Ellas que por amor se entregan. Amigas, compañeras.
Eternamente y siempre ellas.
ALEJANDRO PARREÑO,
«Ellas»
Una vez leí una frase de Woody Allen: «Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes».
No sé cuándo la leí, y tampoco le di mucha importancia en ese momento. No soy una persona muy religiosa, la verdad, pero ¡¿en serio?!
Comienzo a entender el dramatismo de mi amiga Elsa: según ella, a veces parece que algunas cosas las digan directamente por nosotras.
Siendo franca, claro que tenía planes, y sí, era feliz. Parecía que todo iba según lo planeado, según lo que quería. Pero de repente hay algo —o, mejor dicho, un pequeño instante— que lo cambia todo, y no para bien.
Esta no es la típica historia de chica autoengañada viviendo una vida que en el fondo no quiere. No. Para nada, y diré que es injusto. Mucho.
Juro que hay momentos en los que todavía tengo ganas de estallar, de gritar, de llevármelo todo por delante.
¿Cómo no me di cuenta? ¿Cómo pude estar tan ciega?
Lo peor de todo es que ya no hay vuelta atrás, tan solo mirar hacia delante... e improvisar.
Este pensamiento me da vértigo, pero creo que no me queda otra que respirar y ver adónde me lleva esto. Eso sí, estoy segura de que no voy a seguir siendo la misma persona, y eso me asusta. Qué digo «me asusta», me aterroriza. Desde siempre lo he tenido todo muy claro. Puedo recordar que ya de pequeña lo tenía todo pautado; los objetivos, claros. Cada etapa de mi vida estaba marcada por unos planes, y ahora tocaba... tocaba salir del pueblo, comprarme una casa, formar una familia.
Sí. Así ha sido siempre y es imposible no darme cuenta de que estoy perdida. Pero soy yo. Recuperaré las riendas de mi vida.
Puede que me guste tenerlo todo controlado, pero también pienso que, tal vez, es lo que debía suceder.
¿He dicho que siento terror? Pues eso...
¡Nos casamos!
Queremos celebrarlo por todo lo alto.
La fecha del enlace será el sábado, 21 de marzo, pero el día anterior, viernes 20, prepararemos una comida para ir calentando motores.
Toda la información la tenéis en el dorso, junto al mapa.
¡No olvidéis confirmar vuestra asistencia!
Juan y Gala
12.45 h
Una hora y cuarto antes de la fiesta
Elsa vuelve a tamborilear los dedos sobre el salpicadero del coche sin ocultar su mala leche mientras mira por la ventanilla. Estamos con el coche en marcha, en doble fila, y todas sabemos cómo es ella cuando tiene que esperar.
El bullicio en torno a El Corte Inglés de Nuevos Ministerios tampoco ayuda a que se relaje, pero es una zona que siempre está hasta los topes, tanto de coches como de peatones.
Yo solo pido que no haga acto de presencia ningún policía, porque...
—¿Es que esta mujer siempre tiene que llegar tarde? —se queja Elsa mientras consulta su smartwach rosa.
A pesar de estar en el asiento trasero, puedo adivinar su gesto sin necesidad de incorporarme.
Suspiro teatralmente.
—Elsa, tía, hemos quedado a y media. No seas tan histérica. No han pasado...
—Son ya menos cuarto. No digo nada, Diana, y te lo digo todo. Si llegamos tarde, no os vuelvo a hablar en toda la fiesta. ¡Lo prometo! —Se remueve inquieta en su asiento—. Si es que con vosotras hay que quedar con cuatro horas de antelación. ¡Qué digo «cuatro»! ¡Un día antes! Y ni se te ocurra poner los ojos en blanco...
La puerta del copiloto se abre de golpe sobresaltándonos a ambas y sin darme tiempo a contestar.
—¿Ya está quejándose de que llego tarde? —pregunta una sonriente Nagore con el pelo cobrizo alborotado, mientras se sienta sin temer por su pellejo a pesar de la mirada de Elsa. Chica valiente—. Se oían tus quejas desde Castellana.
—Para lo que han servido —contesta mordaz aquella.
—Tampoco ha sido tanto... —comienza Nagore, inclinándose para darme un rápido beso en la mejilla como saludo y dejándome coger la percha con el conjunto que se va a poner hoy.
Lo pongo al lado de las otras dos fundas colgadas en el asidero del asiento trasero.
