Un ángel se enamora (Amor amor 2)

Mile Bluett

Fragmento

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Capítulo 1

La Habana, Cuba

Abril de 1859

¿Se puede vivir sin amor? El amor todo lo puede, todo lo transforma, aunque parezca que el abismo es el único destino y que la esperanza ha muerto al ser sofocada por las diferencias más cruentas.

Damián Villavicencio estrenaba apellido; aún observaba aquel documento que le había entregdo el abogado, dudando al extremo de la realidad. Se frotó los ojos; tal vez lo estaba soñando. Su padre, un conde con el que no había compartido más de tres palabras, le había dejado todo, salvo una jugosa renta mensual que había legado a su viuda. Enfermo de dolor, el caballero se había quitado la vida tras la pérdida de su primogénito en circunstancias bastante penosas. Damián ni siquiera había sido avisado de su muerte hasta cinco días después; tampoco había acudido a su funeral, hasta que el abogado, sorprendido por el último testamento del noble, lo llamó ante su presencia.

Su ilustrísima Suplicio Salazar y Alcántara, viuda de Villavicencio, la condesa de Marmosa, lo miró de arriba abajo y comenzó a recitar sus oraciones a punto de colapsar por tan inesperada noticia. No había herederos, pero ella hubiera preferido que el apellido se perdiera, que el título pasara a otras manos y que los bienes terminaran en la caridad, cuando Dios se la llevara de este mundo, lo que suplicaba que fuera pronto, torturada por el dolor.

—No puedo creer que mi esposo haya legado su patrimonio a este bastardo que, por demás, es pardo —alegó con desprecio.

Damián recibió su comentario como un golpe en el rostro; la miró desde su metro noventa de estatura con deseos de responderle, pero se tragó sus palabras; estuvo a punto de dar la vuelta y dejarla con dos palmos de narices, pero no todos los días un hombre como él recibía tal oportunidad. Tenía que aceptar por sus hermanos, que no habían corrido con igual suerte y a los que necesitaba rescatar de la más terrible de las opresiones: la esclavitud.

Aún se recuperaba del golpe mientras el abogado leía el testamento. ¿El conde, su padre? Ese ser que lo había despreciado toda su vida, a quien había servido y tratado de agradar en vano. Sacudió la cabeza para concentrarse en el listado de bienes que recibiría; estaba tan estupefacto que perdía el hilo de la lectura una y otra vez. Sus ojos eran de un azul verdoso intenso; su piel era más clara que la de los esclavos, incluso más que la de muchos mulatos libres. Por eso pensó que su padre sería un blanco. Sospechó del administrador del conde, quien lo había tomado como aprendiz desde los trece años de edad, pero del amo jamás lo había creído. Miró al viejo administrador en un extremo de la sala, atento a la lectura, y se sintió en deuda con él; lo había detestado en secreto, creyéndolo su progenitor, por no haberlo reconocido, suponiendo que lo había desairado por bastardo y por el color de su piel. ¡Qué equivocado había estado toda su vida!

La condesa lanzó un suspiro, y hubo que socorrerla a punto del desmayo cuando escuchó que los cafetales de la parte más occidental de la isla, los palacetes, la quinta, el oro, las joyas, el dinero, los esclavos, los caballos y el infructuoso negocio del ferrocarril, que estaba en disputa con otra de las familias encumbradas de La Habana, pasaban a manos del mulato. La seguridad nunca la había tenido, pero suponía que Damián era hijo de su esposo con la esclava que había comprado mucho tiempo atrás y que lo había embrujado y obnubilado los sentidos.

—Esto debe ser una equivocación. La diabla de su madre no tuvo sus asuntos con mi difunto marido, un hombre decente. Mi esposo no puede dejar a este esperpento como heredero. Es de color, bastardo, de quién sabe qué hijo de vecino; no tiene sangre de los Villavicencio. Es una ofensa, una cruel broma del destino o de nuestros enemigos que quieren terminar de derrotarnos. ¡Usted! ¡Maldito infeliz! —dijo apuntando con el dedo al abogado—. ¡Se ha unido a este otro —señaló al administrador— para despojarnos de nuestro patrimonio ahora que hemos caído en desgracia! El Capitán General no permitirá tal afrenta —se refirió al esposo de su hermana—. ¿No me diga ahora que también pretenden que sea conde?

—Su esposo no lo dejó dispuesto; no le legó el título: no lo consideró prudente.

—Al menos tuvo un soplo de cordura antes de quitarse la vida de un deshonroso disparo. ¿Y quién ostentará el título? ¿No dejó nada estipulado al respecto? Al menos podré seguir disfrutando de las atenciones que me confieren por ser la condesa de Marmosa; mientras no contraiga nuevas nupcias, nadie puede despojarme de esos privilegios.

—Señora, lamento comentarle que ya no; el conde, antes de morir, vendió el título al mejor postor.

—¡Pero qué locuras está diciendo! Ha escuchado, como los aquí presentes, que nuestras arcas rebosan de oro. ¿Por qué haría semejante desfachatez?

—Sabía que sería imposible convertir en conde a su heredero, por su origen y por la falta de legitimidad de la sangre, y quiso dejarle los beneficios de esa venta. Cometió muchos errores; ni siquiera investigó al respecto. Estaba poseído por la rabia y por el dolor; no nos corresponde juzgarlo.

—¿Y mi tormento? Me dejó sola, sin mi hijo y sin él; me despojó del título, los cafetales, la riqueza. ¿Ahora tendré que vivir supeditada a ese maldito pardo?

—Hay una cláusula en el testamento donde su heredero, para acceder al patrimonio, se compromete a velar por usted. Si él acepta la herencia, se amarra a atenderla como lo haría un hijo con una madre. Su esposo la ha acercado a Damián para que la cuide y la reconforte en su dolor. En medio de su desesperación, buscó la forma de dejarla protegida. Pronto el joven, quien además es el nuevo propietario, se instalará en el palacete, como dispuso el difunto conde.

—¿Su bastardo? ¿El hijo de esa diabla? Él me odia, se lo puedo ver en los ojos. No lo quiero bajo mi techo.

