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Verano de 1998.
Villa Escarpia, en las afueras de Oviedo.
Había luna llena. Aelén se sentó en el escalón de madera y, rodeando las piernas con los brazos, apoyó la barbilla en el hueco de las rodillas mientras se dedicaba a escuchar el canto que los grillos iban difuminando en la distancia. Hacía calor. Otros insectos sonaban a su alrededor, también el golpeteo de las polillas, que no cesaba contra los farolillos del porche.
La brisa acercaba el aroma de la manzanilla y mecía el castaño haciendo que las hojas murmurasen entre sí.
«Pof»
Lo que debía ser una cáscara seca de otra estación rebotó en el tronco. Con el sonido de la caída acabó desapareciendo entre las zarzamoras. En la distancia crecían formando arbustos redondeados sobre la hierbabuena y la verbena; eran sus extremos los que se retorcían llenos de púas como lo haría una mano de ultratumba. Una muy delgada y sin carne.
La joven contemplaba aquel lugar sumido en sombras valorando la posibilidad de que se hubiese tratado en realidad de un escarabajo o un ciervo volador, a aquellas horas tendían a estrellarse contra casi cualquier cosa. Movió la cabeza y, bostezando, estiró los brazos para desperezarse. Echó a caminar con los pies descalzos segura de que aquella noche no sucedería nada que mereciese la pena recordar.
Se dirigió al columpio de las ramas. Al hacerlo notó contra la piel el roce fresco de la hierba, también los restos de humedad que aún se mantenían en aquel suelo viejo de sueños y esperanzas sepultadas a diez metros bajo tierra; puede que allí abajo hubiese algún cadáver, pero tía Dimitra decía que eso no era ni sería asunto de ella ni de sus hermanas; a fin de cuenta aquellos terrenos, que contaban con una vivienda principal de torres negras y la casa de invitados en la que residían, no les pertenecía del todo.
Años atrás, cuando Aelén era demasiado pequeña para poder recordarlo, Dimitra se había instalado con las muchachas; desde entonces los tejados y las paredes habían empezado a deteriorarse. La mayoría eran de madera. Hacía ya un tiempo que amenazaban con venirse abajo, tal vez con la próxima nevada o en medio de una tormenta.
La joven se sentó en el tablón cubierto de líquenes que conformaba el columpio y, al tiempo que estiraba sus empeines, notó que solo la punta de los dedos llegaba a rozar las briznas de césped. Pensó en el castaño; había oído que ya había soportado cómo impactaba un rayo, también los disparos de la guerra. Por el diámetro del tronco seguramente había más que contar, pero el resto de las historias ya no las recordaba nadie.
Apretó más fuerte las cuerdas y, separando los pies del suelo, se impulsó notando cómo la tela del camisón se le movía sobre los muslos, en donde la piel era tan clara que parecía destacar en la penumbra.
En alguna parte de la casa sonó una campanilla. Más allá ladró el perro de alguien.
Es difícil calcular el tiempo que pasó allí, sin más tarea que mecerse entre el vaivén de sus pensamientos. Cuando la forma redonda de la luna ya coronaba el cielo se dio cuenta de que lo que llevaba un rato antojándosele el reflejo de su luz plateada contra el cristal del ático no lo era en absoluto.
Alguien había dejado la luz encendida.
Allí solo podían utilizarse velas; aterrizó en el suelo de un salto y, a la carrera, alcanzó los escalones de la entrada. Junto a ellos crecían varias tomateras en macetas recortadas. Algunas de ellas habían sido antes garrafas de aceite. Otras latas de gasolina con la pintura comida por el sol y las heladas.
Nunca habían llegado a utilizar la casa principal porque Dimitra decía que era complicado mantener caldeadas estancias tan grandes. Además, la puerta principal estaba atascada. También la que quedaba en la parte trasera entre el invernadero y las primeras lápidas, aunque aquello, con algo de intención, no habría constituido un problema.
En cierta ocasión Jessica, una de las gemelas, se había colado por el hueco de una contraventana rota, pero salió poco después temiendo que fuesen ratas las que hacían tanto ruido. No había vuelto a intentarlo.
Aelén no dejó de correr. Un gato negro con calcetines blancos, también la panza, la siguió maullando como si el diablo le hubiese pisado la cola. Al llegar al pequeño vestíbulo forrado con papel de flores estampadas subió las escaleras sin perder el ritmo. El último tramo lo recorrió más despacio notando el cambio de temperatura contra su piel; avanzaba sin apartar la mano de la balaustrada, la deslizaba por el listón de madera que a lo largo de los años había ganado varias capas de pintura brillante y barniz.
Cruzó una puerta verde para llegar al ático.
Allí una vela ardía entre espejos acumulados contra muebles viejos. Algunos estaban cubiertos con sábanas, otros tenían encima cajas apiladas y sombras que el fuego alargaba haciendo temblar.
La llama parpadeó dos, tres veces, antes de que el humo se empezase a condensar. Observó en silencio cómo tomaba la forma de un hombre, aún oscuro y difuminado contra las telarañas y el polvo.