—Diecisiete minutos, Nagore. Diecisiete —puntualiza Elsa al tiempo que arranca de nuevo el coche.
—Tía, tienes que plantearte hacer meditación para canalizar esa mala leche, te lo digo yo —suelto entre risas mientras comenzamos a incorporarnos a la vía.
Por supuesto, nos pilla el primer semáforo en rojo y la retahíla de palabrotas de Elsa no tarda en llegar.
—Yo te recomendaría más ir a un psiquiatra —añade Nagore, tentando a la suerte de nuevo.
Elsa nos lanza a ambas una mirada asesina.
—Venga, es broma —sonríe de manera encantadora Nagore—. Sabemos que en otra vida fuiste la reencarnación de la señorita Rottenmeier, y eso no es fácil de superar.
—Que os peten a las dos —contesta Elsa, y provoca que nos riamos con ganas.
Nagore acaricia el hombro de Elsa y se libra de un empujón porque la conductora está más centrada, tras poner el intermitente y salir de la calle Raimundo Fernández Villaverde para girar a la izquierda y entrar en la calle de Ponzano.
No hace falta decir que el tráfico es lo bastante denso como para que nuestra amiga gruña cada dos segundos. Dirijo mi mirada a la pantalla del GPS y, ahí, la que se tensa soy yo.
—Eh, Elsa, ¿por qué vas a ir por la A6 en vez de tomar la M-40? —pregunto, sabiendo que por el otro camino ahorramos unos diez minutos hasta llegar a San Lorenzo, donde no solo vivimos Elsa y yo, sino que ahí se encuentra la finca para la boda de Gala y Juan.
—Pues porque este trayecto me lo conozco mejor.
—Pero, tía, si vamos con el GPS —señalo sin entender nada—. Además, no me puedo creer que todavía no sepas volver a tu casa sin usarlo. Vas a San Lorenzo, no a Narnia.
Elsa me lanza una de sus miradas encantadoras a través del retrovisor.
—Cabezota —murmullo lo suficientemente alto para que se me oiga.
—Bueno, venga, venga. ¡Que vamos a la fiesta de compromiso de Gala! —estalla Nagore llena de felicidad—. ¿Quién nos lo iba a decir? Parece que fue ayer, cuando nos dijo que se casaba.
—Sip. Ya han pasado dos años. —Me recuesto sobre el asiento y dejo vagar la mirada por el tráfico que nos rodea.
—¡¿Qué dices de dos años, loca?! —salta Nagore, girándose sobre su asiento para mirarme—. Ha pasado un año y tres meses —puntualiza.
—Es básicamente lo mismo —suelto con las cejas enarcadas y sacudiendo la cabeza en un gesto condescendiente.
—Bonita mía, ¿eres consciente de que nos sumas años? Y no sé tú, pero yo pienso exprimir estos treinta y uno lo máximo que pueda.
—Nagore, te quedan cuatro meses para cumplir treinta y dos. Todo está ya más que exprimido. Vamos cuesta abajo.
Vuelvo a centrarme en mi ventanilla y noto, sin necesidad de cerciorarme, que ambas se han lanzado una mirada.
—Bueno, estás algo mustia —comienza Elsa.
—Sobre eso... —interviene Nagore, que se gira de nuevo para buscar mis ojos.
Sé lo que va a decir incluso antes de que coja aire para soltar la matadora y puñetera pregunta:
—¿Y Bruno?
Es escuchar su nombre y sentir miles de agujas en el pecho.
—¡Tía! —la regaña Elsa buscándome por el retrovisor para estudiar mi expresión—. ¿Qué parte de «no saquemos el tema» no entendiste?
—Bueno, yo que sé. Es imposible ignorarlo. Y siempre dicen que lo mejor es la terapia de choque. ¡Miradme a mí! Veré a Diego en la boda, y allí voy a estar, como una campeona.
—Sí. Ya lo sabemos —contesta Elsa, a quien veo poner los ojos en blanco por el retrovisor.
—Exacto —sigue Nagore—. ¿Y me importa? Bien poco.
La mentira se puede oler a kilómetros, pero no tengo cuerpo para señalarlo.
—Así que, Diana —vuelve a la carga Nagore ajena a mis pensamientos—, han pasado dos semanas. Es bueno empezar a hablarlo.
—Ya —asiento.
Irremediablemente me he puesto tensa.
—Hoy no viene, pero mañana sí, ¿no?
Me mordisqueo el labio y niego.
