, conmiseración o desprecio, que la encontrara deseable. Creyó que podría conformarse con ello, consolarse en los años que, sabía, solo le depararían soledad y rutina.
Sería tan solo una vez, aquella única vez, en la que la insulsa y dulce lady Blair White se dejaría llevar por sus instintos y deseos prohibidos. Sería el día que cada año recordaría como su noche de pasión y romance. Y sabía que acariciaría ese recuerdo por siempre.
Mientras recorría el lateral del salón de tenue iluminación, esquivando parejas en diferentes grados de coqueteo, observaba a los bailarines desplazarse por la pista ejecutando movimientos mucho más íntimos a los que podría esperarse en una pista de un baile tradicional, pues los cuerpos se movían rozándose, tocándose indebidamente, algunos besándose incluso, y la música no era en nada parecida a la que acostumbraba oír, sino sonidos de flautas y tambores que hacían evocar algún lugar lejano y exótico. También parecía que las normas de etiqueta no aplicaban, la mayoría de los caballeros no vestían correctamente, algunos llevaban camisas y chalecos, sin pañuelos, o sus levitas sin pañuelo; y las mujeres, por supuesto, lucían descarados y llamativos atuendos que dejaban ver mucho más escote y tobillos de lo considerado decente.
Un lacayo le ofreció una copa de las que llevaba en una bandeja de plata, y ella aceptó acercándola a su nariz, intentando descifrar el contenido. No era champagne, ni clarete, ni sidra. Y definitivamente nunca había bebido algo así, tenía un sabor dulce y suave que invitaba a beber más, y así lo hizo, vació el contenido en su garganta. Cuando acabó sintió el licor dejar un rastro cálido en su interior, hormigueando en sus venas hasta hacerla marearse levemente.
Después de unos segundos en los que se había acercado a una columna, apoyándose para recuperar el equilibrio antes de continuar su búsqueda, percibió una presencia a su espalda, y lentamente giró la cabeza.
Había un hombre, un caballero, de cabello castaño oscuro peinado hacia atrás, vestido de negro, con un antifaz blanco pequeño tapando solo los ojos y parte de su nariz algo aguileña.
La observaba fijamente, y Blair se sintió desnuda cuando él la sometió a un descarado escrutinio que recorrió su cuerpo embutido en un vestido color esmeralda ajustado como un guante que hacía juego con sus ojos, y se recreó sin disimulo en las pronunciadas curvas de sus caderas y en la piel del escote cuadrado que dejaba poco a la imaginación. Cuando finalmente clavó la vista en sus ojos, el aliento se cortó en sus pulmones, pues él tenía las pupilas grises oscurecidas y la miraba con un ardor desconcertante.
Pero fue en el momento en el que el caballero dio un paso para apartarse de la pared en la que había estado apoyado con indolencia, la luz de las velas alumbrando brevemente sus rasgos afilados, que su corazón se detuvo y la cabeza le dio vueltas, pues quien se acercó sin mediar palabra y hasta pegar sus rostros dejando caer su aliento cálido en su boca temblorosa, haciéndola respirar agitada y estremecerse entre los brazos que se habían cerrado en su cintura con ímpetu, antes de tomar sin previo aviso su boca en un beso hambriento y demoledor, era el último hombre a quien hubiese esperado encontrar allí.
Era Anthony West, el conde de Cavandish... su prometido.
Capítulo 1
El romance, el inocente flirteo, es dedicado siempre
a una dama a quien se pretende impresionar.
La seducción, el peligroso coqueteo, es reservado siempre
a una mujer a quien se desea conquistar.
Yo prefiero tener un poco de ambos;
Romance para sentirme apreciada,
y seducción para sentirme extasiada.
Texto extraído del libro Dama de día, cortesana de noche.
Octubre de 1815, Londres, Inglaterra.
Blair White contempló su imagen en el espejo y soltó un resoplido.
Su doncella se había aplicado en el alto recogido que le había hecho, y a pesar de estar estrenando guardarropa, no había conseguido verse como deseaba, ya que el vestido de seda color durazno que lucía la hacía parecer pálida y poco estilizada.
Ni siquiera sabía por qué se esmeraba en mejorar su apariencia, si al terminar la noche regresaría a su habitación sintiendo un sabor amargo en la boca, el sabor del fracaso y el rechazo.
