Dulce amor

Elizabeth Bowman

Fragmento

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Prólogo

Valle del Yaak, Montana. Año de 1873.

La caricia argentada de una increíble y hermosísima luna llena, inmensa y lechosa como un queso, se derramaba de forma oblicua en el interior del carromato, deslizándose como visitante furtiva por la breve oquedad que permitía la lona recogida en la parte trasera del vehículo para llenarlo todo con su fulgor plateado.

Agosto se extinguía con un palpitante titilar, como la vela que se presenta pronta a expirar sin decidirse por completo a sofocarse. La estación cálida todavía permanecía vigente, pero en esas latitudes jamás se habían alcanzado temperaturas demasiado calurosas, el promedio en Montana era inferior a los diez grados durante todo el año y el valle del Yaak en concreto era considerado como el rincón gélido de los Estados Unidos. Si durante el día, en pleno verano, se toleraba perfectamente una chaqueta de lana fina, por las noches refrescaba hasta el punto de precisarse una gruesa manta y un buen cobertor para paliar el frío.

Y pese a ese frío y a la necesidad de dormir por completo vestidos cada noche, Chris había decidido recoger la lona en la parte de atrás del carro con tal de complacer a Sarah, que gustaba de entregarse al sueño contemplando las estrellas. Y la luna, cuando se dejaba ver.

Sarah inhaló en profundidad por la nariz y dibujó en su semblante una complacida y apacible sonrisa. Se había despertado hacía un buen rato y a esas alturas, con los ojos abiertos como platos y la sesera del todo despejada, podía asegurar que se había desvelado por completo. Pero no le importó. Desde su posición tumbada podía fácilmente observar, a través de la abertura triangular que se descubría a sus pies, la inmensidad aterciopelada y azulada de un firmamento cuajado de estrellas. Podía escuchar en el silencio de la noche el canto monótono y sonoro de los grillos, que parecían entonar con sus gorgoritos las pulsaciones de la oscuridad. A lo lejos también escuchó el agónico aullido de algún coyote definiendo su territorio. Y todo ello en conjunto la fascinó, dibujándose en su cabeza como la estampa más preciosa del mundo.

Un suspiro sedoso huyó de sus labios sin ser esperado.

Llevaban muchas lunas viajando, ya había incluso perdido la cuenta de cuántas lunas y cuántos astros dorados habían contemplado sus ojos verdes desde que abandonaran su Wyoming natal en busca de nuevas oportunidades. En esos momentos se encontraban muy lejos de casa, en un territorio desconocido y especialmente agreste, un lugar boscoso, inhóspito y remoto al que deberían acostumbrarse pues de ahora en adelante ese sería su hogar. El valle del Yaak, un lugar virgen bendecido por el caudaloso cauce del río del que tomaba nombre.

Volvió ligeramente el rostro para observar, todavía sonrisa en ristre, a Chris, a su amado y adorado Chris, que dormitaba plácidamente a su lado con un brazo doblado hacia arriba ejerciendo de almohada. Era tan apuesto, tan atractivo, y su corazón tan noble y generoso que no podía menos que sentirse la muchacha más afortunada de todo Estados Unidos.

Gracias a la claridad argentada que bañaba el interior de su hogar ambulante, observó el anillo de oro en el propio dedo anular. Todavía contemplando a su durmiente esposo hizo girar el anillo una y otra vez, como una especie de ensayado ritual. Le encantaba sentir la presencia de la joya en el dedo y ser consciente de la forma tangible en la que se había sellado su amor convirtiéndola de golpe en una niña–mujer, en una esposa y amante devota. No podría de ningún modo su mirada derramar más amor que el que derramaba en esos momentos, mientras se deleitaba admirando la abundante mata de pelo negro que descansaba varias ondas sobre la atezada frente de su esposo. Observó la suavidad de sus párpados cerrados, la forma perfecta de su nariz, su barbilla coloreada por oscura barba de días... y supo que lo amaba con toda el alma. Lo había amado casi desde el mismo instante de haberlo conocido.

Deslizó la mirada por su cuerpo y contempló su pecho desnudo a través de la abertura de la camisa, un torso esculpido de forma atlética en un cuerpo delgado pero fibroso, un torso libre de vello en el que había adquirido la maravillosa costumbre de reposar su propio cuerpo vibrante después de hacer el amor durante horas. Y observándolo así, con devota fascinación, supo que era rematadamente feliz, que resultaba imposible albergar en su interior dicha equiparable a la suya.

Se habían desposado dos días antes de iniciar la gran aventura. Chris Engels y ella habían sido novios desde la escuela; primero, inseparables compañeros de juego, siempre juntos a todas partes, siempre asiduos durante la caza de grillos o las gamberradas propias de chiquillos habituados a hacer de la naturaleza su terreno habitual de juego. Con el correr de los años tornaron en confidentes y amigos. Lo sabían todo el uno del otro: cada pena, cada pueril secreto, cada logro, cada sueño y cada fraguada ilusión. Nada más esbozados los primeros albores de la pubertad, cuando los cuerpos de ambos cambiaron y su trato continuo derivó en algo más comprometido, el querubín flechador tuvo a bien lanzar a ambos jóvenes una certera saeta que terminó de unir para siempre lo que todos sabían ya indisoluble.

Recién casados, ella con dieciocho años cumplidos esa misma primavera y él con veinte, decidieron abandonar su tierra y a su familia para lanzarse a lo desconocido y forjar su propio destino. Chris lo tenía claro: llevaba años rumiando su decisión y ahorrando como un loco para llevarla a cabo; quería abandonar Wyoming y dirigirse a Montana, donde le habían dicho que existían grandes extensiones de tierra virgen y sin dueño esperando a ser reclamadas. Chris quería levantar una granja, criar vacas y caballos y formar una familia, su propia familia. Huérfano desde la más tierna infancia, criado por unos tíos no en exceso amables, quería demostrar a todos, y sobre todo a sí mismo, que podían hacerlo, que estaban capacitados para hacerlo. Eran jóvenes, se amaban, no poseían demasiado dinero, en realidad ningún bien material más allá de aquel carromato y los dos caballos que lo tiraban, pero se tenían el uno al otro y eso sería más que suficiente. Sarah así lo creía. De hecho admiraba tantísimo a su esposo que todo lo que él propusiera, por más descabellado que pudiera resultar para el resto del mundo, sería tomado a sus ojos como texto evangélico. Estaba convencida de que seguiría a su esposo adonde fuera necesario, hasta la mismísima Alaska si él se lo pidiera. Nunca antes había salido de su pueblecito, mucho menos había imaginado viajar al remoto norte, a las montañas. Pero había sabido hacer suyo el entusiasmo de Chris y muy pronto fue capaz de visualizar aquel precioso lienzo en su cabeza. Veía a Chris en el campo, arreglando el vallado o domando a los sementales en el picadero. Y se veía a sí misma en la cocina, horneando galletas y tarta de frambuesa, rodeada de chiquillos alborotadores. Los domingos asaría un buen pollo y tejería colchas y tapetes de ganchillo al amor de la chimenea. Y así hasta hacerse viejecitos juntos. Sí, lo veía perfectamente.

El relincho inquieto de los caballos quebró de pronto la quietud de la noche, rasgando de un único y preciso tajo el velo apacible que envolvía a la pareja. Sarah frunció el ceño pero no se movió ni un ápice, forzándose a mantener su posición horizontal y las ma

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