Prólogo
Querida Coqueta:
Recuerdo a la perfección todas las sensaciones que me azotaron el día que autopubliqué este libro y, para mi sorpresa, el ochenta por ciento de estas no fueron precisamente agradables. Miedo (más bien terror), vergüenza (ya ves tú, si dice mi madre que uno solo debe tener vergüenza de hacer el mal) o la impresión de haberme quedado desnuda delante de un montón de gente son algunas de las emociones que camparon a sus anchas por mi pecho.
Cuando recibí el email de la plataforma que me informaba de que mi libro ya estaba disponible…, lloré. Pero no de entusiasmo (que también) o de ilusión (que mentiría si dijera que no sentía), sino de puro pánico. Era la primera vez en mi vida que daba un paso al frente con la intención de cumplir mi sueño… o al menos de intentarlo.
La autopublicación de En los zapatos de Valeria y su posterior inclusión en el catálogo de la editorial Suma de Letras provocaron en mi entorno algunas reacciones que me descubrieron, entre otras cosas, la naturaleza de la gente que me rodeaba. De algunos recibí abrazos y enhorabuenas; de otros, burlas e intentos de humillación. También hubo quien me insufló cada día ánimo y confianza. Todo así, mezclado, en un batiburrillo de voces que llegaban a los oídos de una Elísabet joven que a veces no entendía y otras no quería entender.
Lo que quiero decir con todo esto es que, a pesar de considerarme sumamente afortunada, no todo fue un camino de rosas y, junto a Valeria, yo también maduré. Y aprendí. Y lloré. Y me caí. Y me levanté.
Han tenido que pasar unos años para darme cuenta de que nuestros caminos han ido en paralelo. En estas cuatro chicas he dejado mucho más de mí de lo que creía. Inconscientemente, en el interior de cada personaje, instalé uno de mis miedos y aporté también una de mis ilusiones. Por eso, ese claim con el que nació Valeria, ese «Todas somos Valeria», significa tanto para mí; todas lo somos porque todas albergamos en nuestro interior terrores y anhelos, y peleamos, a veces a conciencia y otras sin darnos apenas cuenta, por abrir los ojos, por alcanzar nuestras esperanzas y por crecer.
Valeria, Lola, Carmen y Nerea (en mi cabeza van siempre en ese orden) tienen muchísimo de la Elísabet de veinticinco años que tenía miedo de que no se cumpliese lo que anhelaba en sueños, pero también son todo aquello que admiré y admiro, todo lo que esperaba de la vida. Mujeres unidas, familia escogida, compañeras, hermanas, maestras, débiles o fuertes pero… humanas. Con sus luces, con sus sombras. Por eso tienen tanto también de mis amigas.
Con esta edición especial de la saga Valeria, de algún modo, cumplo otro sueño. Valeria y sus chicas tendrán una edición preciosa, casi de coleccionista, como quien se viste de gala para la noche más emocionante de su vida. Y es que están a punto de debutar en la pantalla y, en siete años de andadura, han conseguido, entre todos los libros que componen su historia, decenas de reimpresiones. Así que déjame decirte que con este libro que tienes entre las manos, siento que Valeria se reafirma, crece, madura, se hace consciente del camino… y esto solo ha sido posible gracias a ti. A ti, a todas esas amigas que lo recomiendan vía WhatsApp, a las que le prestan el libro al miembro de la pandilla que nunca lee con la promesa de que le va a gustar, a quien lo escoge entre todos los títulos de la librería ya sea para sí mismo o para regalar, a quien lo toma prestado de la biblioteca con ilusión. A tod@s…, GRACIAS .
Déjame decirte algo más…, ya para terminar y sin ánimo de ponerme pesada. Si alguna vez alguien quiere hacerte creer que no eres capaz, esfuérzate más. No por él, ella o ellos…, sino por ti, porque te aseguro que todo el esfuerzo que inviertes en ti misma (en tus sueños, en mejorar, en crecer…) te hace más feliz, y el mundo necesita personas felices que repartan luz. De sombras ya vamos servidos.
Gracias, Coqueta.
Gracias por tanto.
Con amor,
E LÍSABET B ENAVENT
1
Érase una vez…
Paré el ruidoso paseo de mis dedos sobre el teclado y releí el texto mientras me rascaba la cabeza con un lápiz: «Se miraron. Los metros de distancia entre ellos no importaban porque los pensamientos se materializaron, se cayeron al suelo y rebotaron hasta huir. En la décima de segundo durante la que se sostuvieron la mirada todo se congeló; en la ventana se paró hasta la brisa que agitaba los árboles. Pero ella pestañeó y ambos apartaron la mirada, avergonzados, azorados y seducidos de pronto por la idea de enamorarse de un desconocido».
Puse los ojos en blanco, solté el lápiz sobre la mesa y me levanté como si alguien hubiese instalado un muelle en el asiento.
—Pero ¡menuda mierda!
Evidentemente, sabía que nadie iba a escucharme, pero necesitaba decir en voz alta lo único que tenía en la cabeza en aquel momento. «Esto es una mierda». Era como las letras de inicio de La guerra de las galaxias pero en versión malhablada. Menuda mierda. Una mierda enorme. Una mierda del tamaño del cagarro que estaba escribiendo, que era inmenso.
Estaba seca de ideas, esa era la triste verdad. Las cincuenta y siete hojas que ya tenía escritas no eran más que sandeces con las que me justificaba, estaba claro. Sandeces chuscas y horripilantes dignas de concurso literario de instituto. Al terminar el día me exigía a mí misma haber escrito al menos dos folios, aunque dada la situación empezaba a agradecer dos o tres párrafos potables. ¿Potables? Eso era mucho esperar.
Pasarme el día delante del ordenador no tenía ningún sentido. Al estar sola en casa no necesitaba fingir nada, y sabía de sobra que no me saldría nada brillante aquel día. O quizá nunca. Así que del salón/despacho/sala de estar me pasé al dormitorio, recorrido para el que no eran necesarios más de tres pasos, y me senté en la cama. Eché una ojeada a mis pies desnudos y, como el descascarillado esmalte de mis uñas me horrorizó, acerqué el cenicero y encendí un pitillo…
Con lo que yo había sido… ¿Desde cuándo me parecía aceptable aquel estado de dejadez? Después miré de reojo el teléfono y, tras pensármelo dos décimas de segundo, lo agarré.
Un tono…, dos…, tres…
—¿Sí? —contestó.
—Pongamos que soy una fracasada, ¿me seguirías queriendo? —pregunté con soltura.
Lola soltó una carcajada que me hizo vibrar el tímpano.
—Eres una paranoica —contestó.
—No es paranoia. Aún no he escrito ni una buena frase. En la editorial me van a dar una patada en el culo. Una patada enorme. O, mejor dicho, les dará igual. Me la estoy dando yo misma.
—Nadie más que yo puede patearte el culo, Valeria —añadió cariñosa, como quien hace un mimo.
—¿Sabes qué es lo más complicado para un escritor novel? Publicar su segunda novela. Segunda novela… Eso ya implica al menos tener algo. Lo que yo tengo entre manos es un mojón. Mi segunda mierda, eso va a ser.
—Eres tonta.
—Hablo en serio, Lola. Creo que me he equivocado dejando el trabajo. —Me agarré la cabeza entre las manos y noté el bamboleo flácido de mi moño deshecho.
—No digas tonterías. Estabas hasta las narices, tu jefe era feo a rabiar y ahora tienes lo suficiente para vivir. ¿Dónde está el problema?
El problema es que el dinero no dura eternamente y el «probar suerte en el mercado editorial» siempre había sonado demasiado endeble. Lo medité durante un segundo, pero el claxon de un autobús al otro lado del hilo telefónico me distrajo. Miré el reloj. Eran apenas las doce de la mañana y Lola tendría que estar trabajando.
—¿Te pillo mal? —le pregunté.
—¡Qué va!
—Se oye tráfico. ¿Vas por la calle?
—Sí, es que me inventé en el trabajo un dolor horrible de muñeca y me fui de escaparates.
Moví la cabeza sonriendo con desaprobación. Esta Lola…
—No sé por qué sabía que no te iba a pillar en el trabajo si te llamaba a estas horas. Un día de estos a la que le van a dar la patada es a ti, querida.
Soltó una risita.
—Soy eficiente y rápida, no creo que busquen más para un trabajo como el mío.
—Quizá alguien que no practique el escapismo —contesté mientras me daba cuenta de que mi manicura también dejaba bastante que desear.
—Oye, estoy a dos paradas de tu casa. ¿Te apetece que me pase?
—Claro que me apetece.
Colgó. Lola no se despide por teléfono.
Me paré a pensar en la vida de Lola, tan agitada, con su agenda roja tan llena de citas que siempre parecían importantes y emocionantes, aunque se tratara de una visita a la esteticista a repasar la brasileña. Su esteticista, sí, esa mujer a la que apodaba «Miss Shaigon» pero que realmente había nacido en Plasencia y que una vez me dejó sin un pelo de tonta sin previo aviso.
En los ratos muertos me gustaba cotillear entre las páginas de la agenda de Lola, donde llevaba anotada toda su vida. Los números de teléfono de los chicos con los que quedaba, los kilos que pesaba, las veces que chuscaba (que eran muchas, para mi soberana envidia), las horas de gimnasio que se planteaba hacer y las que realmente hacía, las copas que se tomaba, su consumo de cigarrillos, las citas con Sergio, las prendas de ropa prestadas, las que dejaba en la tintorería y las que debía comprar como fondo de armario, mil tiques de tiendas y del supermercado en los que subrayaba cifras sin ton ni son y que pegaba en las páginas finales de aquella especie de diario… Toda su vida estaba allí, garabateada sobre el papel con rotuladores de colores; sin pudor, casi en una especie de salvaje nudismo muy propio de Lola, que por no tener miedo, ni siquiera se lo tenía a ella misma. Era apasionante.
Yo me había acostumbrado a llevar toda mi agenda informatizada, porque de esa manera el ordenador o el móvil podían emitir un ruido lo suficientemente repetitivo y molesto como para despertarme de mi eterna siesta y recordarme que tenía que ir a visitar a mi madre o ayudar a mi hermana con alguno de sus planes absurdos, como cambiar de sitio todos los muebles de la casa. Sí, esas eran mis obligaciones ahora. Mi agenda no era un libro de viajes como la de Lola; se trataba más bien de un cúmulo de compromisos familiares, fechas tope de pago de facturas y coordinaciones con la agenda de Adrián, mi marido. Sí, marido, he dicho bien. A veces me daba la sensación de que esa palabra desentonaba enérgicamente con mis veintisiete años. A decir verdad…, sí, desentonaba. Con mis veintisiete años y a ratos con mi vida al completo, pero esa es otra cuestión en la que no entraré… por ahora.
Me asomé a la ventana. Hacía un día radiante a pesar de que a lo lejos se intuyeran ciertas nubes. Entendía que Lola hubiese escapado de su trabajo. Si yo hubiera estado aún encerrada en la oficina también lo habría deseado, aunque, claro, yo nunca me habría atrevido. Nunca fui una persona valiente, al menos no en ese sentido. Debería haber dicho temeraria, ¿verdad?
Sonó el timbre. No estaba acostumbrada a su sonido infernal, aunque llevaba un par de años viviendo en aquel zulo, así que del susto casi me caí por la ventana. Habría montado un cirio, porque vivía en un cuarto piso y justo debajo estaba el toldo de una frutería de pakistaníes. No me gustaría atravesarla y morir empalada por un montón de lichis como metralla frutal.
Una vez repuesta del susto fui hacia la puerta. Ni siquiera me eché una bata por encima; abrí vestida con una camiseta vieja y con un short de los años noventa, una de esas piezas de ropa por las que no pasan los años. Creo que ya había hecho gimnasia con él en el colegio. Lola me miró de arriba abajo antes de soltar una carcajada.
—¡Hostia, Valeria, me encanta tu short! Es de lo más…, no sé cómo definirlo, ¿retro glam?
Me miré en el espejo de la entrada y pensé que lo peor no era mi indumentaria. Probablemente Lola, por no hacer leña del árbol caído, pasaba por alto mi cuestionable peinado a lo Amy Winehouse y la enorme carnicería que me había hecho en la barbilla intentando quitarme un grano que para el resto de los mortales no existía. Tenía el cabello castaño claro, fosco y sin vida. Si te parabas a mirarlo, incluso se podía atisbar un reflejo verdoso. Menos mal que yo ya no me paraba a mirar…
—Ya sé, se me olvidó ponerme el traje de novia para recibirte —contesté con desdén al tiempo que le dejaba pasar y apartaba de un manotazo la vergüenza de estar hecha un moscorrofio.
—No, no —rio Lola—, que lo digo de verdad. Me encanta. Te queda muy bien. Tienes unas piernas bonitas que nunca enseñas. A Adrián debe de encantarle ese pantalón.
—¡Bah! —La tomé por loca. A Adrián últimamente no sé si le gustaba algo de lo que me ponía encima. Ni de lo que había debajo, para más señas.
Me volví de espaldas para echarme acurrucada sobre mi sillón preferido, el único de la casa. Y he dicho sillón, no sofá. Para meter un sofá de dos plazas en aquel «salón» debería desaparecer, al menos, una pared. Me río yo de cómo distribuyen los de Ikea esos adorables pisitos de treinta y cinco metros cuadrados.
Miré a Lola, que estaba impecable, como siempre. No sé cómo se las apaña para estar siempre tan sexi, con su espesa melena color chocolate y sus labios rojos. Soy una mujer heterosexual y, aun así, hay días en los que me parece sencillamente irresistible. Apenas un año atrás yo también era una de esas mujeres coquetas que se esmeran en dar siempre la versión más impoluta de sí mismas. Pero ahora… En fin. Solo había que verme. Era un Fraguel.
Mientras miraba a Lola con esa adoración de la mejor amiga, ella se revolvió el flequillo con la mano derecha y con la izquierda dejó caer su bolso sobre el suelo. Sonreí al ver asomar el lomo rojo de su famosa agenda.
—¿Qué tal tu muñeca? —le pregunté.
—¡Oh, oh! ¡Tengo un dolor infernal! Creo que es codo de tenista. —Se encogió fingiendo estar sufriendo en silencio, como con las hemorroides.
—Yo más bien diría codo de cuentista.
—¡Venga Valeria, un día es un día! Acabé la traducción y me negué a quedarme allí con cara de acelga como el resto de mis grises compañeras. Sé buena y ofréceme algo de alcohol. —Se dejó caer sobre los pies de la cama y sonrió—. ¡Uh! ¿Colcha nueva? ¿Quemasteis la otra follando encima como degenerados?
Ignoré las últimas dos frases y, preocupada por nuestro alcoholismo, le dije:
—Lola, cariño, apenas es mediodía.
—¡La hora perfecta para un vermú!
Lola sorbió el último trago de su Martini Rosso con sonoridad, como siempre que bebía algo con gusto. Luego masticó la aceituna sonriente, con su pintalabios perfectamente fijado. Tenía que preguntarle cómo lo hacía para estar tan impecable. Miré mi glamurosa copa de cóctel y después mi indumentaria y me eché mentalmente las manos a la cabeza. Qué desastre…
—¿Y Adrián? ¿Qué hace? —preguntó sin ceremonias.
—Está trabajando.
—Ya supongo. No creo que el codo de tenista sea una epidemia. —Se rio de su propia broma como si fuese la bomba para después aclarar—: Me refería a qué hace Adrián frente a esa horrible frustración que te tiene aquí mutando a… ¿fruiti?
La miré y levanté la ceja izquierda. Ella estiró el brazo y me apretó dos veces el moño mientras decía:
—Moic, moic.
—La verdad es que Adrián me da una palmadita en la espalda y me dice que cuando me tranquilice saldrá todo a borbotones. Pero… —«No me folla», pensé
—Pero ¿qué hay de pero en esta situación?
Me mordí el carrillo. Confesarlo era tan vergonzoso…
—Creo que no va a salir. Creo, sinceramente, que el primer libro fue cuestión de suerte y que este segundo va a ser una bofetada seca en la cara que me la va a girar del revés. Y yo, dándome aires de escritora torturada, voy y dejo el trabajo… Acabaré en un McAuto de madrugada.
—Una frase es cuestión de suerte. Encontrar unos zapatos preciosos a precio de saldo —se señaló los pies, que lucían unos peep toe para morirse del gusto— es cuestión de suerte. Quinientas setenta páginas de una historia fascinante escrita con elegancia y esmero no lo son.
—Eres mi mejor amiga, ¿tú qué vas a decir?
—Pues la verdad, como que necesitas una manicura urgente. —Se encendió un cigarrillo—. ¿De qué trata tu nueva historia? —Se levantó y alcanzó el cenicero.
—De lo de siempre, amor y bla, bla, bla.
—Tu problema es que te falta inspiración real. —Y dibujó una sonrisa pérfida tras echar el humo en una nube que, saliendo de esos labios tan rojos, parecía hasta sensual.
—¿Intentas decirme algo? Mi relación… —empecé a decir.
Mi relación era una mierda, pero me alegré de que me interrumpiera para no tener que mentir a alguien más que a mí misma.
—Calla. Intento contarte algo —dijo frunciendo el ceño.
—Oh…
—Algo suculento.
Serví otra copa rebosante… y ella sonrió mientras se la acercaba a los labios.
2
¿Qué tienes que contarme?
Nerea era economista. Se había matriculado sin demasiada pasión, aunque, bien mirado, ella no era una persona conocida por su pasión desenfrenada. Yo ni siquiera creía que tuviera deseos carnales. Lola decía que Nerea no follaba, y que llegado el momento, se reproduciría por esporas. Yo me la imaginaba abierta de piernas encima de una cama mirando al techo y pensando en la lista de tareas pendientes sin importarle demasiado los alaridos de placer del hombre que tuviera empujando encima. Pero tampoco es que la vida sexual de Nerea fuera como para volverse loco de actividad y variedad, así que…
Hacía años que éramos amigas. Muchos años. Nos conocimos cuando teníamos catorce, en una de esas coincidencias extrañas que hacen que dos niñas con absolutamente nada en común se hagan uña y carne. Bueno, a las dos nos gustaban los Backstreet Boys, pero creo que eso no cuenta porque a ella le gustaba Nick y a mí A. J. Éramos como la noche y el día, pero allí íbamos nosotras, siempre pegadas la una a la otra. Yo con pinta de adolescente común (adolescentus comunus) y ella con pinta de mear colonia de Loewe (pijus adorablus).
Desde entonces le había conocido tres novios: dos en la adolescencia y uno en serio. De sus rollos juveniles, uno era el chico más macarra con el que me he topado en mi vida. Era macarra hasta para Lola, que ya es decir. Probablemente no resulte extraño que una adolescente salga durante unos cuantos meses con un tipo que no le conviene en absoluto, pero si esa adolescente en concreto es Nerea, todo se vuelve un poco más surrealista.
Nerea siempre fue fiel a los pendientes de perlas de su abuela y a su collar a juego. Se pintaba puntualmente las uñas cada dos días con un esmalte con purpurina y le gustaba adornarse la coleta con un lazo del mismo color que los zapatos…, y esto no se le pasó hasta bien entrada la veintena.
De este modo, esa tortuosa relación cayó por su propio peso y, al contrario de lo que cualquiera pudiera imaginar, fue ella la que le dio plantón. La explicación fue que estaba harta de que la llevase a sitios sucios y nunca la sacase a pasear o al cine. Ella, palabras textuales, quería una vida normal, aunque yo diría que lo que esperaba era una vida sublime. Siempre tuvo las cosas muy claras.
Al cumplir los diecinueve años conoció a Jaime en un partido de pádel que había organizado su padre con un socio y su hijo. Los dos se gustaron mucho. Lo difícil, digo yo, habría sido no enamorarse de alguien como Nerea, con su cabello rubio larguísimo siempre sano e impecable, sus ojos verdes y su espléndida figura… Si yo hubiera sido hombre o lesbiana me habría enamorado de ella con total seguridad. Bueno, no, la habría engatusado para follármela en la parte de atrás de un coche y después habría salido por patas. Pero es que yo siempre he tenido alma de rompeenaguas.
La historia entre Nerea y Jaime duró siete largos años tras los cuales rompieron de la forma menos amable posible. Ella empezó a sospechar que él se veía con otra y, aunque todas la tomamos por loca, lo revolvió todo en busca de pruebas hasta encontrar un email mucho más que cariñoso. A decir verdad, era bastante subidito de tono. Cuando lo leí, mi primer impulso fue reírme. Jamás habría imaginado que un tipo tan estirado tuviera la boca tan sucia y utilizara frases como «cascármela en tu cara», sobre todo por escrito. Pero, claro, tuve que comedirme y expresar en voz alta lo muy mal que me parecía todo aquello.
Por supuesto, Lola, Carmen y yo, que por entonces ya no podíamos ni ver al falso mojigato de Jaime, nos alegramos con sordina, pero tuvimos que ensayar el papel de amigas decepcionadas y apenadas. Cuando ella se fue a su casa, nosotras brindamos por que encontrara a un hombre por fin a su altura, pero lo hicimos con sidra El Gaitero desventada, que era lo único que teníamos a mano…, y debe de ser que brindar con sidra desventada da mala suerte, porque desde entonces Nerea no solo no había salido con nadie, sino que ni siquiera había tenido un affaire de una noche, un rollo de un par de semanas o una locura de meses, de esas que sostienes aun a sabiendas de que se va a acabar, como su novio macarra de la adolescencia. Es decir, llevaba un año sin fornicar. Así, sin dar muestras de flaqueza. Y no era la típica chica que guarda un conejito a pilas en el cajón de la ropa interior…
Con unas cervezas de más, Lola y yo la llamábamos Nerea la Fría, increpándola un poco por ser la excepción que confirma eso de que «la carne es débil». ¿Es que no necesitaba echar un polvo de vez en cuando? Y no era por falta de pretendientes, que conste. En su trabajo tenía una lista interminable de perritos falderos dispuestos a llevarla a cenar, al cine o con entradas para el ballet. (¿Entradas para el ballet? ¿Se conoce alguna excusa más moñas para meterla en caliente?). Su BlackBerry echaba humo los fines de semana con propuestas de citas perfectas, pero ella sacaba la lengua, desganada, y borraba el mensaje sin piedad. Sí, así era ella, la bella y fría Nerea. Lola siempre decía que nos tenía muy engañadas y que debía de esconder un consolador enorme, negro y muy eficaz. Siempre que iba a su casa, lo buscaba.
Nosotras, Lola, Carmen y yo, tratamos durante un tiempo de concertar citas con todos los solteros atractivos y amables que conocíamos o incluso con amigos de la infancia, de la facultad…, cualquier chico con pinta de buena persona nos servía, pero ella descartaba sin parar. O era bajo o era demasiado alto, o tenía pinta de dormir abrazado a su madre las noches de tormenta o de ser un macarra «rompeenaguas» (como mi versión masculina), o de escuchar a Luis Miguel…
Había un sinfín de excusas para no volver a ver a ninguno de sus pretendientes. El único hombre con el que salía por ahí era Jordi, porque le resultaba tierno, lo cual en nuestro lenguaje eufemístico significaba: amigo amanerado que aún no ha aceptado su homosexualidad o que, si la ha aceptado, no suelta prenda.
Así que, puesto todo en contexto, se entenderá mejor por qué cuando Lola me dijo que Nerea había conocido a alguien, me quedé con la boca abierta. Así, de pronto, sin tener que forzarla ni maniatarla para que se viera con él, ahora que ya empezábamos a plantearnos la posibilidad de que tuviese vocación religiosa. ¿Nerea con alguien? ¿Quién era el afortunado? ¿Desde cuándo? ¿Cómo? Y, sobre todo…, ¿por qué?
—Lola, ¿eres consciente de lo guapo que tiene que ser? —dije fascinada mientras me comía una aceituna.
—¿Guapo? Tiene que ser guapo hasta hartar, de ese tipo de hombres que da miedo tocar por si se rompen.
Fruncí el ceño.
—¡Qué horror, Lola, un muñeco de porcelana!