Desde que había tomado la decisión de dejar Riverdan Manor, la propiedad de campo de la familia, y regresar a Londres para aventurarse a salir del círculo cercano que componían sus antiguos vecinos y amistades de toda la vida y atreverse a incursionar en la sociedad de verdad, solo había obtenido sinsabores.
De todos modos no se había sorprendido, pues justo porque sabía que estaría expuesta al rechazo era por lo que se había mantenido fuera de la masa aristocrática todos aquellos años. No obstante, con veinticuatro años y habiendo quedado libre de la constante amenaza que significaba saber vivo al hombre que tanto daño le había hecho, decidió que ya era tiempo de tomar las riendas de su vida y salir de su autoimpuesto encierro.
Su padre había muerto, no había pagado por todo el mal que había causado a su esposa y a sus hijos, pero al menos su muerte había sido deshonrosa y su reputación, que tan celosamente había cuidado, destruida.
Blair sabía que era una locura pretender aventurarse en la sociedad y tener un debut social a esa altura, siendo prácticamente una solterona y con pocos atributos para compensar, pero aún así estaba empecinada en lograr su objetivo, el cual no era otro que encontrar un caballero que estuviese dispuesto a casarse con ella, y juntos formar su propio hogar.
Su hermano, Ethan, quien se había convertido en el nuevo duque de Riverdan, estaba dispuesto a cuidarla y protegerla por siempre. Le había dado un lugar de importancia en la familia debido a que su madre, por su salud, no estaba en condiciones de ser quien llevara la casa, y aunque Blair agradecía su cariño y todo el apoyo proporcionado, era consciente de que no podría seguir bajo el ala de Ethan, él se casaría por más repetir que no pensaba hacerlo. Lo intuía. Su hermano no tardaría en caer en las redes de alguna bonita joven, y entonces su duquesa sería la que tomaría las riendas de su casa, tal y como debería ser, y ella se convertiría en una carga.
Blair no quería sumarle más peso a su hermano, él tenía suficiente con lady Rachel, su madre, quien aquejada por fuertes episodios de tristeza y melancolía que habían terminado deteriorando su salud, apenas salía de sus aposentos.
Con esto en mente, Blair continuaba asistiendo a las veladas a las que era invitada, conservando la ilusión de que en alguno de aquellos acontecimientos se cruzaría con algún hombre que fuese capaz de ver más allá de su exterior anodino y del defecto físico que le era imposible de ocultar.
Su cojera era mucho más que un fallo estético, era un impedimento para llevar una vida normal, un recordatorio constante de su pasado, y una pesada cadena que le impedía ser libre y correr en libertad en muchos aspectos de la vida. Ser tullida no solo era una mancha oscura en sus días, la determinaba y definía para los demás como algo débil, menoscabado y digno de lástima. Algo atrofiado que muchas veces era visto con repudio.
Otra persona en su lugar se habría limitado a quedarse en el hogar, agradeciendo las amistades que por conocerla de la tierna infancia no la hacían a un lado; sin embargo, ella quería más, y aunque estuviese limitada físicamente, en su mente no tenía restricciones. En su corazón solo había exceso de motivación, sueños y ansias de vivir, de volar muy lejos.
Aquella noche inició siendo diferente, pues para empezar su hermano no estaba a su lado intentando distraerla con algún comentario sin sentido que evitara que ella se percatara de las miradas indiscretas que la gente le dedicaba a su pierna a medida que avanzaba por el elegante salón de la condesa de Harrinson.
Aferrando su bastón, Blair dejó atrás a la carabina que Ethan había contratado para aquella noche, ya que según su nota lo habían retrasado asuntos ineludibles, y se dirigió a la zona de bebidas dispuesta a beber lo que hubiesen dispuesto, pues tenía la boca seca debido al nerviosismo.
Sería la primera vez que realmente probaría su independencia, pues el duque, a pesar de respetar su decisión de incursionar en el mercado matrimonial, no dejaba de intentar disuadirla y la protegía demasiado.
Después de beber el ponche, que sabía muy dulce, se dedicó a observar a la concurrencia que no era multitudinaria, puesto que era sabido que aquel baile era exclusivo y las invitaciones limitadas a lo más distinguido de la crème aristocrática. Blair había sido invitada por ser hija de un duque y hermana de otro, estaba segura de ello. De todos modos, era de agradecer que lady Harrison fuese tan selectiva, pues de aquel modo podría tener más oportunidades de interactuar con algún caballero, ya que en los grandes bailes solía pasar desapercibida entre tantas jóvenes en edad casadera, y siempre terminaba relegada al rincón de las floreros y rechazadas. Algo que precisamente no le disgustaba, puesto que así, además de conocer a encantadoras personas, había podido observar sin parecer indiscreta todo cuanto acontecía y sumar datos para los escritos que entregaba asiduamente a la gaceta.