Damián aguantó los insultos como una roca. Don Mateo, el administrador, lo tomó del antebrazo para instarlo a tener paciencia. El mulato solo apretó el sombrero que tenía en sus manos hasta destruirlo. No le importó la angustia de la señora, que en su infinito egocentrismo lo insultó de todas las formas posibles, haciéndole sentir el desprecio que lo había perseguido durante cada etapa de su crecimiento. Ahora, a sus veinticinco años, en plena hombría, aquella herencia le caía en sus manos, lo cual le permitiría cobrarse cada una de las ofensas del pasado. Sintió ira, ganas de hacerle pagar a doña Suplicio por todos los desplantes que había tolerado de esa familia, pero don Mateo intentó sosegarlo una vez más, haciéndole recordar los principios que le había inculcado desde que lo había cobijado bajo su sombra. Incapaz de soportar la avalancha que se le vino encima, salió desesperado. Tomó el corcel en el que había llegado y se perdió sobre los adoquines de las calles habaneras rumbo a las afueras de la ciudad, lejos de las pomposas edificaciones, donde la libertad y el aire fresco lo invadieron por completo.

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Capítulo 2

La quinta más lujosa de la Calzada del Cerro se había vuelto un enigma para la crema y nata de La Habana; varios sucesos habían sacudido a una de las familias más prominentes de Cuba. Primero, la muerte del anterior marqués de Morell de Santa Ana, un noble recordado por su fervor por el progreso, quien apoyaba cada causa que mantuviera a la isla a la vanguardia. En segundo lugar, la partida a España del heredero y su esposa, la menor de las hijas del difunto. El nuevo marqués, primo segundo de su antecesor, había recibido el patrimonio Morell por completo. Por último, el viaje intempestivo de Altagracia, la primogénita, junto a su abuela materna, doña Prudencia, quienes marcharon a Europa por asuntos de una herencia. Cada ausencia dejó un hastío irremplazable en las únicas moradoras de la casaquinta.

En la inmensa propiedad solo habían quedado su excelencia Lucrecia de la Concordia García de Lisón y Benavides, viuda de Morell, marquesa de Morell de Santa Ana y su segunda hija, Úrsula, una joven de veintitrés años, recién cumplidos. Aunque el servicio era vasto, la soledad, para quienes se habían acostumbrado a vivir en una familia numerosa y unida, era desquiciante. Incluso la mascota de la señorita, un pequeño Cavalier King Charles Spaniel, andaba cabizbajo por haberse separado de otro perro de la misma camada con el que había crecido.

Úrsula era preciosa; sus ojos verdes y angelicales eran custodiados por frondosas pestañas que siempre bajaban hasta rozar sus mejillas ante algún cumplido. Poseía una personalidad dócil, mediadora y un corazón desbordado de nobleza. Su conversación era amena e inteligente. Su piel cetrina y su cabello castaño rojizo y rebelde la hacían lucir como el fruto prohibido; solía elegir los conjuntos más cubrientes y los peinados más recatados para no revelar la sensualidad que poseía.

—No puedo creer que Altagracia nos haya abandonado para siempre —se lamentó la marquesa, aún resentida con su hija mayor, la que más se le parecía en carácter y con quien tenía mayor afinidad.

—Madre, no todos los días se recibe un legado inglés; mi hermana no podía rechazarlo. En cuanto a María Teresa y Hugo —dijo la joven Úrsula para referirse a su hermana menor y a su cónyuge, el joven y encantador marqués de Morell de Santa Ana—, regresarán en algún momento. Mi cuñado tiene aquí su herencia.

—La que Hugo se encargó de repartir entre todos nosotros; no siguió lo estipulado por mi amado Rómulo. No quiere responsabilizarse por la familia; nos entregó lo que según él nos correspondía y se largó tras su recién adquirido ducado a España.

—Entiendo que está dolida por la separación, pero Hugo ha sido más que justo. Mi padre le legó el patrimonio Morell entero, y él ha querido romper con esa obsoleta tradición, dándonos lo justo para que vivamos por el resto de nuestras vidas de forma holgada. Pero tampoco se ha desentendido: nos ha dejado al administrador, que es muy eficiente, y a su mano derecha, Matías. —Úrsula era jovial y risueña a pesar del pesimismo de su madre; sabía que sus arranques eran injustificados. Observó al perrito tristón y lo alzó en brazos para mejorarle el ánimo.

—Al administrador no lo rebato, pero ese mulato libre de Matías que hasta ayer era esclavo no sé en qué nos podrá ayudar.

—Matías es muy inteligente: sabe leer, escribir y es ducho en los números. Dele un voto de confianza; si Hugo lo dejó al mando, a la par del administrador, es porque confía ciegamente en su capacidad y honestidad. Además, su socio y gran amigo de la familia, Carlos Enrique del Alba, está pendiente de nosotras; cada día vela por que estemos seguras, confortables y no descuida de echarle un ojo a nuestros negocios.

—Ese tarambana... Tengo que reconocer que le he tomado cariño y que se le agradece su preocupación. Tu padre estaría contento con el proceder de Carlos Enrique. ¡Y qué decir de su heredero! Mi difunto Rómulo dio todo por él; se sentiría orgulloso del hombre que es hoy Hugo.

—¿Lo ve? Estamos cobijadas por caballeros increíbles pero, como dice Altagracia, no los necesitamos para salir adelante.

—Tu hermana es una progresista. Lo que me faltaba: una duquesa, una progresista y la otra monja. —Úrsula rio a carcajadas hasta más no poder.

—Nada de monja por el momento. ¡Qué más quisiera! Aún tengo que prepararme para ello, pero ya estoy en pláticas para comenzar con los trámites correspondientes.

—No sé cómo tienes corazón para encerrarte en un convento y dejar a tu madre sola, ahora que toda la familia se ha ido a otras tierras y que tu padre descansa en paz. Esta soledad no la vi venir —sollozó.

—¡Oh, madre! No llore: ya lo habíamos hablado. Mis hermanas están haciendo su vida; son felices. Usted logró sus aspiraciones. También tengo sueños por cumplir.