—No, joder —masculló ella muerta de la risa—. Más bien de esos hombres a los que ni siquiera miras en un bar porque sabes que es totalmente imposible que te devuelvan la mirada. De los que van con vitrina de cristal incluida.
—Vaya. ¡Y con un buen trabajo!
—¡Y con pasta! ¡Y con la chorra enorme!
—¿Tú crees que le habrá visto ya la chorra, Lola? —pregunté con un gesto de desconfianza.
—No, tienes razón. Pero seguro que la tiene enorme.
—Sí —asentí—. El jodido hombre perfecto… Pero dime, ¿dónde lo conoció?
—Pues no entró en detalles, dijo que no tenía ganas de contarlo tres veces y que ya nos pondría al día cuando estuviésemos las cuatro juntas. Solo comentó algo de un cumpleaños al que acudió por compromiso, algo que tiene que ver con su curro.
Me quedé pensativa. No podía evitar imaginarlo, trazar el esquema de la historia que yo escribiría a partir de ahí. Nerea, en un rincón, sosteniendo una copa de Martini con un gesto dulce y siempre cortés, pero muerta de aburrimiento. Llevaría un vestido precioso, negro, y el pelo arreglado, con las puntas ondulantes y el flequillo de lado totalmente perfecto sobre su frente. Él aparecería de pronto frente a ella y le daría conversación, algo amable y educado. Seguramente en ese preciso instante yo llevaría uno de mis pijamas antimorbo y estaría pensando en no peinarme nunca más, convirtiendo mi moño en un nido para aves rapaces.
Lola me despertó de pronto de la ensoñación.
—Valeria, llámala a ver si ya ha salido de trabajar.
—Todavía no son las dos.
—Pero hoy es viernes, llámala.
Cogí el teléfono con desgana y marqué su número. En ese momento unas llaves se introdujeron en la cerradura y se abrió la puerta de casa. Adrián cargaba con su bolsa de mano y cuatro bolsas de la compra. De una de ellas sobresalía un gigantesco paquete de patatas fritas.
«Hola, soy Nerea. Ahora mismo no puedo atenderte. Deja tu mensaje y te llamaré lo antes posible. Muchas gracias», dijo la voz de Nerea de forma impersonal.
—Es el contestador —expliqué tapando el auricular.
Lola chasqueó la boca, me arrebató el teléfono y empezó a hablar.
—Soy Lola, desde casa de Valeria. —Se acercó a Adrián, le dio un beso en la mejilla y agarró la bolsa con las patatas fritas—. Llámanos cuando salgas de trabajar. Tenemos una conversación pendiente y esperamos que sea muy truculenta, ya sabes —forcejeó con la bolsa—, como las que cuento yo los domingos por la mañana. Con pitos, domingas, comidas de coño y todas esas cosas.
Colgó sin despedirse y, además, con la boca llena de patatas fritas.
—Lo primero —dijo Adrián—, ¿tú no tienes casa? —Ella sonrió maliciosa. Sabía que bromeaba. Se conocieron cuando Adrián no era más que un amiguete que me gustaba, así que habían tenido años para tratarse, caerse bien y tener esa relación tan cómoda—. Lo segundo. ¿Tú no tienes trabajo? He llegado a pensar que eres señorita de compañía por las noches.
Lola empezó a carcajearse y, señalándome con el dedo índice, gritó:
—¡Te dije que era una profesión de puta madre!
—Oh, joder, Adrián, has abierto la caja de Pandora. Ahora no dejará de repetir que quiere ser señorita de compañía.
Adrián entró en la cocina y me quedé esperando el beso de bienvenida. Desde allí dentro, él le preguntó a Lola si se quedaba a comer. De mi beso, ni rastro.
—Sí, ¿por qué no? Mi codo de tenista no me deja cocinar —contestó ella al tiempo que se dejaba caer en el sillón que yo había dejado libre.
Adrián me miró de reojo y sonrió a sabiendas de que era otra de sus enfermedades postizas, como cuando descubrió que mi crema anticelulitis efecto calor provocaba rojeces pasajeras y fingió una reacción alérgica. Lo curioso es que, en proporción, había invertido más tiempo en meterse en el baño de la empresa y ponerse pequeñas gotitas del gel por todas partes que en trabajar. Aquello era premeditación y alevosía.
—¿Con quién hablabais por teléfono? —murmuró Adrián mientras se apartaba el pelo revuelto de la cara.
—Le dejábamos un mensaje en el contestador a Nerea, que parece que ha conocido a alguien —contesté al tiempo que guardaba cosas en la nevera.
—No me lo puedo creer… ¿Y no era ni cojo ni bizco ni peludo ni andrajoso ni muerto de hambre ni pretencioso? Valeria, no quiero que le conozcas jamás. Ese tío debe de ser un dios.
Sonreí con tristeza. Qué poco sentido tenía esa frase en la boca de un hombre que no me tocaba como es debido desde antes de Navidades. Y, a pesar de todo, Adrián nunca había tenido nada que temer. Estaba loca por él desde los dieciocho años. Me encantaban sus ojos color miel, claros, casi amarillos, su boquita carnosa, su sonrisa descarada y sus manos grandes y masculinas. La lástima era que nunca fue una persona precisamente tierna o cariñosa. En el trato era…, quizá la palabra sea «áspero». Pero al menos el sexo siempre fue brutal. Fue. En pasado. Ahora ya no era ni una cosa ni otra, porque no lo había.
Lola se levantó del sillón, se apoyó en el marco de la puerta de la minúscula cocina y puso los ojos en blanco. Ella es una de esas mujeres convencidas de que los hombres necesitan adulación continua para sentirse queridos, deseados y seguros.
—Seguro que tú estás más bueno, Adri —le dijo acompañando la frase con una palmada en el trasero y girándose hacia mí de nuevo—. Valeria, deberíais tener un hijo ya, así dentro de veinte años me podré liar con él sin que nadie pueda considerarme una vieja verde.
—Pero ¡qué horror! —masculló Adrián—. ¿Es siempre así o lo hace solamente para resultarme desagradable?
Levanté las manos sin contestar. Lola no necesitaba explicación, como un buen cuadro abstracto. Así era mejor.
3
¿Quién es ese alguien?
Después de un forcejeo verbal de veinte minutos, Lola me convenció para darme una ducha, vestirme de persona y bajar a tomar café al bar que había debajo de mi casa. La ducha no suponía ningún problema, pero lo de vestirme de persona y salir de casa ya era harina de otro costal. No obstante, Lola puede llegar a ser muy insistente. Así, de paso, Adrián podría echarse un rato la siesta. La distribución de la casa no permitía la cohabitación de dos situaciones tan diferentes como él durmiendo y Lola y yo cacareando.
Carmen acudió a media tarde, al salir de trabajar. Para no faltar a la tradición venía hecha un asco, y no es que fuese un desastre, ni mucho menos. Pero a esas horas ya llevaba su precioso pelo ondulado hecho una maraña, la blusa manchada de algo que parecía café, el bajo de los vaqueros sucio y mojado, las uñas mugrientas y, sobre todo, un cabreo de no te menees. Aun así, para ser completamente sincera conmigo misma, seguía teniendo mejor aspecto que yo, que me había puesto lo primero que había pillado en el armario y me había recogido el pelo en una sosa coleta sin gracia.
Carmen nos dio un beso distraído y, antes de acomodarse con nosotras en una silla, se dispuso a ir al baño:
—Si me dejáis, antes de sentarme voy a lavarme las manos. Las llevo tan sucias que podría contagiaros la peste negra por lo menos. El cabrón de mi jefe me ha tenido encerrada en un almacén rebuscando en cajas del año setenta y seis llenas de roña. He luchado a cuchillo con una polilla y creo que he perdido.
No, Carmen no era un desastre, solo mantenía una compleja y malsana relación de odio recíproco con su jefe desde hacía cuatro largos años. Ambos se resistían a llegar a una tregua y ella había abandonado ya por orgullo la búsqueda de un trabajo que le permitiera ser feliz. Se negaba a dejar un puesto que merecía solo porque su jefe fuese imbécil. Eran el ratón y el gato, con la mala pata para Carmen de que fuera él quien tuviera la sartén cogida por el mango.
Nadie recuerda ya cómo comenzó la guerra. Al principio, tal y como ella contaba, eran dos personas que acudían a la agencia a trabajar sin más. Nunca fueron amigos, pero tampoco sabía explicar qué les había convertido en enemigos. Algo debió de pasar, o simplemente su relación se fue estrechando más y el estrés lo había malogrado todo. Los publicistas suelen vivir sometidos a un estrés infernal, ¿no? Al menos eso entiendo de la cantidad ingente de cigarrillos que fuma Don Draper en Mad Men.
Cuando Carmen volvió del cuarto de baño, suspiró fuertemente y añadió:
—Me odia, lo sé, me odia. Debe de irse a casa lanzándome mal de ojo todos los días. ¡Ya ni los lazos rojos en el sujetador me protegen! —Tiró del tirante de su ropa interior y nos enseñó el «amuleto».
—Carmen, tú le hiciste un muñequito vudú —contesté tiernamente.
—Ya, bueno, pero no llegué a pincharlo jamás. —La miramos sin creernos que pretendiera colarnos aquella mentira. Carmen chasqueó la lengua—. Pero ¡da igual! Es evidente que mi muñequito vudú no funciona. Aún no ha demostrado tener afecciones cardiacas, así que…
—A lo mejor le has provocado una almorrana del tamaño de esta silla y no lo sabes —susurró Lola al tiempo que se miraba las uñas pintadas de granate.
Una carcajada se atragantó en mi garganta mientras bebía café y empecé a toser como una loca.
—¡Qué bruta eres, Lola! —contestó Carmen haciéndose la ofendida.
—Pobre hombre… —La aludida movió la cabeza de lado a lado como muestra de desaprobación—. Yo lo vi un día, ¿sabes? Es bastante guapo. —Tosí y cogí aire. Volví a toser.
—Bueno, bueno, tanto como guapo… Es resultón, pero qué más da si es un rey feo en un castillo bonito. La naturaleza le ha dado esa apariencia para permitirle ser más mamón —dijo Carmen.
Tosí y tosí hasta que alargué la mano y alcancé el vaso de agua que Lola siempre se pedía junto con el café.
—Huy, Valeria, que te ahogas.
Sonreí mientras recobraba el aire.
—Entonces ¿es guapo? —pregunté con la voz ronca.
—A ver, sí. En conjunto está muy bueno —contestó Lola.
Carmen negó con la cabeza.
—No estoy de acuerdo. Debe de ser que el odio me ciega, pero no estoy de acuerdo.
—Es raro que Carmen se lleve mal con un tío guapo —dije, divertida.
—¡Vale ya, hombre! ¡No bromeéis con esto, que me está jodiendo la vida!
—No seas melodramática. Tú odias a tu jefe, yo estoy harta de mi ligue, Valeria no escribe nada bueno desde hace dos meses y…
—Muchas gracias —susurré.
—¿Y Nerea? Dime que Nerea también anda jodida. —Carmen pestañeó esperanzada.
—Espero que sí —añadió Lola con malicia, buscándole el doble sentido a la frase.
—Ay, Lola, de verdad… —Me giré hacia Carmen—. Nerea ha conocido a alguien. Parece ser que está quedando con un chico, pero aún no tenemos más datos.
—¿Quedamos a cenar entonces esta noche? —Lola sacó su agenda del bolso.
—¡Vaya, ya hacía rato que no la veíamos pasear su ajetreada vida social! —se rio Carmen.
—Chicas, hoy no puedo. Mejor mañana. Quiero ver si soy capaz de escribir algo con sentido. Estoy agobiada.
—Bah, tranquila, Valeria, que eso en dos días lo reconduces.
—No sé si tiene arreglo… Estoy planteándome empezar de cero. Debería meterme en casa este fin de semana y no salir ni para tirar la basura.
—¿No decías que ser escritora era un sueño hecho realidad? —preguntó Lola en tono repipi.
—¡Sí, claro que lo es! Pero cuando tienes qué contar y no tienes apalabrado algo que no sabes si vas a poder entregar, con la consabida incertidumbre económica. La verdad, no sé si hice bien dejando el trabajo… Ahora tendría la excusa de que no tengo tiempo de escribir y a las malas siempre tendría el sueldo fijo.
—No seas tonta, es una racha —dijo Carmen rodeándome con el brazo—. Vete a casa, échate un rato con Adrián y busca tu musa.
—Sí, creo que sí. —Cogí el bolso—. Llamadme para mañana por la noche, ¿vale? ¡Y avisad ya a Nerea o no estará disponible!
Asintieron.
Pagué el café y salí de allí. Estaba poniéndose oscuro y tenía pinta de echarse a llover; en primavera los días podían estropearse en media hora, como el planteamiento de una novela. Subí andando las escaleras hacia mi casa y en el último tramo me senté. Me daba pena despertar a Adrián, así que me fumé un cigarrillo allí sentada.
Seguía pensando en quién sería ese alguien con el que andaba Nerea. Estaba contenta por ella y sorprendida. Y de un pensamiento a otro, fui dando saltos hasta que llegué a los personajes de mi novela y la absurda relación que mantenían. Me revolví el pelo agobiada y decidí entrar. Apagué el cigarrillo, saqué las llaves y me metí en casa, donde todo estaba en penumbra.
Adrián se movía sobre la colcha. Aquella mañana había madrugado mucho para hacer unas fotos al amanecer. Llevaba una semana trabajando como un loco, tratando de captar la luz perfecta sobre un lugar; no recuerdo bien dónde puñetas eran las fotografías ni para qué revista, pero sé que aquello le parecía importante. No solíamos hablar demasiado del trabajo porque no queríamos condicionar nuestra pareja a los agobios de las rutinas. Pretendíamos hacer de nuestra casa el hogar de la paz y el orden y que angustiarse allí dentro no estuviera permitido. No sé dónde nos habíamos equivocado, pero lo habíamos hecho de manera estrepitosa.
Me quité el pantalón vaquero sin más gracia de la historia, lo tiré sobre el sillón, me solté el pelo y me senté en la cama, arrastrándome cual gusano hasta él. Le abracé y él entreabrió los ojos sonriendo.
—Tenía miedo de que fuera Lola…, cada día está más loca —susurró.
—Creo que aún no ha llegado hasta ese punto. —Le besé en la frente.
—¿Qué te pasa?
—Nada, ¿qué me va a pasar?
—Pues no sé, estás muy… blandita. —Se estiró en la cama, desperezándose.
—Estoy un poco atorada con la novela.
—Cuanto más lo pienses, más agobiada estarás. A ver, cuéntame, ¿qué está pasando ahora?
—Pues… Gloria se ha encontrado con alguien con el que siente una extraña conexión.
—¿Y qué va a pasar?
—No lo sé. Ese es el problema…, que no sé por dónde coger esta historia.
—Cuando la planteaste tenía muy buena pinta —respondió mientras se giraba hacia mí.
—Pero se ha dado la vuelta ella sola. —Me posé la mano sobre la frente y me revolví el pelo—. Es difícil de manejar. Se va hacia donde no quiero que se vaya y lo peor es que me esfuerzo por devolverla a la idea principal… pero nada. No le da la gana.
—Hablar de amor es así de complicado.
—¿Y si me equivoqué, Adrián? ¿Y si esto no funciona y se acaba todo aquí?
Adrián se levantó de la cama y subió la persiana. Empezaban a caer ya las primeras gotas y a él le encantaba esa luz gris, casi azulada. Cogió la cámara y, apoyándose en el quicio de la ventana en una postura muy suya, me disparó dos o tres flases. Después miró el resultado en la pantalla y sonrió. Qué guapo era. No pude evitar recorrerle el cuerpo con los ojos, despacio, disfrutando de cada una de las partes, desde el cuello espigado, los hombros bien torneados, el pecho firme, el vientre plano. Recordé la última vez que hicimos el amor. Fue sobre el sillón, pero no recordaba exactamente cuánto tiempo hacía. Meses. Bastantes, por cierto. Me recorrió entera con la lengua antes de follarme con fuerza. Me corrí dos veces.
Adrián por fin abrió la boca y añadió, sacándome de mis cavilaciones, que yo no necesitaba que nadie creyera en mí, porque mi trabajo era suficientemente bueno por sí solo.
—Eso no basta y lo sabes —me quejé entre risas.
—Si te alivia, te diré que estoy totalmente convencido de que esta es tu verdadera vocación. Saldrá bien, ya lo verás. El concepto de la creación no se puede medir en jornadas laborales, es caprichoso.
—Bueno, ya volverá mi musa —suspiré algo aliviada.
—Pero, como decía Picasso, que las musas te pillen trabajando… —Guiñó un ojo y se volvió a tumbar a mi lado.
Alargué la mano para coger su cámara digital pero un beso en mi hombro me desconcentró de mi propósito. Me giré para mirarlo; él sonrió y volvió a besarme el hombro mientras me abrazaba la cintura.
—¿Qué llevas puesto? —preguntó.
—Una camiseta —dije con la vocecita algo temblorosa.
—¿Has bajado solo con eso?
—No, me acabo de quitar los pantalones.
Su mano subió por el exterior de mi muslo y, rodeándome las caderas, llegó hasta mi culo. Contuve un jadeo cuando lo sobó. Me acerqué y nos besamos. Una vez, brevemente. Dos veces, atrapando nuestros labios el uno con el otro. Dios. Había que aprovechar. ¡Esa era la mía! Me quité la camiseta y me senté a horcajadas sobre él, que también se quitó la camiseta. Madre mía. Hasta se quitaba la ropa motu proprio. Esto prometía.
Tiré el sujetador por ahí y él se acercó hasta atrapar uno de mis pezones entre sus labios. Eché la cabeza hacia atrás y metí la mano dentro de la ropa interior con la que se había acostado. ¡Sorpresa! Un amago de erección. Moví la mano rítmicamente de arriba abajo y él apretó la mandíbula. Aceleré la caricia. La pulsera que llevaba puesta resonaba contra el reloj con el movimiento.
Adrián respondió endureciéndose y, cuando noté que estaba listo, me quité las braguitas y me senté encima. No hizo falta que me acariciara, que me follara con los dedos para prepararme. Necesitaba tenerlo dentro ya.
Estaba tan húmeda que no tuvimos problemas para que me penetrara, pero me encogí de dolor. Hacía muchos meses que no lo hacíamos. Me quejé con un gemido que él debió de interpretar de placer.
—Con cuidado, Adrián —le pedí.
—No recordaba que te gustase con cuidado —contestó con una sonrisa sensual y la voz jadeante.
Mejor cállate, no vaya a ser que decida parar, me dije.
Adrián se agarró a mis caderas y, con la cabeza hundida entre mis pechos, empezó a meterla y sacarla con un ritmo demasiado rápido. Estaba a punto de decirle que fuésemos un poco más despacio cuando empezó a sonar su móvil.
—¡Joder! —masculló.
Joder…, eso mismo pensé yo cuando en dos metidas más Adrián se corrió dentro de mí. Y, sin más, salió de mi interior, cogió el teléfono y se fue al baño mientras contestaba. Y yo me quedé allí, con los muslos húmedos.
Desde luego, como seductora no tenía precio…
4
Pero, Lola, ¿qué haces?
Lola estaba sentada delante del espejo, mirándose. El pelo le había vuelto a crecer mucho desde la última vez que fue a la peluquería y ya le llegaba hasta los pechos, incluso los tapaba con su frondosa y suave mata color chocolate.
Se miró de cerca, escudriñando su cara en busca del maquillaje que se había puesto, pero de esto no quedaba más que un leve rubor sobre sus mejillas que probablemente sería consecuencia de lo movidito de la velada.
Sergio apareció en el borde del espejo con su cuerpo perfecto y Lola se giró para mirarlo. No quería perderse ni un segundo porque en cualquier momento se disiparía como humo y todo quedaría vago e intangible, como uno más de esos recuerdos que ya estaba harta de almacenar.
Estaba sentado en el borde de la cama tan solo vestido con sus vaqueros de marca y a Lola le parecía el hombre más sexi del mundo. Repasó con la mirada su estómago plano y marcado y trepó por él hasta llegar al vello de su pecho. Tenía la extraña fantasía de poder pasarse una noche acariciándolo en sueños. Eso suponía, sin embargo, mucha más intimidad para los dos que un francés en la ducha. Así era aquello y había que aceptarlo u olvidarse, se repetía ella sin parar. Lola no se consideraba una de esas tontas pacientes que esperan ver cambiar a alguien como Sergio. Había cuestiones que se les hacían un mundo, pero en la cama no tenían ningún problema y ella se sentía tan bien con él…
Se habían conocido en el trabajo, con todas las complicaciones que implica. Al principio solo hubo unas cuantas miradas, un par de bromas y un café en el pasillo que se transformó en unas cervezas junto al resto del grupo fuera del horario de trabajo. El siguiente paso fue aprovechar una celebración de la empresa para, haciéndose los remolones, poder ser los últimos en marcharse del bar. La última copa la tomaron en el estudio de Lola. Supongo que queda bastante claro lo que significa «última copa» en nuestro lenguaje eufemístico. Aunque ahora que lo pienso, no haría falta darle tantas vueltas a la cuestión, porque a Lola nunca le ha gustado no llamar a las cosas por su nombre. Se acostaron… tres veces. Sé muchos más detalles, pero el pudor me cubre las mejillas solo al imaginar a Lola entregada al fornicio, que los morbosos me perdonen. Bueno, qué narices. Primero follaron encima de la alfombra que Lola tenía en la entrada de su casa. Después le hizo un cunnilingus de sobresaliente y, tras un par de cigarrillos, la montó en la postura del perrito sobre la cama después de un tira y afloja sobre si sucumbían o no al sexo anal.
A Carmen le encanta escuchar a Lola contar cómo la besan y la tocan. Es como sentirlo en primera persona, dice. Y tiene razón. Lola es una gran contadora de historias erótico festivas. Creo que por eso mismo yo río y me sonrojo, escondiéndome detrás de un cojín, una servilleta o cualquier cosa que encuentre a mano, para disimular el morbo que me da escuchar una confesión pornográfica de tales características.
De esa forma tan explícita nos enteramos de que Sergio es una bestia… en el mejor sentido de la palabra. La Bestia, le llamábamos. Era indudable que la hacía aullar de placer y además es muy guapo. Tiene una de esas elegancias innatas que le hace parecer de sangre azul incluso después de diez horas en la oficina y siete copas en el bar de al lado. Era tan hombre que apabullaba, en serio. Si la masculinidad hubiera tenido cuerpo, sería Sergio. Moreno, ojos castaños, boca de infarto y una sonrisa de esas que nos deshace las bragas. Además, también tenía un apartamento precioso, un coche rápido y con tapicería de cuero donde se follaba a Lola al menos un día por semana, un gran sentido del humor, una dentadura de envidia y… una novia muy rica.
Sí, una novia muy rica, he aquí el problema. He aquí la razón por la que Lola luchaba contra sus ganas de no ir nunca a trabajar…
Cuando quiso darse cuenta ya era muy tarde para ella, como en la copla de la Piquer, y por mucho que lo niegue, estaba enamorada de él hasta los zapatitos. Lola siempre defendía que no sabía qué era querer a un hombre, pero que, por supuesto, discernía que lo que sentía por Sergio no era amor.
—A mí lo que me gusta es cómo me folla. Un día me pondrá los ojos del revés de metérmela tan fuerte.
Esa era la única arma que le quedaba a Lola para defenderse de la situación en la que se encontraba: el autoengaño. Y de paso nos decía que cuando se enamorara lo haría de una mujer. Pero no porque le gustasen; solo por llevar un poco la contraria, que ella es un poco así.
Pero, ¡por favor! Si con tan solo ver cómo lo miraba…, ¿qué mujer ni qué niño muerto?
Lola es traductora en una editorial. Bajo esa apariencia sexi y despreocupada habita una ilustrada mujer que domina el inglés, el francés (y este en más de un sentido), el alemán, el italiano y es capaz incluso de chapurrear algo de chino, idioma que está estudiando ahora, no sé si con mucho ahínco.
Sergio es el coordinador de planta y, a falta de un despacho propio, se sienta a la mínima distancia de cinco metros. Blanco y en botella: tortura asegurada.
