Capítulo 1
Highlands, Escocia, marzo 1348
Ocho años antes de «Viento de otoño»
Logan se despertó en mitad de la noche, con el cuerpo pegajoso de sudor. Había vuelto a soñar con aquel día en Neville’s Cross, dos años atrás. El día en que los ingleses capturaron al rey David. El día en el que su laird, Malcolm Montroe, había recibido una grave herida. El mismo maldito día en el que casi perdió a su mejor amigo, Duncan.
Con los jirones del sueño aún colgando de sus párpados, se incorporó para comprobar que ese mismo amigo dormía en su cama, a cinco pasos de él. Bajo un tenue rayo de luna que se colaba por las contraventanas, vio su larga melena rubia, casi blanca, brillando sobre la manta. Echó un rápido vistazo en dirección contraria. Rodrick también dormía a pierna suelta.
Se dejó caer sobre el lecho y soltó un bufido. Jamás podría alejar esa imagen de su pensamiento. Duncan frente a dos guerreros ingleses, protegiendo el cuerpo caído de su laird, gritando a pleno pulmón y partiendo prácticamente en dos a uno de ellos, mientras él cabalgaba en su dirección pensando que jamás llegaría a tiempo, que cuando le alcanzara sería solo para recoger los pedazos de su amigo, de su hermano. Pero Duncan estaba hecho de otra pasta, siempre lo había sabido. Algún día sería el jefe de los guerreros del clan, estaba convencido de ello.
—¿Se puede saber qué diablos te ocurre? —El objeto de sus desvelos partió la noche con su vozarrón.
—¿Por qué crees que me sucede algo? —Se puso a la defensiva.
—No paras de moverte y de suspirar como una muchacha.
Rodrick soltó una carcajada desde el otro lado del cuarto, y Logan no pudo sino sonreír. Quería a aquellos dos hombres, no temía reconocerlo. No en voz alta, desde luego, a fin de cuentas era un highlander. Pero daría la vida por cualquiera de ellos, sin dudarlo.
—A una muchacha me gustaría tener ahora mismo pegada a mi cuerpo —disimuló, lo que provocó nuevas risas.
—Tendrás que conformarte con nosotros —apuntó Rodrick.
—Tienes el culo muy feo, Rodrick.
Una de las botas de su compañero aterrizó en ese instante sobre su cabeza, provocando un nuevo coro de risas, y a él, un sobresalto.
—Pronto amanecerá —señaló Duncan—. Podríamos levantarnos ya y…
—¡No! —le cortó Rodrick—. Hemos estado fuera casi un mes, quiero dormir hasta echar raíces.
—Pero yo solo…
—Te juro por la corona del rey David que si no vuelves a dormirte te dejaré sin sentido de un puñetazo.
—¿Tú solo? —se burló Duncan.
—Solo no —intervino Logan, cuyas palabras fueron coreadas por una nueva carcajada de Rodrick.
Logan tampoco sentía deseos de comenzar la jornada tan pronto. Quería disfrutar del merecido descanso que se habían ganado, y bien sabía Dios que había añorado una cama mullida cada una de las noches pasadas a la intemperie.
Duncan no añadió nada más y el silencio volvió a adueñarse de la cabaña que los tres compartían desde hacía años. Logan no tardó en dormirse, esta vez sin pesadillas.
***
Después de un mes patrullando las fronteras, sin otra compañía que sus dos amigos y un par de veteranos, el gentío que ocupaba el salón de la fortaleza del clan Montroe se le antojaba una multitud. Logan se había cansado de saludar a unos y a otros y en ese momento permanecía sentado, con la espalda apoyada sobre la pared de piedra y una jarra rebosante de cerveza en la mano. Observaba el ir y venir de sus vecinos, los niños corriendo por la sala, la algarabía de risas y voces. Extrañó las largas y heladas noches allá fuera, donde todo parecía más sencillo.
—¿Siempre ha habido tanta gente en el salón? —preguntó Rodrick, sentado a su derecha.
—¿A ti también te lo parece?
—Me va a reventar la cabeza —contestó su amigo—. Y solo es la segunda cerveza de la noche.
Rodrick alzó la jarra, como si quisiera mostrarles que aún estaba medio llena.
—Creo que hemos estado mucho tiempo fuera —apuntó Duncan, a la izquierda de Logan—. En un par de días también formaremos parte de esta melé.
Los tres contemplaron el barullo durante unos minutos, tan ajenos a él como si se hallaran en el otro confín de la Tierra. Logan se disponía a dar un largo trago a su bebida cuando el brazo se le quedó a medio camino.
—¡Que me aspen! —Al parecer, Rodrick había visto lo mismo que él.
En uno de los corrillos, cerca de la gran chimenea, un grupo de personas charlaba animadamente. Entre ellas destacaba, como un faro en mitad de una tormenta, una deliciosa criatura de cabello rojizo y pecosas mejillas. La joven, que no tendría más de veinte años, permanecía muda y casi tan ausente como ellos mismos, con las manos entrelazadas a la altura del vientre. Su figura rellenita y bien formada apenas quedaba disimulada bajo el vestido sencillo que lucía. Logan y Rodrick se levantaron de golpe.
—Yo la he visto primero, amigo —dijo Rodrick.
—Has hablado antes, viejo —apostilló Logan, picado—. Yo me quedé sin palabras.
Los dos se giraron en dirección a Duncan, que no se había movido de su sitio.
—A mí no me metáis en vuestros asuntos. —Alzó las manos, desentendiéndose.
