Cotilleos
Seguramente os estaréis preguntando qué hacía yo encerrada en el retrete del baño de mujeres de una de las editoriales más destacadas del país. No es que me enclaustrara allí por gusto, aunque casi hice voto de silencio para que no me descubrieran.
La respuesta era muy sencilla; me habían citado para reunirme con mi editora, la correctora ortotipográfica y la diseñadora de la portada de mi ¡primera novela! Sí, iba a publicar mi primer libro de la mano de una gran editorial. No podía estar más contenta, llevaba más de dos meses trabajando con ellos y estaba todo casi listo. La reunión consistía en corregir algunos fallos de ortografía, de expresión y elegir la portada adecuada. ¡Había disfrutado tanto del proceso que me daba pena que llegara a su fin! Aunque después tocaba lo mejor: comunicarlo a mis pocos seguidores de Instagram, recibir el libro en casa y comenzar un romance con él, tocarlo, olerlo, acariciar sus páginas. ¡Cien por cien excitante! Bueno, ¡qué me voy por los cerros de Úbeda!... Había llegado con unos minutos de adelanto y, siempre que estoy nerviosa, me entran ganas de orinar, no puedo evitarlo. Así que busqué un baño para aliviarme. Cuando entré no había nadie, abrí la puerta de uno de los retretes, la cerré con cuidado y me senté sobre la taza. A los pocos segundos de terminar, sin haberme subido las bragas, escuché que se abría la puerta del baño y el sonido de unos tacones accediendo. Pude distinguir dos voces femeninas. Claro, Alba. ¡Estabas en el baño de mujeres!, ¡qué aguda eres! Yo quedé muda y apenas pude moverme, no sabía muy bien el porqué de mi comportamiento. Cualquier persona normal y corriente hubiese terminado de hacer sus cosas, subido su ropa íntima, el pantalón y hubiese salido del retrete para lavarse las manos. No, yo no. Ya te darás cuenta de que intento ser normal, pero pocas veces lo consigo a mis treinta años.
Las dos mujeres hablaban con rapidez, casi susurrando, pero podía entender algunas de las frases que decían. Apoyé mi oreja en la puerta del retrete para escuchar mejor. Menuda escena, menos mal que nadie podía verme. ¡Lo que hace una por marujear!
«Espero que no nos monte un numerito», dijo una de ellas. «Si lo monta que lo monte, tiene que respetar las decisiones de los demás», respondió la otra con aires de grandeza.
¡Madre mía! ¡Qué culebrón! La cosa se ponía interesante y cada vez hablaban más bajo. Me apoyé aún más en la puerta.
—Lidia, a mí no me sentaría bien...
—Bueno, nena. Eso ya no es cosa nuestra. ¿A qué hora llega?
—Nos han puesto la reunión con Alba dentro de diez minutos.
Me aparté de la puerta y tragué saliva. Alba era yo y la reunión dentro de diez minutos la tenían conmigo. Sentí un micromareo y me apoyé en una de las paredes del habitáculo. ¿Qué pasaba? ¿Por qué iba a montar un numerito? ¿Iban a retrasar el lanzamiento de la novela? ¿Quizás pretendían cambiar mi estilo? Comenzaba a dolerme el trasero porque ya llevaba un buen rato sentada en la taza. Tenía que saber más. Entonces una duda me asaltó: ¿y si no querían mi libro? Intenté calmarme y pensé que eso era casi imposible, ya había firmado el contrato. Seguramente sería alguna corrección o un cambio de estilo en la portada.
Solo había una forma de salir de dudas, pegar el oído a la puerta. Estaban lavándose las manos, podía escuchar el agua salir del grifo y bailar con los dedos.
—Nena, vamos preparando todo.
—Lidia, te veo muy tranquila. ¿Tú sabes por qué hemos citado a Alba?
Mis latidos se aceleraron. ¿Por qué? ¡¿Por qué?!
—Por el capítulo que hay que suprimir, ¿no? Tampoco veo tanto drama.
—No, por eso no.
—Ah, ¿no? Nena, cuéntame.
—La hemos citado porque el director...
¡¡¡¡¡¡¡ZUUUUUUUUUUUUUUUUM!!!!!!!
En ese momento, la calificada como «Nena» encendió el secador de manos y no pude escuchar nada más. A los pocos segundos, oí que sus taconeos se dirigían hacia la puerta y ambas salían del baño. Para rematar, la tal Lidia soltó como frase de despedida «¡Joder, menudo show!».