De ahí la insostenible situación que se creaba entre los dos: Sergio enganchaba, sobre todo por ese comportamiento del tipo «qué bien finjo que jamás he perdido un minuto de mi tiempo libre contigo» que volvía loca a Lola. Creo que dentro de todas las mujeres hay una masoquista en potencia.
Todos los días Lola se repetía mil y una veces que ella no estaba por la labor de asumir tantas complicaciones por un buen polvo. Y había días que hasta se lo creía y se sentía fuerte. Pero luego, a la hora de salir, Sergio esperaba a que todos se hubieran ido para susurrarle que la esperaba en la esquina de su casa en media hora… y a Lola la fortaleza se le diluía en las prisas por ir a ponerse la ropa interior sexi. No había buenos consejos que darle, ni recomendaciones, ni bofetadas que la hicieran entrar en razón, porque no quería escuchar nada que no fuera esa terrible ansiedad por aprovechar cada segundo con él y, de paso, pues eso, follárselo.
Aquel día, la culpable del encuentro era ella. Era sábado, el día después de que fingiera una lesión de muñeca para evitar que le doliese más lo que estaba haciendo. Pensaba quedarse en la cama hasta tarde y así asegurarse de estar lo suficientemente descansada para darlo todo aquella noche. Estaba prevista una cena de chicas en nuestro restaurante preferido, donde dejaríamos al barman sin mojitos que servir. Sin embargo, ella se despertó a las nueve de la mañana sin ganas de seguir durmiendo, probablemente porque sabía que Sergio estaría solo todo el fin de semana; él mismo se aseguró de que Lola se enterase. A las diez la casa estaba en orden y ella duchada… Y el móvil era tan tentador sobre la mesita de noche…
Mandó un mensaje: «Tengo unas horas libres hasta esta noche».
Dos minutos después, él contestó: «Dame una hora. Ponte ese perfume de fresas, por favor».
Dos horas después, tarde, como siempre, Sergio llamó a su puerta y, aunque Lola tenía intención de echarlo alegando que nadie la hacía esperar y perder el tiempo, él la empotró contra una pared y la desnudó a tirones, como si importase qué colonia llevara o que estrenara ropa interior. Él solo quería follársela otra vez sobre la pequeña alfombra de lo que hacía las veces de salón. Y eso sabía hacerlo muy bien. Según Lola, cuando Sergio la embestía podía incluso perder el conocimiento.
—¿Echabas de menos mi polla? —le dijo él al tiempo que empujaba entre sus piernas.
—Joder, sí…
Romanticismo puro, claro. Y no es que lo critique. Es solo la envidia que me corroe entera.
Después de correrse entre gruñidos y gritos, se dieron una ducha abrazados bajo el agua tibia y más tarde cayeron sobre la cama, donde se dieron un revolcón con ella encima que duró al menos una hora. Una hora de Sergio gimiendo y diciéndole guarradas. Qué bonito, ¿no? Bueno. Era sexo. Y para Lola el sexo nunca ha tenido por qué ser bonito.
Y allí estaba ella, mirándolo a través del espejo, sentada frente a su minúsculo tocador.
—¿Preparo algo de comer? —susurró Lola, fingiendo que no le importaba si él se quedaba o no.
Él se estaba vistiendo ya. No era de esos a los que le gustaba acurrucarse junto a Lola; la intimidad entre las sábanas acababa para Sergio cuando él se corría, que era siempre después de que lo hiciera ella, por lo visto.
Abrió la boca para contestar a la invitación pero un teléfono móvil empezó a sonar en la habitación. A Lola le costó unos segundos darse cuenta de que era el móvil de Sergio el que sonaba, tirado en el suelo. Se agachó, lo recogió y tras mirar la pantalla le pidió a Lola que se mantuviese en silencio.
—Hola, cariño.
Es imposible que Lola logre confesar que le sentó como si le metieran un ajo en el culo, porque ella es más chula que un ocho, pero la realidad era que esas palabras amables que le dedicaba a su novia, cuyo nombre ni siquiera sabía, le dolían y mucho. ¿Cómo no? Es más chula que un ocho, pero es humana.
Sergio salió del dormitorio y, tras mantener una escueta pero dulce conversación con esa novia misteriosa, volvió a la habitación. Lola estaba molesta y se leía en su cara. Había fruncido el ceño y apretaba los labios, signo inequívoco de que aquello no le había gustado lo más mínimo.
Me parecía increíble que alguien como Lola tolerase ciertas cosas, por muy bueno que él fuera en la cama. Pero, aunque Lola nos vendiera que Sergio era un amante de vértigo, ella sabía de sobra que no era ese el motivo por el cual no le había dado la patada que se merecía. Aquello solo se sostenía con amor incondicional y ciego, muy ciego.
—¿Te quedas un rato? —mendigó ella en un momento de flaqueza.
—Sí, me quedo un rato. No tengo nada que hacer hasta esta tarde.
Lola se sintió el sudoku del dominical de cualquier periódico y sin embargo no pudo evitar alegrarse por tenerlo allí. Le gustaba pensar que al menos ella lo conocía de verdad; eso le hacía sentir bien. Es verdad que la otra chica era quien se llevaba la parte fácil, con el cariño, los mimos y todas esas cosas, pero aunque se tuviera que esconder, al menos ella no lo hacía engañada…
Pero esto es lo que pensaba Lola, no lo que opinábamos las demás acerca del asunto.
Se sentaron junto a la ventana con una copa de vino tinto mientras la comida terminaba de hacerse en la minúscula cocina e invadía toda la casa con un tenue olor a especias. Ella lo observaba, ensimismada en la perfección de su cara, y Sergio miraba por la ventana que su coche siguiera aparcado en el mismo lugar donde lo había dejado. De pronto, mientras se acercaba la copa a la boca, Sergio preguntó:
—Lola, ¿y tú por qué no tienes novio?
—Humm…, pues no sé. —Esa pregunta la devolvió a la realidad de la relación que realmente mantenían.
—¿No hay nadie por ahí?
—Alguien hay —contestó melancólica, y desvió la mirada hacia la ventana.
—¿Y qué pasa con él? ¿No le gusta compartirte conmigo? —dijo sonriendo ampliamente.
—Pues pasa que tiene la misma delicadeza que un guante de esparto y que es gilipollas —contestó, y se levantó del umbral de la ventana.
—Pero ahora ¿qué he dicho? —Sergio la miró anonadado.
—Es que, Sergio, de verdad… —Lola se puso a remover la comida en la sartén de espaldas, esperando esconder su indignación.
—Simplemente quiero decirte que…, no sé, que no pares tu vida por esto. Esto ya sabes lo que es y lo que significa.
—¡Lo sé de sobra, no haces más que recordármelo! —levantó la voz.
—Tranquilízate, por favor.
Lola anduvo hasta el saloncito, cogió su bolso, sacó un cigarrillo y lo encendió. Cogió su agenda y anotó en el sábado: «Nota mental: no volver a llamar a Sergio. Es borderline». Esto le hizo gracia y sonrió para sí.
—Estás loca, Lola —rio Sergio.
—El problema es que nunca me tomas en serio. Te gusta que siempre esté de broma y dispuesta, y estoy segura de que lo pasas muy bien conmigo, pero cuando se trata de cuestiones serias…
—Bah, no te pongas así, tú no eres como el resto de las tías. Estos numeritos no te pegan nada. Lo nuestro es pasárnoslo bien y punto.
—Pasárnoslo bien… ¿quién: tú o yo?
—No me agobies, Lola.
Sonrió de nuevo gracias a una broma interna: se imaginó a sí misma vertiéndole la comida hirviendo dentro del pantalón vaquero y echando su chorra cercenada a comer a los gatos del vecindario. Luego suspiró y añadió para cerrar la conversación:
—Necesito a un hombre que me entienda.
—Pues hazte a la idea de que ese hombre no soy yo.
Lola se enfurruñó. No le gustaban esas afirmaciones categóricas de Sergio. La hacían sentir pequeña y avergonzada. Sin embargo, poco le duró el enfado…, solamente hasta que Sergio la besó detrás de la oreja y le susurró que tenían el tiempo justo para otro revolcón mientras metía la mano en su pantalón. Ahí se le olvidó todo, incluso su integridad, y tras lanzarse a sus brazos le besó en la boca.
5
«El sábado no se debería trabajar»
A las nueve de la mañana ya hacía rato que Carmen estaba levantada. A decir verdad, le había traicionado su puñetera manía de dejar la BlackBerry encendida en su mesilla durante toda la noche. A las ocho menos cuarto su jefe le había enviado un email amenazante, algo así como:
«Ayer no entregaste el briefing del nuevo cliente. Como el lunes a primera hora no esté listo encima de mi mesa, vas a retrasar el trabajo de todo el equipo y ya te apañarás con ellos, porque yo no pienso defenderte».
No era una amenaza muy velada, era más bien clara y directa. Pero ¿es que ese cabrón no dormía nunca? Carmen pensó que seguro que estaba enganchado a las anfetaminas.
Tenía el informe redactado en el ordenador de la empresa e impreso en su mesa, pero le fastidió no haberse acordado de subirlo al servidor, donde su jefe pudiera cogerlo en ese mismo momento. No llevaba ninguna copia digital, pero sí una en papel, de modo que se decidió a transcribirlo de nuevo desde la primera letra hasta la última para enviárselo a ese maldito mamón (palabras textuales suyas) de la manera más inmediata.
Tardó media hora. A las ocho y cuarto el informe ya estaba enviado junto a un mensaje: «Aquí mismo te adjunto la copia del informe para que hagas las doscientas mil correcciones pertinentes antes de darle el visto bueno».
Un toque de condescendencia y una mínima muestra de desidia estarían bien por hoy. Pensó en añadir que era de muy mala educación mandar ese tipo de mensajes a la hora a la que él lo hacía, pero la respuesta probable de Daniel, su jefe, sería que apagara la BlackBerry cuando quisiera dormir a pierna suelta.
A las diez y media, cuando salió de la ducha, encontró otro correo electrónico con las correcciones en rojo, que tuvo que revisar y revisar antes de volver a enviar. Entre una cosa y otra, Carmen no estuvo libre hasta las cinco y media de la tarde, haciendo nula la posibilidad de echarse una siesta o simplemente de mirar el techo escuchando un buen disco.
Carmen se dijo que eso no era vida. «Mañana apago la BlackBerry, de mañana no pasa que se me quite esa manía estúpida».
Deseó utilizar una agenda, como la de Lola, para apuntar ese pensamiento y que no se le olvidase jamás. Después de pasarse media tarde enganchada a Facebook cotilleando las nuevas fotos de todas sus amigas (su hobby inconfesable predilecto), se sintió trascendental y encendió algunas velas en la mesita baja del salón. Una vez inmersa en la oscilante luz, se echó en el sofá y se dio cuenta de que seguía dándole vueltas al tema de Daniel y que, si continuaba así, sería ella solita la que echase a perder su fin de semana. Además, estaba contenta porque esa noche saldríamos las cuatro y podría estrenar por fin su modelito nuevo. Su escasa vida social en los últimos meses se debía más a las obligaciones que a la falta de ganas por su parte. Ella siempre estaba dispuesta a tomarse una copa a la salida del trabajo, pero sus compañeros casi nunca quedaban fuera de la oficina y nosotras…, buf, juntarnos a nosotras era un circo.
Lola en teoría salía a la misma hora que ella, pero siempre acababa saliendo antes y perdiéndose por Dios sabe dónde con Dios sabe quién. No nos sorprendería que un día nos confesase que había pasado una noche loca con los del Circo del Sol. Por el contrario, Carmen solía quedarse una hora más de media por jornada, apabullada con la idea de que la antipatía que su jefe sentía por ella pudiera ayudar a encontrar más fallos.
Desde que dejé el trabajo, yo casi siempre estaba en casa, pero como mi proceso de creación se estaba columpiando como el elefante en la tela de la araña y no había encontrado ese puesto de trabajo más creativo (Dios, ¿cómo no me dio nadie una colleja?), solía decidir quedarme allí aunque fuese sin escribir, por no sentirme peor y pensar que había «malgastado» el tiempo saliendo, trasnochando y gastando dinero.
Nerea… Nerea casi nunca estaba disponible. Ni siquiera su teléfono lo estaba. Si querías contactar con ella debías dejarle un mensaje en el contestador de su casa y otro en el buzón de voz de su móvil; era la única manera de que te tomara en serio. Además, había que avisarla con al menos un día de antelación para que pudiera cancelar las mil historias que hacía cuando salía del trabajo, que era bastante tarde. Danza del vientre, natación, aproximación al budismo…, cada año era una cosa diferente de la que contaba maravillas cuando la veíamos.
Carmen pensó entonces en Daniel otra vez. Lola había dicho de él que era guapo… Ella no lo creía en absoluto. Era uno de esos hombres apuestos que le repugnaban. La perfección le aburría. Ella prefería caras con personalidad, que dijeran algo. Prefería alguien al que abrazar, con el que sentirse pequeña y protegida antes que un cuerpo duro y trabajado a golpe de gimnasio. Se preguntó a sí misma si en realidad no estaría buscando un segundo padre que le organizara la vida y la protegiese… Descartó la idea. Le encantaba vivir sola en aquella buhardilla minúscula. Era su reino y allí solo mandaba ella. De pronto le dio un poco de miedo aquella idea, pensar que acabaría acostumbrándose tanto a estar sola allí que terminaría por no tolerar ninguna intromisión. Ninguna relación resistiría nada así.
Entonces miró mentalmente hacia atrás entreabriendo los ojos y se dio cuenta de la barbaridad de tiempo que llevaba sin una mísera cita de cortesía. Se asustó y se incorporó en el sofá con un «ay» en los labios. ¿Se estaría haciendo mayor a ojos de los hombres?
Se recostó nuevamente. Menuda tontería… Solamente tenía veintisiete años, bastantes menos que el resto de sus compañeros de trabajo, que se consideraban solteros de oro. Ella tenía casi tres años menos que Borja y, por más que le pesase, Borja era el único que importaba.
Tenía que dejar de pensar en él. Nunca pasaría de una cerveza junto a todos los demás el día del cumpleaños de Daniel, una vez al año, o de los cafés diarios en la máquina del pasillo de la fotocopiadora.
Sonaba una canción de Lenny Kravitz en la cadena de música y se puso melancólica recordando que también sonaba aquella vez que Borja intentó cogerle de la mano en su coche. ¿Qué había cambiado desde entonces? Se había esfumado, aunque a ella le gustase recuperarlo cada noche para imaginar cómo sería la vida tumbada a su lado, acariciando el vello de sus antebrazos, mirando el curioso perfil de su cara casi imberbe. Sonrió al pensar en sus ojillos brillantes e inquietos, al recordar aquella vez que se habían acercado tanto en el rincón de la fotocopiadora…
Era mejor así. Al menos con Borja. La relación de Lola con su coordinador no alentaba mucho a iniciar un affaire con alguien del trabajo. Era posible que fuese emocionante, sobre todo por el hecho de tener que esconderlo a todo el mundo… También sería excitante…
Pero era mejor así.
Miró el reloj. Eran las siete y media. Sería conveniente que se levantase y empezase a arreglarse. No quería llegar tarde y perderse el inicio de la historia de Nerea, porque sabía, como sabíamos las demás, que ella no volvería a recapitular para poner a la recién llegada al día. Aquella noche llegaríamos todas excepcionalmente puntuales.
6
¿Quién es Don Perfecto y dónde lo conociste? Yo también quiero uno
A las nueve y cuarto yo ya estaba en la puerta del local y en menos de diez minutos, en goteo, llegaron las demás. La última en hacerlo fue Nerea, que se plantó a la hora convenida, puntual como el minutero de un reloj.
No pude remediar echarles un vistazo con envidia. Lola llevaba el pelo recogido en una coleta despeinada, los labios pintados de rojo y una blusa negra con transparencias combinada con unos jeans y unos zapatos con tacón de infarto.
Carmen, con el pelo ondulado suelto, llevaba un jersey negro oversize con un cinturón que marcaba su silueta y unos vaqueros tobilleros slim fit, y unas pulcras bailarinas con print animal que yo misma le ayudé a elegir cuando aún me importaba no parecer recién sacada en Callejeros.
Nerea se había puesto un vestido camisero negro y unos zapatos peep toe con plataforma que dejaban entrever una pedicura impecable con el esmalte a la francesa.
Después me miré yo: camisola negra dada de sí, leggings con pelotillas y bailarinas descascarilladas cuya suela amenazaba con despegarse de un momento a otro. Por un instante me sentí hasta sucia, pero enseguida recordé que me acababa de dar una ducha caliente y que mi ropa olía a suavizante y mi piel a colonia de bebés. Poco sofisticado, pero aseado.
Respiré hondo. Iba a ser una noche genial a pesar de que mi pinta fuera… inquietante.
Además, nos encantaba aquel restaurante. Era íntimo, pero no romántico, sino de esos que invitan a hacer una confesión. Tenía unas mesas bastante pequeñas, donde siempre ondeaba la luz solitaria de una velita con olor a vainilla o a coco. Servían unos cócteles bien cargados y cocina creativa que resultaba barata y ligera. Tenía un ambiente muy agradable; como decía Lola: «Cool sin llegar a pretencioso».
Nos sentamos en nuestra mesa, al fondo del restaurante, en una especie de privado bastante accesible si reservabas veinticuatro horas antes; casi como Nerea.
Cuando el camarero nos sirvió las primeras copas de vino y pedimos la cena, todas las miradas se concentraron en Nerea, que cotorreaba sin parar sobre tonterías, mucho más pizpireta que de costumbre.
—Me encantan tus vaqueros, Carmenchu.
—¿Sí? Son nuevos. Aún no había tenido oportunidad de ponérmelos. Como no tengo vida social…
Carraspeé y Carmen sonrió.
—¡Ah! ¡Ya entiendo! ¡Estás intentando distraernos para no tener que contarnos esa maravillosa y truculenta historia que ocultas!
Tras dar un sorbo a su copa, sonrió ampliamente mostrando su perfecta dentadura y comentó:
—Hace dos semanas que no nos veíamos, ¡dejadme al menos que os diga lo guapas que estáis!
Me miré con disimulo y no dudé ni por un momento de que aquello era una estratagema, porque, viéndome, ¿quién podía atreverse a decirme que estaba guapísima? Por muy estupendas que estuvieran las demás, mi estado no animaba a hacer comentario alguno sobre el tema.
—¡Al grano! —increpó Lola acercándose hacia Nerea.
—A ver…, pues como Lola ya os habrá adelantado, he conocido a alguien. —Todas dimos un silbidito impertinente—. Bueno…, no os quise decir nada hasta que no estuviese segura de que me gustaba. Sabía que se iba a montar un circo, así que no quería que fuese una falsa alarma.
—Entonces, ¿te gusta para ir en serio?
—¡Oh, Carmen! ¡Por supuesto! —contestó Nerea entrecerrando los ojos como si estuviese contándonos un cuento de hadas.
Si no la quisiéramos tanto, la tacharíamos de ñoña y la quemaríamos junto con un montón de DVD de dibujos animados.
Todas bebimos de nuestras copas y ella prosiguió con su historia.
—Hace algo más de un mes —todas exclamamos, pero ella nos ignoró— fui a la fiesta de cumpleaños de uno de mis compañeros. No me apetecía nada ir, pero habría sido un detalle muy feo, de modo que me puse un vestidito mono y me fui con un tacón de vértigo, pensando que no llegaría a estar el tiempo suficiente como para que llegasen a dolerme los pies.
»Me separé del resto un momento para perseguir al camarero en busca de una copa cuando me tropecé con alguien y le derramé la bebida por encima. Imaginad la cara que se me quedó cuando el tío empezó a gritarme que le había manchado un traje de tropecientos mil euros. Me puse colorada y no sabía dónde meterme…, no sabéis cómo se puso. ¡Quise llorar!
—¿Ese es el príncipe del cuento, Nerea? —pregunté yo abriendo los ojos de par en par.
—No, ese más bien es el dragón —sonrió y siguió—. Entonces, cuando ya estaba a punto de darme la vuelta y echar a correr, alguien se acercó y muy educadamente le dijo a aquel tipo que había sido un accidente y que esas cosas pasan en cualquier parte. Le dijo: «Si usted hubiese tropezado con alguien sin querer, ¿le gustaría que se armara este escándalo?». El ogro reculó y desapareció de allí entre la gente, pero todo el mundo se había dado cuenta y hasta el chico que cumplía años se enteró. Por mucho que se acercara para decirme que no debía preocuparme, yo estaba muy avergonzada. Así que sin darle las gracias a…, bueno, al chico amable, me marché de allí confiando en ver pasar un taxi en dos segundos.
»Pero me alcanzó en la puerta y me preguntó si me encontraba bien. Le dije que estaba algo apabullada y que me agobiaba el ambiente del local y él se ofreció a quedarse conmigo hasta que estuviese mejor para volver a la fiesta y divertirme.
—Pero ¡qué majo! —dijo Carmen.
—Ya lo creo. Al final me lo pasé de miedo, a pesar del dolor de pies. Es muy divertido, ¿sabéis? Me sentí tan cómoda…, tan cómoda como con vosotras. Me acompañó a casa, me pidió el número y al día siguiente me llamó para tomar algo, y la siguiente semana, y la siguiente… Desde entonces nos hemos visto un montón y me ha invitado a cenar a su casa…
—¡Ahí! ¡Cuenta, cuenta! ¡Menos mal! Creía que solo ibas a decir cosas como que es tan fino que mea colonia. —Lola puso los ojos en blanco.
A punto estuve de escupir el vino que me estaba bebiendo.
—Vamos muy despacio. No quiero estropearlo todo adelantándome. Ya sabéis, me da miedo perder el interés… —explicó Nerea con las mejillas sonrojadas.
—Eso quiere decir que aún no se ha acostado con él. Hablemos de otra cosa —dijo Lola girándose hacia nosotras.
—¡No, cuéntanos cómo es! —la instó Carmen.
—Pues es alto, atlético —nadie más que Nerea podía utilizar en una conversación normal el adjetivo «atlético»—, con los ojos azules, así con el pelo como castaño…, es muy guapo y muy elegante. Y tiene unos brazos perfectos…, fuertes…
—Venga, ahora lo truculento, Nerea, que estás cogiendo carrerilla. ¿Cómo tiene el rabo? Enorme, ¿verdad?
Ella se echó a reír sonoramente. Los platos de comida llevaban unos minutos muertos de risa enfrente de nosotras pero ni siquiera habíamos reparado en ellos.
—Este carpaccio tiene una pinta buenísima —susurró Nerea.
—No te hagas la remolona —la increpó Carmen acercándose a ella.
—Lola tiene razón, no hay mucho que contar. La semana pasada estuvimos en su casa cenando, creo que fue el jueves. —Se interrogó a sí misma un segundo y asintió—: Sí, fue el jueves. Estuvimos mucho tiempo besándonos y, bueno, perdimos algo de ropa, pero no fue más allá. Esa es otra de las cosas que me encantan de él, que no le importa ir despacio. Y… ¡besa tan bien! No sé qué tiene, pero… me vuelve loca. Es tan…, no sé, es perfecto.
—Bueno, pequeña, perfecto no hay nadie, no vaya a ser que luego encuentres algún defectillo y pierdas la ilusión —dije con suavidad.
—Claro. Las verrugas genitales son feas, pero no tienen por qué ser contagiosas —sentenció Lola sin que ninguna entendiera de qué narices estaba hablando.
Nerea la miró de soslayo y después se dirigió a nosotras:
—No, lo sé, no hablo de perfección en términos absolutos, sino en lo relativo a mí. Estamos encajando tan bien…
Carmen se aseguró de que Nerea ya no iba a contar nada interesante y se levantó al baño, correteando por el restaurante hacia la puerta de los servicios. Nosotras empezamos a comer.
—Oye, Nerea, ¿a qué se dedica? —pregunté con el tenedor en la mano.
—Bueno, es algo así como analista de medios. No sé, una cosa complicada y moderna.
Una BlackBerry empezó a vibrar sobre la mesa y Nerea alargó su mano, con la manicura perfecta, hasta alcanzarla y consultarla.
—Mirad, es él. Le gusta enviarme correos a la BlackBerry cuando no nos vemos. ¿Os lo leo?