—No vendrá a la boda —suelto con cuidado. Tarde o temprano se lo tenía que decir, así que, en cierta forma, agradezco la intervención de Nagore.
—¿Cómo? Pero ¿tan enfadados estáis? —quiere saber Elsa, confundida; y no la culpo.
Todavía no puedo hablar de ello. No sin que el nudo que tengo constantemente en la garganta me aprisione aún más o sin que la sensación en el pecho, esa que juro que se extiende por todo el cuerpo hasta la punta de los dedos, me aguijonee sin piedad.
—Se lo pedí yo —aclaro con la voz algo rara. De hecho, me obligo a aclararme la garganta—. Le dije que no viniera. Necesito un poco de espacio y no quiero que el recuerdo de la boda de Gala esté empañado por esto.
—Entiendo —oigo decir a Elsa, pero no la quiero mirar.
Sé que, en este instante, su mente capta cosas que todavía no he dicho ni en alto. No estoy preparada para decirlo, porque, si lo hago, sé que habrá vuelta atrás.
Nagore capta por fin la indirecta de que, de verdad, no quiero hablar de ello, y comienza a sacar temas más superfluos. Dejo vagar mi mente hasta que algo de la conversación en la parte delantera del coche llama mi atención.
—... te juro que es el hombre más guapo que he visto en toda mi vida —oigo decir a Nagore mientras hace aspavientos para remarcar sus palabras.
—Seguro, estoy convencida de ello —contesta Elsa ocultando una sonrisa mientras adelanta a un coche y con el dedo índice se empuja las gafas de sol sobre el puente de la nariz.
—¿El hombre más guapo que has visto en toda tu vida? —pregunto interesada—. Quiero más detalles de esa historia. —Nagore me mira ilusionada.
—Antes de que arranques a contarla —interrumpe Elsa—, solo quiero recordar que Carlos va a estar tanto en la preboda como en la boda.
La respuesta no tarda en llegar. Las mejillas de Nagore se vuelven rojas y murmura algo entre dientes.
—¿Decías? —pregunta divertida Elsa, sin apartar la mirada de la calzada.
—Está bien. Olvidaos de lo que he dicho antes. Carlos es el hombre más guapo del universo.
—Ya nos lo imaginábamos —termino, sonriendo.
—Pero debo informaros de que, a pesar de lo que dijisteis todas esa Nochevieja cuando lo conocimos, quien tenía razón era yo. El tío no estaba interesado.
—Nagore, tía, cuando te conoció eras la novia de Diego, uno de sus empleados —recalco.
—Él no es el jefe. Es el hijo del jefe. Es diferente.
—Interesante ética laboral, la que tienes —puntualiza Elsa.
Ante el comentario, Nagore sacude la mano de manera desenfadada.
—Para lo que venía después, ya me podría haber dado un buen meneo esa noche —dice, refiriéndose a la manera en que Diego la dejó unos días después de aquella fiesta. Nuestra amiga hace un puchero que provoca que tanto Elsa como yo nos riamos.
Bien, todavía soy capaz de eso. Y es que, con ellas, consigo dejar las cosas malas en un segundo plano.
—Sí, reíd, reíd. Cómo se nota que la necesidad no aprieta.
Mi sonrisa se congela y Nagore hace una mueca de arrepentimiento.
—Bueno. —Me obligo a redirigir la conversación. No pienso dejar que estos dos días se vayan a la mierda—. ¿Nos vas a desvelar ya de una vez quién era el predecesor de Carlos en el puesto?
—¡Ah, sí! —Resurge el entusiasmo en Nagore.
—Verás —murmulla Elsa con cierta sonrisilla.
—Henry Cavill en The Witcher.
Siento un tic en uno de los párpados. Lo juro.
—¿Estamos hablando en serio? —pregunto sin ocultar mi desilusión.
—¿Tú has visto la escena del baño? —Antes de que pueda contestar, Nagore levanta una mano para silenciarme—. Bueno, está claro que no. Si no, no estarías cuestionándome, querida.
—Por Dios... —Pongo los ojos en blanco.
—¿Qué esperabais?, ¿que había conocido a algún hombre digno de mención? Ya os he dicho que el mercado está muy mal. Muuuy mal.
—Oye, no os vengáis tan arriba, ¿eh? —suelta, irónicamente, Elsa.
—Mira quién habla, la que tiene la piel brillante y tersa. Fijo que has tenido un revolcón esta mañana con el señorito Cole.