No sabía qué hacer. Terminé de vestirme y suspiré. Tenía ganas de salir corriendo. Quizás podía llamar a mi editora, decirle que me encontraba mal y que no podía asistir a la reunión. Aunque había muchas posibilidades de que me la encontrara por alguno de los pasillos al intentar huir. Intenté calmarme, recordé un artículo que había leído en internet sobre cómo mantener la calma haciendo respiraciones profundas. Lo intenté y os aseguro una cosa, un baño público no es el lugar idóneo para hacer respiraciones profundas.
Decidí no dar importancia a lo que había escuchado e ir a la reunión tal y como estaba acordado.
Pero antes de contarte lo que pasó, me gustaría que regresáramos tres meses atrás para que sepáis cómo llegué hasta allí. Ya habrá tiempo para que te asombres con lo surrealista que fue todo.
Buena suerte
3 meses antes...
—¿Diga? —respondí a la llamada con cierta cautela al comprobar que la recibía de un número desconocido.
—Buenos días, ¿Alba Conde? —preguntó una voz femenina.
—Buenos días... —respondí con tono de aburrimiento. Estaba harta de las llamadas de compañías de teléfono ofreciendo sus servicios—. Mira, no estoy interesada en ninguna de tus tarifas. Ni en la de gigas ilimitados ni en la de televisión por la red... Es más, me sé tan bien todas tus promociones que casi podrías contratarme para trabajar con vosotros.
—No te llamo de ninguna compañía de telecomunicaciones... —dijo la voz femenina entre risas.
—Ah, ¿no?
—No. Soy Miriam Moreno. Te llamo de Agua Ediciones. Hemos leído el manuscrito que nos enviaste y lo queremos incluir en nuestra colección.
¡Caray! De repente me inundó una sensación de felicidad y olvidé hasta mi metedura de pata. Una de las editoriales más importantes de España quería publicar mi libro... Eso había dicho, ¿no?
—¿De verdad?
—Claro. Nos ha gustado mucho la novela, su trama y los personajes.
—¡Qué maravilla, Miriam! Gracias, gracias, ¡muchas gracias!
—Gracias a ti por enviarnos tu propuesta. La hemos valorado y ha sido aceptada para que se publique este verano.
—¡Pero si no queda nada! No me lo puedo creer.
—Si te parece bien, voy a enviarte el contrato por email, lo lees y cuando lo firmes nos lo devuelves. Una vez que lleguemos a un acuerdo, una de las editoras se pondrá en contacto contigo para corregir el manuscrito e ir avanzando.
—¡Me parece perfecto! —exclamé con excesiva sinceridad.
—Es todo un gusto contar con tu talento en nuestra editorial. A lo largo de la mañana te llegará el contrato a tu correo. Si tienes cualquier duda, llámame y lo hablamos. Guárdate mi número.
—Claro, claro... Muchas gracias, Miriam.
—Estamos en contacto, Alba. Un abrazo —se despidió con cordialidad.
—Un abrazo —me limité a repetir. No quería que nada sonara mal. Así que, después de mi traspié, al pensar que era una publicista de telefonía móvil y de fibra, decidí andar de puntillas.
Colgué. Respiré profundo, sonreí y di un salto acompañado de un gran grito de alegría. Estaba en medio de la Gran Vía de Madrid. La gente me miró sorprendida, pero no me importó. ¡Iban a publicar mi primer libro! ¡Agua Ediciones quería apostar por mi novela! Tenía que llamar a Javi y a Oli para contarles todo. Mi carrera como escritora comenzaba a despegar. Tenía la adrenalina disparada y el corazón me bombeaba con tanta fuerza que podía escuchar los latidos. Sé que soy una exagerada, pero estos momentos tan mágicos se recuerdan mejor cuando uno los magnifica.
Entonces, en medio de ese mar de ilusión, recordé que tenía una cita importante dentro de media hora. Mi euforia se evaporó y recibí un bofetón emocional cuando tuve presente que iba a volver a ver a Pedro. Mierda, Pedro..., mi debilidad. Hacía un par de semanas que había roto nuestra relación. Me dejó porque, según él, se había enamorado de otra. De una chica más joven, interesante y que hacía mejor el amor... Eso no lo digo yo. Fue él quien me lo confesó cuando estaba cortando conmigo. Menudo cabrón insensible, egoísta y pretencioso... y, aun así, seguía encoñada de él. Del cabrón de Pedro.