—¿Por qué todas tenéis esa dichosa BlackBerry? —vociferó Lola.
—Yo no —dije con la boca llena.
—Tranquila, Lola, tú no la necesitas, ya tienes tu agenda —y al decirlo, Nerea subrayó la palabra «agenda» como quien nombra un talismán.
Al intentar reprimir la carcajada, me atraganté con el carpaccio.
—Lee, lee. No te preocupes por Valeria, ya sabes, se atraganta con facilidad.
Quise reírme, pero no pude; ya tenía suficiente tratando de seguir respirando por la nariz.
«Hola, monada, espero que lo estés pasando bien con tus amigas. ¡Qué miedo me dan tantas mujeres juntas! ¿Sabes? Te echo de menos. ¿Me reservarás la noche de mañana? Prometo llevarte pronto a casa; solo una botella de vino… Mientras tanto te mando un beso que, buf, me muero de ganas de darte».
Carmen llegó en el preciso instante en el que Nerea guardaba de nuevo la BlackBerry en su bolso de mano. Se sentó un momento a mi lado, me dio un par de golpecitos en la espalda y, tras acercarme el vaso de agua, preguntó de qué estábamos hablando.
—Nerea nos estaba leyendo un mensaje de su novio y Valeria se ahogaba, como siempre.
—No somos novios, nos estamos conociendo —contestó Nerea.
—Yo también quiero un novio. Ahora mismo soy la única desparejada del grupo —gruñó Carmen mientras volvía a su parte de la mesa.
—No digas tonterías, ¿qué necesidad hay de encontrar un hombre? ¡Solitas nos bastamos! —dije recuperando el color de cara natural.
—No te ofendas, Valeria, pero tu palabra en este asunto desmerece un poco por el hecho de que llevas casi seis años casada con el hombre de tus sueños… —contestó Nerea.
—Bah —solté con desdén.
—¿Y el de tu curro? ¿Cómo se llamaba? —preguntó Lola a Carmen con la boca llena.
—Borja —respondió en su lugar Nerea, cuya memoria a menudo nos dejaba asombradas.
—Pues eso, Borja… —sentenció Lola—. ¿Qué tal con Borja? ¿Te ha tocado ya la alcachofa o sigue ahí, haciéndose el estrecho?
Todas la miramos. No sé por qué nos seguían sorprendiendo algunas virguerías lingüísticas de Lola, pero la palabra «alcachofa», desde luego, había captado la atención de las tres. Carmen decidió que era mejor obviarlo y contestó con naturalidad:
—Borja igual. No hay acercamiento, pero tampoco se aleja.
—Tienes que tomar el timón —opiné yo—. Invítale a salir, a hacer algo concreto. Una invitación en firme, ¿me entiendes? Nada como: «Un día de estos podríamos salir a tomar algo». Más bien algo como: «Me apetece muchísimo ir a ver esa película este fin de semana, ¿te animas?».
—O algo como: «Tengo la coliflor en su punto. ¿Añades tú la besamel?». —Y después de decirlo, Lola se dedicó a reírse de su propia gracia hasta que Nerea se contagió.
—Eres de lo que no hay… —susurró.
Carmen se sonrojó.
—No, no puedo hacer eso.
—Claro que no puedes. Debe invitarte él —dijo Nerea al tiempo que se servía ensalada.
—¿Cómo que debe invitarle él?
—Carmenchu, a estas ni caso… —susurró Nerea.
—Necesitaría una excusa más fundamentada… —nos contestó Carmen.
—Pues entonces tendremos que inventar un evento creíble al que tengas que ir acompañada. —Sonreí, mientras una idea vaga se formaba en mi mente.
7
Yo pongo la excusa y tú haces el resto
Llegué a casa bien entrada la madrugada. Mi marido estaba viendo en la televisión una de esas teletiendas que se emiten a altas horas de la noche mientras mascaba chicle. Me tambaleé un poco delante de la cama y, antes de caer encima de la colcha con bailarinas incluidas, le dije que íbamos a organizar una pequeña fiesta en casa.
—¿Y eso? —preguntó extrañado.
—Carmen necesita ligarse a un tío.
—¿Y qué papel juega nuestra casa en ello? ¿Es un lugar sagrado o qué?
No contesté. Estaba muy concentrada en saber si era yo la que estaba dando volteretas sobre la cama o era la casa la que giraba a mi alrededor.
A la mañana siguiente le expliqué el plan, después, eso sí, de tomarme un par de aspirinas que calmaran la horrible resaca que provoca mezclar tanto vino tinto con caipiriñas. Y el plan era el siguiente: íbamos a organizar una pequeña fiesta en casa con muy pocos invitados, solamente nosotros y una persona por cada amiga, para hacer bulto. De esta manera Carmen podría dejarle caer a Borja que necesitaba acompañante porque todo el mundo iría con pareja y si no ella se sentiría desplazada. Por los comentarios que hacía de él, estaba más que cantado que se ofrecería para acompañarla.
La excusa sería la muestra de una nueva colección de fotografías de Adrián a los amigos más íntimos. A decir verdad, teníamos la mayor parte de las paredes del estudio decoradas con cientos de ellas, pero eso Borja no lo sabía. Podría pensar que habíamos engalanado la casa para la ocasión, ¿no?
Adrián refunfuñó un poco. Decía que no sabía comportarse como el «artista» que esa gente esperaba encontrar cuando iba a ver una exposición de fotos, pero se tranquilizó al saber que la lista definitiva de invitados no superaba las ocho personas, incluidos nosotros. Mejor porque era la única manera de caber en casa.
Me pasé la semana emocionada con la idea, sobre todo con los preparativos. Estaba angustiada con volverme una acelga hervida y pensaba, o más bien quería pensar, que estas ocasiones especiales motivarían mi creatividad. Mentiras baratas para no sentirme mal por no estar haciendo nada de provecho con lo que se suponía que estaba escribiendo. Pero, excusas aparte, fue lo único que consiguió levantarme el ánimo y que me peinara.
Conocer a Borja también me hacía ilusión. Se me antojaba como el personaje ideal de una novela romántica, como el chico mono en el que la protagonista no se fija hasta que el tío bueno no la deja plantada. Me lo imaginaba tipo Humphrey Bogart, apoyado en la barra de un piano bar fumando un pitillo tras otro, bebiendo despacio un whisky doble sin hielo. Estupideces de las mías. En realidad sabía que si le gustaba a Carmen tendría cara de niño.
La fiesta estaba programada para el viernes, una noche perfecta para que no pudieran surgir excusas del tipo «mañana madrugo», de manera que perdí todo el jueves limpiando la casa (o palacio de Polly Pocket, como a mí me gusta llamarlo) y preparando tanto la comida como la infraestructura (que en este caso es el equivalente eufemístico a pedir platos y copas a mi hermana).
Preparé sushi y sashimi variado y makis de salmón y aguacate. También cucharitas de aperitivo y tartaletas que incluso horneé yo misma. Adrián no daba crédito, sobre todo porque la última vez que me había visto cocinar aún se llevaban los zapatos de punta…
Por la noche llamé a Carmen, expectante por si se había atrevido ya a pedirle a Borja que la acompañase, y, muerta de vergüenza, confesó que se lo había acabado pidiendo en el ascensor, rodeados de gente desconocida que se lo pasó en grande con el despliegue de sus nulas habilidades de seducción. Al final, le había tenido que plantear la situación como un drama.
—Le dije que todas mis amigas estaban emparejadas y que sabía que, como iba a ser algo muy privado, acabaría sintiéndome desplazada.
—Entonces, ¿te lo propuso él?
—¡Qué va! Ni tiempo le dio. Me puse tan nerviosa que empecé a atropellarme y acabé suplicándole que viniera conmigo.
—Define suplicar… —Cerré los ojos, agradeciendo estar fuera del mercado de ligues y ahorrarme esos tragos.
—Le cogí suavemente del antebrazo y le dije que, por favor, me acompañase para tener al menos alguien con quien hablar.
—Bueno, no está tan mal. Muy casual, muy como «somos colegas».
—No sé, Valeria, me puse muy colorada y empezaba a hiperventilar cuando se abrieron las puertas del ascensor.
Adrián, que estaba siguiendo la conversación mediante mis respuestas, se mostraba fascinado por la naturaleza femenina.
—Tenía que haber invitado a su jefe, para limar asperezas —sugirió.
—Dile que le he oído y que si no quiere tragarse su propia lengua, que se calle y ni me lo nombre, que me ha dado el día el muy cabrón.
Me giré hacia Adrián:
—Dice que eres muy gracioso y que te adora.
—¡No! No malmetas, ¡dile que quiero matarle! —gritó ella entre risas desde el otro lado del hilo telefónico.
El viernes por la mañana, mientras me entretenía cambiando de orden los capítulos de mi «novela» para ver si mejoraba su aspecto, recibí un correo electrónico de Nerea, siempre educada y un poco distante. Aunque éramos sus mejores amigas cuando nos escribía un email o una felicitación de cumpleaños daba la impresión de que no nos conocía lo suficiente como para andarse con informalidades.
Hola, Valeria:
Lamento decirte que esta noche no voy a poder presentaros a mi chico. Tiene mucho trabajo y, la verdad, ni siquiera le comenté lo de la fiesta por miedo a asfixiarle. Es muy educado y sé que no hubiera declinado la invitación, aunque tenga mil cosas que hacer. De esta manera le ahorro el mal trago. Otra vez será.
Pero confirmo mi asistencia y también la de Jordi; ya sabes lo mucho que le gustan las fotografías de Adrián y está como loco por ver tu casa.
xxxooo
P.D.: Llevaré una botella de ginebra.
Era de esperar. No dudaba que su chico estuviera agobiado con temas de ese trabajo tan moderno que tenía, pero estaba segura de que a ella la excusa le había venido como anillo al dedo. Conociéndola, era más bien Nerea la que no quería asfixiarse presentándonoslo ya. Nuestra opinión era muy importante para ella y quería hacer las cosas de la manera más formal posible cuando fuera el momento, con todo ese protocolo que tanto le gusta a la muy jodía. De todas maneras, había sabido salvar la situación invitando a Jordi. Así, la coartada de Carmen seguiría intacta.
A las diez de la noche ya estaba todo preparado para recibir a los invitados, incluida yo, con un vestido que no me ponía desde el pleistoceno y mis zapatos preferidos, regalo de Adrián durante nuestra luna de miel. Primeros zapatos de tacón que me ponía en meses. Mis pies gritaron de horror y mis piernas de júbilo al verse de repente tan largas y estilizadas. Pero que conste que lo hice de muy mala gana y que no me vi para nada favorecida. Lo único que me apeteció cuando me vi con el vestido fue ponerme el pijama antimorbo y acostarme.
La primera en llegar fue Lola. La sorpresa resultó enorme al encontrarla, además de despampanante, acompañada por Sergio. No solían ir juntos a ningún sitio, pero, ahora que lo pienso, es posible que incluso llegaran hasta allí por separado.
Lola llevaba un vestido negro hasta debajo de la rodilla, entallado y escotado, que se le pegaba al cuerpo como un guante. Los zapatos de tacón altísimo no hacían más que llamar la atención sobre su espectacular figura. Los pechos se le agolpaban en el escote como asomados a un balcón, perfectos, insinuantes pero nunca vulgares. Tenía los labios carnosos y se los había pintado de rojo y lucía un flequillo perfecto sobre la frente, con el pelo larguísimo y estudiadamente ondulado sobre la espalda y el pecho. Estaba impresionante y Sergio se la comía con los ojos.
—¡Estás guapísima! —dije entusiasmada.
—Muchas gracias, nena. ¡Y tú también! —Me echó una miradita y me guiñó el ojo, dándome el visto bueno—. Oye, ¿conoces a Sergio?
—Humm —dudé. No sabía si debía conocerlo o realmente lo hacía porque ella me había enseñado un par de fotografías mientras me hablaba de él.
—Sí, creo que coincidimos una vez —dijo él amablemente con su voz de caramelo.
—Pasad y coged una copa, enseguida llegarán los demás.
Apoyado en una pared con cara de estar sufriendo un horrible tormento, encontraron a Adrián, que les saludó con un «¿Vino o cerveza?».
¡Resalao! Simpatía a raudales…
Carmen no tardó mucho. Cuando le abrí la puerta, ella y Borja hablaban animadamente y se reían. Aquello tenía muy buena pinta. No me sorprendió en absoluto el aspecto de Borja; era tal y como lo imaginaba (pero sin sombrero a lo Bogart).
Se trataba de un chico aparentemente normal, pero al hablar durante cinco minutos con él, preocupada por que se sintiera cómodo e integrado, vislumbré ese halo de sex appeal que había encontrado Carmen y cuyo rastro estaba siguiendo. Se le veía un tipo un poco tímido, pero amable y divertido. Tenía una voz de lo más sexi. Era un chico grande, de espalda ancha y al menos 1,85 de altura. A su lado Carmen parecía menuda y mucho más femenina. Eso es importante, al menos a mí me lo parece. Hay hombres que no nos favorecen en absoluto, y estoy hablando de ellos, efectivamente, como si fueran un complemento de moda.
Borja le quedaba como un guante y no es que Carmen no fuese femenina. Ella siempre se queja del tamaño de sus caderas, pero a mí me parece que tiene un cuerpo voluptuoso y sexi. El problema no son sus caderas, ni sus muslos, ni sus brazos torneados… El problema es la moda imperante de tallas ridículas que nos encontramos en las tiendas. Lo que le ocurre es que para ser mujer es alta y, además, le encanta llevar tacones. Al lado de Borja no desentonaba, no parecía más alta que la media, y se la veía tan arropada y segura de sí misma…
No quise monopolizarlo y se lo presenté a Adrián, que hablaba con Sergio en un rincón cercano a la ventana; cuando estuve segura de que se había adherido a la conversación, me acerqué como quien no quiere la cosa a Lola y Carmen, que cotorreaban sin disimulo alguno.
—Casi no se nota que le estáis escaneando, ¿por qué no sois un poco más exageradas?
—Son tíos, de estas cosas no se enteran —dijo Lola risueña.
—Bueno, ¿qué te parece? —me preguntó Carmen con ojitos de cachorrito.
Veamos. Tenía un puntito sexi, pero no era lo que se dice el chico guapo de una fiesta. Ella era bastante más atrayente que él, pero, no sé si por confraternizar o por piedad, yo había intuido en él eso que volvía loca a Carmen. ¿Qué decirle? Lola se me adelantó:
—Aun a riesgo de parecer superficial y una auténtica cabrona, te diré que no imaginaba a un tipo tan grande.
—¿Qué significa grande en tu idioma, Lola? —contestó Carmen un poco molesta.
—Que es un poco morsi, pero no te enfades, nena; te hace parecer más delgada.
Respiré sonoramente y, dándole una palmadita en el hombro a Lola, le dije que se callara un ratito.
—Quiero decir que, bueno, no es…, ya me habéis entendido. Cada cosa que diga a partir de ahora será utilizada en mi contra.
—Es mono, Carmen —sentencié.
Ella lo miró desde allí con una sonrisa alelada y luego, tras volverse a nosotras, susurró que era especial, aunque se sentara apoyando la barriga en la mesa de la oficina.
Sonó el timbre y al abrir la puerta aparecieron Nerea y Jordi. No era habitual en Nerea llegar ni siquiera diez minutos tarde a ninguna parte, pero sí de Jordi, su amigo gay. Nerea estaba perfecta, con la ropa de la oficina aún impecable. El traje de chaqueta de color gris pardo le quedaba increíblemente bien, con la blusa entallada y blanca a través de la que se le transparentaba tímidamente el sujetador de encaje blanco. Era el único punto de seducción de su indumentaria, pero hacía extraordinariamente bien su trabajo, porque todos los hombres que había en el apartamento la miraron, incluido Adrián.
No es que me molestara, ya estoy más que acostumbrada a que Nerea se lleve las miradas de todos los hombres, pero…, pero me sentí un poco celosa. Ese hombre era mi marido. El mismo que me había dado como único asalto sexual en seis meses un mete-saca de tres minutos de reloj y que no me miraba así desde los albores de la humanidad.
Entraron hasta el salón y, antes de que le presentáramos a nadie, Nerea dio un sorbo a una copa de Martini, aprovechó para acercarse hasta Carmen y susurró:
—¿No irás a decirme que el chico que te vuelve loca es ese individuo de ahí?
Ya estaba. Abierta declaración de guerra. Follón en camino.
Carmen la miró enfurecida. Ni siquiera le salían las palabras mientras Lola hacía un mutis por el foro para no partirse de risa en sus caras. Yo debí haber hecho lo mismo, pero, por miedo a tener una pelea de gatas en el salón de mi casa, carraspeé y opiné:
—Bueno, Nerea, más vale un gusto que cien panderos.
—Sí, sí, cien panderos —repitió con sorna Nerea.
Carmen rebufó como un toro tomando carrerilla y, antes de ir hacia donde estaba su «amor», contestó malhumorada:
—Doña Perfecta entenderá que los demás no nos limitamos a quedarnos en la adolescencia y al crecer nos interesan otras cosas aparte del tipo de ropa que utiliza o cuán marcada tiene la tableta del estómago, como seguro que tiene «tu chico». Si me disculpas…
Me quedé mirando a Nerea fijamente esperando que se arrepintiera de su comentario, pero le sonó el móvil y se metió en la cocina para contestar.
Adrián se acercó por detrás de mí y en susurros me preguntó si Sergio era «La Bestia», como solíamos llamarle nosotras y tal y como conocía él al ligue de Lola. Asentí con la cabeza y al girarme se extrañó por mi gesto.
—¿Qué pasa?
—Carmen y Nerea han tenido una enganchada de las suyas.
—Vaya, ¿tan pronto? Pues espera a que se tomen unas copas, que acaban tirándose de los pelos.
—No me hace gracia, Adrián —dije mientras me soltaba con suavidad.
Sonrió.
—Venga, ya se les pasará. No te metas y que lo arreglen ellas solitas, que ya tienen edad.
Nerea salió de la cocina mesándose el pelo y Carmen la fulminó con la mirada.
—Venga, presentadme a la morsa —susurró Nerea con desdén mientras se acercaba a ellos.
Milagrito si no terminaban arañándose la cara. Nerea era muy victoriana, pero tenía unas salidas de tiesto de lo más creativas.
8
Fin de fiesta
A las dos de la madrugada después de una noche distendida (a excepción de Nerea y Carmen, que apenas volvieron a dirigirse la palabra en toda la velada), todos se fueron marchando dejando los ceniceros llenos de colillas y el lavavajillas a rebosar.
Lola fue la primera en irse. Cuando me estaba dando los dos besos de despedida, me dijo en un susurro que me llamaría para explicármelo todo.
Sin necesidad de que me contara nada, ya intuía que era una cuestión de celos por parte de Sergio, que, aunque resultara realmente estúpido, no soportaba pensar que Lola siguiera su consejo de hacer su vida. Creo que de una manera más o menos consciente, él quería dominarla por completo y volverla inútil. Es fácil sentirse bien con uno mismo si al lado tenemos a alguien que se ha diluido en la total adoración hacia nuestra persona. Quizá yo debería buscarme un seguidor de este tipo…
En la cuestión superficial, la verdad es que el chico llamaba mucho la atención. Era un hombre guapo y atractivo, las dos cosas. Tenía un cuerpo muy trabajado por horas de gimnasio y dieta sana, y unos ojos castaños, oscuros y profundos. Sin embargo, por mucho que físicamente fuera un adonis, personalmente no dejaba de ser una patata grillada y, al menos para mí, eso le restaba atractivo. Me daba igual que la tuviera como un antebrazo humano, porque, lo primero…, dejadme dudar de ese tipo de comentarios cuando salen de la boca de Lola.
Lo que sí es verdad es que se fueron juntos. Lo sé porque, como quien no quiere la cosa, me deslicé hacia la ventana y los vi entrar en el mismo coche… Era fácil adivinar cómo iba a acabar la noche.
A Lola le encantaba ver conducir a Sergio. Venga, lo diré sin eufemismos…: a Lola le ponía cachonda como una mona ver conducir a Sergio; esa es la verdad. Pero lo callaba. No le hacía falta decirle nada en referencia a lo mucho que le gustaba tal o pascual de él, porque luego esas cosas se convertían en armas arrojadizas que él utilizaba para sentirse más seguro de sí mismo y tratarla como lo hacía, con desdén.
En silencio, los dos se miraban de reojo. La novia de Sergio había salido con unas amigas aquella noche y él, haciéndose el buen chico, sincero y sin dobleces, le dijo abiertamente que saldría con una amiga a tomar algo. Pero claro, no hay mentira más grande que una verdad de ese tipo a medias: omitió el hecho de que esa amiga era su amante, con la que llevaba casi un año; no le contó lo muchísimo que le costaba no mirarla en el trabajo y lo amargamente que le excitaba esa situación prohibida cuando le quitaba las bragas en el aparcamiento de la empresa y la empotraba contra una furgoneta de reparto.
Y, paradojas de la vida, cuando llamó a Lola se encontró con que ella ya tenía plan. Había invitado a un amigo a una fiesta en casa de una pareja amiga; nuestra fiesta, evidentemente.
Él montó en cólera, pero disimuló. Sabía muy bien cómo llevarla a su terreno, así que se limitó a decirle lo mucho que le apetecía verla aquella noche. Se moría de ganas, decía, de abrazarla contra su pecho, de besarla y morderle suavemente la barbilla…
Lola tardó en anular la cita que tenía e invitar a Sergio a acompañarla tres avemarías. Sergio dijo que sí, pero simplemente porque el plan le parecía interesante. Después incluso podría «sincerarse» con su novia y decirle que habían estado en una fiesta viendo la nueva colección de ese fotógrafo que trabajaba para la revista Horizonte. Sonaría bien y no tendría que preocuparse de inventar algo con lo que tapar las horas en la cama con Lola.
Ahora, en el coche, Sergio rompió el silencio:
—Y tus amigos ¿saben quién soy?
—Supongo que saben que eres mi jefe, si es a eso a lo que te refieres.
—No soy tu jefe, Lola. —Sonrió.
—Pero casi. —Ella no lo hizo; miraba a través de la ventanilla.
—Si decir eso te da morbo, por mí estupendo. ¿Saben que nos acostamos?
—Sí. —Lola no tenía ganas de mentir a esas horas.
—¿Y qué más saben?
—Pues lo que yo les cuento: que eres un capullo egocéntrico con novia pero que en la cama eres un dios.
Sonrió pagado de sí mismo, mirando hacia la carretera. Era lo que necesitaba saber.
—Y parece que con eso te basta, ¿no? —susurró sensualmente él.
—Pues parece.
—Que no se te olvide entonces.
Se miraron los dos y Lola se odió durante un rato al darse cuenta de lo mucho que traicionaba aquello su verdadera manera de ser. Ella era una mujer fuerte, independiente. Había salido de casa de sus padres a los dieciocho años a estudiar idiomas en el extranjero y nunca, a partir de aquel momento, había necesitado más ayuda que el apoyo de sus amigas a la hora de tomar decisiones.
Ganaba su dinero, ahorraba y gastaba, salía, conocía a gente sin cesar, pasó de un país a otro y en seis años, sin darse apenas cuenta, se había convertido en la persona que quería ser. A los veinticuatro años encontró un trabajo que le permitía seguir estudiando y en menos de seis meses se independizó.
Nunca había necesitado a nadie como necesitaba ahora a Sergio, que encima la trataba como la trataba. Ella, que siempre había andado con un par de chicos a la vez, que nunca se había colgado de nadie y que no había emprendido una relación seria porque no le había apetecido, sufría porque con el que ahora soñaba tenerla no quería.
Llegaron a casa de Lola. Ella no entendía por qué tenía que ser siempre allí. Estaba un poco harta de esconderse en su propio apartamento, pero luego se dio cuenta de que de esa manera él luego no tendría que borrar el rastro de Lola para que su novia no los descubriera.