—Hugo y María Teresa en España, alejando a mi nieto de mí. Altagracia y mi madre ahora hablan inglés y comparten con la crema y nata londinense. Nosotras hemos quedado rezagadas.

—Te parece indigna la buena vida que tenemos gracias primero a mi difunto padre y ahora a Hugo.

—Su Excelencia no debió partir, llevarse a mi hija embarazada, a mi nieto, e incluso a su madre y a su hermana. Ahora doña Alma podrá disfrutar de Diego a diario; la querrá más a ella que a mí. —Se sentía en desventaja con su consuegra.

—¡Madre! —exclamó sonriendo.

—Quita esa cara de bonachona que tienes; Margarita será la tía consentidora, no tú. —Hizo alusión a la hermana de su yerno.

—Y no me encelo de ella. Debería estar feliz por el pequeño Diego, por estar colmado de tanto amor; ya nos tocará consentirlo, y al que viene en camino.

—¿Y tú? ¿También me dejarás? ¿Cómo puedes ser tan mal agradecida con tu propia madre?

—No es el momento para hablar de eso.

—Dulce Úrsula, todos se han ido y te han dejado la carga pesada de contentar a tu madre. ¿Pospondrás nuevamente tu anhelo de tomar los hábitos por no dejarme sola?

La marquesa, ataviada con su descomunal falda color lila y lazos grises, se puso de pie. Los lagrimones le caían por las mejillas. Intentaba contener el llanto sin éxito con un diminuto pañuelo de seda blanca, que destacaba por su exquisito entramado bordado con hilo en color morado. Tal vez sobrerreaccionaba, pero no mentía. De tener una familia vasta que alegraba sus días, su círculo cotidiano se redujo. Sufría ante la amenaza de la soledad.

Úrsula, con su rostro apacible de ángel, se le quedó mirando. Su madre estaba desconsolada. Se apiadó de ella, aunque sabía que también tenía derecho a luchar por alcanzar la felicidad. La fuerza y la convicción le fallaban ante la tristeza de la mujer que le había dado la vida. Reparó en el can, que también echaba de menos la algarabía de todos los que habían partido y que las habían dejado solas en aquel inmenso caserón. Se preguntaba por qué no se habían ido también. Entonces recordaba los negocios y propiedades que tenían en la isla y que debían ser atendidos.

Se consolaba ayudando a las monjitas en un hospital de la caridad, donde atendían a los más pobres y a los esclavos. Tanta miseria y dolor no la dejaban indiferente. No podía, como sus hermanas, seguir adelante y pensar en sí misma, mientras los menos favorecidos se enfrentaban a necesidades. A su madre y su hermana mayor Altagracia, su cuñado las había dotado con una cuenta inextinguible que les dejaba manejar siempre que fueran prudentes como hasta la fecha. Con ella había sido diferente: su herencia se la iba suministrando a cuentagotas, supervisada por el señor Carlos Enrique del Alba. Temían que, de lo contrario, dilapidara su fortuna rápidamente a efectos de su alma caritativa, en especial la dote que guardaba celosamente para entrar al convento. Casi todo lo que había caído en sus manos lo había donado a los pobres, la maltrecha clínica, las familias de escasos recursos, las madres desvalidas y los huérfanos que eran socorridos por las religiosas.

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Capítulo 3

Carlos Enrique del Alba leyó la carta que provenía de manos de Úrsula: solicitaba que liberara otra suma del dinero dispuesto para ella por su cuñado el duque. Miró la hermosa caligrafía y sonrió: no volvería a caer. Ya la señorita lo había convencido en una ocasión y, en menos de lo que canta un gallo, había hecho donativos a diestro y a siniestro. Estaba convencido de que lo ideal sería que Úrsula entrara de una vez al convento y se concentrara en sus oraciones. El mundo era un sitio muy hostil para sus cándidos ojos. La señorita no podía quedarse de brazos cruzados ante las injusticias de los hombres, pero tirando su oro tampoco acabaría con el problema. Tarde o temprano, cuando la riqueza en sus arcas fuera nula, la gente seguiría sufriendo a su alrededor, y Úrsula sería infeliz sin poder remediarlo. Tanto la marquesa como él, quien estaba a cargo de supervisar a la joven Morell, habían estado de acuerdo en permitirle colaborar en el hospital; solo así su necesidad de servir, de ayudar, se veía medianamente aplacada.

—Buscará la forma de obtener el dinero —le aseguró Carlos Enrique a la marquesa.

—Y encontraremos la forma de disuadirla.

—Con todo respeto, su excelencia, su hija es muy testaruda.

—No tendríamos esos problemas si mi yerno estuviera aquí, cumpliendo con los honores de su marquesado y de la Grandeza de España que le legó mi marido—. Carlos Enrique guardó silencio ante cualquier insinuación que atañera a su querido amigo—. ¿Y qué me propone?

—Démosle una pequeña cantidad; de lo contrario, volverá a empeñar o, peor aun, malvender sus joyas.

—No me recuerde ese penoso incidente; gracias a usted, las prendas de la familia que conforman la herencia de Úrsula pudieron ser rescatadas de ese agiotista malvado que se aprovechó de su inocencia. Hágalo, pero adviértale que, si desea seguir financiando la caridad de las monjas, debe casarse, que un marido con mucho dinero puede serle de provecho.

—Sabe que Úrsula no tiene vocación para el matrimonio; lo intentó una vez, y ese vínculo terminó por ser anulado. Su hija se negó a cumplir con sus obligaciones maritales. Desista de su intención de casarla. Hugo está de acuerdo en que tome los hábitos; cree que es lo mejor para ella.

—Hugo no tiene la firmeza necesaria para negarles algo a mis hijas. Las consiente, aún más de lo que mi difunto marido lo hizo en vida.

—Entonces agradezca por el maravilloso yerno que Dios le dio.

—Lo hago a diario; me arrepiento de no haberlo entendido en el pasado. También doy gracias por sus atenciones, don Carlos Enrique. Una pequeña suma estará bien. Todo sea por mantenerla dentro de los límites de las buenas costumbres; pero al convento no, no la apoye usted, o me quedaré sola en la quinta, y ya no lo miraré con tan buenos ojos.