El día anterior me había mandado un wasap porque quería verme. Afirmó que era importante. Yo, haciendo caso omiso a la opinión de mis amigos, respondí aceptando su cita. Quedamos en vernos a las once de la mañana del día siguiente en una cafetería que nos encantaba en Malasaña. ¿Qué querría? Aún tenía casi todas sus cosas en mi piso, tal vez pretendía recuperarlas. Yo no las había tocado, era incapaz de hacerlo. Me daba miedo agitar los recuerdos al mover sus pertenencias. Ojos que no ven, corazón que no siente. Pues yo hice lo mismo al no cambiar nada de donde estaba, como si no hubiese pasado nada. Como si no me hubiese humillado al dejarme de esa forma tan cutre. Aunque para cutre yo, que me limité a asentir mientras él soltaba cuanto quería a su nuevo amor. Después, cuando se fue, lloré desconsoladamente. Pedro había sido capaz de romper dos años de relación en tres minutos. Y yo fui hasta casi comprensiva, tenía un pico de oro y era capaz de convencer a cualquiera con sus argumentos por muy descabellados que fuesen. Si a eso le sumas que estaba prendada de él, mi nivel de sumisión era tal que solo me faltó disculparme por haber sido tan «mala pareja».
Llegué con veinte minutos de adelanto. Me gusta ser puntual, aunque muy poca gente comparta esta virtud. Pedí un té verde y me limité a repasar una y otra vez el mensaje que Pedro me había mandado.
Hola, Alba, ¿cómo estás? Me gustaría verte, no me preguntes el motivo. Si tú también tienes ganas de que nos veamos, quedamos mañana a las once de la mañana donde tú quieras. Siempre has tenido buen gusto. Un beso.
Desmenucé cada palabra como si fuera un código secreto con mensajes subliminales y segundas intenciones. ¿Qué querría? No es que Pedro fuese mi primer amor. Es más, a mis treinta años podía presumir de dos relaciones serias y varios rollos, pero él sabía cómo jugar conmigo para mantenerme interesada.
Por fin hizo su aparición triunfal, estaba guapísimo con unos vaqueros apretados y desgastados, una camiseta blanca y una cazadora vaquera a juego con los pantalones. Su media melena despeinada le daba un aspecto de niño malo y sus ojos verdes fueron como dos proyectiles cuando se cruzaron con los míos. Tragué saliva y dudé de si había hecho bien al venir a la cita. Lo saludé y sonrió al verme. ¡Otro disparo! Di un sorbo al té, que estaba ardiendo, pero, por no quedar en ridículo si lo escupía, decidí tragarlo con cierta dignidad mientras me abrasaba la garganta.
—Alba, ¡estás radiante! —Me dio dos besos—. Echaba en falta tu preciosa melena rubia, tus ojos color miel y tus mejillas sonrojadas.
—Gracias, Pedro. Tú también estás muy guapo —le devolví el cumplido.
Sonrió de nuevo, se sentó a mi lado y pidió un café americano a la camarera. Se le notaba diferente, parecía nervioso. Le miré a los ojos y evitó el contacto.
—Alba, tengo que pedirte disculpas —dijo sin avisar.
—¿Tú? ¿Pidiendo disculpas? —me sorprendí. Esa actitud no era propia de él—. No entiendo nada.
—Estos días sin ti han parecido siglos. Si te he fallado te pido perdón de la única forma que sé, abriendo las puertas de mi corazón para cuando decidas volver.
—Pedro..., es la letra de una canción de Chayanne... —dije sin comprender lo que pasaba.
—Sí, sí... Ya sabes cómo soy... Cuando no sé cómo expresarme, la música habla por mí. —Seguía nervioso—. Joder, Alba, que te extraño, porque vive en mí tu recuerdo.
—Y ahora, Ricky Martín... Oye, ¿me vas a decir para qué hemos quedado o vas a seguir con tu recital de baladas latinas?
Por un momento pensé que se estaba riendo de mí con tanta canción de desamor. Pedro apoyó su mano sobre la mía y esta vez me miró a los ojos sin apartar la mirada.
—Quiero volver contigo. Sé que metí la pata. Me dejé llevar por el morbo de comenzar una ardiente y fogosa relación con otra mujer más joven y atractiva, pero en estas dos semanas sin ti me he dado cuenta de que eres la mujer de mi vida. Quiero que me des otra oportunidad. ¡Que demos a nuestro amor otra oportunidad!