Se plantó ante la joven mirándola con ojos grises y ella, sin saber por qué, se puso de puntillas para besarle la nariz ancha, en aquel rostro mulato. No sentía necesidad de huir aún a sabiendas de que lo mejor sería dar media vuelta; si volvía a cerrar la puerta y hacía como que no había pasado nada tal vez aquello se arreglase solo.
A fin de cuentas, ninguno de los dos debería estar allí.
No pudo retirarse porque la sombra, que ya no lo era del todo, la tomó en brazos. Aelén no temió mientras la alzaba con cuidado. Tal vez se habían conocido en otra vida; quizás a él lo habían condenado y a ella se le había olvidado todo aquello. O puede que fuese más inconsciente de lo que sus hermanas daban por hecho.
Él solo debía estar allí para morderle el cuello. Se alimentaría con el tuétano de sus huesos y con su sangre mundana, después arrojaría el cuerpo al bosque o lo enterraría en la parte de atrás, porque eso es lo que tía Dimitra les decía siempre de los demonios, que las engañarían hasta hacerlas arder en fuego eterno. Por esa razón debían evitarlos.
Pero Aelén dudaba que él fuese a tomarse tantas molestias. Dejaría el cadáver allí mismo antes de desaparecer y eso, sin lugar a dudas, haría que la mujer se enojase por las manchas del suelo.
En el intento de separarse apoyó las manos contra la firmeza del pecho de él. Lo hizo sin ningún resultado pues, tratando de empujarlo hacia atrás, solo consiguió que sus palmas abiertas siguieran apoyadas en aquella superficie marmórea sin apreciar rastro alguno de calor humano.
Cambió de opinión cuando la sentó con cuidado sobre la mesa; la joven jadeó al notar cómo le separaba las piernas para colocarse entre ellas.
Cerró los ojos notando el roce del aliento en el cuello, se estremeció después al sentir aquella boca caliente en la base de su garganta; desde aquel punto el desconocido ascendió al pequeño lóbulo. Lo chupó y tiró de él. Después, soplando la humedad, consiguió arrancarle un grito de placer.
Aelén volvió el rostro en un intento de hallar sus labios. Él bajó la cabeza, entreteniéndose en los de la muchacha. Mordisqueó suavemente la parte inferior trazando una línea sobre otra hasta notar la carne hinchada, pero, al percibir cómo era ella quien se acercaba más, gruñó satisfecho mientras aquellos dedos femeninos, ásperos al tacto, se enredaban a la altura de la nuca en los rizos negros y espesos del ser hambriento que era él.
Cuando la tendió bajo su cuerpo, la joven se retorció incómoda contra la superficie dura de la madera. Dejó de importarle al sentir cómo le volvía a deslizar la boca por la piel hasta alcanzar la forma suave y redondeada del pecho. Gimieron juntos cuando le apartaba la tela para atrapar un pezón entre los dientes, que no eran más largos ni más afilados que los de un hombre cualquiera. Se demoró en aquella zona, complaciéndose en la manera en que Aelén se arqueaba contra él.
Ella volvió a abrir los ojos cuando la hizo girar a un lado, colocándola boca abajo; intentó concentrarse en el movimiento de la llama, pero sentir la respiración masculina contra el punto más sensible de su cuello le impedía mantener un hilo coherente de pensamientos.
Alzó la cadera al notar la erección contra las nalgas. Él había comenzado a arrastrarle la mano por el muslo, en donde iba ejerciendo cierta presión que la hacía jadear mientras le subía el camisón, sin prisa.
Aelén volvió a apretarse contra él, esta vez encontrando la solidez de un torso torneado. En un último intento de recuperar la sensatez, alargó la mano hacia la vela.
La acercó y sopló.
El aire se impregnó con el aroma de la cera quemada y, al mismo tiempo que la llama se apagaba, la sombra se desvaneció sobre su cuerpo. La joven dejó caer el rostro contra el tablón y allí, entre los restos de limpiador que aún impregnaban el mueble, lavanda y una pizca de café, intentó controlar la respiración como si con ello pudiera contener el ritmo acelerado de su corazón. Latía desbocado.
Pasaron largos minutos antes de que se atreviera a poner en pie. Colocando bien el camisón mientras Mico maullaba enfadado a su lado, sintió que le faltaba la mitad del corazón.
Y que necesitaba una ducha bien fría.
***
A primera hora de la mañana Aelén encontró a tía Dimitra en la cocina entre el olor a estofado y sopa de ortiga.
—Ayer había luz arriba. Como que… —Tomó un cazo de color rojo. Colgaban otros de la pared, entre sartenes y un ramo seco de laurel—. Como que os fuisteis y venga, la vela toda la noche encendida.
Con la intención de calentar té, buscó cerillas en el cajón en donde guardaban monedas para el pan, alguna pinza suelta y los botones que se encontraban aquí y por allá al barrer.