—Ni confirmo ni desmiento nada.
Sin embargo, la sonrisilla de Elsa ya habla por sí sola.
—¿Dónde está, por cierto? —pregunto, porque pensaba que él vendría a recogernos a todas, ya que hoy estábamos las tres en Madrid por motivos de trabajo.
Antes de contestar, los oscuros ojos de mi amiga me buscan a través del retrovisor.
—Está con Aitor, esperándonos ya allí.
Es como si todo mi cuerpo sufriera una sacudida, pero, joder, no debería. Ya sabía que estaría estos dos días. De hecho, me había mentalizado sobre ello, aunque es difícil. Porque, sí, desde esas Navidades me había cuidado mucho de no volver a verlo. Tanto como el empeño que pongo ahora en no mirar a su hermana, cuya mirada sigue taladrándome.
Sí. Oficialmente tengo problemas.

—Creo que vamos a hacer la parada en una gasolinera que hay cerca —avisa Elsa al ver que el GPS indica que quedan diez minutos para llegar al destino.
—¿Nos vamos a cambiar allí? —No hace falta que ni Elsa ni Nagore se vuelvan para saber que tengo el gesto torcido.
—¿No te gusta la idea? —pregunta Nagore divertida.
—Todas sabéis que los baños de las gasolineras dejan mucho que desear —señalo, sorprendida de que ambas estén realmente de acuerdo con el plan.
Echo de menos a Gala. Ella estaría conmigo.
Elsa suspira mientras la muy petarda pone el intermitente para indicar que efectivamente, y a pesar de mis reparos, toma el desvío para ir a la gasolinera.
—Creo que tu remilgado culo podrá soportar por una vez el sacrificio —dice Elsa, cuando justo al salir de la rotonda vemos el letrero de la gasolinera Shell con su inconfundible concha amarilla y roja.
—Pero... —vuelvo a quejarme, mientras Elsa disminuye considerablemente la velocidad del coche para entrar, dejando a nuestra derecha la zona de autolavado.
—Si prefieres aparecer allí sin arreglar, dímelo —suelta Elsa.
Sé que tiene razón, guardo silencio mientras observo el recinto de la gasolinera, y ahora la que tuerce el gesto es Nagore.
—No es por meter más cizaña —comienza a decir, soltándose el cinturón de seguridad para poder inclinarse y tener mayor visibilidad—, pero este sitio no parece que vaya a mantenerse sobre sus cimientos durante mucho más tiempo.
—¿Nagore? —habla Elsa.
—¿Sí?
—Cállate —ordena la morena—. De verdad, dejad de ser tan exageradas.
—Habló —digo por lo bajinis.
Ignorándome, Elsa aparca el coche al lado de la destartalada tienda de la gasolinera, donde descansa un tejado que, efectivamente, parece que vaya a derrumbarse en cualquier momento.
El lugar, sin embargo, no está desierto. Hay dos coches aparcados frente a los dos únicos surtidores y una impresionante Harley Davidson en el otro extremo, cerca de la zona de autolavado.
Al bajar del coche estudiamos nuestro entorno en busca del baño. Nagore es la primera en encontrarlo, justo en la parte trasera de la tienda, pero, como es de esperar, está cerrado con candado.
—Tendremos que comprar algo —deduce Nagore.
Elsa asiente y se dirige con decisión al establecimiento, yo, como no me queda más remedio, sigo sus pasos.
La tienda es como promete el exterior: pequeña, deteriorada y con un desagradable olor a ambientador rancio que se instala en las fosas nasales para revolverme el estómago.
El lugar está dividido por estanterías repletas de comida que forman tres estrechos pasillos, en uno de los cuales parece haber un hombre. No estoy muy segura, pues no hace falta decir que tengo unas ganas locas de salir y, por tanto, no dedico más de un vistazo rápido a la espalda del tipo.
Sin perder mucho el tiempo, Elsa consigue las llaves tras pagar un paquete de chicles, tiritas... y un lubricante Durex sabor fresa. La miro inquisitiva, aunque parece totalmente ajena a mi mirada.
Cuando tras recoger el cambio y las llaves se percata, me mira completamente extrañada.
—¿Qué? —pregunta al salir de la tienda.
—¿Cómo que «qué»?, ¿y esa compra?
—Un must have para una boda.
Me es imposible reprimir una mueca ante su respuesta con la mirada puesta significativamente en el lubricante. Elsa se ríe.