Y por más que la situación le molestara, sucumbió, como siempre. Subieron por las escaleras enredados ya. En el rellano de su casa, a Lola le faltaban ya las braguitas y Sergio había metido la mano entre sus piernas. Esta vez lo hicieron en la cocina, encima de la escueta encimera, durante cerca de una hora. Sergio: La Bestia. Sudar, gemir, decir guarradas y darle a Lola unos orgasmos brutales se le daba estupendamente bien.
Después, como siempre, se dieron una ducha y él se fue, aduciendo responsabilidades el sábado por la mañana que ni siquiera se creía.
Lola se acurrucó en la cama, sola. No solía importarle estarlo, pero ahora hasta le dolía. Se sintió sucia. El placer la subía a las nubes y luego, cuando el efecto de este se borraba, el tortazo contra el suelo era de órdago.
Quiso llorar, pero dudo que Lola sepa hacerlo. Es demasiado fuerte como para sentirse como se sentía… Entonces, ¿por qué?
Carmen y Borja se fueron después. Mientras se marchaban escuché cómo Borja se ofrecía a llevarla a casa y pensé que la cosa estaba hecha. Ya se sabe, beso romántico en el portal y después chingui chingui primerizo en el sofá. Pero… al subirse al coche, Carmen vio claro que aquella noche tampoco iba a pasar nada: Borja volvió a sumirse en ese estado meditabundo.
Carmen había estado toda la noche intentando parecer una mujer sexi y cosmopolita, con sus pantalones pitillo y los taconazos, rodeada de sus amigos fashion (¿fashion?, Dios mío, si yo me pasaba la mayor parte del día andando por casa con pantuflas), pero parecía que no había manera de impresionarle. Tenía que aceptarlo, no le gustaba; pero no pudo evitar malhumorarse como una chiquilla.
—Me lo he pasado muy bien —susurró Borja atento al tráfico que sorprendentemente había en el centro a esas horas.
—Sí, claro. Yo también —dijo ella con desdén.
—Tus amigos son muy simpáticos y las fotografías de Adrián son una pasada.
Carmen sonrió para sí. Al menos no la había descubierto y su coartada seguía en pie, junto a su dignidad. Se animó a hablar un poco más, convenciéndose a sí misma de que tenerlo como amigo era suficiente.
—¿Viste las que tiene en el baño?
—Oh, sí. —Borja sonrió—. Son muy… artísticas.
Se miraron un momento, callados, con una sonrisa un tanto explícita en la boca. Hablaban de unas fotografías que me había hecho Adrián casi al comienzo de nuestra relación. Con diecinueve años que tu novio te proponga una sesión de fotos desnuda te parece de lo más emocionante, pero casi nunca te das cuenta de que ocho años después esas fotos pueden avergonzarte un poco, sobre todo si tu marido las tiene colgadas en el cuarto de baño. Pero, bueno, tenían razón; objetivamente eran bonitas, no demasiado escandalosas y con una luz preciosa. Eran de las pocas cosas que me recordaban aún que yo, bajo esa apariencia aburrida, seguía siendo una mujer que podía resultar deseable.
—¿Tú te atreverías a hacerte unas fotos así?
—Bueno, bien visto no se le ve nada —contestó Carmen sonrojada.
—Algo se ve. —Volvieron a reírse, esta vez abiertamente—. Muchas gracias por invitarme, Carmen.
—Muchas gracias a ti por acompañarme.
Llegaron pronto. Se despidieron con dos besos y Borja, como siempre, esperó a que ella entrara en el portal; luego se saludaron con la mano y él desapareció calle abajo.
Carmen se sentó en la cama casi desnuda, como le gustaba dormir, y se juró a sí misma que jamás volvería a hacer un esfuerzo por acercarse a Borja, porque él no sentía lo mismo que ella. No podía estar buscando eternamente algo que no existía.
Se metió en la cama, se colocó el iPod con el volumen al máximo y se permitió fantasear por última vez, mientras escuchaba una canción de Lenny Kravitz.
Nerea fue la última en irse, intentando justificar el comentario que tanto había molestado a Carmen.
—Valeria, sabes a lo que me estaba refiriendo. Ella es mucho más…, no sé, es mucho más de todo. El chico no es que sea un monstruo, pero para mi amiga Carmen me gustaría otro tipo de chico.
—Pero a Carmen le gusta y, la verdad, me parece genial que le encante alguien que no entra en el perfil del tío bueno.
—Bien, aceptado, le pediré disculpas mañana —refunfuñó.
Adrián pasaba por allí mientras yo me fumaba el último cigarrillo descalza junto a la ventana, Jordi ojeaba unos álbumes de Adrián y Nerea miraba al infinito. Él no solía meterse en esas cosas, pero se acercó y se sentó sobre un taburete, junto a Nerea.
—¿Quieres un consejo? —le susurró, dulce.
Ella se giró y apoyó la cabeza en su hombro.
—No sueles darlos, así que aceptaré que es algo sabio que me hace falta aprender.
—La belleza es una dictadura que acaba con el tiempo. Lo único que se puede hacer para retenerla es fotografiarla, porque queda como muerta sobre un papel. Pero nada más. Solo muerta en un papel. —Y, después de decirlo, Adrián se arremangó su jersey oversize y se revolvió el pelo. Mis bragas se volatilizaron.
—No es una cuestión de superficialidad, Adrián, es una cuestión de…, no sé. No sabría explicártelo. Nunca imaginé que le gustasen ese tipo de tíos.
—Es que no le gustan ese tipo de tíos, le gusta él. ¿Le has preguntado qué es lo que le gusta de él?
—No —respondió Nerea algo avergonzada—. No se lo he preguntado, la verdad.
Los dos me miraron a mí y yo contesté:
—Le gusta porque la hace sentir muy mujer, muy especial. Le encanta la manera que tiene de reírse, el vello de sus antebrazos, no me preguntéis por qué; también cómo coge los cigarrillos, cómo sopla el café para que se enfríe, cómo la miró aquella vez que bailaron juntos en una fiesta y la cogió de la cintura, sus manos…
—Vale, vale… —Nerea levantó las manos en son de paz—. Mañana la llamaré. Ahora me voy a casa a pensar en lo muy perra que soy. —Sonrió.
Adrián le dio una palmadita en la espalda y la condujo hacia la puerta.
—Venga, Valeria, vámonos a la cama, que estos señores ya tendrán ganas de irse.
Todos nos reímos.
Cuando Nerea llegó a su casa se quedó un rato en el coche, parada y con la música puesta. Se sentía superficial y tonta por haber hecho que Carmen lo pasase mal. No creía que hubiera sido para tanto, pero es que realmente aquel chico no le gustaba nada. Jordi le había dicho que era una perra mala; quizá tuviera razón. El problema era que Nerea se preocupaba demasiado por lo que pensaran las demás de sus parejas. No entendía esa especie de amor ciego que permitía a una mujer como Carmen, con ese atractivo y sensualidad, fijarse en alguien que no le hacía justicia en absoluto.
De pronto pensó en su chico… Le apetecía tanto saber de él… Sabía que no debía, pero solo un mensaje de buenas noches…
Alcanzó su móvil.
«Buenas noches, Dani. Sueña con cosas bonitas. Mañana te veo».
Cuando ya se metía en la cama sonó un mensaje en su BlackBerry:
«Entonces soñaré contigo, pequeña. Buenas noches y hasta mañana».
Bailoteó como una niña el día de su cumpleaños y se le olvidó lo de Carmen.
9
El viaje de negocios
El lunes por la noche recibí un correo electrónico de Carmen. Lo primero que me decía en él era que se cagaba en todas esas teorías del buen rollo y del karma cósmico, porque ella era el ejemplo viviente de que no había justicia. Luego me contaba que el reencuentro con Borja en el trabajo había sido tan absolutamente normal que había decidido abandonar por siempre la senda de la seducción, porque estaba visto que no valía para ello (y la cito a ella, mi opinión es otra).
Después me contaba la verdadera razón de su absoluta desmotivación. Había estado meses deseando que le concedieran entrar en el equipo de la cuenta de un cliente muy gordo de la agencia y cuando lo consiguió se acordó del dicho de «cuidado con lo que deseas». Le apasionaba y se podía pasar las horas muertas metida en la oficina trabajando en ello, pero (y siempre hay un pero en estas historias) su jefe era el directivo de cuentas, por lo que no solo no se libraba de él, sino que acortaba distancia sin darse cuenta.
Ahora el problema era que debían presentar el proyecto de la nueva campaña de marca en las oficinas del cliente y entre todo el equipo habían decidido que iría ella a defenderlo puesto que, y no es porque sea mi amiga, es una fiera. Su jefe era plaza segura y el azar quiso que Borja terminara de integrar el equipo.
Para despedirse me mandaba miles de besos, sus disculpas por darme el coñazo y las gracias, nuevamente, por haber puesto mi casa para el experimento fallido «Carmen/Borja».
Le contesté de inmediato con una llamada de teléfono, emocionada como si fuese yo la que tuviera que estar haciendo la maleta, y la animé a motivarse. Su contestación fue tajante:
—Este viaje no me viene bien. No quiero pasar ni un minuto más de lo indispensable con Daniel y, además, ir con Borja no me ayuda a olvidarle. Es el peor momento posible, porque justo ayer, planchando, me cargué el único traje que tengo para estas ocasiones y me viene fatal este mes comprarme otro, ya que aún estoy pagando los plazos del máster y de la depilación láser.
La consolé y le dije que sería una prueba de fortaleza de la que saldría victoriosa, pero se despidió desanimada apelando a que necesitaba llenar su vacío interior con un paquete entero de donuts.
Al día siguiente Carmen fue durante la hora de la comida a comprarse un traje. Ya no debían de estar de moda los que a ella le gustaban, así que, además de ponerse de muy mal humor, tuvo que comprarse uno como los que llevaba Nerea, de falda de tubo hasta debajo de la rodilla. Le mosqueó tener el reciente recuerdo de cómo le sentaban a nuestra amiga ese tipo de trajes, porque lo que le devolvía el espejo le parecía mucho más un botijo.
Para animarse, aunque no pudiera permitírselo, se pasó por la sección de ropa interior y se compró un par de conjuntos sexis que, pensó, acabarían pasados de moda en un cajón antes de que los estrenara.
Por la tarde una compañera la aburrió con sus penas mientras se tomaban un café. Tenía treinta y muchos años y la acababa de dejar su novio de toda la vida, y cuando digo de toda la vida hablo de una relación de al menos quince años. Lo decía con los ojos como puños de tanto llorar. Carmen quería decirle que encontraría a otra persona antes de lo que creía…, pero no se atrevía. La chica tenía pelo por todas partes, y cuando Carmen decía por todas partes, solía referirse a cantidades ingentes en la cara y en el cuello. Además, era miope y no podía llevar lentillas, por lo que estaba atada a unas horribles gafas de culo de vaso, a lo que se sumaba la poca habilidad que tenía para sacarse partido y para arreglarse lo más mínimo, además de algunas faltas de higiene, como no lavarse el pelo con la frecuencia necesaria… Resumiendo, que la pobre era un cromo.
El novio que la había dejado tampoco era lo que se dice un adonis, pero eran un roto para un descosido. Y, así, la chica confesó entre llantos que la envidiaba porque era joven e independiente y podía tener al chico que quisiera.
Carmen, apenada, le contó que ella no tenía suerte con los hombres y que estaba segura de que el problema de las dos era de actitud.
—Tenemos que ir por la vida como si nos comiésemos el mundo. Seguro que entonces serían los hombres los que querrían estar con nosotras y nosotras las que querríamos usarlos y tirarlos después.
La compañera se animó, pero supongo que porque mal de muchos, consuelo de tontos.
Cuando llegó a casa, Carmen se probó de nuevo el traje y se sentó para acomodarlo a su cuerpo. Era consciente de que le venía excesivamente justo y de que tenía que darlo un poco de sí. A Carmen no le gustaba ir prieta porque siempre fue una mujer con muchas formas, incluso exuberante, y no le agradaba marcar esa carne que el resto de sus compañeras y amigas no tenían. Bueno, podía no estar delgada, pero apuesto a que todas las mujeres que la conocen la envidian un poco, y en ese grupo me incluyo yo. Tiene los pechos más bonitos que he visto en toda mi vida, por no hablar de lo firme y sedosa que es su piel.
Después de encender el ordenador y echar un vistazo a un par de blogs, se levantó para ponerse de nuevo el pijama y se vio en el espejo… y se miró por fin de verdad.
Recordó a esa chica del trabajo y la imagen que tenía de ella…, y vio sus piernas largas, su boca mullida, la buena mano que tenía para maquillarse y arreglarse el pelo, y entonces pensó que tal vez el traje no le sentara como a Nerea, pero le quedaba mucho mejor que el viejo… Estaba guapa, con el pelo rubio oscuro y ondulado suelto, y con aquellos zapatos de tacón altísimo con los que se lo había probado.
Se animó. Se animó mucho. Dejó el traje en la percha frente a la cama, abrió la bolsa de mano y metió dentro uno de los conjuntos sexis que se había comprado y un pijama mono, unos vaqueros que le quedaban de vicio y una blusa escotada y entallada que hacía años que no se ponía. Ya era hora de actuar en consecuencia.
A la mañana siguiente madrugó muchísimo para poder llegar decentemente pronto al aeropuerto y que sus compañeros no tuvieran que esperarla. Daniel ya estaba allí y Borja llegó al cabo de cinco minutos.
En el corto trayecto del avión Carmen cazó un par de miradas de Borja que la animaron. Debía mantenerse firme, comportarse como lo estaba haciendo, porque de pronto se encontraba más cómoda con él y Borja más pendiente de ella. Así que siguió tecleando en su ordenador portátil minúsculo, ultimando los detalles de la presentación de media mañana.
Parecía tan segura de sí misma que ni siquiera Daniel le lanzó ninguna amenaza porque consideró que no era necesaria.
Al aterrizar nos envió un mensaje (a Lola y a mí, porque con Nerea seguía molesta) en el que nos contaba las bonanzas de ser la nueva Carmen, segura de sí misma e independiente. Dio la casualidad de que Lola y yo estábamos almorzando juntas en el centro cuando nos llegó. Lola había terminado una traducción mucho antes de lo convenido y le habían dado el día libre a la espera de otorgarle otro proyecto.
Me quedé muy satisfecha con el cambio de actitud de Carmen y lo comenté con Lola, que estaba de acuerdo conmigo y añadió que ahora seguro que Borja terminaba chuscándosela salvajemente.
Aunque Carmen hizo un magnífico papel en la presentación, Daniel le dijo que había titubeado en un par de ocasiones y que su pronunciación de los términos en inglés dejaba bastante que desear. Por un momento, quiso echarle las manos al cuello, pero la nueva Carmen, que no se dejaba apabullar ni se cabreaba, pasó del comentario como si fuese viento.
Borja y Daniel salieron a comer, pero ella se hizo la interesante y prefirió quedarse en el hotel. Todo tenía una explicación: los zapatos la estaban matando y quería darse una ducha y relajarse. Incluso era posible que le diese tiempo a dar una cabezada. Al día siguiente les quedaba una videoconferencia con los responsables de marca internacional del cliente y quería estar descansada.
Llevaba poco más de diez minutos tirada en la cama, después de su ducha, cuando alguien llamó a la puerta de la habitación. Al abrir se encontró con Borja, que le echó una mirada extraña; Carmen había abierto en pijama, con un short y una camiseta blanca que transparentaba un poco. Probablemente, a Borja no le había pasado por alto la sombra de sus pezones intuyéndose bajo la tela.
—¿Querías algo? —preguntó ella cogiéndose a la puerta para taparse el pecho.
—Nada en particular. Solo… —Se mordió el labio superior, perdió el hilo, miró al suelo, se rio y, después de resoplar, terminó la frase— quería preguntarte si has comido algo…
—Pues no. —Frunció el labio—. Y empiezo a tener hambre.
—Si quieres te acompaño a la cafetería de abajo. —Los dos se miraron y sonrieron. Borja levantó las cejas y después dijo en voz baja—: Venga…
La antigua Carmen se habría puesto nerviosa pensando que detrás de aquella invitación podía haber algo más, pero para la nueva no se escondía absolutamente nada tras la proposición que no fuera «te acompaño a la cafetería».
—Dame un minuto y me cambio de ropa.
Cerró la puerta, se puso el sujetador, se colocó unos vaqueros y la blusa escotada y se marchó con él escaleras abajo…
Pero, oh, sorpresa, sorpresa. El destino le tenía preparadas más pruebas a la nueva Carmen, porque sentado en la cafetería encontraron a Daniel, que escribía en su BlackBerry delante de un café. Sería de muy mal gusto que se sentaran en otra mesa, así que cogieron dos sillas y se unieron a él.
—Hola —dijo Daniel en un tono seco y escueto.
—Hola. Carmen tenía hambre y pensamos que… —Borja y su continua manía de justificarlo todo.
—Bien, bien —cortó Daniel sin levantar los ojos de la BlackBerry.
Carmen pensó que si iba a estar callado, por lo menos la comida le sentaría bien, así que pidió un sándwich y un trozo de tarta.
Para su desgracia, Daniel resucitó de pronto y, con una sonrisa maliciosa, dejó caer:
—Vaya, Carmen, cómo te cuidas. Pues ten cuidado, que a tu edad se os pone todo en las caderas…
Carmen quiso estrangularlo ella misma con las manos hasta que se pusiera morado y luego darle patadas en la entrepierna hasta que se le descolgara lo que quisiera que tuviera allí. Lástima que por estar tan enfrascada en el odio pasara por alto la foto que tenía Daniel como fondo de pantalla de su móvil… Cuando miró hacia la mesa otra vez, la luz ya se había apagado y el teléfono estaba bloqueado.
10
¡Ups, yo no quería saber esto!
Aquel fin de semana Carmen se marchó a ver a sus padres, a los que hacía al menos dos meses que ni siquiera llamaba ella motu proprio. Harta ya de que le echaran en cara que era una hija horrible que siempre olvidaba los cumpleaños y aniversarios, cogió un billete para viajar «en mula» a «esa pútrida aldea» donde creció; evidentemente, la parafraseo.
Aunque nos pidió y nos suplicó que no hiciésemos nada interesante mientras ella estuviese fuera, Lola y yo pensamos que tomar una copa el viernes por la noche no era un plan demasiado apasionante que envidiara cuando volviera. A decir verdad, yo prefería quedarme en casa en pijama viendo Moulin Rouge (juraré no haber dicho esto jamás), pero Lola me metió en la ducha de muy malas maneras y me obligó a ponerme unos vaqueros ceñidos y unos zapatos de tacón. También me puse algo arriba, que dicho así parece que me fui enseñando las merluzas…
Llamamos a Nerea y le dejamos un mensaje en el buzón de voz animándola a venir. Creo que debimos hacerlo antes del primer margarita, porque el mensaje quedó como un guirigay de gritos a lo «postadolescente alocada», como si estuviésemos invitándola a un macrobotellón o algo así.
Luego, a la espera de su contestación, mandamos a Carmen un mensaje con foto: nosotras alzando unas copas. Como texto: «No te pierdes mucho. Te echamos de menos». Sabíamos que iba a hacerle mucha ilusión cuando encontrara un punto de cobertura en el pueblo donde vivían sus padres. Y conociendo a Carmen, no pararía hasta encontrarlo. Un fin de semana sin Facebook no entraba en sus planes.
Al poco, Nerea contestó un escueto «No puedo, nenas, he quedado con mi chico. Pasadlo bien» que nos dejó un poco decepcionadas. Teníamos miedo de que se convirtiera en una de esas chicas que abandona a sus amigas cuando se empareja. A lo mejor ya no le parecía tan importante emborracharse un viernes con dos personas como nosotras.
No quisimos darle más vueltas y seguimos bebiendo, brindando por acordarnos de ofrecerle planes a Nerea al menos con veinticuatro horas de antelación.
Cuando brindábamos con la tercera copa, mi móvil empezó a vibrar encima de la mesa y al contestar me sorprendió escucharla a ella.
—Chicas, Dani se va a retrasar porque aún no ha salido de la oficina; ha estado de viaje y no sé qué historias de un cliente muy importante que tenía que solucionar. ¿Dónde estáis?
—Pues estamos en Maruja Limón —contesté divertida.
—Oh, sois unas abuelas. Voy hacia allá. Dadme diez minutos.
Al colgar, sorprendida, le dije a Lola señalando el teléfono:
—Nerea, que dice que somos unas abuelas y que viene hacia aquí.
—Dios mío, ese chico le está haciendo mucho bien. ¡Le ha devuelto la sangre a sus venas!
Se levantó de la silla y entonó un «¡Aleluya!» que sonó a coro góspel.
Cuando Nerea entró con aquellos vaqueros ceñidos y una blusa negra de cuello desbocado, los que se desbocaron fueron los hombres del garito. Se la habrían podido comer a manos llenas en ese mismo instante si no los hubiese fulminado con su mirada de gata. Llamó al camarero con un gesto elegante y le susurró que quería lo mismo que nosotras. Luego se sentó y sonrió.
—Vaya, vaya, Maruja Limón, ¿eh? Os viene que ni pintado, porque sois unas marujas y unas agrias. —Se rio.
—¿Qué quieres de nosotras? Pero ¡si estoy con una mujer casada! ¿Dónde quieres que la lleve? —se quejó Lola.
—Esta mujer casada nos tumbó a tequila un mes después de su boda, así que…
—Gracias, gracias. —Hice una reverencia. Me encantó recordar aquellos tiempos en los que yo aún molaba.
—De eso ya hace mucho tiempo, zagala. Y, bueno, dinos, ¿a qué se debe tu cambio de planes? ¿Te han dejado tiradilla? —preguntó la mordaz Lola.
—No, Dani se iba a retrasar y pensé que qué mejor manera de presentároslo. Es casual, me vino al pelo y así no tiene que quedarse. Solo un hola, encantado, adiós, y vosotras, mensajito al móvil con vuestras opiniones.
«Ya lo sabía yo. No era posible que Nerea improvisase tanto…».
Después de una hora y dos combinados más, Nerea nos había contado ya la mayor parte de su naciente relación con Dani. Lo sabíamos prácticamente todo y, por lo que contaba, la cosa prometía.
Cuando ya pensábamos que no iba a aparecer, la puerta del local se abrió y un chico de unos treinta y pocos años entró mirando alrededor; fijó la mirada en nuestra mesa y sonrió. Tenía unos ojos azules de pasmo y una sonrisa preciosa. El cuerpo le acompañaba: era alto y apuesto, como un galán de película de los años cincuenta. Claramente aquel era Dani. Temí quedarme con la boca abierta viendo cómo le quedaba el traje a ese pedazo de hombre. Una barbaridad, una barbaridad…
En la siguiente copa póngame bromuro, por favor, Míster Waiter.
Miré de reojo a Lola para ver su reacción y me sorprendió ver que la cara le había cambiado por completo. Tenía los ojos abiertos de par en par y le costó cerrar la boca. En un primer momento pensé que se había quedado muy impresionada con el nuevo novio de Nerea, pero cuando empezó a agitarse extrañamente, me olí que había algo más que me arrepentiría de averiguar. Y si se agitaba era para contener sus carcajadas, que empezaron a escaparse de entre sus labios, al principio como silbiditos y después como toses. No entendía nada.
Nerea, que no se había dado cuenta, se levantó a darle un beso a Dani. Él le hizo una caricia dulce en la mejilla y Lola apartó la vista hacia el suelo. Siempre ha tenido la curiosa idea de que si se tapa los agujeros de la nariz se le pasan los ataques de risa, pero, por Dios, Lola, ¿no has visto ya que no es cierto?
Lo primero que pensé es que se trataba de un antiguo ligue de Lola, lo cual, seamos realistas, era fácil. Lola ha tenido más rollitos de una semana que la más popular del instituto, de modo que podía haber sido uno de esos chicos con los que se despertaba el domingo y no volvía a quedar jamás. Sin embargo, su risita no era de apuro ni de sorna, era de verdadera sorpresa.
Mi mente empezó a trazar historias paralelas.
De pronto se despidieron amablemente y casi ni me di cuenta de los cinco minutos que estuvieron intentando charlar con nosotras. Desde luego, el chico se había tenido que llevar una visión de nosotras de lo más tremenda. Ya me lo imaginaba contándoles a sus amigos: «¡Ese par de chaladas! Alguien voló sobre el nido del cuco».