Encendió el fogón de gas mientras la mujer daba buena cuenta del bizcocho cubierto con glaseado. El azúcar derretido se acumulaba en la comisura de sus labios, que aún no llevaban la capa habitual de carmín; se volvió hacia la joven como quien acaba de recibir la visita de un fantasma. Sus ojos diminutos parecieron hundirse aún más en el rostro hinchado a causa de una marcada obesidad.
Seguramente no la había oído entrar.
—¡Ay nena! No te puedo dejar sola, no vales pa ná —habló con la boca llena—¿La fuiste a apagar?
—¿Qué si la apagué? —Escondiendo las manos detrás de la espalda, se pellizcó los dedos intentando que no le temblase la voz—. Uff… sí, y bueno, después me fui a la cama.
A tía Dimitra se le cayó la taza al suelo. El brebaje oscuro, de olor fuerte, se esparció sobre el parqué entre los trozos de porcelana rota.
—No te muevas tía, ¡No te muevas! —La joven tomó sus manos rechonchas, alzándolas—. Yo lo recojo.
—¿Vas a tener la mañana ocupá? —preguntó mientras Aelén pasaba la bayeta por el suelo, arrodillada a su lado.
Ella encogió los hombros.
—Voy a ver a Carla, no te preocupes que llego a tiempo.
—¿Por el dichoso vestido ese?
La joven asintió.
—Acuérdate de que el sábado duermo en su casa —Se levantó, y mientras dejaba correr el agua del fregadero, retorció la bayeta bajo el chorro, salpicando los cubiertos sucios que se apilaban debajo.
Tía Dimitra suspiró.
—Cuando vuelvas luego has de preparar otro bizcocho. —La agarró del brazo—. Como el del otro día, que este no sabe a ná. Y esa tarta tuya de chocolate, pero que no se te vuelva a quemar por arriba que no hay quien la coma así.
Asintió.
—Traeré naranjas.
***
Dejando atrás la casa, Aelén caminó bajo el sol recorriendo las calles de aquel barrio compuesto por casas y jardines pulcramente cuidados (a excepción del suyo) hasta llegar a la zona centro de la ciudad.
En una calle estrecha de adoquines viejos llamó al telefonillo de la casa encajada entre dos edificios más altos.
Su amiga vivía allí. La esperó a la sombra que proyectaba el toldo de la panadería. Acercándose al escaparate, en el que podía ver el reflejo de su piel blanca, pasó la mano por la frente para separar los mechones que se le pegaban con el sudor. Lo hizo fijándose en las cestas de mimbre forradas con tela de cuadros. Dentro había barras de pan y un poco más abajo tarros llenos de aceitunas; algunas con guindillas y otras nadando entre cebolletas pequeñas y pepinillos que, por su curvatura, le hicieron pensar en el hombre del desván.
Sacudió la cabeza apartando aquella idea. Amenazaba con resultarle molesta.
Su mirada se deslizó por aquellos sabores salados hacia las rodajas de manzana que cubrían una tarta dividida en porciones. De ella se desprendían hilos de gelatina dorada.
Llevó la mano al bolsillo de los vaqueros, que le llegaban a la mitad de los muslos. Algunas monedas tintinearon entre sus dedos. Movió la cabeza desechando la idea de comprar un trozo porque Carla estaba a punto de salir.
«Uhh…»
Una paloma ululó desde los cables trenzados que recorrían la fachada entre la primera hilera de balcones y los rótulos de las tiendas.
La joven volvió a mirar la tarta y, frunciendo los labios, dio un paso hacia la entrada.
El ave también se movió alzando el vuelo con su ruidoso aleteo. Una pluma grisácea descendió suavemente hacia la acera trazando círculos en el aire. Aelén la atrapó entre los dedos al tiempo que la paloma se perdía en el cielo azul, desapareciendo sobre el murmullo del tráfico.
Miró un momento hacia el portal. Carla seguía sin bajar, así que alargó el brazo hacia la puerta de la panadería.
Fue entonces cuando vio lo que colgaba del cristal.
Se olvidó de la manzana y del sabor dulce de la crema pastelera que seguramente iba debajo; junto al horario tejido a punto de cruz con hilo naranja y la pegatina de pan de Taramundi había un pequeño cartelito escrito a mano. En tinta de bolígrafo podía leerse con esmerada claridad:
Se necesita ayudante de obrador
Turno de noches —Informes aquí
Una campanilla sonó sobre su cabeza al entrar y, entre el olor a canela y miel, Aelén apenas llegó a oírla porque la emoción golpeaba contra sus tímpanos. Era tal el traqueteo ante la posibilidad de conseguir aquel trabajo que ni siquiera llegó a ver el escalón.
Cayó de rodillas notando el golpe de aquella baldosa beis contra el hueso y el frío del suelo.
Al menos estaba fresquito.
—¿Estás bien muchacha? —Una mujer con gafas de montura estrecha y cabello un tanto canoso firmemente recogido sobre la nuca en forma de moño, salió de la trastie