—Usted manda, su excelencia. Ahora me retiro; con su permiso, tengo una reunión con el heredero del conde de Marmosa. Iré en representación de Hugo para disolver la sociedad que formaron para la construcción de las vías ferroviarias.

—Penoso asunto, ¿y qué le ha pedido mi yerno si no es indiscreción?

—No es un secreto, Hugo tiene la intención de vender su parte a favor de los Villavicencio.

—Jugoso negocio para ellos pero, como están en desgracia, no sé si los llene de regocijo.

—Para la condesa no lo será; está deshecha por la muerte del hijo primero y luego del esposo.

—Ese mal nacido... No quiero ni recordarlo. Que Dios me perdone por hablar así de un difunto, pero tengo sobradas razones.

—El heredero de los Villavicencio tampoco quiere quedarse con el negocio.

—¿Lo dice en serio? No puedo dar crédito a lo que escucho. ¿Y ese advenedizo qué razones tiene para declinar?

—No le interesa, según llegó a mis oídos.

—Tendrá mucha riqueza.

—La que heredó del conde. Según tengo entendido, no recibirá el título, vendido por su predecesor. Escuché que es un hombre de origen humilde.

—De seguro, un bastardo del conde o un primo pobre que se llenará las manos con la desgracia ajena.

—No he tenido el gusto de conocerlo, ni de escuchar nada sobre el señor.

Tras la despedida, Carlos Enrique del Alba se alistó para la reunión con la intención de finiquitar los negocios entre los Villavicencio y los Morell, en representación de Hugo. Como ninguno quería seguir la sociedad, dispusieron vender a favor de un tercero, que quedaría con la concesión. Ambos administradores se habían encargado de los trámites, así como los abogados de la familia. Él acudía al acto formal para firmar en nombre de su amigo. Llegó primero que el heredero; tomó su lugar y esperó impaciente: odiaba la impuntualidad. Don Mateo, el administrador de los Villavicencio, apareció con un joven de gran estatura, al que había visto en otras ocasiones en su compañía. Era difícil no recordarlo: su físico era hasta cierto punto exótico, como resultado de la mezcla de razas. Un mulato de finas facciones y ojos sorprendentemente verdeazulados, tan refulgentes como la piedra aguamarina. Si mal no estaba informado, era la mano derecha del administrador; le sorprendió verlo en una cita formal, pero no le dio mayor importancia.

Al ver que los presentes se disponían a dar comienzo a la firma, Carlos Enrique hizo la pregunta de rigor:

—¿Ha mandado un apoderado el heredero? ¿No se ha dignado a aparecer? ¿Tan ocupado está?

Don Mateo carraspeó, avergonzado, no por el muchacho y sí por la situación; desde que el mulato había recibido la herencia, se habían enfrentado a sinsabores y desprecios de la cúpula habanera, que no entendía que un hombre de raza negra hubiera recibido tan abundante riqueza, que lo convertía en uno de los hombres más ricos de la isla. El administrador intentó presentar a su protegido, pero Damián no se lo permitió; dio un paso al frente, saltándose todo protocolo, al que no estaba acostumbrado, y se presentó:

—Soy Damián Villavicencio, el heredero —hizo hincapié en el sobrenombre que usó el apoderado para referirse a él.

Carlos Enrique se sorprendió al escucharlo; le habían llegado los rumores de que era un hijo del conde. No quiso revelarlo para no ser descortés con la marquesa, pero no se esperaba que el ilegítimo fuera un mulato.

—Mucho gusto —dijo aún estupefacto, pero fue afable en su trato como siempre, característica que lo distinguía—. ¿Está seguro de no querer seguir adelante con el negocio? El duque se lo está dejando en bandeja de plata: es algo muy jugoso para usted.

Don Mateo negó, para disuadir a Carlos Enrique; él ya había intentado convencer a Damián sin éxito.

—Firmemos, señor —comentó Damián.

No fue difícil advertirlo: Damián Villavicencio estaba taciturno. La herencia recibida no aplacaba lo que sea que llevara dentro.

—Disculpe la indiscreción, ¿por qué un joven como usted, con el futuro en sus manos, deja escapar tal proyecto?

—No me interesa nada que provenga de las ambiciones del conde —argumentó con odio—. No pedí heredar su dinero, ni sus bienes, menos a una antigua condesa destrozada, que me ve como el causante de todos sus males.

—En eso último comparte usted la ración de odio con mi gran amigo, duque de San Sebastián y marqués de Morell de Santa Ana. ¿Villavicencio? ¿Siempre respondió usted a ese apellido?

—Vino con la herencia.

—¿Y lo aceptó sin más?

—Soy lo que soy, mitad sangre de mi madre y mitad de mi padre; es algo de lo que no puedo escapar, reciba el nombre o no. Era requisito del legado, y no podía rehusar.

—Nadie en su sano juicio lo haría, ni aun detestando la procedencia del oro. ¿Le parece si acudimos a una taberna a tomar una buena copa de vino? Creo que debería reflexionar y proseguir con la construcción de las vías ferroviarias. Intenté convencer al duque y declinó: es muy testarudo.

—Ya somos dos.

—Eso noto, pero usted está tomando una decisión importante con los nervios crispados; eso no es inteligente.

—Venderé; ya lo he decidido.

—En ese caso, me permito lanzar mi propuesta de compra; no quiero verme como un aprovechado de las situaciones que han hecho que el duque y usted se hagan a un lado. Pero puedo ofrecer más que el comprador, y es un negocio demasiado jugoso para dejarlo escapar.

—Véalo con don Mateo; no me importa quién se quede con los privilegios. Solo vine a estampar mi firma; no me interesa quedarme hasta el final para brindar ni para compartir el humo del tabaco.

—Sosiéguese, le reitero mi invitación a una taberna, ¿le apetece un trago de un buen ron? Ya no para brindar por el trato: me siento en deuda si renuncian a mi favor.

