Prólogo
—Si usted ha conseguido la sal a ese precio tan magnífico, le aconsejo que no pierda la oportunidad de comprar el cargamento.
Mohamed Khan paseó la vista sobre unas elegantes botas de piel de un número que parecía ser bastante pequeño, antes de ascender por unas piernas delgadas enfundadas en un pantalón que se ajustaba a una cintura estrecha, una blusa ancha que no disimulaba las formas de unos pechos redondeados y la melena oscura que enmarcaba una bonita cara femenina. La mirada de ella le decía que estaba dispuesta a marcharse de allí sin intentar negociar. Era lista la muy tunanta. Comenzaba a comprender por qué sus hermanos —tenía tres y en aquel momento estaba con el más joven—, a pesar de ser mayores que ella, dejaban que fuese Aislinn quien cerrara los tratos.
—Vayámonos, Declan, nos esperan otros compradores.
Mohamed los vio recoger bártulos y los detuvo.
—¡Esperen! Tal vez podamos llegar a algún acuerdo.
Ella, con su sonrisa más ladina, se volvió a mirarlo.
—Creí que no le interesaba nuestra sal.
—Siempre es bueno tener de sobra, además, dentro de poco estaremos en pleno invierno y es posible que los barcos no lleguen a tocar puerto. ¿Quieren sentarse? —ofreció las sillas que estaban frente al escritorio.
Declan se apresuró a obedecer. Quería cerrar el trato cuanto antes, pues no habían tenido muy buen día. De la anterior oficina que habían salido hacía exactamente tres cuartos de hora, no les iba a quedar ese año buenos recuerdos. Siempre les habían comprado a ellos las especias, sin embargo, esta vez alguien se les adelantó, el conde de Maubourg, y les había dejado sin nada. Él estaba muy enfadado, pero nada comparado con Aislinn, que había echado pestes sobre el noble durante todo el camino hasta ver a Mohamed. De haber tenido la joven al conde cerca, se lo habría merendado con alubias.
Y es que Aislinn, a pesar de lo tierna y delicada que aparentaba ser, tenía un genio de mil demonios.
—Setanta debe de estar muy orgulloso de ustedes —dijo Mohamed sacando una botella de oporto de un apartado que tenía el escritorio en la parte inferior—. ¿Quieren probarlo? Hace un rato me la han traído los franchutes. Es muy bueno.
Declan asintió pero la joven negó con la cabeza al tiempo que hacía un gesto con la mano.
—Primero los negocios y después el placer, señor Khan.
Hizo una señal a su hermano para que le entregase la factura del cargamento de sal a Mohamed. Este dio el visto bueno enseguida al documento, imprimió su firma y les entregó un cheque.
Mohamed llevaba años negociando con Setanta O’Rourke, y después con sus hijos. Sin duda alguna, el hueso más duro de roer era la pequeña de la familia, Aislinn, que todo lo que tenía de belleza, lo tenía también de inteligencia. Desde el mismo momento de conocerla, le quedó claro que no podía subestimarla.
—Ahora sí que puede servir ese oporto, querido señor Khan —animó ella con una espléndida sonrisa—. Y esos franchutes, ¿quiénes son? ¿Acaso la competencia?
—¡No!—Rio el hombre llenando tres vasos por igual—. Se trata de Castor y su familia.
—Este año han llegado antes —comentó Declan, mirando de reojo a su hermana. A él no podía ocultarle que seguía enojada por no haber podido comprar las especias al proveedor de siempre—. Han tenido suerte porque hemos oído de un conde que se ha vuelto loco con los precios sin tener ninguna clase de consideración ni cuidado por los demás.
—Así es —asintió Mohamed—. Espero que no les haya afectado mucho. El conde de Maubourg ha decidido que va a dedicarse ahora a la importación y exportación. Claro, que él no posee la flota de barcos que tiene Setanta.
—Por lo que dice, intuyo que ha tratado de hacer negocios con usted —dijo Aislinn como de pasada, saboreando su oporto.