—Pedro...
—Piénsalo, cariño —me interrumpió—. Nuestra conexión es brutal. Sé que tú me quieres. Yo te he echado en falta. Quiero volver a nuestro piso y hacer el amor contigo todos los días. Puede que me equivocara, pero gracias a mi error me he dado cuenta de lo mucho que te quiero.
Joder, tenía una labia increíble. Tiraba por los suelos todos mis repliques y yo estaba deseando volver con él. Pero no quería ponérselo tan fácil.
—¿Qué pasa con la chica de la que te habías enamorado?
—Ella ya es pasado —afirmó.
—Vale, me has convencido. Volvamos.
No quería ponérselo tan fácil, ¡sino superfácil, chupado, facilísimo! Mi corazón me pedía que le diera otra oportunidad, quizás esa vez fuera diferente. Atención, spoiler: ¡tenía que haberle puesto una mordaza a mi corazón!
Durante nuestro encuentro concretamos que aquel mismo día regresaría a casa para quedarse a vivir. Además, yo haría borrón y cuenta nueva y perdonaría su aventura amorosa. A cambio, él sería fiel y más atento en nuestra relación. Podéis calificarme de tonta, ingenua o crédula, pero ¿quién no ha sido una pringada por amor? Pues nada, que en el amor se aprende a base de hostias. Aunque también podemos aprender a repartirlas nosotras; tiempo al tiempo.
Estuvimos cerca de dos horas charlando en la cafetería, le di las llaves de mi piso para que se hiciera una copia y acordamos en vernos por la tarde. Yo había quedado con Javi y Oli para comer. Bueno y también para contarles todo lo que había sucedido en mi cita con Pedro, estaban expectantes desde el día anterior que les comuniqué que quería volver a verme.
—Eres una auténtica paleta —espetó Javi—. Este tío hace contigo lo que le da la gana.
—No es cierto —me defendí.
Nos habían servido los platos combinados en aquel restaurante tan moderno al que Javi se había empeñado en ir. Llevaba abierto unas semanas y el lugar era muy sofisticado. La carta para el mediodía estaba compuesta por originales platos combinados. Yo me pedí un mix de ensalada con pasas y miel acompañada de pechugas de pollo a la plancha.
—Claro que es cierto, cariño —insistió. Estaba metido en su papel de profesor Javier—. El muy cerdo te deja, se va con otra y te rompe el corazón. Ahora que tú estás un poco mejor y comienzas a sacarlo de tu mente, te pide volver y le abres la puerta de par en par. ¡Bravo, Alba!
—Puede que haya cambiado —repliqué. Engullí un trozo de pollo y miré desesperadamente a mi amiga—. ¿Tú que piensas, Oli?
—¡Uy! Esa pregunta es muy complicada. —Se puso nerviosa. Oli huía de las responsabilidades e intentaba no mojarse en los temas peliagudos.
—¡No es complicada en absoluto! —exclamó Javi—. Dile qué narices piensas.
Oli me miró con cara de preocupación. Yo asentí haciéndole saber que respetaba su opinión y que seguro que sabía decir con delicadeza su punto de vista. Mi amiga tragó saliva y comenzó con su explicación.
—Vamos a ver... —Suspiró—. Por un lado, creo que es un cerdo. No tuvo en cuenta tus sentimientos y te dejó sin dudarlo.
—Entonces, ¿crees que me he equivocado al darle otra oportunidad?
—No, no digo eso. Por otro lado, estoy convencida de que la gente puede cambiar y tal vez Pedro se haya dado cuenta de que te quiere a ti y a nadie más.
—Puede ser... —susurré.
—Pero... —me interrumpió— segundas partes nunca fueron buenas.
—Oli, hija. ¡Vete a freír churros! —Javi gritó desesperado—. No se te puede pedir la opinión.
—Es que no lo tengo claro, chicos. Creo que lo mejor que puedes hacer es darle tiempo al tiempo. Prueba unas semanas, tampoco te ha pedido matrimonio. Si ves que Pedro ha cambiado sigue con él y, si no lo hace, le das carpetazo.
—Ves, ese sí que es un buen consejo —apuntó Javi—. Aunque yo creo que tu chico es un poco gay.
—A ti todos los tíos te parecen gais —apunté.
—Sí, pero tu novio más.