Escribir era lo único que la había mantenido cuerda todos aquellos años, pero estaba hastiada de redactar ideas contando experiencias de los demás, o de cómo creía ella que era sentir el amor y la aventura, y por eso estaba allí dispuesta a vivir en carne propia todo cuanto como escritora imaginaba.
Por eso, para lo que era su idea al venir a la gran ciudad, seguir arrinconada en cada velada no era efectivo, sino todo lo contrario.
Apenas había depositado la copa vacía en la mesa a su espalda, cuando la música que estaba siendo tocada por una banda apostada en un extremo del salón comenzó a bajar de intensidad y la anfitriona, subida a la tarima, llamaba la atención de todos haciendo sonar una campanilla.
Blair inspiró hondo sintiendo una repentina emoción bullir en su estómago, alguna clase de presentimiento que la acuciaba e insistía en hacerla sentir que estaba por vivir lo que había estado esperando. Que aquella sería la noche especial, la trascendental, el momento donde el rumbo de su vida tomaría un nuevo destino.
En ese momento la banda musical dejó de tocar y se oyó el sonido de una copa tintineando. Todos los asistentes interrumpieron sus conversaciones y giraron para observar a su anfitriona aguardando con una sonrisa que se hiciera silencio en el lugar.
—Su atención, por favor... —Empezó a decir la regordeta y morena mujer, vestida con un elegante atuendo color borgoña—. Damas y caballeros, bienvenidos. Como es de conocimiento de todos me gusta obsequiar a mis invitados con excepcionales entretenimientos en mis veladas. En esta ocasión, he pergeñado una búsqueda del tesoro —anunció lady Harrison, provocando algunos murmullos en el público—. ¡Mas no será una versión tradicional de este juego! Puesto que he asignado al azar una pareja a cada uno, con la que formarán equipo y con quien deberán encontrar el tesoro escondido.
»Por favor, las damas sean tan amables de mirar su carnet de baile, y los caballeros el sello que en sus muñecas grabaron al ingresar. La pareja asignada posee el mismo símbolo, les daré unos minutos para que cada caballero identifique a su compañera —continuó con tono dramático la dama, y todos los presentes comenzaron emocionados a revisar sus respectivos dibujos.
Blair examinó su carnet, y obviando que tenía, como de costumbre, todos los espacios en donde debían estar los nombres de los caballeros en blanco, se concentró en el pequeño grabado que decoraba la parte superior derecha del papel.
Era un sol, radiante, pero al mismo tiempo débil pues, en los extremos, las puntas estaban trazadas con menos fuerza, como si no estuviese brillando del todo, sino opacado por una extraña sombra.
Sin dudas era un sol de media tarde, ese que comenzaba a menguar para darle paso a la luna, una perfecta ambigüedad entre el día y la noche, y tal vez una perfecta representación de como ella se sentía; dividida entre lo que aparentaba o se esperaba de ella y lo que bullía en su interior, lo que pugnaba por salir y dar un grito de libertad, escapar de lo dictaminado, lo predicho.
—Creo que es usted mi compañera, milady —dijo de pronto una voz a su costado, y ella miró en esa dirección con sobresalto, la mirada acerada de un hombre la estudiaba con curiosidad.
—¿Cómo ha llegado a esa conclusión? —interrogó curiosa, escondiendo su carnet en su pecho.
El recién llegado elevó sus cejas no muy tupidas, y Blair observó que sus rasgos eran peculiarmente afilados, su nariz era aguileña, dándole mucha personalidad a su cara, y su cabello castaño oscuro estaba perfectamente peinado hacia atrás. Vestía de negro de pies a cabeza, salvo por un pañuelo, que era de seda gris.
—Bueno... —inició bajando el tono como si fuese a decir algún importante secreto—. Tal vez debido al hecho de que es usted la única mujer que no está acompañada.
Blair se quedo mirando el brillo divertido en sus pupilas grises, y luego echó un vistazo a la concurrencia, que tal y como él anunció, se encontraba divida en parejas, salvo las personas mayores y carabinas que habían sido guiadas al salón continuo en cuanto el juego inició.
No pudo evitar ruborizarse levemente, avergonzada por su poca lucidez, pero el caballero no le dio tiempo a inventar excusa alguna, pues la sorprendió arrebatándole su carnet para mirarlo.