Miré a Lola, que seguía riéndose pero ahora pasándolo realmente mal. Quería contarme qué era lo que le hacía tanta gracia pero no podía dejar de reírse y empezaba a lagrimear. De pronto cogió aire y gritó:
—¿Tú sabes quién es ese tío?
—¡No! Pero ¡¡dímelo ya!!
Volvió a coger aire. Mientras, mi cabeza daba vueltas: actor porno, gigoló, casado, cura…
—¡Es el jefe de Carmen!
El mundo se paró un instante. Ni siquiera escuchaba la música del local. Ahora sí que iba a armarse la Tercera Guerra Mundial, una orgía nuclear de la que no íbamos a saber salir ni Lola ni yo.
—Bromeas —respondí entre dientes.
—¡Ni de coña! —gritó Lola—. ¡Ese es el tío al que Carmen hace vudú!
No me lo podía creer. Lola no paraba de reírse a carcajadas, pero porque en realidad aún no se había dado cuenta de lo jodido de nuestra situación.
—Lola, no te rías. ¿Qué vamos a hacer?
—¡Y yo qué sé! ¡Es el jefe de Carmen! —No podía dejar de repetirlo, había entrado en bucle.
—¡¿Por qué has tenido que decírmelo, Lola?!
Y Lola se rio con tantas ganas que de pronto desapareció, cayendo de culo al suelo…
Al día siguiente se lo conté todo a Adrián, que parecía distraído. Qué novedad… Estaba como ido, serio y monosilábico, así que no me satisfizo demasiado la confesión.
Llamé a mi hermana después y se lo detallé. No podía parar de reírse, como Lola, pero con la diferencia de que estaba embarazada y con la vejiga floja, por lo que me tuvo que dejar para irse al baño con urgencia. Menuda mierda.
La siguiente con la que lo intenté fue con mi madre, que arregló el asunto tranquilamente con un: «Chica, pues decídselo, porque cuando se entere van a rodar cabezas». Sí, la teoría era muy fácil, pero en la práctica yo no quería que una de las cabezas que rodara fuese la mía. ¿Que por qué iba ella a enfadarse con nosotras? Con nosotras por nada, pero no iba a hacerle gracia la situación. Y Carmencita enfadada disparaba sin ton ni son y con munición blindada… ¿Y si esa relación no duraba? Mejor ahorrárselo.
A media tarde del sábado, mientras me fumaba un cigarrillo tirada en el suelo con los pies en el umbral de la ventana, llamó Lola. Acababa de darse cuenta de la magnitud del problema y lloriqueaba sin parar que querría poder sacarse los ojos, como Edipo, con tal de que Carmen ni se enterase.
—Lola, vamos a hacer una cosa.
—No, Valeria, no se lo voy a decir. Sabes que el mensajero siempre acaba siendo el peor parado y paso de ver a Carmen graznando y girando la cabeza como la niña del exorcista.
—Aunque parezca increíble, no quiero que se lo contemos…, me da miedo.
Lola soltó una risilla nerviosa como contestación antes de decir:
—¿Entonces?
—No sé, Lola, pero creo que debemos esperar un poco. A lo mejor esto no dura y podemos capear el temporal sin que Carmen tenga que enterarse.
—Bien, me gusta, me gusta tu plan.
Y prometimos que callaríamos como mujeres de vida alegre para salvaguardar nuestra integridad física. No es que nos fueran a pegar un par de sopapos si lo descubríamos, pero la situación iba a ser tan tensa que lo mejor era callarse… Pero ¿era mejor para Carmen, para Nerea o para nosotras?
Como soy un poco dispersa y por aquel entonces yo tenía más preocupaciones de las que creía, el domingo ya se me había olvidado el tema. La verdad es que mientras Lola y yo estuviésemos atentas y evitáramos cualquier encuentro «mamón»-Carmen, todo iba a salir bien, así que cuando por la tarde Nerea me llamó estuve de lo más natural:
—Valeria, ¿tienes un rato esta tarde?
—Claro —dije confiada.
—He avisado a las demás y he pensado que podíais venir a mi casa y os invito a unas cañitas.
—Intuyo que tienes ganas de contarnos algo. —Sonreí.
Nerea se rio, pero no contestó a ese tema.
—Bueno, pues nos vemos aquí, ¿vale? Carmen pasará a recogerte.
¿Carmen? ¿Cuándo había vuelto Carmen de su incursión en el turismo rural?
—¿Carmen también?
—Sí, quiero limar asperezas y disculparme por lo que le dije en la fiesta de tu casa. Al final me dio vergüenza llamarla y aún no he hablado con ella en serio.
—Oh, vale, vale. Pero… solo nosotras, ¿no? Nada de hombres —añadí con ánimo postizo.
—Sí, sí, a menos que Adrián quiera venirse…
—No, no, así está bien. Te veo dentro de un rato.
—¡Qué bien!
—Sí, sí, qué bien…
11
¡Oh, cállate, por Dios!
Cuando llegamos, Lola y yo solo compartimos una mirada que lo decía todo. Algo así como un «disimula como una campeona, por el amor de Dios».
Después de que Nerea se desahogara diciéndole a Carmen lo mucho que sentía haber sido tan superficial y Carmen le contase los avances nulos de la protorrelación que mantenía con Borja, Nerea añadió:
—De verdad que lo siento. No me di cuenta de la metedura de pata hasta que no lo hablé con Dani, mi chico.
Miré a Lola de reojo. Genial, ahora, si alguna vez se descubría el asunto, el jefe de Carmen tendría información privilegiada de su vida privada para poder martirizarla con mayor naturalidad.
—¿Se llama Dani? ¡Maldición, como mi jefe! Está en todas partes el muy cabrón.
—No lo sabes tú bien —susurró Lola.
—Y exactamente ¿qué le contaste? —pregunté haciéndome la descomida.
—Pues eso, que a mi amiga Carmen le gustaba un compañero de trabajo y yo había hecho comentarios poco apropiados y algo infantiles sobre el aspecto físico del chico.
—Bueno, bueno, ¡olvidémoslo ya! —dijo Carmen.
Lola, sadomasoquista por naturaleza, le preguntó si había algún motivo concreto para reunirnos con tanta premura.
—Bueno, algo hay.
Carmen se emocionó y dio un saltito en el cojín sobre el que estaba sentada.
—¿Sí? ¡Cuéntamelo todo!
Miré a otra parte tratando de disimular mi gesto de: «Ya desearás no saber tanto». Pero Nerea comenzó.
—Es que…, ya pasó. Después de tanto tiempo de sequía…
—¡Ya te han regado! —rio Lola.
—Vaya tela, Lola, lo tuyo es fuerte —añadí yo tensa como un espagueti por cocer.
—Dani y yo hemos pasado todo el fin de semana juntos…
—¿Sí? ¡Qué bien! Cuenta, cuenta —la apremió Carmen.
—Sí, sí, pero trae algo con alcohol antes, por favor —murmuré.
Unas claras con limón y unos cuantos ganchitos y Nerea se desató. Hacía tantísimo tiempo que no vivía aquellas pasiones que todo le resultaba tan emocionante…
—… entonces nos tumbamos en la cama y empezó a besarme el cuello y el estómago. Chicas, yo después de toda la noche aún estaba a cien, de verdad que nunca nadie me había tocado de esa manera. Y creo que ya…, ya había esperado suficiente, ¿verdad?
El momento de mayor tensión fue cuando Carmen empezó a hacer preguntas sobre tamaños y envergaduras. Yo no sabía dónde meterme y Lola no paraba de reírse.
Enterarse de que el jefe de Carmen era un amante genial, con muchísima experiencia, con un tamaño de talento bastante importante y un tatuaje escondido, me resultó desagradable sobremanera. Y no porque el chico fuera repugnante, a decir verdad estaba de buen ver (vamos, que yo también le habría hecho algún roto si no supiera quién era), pero para mí, en mi recuerdo, seguía siendo el mamón que «maltrataba» a su sutil manera a Carmen día tras día y por el cual las subidas de sueldo anuales siempre lucían más en unos casos que en otros. Además, recordaba el comentario de Lola sobre la almorrana gigante…
—¿Y qué tiene tatuado? Me lo imaginaba un hombre serio, de los de oficina, siempre trajeado y repeinado —dijo Carmen, soñadora.
—Bueno, debió de tener una juventud loca. Lleva un par de ideogramas japoneses.
—¿Dónde?
—Pues en una zona muy íntima. —Se rio removiéndose la melena.
—¿Y qué significan?
—Conocido en común —susurró Lola hablando hacia mí.
—¡Calla! —contesté en un susurro.
—Pues significan algo sobre el honor —respondió Nerea con cara de enamorada, como si aquello fuese una proeza de otro tiempo.
—Bueno, resumiendo, ¿qué tal folla? —soltó Lola con la boca llena.
—Lola, por Dios, eres mala —lloriqueé yo al ver la cara de interés de Carmen.
—A pesar de lo soez que eres —contestó digna Nerea—, te diré que muy bien, al menos en mi opinión, que en este caso es la que vale. Me fui dos veces.
—¡¿Dos?! Ese tío debe de ser una máquina —comentó Carmen estupefacta.
—Por Dios, no quiero escuchar más. —Me levanté—. Me voy a casa con mi marido. —Luego, sonriendo, mentí y dije que se me hacía tarde.
—Te recuerdo que mañana no trabajas —dijo con sorna Lola.
—Lo que me extraña es que tú sí. —Nos echamos a reír y añadí—: En serio, me voy. Tengo la mosca detrás de la oreja con Adrián; lo encuentro raro.
—Te vas a perder los detalles más escabrosos. —Lola levantaba las cejas una y otra vez.
—Pero seguro que luego tú me pondrás al día, sádica.
Carmen se rio sin saber en realidad que se reía de sí misma.
Anduve hasta casa, aunque se estaba haciendo de noche y había más de media hora de casa de Nerea a la mía. Llevaba zapato plano, como venía siendo costumbre, y prefería quedarme un rato conmigo misma para cavilar. Al principio iba sonriente, convencida de que al final el hecho de que Nerea saliese con el jefe de Carmen iba a ser hasta divertido. Luego me puse a pensar en los líos de folletín por los que pasábamos año tras año. Cuando no era una, era la otra. Como siempre, dando saltitos entre pensamiento y pensamiento acabé en la novela.
Tenía casi veintiocho años y aunque llevaba nueve años con Adrián había visto muchas cosas: desde mi experiencia antes de conocerle hasta cada una de las relaciones de mis amigas. Y la conclusión es que no existía el tipo de relación que yo quería hacer creer en lo que estaba escribiendo y, por mucho que alguna gente buscara en la literatura referentes verosímiles de sus propias fantasías, aquello no había quien se lo tragara. Era incluso presuntuoso y obscenamente ñoño.
Había relaciones intensas y ponzoñosas, autodestructivas, como la de Lola y Sergio; las había idealistas e inocentes, como la de Carmen y Borja; contemporáneas y reales, como la de Nerea y Daniel, pero… ¿qué era realmente lo que yo quería contar? ¿Cuál de ellas me interesaba más?
Me había perdido por el camino de lo que estaba escribiendo y nada tenía sentido. El planteamiento estaba bien, pero tampoco era para tirar cohetes; y el desarrollo había sido aún peor de lo que esperaba. Era ingenuo, superficial e infantil y me daba la sensación de que incluso podría parecer pretencioso. Lo tenía todo para ser un fracaso total y no podía jugarme mi carrera a la espera de que la historia se recondujera sola, pues parecía que cobraba vida y mandaba ella.
Lo importante era… ¿qué quería contar? Quería algo real.
Llegué a casa y encontré a Adrián sentado en el suelo viendo unas fotos en el ordenador portátil. Sonrió tímidamente al verme entrar.
—¿Qué tal con las chicas?
—Bueno, Lola le ha sonsacado a Nerea toda clase de detalles íntimos sobre su nuevo novio y ella y yo somos las únicas que conocemos el embrollo completo.
—Os lo habréis pasado pipa…
—Pse… —rebufé—. Cerveza y ganchitos light. En casa de Nerea todo es light y demasiado sano.
Olía a su cena preferida y al asomarme a la cocina comprobé cómo andaban las sartenes.
—¿Ibas a cenar sin mí?
—No, iba a llamarte para ver si venías ya o iba a por ti en moto.
—Oye Adrián. —Saqué dos cervezas de la nevera y me senté a su lado.
—Dime. —Me rodeó con el brazo.
—Llevamos una temporada un poco… rara, ¿no?
Me miró con el ceño fruncido.
—¿Rara?
—Sí, bueno, fría…, ya sabes…
—No, no, qué va —me interrumpió, y sonrió tirante, como si no quisiera hablar de ello.
De pronto, sin venir a cuento y por primera vez, me entró pánico. Empecé a imaginar a Adrián enamorado de otra mujer. La posibilidad de que Adrián terminara besando a una chiquilla guapa y moderna de las que le acompañaban en las sesiones me resultaba monstruosa. Y sentí unos celos inútiles, fuertes y crueles tras mirarme en el espejo.
—¿Qué plan tienes mañana? —dije de pronto.
Dio un trago directamente al botellín y luego suspiró y comentó que tenía una sesión a media mañana, una cosa de publicidad que no le apetecía nada.
—Es un encargo que no puede cubrir un colega y, bueno, es dinero. La publi la pagan muy bien…
—Oye, ¿y si te acompaño? —Me miró sorprendido. Yo nunca, jamás, le había querido acompañar a ninguno de sus trabajos y tampoco es que él me invitase constantemente a hacerlo—. A lo mejor así me inspiro —añadí sonriente.
—Venga, vale. Por mí no hay problema. Avisaré a mi ayudante de que no comeremos juntos. Así vamos a picar algo los dos, ¿te parece?
Sonreí. Qué bien, hacía mucho que Adrián y yo no nos sentábamos con tranquilidad mientras otro nos servía la comida. Así mi ataque de pánico se diluiría.
Suponía que Álex, su joven ayudante, no se sentiría molesto porque su jefe no le acompañase a esa hora. Sabía que comían a menudo juntos, porque a veces lo escuchaba hablar con él por teléfono. Sé que solían quedar para llevarse un bocadillo o un tupper para los dos. Me encantaba que se llevara así de bien con su joven pupilo, aunque tampoco habláramos mucho de cuestiones de trabajo, claro. Ya ni pensé…, porque ¿qué sorpresa podría llevarme?
12
Ayudante…
Llegamos a un parque bajo un sol de justicia. De una furgoneta aparcada con las puertas abiertas subían y bajaban material de iluminación. Había mucho trajín y yo no sabría decir qué hacía nadie.
Adrián sonreía a todos los que nos encontrábamos a nuestro paso con esa cortesía tan tirante con la que trataba a los desconocidos y me comentó que lo de aquel día no era lo que acostumbraba hacer. Iba a cubrir a un compañero en algo que no era su especialidad y que le llevaría mucho trabajo en posproducción. No entendía mucho de lo que decía, pero yo asentía maravillada ante aquel despliegue de medios. Y a mí, la verdad, me daba un poco igual. Estaba concentrada en lo guapo que estaba. Llevaba unos pantalones vaqueros desgastados, una camiseta a rayas grises y marrones y un cárdigan con capucha también marrón. Para comérselo, con toda aquella mata de pelo revuelta y el ceño fruncido.
Pasamos junto a un desvalijado Opel Corsa gris y Adrián miró alrededor.
—Es el coche de Álex…, debe de estar ya por aquí. Es muy puntual.
—Buen chico.
Adrián me miró extrañado y levantó la ceja izquierda.
—¿Qué? —le pregunté.
—Nada, nada. ¿Me pasas la cámara, por favor?
Le pasé contenta una bolsa acolchada. Adrián se rio abiertamente.
—Esto son los objetivos, nena; es la otra bolsa.
—Ah, vale, vale, toma.
Miré a nuestro alrededor en busca de su joven pupilo, pero no vi a nadie que se acercara. Rebusqué en mi bolso hasta encontrar mis gafas de sol y cuando levanté la vista alguien saltó a espaldas de Adrián y le tapó los ojos de manera juguetona. Él tocó sus manos y, dándose la vuelta, dijo:
—¡Álex! ¡Menudo susto!
Mi mandíbula inferior tocó el suelo al darme cuenta de que Álex no era un veinteañero sin afeitar y algo greñudo con una camiseta de Big Bang Theory, sino una muy buena moza que no tenía nada que ver con lo que me había imaginado. Tendría unos veinte años, era morena y poseía una piel preciosa de color miel dorada. Los ojos le hablaban por sí solos; eran enormes y pardos, enmarcados por unas pestañas inmensas y tupidas, negras también. Llevaba el pelo larguísimo y ondulado.
Lucía unos vaqueros negros de marca, ajustadísimos, con tachuelas en la cinturilla, que, por cierto, era muy baja, y una camiseta negra de Los Ramones, ajustada y entallada. No podía dejar de mirarla. ¿Esa era la persona que pasaba más horas al día con mi marido que yo? Pero ¿tenía ya edad para tener ese par de tetas? Eso no era una ayudante, era el fruto prohibido recién caído del árbol justo a las manos de Adrián. Desde donde estaba podía oler su perfume fresco y atrayente. Joder, yo era hetero y hasta podría llegar a tentarme…
Miedo no es la palabra que define lo que sentí…, iba mucho más allá, como una pobre res que se ve condenada al matadero.
Me miré a mí misma avergonzada de sentir celos de casi una adolescente. Mis caderas eran ostensiblemente más anchas, mi piel menos tersa, mis pestañas menos frondosas, mi pelo menos bonito y brillante y yo no olía tan bien, ni podría ponerme unos pantalones así si no quería hacer el ridículo… A decir verdad, llevaba la cara lavada sin rastro alguno de maquillaje, el pelo mal recogido en un moño y vestía unos vaqueros y una camiseta de batalla. Sin glamur, sin sofisticación… Recordé vagamente que antes jamás pisaba la calle sin asegurarme de verme guapa. Y verme guapa yo, sin importarme lo que pensaran los demás. Y ahora… ¿era al revés?
Carraspeé mentalmente y traté de no pensar demasiado.
—Hola Álex —me adelanté con ansias de, encima, parecer «enrollada».
—¡Hola! —dijo, sorprendida.
—Es Valeria, mi mujer —explicó Adrián—. ¿No escuchaste el mensaje que te dejé anoche?
«Huy, huy, huy»…
—No, qué va, me fui de concierto y dejé el móvil en casa. ¿Qué me decías?
—Pues nada, que hoy vendría acompañado y… eso.
—Bueno…
Se miraron.
—Venga, ¡al trabajo! —dije, ridícula, dando una palmada al aire.
Asintieron.
Verlos trabajar me dejó con la boca abierta. Ni siquiera hablaban; tenían una conexión brillante. Adrián iba haciendo lo suyo y ella, siguiéndole como su sombra, se adelantaba a sus peticiones cargando objetivos y lentes y modificando las luces más próximas a los modelos que fotografiaban. Ni siquiera sé de qué puñetas era el anuncio…, ni me interesaba. Yo, sentada en una piedra, veía delante de mis ojos el tráiler de lo que me iba a suceder.
Cogí el móvil y le mandé un escueto mensaje a Lola: «El ayudante de Adrián no es ayudante, es ayudanta y está muy buena». Luego empecé a morderme las uñas sin parar.
Adrián se acercó tres horas más tarde cuando yo ya me había acomodado a tomar el sol tirada en el césped para tratar de distraerme con un libro.
—Ya terminé. —Lo encontré de cuclillas a mi lado.
Por un momento me perdí en el pensamiento victimista de que aquel hombre tan guapo no podía estar realmente enamorado de mí. Adrián se apartó de un manotazo parte del flequillo que le cubría los ojos en esa postura y levantó las cejas, animándome a hablar.
—Bien. Vamos a casa, que me estoy muriendo de calor —contesté.
—Tengo que ir al estudio antes.
Qué guapo está, pensé.
—Ohm… —dije y me interrumpió.
—¿Te llevo a casa? —lo dijo tan seguro que no me quedó más remedio que asentir. Era evidente que mi presencia allí solo podría agobiar y entorpecer el trabajo. Si no hubiese sido de ese modo, Adrián no habría mencionado la posibilidad de dejarme en casa antes—. De paso dejo la moto y me voy en el coche de Álex.
Glurp…, la saliva se me arremolinó en la garganta.
—Venga.
Cuando llegué a casa me eché sobre la colcha fría. Tenía la piel caliente por el contacto con el sol y parecía que había cogido algo de color. Estaba triste. Miré el móvil: Lola me había contestado que no fuera tonta y no me montase películas, pero a decir verdad, la película no estaba montada, estaba ya en cartelera.
Adrián con su perfecta cara de niño malo y sus manos grandes y suaves se controlaría para no acariciar la cintura de su ayudante como en un gesto casual. Un día, la tensión sexual entre los dos reventaría en el cuarto oscuro al revelar las fotografías. Recordé cuando hicimos el amor por primera vez en la habitación que sus padres tenían acondicionada para que Adrián diera rienda suelta a su pasión por la fotografía. Y… se me revolvió el estómago…
13
Oh, oh…
Carmen estaba enfrascada en su trabajo. Las gafas se le escurrían de la nariz y habría deseado poder atarlas a su cabeza con una cuerda y olvidarse de que las llevaba puestas. Tenía el pelo recogido en un moño; nunca se dejaba el pelo suelto para ir a trabajar.
Daniel pasó por su lado y, apoyándose en su mesa, le preguntó distraído, mientras miraba su móvil, por el avance de un proyecto.
—Tengo solucionado el tema del briefing y en Creatividad me han dicho que se ponen con ello esta semana. Te pasé ayer por email el archivo adjunto con el estudio paralelo de medios que hicimos y unas anotaciones referentes a esto. Creo que podríamos utilizar lo que ya tenemos para… —Se calló porque se acababa de dar cuenta de que hablaba sola—. Daniel, ¿me estás escuchando?
—Sí, sí, perdona. Todo bien, sigue así. —Le dio una palmadita en la espalda y se fue por el pasillo.
Carmen se giró con los ojos como platos esperando que alguien hubiese visto ese gesto de confraternización. Se encontró con la sonrisa divertida de Borja.
—¿Lo has visto? —le preguntó ella desde su mesa.
Borja asintió y con un gesto le indicó la máquina de café y ella, extrañada por tanto secretismo, anduvo a saltitos hasta allí y esperó a que llegara su informador confidencial.
—Carmen, ¿sabes que eres malísima disimulando? —se rio Borja.
—¡Qué va!
—Has venido andando hasta aquí como si fueras Chiquito de la Calzada.
Los dos se rieron por lo bajini y ella le preguntó si había echado algún tipo de opiáceo en el café del jefe.
—No, no, qué va. Lo que pasa es que… —se acercó a ella para cuchichear— Daniel está saliendo con alguien. Escuché cómo se ponía tierno ayer por teléfono. ¡Si le hubieses visto la cara!
—Ohm… —¿Daniel tierno? Imposible—. Vaya, vaya. Ya veo… ¿Y qué le decía?
—No sé, cariñitos. Se quiso apartar para que nadie le escuchara pero yo puse la oreja. —Se quedaron callados mirándose—. ¡Ah! —saltó Borja—. Ya me acuerdo de una cosa que le decía que me hizo mucha gracia. Le decía: «Tienes razón, tu número de teléfono es como una canción». Y me dieron ganas de decirle: «Macho, tú eres definitivamente retrasado mental».
Carmen se quedó parada. Nerea siempre daba la coña con que los números de teléfono tenían musicalidad. ¡Qué coincidencia!
—¿Y qué más? —preguntó ávida de cotilleos.
—Escuché que le pedía a Maite que le reservara mesa para dos. Se ve que se iba de cena romántica.
Daniel cruzó por delante de ellos y los miró, parándose un segundo frente a ambos. Ellos se habían callado de súbito al intuir que se acercaba.
—Un cafecito, ¿no?
—Sí, sí.
Aquel asintió y siguió su camino mientras ellos se partían de risa en un rincón.