Los tres estallamos en risas. El tema le vino perfecto a Javi, porque nos confesó que su insistencia por ir a comer a ese restaurante era por el joven y guapo camarero que estaba en la barra. Lo había visto en Instagram y hablando con él por mensajes privados le confesó que trabajaba allí. Javi era un chico atractivo, moreno, masculino, con la barba retocada y corpulento, pero no gordo. Tenía veintisiete años y volvía locos a muchos hombres fuera y dentro del armario. Creo que su punto fuerte y el más sexy era su exuberante seguridad en sí mismo, eso gustaba a todos. Uno de los personajes de mi novela estaba inspirado en sus aventuras amorosas. ¡Mi novela! No les había dicho nada.
—¡Ayyyyyyyyyyy! —grité.
—¿Qué pasa? —exclamó mi amigo.
—Me ha llamado esta mañana una editora de Agua Ediciones y me ha dicho que van a publicar mi novela.
—¡Felicidades, Alba! —dijo Oli dando pequeños golpes con las palmas de las manos simulando diminutos aplausos.
—¡No me jodas, cariño! ¡Es maravilloso!
—Casi no podía creérmelo. Les ha encantado la trama, los personajes y quieren publicarla para verano.
—Eso es dentro de cuatro meses —señaló Javi—. Sabía que ibas a triunfar.
—A mí me encantó cuando la leí. Es una historia muy divertida y romántica —añadió Oli, que había sido la primera en leerla para que me diera su opinión antes de enviarla a alguna editorial.
Abracé a mis amigos y brindamos con vino para celebrarlo. Javi vio al camarero de Instagram y le saludó. Este le sonrió y le lanzó un beso.
—Deja de ligar, estamos celebrando la publicación del libro de Alba —le riñó Oli. No era incompatible que ligara con festejar mi éxito, pero creo que en el fondo le daba envidia la seguridad de Javi.
—Oye, ¿y qué vas a hacer con tu trabajo? —preguntó sin dejar de mirar al joven camarero.
—No te entiendo —respondí confusa.
—Ahora que vas a ser una escritora famosa tendrás que dejar tu trabajo en la oficina, ¿no?
—Creo que es un poco precipitado.
—Alba, si una gran editorial apuesta por tu libro es porque ven potencial. Necesitarás tiempo para hacer las correcciones que te digan, para la promoción del libro, las firmas... —explicó con desconocimiento del tema. Pero todo lo que decía el profesor Javier parecía real y con fundamento. Supiera o no de lo que estaba hablando.
Oli le dio la razón. Los dos supusieron que mi trabajo como secretaria en una oficina de abogados iba a impedir que me dedicara completamente a que mi libro fuera un gran éxito.
—¡Vas a ser la nueva Marian Keyes! —exclamó Javi—. ¡Vas a ser la nueva puta Marian Keyes!
—Alba, creo que te tienes que despedir de tu trabajo para dedicarte a lo que más te gusta.
—Yo opino que se os va la pinza. —Aunque poco a poco la idea de dejar mi empleo me parecía de lo más apetecible.
—Eres una hormiguita, tienes dinero ahorrado para poder mantenerte unos meses —afirmó Javi.
—Tienes razón —dije en voz baja. Ya me habían convencido.
—Tu libro es bueno. Yo lo he leído, hablo con criterio. Apuesta por él —me animó Oli.
—Joder con la indecisa, ¡qué buena eres dando ánimos! —se sorprendió nuestro amigo.
—Puedo dudar mucho. Pero, cuando algo lo veo claro, me lanzo con los ojos cerrados.
—¡Ok, chicos! Hago cuentas y, si me dan para tener un colchón hasta que cobre los derechos de autor, me despido.
Al finalizar la comida habíamos bebido tanto vino que cada uno se llevó una cosa a casa. Javi, al camarero adicto a las redes sociales, que no dejaba de hacerle ojitos hasta que salieron del restaurante juntos. Oli, cuando va borracha, le da por robar cosas y se metió al bolso una de las copas. Días después nos contó que de camino a casa se cayó en la calle y su botín se hizo añicos. Y yo..., yo me llevé un señor despido porque le envié un wasap a mi jefe diciéndole que se metiera mi trabajo por donde le cupiese, porque iba a ser la nueva puta Marian Keyes.