—Ya verás, ya.
Llegamos hasta Nagore, quien apoyada sobre el maletero del coche observa su móvil distraídamente.
—Ya estamos —avisa Elsa al tiempo que juguetea con las llaves.
Abrimos el coche y cada una coge su bolsa con la ropa para cambiarnos.
—Señoritas, después de ustedes —indica Elsa, y señala con la cabeza la dirección del aseo.
13.30 h
30 minutos antes del evento
—¡No me puedo creer que estemos cambiándonos en un sitio así! Ni siquiera es exclusivamente de mujeres.
Contra todo pronóstico, quien acaba de soltar ese comentario ha sido Nagore, no yo, ya que finalmente he hecho de tripas corazón. En esta vida hay que ser prácticas, y la verdad es que prefiero esto a llegar a la finca sin estar arreglada.
Así que, mientras Nagore sigue maldiciendo, yo hago malabares para ponerme las medias e interiormente pienso que ha sido una estupidez haber escogido aquellos tacones. Una soberana estupidez.
—Nagore, no mires al suelo y ya está —oigo decir a Elsa, que está cambiándose en otro de los cuatro cubículos que hay—. De hecho —continúa diciendo—, no mires a ningún lado salvo a tu ropa. Esto es repugnante.
—Habría sido mejor haberlo hecho en el coche —sentencia Nagore, y estoy completamente de acuerdo con ella.
Es asqueroso, pero por lo menos tiene un buen tamaño que nos permite cambiarnos a la vez, y no por turnos.
Cojo de la percha la preciosa falda lápiz en color beis por la que me he decantado, cuando Elsa decide comenzar a parlotear:
—Yo creo que esta boda será legendaria al más puro estilo Barney Stinson. Además, con la preboda, aún mejor. Es una oportunidad para conocer al resto de los invitados antes. Me apuesto lo que queráis a que habrá chicos interesantes... —Pongo los ojos en blanco—. Haced el favor de ser receptivas, sobre todo tú, Nagore. ¿Cuánto hace que no echas lo que se dice «un polvazo»?
—¡Oye! —se queja esta mientras se oye el inconfundible sonido de una cremallera subiendo. Elsa se ríe—. Tampoco ha pasado tanto tiempo..., solo unos meses.
—Nooo, claaaro que no —sigue pinchando Elsa.
Su voz suena amortiguada por la separación que hay entre los cubículos, pero aun así se nota la ironía en su voz.
—Cariño, en cuanto en esa frase aparece la palabra «meses» —acentúa aquella última—, ya es motivo para preocuparse. ¿O ya no te acuerdas de lo que me decías tú a mí?
Sonrío porque ahí Elsa tiene un punto y sé que Nagore va a contestar peleona, pero antes de poder decir nada, oímos que se abre uno de los grifos del baño y las tres nos callamos ipso facto.
Cierro los ojos. ¿Una persona desconocida ha escuchado aquello? «Ups».
Más oportuno, el momento, no podía ser. Podría haber entrado cuando hablábamos de ropa, pero no, tiene que ser cuando estamos en pleno debate sobre la inexistente vida sexual de Nagore, aunque no es que la mía sea ahora apabullante. «Madre mía».
Sin embargo, pensando con la mente fría, ni siquiera importa. Total, será una persona a la que no volveremos a ver en nuestra vida... ni sabe quiénes somos.
Estoy perdida en estas divagaciones cuando oigo que alguien abre una de las puertas de los cubículos.
—Oh —oigo decir a Elsa—. Vaya... ¿Cómo estás?
Mis alarmas saltan y por un microsegundo me debato sobre si salir o no, pero realmente es absurdo seguir escondiéndonos cuando está claro que la persona desconocida no lo es realmente tanto.
Una vez decidido, he de confesar que salgo con cierta urgencia, vamos, ni tiempo doy a que pueda responder, y cuando descubro quién es, me congelo.
«Oh, oh. Que no salga...».
—¿Diego?
Tarde. Nagore sale de su cubículo para toparse directamente con su exnovio.
Es imposible no notar que la sangre ha abandonado el rostro de nuestra amiga, pero qué se le puede pedir. A mí, en su caso, creo que me daría un esparaván. Así que, mientras parece que Nagore necesitará urgentemente una trasfusión de sangre, Diego está tan pancho, incluso se le intuye una sonrisilla divertida.