A Declan le divertía ver como ella se esforzaba en que le gustase la bebida, pero lo cierto es que se solía tomar el primer vaso y enseguida buscaba una excusa para no aceptar el siguiente. De hecho, él sabía que no debía permitirle que bebiese nada fuerte, pero no tenía ni ganas, ni paciencia, para pelear contra ella. Aislinn era muy vengativa y podía pasarse el viaje de vuelta a Irlanda sin hablarle, y lo que era peor, salándole las comidas.
—Bueno —respondió Mohamed—, se pasó por aquí a ver qué podía ofrecerle, pero no le interesó mi aceite de ballena.
Aislinn soltó una carcajada que sonó como un racimo de campanillas.
—Después de todo, ese conde no es tan tonto como pensaba. Usted vende muy caro, amigo, se lo he dicho muchas veces, y si ese conde de pacotilla es de Inglaterra, imagino que irá a la oficina del señor Landon a comprarlo. —Se encogió de hombros, divertida—. Él vende a mejor precio.
—Lo sé, pero debía intentarlo.
—No lo culpo por ello. —Aislinn se bebió de golpe el contenido del oporto y se puso en pie con los ojos clavados en Declan—. Deberíamos irnos ya.
Su hermano también apuró su bebida, se puso en pie y alargó su mano hacia Mohamed para despedirse. El hombre se la estrechó de vuelta al tiempo que preguntaba:
—¿Tan pronto han de marcharse?
La joven asintió. Declan sabía que ella no iba a responder por qué de repente tenía tanta prisa, sin embargo, él conocía la respuesta. Aislinn quería buscar al conde antes de que abandonase la ciudad.
Declan, en cambio, deseaba de todo corazón que el conde de Maubourg se hubiese embarcado a donde quisiera que fuese y si, por algún motivo era el mismo destino que ellos, Irlanda, que no coincidiesen en la misma ruta, ni se vieran en alta mar, pues Aislinn era muy capaz de hundirle el barco.
Capítulo 1
Meses más tarde
—¿Qué piensas hacer, Aidan?
El hombre se inclinó sobre la barandilla de la terraza para observar a su hermana, que se había sentado en el borde del enorme macetero de la entrada, donde había un guindo bastante crecido. Le gustaba ver a Aislinn vestida como toda una señorita, aunque no tenía muchas ocasiones para ello. La mayoría de las veces navegaba con él o con cualquiera de sus hermanos y siempre lo hacía vestida de varón. Como ella solía decir, nunca mezclaba los negocios con el placer. Por otro lado, a la hora de negociar, la tomaban más en serio cuando usaba pantalones. Tal vez porque de ese modo parecía más agresiva.
—No lo sé. —Aidan sacudió la cabeza—. Me da mucho coraje que Imogen se haya inventado tal sarta de mentiras. De todas las mujeres que hay en Galway, ella es la única que jamás intentaría conquistar.
Aislinn levantó la cara hacia él, que estaba situado en el primer piso. Llevaba el cabello recogido en una bonita trenza que lucía en forma de diadema y que acentuaba los hermosos rasgos de su cara. Su piel, tan pálida como la porcelana a pesar de pasar tanto tiempo en el mar, contrastaba con fuerza con el color negro de su pelo.
—¿Por qué? No es fea.
—Bonita tampoco —respondió enderezándose de nuevo. Dejó vagar la vista sobre las aguas del río Corrib, que atravesaba la ciudad y que desembocaba en el atlántico.
—No puedes culparla, Aidan, eres de los hombres más guapos que hay en la ciudad.
Él soltó una risa medio irónica, medio halagada.
—Precisamente a Imogen no le atraigo por la belleza, sino por la fortuna que tenemos.
—Y tú quieres que ella se fije en ti por…
—Por nada, Aislinn. Lo que deseo es que se olvide de mí y que admita que ha inventado todo esto para prepararme una encerrona.
—Lo malo es que su padre venga a reclamarte para que te cases con ella.
Aidan chirrió los dientes de una manera tan desagradable que ella se levantó de su improvisado asiento y caminó hasta situarse bajo la terraza para poder mirarlo bien.
—Para eso debe tener pruebas —contestó él.