Durante la hora de la comida, Carmen se quedó trabajando sola en su mesa pensando acerca de los beneficios que podía tener que Daniel hubiese cambiado el estado de su página de Facebook de cabrón infeliz a tonto enamorado. Mientras se comía la ensalada frente al ordenador, lo veía sentado en su mesa. Estaba visiblemente más feliz, signo inequívoco de que había pasado un fin de semana agitadito. Sonrió. No podía imaginar a aquel hombre siendo tierno con nadie…
No vio cómo Borja la miraba desde un rincón, con un café en la mano…
Antes de irse a casa llamó a Lola para rajar un rato. Lola estaba muy entretenida con el tema de lo que aquella desconocía y a Carmen no le pasó por alto; empezaba a picarle la curiosidad de cuál era el motivo por el que Lola le preguntaba tanto por su jefe. Y es que Lola tiene la boca como un buzón, no puede callarse nada. Pero Carmen no fue capaz de encontrarle una explicación lógica, como a la mayoría de los comentarios de Lola.
A las ocho de la tarde Nerea nos envió a todas un email en el que decía que su Dani y ella ya eran oficialmente pareja y podría referirse a él como novio. Lo habían establecido el día anterior en su restaurante favorito: un japonés escondido y pequeño que había en el centro, muy romántico. Era uno de esos mensajes protocolarios que tanto gustaban a Nerea y tan impersonales nos parecían al resto.
Carmen se fue a casa en autobús. Llovía a cantaros y no le apetecía meterse de lleno en el metro, con toda la gente agolpada, oliendo sudores ajenos y a gentío, escuchando las conversaciones de las personas que la rodeaban, mojándose los pies con los paraguas de todo el mundo y sin poder seguir con la novela guarrindonga que llevaba a medias y estaba tan interesante.
Llegó a casa empapada, de modo que se quitó los zapatos y se puso el pijama. Se soltó el pelo para que se secase y encendió el ordenador. Llamó a su hermano, revisó las cartas del correo y después se echó de cabeza a su entretenimiento preferido: mirar las fotos nuevas de sus contactos de Facebook. Le parecía muy divertido y, además, era tema de conversación asegurado en el trabajo. Quería estar al día.
Cuando accedió le llamó la atención ver que había cambios en la página de Nerea, así que entró a cotillear un poco. Un par de comentarios: uno de Lola, otro de Jaime, su ex. Tenía fotos nuevas. Se sobreexcitó. ¡Podrían ser las de su nuevo novio!
Y…
Un trueno sonó en la lejanía, poniéndole la piel de gallina, y de pronto… todas las luces de la casa parpadearon y el ordenador se apagó con un ruido extraño justo antes de quedarse en la penumbra más absoluta.
Carmen tuvo que acabar la noche leyendo su libro a la luz de una vela. De todas formas no había nada que temer. Nerea nunca colgaría las fotos de su recién estrenado novio…, aún.
14
Algo va mal…
El día había empeorado ostensiblemente, incluyendo con ello una tormenta bíblica que azotaba las ventanas. Y Adrián seguía sin venir. Al menos estaba agradecida de que no fuera en moto, pero… ¿metido en ese minúsculo coche con aquel cuerpo jovencísimo a su lado? Humm…, tampoco me gustaba.
Cuando escuché las llaves, salté del sillón y fui hacia la puerta. Adrián entró empapado.
—¡Hola! ¿Qué tal en el estudio?
—Pse… —murmuró—. Lo de siempre.
Me lancé a su cuello y le besé.
—Deja, Valeria, que estoy empapado y te vas a poner perdida.
—Me da igual, estás muy guapo.
Me quitó de su lado y, tras sonreír forzadamente, me pidió que le diese diez minutos para darse una ducha y quitarse la ropa mojada. Sin entender que entre líneas decía «Déjame un rato solo», me metí en el cuarto de baño con él.
Adrián se quitó el cárdigan y la camiseta que llevaba debajo y los dejó caer pesadamente sobre el suelo, empapados. Se quedó mirándome extrañado cuando vio que yo también me desnudaba.
—Voy a meterme en la ducha —dijo arqueando una ceja.
—Y yo. —Sonreí.
Se rio entre dientes como si en realidad no le hiciera ninguna gracia. Se desabrochó el vaquero y se quitó las Converse mojadas.
Cuando estuvo desnudo no pude evitar mirarlo. Adrián tenía uno de esos físicos agradecidos a los que no les hace falta ir al gimnasio. Siempre estuvo delgado pero firme. Tenía el pecho definido por naturaleza y el vientre plano como una tabla. Seguí mirando hacia abajo, hacia el vello que iba haciéndose más frondoso hacia el sur, y me encendí. Me sonrojé por el desnudo de mi marido. Me mordí el labio, pestañeé y me di cuenta de que me estaba hablando.
—¿Qué? —pregunté con un hilillo de voz.
—Digo que qué miras tan interesada… —Y ni siquiera lo decía con una sonrisa dibujándose en sus labios.
—Estaba mirando a mi marido desnudo. Mira… —Me bajé las braguitas, las lancé de una patada a un rincón y me solté el pelo—. Tu mujer desnuda.
Adrián me observó con el ceño fruncido.
—Vaya…, pues sí —repuso sin pasión alguna.
—¿No te gusta? —Me acerqué y me vi de refilón en el espejo.
Tenía los pezones duros por el cambio de temperatura y la piel ligeramente de gallina. El pelo me caía ondulado por la espalda. Me toqué el vientre y le sonreí.
—Claro que me gusta, cariño. Eres muy mona.
Mona. Mona, como esa bufanda que te regala tu madre que, aunque no te gusta nada, aceptas por no hacerla sentir mal. Mona, como esa niña a la que su madre ha llenado de lazos. Mecagüenla …
Bajé la mirada, avergonzada, y Adrián se metió en la ducha. Hice de tripas corazón y entré detrás de él. Estaba de espaldas y lo abracé y hundí la nariz en la piel de su espalda, tan tersa.
—¿Se puede saber qué te pasa? —dijo mientras se giraba hacia mí, empapado, esbozando una sonrisa pequeñita.
—Que te echo de menos —balbuceé estampándome en su pecho y acariciando con la punta de mi nariz su vello mojado.
—Pero si me has visto hace un rato… —Adrián cogió el champú y yo se lo quité de las manos y le pedí que me dejara a mí lavarle el pelo—. Casi no llegas —objetó cuando levanté las manos hasta su cabeza.
—Adrián…, ¿te acuerdas de la mamada que te hice en la ducha el día después de la boda? —Me reí al acordarme de aquello.
—Claro que me acuerdo.
Puso la cabeza bajo el chorro de agua y un montón de volutas de espuma se le escurrieron hacia abajo, como mis manos, por su pecho, por sus caderas y más tarde hacia su entrepierna. Jadeó secamente cuando la agarré.
—Entonces… ¿quedamos en que te acuerdas o mejor te ayudo a hacer memoria? —susurré en plan seductor.
Adrián abrió los ojos, con el pelo pegado a la frente y el agua chorreando por la cara. Lo conozco. Dudó. Dudó un momento. Después, con decisión, me cogió la mano, la apartó con suavidad y dijo:
—Me acuerdo bien. Era más joven y tenía más energía.
Al ver que yo no añadía nada más, se acercó, dejó un beso raro en mi frente y susurró que estaba cansado.
Y mi pregunta es: ¿desde cuándo un hombre está cansado para que se la coman?
No hablamos más del asunto. Él terminó de darse la ducha y salió. Yo tardé un poco más, tratando de quitarme aquella horrible sensación de encima. Después, al ver que no desaparecería, simplemente cerré la llave del agua y me sequé.
Al salir del cuarto de baño me encontré con Adrián viendo las noticias. Fui a la cocina, saqué la cena del horno (sándwiches de pavo y queso), me senté junto a él en el suelo y le pasé su plato.
Durante la cena estuvo callado, masticando en silencio. Mientras, yo rumiaba la forma de encauzar el tema, pellizcando el sándwich sin prestarle demasiada atención. Al final, carraspeé y me armé de valor:
—¿Cuándo te diste cuenta de que creía que Álex era un chico? No es un reproche, pero…
—Esta mañana —contestó sin mirarme—. Pero como ibas a verla en breve…
—Ya.
Volvimos a callarnos.
—Es muy guapa.
—Supongo. Tiene edad de serlo —contestó.
¿Tiene edad de serlo? ¿Quería decir que yo ya no tenía edad de parecerle nada más que mona?
—También es muy sexi.
Asintió.
—¿Te parece atractiva? —Me asusté.
—A estas horas la única que me parece atractiva es la cama, Valeria.
—Ya… —La cama, que no yo.
Me miró, serio, sin resquicio alguno de sonrisa.
—¿Y esto? —preguntó.
—¿Qué?
—¿A qué viene este interrogatorio? —dijo sin ni siquiera mirarme mientras se limpiaba las manos con una servilleta.
—A nada, solo quería charlar un rato. Llevo todo el día sola desde que te fuiste.
Hubo una pausa tras la que creí que diría algo trascendente, pero nada más lejano de la realidad:
—Estoy cansado. No te importa fregar a ti, ¿verdad?
—No, no me importa.
Y, sin más, Adrián se levantó y desapareció de mi vista. Se fue detrás del biombo que separaba el minúsculo salón del dormitorio, algo que hacíamos cuando uno de los dos quería intimidad.
Fregué los platos en silencio y ordené la cocina. Después, sentada bajo la luz de una lamparita de Ikea, me puse a fingir que hojeaba una revista cuando en realidad estaba muy lejos de allí.
Algo iba mal…, aunque sin engañarme a mí misma debía confesarme que hacía tiempo que algo fallaba. Pero… ¿el qué?
Lola escuchó su teléfono móvil sonar de fondo, pero no tenía intención de cogerlo. Estaba tumbada bocabajo en la cama. Sergio había sido especialmente duro con ella al final del día y la había encerrado en un despacho para decirle que dejase de acosarlo con la mirada. La amenaza estaba clara: «Si no puedes trabajar en esta situación, hay dos posibilidades: o dejas la empresa o te dejo yo». Y ella solo quería cortarle los huevos y hacerse un monedero con la piel.
Estaba fastidiada porque ella no soportaba ese tipo de cosas vinieran de donde vinieran. Si lo pensaba un poco, se daba cuenta de que en una situación de tensión ella podría tener la sartén por el mango y de que si él se permitía el lujo de hacer aquella especie de amenaza, ella haría lo propio.
Siempre se le ocurrían las mejores contestaciones dos o tres horas después de haber discutido con él, pero en el momento se quedaba callada con la cabeza bien alta para que Sergio no pudiera sentirse superior, pero amedrentada en su interior por el miedo que le provocaba la idea de dejar de tenerlo cerca.
Nunca se ponía triste por esas cosas. No solían afectarle. Que Sergio le ladrara no le importaba lo más mínimo, porque sabía que siempre acababa volviendo. No sabía qué había cambiado aquel día para que su ánimo se hubiera visto tan afectado.
Al final la música del móvil cesó y ella se sintió aliviada. Sabía de sobra que aquel no podría ser Sergio. Jamás llamaba para pedir perdón. Si se llamaban, era ella la que lo hacía y él quien tenía ganas de colgar. Y ¿por qué entonces no podía evitarlo? Por mucho que maquillara las historias para nunca parecer la que le buscaba sin cesar, nosotras nos dábamos cuenta de que Sergio no aparecía en mitad de la noche en su casa sin un mensaje previo o sin saber que ella estaría dispuesta a dejar cualquier cosa por pasar un rato en la cama con él.
Lola se dio cuenta de que estaba siempre demasiado accesible y, además, ser la bomba, la chica abierta, la que siempre está motivada, no era especialmente bueno en aquella situación. No es porque necesitara una pareja fija para serlo, pero con Sergio era contraproducente. Recordó algunas cosas y se sintió avergonzada y resentida consigo misma. Le daba la impresión de que el barco zozobraba y se hundía con ella dentro.
Se levantó, fue a la cocina y se sirvió una copa de vino, aunque siempre le pareció preocupante y patético beber sola. Tras el primer trago empezó a encontrarse mal. Y sin más, como en una arcada, un sollozo le fue a rendir cuentas y se echó a llorar.
Al día siguiente me llamó para que comiéramos juntas. Me acerqué a la zona donde trabajaba y nos refugiamos a tomar el almuerzo en un italiano que estaba cerca de su edificio. Nos sorprendimos las dos; yo porque Lola tenía pinta de no haber dormido demasiado… y no por haber pasado la noche acompañada; ella porque yo me había puesto un poco de maquillaje y me había peinado con un mínimo de esmero. Sin embargo, ninguna dijo nada.
Aquel día observé que Lola comía con ansia. La verdad, me preocupó. Me daba miedo que estuviera tratando de llenar un vacío…, de matar con la comida la ansiedad que le producía su situación sentimental, como otras tantas veces había hecho yo.
—Lola… —le dije con cariño apoyando mis dedos sobre el dorso de su mano.
—¿Qué? —Hubo un silencio que ella misma atajó—. Estoy comiendo como una cerda, ¿verdad?
Asentí con apuro.
—¿Estáis bien Sergio y tú?
—¿Alguna vez estamos bien Sergio y yo? Él está de puta madre. —Se metió un trozo de pan en la boca—. Pero yo ya empiezo a cansarme.
—¿Nunca te has planteado decirle que o deja a su novia o…?
Me miró extrañada.
—Valeria, yo nunca querría salir en serio con alguien como Sergio. Si a su novia la engaña conmigo, ¿con quién me engañaría a mí?
—Traga el pan. Te vas a ahogar. No tiene por qué ser una situación recurrente. A lo mejor…
Lola levantó la palma de la mano, tragó y dijo:
—Sergio es así por naturaleza. Se cree que esa es la función que tenemos las mujeres en su vida. No estoy diciendo que sea un machista, sino que, simplemente, debió de creerse aquello que decían nuestros abuelos de «búscate una buena esposa, las mujeres con las que pasarlo bien se encuentran solas».
—¿Y tú te consideras una de esas mujeres, Lola?
—¿Qué importa lo que yo me considere? —dijo mirándome a los ojos, triste. Sorbí un poco de mi coca cola light — . ¿Y tú? —espetó.
—¿Y yo qué?
—Llevas un vestido, te has maquillado, tomas coca cola light, ensalada, nada de pan…
—He decidido cuidarme un poco. No tiene nada de malo.
—No, no tiene nada de malo. A decir verdad, llevabas unos meses hecha un moscorrofio.
—Gracias, Lola —dije al tiempo que removía con desgana la ensalada.
—A lo que voy es…, esto no tendrá nada que ver con lo rebuena que dices que está la ayudante de Adrián, ¿verdad?
—No, nada de nada —negué con la cabeza.
—Me alegro, porque de lo contrario me vería obligada a explicarte que si piensas que Adrián va a quererte o desearte más por perder un par de kilos o volver a calzarte unos tacones, a lo mejor eres tú la que tiene un problema aquí dentro. —Se tocó la sien repetidas veces con un par de dedos.
—No digas tonterías.
—¿No tiene nada que ver?
—A lo mejor, pero no porque piense que Adrián me va a querer más, sino porque creo que me he dejado un poco y la imagen que tengo de mí misma ahora afecta a la relación que tengo con él.
—Eres de lo más retorcida, Val —dijo cariñosamente—. Pero estoy de acuerdo en que eres tú quien debe sentirse cómoda con la imagen que te devuelva el espejo, y ese moño a lo furcia enganchada al crack no te favorece, lo siento.
Callamos y seguimos comiendo. Era curioso. Ninguna de las dos estaba bien y sin embargo no quisimos ahondar en el tema por miedo a hacerlo real. Mientras calláramos no existiría; ni Lola notaría que algo iba mal ni yo me sentiría sola y asqueada.
Cuando llegué a casa, Adrián ya estaba allí, echado en la cama viendo un DVD en el ordenador portátil que tenía colocado sobre las piernas. Al escucharme entrar lo paró.
Me quedé delante de él, mirándole…
—¿Qué tal? ¿Comiste con las chicas? —preguntó con tono impersonal.
—Con Lola. Está pachuchilla.
—Ah… —asintió—. ¿Te apetece ver una peli? Estoy viendo Miedo y asco en Las Vegas.
—Qué desagradable… —Hice una mueca—. No me apetece mucho después de comer. Podríamos hacer algo. —Me arrodillé en la cama y me senté frente a él. Adrián no contestó, simplemente se quedó expectante—. Últimamente trabajas mucho, casi no nos vemos y cuando vienes estás demasiado cansado para charlar ni hacer nada… Podríamos, no sé, darnos un homenaje.
—¿Y eso qué quiere decir? —Sonrió escuetamente, tan poco que casi no parecía una sonrisa—. ¿Qué es un homenaje?
—Un cine, un paseo, unas copas… —Evidentemente no iba a ser yo la que ofertara la posibilidad de una tarde de sexo desenfrenado que durara más de tres minutos.
Adrián arrugó la nariz, mostrando desgana.
—Valeria, estamos a fin de mes…
Asentí y me senté en el escritorio donde tenía mi portátil, frente a la ventana. Follar era gratis, pero parecía que ni siquiera se lo planteaba.
—¿Has comido aquí? —pregunté.
—No, comí fuera con Álex.
Me puse alerta, pero disimuladamente.
—¿Y dónde comisteis?
—En un japonés estupendo que no conocía. Un fin de semana si quieres vamos.
Volví a asentir con desgana. «Un fin de semana si quieres vamos». Era fin de mes para ir al cine o cenar nosotros en cualquier sitio, pero no para comer con Álex en un restaurante japonés, seguramente bastante caro. Hacía un año o dos habríamos paseado por nuestro barrio, habríamos comprado un yogur helado y lo habríamos compartido mientras nos contábamos cosas. Ahora él se quedaba con su película en DVD y yo con mi miedo brutal.
—¿Sabes, Adrián? Me voy a ir a ver a mi hermana. Aquí me aburro y, visto lo visto, no quiero pasarme la tarde vegetando. —Claramente estaba molesta.
—Bueno, también podrías escribir; ya sabes, trabajar un poco. ¿Te acuerdas? —Y claramente él también.
Le miré sin contestarle, manteniéndole la mirada para que se diese cuenta de lo mucho que dolía ese tipo de comentarios. Como ni siquiera levantó los ojos del portátil, donde había puesto en marcha otra vez la película, cogí el bolso y salí con paso firme, aunque en realidad sin rumbo fijo. No quería que nadie me viera en esas condiciones.
15
Quiero saber algo pero no sé el qué
A Carmen algo le olía raro. No sabía qué era, pero mientras se tomaba un café rápido apoyada en una de las paredes prefabricadas de la oficina, no podía dejar de mirar a Daniel y de sospechar que algo tenía que ver él en su sensación de mal augurio.
Borja, desde su mesa, veía cómo Carmen clavaba sus ojos sobre la nuca de Daniel. Para él hacía tanto tiempo que aquello era evidente que no podía evitar sonreír. Había tantas cosas que no comprendía… Pero, claro, él no podía pedir ningún tipo de explicación, porque no se veía con derecho. ¿Qué iba a decirle? «Carmen, ¿te gusta de verdad Daniel lo mucho que creo que te gusta?». ¿Qué justificación podría tener él para hacer esa pregunta?
A media mañana, Carmen me llamó desde su mesa y en susurros me preguntó si todo iba bien. Yo, sorprendida por su don para la premonición, le dije que no.
—En realidad es una tontería, pero Adrián y yo tuvimos una bronca anoche y… esta mañana se ha ido sin darme ni los buenos días.
—Pero ¿por qué?
—Pues lo peor es que no sabría decirte cuál es el motivo. Está muy raro y yo estoy harta de ir contracorriente intentando que esto marche bien.
—No exageres, Adrián es un pedazo de pan. Te adora. Es un poco seco, pero eso lo has sabido siempre.
—¡Ya estamos con la misma cantinela! Entonces ¿soy yo la que tengo la culpa?
—No digas eso. Venga, si es una tontería… Esta noche os dais un revolcón y se os olvida todo.
—¡Ja! —espeté secamente.
Mi irónica respuesta soltó el mochuelo.
—Humm… —murmuró Carmen—. Creo que deberíamos tomarnos algo cuando salga del trabajo.
Refunfuñé y quedamos en vernos a las siete en el Broker Café, enfrente del trabajo de Nerea.
Lola se sentó en la taza del váter un momento. Tenía ansiedad y le costaba respirar. Parecía que los botones de su camisa iban a reventar si seguía respirando tan fuerte.
No era de esas que se encierran en el cuarto de baño a lloriquear, de manera que debía salvaguardar su dignidad. Ella era una perra del desierto de las que no lloran, sino de las que hacen llorar. Y así estaba…, escondida. Y entonces alguien llamó a la puerta y Lola se calló.
—Sé que estás ahí; ábreme la puerta antes de que alguien me vea entrar en el baño de mujeres, Lola.
La voz de Sergio sonaba tan suave… No era un reproche, que conste, más bien una súplica.
Lola quitó el pestillo y le dejó pasar al pequeño cubículo donde se encontraba. Él la miró a los ojos, le abrazó la cintura y le preguntó qué le pasaba desde tan cerca que ella no supo contestar. Ay, la perra del desierto empezaba a parecer un cachorrillo de las nieves.
—Algo te sucede. Estás muy rara. Sé que ayer me pasé, pero de verdad que pensaba que lo que yo te dijera jamás podría hacerte daño, que estabas muy lejos de mí en ese sentido.
—No sé lo que me pasa, Sergio, pero desde luego esta situación no me gusta.
Sergio la besó detrás de la oreja, como a ella le gustaba, y sus manos empezaron a subir su falda, palpando las ligas de sus medias, mientras abría la boca sobre su cuello.
—Sergio…, no creo que sea el momento de echar un polvo en el retrete.
—Bien, Lola. —La soltó desesperanzado—. Dime lo que quieres decirme, no le des más vueltas.
—No… —Ella sonrió con tristeza—. Es que no tengo nada que decirte.
—Pensaba que ibas a pedirme que dejara a Ruth.
—¿Ruth? Ni siquiera sabía cómo se llamaba. —Lanzó una risa triste—. No, no quiero que dejes a Ruth.
Se sintió de pronto con ánimo de decir que quería que la dejase a ella, pero entonces Sergio la besó en la frente y, al tiempo que la abrazaba contra su pecho, le dijo que no debía preocuparse por nada.
—Si necesitas cualquier cosa, ya sabes dónde encontrarme. Me da la impresión de que esto no tiene que ver conmigo.
Sergio sonrió y Lola no supo qué contestar. El silencio ni siquiera llegó a incomodarle, porque antes él se escabulló de allí sin ser visto.
Lola suspiró y se sentó nuevamente en la taza.
—Memo de mierda —murmuró.
Su móvil le alertó en aquel momento de que acababa de recibir un mensaje de texto:
«A las siete en el Broker Café. Estaremos todas».
Y sonrió. Nuevamente la salvábamos de tener que sentirse débil y desgraciada.
Nerea recibió un email mío en el que le proponía vernos cerca de su trabajo en un bar de lo más cool en la zona de negocios de la ciudad. Le hice un chantaje emocional grado uno y le dije que no estaba bien con Adrián y que necesitaba sentir a mis amigas cerca. Me las daba de escritora, evidentemente sabía cómo utilizar las palabras para manipularlas… Además, creo que las pintas con las que últimamente me dejaba ver ya les habían puesto sobre aviso de que algo no andaba lo que se dice bien. ¡Con lo que yo había sido!
Al leer mi correo electrónico cogió el teléfono de la oficina y llamó a Daniel para decirle que no la esperase a cenar porque le había surgido un imprevisto. Nos demostraba, otra vez, que no se convertiría en una de esas mujeres en edad casadera que abandonan a sus amigas ante la posibilidad de casarse…, al menos por el momento.
A las siete de la tarde la vimos entrar deslumbrante en el bar, con su melena dorada de estrella de cine y subida a unos tacones de infarto. Nos saludó a todas con una sonrisa dulce y, tras sentarse con las piernas cruzadas, pidió un vino blanco al camarero. Varios hombres del local murieron de priapismo en aquel momento.