—Lo que pensaba, nuestra anfitriona debe tener un sentido del humor muy retorcido, de otro modo no entiendo cómo ha decidido emparejar a cada quien —comentó él devolviéndole el papel.
—¿Qué le ha tocado? —inquirió Blair después de guardar el carnet en su ridículo.
El caballero sonrió y corrió apenas el guante blanco que cubría su mano para enseñarle el sello que habían dejado en la piel de su muñeca. El grabado era una luna llena, pero no entera pues estaba plasmada de tal forma que parecía estar apenas apareciendo, una luna de noche aún temprana, que apenas iluminaba pero que se veía con bastante claridad, como si quisiera mostrase fuerte pero no lo consiguiera y terminara dando una imagen de melancolía y soledad.
—No entiendo cómo ha podido usted deducir que nuestros grabados son compatibles. La luna y el sol son opuestos, no pueden estar juntos —comentó Blair apartando los ojos de su delgada extremidad. El hombre era sin dudas un perfecto ejemplo de un espécimen aristócrata inglés, estilizado, de estatura promedio y elegancia innata.
—Creo que nuestra anfitriona apela al criterio de sus invitados, y que al final no es ella quien decide cómo se formarán las parejas, sino que son estas quienes, guiadas por sus mecanismos de pensamientos, escogen a su compañero —respondió él mientras acomodaba su guante y el puño de su levita. Luego miró unos segundos en dirección a donde un caballero y una dama algo regordeta de abundante cabello rojizo y ondulado estaban conversando con aparente confianza. Cuando sus ojos regresaron a los suyos, Blair pudo advertir que una sombra enturbiaba lo que hasta hace unos segundos eran dos pozos limpios y brillantes—. La luna y el sol no son opuestos ni rivales, ni siquiera enemigos. Son aliados, son testigos del paso del tiempo, y confidentes de las desventuras de los hombres bajo el cielo. Uno no puede ser sin el otro, ambos existen para complementarse, no tiene razón de ser si no es para convivir y apoyarse. Coexisten en perfecta armonía, dejando que el otro brille en su momento y admirándose desde lejos. Son viejos caminantes que transitan un mismo camino, y aunque nunca están cerca, son conscientes de que sus pasos están trazados por el mismo patrón y de que no están solos.
Blair escuchó sus palabras sumida en un pozo de reflexión y admiración, y sonriendo pensó que, sin dudas, lo que él decía tenía mucha lógica, y que a ella nunca se le hubiese ocurrido algo así. Impresionada miró al hombre con más atención, y cayó en cuenta de que nunca lo había visto, y no recordaba su rostro de ninguna de las veladas a las que había asistido hasta el momento.
—No nos han presentado, señor, no recuerdo haberlo visto antes —dijo tras parpadear y salir del estupor en el que ambos parecían envueltos.
—Está usted en lo cierto. Tampoco me parece su rostro familiar, pero sé quién es... —contestó, pero no terminó su frase, y Blair no necesitó que lo hiciera, pues aunque él había sido lo suficientemente caballeroso para no desviar la vista hacia su bastón, ella entendió a lo que se refería.
—Claro, sin dudas debo ser la única dama en edad casadera que se pasea por los veladas ayudada por un bastón pareciendo una anciana achacada —asintió encogiendo un hombro y recordando después que ese gesto no era apropiado en una señorita educada.
El castaño emitió una risa ronca, y la miró con algo parecido a la admiración, lo que provocó que Blair se ruborizara, y no solo por eso, sino porque la sorprendía gratamente que él, en lugar de verla con una mal disimulada mueca de lástima, hubiese reaccionado a su comentario con una franca hilaridad.
—Coincido en que su complemento la hace alguien peculiar y que difícilmente pueda pasar inadvertido. He oído hablar de usted, pero no por lo que piensa, sino por su hermano, él es cercano a mi círculo de amistades, aunque no una de ellas —explicó y ella enrojeció más todavía, nunca se había coloreado tanto como en aquel breve lapso de tiempo.
Claro, qué tonta había sido. Cómo no iba a conocer él a Ethan, todo el mundo estaba al tanto de lo sucedido con el reciente duque de Riverdan, y los rumores acerca de la dudosa muerte de su padre y anterior duque en una casa de campo, que en realidad había sido en un prostíbulo de mala muerte, estaba en boca de todos. Y ella, pensando que la conocía po