—Con llevar a un par de testigos sería suficiente —le hizo ver, al tiempo que libraba su falda azul de arrugas, pasándose las manos sobre ella.
—Yo llevaré otros distintos que digan lo contrario.
Aislinn se encogió de hombros. Todos en la familia eran muy tercos, pero aparte de su padre, Aidan se llevaba la palma.
—Ya sabes que puedes contar conmigo para lo que sea. Si quieres puedo ir a conversar con Imogen para advertirle que si continúa con esto, va a terminar muy mal.
—Te conozco, Aislinn, tus advertencias suelen acabar en amenazas, y no creo que haya que caldear más el ambiente. —Aidan entornó los ojos al descubrir el vehículo que se acercaba por el angosto camino principal y señaló con el mentón—. Ya está aquí padre.
La muchacha desapareció al segundo siguiente y él se echó a reír. Seguro que Setanta le habría dicho que hiciese algo y ella se había dedicado a holgazanear todo ese tiempo.
***
Setanta aún seguía un poco molesto con Declan y con ella, ya que no le había parecido bien que no hubiesen tratado de conseguir alguna compensación con la compañía que les debía haber vendido las especias, y que, casualmente, se las había ofrecido al ladrón de Maubourg. Porque sí. Para Aislinn ese hombre era un ladrón desvergonzado y poco ético, que con su dinero les había arruinado un importante trato. Ellos tenían apalabradas esas especias y ahora debieron conseguirlas en otro lado para poder seguir cumpliendo con la palabra O’Rourke.
Para males mayores, llegaba también la señorita Sanders acusando a Aidan de haberla seducido con falsas promesas de amor.
Dio un pequeño respingo al escuchar que llamaban a la puerta de su dormitorio.
—¿Quién es?
—Soy yo, Brendan. Abre la puerta.
—Pasa, puedes entrar —dijo cogiendo de la mesilla lo primero que encontró y que resultaba ser una libreta donde había direcciones anotadas y cuentas desordenadas.
—¿Qué estás haciendo? —Brendan entró y caminó hacia ella, que estaba sentada sobre la cama fingiendo leer.
De los tres hermanos varones, Brendan poseía los ojos grises heredados de su madre.
—Nada, mirando esto.
—¿El coste de la reparación de Traviesa del año pasado?
—Sí, estaba observando bien los arreglos, todo debe estar en orden para cuando volvamos a navegar —mintió sin atreverse a mirarle a los ojos. Cerró la libreta—. ¿Querías algo?
—Padre pregunta por ti.
—Dile que estoy dormida.
—No se lo va a creer, además que Tara le ha dicho que te ha visto hace poco paseando por los alrededores.
Aislinn dejó escapar un fuerte suspiro.
—Pues a Tara vamos a tener que despedirla —dijo de un modo tan gazmoño que hizo reír a su hermano—. ¿Sabes qué es lo que quiere?
—Me parece que es sobre el tema de Aidan. Desea vernos a los cuatro en la sala.
—¿Ha llegado Declan?
—Sí, estaba con padre. Han venido juntos.
—Brendan, ¿crees que obligará a Aidan a que se case con esa mujer? Todos sabemos que está mintiendo.
El joven sacudió la cabeza con una sonrisa.
—Aunque es cierto que Aidan debe comenzar a buscar una esposa, nadie puede obligarle a hacer algo que no quiera. Con treinta años supongo que sabe perfectamente qué debe hacer, pero es seguro que padre haya pensado en algo para tranquilizar el tema.
—¿A qué te refieres?
—Que puede que le envíe durante un tiempo a alguna de las oficinas que tenemos en otras costas.
Aislinn cruzó los brazos sobre el pecho.
—Me gustaría poder desenmascarar a esa perra mentirosa.
—¡Que padre no te escuche hablar así, Aislinn! Una dama no debe…
—¿No debe qué, Brendan? ¿Acaso Imogen Sanders no presume de ser una dama y está calumniando a Aidan e intentando atraparlo de malas maneras? Si eso es ser una dama, prefiero…
—Aislinn, todos estamos muy furiosos con ese tema. Pero tú no debes rebajarte a su altura. Ya sabes que el tiempo siempre pone a todos en su lugar. —Tendió su mano hacia la de ella—. ¿Me acompañas abajo?