—¿Está seguro de que desea entrar a algún sitio en mi compañía a tomar una copa? —rebatió altanero, acostumbrado a la cizaña y desprecio que había recibido de otros señores pudientes.

—Don Mateo me conoce; puede dar cuenta de la honestidad de mis palabras —recalcó Carlos Enrique.

—En ese caso me veo obligado a aceptar; nadie ha tenido un gesto como ese conmigo, y en este justo momento me apetece un buen aguardiente.

—Vamos, pues. Me intriga todo de usted, con sobrado respeto. No puedo entender... si tanto desprecia la herencia, ¿qué lo empuja a aceptarla?

Tras la firma y la conclusión de las negociaciones, Carlos Enrique invitó al joven a compartir el carruaje. Lo miró de pies a cabeza y sin rodeos le preguntó:

—¿Edad?

—Veinticinco años recién cumplidos.

—¿Puedo tutearlo?

—Lo que se le ofrezca, señor.

—Exigiré las mismas atenciones para conmigo.

—Dispénseme, usted, no puedo.

—Lo harás cuando me conozcas un poco más, muchacho. Estás frente a tu nuevo mentor; me siento en la obligación de darte instrucción. También odiaba a tu padre, digamos que tenemos un enemigo en común que está convenientemente muerto. ¡Y ni se diga a tu medio hermano! Ese era mi peor pesadilla.

—Prefiero no traer a colación a los difuntos.

—Tienes conciencia moral; eso me agrada. Me siento en el deber de socorrerte: joven, con las arcas repletas de oro y con un físico que no dejará indiferente a las féminas, ni siquiera a las de alta sociedad. Sería un crimen dejarte a tu suerte; terminaría por reprochármelo. Tómalo como mi agradecimiento por traspasarme la concesión del ferrocarril a un excelente precio.

—No le estoy pidiendo nada a cambio.

—¿La aristocracia habanera no ha sido muy amable contigo?

—Despreciable.

—¿Y la viuda de tu padre?

—Doña Suplicio hace honor a su nombre; es como un grano enterrado donde no da el sol.

—Me agrada tu sentido del humor; ya te vas soltando y ni siquiera has dado un sorbo de licor.

—Usted me saca las palabras.

—No te cohíbas. Te diré algo para que te sientas en confianza; la razón que me motiva ayudarte: esos ricachones que te han despreciado también han osado mirarme por encima del hombro.

—¿A usted? Si exuda alcurnia.

—Mi familia tiene renombre desde tiempos inmemorables, pero cometí errores en mi juventud… —Hizo una mueca de fastidio que lo hacía lucir más seductor—. Corrompí el honor de una joven de igual familia encumbrada; ella cayó en desgracia ante los ojos de la crema y nata y, cuando estaba más hundida en el lodo, la rescaté y la convertí en mi esposa.

—Enmendó su equivocación.

—Pero la gente no perdonó fácilmente. Mi mujer sigue siendo repudiada por las esposas de mis iguales, y yo sobrevivo gracias a mi inmensa riqueza, mi habilidad para los negocios y mi talante.

—¿Se arrepiente?

—Nunca. Carmela y mis hijos son lo mejor de mi vida. Y ya hemos hablado demasiado sobre mí, Damián. ¿Qué talentos tienes?

—Escribir, leer, hacer cuentas; se me dan bien los negocios. He estado siempre junto al administrador al tanto de todos los asuntos del conde.

—¿Equitación?

—Soy uno con cualquier corcel que monto; lo llevo en la sangre, pero no he tomado clases como esas de las que presumen los señoritos.

—¿Armas? —Damián negó—. Un hombre con un patrimonio como el tuyo debe saber defenderse; siempre existe la posibilidad de un duelo, y con tus atributos no dudo que termines por meterte en problemas.

—Sé defenderme.

—No será suficiente. Practicarás, te enviaré a un maestro.

—Agradezco su amabilidad.

—Habrá que renovar tu guardarropa; ahora, con tu nueva condición, debes vestir como un señor.

—Eso sí que no, tengo dos o tres prendas, lo justo.

—Sombrero de copa; camisas de seda; botas de piel; ropa de día, de noche, de montar; joyas; finos pañuelos; un bastón lujoso para impresionar; pomadas de olor; accesorios; una buena montura —recitó la lista ignorándolo por completo, motivado por su nuevo proyecto.

—Me niego a pisar el taller de un sastre pomposo.

—Tengo uno excelente para ti; yo mismo lo uso y es completamente recomendable.

—El conde me legó muchos caballos.

—No. Te lo recordarán y quieres empezar desde cero. Te obsequiaré uno que solo te recuerde a ti; tengo al preciso, tan testarudo que parece tu hermano gemelo. —Le hizo gracia, y no limitó sus carcajadas.

—Lo siento, no puedo aceptar algo tan costoso.

—Será un presente por el negocio que acabamos de cerrar.

—No tengo cómo agradecerle lo que hace por mí.

—Siendo un buen discípulo. Con Hugo cometí ciertos errores, pero al final no me salió tan mal.

—¿Se refiere al marqués de Morell de Santa Ana?

—Sí, ahora también es duque. Recibió el marquesado y el ducado casi a la par. Cuando llegó a mí, era un mozalbete que venía de la Madre Patria. Fui su mentor.

—Es un honor que me brinde su protección. ¿Qué puedo hacer para resarcirle?

—No seas tonto, Damián, te estoy ofreciendo mi amistad, porque el alcornoque de Hugo me ha dejado solo y lo echo de menos. Tú y yo somos dos parias con suerte, y Dios nos ha puesto frente a frente. Tampoco soy totalmente desinteresado. Y ya deja de tratarme de usted: ahora somos iguales.

Terminaron de entrar a la taberna Alma húmeda, la más popular de la zona a pesar de la fachada carcomida por el salitre, pero donde la atención era de primera. El dependiente se quedó perplejo al ver al mulato, de vestiduras sencillas, sentarse en su presencia; intentó rechazarlo, negándose a servirle, y eso hizo colapsar a Damián. Ya no aguantaba que lo juzgaran por la tonalidad de su piel; antes que tomara al hombre por la solapa y lo sacara del establecimiento para darle una lección, Carlos Enrique lo detuvo con estas palabras dirigidas al empleado.