Logan se envaró. De los tres, Rodrick era el que más llamaba la atención entre las chicas. Era cierto que los tres eran altos, fuertes y bien parecidos, pero Rodrick poseía un encanto natural que lo hacía triunfar donde los demás fracasaban. Soltando un bufido, volvió a ocupar su asiento mientras su amigo, con el pecho hinchado como un pavo, recorría el salón y se unía al grupo, saludando a unos y a otros. Logan vio cómo la chica le era presentada y cómo esta lo ignoraba sin ningún pudor. No puedo evitar regocijarse, sobre todo cuando vio los infructuosos intentos de su amigo por entablar conversación con la desconocida. ¿Estaría allí de visita? ¿Habría venido para quedarse? Sea como fuere, tenía que averiguarlo, porque era incapaz de apartar la vista de ella. Durante un breve instante, la joven alzó la vista y sus ojos se encontraron. Le sostuvo la mirada durante unos segundos, tal vez durante una era, ignorando totalmente al entregado Rodrick que, situado a su lado, intentaba llamar su atención. El pulso de Logan se aceleró hasta que creyó que el corazón le iba a saltar por la nariz. Cuando la chica bajó la vista, la boca se le había quedado tan seca que apuró la jarra en dos tragos.
Unos minutos después, Rodrick abandonaba el grupo, con los hombros caídos. La supuesta decepción no le duró mucho tiempo, porque enseguida acudió a saludarle una de las jóvenes del clan, que se colgó de su brazo y se lo llevó a un rincón del salón.
Logan giró la vista hacia la muchacha, que permanecía en la misma postura que al inicio, como si fuese una estatua. A punto estaba de levantarse y acercarse a ella cuando vio a otro de los guerreros ocupar el lugar de Rodrick. Se fue al cabo de un rato, con el mismo resultado. Decidió que aquel no era un buen momento para aproximarse, sin duda estaría abrumada con tantas atenciones.
Su mirada recorrió la estancia hasta dar con la persona idónea. Iría a hablar con Gavin. Era uno de los veteranos y en el clan no sucedía nada que él no supiese. Gavin sabría quién era aquella chica, quién era la que, esperaba, se convertiría en la madre de sus hijos.
***
Wallis estaba cansada y no deseaba otra cosa que salir de allí. No sabía por qué se había dejado convencer por su hermana para acudir al salón esa noche. En las últimas semanas toda su vida se había vuelto del revés y solo tenía ganas de meterse en la cama y llorar. Algunos jóvenes se habían acercado a ella con la intención de conversar, pero se había mostrado esquiva. No deseaba conocer a nadie nuevo, sobre todo a nadie del sexo masculino.
Su hermana mayor, Edna, situada a su lado, le había pellizcado el brazo para hacerla reaccionar, pero ella se había limitado a dar un paso en la dirección contraria para alejarse de sus «atenciones». Fue entonces cuando, sin darse cuenta, tuvo a su lado a aquel formidable guerrero de ojos grises que olía francamente bien y cuya voz aterciopelada le había hecho cosquillas en la piel. Sin embargo, se limitó a mostrarse indiferente. Estaba convencida de que no tardaría en cansarse y dejarla sola. Al elevar la vista vio, al fondo del salón, a otro guerrero no menos magnífico, tan alto y fuerte como el que estaba junto a ella, de largos cabellos castaños, mentón cuadrado y unos grandes ojos color miel. La miraban con un extraño brillo que la calentó de la cabeza a los pies. Si todos los hombres eran así en el clan Montroe, le iba a resultar tremendamente difícil mantener su determinación de no intimar con nadie del sexo opuesto.
Como había previsto, el guerrero de ojos grises acabó marchándose y ella soltó el aire que había estado reteniendo. Aún no había recuperado el ritmo normal de su respiración cuando otro ocupaba su lugar. ¿Iba a ser así durante toda la noche? La sola idea le revolvió las tripas.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó Edna—. Estás muy pálida.
—La verdad es que no —respondió, echándose una mano al estómago—. Estoy mareada.
—Wallis…
—¡Te lo juro!
—Realmente no tienes buen aspecto.
—Me voy a casa.
—Está bien. Le diré a Stuart que te acompañe.
Wallis observó a su cuñado, charlando y bebiendo animadamente con sus amigos.
—No es necesario, puedo ir sola.
—Pero…
—Edna, son solo unos minutos. No me pasará nada.
Antes de que pudiera cambiar de idea, Wallis le dio un beso en la mejilla y se escabulló en dirección a la puerta. Se arrebujó bien en su tartán y salió al frío de la noche, que la azotó inmisericorde. Inclinó ligeramente la cabeza, descendió las escaleras y caminó con brío en dirección a su casa. Estaba situada en el borde norte de la muralla, en la parte opuesta a las puertas de acceso, y era una pequeña vivienda que necesitaba algunos arreglos y que no sabía si sería suya durante mucho más tiempo.
«No pienses en eso ahora», se dijo. «Mañana, ya lo pensarás mañana».
Una vez en el interior, suspiró, aliviada por no haberse encontrado con nadie en el camino al que se hubiera visto obligada a dar conversación. Durante un instante fugaz, la imagen del guerrero de ojos de miel ocupó su pensamiento. Lo desterró de él con una sacudida de cabeza y se dispuso a encender el fuego. No le quedaba mucha leña, tendría que ocuparse de ello pronto. «Mañana», se repitió, como una oración.
La cabaña era pequeña, de una sola estancia, aunque más que suficiente para su madre y para ella. Ahora, en realidad, solo para ella. Se mordió las lágrimas y cogió un pedazo de pan de la alacena. Tampoco allí quedaban muchas provisiones. También debería ocuparse de eso