La joven asintió y juntos se presentaron en la sala.
Declan ya estaba allí con Setanta, y en ese momento también aparecía Aidan. Todos se sentaron alrededor de la chimenea donde había un pequeño rescoldo de fuego, pero suficiente para calentar un poco la sala.
La reunión se centró en Imogen Sanders y todos expusieron las opciones que tenía Aidan para salir airoso de todo ello. La más trágica, sin duda, fue Aislinn, que insistía en sacar la verdad a esa mujer a golpes, si era necesario. Todos sabían que era una forma de hablar, pues ella, con todo lo bruta que podía llegar a ser, no se había peleado nunca con nadie. Ni siquiera cuando era pequeña y tenía a un par de mocosos tras ella, chinchándola.
—¿Tú qué has pensado? —le preguntó Aidan a su padre. Porque era obvio que Setanta ya había elucubrado algún plan en su mente.
—He pensado —comenzó a decir—, que tenemos unos cuantos negocios pendientes en Londres que podríamos adelantar. Sería bueno que fueses a pasar una temporada allí y llevarte a Aislinn contigo.
—¿Por qué a mí? —se quejó ella, molesta.
—No te vayas a pensar nada raro. Solo lo hago para que descanses un poco del negocio y salgas a divertirte como todas las muchachas de tu edad. Puedes visitar teatros y acudir a bailes, y Aidan puede escoltarte en todo momento. De hecho, tu hermano sí que podría mirar cómo está el mercado por ahí.
Tanto Aidan como Aislinn fruncieron el ceño.
—¿Qué mercado? —fue él quien preguntó.
—Pues el de las jóvenes casaderas. Tal vez haya alguna que te interese y, de ese modo, resuelvas el problema de la señorita Sanders.
Aislinn dejó escapar un suspiro de alivio del que solo Declan se dio cuenta. Su hermana se había quedado más blanca de lo que era.
Aidan miró con fijeza a su padre durante unos largos segundos. Era consciente de que Setanta había dado su opinión, o su consejo, del mismo modo que lo habían hecho los demás, pero no lo obligaba a hacerlo. Él siempre respetaba los deseos de cada uno. Empero tenía razón. Lo mejor era marcharse de Galway durante una temporada. Pero ¿llevar a Aislinn? No estaba muy seguro.
—¿Tú qué dices? —En ese momento Brendan le preguntaba a su hermana.
—A mí no me importa. Me apetece mucho recorrer la ciudad —respondió con entusiasmo—. ¿Dónde nos alojaremos? ¿En casa de tía Janette?
Aidan la miró con una sonrisa y movió la cabeza de arriba abajo.
—De acuerdo, iremos a Londres. Hace poco recibí una carta del duque de Ravenclife. Es posible que nos reunamos todos los Benditos muy pronto.
Setanta sonrió, orgulloso.
—Janette y George se van a alegrar de teneros en casa.
—Por otro lado, ya le había dicho a Eric que acudiría en breve.
Aislinn miró a su hermano con ojos brillantes. Recordaba bien al vizconde Collington cuando viajó una vez a Galway y pasó por casa a visitarlos. Él y Aidan eran buenos amigos. Eric era un hombre muy amable y familiar al que le había gustado mucho conocer. Además, también porque era otro noble perteneciente al club de los Benditos, aunque a los demás no los conocía y estaba deseando hacerlo.
No les llamaban Benditos porque fueran unos santos, tampoco porque fueran estudiantes ejemplares. Todos ellos habían sido castigados en alguna ocasión mientras estudiaban en Eton, y el profesor de aritmética fue quien les otorgó el nombre del club.
—¿Cuándo iremos? —preguntó ella.
—Mañana mismo, si crees que puedes estar lista —respondió Aidan—. Si te parece bien, padre.
Ella asintió con la cabeza. No solo iba a estar lista, sino que, con la emoción, no iba a pegar ojo en toda la noche.