—¿Cómo se le ocurre hacerlo enojar? Si es usted inteligente, se retractará: mi amigo tiene la fuerza suficiente para darle una paliza memorable y los medios para mandar a sus matones a darle un escarmiento, eso si se quiere poner decente.

El hombre se quitó de en medio y dejó a Damián tomar asiento, aunque no se le aliviaban las ganas de ponerlo en su lugar.

—Respira, Damián. Eres como la dinamita. Ahora eres rico; aprenderás nuevas formas de infundir respeto.

—Eso le estoy diciendo; tal vez mi compañía le perjudique —espetó aún iracundo mientras se llevaba un trago de ron a los labios y miraba desafiante a los demás clientes, que lo observaban por encima del hombro.

—Sigamos con la documentación e ignora a esas sabandijas; ya vendrán a lamerte las botas cuando sepan que estás podrido en dinero. ¿Has compartido el lecho con una mujer?

El trago de ron se le quedó a Damián atorado en la garganta; tosió para aliviarse y terminó por soltar una sonrisa, algo que hasta entonces Carlos Enrique no le había logrado sacar. Damián jamás había hablado de esos asuntos ni siquiera con don Mateo; sintió el calor subir a sus mejillas cuando los recuerdos de su última conquista le vinieron a la mente. No había conocido a ningún blanco tan demente como el señor del Alba; ahora se convencía de que era todo un personaje, pero el administrador le había asegurado que era un hombre de bien y justo; por eso lo había seguido hasta aquel lugar.

—Mujeres que calienten mi cama no me han faltado.

—Damiancito, Damiancito. ¡Caras vemos, corazones no sabemos! Todo un rompecorazones. Pensé que eras más modoso dada tu antigua condición social. ¿Alguna dama pudiente cuyo esposo no tiene los dotes para satisfacerla en el lecho?

—¡Dios me libre y Dios me ampare! —exclamó riendo—. Se me han insinuado hasta la demencia, pero no he querido meterme en problemas.

—¿Algún amor pueril?

—Nunca me he enamorado, ni creo poder hacerlo. Un hombre de mi condición, digo, de mi antigua condición, no podía perder el tiempo en amores si quería progresar en la vida. Me dediqué a trabajar duro para don Mateo, a aprender para salir del hoyo.

—Es raro verte sonreír. Ya sé qué te hace abandonar tu coraza, al menos por unos segundos: las mujeres. ¿Y quién o quiénes han sido las afortunadas?

—Un hombre no da cuenta de sus revolcones. Solo admitiré que fueron bellas y seductoras esclavas, que solo buscaban saciar su propio deseo carnal y nos desfogábamos mutuamente.

—Y mejor que no te enamores, Damián; eso solo complicaría tu vida. Tienes todo para pasarla en grande, prosperar y crecer. Los lujos y las mujeres vendrán a tus pies. ¿Por eso aceptaste la herencia?

—Se equivoca. Necesito los recursos para reunir a mi familia; mis hermanos aún son víctimas de la esclavitud: pretendo encontrarlos y liberarlos.

—¿Una búsqueda? En eso tengo experiencia: tuve una amiga a la que ayudé a encontrar a un hijo extraviado, y no descansé hasta hallarlo.

A pesar de las fricciones entre los Morell y los Villavicencio, Carlos Enrique se condolió del muchacho, y decidió tomarlo bajo su protección. Se sorprendió al apreciar que no estaba tan desvalido como había imaginado. Era un joven preparado que, gracias a un sacerdote, tuvo educación y que, debido a sus habilidades, se volvió la mano derecha del administrador de su padre.

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Capítulo 4

Úrsula llegó agotada de pasar toda la mañana y la tarde en el hospital de las monjitas; había atendido a varios pacientes con diversas dolencias. Estaba contenta: servir a esa causa le llenaba el pecho de dicha; sentía que contribuía de una u otra forma a que el mundo fuera un mejor lugar. También le producía tranquilidad; el dinero que había logrado que Carlos Enrique del Alba le liberara le había servido para comprar medicinas, paños blancos y alimentos. La madre superiora del convento para el que prestaba sus servicios estaba contenta con su proceder y de continuo la presionaba para que terminara de tomar la decisión de unirse a la congregación. Aún no se ponía el sol, cuando arribó; solo deseaba tomar un baño tibio y tomar una cena que reconstituyera sus fuerzas.

Llegó precedida de un par de esclavos, uno de cada sexo, que fungían como sus criados y guardianes, dispuestos por su madre, como condición para dejarla salir a sus menesteres. Y, mientras se quitaba el pañuelo con que acostumbraba a cubrirse su cabello cobrizo, fue sorprendida por la presencia de Perla, que aguardaba en el amplio salón.

—¡Perlita! —exclamó con alegría al reencontrarse con la joven. Había sido la esclava de compañía de su hermana María Teresa, la nueva marquesa y duquesa, y las había acompañado a ambas durante algunas peripecias que daban cuenta de su entera fidelidad—. ¿Qué haces aquí?

—Su Excelencia me hizo venir —dijo para referirse a la marquesa viuda.

Úrsula observó los arcones repletos de sedas, encajes, y otros accesorios útiles para la confección de la indumentaria femenina. Se alzó de hombros, sin entender. Perla había obtenido su libertad antes que su hermana partiera a España y había hecho su sueño realidad trabajando en el taller de madame Fourneau, al punto de convertirse en su mano derecha, paso importante en su camino como la modista que se veía a futuro.

—¿Mi madre? ¿Encargará nuevos vestidos?

—Son para usted, señorita. A su excelencia se le ha metido en la cabeza que debe renovar su guardarropa, y me ha hecho traer todo lo necesario para que escoja telas y accesorios para hacerle vestidos a la medida.

—No lo puedo creer. Mi madre sigue obsesionada con la idea de buscarme esposo —dijo, y Perla intentó persuadirla para que hiciera silencio. La marquesa se presentó como una aparición.