Nerea lanzó una mirada hacia Lola, que estaba repantingada en su sillón comiendo unos cacahuetes con desgana, y me susurró que debíamos hablar cuando esta se fuera. Asentí. Me imaginaba que se estaba refiriendo a la relación que mantenía con Sergio, así que no quise ahondar en el tema con ella delante.
—Bueno, ¿qué es lo que pasa aquí? Y no me digáis que es la primavera… —Ayer discutí con Adrián —dije mientras alcanzaba mi copa de vino.
—Odio a mi jefe —contestó Carmen.
—Aborrezco a mi ligue —balbuceó Lola.
—Vaya tela… —masculló Nerea desesperada—. Vamos por partes. ¿Qué pasa con Adrián?
—Lo que pasa con Adrián —se adelantó Lola mientras se incorporaba— es que tiene una ayudante jovencita y guapa y parece que a Valeria no le ha sentado muy bien.
Todas me miraron.
—No he venido aquí a que me juzguéis. He discutido con Adrián porque está muy raro, nunca quiere hacer nada y siempre que estamos juntos lo único que oigo salir de su boca son ronquidos. —Todas me escrutaron levantando las cejas y yo confesé—: Y luego está, claro, esa… niñita tetona…
—Pero, Valeria, ¿son eso celos? —dijo Carmen sorprendida.
—Sí —reconocí sin mirarlas.
—No, no tiene sentido —contestó tajante Nerea.
—Es que me siento… —me alboroté el pelo—, me siento rara y desganada. Él ya no…, y yo no…
En realidad, lo que pensaba pero no quería confesar era que Adrián llevaba muchos meses sin mirarme como un marido mira a su mujer. Vamos, que de folleteo mejor ni hablábamos. El capítulo de masturbación con mujer en vez de con mano había sido la guinda del pastel, por no hablar del «estoy demasiado cansado para que me comas el rabo». Y es que no veía en él esa chispa que tienen las parejas jóvenes que buscan cualquier excusa para sobarse a manos llenas y besuquearse. Vale que llevábamos juntos muchos años pero ¡es que se había apagado de golpe y porrazo! Aun así…, no quería confesarlo. Decirlo en voz alta sería hacerlo más real, materializarlo. No quería sentirme más humillada. Creo que mi imagen ya valía por mil palabras. Respiré hondo y, después de mirarlas a todas, añadí:
—Le pediré disculpas por ser tan bruja en cuanto llegue a casa.
—No eres una bruja, estás nerviosa y ves fantasmas. Eso es todo —susurró dulcemente Carmen.
—Valeria…, Adrián te quiere, lo sé y tú deberías saberlo también. Es algo que va más allá de la pasión, del enamoramiento, el compañerismo o la comprensión. Tenéis una relación sublime.
¿Sublime? Tuve ganas de pedirle a Nerea que definiera qué era para ella lo sublime. Tres minutos de folleteo para terminar e ir corriendo a coger una llamada.
—Pero, Nerea…, ¿y si…? —me atreví a decir.
—No termines la frase, Valeria, o caerá un mito —musitó Lola.
—Me parece increíble que una mujer como tú se sienta intimidada por una niñata con tetas grandes. Valeria, es una racha. —Y Nerea dio a su última frase cierto tono imperativo.
La explicación de Nerea no me satisfizo pero me tranquilizó. A lo mejor sí era yo el problema y Adrián necesitaba un poco más de apoyo. Quizá había algo que le preocupaba y yo no alcanzaba a darme cuenta y encima vagaba como alma en pijama y pena por casa. Estaba enfadada con su reacción, pero pensé que los dos debíamos poner de nuestra parte para que aquello funcionara. Quizá Carmen tenía razón y lo que nos hacía falta era una noche de pasión.
Después de cuatro copas más y de una disertación por parte de Carmen sobre todo lo que le daba mala espina de Daniel, Lola decidió hacer mutis por el foro y, tras pedirnos disculpas, se justificó con que el vino le provocaba mucho sueño. Nos dio unos besos de despedida y dejó un billete sobre la mesa.
Todas la seguimos con la mirada mientras salía del local. Ver a Lola tan apagada era extraño y triste. Carmen abrió la boca para decir algo, seguramente al respecto, pero Nerea la interrumpió cambiando de tema. Eso quería decir que lo que Nerea quería comentar prefería hacerlo solamente conmigo. No creo que se tratase de desconfianza hacia Carmen, sino que prefería no darle publicidad al asunto.
Después de que Nerea nos contase los avances de su nueva relación y que nos volvieran a servir más frutos secos, miré mi reloj de pulsera y dije que se me hacía un poco tarde. Eran las diez y no quería empeorar las cosas con Adrián. Era mejor replegar velas.
Carmen se despidió de nosotras con un abrazo y un beso en la mejilla derecha. Carmen siempre dice que odia que nos demos dos besos; eso es para la gente que se acaba de conocer y los conocidos a los que no quieres ver más de lo que ya los ves, aunque sea una vez al año. Esa es Carmen…, ya se sabe. Las manías no las curan los médicos.
Como Carmen, la de solo un beso, vivía muy cerca de allí, decidió ir paseando. Quedamos en vernos aquel fin de semana y Nerea y yo nos marchamos hacia el aparcamiento.
Cuando nos sentamos en el coche, Nerea suspiró y entendí por su expresión que buscaba las palabras adecuadas para expresar algo que le parecía demasiado duro.
—¿Es por Lola? —Atajé las mil vueltas que seguro Nerea daría para encauzar la conversación.
—A ver, no quiero que malinterpretes nada de lo que voy a decir… Lola me encanta; es genial, muy desinhibida y, por una parte, hasta me da envidia. Probablemente, además de ser una persona mucho más sexual que yo, disfruta una infinidad más del sexo, se siente muy a gusto con su cuerpo y con lo que hace con él y, piénsalo, es completamente libre en ese sentido…
Reflexioné en silencio sobre las cosas que Lola nos contaba acerca de su vida sexual; era algo así como la versión porno de La vuelta al mundo en ochenta días. Un viaje alucinante. Lo que decía Nerea era cierto. No tenía tabúes, ni vergüenzas, ni temores entre las sábanas; se conocía y disfrutaba, era una mujer completamente satisfecha, al menos en la cama. Si yo tenía alguna pregunta, sin duda acudía a ella.
—Pero… —siguió mientras se concentraba en el tráfico que había a aquellas horas en el paseo de la Castellana— me da la impresión de que paga un altísimo precio por ello y que lo de Sergio le está costando su dignidad.
—Bueno, ella dice que lo tiene claro… —Quise posicionarme como el abogado del diablo, para no demonizar a Sergio y Lola como posible pareja y para no extremar la opinión que todas en realidad compartíamos sobre el asunto.
—Ella no lo tiene nada claro, Valeria, ella mendiga amor y lo único que recibe es sexo. ¿Es cuando ella quiere o cuando a él le viene bien?
—Más bien lo segundo, pero esa es nuestra opinión y, si bien es cierto que medio mundo juzga a la otra mitad, nosotras ahí no tenemos mucho más papel.
—Debemos hacer algo.
—Bah, Nerea, ¿qué vamos a hacer? Se lo decimos, ella se enfada, no nos habla en dos semanas y al final, cuando decide volver a llamarnos, no se vuelve a hablar del tema. Y eso en el mejor de los casos. Ya lo hemos intentado. Ella ya sabe lo que pensamos sobre esto.
—Y ¿entonces?
—¿Entonces? Pues tenemos que esperar a que sea ella la que se dé cuenta e intentar no juzgarla, por mucho que nos cueste en algunos momentos.
—¿Tú sabes por quién la va a tomar ese tipo?
—Pero eso… —puse mi mano sobre su brazo—, Nerea, al final carece de sentido. A mí me preocupa más su situación laboral cuando todo esto acabe.
Nerea se quedó pensativa. Estaba visiblemente preocupada. Cuando le daba vueltas a algo fruncía el ceño, y eso que en su casa lo de fruncir el ceño estaba muy mal visto. Estoy segura de que su madre empezó a ponerles antiarrugas ya en la cuna para mantenerlas jóvenes, lozanas y casaderas. Educación decimonónica aparte, sé que estos asuntos a Nerea le revolvían el estómago. No podía soportar pensar que alguien tomase a alguna amiga suya como una fresca y creo que era así porque a ella misma, por mucho que minimizara ese pensamiento, tampoco le parecían lícitas algunas costumbres de Lola. Pero era su amiga…, ¿no estaba en su derecho de opinar?
Rompió el silencio cuando nos acercábamos a mi casa.
—Hay demasiadas cosas que no me cuadran, Valeria. No entiendo por qué Lola aguanta todo esto por Sergio. Quiero saber por qué y quiero, si no puedo ayudarla, al menos poder entenderla.
—Pero eso es muy fácil, Nerea…
—¿Sí? —Me miró sorprendida desviando un momento la vista de la calzada.
—Lola o bien está enamorada de Sergio por mucho que quiera negarlo o bien está enamorada de la situación que viven.
Nerea movió la cabeza.
—No la entiendo. —Paró el coche y yo, sonriendo, le di un beso y le pedí que no se preocupara tanto—. Ahora no podré pensar en otra cosa.
—Sí que podrás. —Sonreí socarrona—. Estás perfecta, ¿por qué no le haces una visita sorpresa a tu chico?
Sonrió y desvió la mirada hacia el volante.
—Quizá te haga caso.
El coche de Nerea se fue después calle abajo, pero yo sabía que iría directa a su casa, como el protocolo mandaba. ¿Ella presentarse sin avisar en algún sitio? Qué locura la mía.
16
Se desató…
Carmen me llamó al día siguiente preocupada por saber si las cosas volvían a su cauce. No supe qué contestarle. Cuando llegué a casa después de tomarme unas copas con ellas, Adrián ya estaba acostado y dormido, y si no lo estaba lo fingía muy bien.
La verdad es que prácticamente no había pegado ojo, pero aquello me lo callé. Lola tenía razón. Ellas miraban mi relación como quien mira una fotografía idílica en la que se quiere ver reflejado. Mi relación en su opinión era sublime…, y yo jamás debería bajarme de aquel altar contando que me había pasado la noche en vela, al borde del llanto y de arrancarme la camisa como Camarón, imaginando a mi marido enredado con una chica guapísima en una cama ajena. Porque pocas razones más me quedaban para tratar de explicarme por qué mi marido y yo hacíamos la cama juntos pero nunca la deshacíamos. Estaba la posibilidad de que otra lo saciara fuera de casa y también, por otro lado, que yo ya no le gustara y se matara a pajas. Al menos todo aquello me había servido para decidirme por solventar el problema de mi aspecto, que… como que no ayudaba.
—Bien, bien, las cosas están mejor. —Bien porque al menos ya me había decidido a deshacerme de casi toda aquella ropa antimorbo y desgarbada, como atestiguaba la bolsa de basura a rebosar que tenía junto la puerta.
—Me alegro. Es normal que tengáis vuestras peleas, Valeria. Sé indulgente con él y contigo misma.
—Sí, tienes razón. —Me mordí las uñas esperando no tener que mentirle durante mucho tiempo más—. ¿Y tú? ¿Cómo andas?
—Pues la verdad es que un poco angustiada. Este fin de semana es el famosísimo cumpleaños de Daniel y estamos todos invitados. Ya tenía decidido que ni siquiera haría acto de presencia, pero… no sé.
—¿Borja irá?
—No es por eso, ya sabes que no espero nada de Borja.
—A lo mejor si no vas Daniel se da cuenta y se molesta… Además, si está Borja te divertirás y estoy segura de que te acompañará a casa.
—Buf… —resopló—. No tengo nada que ponerme.
—No digas mentiras. Tienes un vestido negro precioso.
—No tengo zapatos con los que ponérmelo.
—Pues pásate por casa y te presto unos. Deja de poner excusas.
Carmen se rio, risueña.
—Probablemente lleves razón, pero tengo una poderosa intuición que me dice que será mejor que no vaya.
—Ay, la madre que te parió. Avísame si te animas a formar parte del elenco del teletarot, por favor. Te espero esta tarde para elegir los zapatos.
Y así lo hizo. Se llevó unos salones negros preciosos, un bolso de mano y una sombra de ojos.
El día del cumpleaños de su jefe, Carmen bajó al portal a las diez y media en punto y se encontró con que Borja ya la esperaba. Estaba apoyado en su coche fumándose un cigarrillo, con la mirada perdida en la calle, y Carmen tuvo ganas de gritar y de volver a subir a su casa. Estaba muy guapo. Aquello no ayudaba a alejarse del asunto y calmar lo que sentía por él.
Cuando la vio, Borja tiró el cigarrillo y sonrió de esa manera que la volvía loca. Lo demás se les olvidó. Carmen bajó la mirada, coqueta, y, haciéndole una caída de pestañas, dio la vuelta al coche y se sentó en su interior sin decirle nada. Borja se puso al volante y, después de mirarse en silencio, se dijeron un escueto hola.
Y yo me pregunto: ¿qué narices le pasaba a Carmen para no ver lo loco que estaba ese hombre por ella?
Como todos los años, Daniel se había esforzado organizando su propia fiesta de cumpleaños. Un local solamente para ellos, un cáterin sencillo pero cumplido y ríos de alcohol. Todo pagado. La gente solamente tenía que ir y pasárselo bien. Habría sido un plan de lujo para Carmen, que bebía como una auténtica esponja, si no fuera porque odiaba al organizador más que a nadie en el mundo.
Borja y Carmen entraron y localizaron a Daniel en un rincón.
—Vamos a saludarle —dijo Borja.
—No quiero —contestó Carmen.
Borja se echó a reír y pasó su brazo por la espalda de ella para conducirla hasta allí.
—Sé buena —murmuró cerca de su oído, lo que le puso la piel de gallina.
Daniel estaba exultante. Ellos le felicitaron, él les animó a tomarse una copa y hasta les prometió pasarse por la barra a presentarles a su chica. Estaba, evidentemente, bajo el efecto del «buen rollo» de la tercera copa. O cuarta. Por Carmen podía beberse todo el bar y morir de una intoxicación etílica o, mejor aún, ahogándose con su propio vómito.
Carmen es una macarra de cuidado…
Ella, harta de esa sensación de ser la pareja de Borja sin serlo, se fue a lucir modelito por la sala charlando con un par de compañeras mientras él, apoyado en la barra, no le quitaba los ojos de encima. Siempre le daba la sensación de que él estaba alerta, a la espera de tener que salvarla de alguna situación violenta. Carmen no entendía por qué, pero se sentía reconfortada con aquella sensación y también con el hecho de que él la llevara a casa. Los momentos en su coche eran especiales. Cada canción que escuchaban juntos se convertía en una bomba emocional y en un recuerdo precioso. Mi pequeña Carmen no era ñoña por naturaleza, pero estaba enamorada, qué le vamos a hacer.
Se sentía tan protegida, a salvo y apreciada junto a Borja que no entendía qué los separaba de entregarse al fornicio hasta desmontarse. Esa era mi Carmen, la del fornicio.
Al final, se cansó de escuchar cotilleos de oficina y quejas sobre niños hiperactivos y maridos que no ayudan en casa, así que se acercó a la barra a pedir una copa, al lado de Borja.
—¿Has fichado a alguna chica guapa? —le preguntó al tiempo que le daba un suave codazo.
—Alguna hay —dijo crípticamente él con una sonrisa.
Los dos se rieron como niños.
—¿Brindamos? —propuso Carmen.
—¿Por nosotros? —contestó Borja.
—Por nosotros.
Y ella quería creerlo al pie de la letra.
La música subió de volumen y Carmen, que ya llevaba un par de copitas, se animó a moverse alrededor de Borja. Y allí todo el mundo estaba ya medio borracho (o borracho y medio) y bailaba, se jaleaba y se restregaba como en un maratón de bachata. Y Carmen, mucho más contenida, movía las caderas, tarareaba la canción, se reía y su pelo se movía girando con ella cuando Borja le tomaba la mano para darle vueltas.
Y tras un ratito, sin saber si había sido efecto de tanta vuelta seguida, de pronto Borja y ella estaban apartados del resto de la gente en un rincón oscuro y la respiración de Carmen no era la única alterada. Se miraron sin saber qué decir y, como no había nada que decir, Carmen puso los brazos alrededor del cuello de Borja y le abrazó. Carmen abrazó a Borja, un hombre para el que el contacto físico no era lo que se dice… cómodo.
Pero él no solo no se alejó, sino que la cogió por la cintura y la atrajo hacia su cuerpo. Borja se acercó un poco a su cuello y dejó un beso distraído allí. Carmen abrió los ojos, esperando que al hacerlo no se desdibujara todo, pero la mirada viajó hacia el final del local, hacia la escalera de acceso por donde bajaba Nerea, cogida de la mano de Daniel.
Nerea de la mano de Daniel.
Un montón de fotogramas se le cruzaron por la cabeza. De pronto todo tenía sentido. Todas esas cosas que le habían chirriado. No había querido ni siquiera imaginarlo, pero ya no tenía dudas, ya no podía obviarlo más. Nerea y Daniel estaban juntos. Y tendrían hijos monísimos que llevarían con conjuntitos de perlé y a los que pasearían en cochecitos de cuatro ruedas antiguos. Nerea y Daniel estaban juntos. ¡Por Dios santo, Nerea y Daniel estaban juntos! ¡Que alguien la matase!
Se estremeció cuando cayó en la cuenta de que no debía encontrarse con ella. Daba exactamente igual que Borja la besara o la abrazara. Porque, entre otras razones, Dani ataría cabos, sabría que ella estaba enamorada de Borja y lo utilizaría en su contra. Tenía que salir de allí.
Se zafó de los brazos de Borja y salió corriendo entre la gente sin perder de vista a Daniel y Nerea. Borja vio a Daniel con una chica rubia…, pero no reconoció a Nerea. La explicación de la reacción de Carmen estaba bastante clara para él…, no debía seguirla.
Carmen salió a la calle y cuando la alcanzó gimoteó. Miró a su alrededor. Todo giraba a su alrededor. La cabeza le daba vueltas. Jadeaba. Se convenció de que aquello no era el fin del mundo, que tendría una solución. Recordó otra vez a Nerea diciendo todo lo que sabía su nuevo novio sobre los sentimientos que tenía Carmen hacia Borja y quiso llorar.
Y Borja…, ¿qué habría pensado él? ¿Por qué había salido corriendo? Dio un par de vueltas sobre sí misma. ¿La habría besado si ella no hubiera salido corriendo? ¿Por qué había salido corriendo, maldita sea? Tenía que cambiar de trabajo, tenía que escondérselo a Nerea. Quería matar a Lola. Ahora lo entendía todo. Le odiaba. No podía hacer nada por remediarlo. Odiaba a Daniel.
Salió corriendo calle abajo. Eran las doce y media de la noche y no había un alma en aquella calle, ni un taxi…, y escuchó unos pasos en su dirección que la asustaron. Siguió corriendo hacia la avenida con mis zapatos negros de tacón alto (y cuando me lo contó temí por mis zapatos y por sus dientes).
—¡Carmen! —gritó alguien a sus espaldas.
Ella se giró y, tras apoyarse en un coche, se sintió débil. Borja no la quería, su trabajo la hacía sufrir, estaba sola y ahora tendría que dejar entrar a Daniel en su vida. A un tío al que le deseaba una almorrana gigante en el mejor de los casos.
Borja llegó hasta ella corriendo.
—Carmen, perdóname, yo no pensé que…
—No, no, perdóname tú, Borja, perdóname. No debí irme corriendo, pero es que… —Se cogió de su brazo sin saber si iba a echarse a llorar y si podría contenerse.
—Lo sé. No te preocupes. Hace mucho tiempo que lo sé, pero tenía que intentarlo.
Carmen le miró sorprendida.
—¿Tú? ¿Tú lo sabías y no me lo dijiste?
—¿Qué iba a decirte sin ponerme en evidencia?
—¿Desde cuándo? —preguntó sorprendida.
—Desde siempre. —Ella movió su cabeza sin entenderle del todo—. Tenía que intentarlo, Carmen. A lo mejor le olvidabas. —Parecía desesperado—. Soy imbécil Carmen, ya lo sé, pero ¡dime algo!
Carmen no podía pronunciar palabra alguna. No entendía nada. Le parecía estar en un sueño de esos en los que nada tiene sentido. A lo mejor ahora aparecía su madre dirigiendo una comparsa de moros y cristianos por la calle. Eso estaría bien. Al menos se reiría. En fin, no era el caso. El cri cri de unos grillos la devolvió a la realidad y contestó, cerrando los ojos:
—¿A quién tendría que olvidar, Borja?
—Venga, Carmen…
—¿A quién piensas que tendría que olvidar, Borja?
—A Daniel.
Ella abrió los ojos asustada.
—¿Qué? —dijo Borja, alarmado.
—¿Doy la sensación de estar enamorada de Daniel? —preguntó en tono agudo.
—Yo… pensé que…
—Borja. Yo no quiero estar con… —Un gesto de asco le llenó la cara—. Le odio. Odio a Daniel por encima de todas las cosas.
—Entonces…
Carmen sintió cómo la risa le brotaba de la boca.
—Daniel sale con Nerea. —Ahora era Borja el que no entendía nada—. Mi amiga Nerea… —Se quedaron callados, apoyados en un coche, sin dirigirse la palabra—. Y me acabo de enterar, joder —acabó por decir ella.
—¿Tú odias a Daniel?
—Con toda mi alma —sonrió Carmen.
—Yo pensaba que…, no sé. No dejabas de mirarle.
Carmen se tapó la cara con ambas manos y se rio de pura desesperación. Temía ya en ese momento que hasta el mismísimo Daniel pensase que ella iba persiguiendo sus pantalones.
—Pero, Borja, ¡le odio! Me da un asco que no puedo reprimir. Pero ¡si le he hecho hasta vudú!
Él la miró con los ojos abiertos de par en par y ella bajó la mirada, tras darse cuenta de que había cosas que era mejor no mencionar fuera del círculo íntimo de amigos.
Ambos se quedaron callados un instante y Borja también sonrió un poco avergonzado. Carmen, atolondrada, preguntó:
—Oye, pero… ¿y por qué ibas a ponerte tú en evidencia por preguntarme si me gustaba Daniel?
Borja miró hacia el cielo con una sonrisa y susurró:
—Bueno. Algún día tenía que pasar. —Metió una mano en el bolsillo y con la otra cogió a Carmen por la cintura—. Creo que tenemos que hablar.
Ambos se subieron en el coche a la vez. Apenas habían intercambiado un par de palabras desde que Borja había confesado que tenían que hablar, pero no había que ser un lince para saber de qué. Solo postergaban el momento del beso un ratito más.
Borja enfiló el camino hacia casa de Carmen y al llegar aparcó. ¡Aparcó! Las braguitas de Carmen iban ya entonando canciones de campamento de contentas que estaban. Después subieron en el ascensor callados. Ni siquiera tuvo que invitarle a subir. Borja la miraba y sonreía con una leve nota de suficiencia en su cara que a Carmen le excitaba amargamente.
Entraron en casa tras un leve forcejeo con la puerta y él la llevó a oscuras hasta la habitación. Se quedaron de pie junto a la ventana y Borja la tomó de la cintura para acercarse a su cuello y susurrar su nombre.
Ella nos contó que la luz de unas farolas entraba por las rendijas de la persiana casi bajada cuando Borja se inclinó hacia ella. Se acercó despacio hasta sus labios y se besaron. Fue uno de esos besos de película que ponen la piel de gallina. Solo un roce que se convierte en un pellizco, que crece hasta convertirse en… Carmen dijo pasión desenfrenada, pero creo que yo voy a llamarlo «calentón infernal». Y es que no, Borja no era el hombre tímido que ella esperaba.
Él la tomó de la nuca, manteniéndola bien cerca mientras saboreaba sus labios y su lengua iba dibujando círculos junto con la de Carmen. Se separaron un momento y los dos jadearon.
—Joder… —dijo ella.
—Aún tengo más que decir… —sonrió él mientras se acercaba de nuevo.
Volvió a besarla y dio unos pasos hacia la cama. Carmen no daba crédito. ¡Hacia la cama! Él se sentó en el borde y después la acomodó sobre él, a horcajadas.
—Me encantas… —dijo él con