—Me alegro de que hayas tomado esa decisión, Aidan. Seguro que pronto todos se olvidan de las mentiras de esa arpía —felicitó Setanta, complacido.
—No tendrás problemas con su padre, ¿verdad? —le preocupaba dejarle con aquel embrollo.
—Solo el que él quiera buscar.
—Declan y yo vamos a estar por aquí, de modo que ni pienses en ello hermano —intercaló Brendan.
Setanta miró a su hijo con firmeza.
—¡No necesito que me protejan!
Brendan sonrió con burla. Le encantaba acicatearle y no perdía oportunidad de meterse con su supuesta vejez. Pero la verdad era que Setanta, con sus sesenta años, seguía siendo un hombre muy grande y atractivo. El pelo ya no era tan negro como el de sus hijos, puesto que las canas se habían apoderado de sus sienes, sin embargo, según alguna vecina, la plata de su cabello lo hacía más atractivo.
—Pero te gusta que lo hagamos.
—¡Serás tonto!
***
Esa misma noche Setanta escribió una carta a su hermana pequeña, Janette, contándole a grandes rasgos lo que había sucedido con Aidan. Aunque ella y su esposo George Morgan, marqués de Wagner, vivían en Londres, siempre que podían viajaban a Galway, ciudad natal de Janette, para estar juntos en familia.
Capítulo 2
Tara tardó muy poco en hacer el equipaje de Aislinn, ya que no tenía muchos vestidos. Setanta había decidido que esa vez, al ser viaje de placer, debía acompañar a su hija para ayudarla y ejecutar la labor de dama de compañía. Algo que la doncella no tenía ni idea de cómo hacer.
—Relájate, Tara, e intenta pasarlo bien. Nos cuidaremos la una a la otra —le había dicho Aislinn.
Distinto habría sido si Aidan no viajase con ellas, ya que la doncella, aparte de inexperta, era solo dos años mayor que ella.
Antes de salir el sol ya estaban a bordo de Traviesa. Esa embarcación estaba destinada a pertenecer un día a la misma Aislinn, justo cuando cumpliese los veintiún años. Setanta se lo había prometido para sus dieciocho, pero lo había aplazado por algún motivo que él solo conocía.
La Traviesa era una mezcla de bergantín-goleta, de dos palos, el mayor y el trinquete, y usaba un velamen mixto de velas cuadradas en el trinquete y velas cuchillos en el otro palo.
—Tara, ¿conoces Londres? —preguntó Aislinn. Ambas estaban en cubierta observando las aguas que se mecían en calma. Había viento a favor y la Traviesa navegaba a buena velocidad.
—Nunca he salido de Galway.
—¿Quieres decir que este es tu primer viaje? —preguntó dejando colgado el labio inferior unas décimas de segundo al tiempo que bizqueaba.
Tara no pudo evitar reírse. Cuando Aislinn hacía el tonto se ponía muy graciosa.
—Sí, es el primero.
—¡Tenemos que celebrarlo!
—¿Por qué?
—¿No has escuchado nunca hablar de la leyenda? —Esta vez Aislinn frunció el ceño y Tara se preocupó. Sacudió la cabeza.
—¿Qué dice esa leyenda?
—Cuenta que hubo una vez una muchacha que se preparó para viajar y no quiso celebrarlo, entonces…
—¡Detente, Aislinn! —advirtió Aidan tras de ella. La joven se volvió a mirarlo con una mueca desinflada, pero él fijó los ojos en la doncella, que repentinamente enrojeció—. No le hagas caso, Tara, mi hermana te está tomando el pelo.
La doncella observó a Aislinn, dubitativa.
—Señorita, ¿es verdad que me está…?
Antes de acabar la frase, la joven O’Rourke estalló en carcajadas. Aidan continuó su camino hacía el timón, riendo por lo bajo.
—Perdóname, Tara. —Aislinn le cogió del brazo y la instó a pasear—. ¡Me lo estabas poniendo tan fácil! Pero sí que vamos a celebrarlo.
—Yo ya no me fío mucho de usted. —Tara volteó la cabeza para observar a Aidan—. ¿Le puedo preguntar algo, señorita?