—¿Qué tiene de malo que me preocupe por tu porvenir, querida? —indagó la madre.

—No necesito más ropa: tengo lo justo y necesario. Cuando marche al convento, no me será de utilidad; sería un derroche encargar nuevas prendas en mi situación.

—Saldrá de mis fondos personales —musitó la marquesa.

—Ese dinero sería más útil para la caridad.

—Todavía me pregunto de quién heredaste esa fijación por ayudar a los desvalidos.

—Mi padre hizo magnas obras en vida, que le valieron que lo condecoraran con la Grandeza de España. ¿No es lo que nos enseñan en la religión?

—Ave María Purísima, no puedo más que agradecer por cada una de mis hijas, pero dame paciencia. Sabes que un primo de su ilustrísima Agustina Montemayor, un rico terrateniente de provincia, está en la ciudad, y se rumora que ha venido para buscar esposa.

—Ni se le ocurra.

—Tiene mucho dinero y escuché de buena fuente que es muy dadivoso. Agustina dará un almuerzo en su honor; nos ha invitado. Sería la ocasión perfecta.

—A usted le vendrá muy bien acudir a la celebración; yo ya estoy lista para abandonar esa vida. No he entrado al convento por hacerle compañía, a la espera de que se acostumbre a mi ausencia o de que alguna de mis hermanas pueda regresar; pero ni iré a esa recepción, ni tengo el propósito de recibir las atenciones de ningún caballero.

—No te pido que asistas a un baile; tan solo es una comida, y sería de mal gusto no aceptar.

—Odio esos eventos donde se despilfarran alimentos con tantos seres hambrientos cerca de nosotros, aquí mismo en la villa; ni qué decir en los campos.

—Podríamos disponer con Agustina que las sobras sean donadas a los indigentes o a los esclavos.

—¿Y darles los desperdicios de la opulencia a esas personas necesitadas?

—Ya veo que no hay otro camino; serás sor Úrsula si Dios no dispone otra cosa.

La marquesa elevó su nariz al cielo y abandonó la estancia.

—Si el alma turbia de Hugo no la hizo cambiar de opinión, dudo de que ese caballero logre motivarla con el matrimonio —soltó Perlita con su singular sinceridad—. Vi a la condesa, su ilustrísima Agustina Montemayor, pasear acompañada por el primo, y el mozo no es del estilo que podría hacerla caer redonda a sus pies.

—¿Y ahora resulta que tengo un tipo, Perlita?

—Usted necesita un hombre que sea un volcán a punto de explotar para que la haga reaccionar, mi niña, uno muy guapo —dijo la jovencísima mulata entre risas. Úrsula le siguió la corriente y también rio; ella y sus hermanas tenían una estrecha relación con Perla desde tiempo atrás—. Su Excelencia tiene ideas raras, pero algunas son atinadas. Usted no puede encerrarse para siempre; está llena de vida, es joven. ¡Y el aburrimiento que debe haber en un claustro!

—Perlita, me apena que te hayamos robado tanto tiempo en vano.

—Madame Fourneau me va a reprender; dirá que no tuve habilidad para la venta.

—Eso no puedo permitirlo.

—¿Dos vestidos? ¿Tres? —pidió Perla con cara de cachorro malherido.

—Lo haré por ti; puedes tomar las medidas, pero no me tortures con los detalles; no me enterraré ahora entre encajes y sedas. Confiaré en tu buen gusto y en lo bien que me conoces.

—No se arrepentirá, señorita.

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Capítulo 5

Damián Villavicencio arribó al atelier del sastre sugerido por su recién adquirido mentor; estaba bien ubicado en la calle Obispo. La decoración daba rienda suelta a la ostentación. Las finas telas podían percibirse desde la entrada, así como el olor a incienso que daba la bienvenida, dando cuenta del lujo con que eran tratados los clientes. Numerosos esclavos se hacían cargo de distintos menesteres; uno recibía a la clientela, otro servía bebidas, algunos tomaban medidas y dos se ocupaban de retocar la limpieza. Iba con su porte orgulloso y un tanto predispuesto por el trato recibido por las personas del nuevo estrato social al que su riqueza le hacía pertenecer. Imaginó la expresión del sastre al conocerlo, y más al tener que confeccionar ropa a la medida para un hombre de color. Ya estaba harto de las miradas lascivas; se había dicho que, a la primera, abandonaría el lugar. Estaba decidido a no permitir que absolutamente nadie lo pisoteara.

Un esclavo lo hizo pasar, y él dio razones:

—Fui citado por don Carlos Enrique del Alba.

—Pase, adelante, lo espera junto al dueño del negocio.

Un hombre de piel negra, incluso más oscura que la propia, conversaba con Carlos Enrique y lo recibió con suficiencia. Vestía como todo un señor; tenía joyas costosas y un fino vestuario.

—¿Este es el joven que me ha pedido vestir al más sofisticado estilo inglés?

—El mismo.

—Tengo los colores ideales para resaltar sus cualidades. Permítame buscar a uno de mis oficiales para que traiga las muestras —indicó; con paso pomposo desapareció por una de las puertas.

—¿Es el sastre? Es de color, como yo.

—Es quien confecciona mis vestiduras desde años atrás; su excelencia el duque y marqués también gustaba encargar su ropa aquí.

—¿Es el dueño del lugar?

—Obviamente, no creo que ningún sastre pague tan bien a sus ayudantes como para vestir con el lujo con que lo hace, y menos para usar joyas tan costosas.

—Excesivamente llamativas y enormes.

—Ya sabes lo que se dice de los nuevos ricos: adoran demostrar lo poderosos que son. Es un liberto que hizo fortuna y prosperó lo suficiente para poner el taller de costura. Tuvo tanto éxito que abrió otros comercios en la zona; también tiene una tienda de calzado, que visitaremos saliendo de aquí. Otros antiguos esclavos también han prosperado gracias a las artesanías; no solo te he traído por la ropa: quiero que veas con tus propios ojos que no eres el único hombre de color con posibilidades y que, si las tienes en tus manos, debes aprovecharlas y hacerlo orgulloso de lo que eres.