La reunión
Tres meses después, me encontraba en el aseo de chicas de Agua Editorial con una ansiedad horrorosa por lo que había escuchado unos minutos antes. Según dijeron las dos cotorras con tacones, yo iba a montar un numerito por algo que desconocía. Abrí el grifo del lavabo, mojé las palmas de mis manos y las restregué con delicadeza sobre mi cara. Necesitaba sofocar el estrés que sentía en ese momento. Miré mi móvil y solo quedaban cinco minutos para que comenzara la reunión.
—Alba, no pasa nada... —dije en voz baja para intentar tranquilizarme.
Cuando me dispuse a salir del baño, escuché de nuevo el taconeo acercándose a la puerta. «No puede ser», pensé. Sí, claro que podía ser y así fue. Entró otra vez una de las dos cotorras.
—Nena, me meo como una loca. Ahora voy —le informó a su compañera mientras entraba al baño.
Fue todo delicadeza.
Al verme dentro, abrió los ojos como platos y frenó en seco. Me miró con incredulidad, no cabía ni la menor duda: me reconoció.
—¿De dónde has salido? —preguntó tartamudeando.
Señalé el retrete que había sido mi fortaleza. No fui capaz de pronunciar ni una sola palabra.
—Pues qué quieres que te diga. Casi mejor que te hayas enterado así que no en medio de la reunión con todo el equipo y el director puteándote.
—En realidad —me acerqué a ella y me rasqué la cabeza—, no he escuchado todo. Solo sé que me voy a cabrear por algo y que voy a montar un show, pero no sé por qué me voy a enfadar tanto.
—¡Joder, qué peso me has quitado de encima! Ya me veía comiéndome una buena bronca porque nos habíamos ido de la lengua. —Respiró aliviada.
—Pero ¿qué van a decirme?
—Nena, es mejor que te enteres en la reunión. Hazme caso —mintió.
—Acabas de decirme que preferías que me hubiese enterado por vosotras...
—¡Uy, qué tarde es! —Miró su reloj y puso voz de cínica—. Me voy a preparar todo que llego tarde.
Volví a quedarme sola en el baño con una angustia descomunal. Lo único que me reconfortaba es que la mamarracha no pudo orinar y seguro que iba a tener serios problemas por intentar contenerse durante la reunión.
Sacudí mi cuerpo como si una descarga eléctrica me azotara renovando mi energía y salí en dirección a la sala de reuniones en la que me habían citado. Mientras llegaba canté mentalmente Viva la vida, de Coldplay para intentar no pensar en nada y rebajar mis nervios. La sala tenía una pared frontal de cristal y, a través de ella, vi que había más gente de la que esperaba. Al acceder me recibió Miriam, que puso cara de circunstancia. También estaban las dos cotorras del baño, un hombre, que desconocía quién era, y el director del sello editorial, que me lo habían presentado hacía unos meses durante la primera reunión de contacto. Todos me saludaron con excesiva cordialidad y Miriam me pidió que me sentara. La mujer con la que me encontré en el baño sonrió, con aires de superioridad al conocer la información que yo ignoraba. Pero yo tenía otra información que los demás no sabían: que ella tenía que ir al baño a evacuar. Decidí tomarme una pequeña venganza por mostrarse tan antipática conmigo. En la mesa había varios vasos y botellines de agua. Cogí un vaso, destapé un botellín y vertí con delicadeza el agua. Poco a poco para que se escuchara el sonido del agua golpear contra ella misma. La miré de nuevo y cruzó las piernas. Sonreí, quizás fue la última vez que sonreí en aquella sala.
—Alba, te hemos llamado porque queremos hablar contigo... —dijo Miriam.
—Sobre la portada y las nuevas correcciones, ¿no? —pregunté.
—No. Ya no —sentenció.
—¿Ya no?
—Alba, vamos a echar atrás tu novela —dijo serio el director.
—¿Qué significa eso?
—Que no vamos a publicar tu libro —respondió con más crudeza.
—No lo entiendo, ¿por qué? —quise saber.
—Lo hemos estado hablado y hemos llegado a la conclusión de que no podemos trabajar con tu manuscrito. No has hecho las correcciones que te pedimos y se distancia de nuestro estilo —explicó Miriam sin mirarme a los ojos. Sabía que eso no era cierto.
—¿Cómo que no? Pero si me dijiste que os encantaba el libro, ¡que era bueno! —le recriminé entre lágrimas.
—A partir de hoy el contrato se rompe. Dejamos libre tu manuscrito para que lo presentes a otras editoriales. Toda la información te llegará por email —d