—Tiene esclavos, ¿cómo es posible que subyugue a otros si lo padeció en carne propia? —preguntó descontento.

Carlos Enrique del Alba se alzó de hombros; era algo que él mismo se preguntaba y aún no se podía responder.

El dueño regresó con dos oficiales que comenzaron a despojar a un sorprendido Damián de sus vestiduras, que desecharon como la más horripilante pertenencia.

—Pero ¿qué hacen? Acabo de comprarlas —repelió iracundo; fue lo primero que había adquirido con su herencia, tras el comentario hilarante de Carlos Enrique sobre su forma de vestir. Su mentor se rio a carcajadas de sus arranques e hizo un ademán con la mano para que los ayudantes no se detuvieran y llevaran la ropa directo a la hoguera.

—¿Y cómo se supone que abandone este sitio, si me han dejado en paños menores?

—Esos también habrá que reemplazarlos —ordenó el señor del Alba.

Los esclavos se acercaron con la intención de cumplir las exigencias del mentor y Damián, a punto de explotar, les advirtió:

—No se atrevan, o sus cabezas dejarán de ser sostenidas por sus cuellos.

—No amedrenten al muchacho; pongan la ropa interior en una caja. La llevaremos justo con el resto de la indumentaria que encargaremos para que Damián sobreviva mientras su nuevo guardarropa queda listo.

—No entiendo. Si hay prendas listas para llevar, ¿por qué sufro este atropello? —inquirió y frunció el entrecejo.

—Porque un señor de tu clase debe verse impecable, y no hay nada como la ropa hecha a la medida —le aclaró.

Lo evaluaron, le probaron los tonos y las texturas sobre la piel. Tras vestirse con el recién estrenado atuendo y quedarse prendado de su estampa, de lo bien que le ajustaba la faja, el pantalón, de la sedosidad de las camisas, entendió a lo que se refería su amigo. Salieron prestos por los zapatos, los cinturones, los sombreros, y demás accesorios que completaron el ajuar del nuevo propietario de la fortuna Villavicencio.

Con sus nuevas vestiduras, acudió a conocer al alazán más bonito que había visto. Dio muestras con creces de su gratitud, y aquello consolidó los lazos que comenzaba a crear con su nuevo amigo. Se acercó al caballo y lo observó andar con elegancia mientras lo traían ante sí y le entregaban las riendas.

—Es enorme, fuerte. Nunca he montado un animal como este. No puedo esperar.

Pero, cuando quiso subirse de un salto, el corcel dio unos pasos para alejarse, y así dos veces más. Hasta que logró sujetarlo y treparse en la silla. Tampoco le funcionaron las mismas órdenes que usaba con otros; se dio cuenta de que era más terco que una mula.

—Te presento a Furia.

—¡Maldición! ¡Quieto! —Intentó calmarlo para que dejara de corcovear, a la par que se esforzaba para mantener el equilibrio.

—Te lo dije; es tu alma gemela —le mencionó Carlos Enrique sin parar de reírse.

—Gracias por el cumplido —dijo Damián arrugando el entrecejo, pero decidido a domar al animal—. Ya no sé si en verdad me has hecho un regalo por el trato que hemos cerrado o has encontrado una excusa para liberarte de tal incordio.

—Se entenderán: hablan la misma lengua. —Soltó otra carcajada—. He domado potros más bravos, que no te intimide.

—Ya no podría renunciar a él: me ha robado el corazón —reveló con una sonrisa.

Los cambios, a partir de entonces, se sucedieron igualmente en su estilo de vida; elevó el sueldo de don Mateo, a quien apreciaba como a un padre y liberó a todos los esclavos de servicio, asignándoles un sueldo a los que se quisieran quedarse a laborar en sus propiedades. Doña Suplicio puso el grito en el cielo, pero no pudo oponerse a las reformas; tan solo hizo una pregunta al ver que Damián ponía orden en su palacete.

—¿Vivirás aquí? —preguntó azorada, con un pensamiento fijo, meditabunda sobre lo que dirían sus amistades de saber que compartía residencia con el bastardo de su difunto marido, quien además era mestizo.

—No se preocupe, señora. No la obligaré a soportar mi presencia.

—¿A pesar del testamento y de las condiciones de la herencia?

—He llegado a un arreglo con el abogado para que esté cómoda. Me aseguró que, si es su deseo explícito, no hay objeciones, salvo que demande lo contrario. Mi intención es cumplir con la voluntad del conde, si usted lo acepta.

—No estoy interesada en tus cuidados; te quiero lejos de mi vista.

—Me alojaré en otra de las propiedades.

—¿Cuál si se puede saber?

—Aún no he decidido, pero es uno de los puntos en los que no tengo que darle explicaciones, así que con su permiso me retiro. Solo le recuerdo algo muy importante: los castigos están prohibidos en esta morada. Para cualquier situación conflictiva, tendrá que enviar a un sirviente conmigo y me encargaré personalmente.

—¡Faltaba más! ¿No vendrás a poner orden en mi casa!

—Le recuerdo, señora, que todo, incluido este palacete, es parte de la herencia que el hombre que me engendró me legó por algún motivo que desconozco, pero él quiso que fuera mío.

—También te pidió ocuparte de mí, y lo único que has hecho desde que llegaste es limitarme.

—Usted continuará viviendo como siempre lo ha hecho; tiene sus lujos, sus criados, pero la crueldad que otrora vivió impía en estas paredes acaba de terminar.

Los libertos que hasta hacía días habían sufrido la esclavitud y la mano dura de doña Suplicio se quedaron azorados observando; era como si tanto sufrimiento hubiera sido saldado y del más allá hubieran mandado a un justiciero a velar por sus derechos. Temieron que el joven fuera amedrentado por las exigencias de la señora.

—No puedes cambiar las cosas; antes que tú llegaras, el orden estaba establecido.

—¡El orden en mi morada lo impongo yo! —dijo alto y claro para alejar las dudas de aquellos que aún seguían fieles a doña Suplicio, acostu

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