«Imbécil». Y mirad que nunca me cayó mal.
—Hola, Nagore —contesta el archienemigo, porque, sí, todos nuestros ex van de cabeza a esa lista nuestra. Faltaría más.
Diego observa a Nagore sin borrar la media sonrisa que acompaña el brillo de su mirada, lo cual indica que ha escuchado TODO lo que hemos dicho.
—Qué casualidad, ¿no? —interviene Elsa intentando aligerar el ambiente.
Para que entendáis la gravedad de la situación, hasta yo me siento las mejillas sonrojadas. Qué cagada.
Estudio a Diego con la mirada como él lo hace con Nagore. Sigue como siempre, con el rostro enmarcado por esa barba recortada con reflejos pelirrojos entre el castaño claro, y el cabello con un corte degradado, consiguiendo así la parte superior más larga, la cual lleva peinada hacia atrás.
Reparo en su vestimenta: cazadora negra, pantalones gruesos a pesar de que hace buena temperatura y unos guantes también a juego con el conjunto.
—La Harley de ahí es tuya —digo.
No es una pregunta, y cuando la media sonrisa de Diego se acentúa, intento no mirar a Nagore. Desde aquí siento su oleada de mala leche cuando aquel asiente.
—Bueno, ¿quieres pasar a alguno de los aseos? —pregunta Elsa.
—No, de hecho, me voy ya. Ya he terminado. —Mira hacia Nagore, y tanto Elsa como yo captamos la sonrisa que le dedica—. Como vamos al mismo sitio, nos vemos luego.
Sale del baño sin mirar atrás, y una vez que la puerta se cierra a sus espaldas, Nagore se dirige hacia el lavabo, apoyándose en el espejo de manera teatral.
—No digas nada —vocalizo a Elsa.
A los pocos segundos se oye fuera el inconfundible ronroneo de la Harley al arrancar y después, alejándose.
—Oh, Dios, me quiero morir. —Finalmente Nagore rompe el silencio sepulcral.
—Bueno, estaba claro que te lo ibas a encontrar aquí —digo.
—¿Aquí? ¿En los jodidos aseos de una gasolinera cutre? ¡Por favor! —se queja Nagore, quien tras su aspaviento se asegura de que el cuello halter de su mono rojo esté bien colocado.
Como veréis, a pesar de las crisis, en nuestro grupo siempre estamos preocupadas de estar divinas.
—Bueno, sí. Ha sido mucha casualidad. Pero, por favor, no vayas ya de morros. Además, ¿qué más da? —plantea Elsa con su poco tacto característico.
—¿Cómo que «qué más da»? ¡En serio! —estalla Nagore, que se vuelve rápidamente para, segundos después, llevarse la mano al pecho—. Creo que estoy hiperventilando.
Decido intervenir:
—A ver, ya. Calma. —Nagore me mira con el gesto de horror todavía tatuado en el rostro.
—Ha escuchado que hace mil años que no echo un polvo —lloriquea acercándose a mí para que la abrace. Le acaricio suavemente la espalda mientras Elsa y yo nos miramos sin saber muy bien qué hacer.
—De verdad, no sé qué pasa en este grupo, pero los baños no son lo nuestro —añade Elsa al aproximársenos—. Si lo recordáis, me pasó lo puto mismo con Cole.
—Esa boca —la regaño.
Nagore se incorpora.
—¿Qué voy a hacer? —Vuelve a la carga al tiempo que se separa de mí y comienza a dar vueltas por el baño.
Los altos tacones que lleva, esos que le hacen llegar al metro sesenta, repiquetean contra las mohosas baldosas.
—Venga, tía, tampoco es tan grave —suelto en plan decidida.
—¡Eso! Es una tontería sin importancia —me apoya Elsa—. Que, vale, que no has echado un polvete hace unos meses, sí. Pero ¿sabes por qué?
—¿Porque no encuentro ningún tío decente que me llame la atención, y los pocos que lo hacen no se interesan por mí?
—No, mujer, no.
Ante la rotundidad de Elsa, Nagore la mira con los ojos muy abiertos, casi sin pestañear, hasta que esta se le acerca para sujetarla por los hombros de manera solemne.
—Porque tienes un chichi selectivo. Eso es lo que ocurre.
—¿«Un chichi selectivo»?
La madre que te parió. Eso es lo que dice la mirada que le echo a Elsa, quien sonríe ignorándome.
—Sí, así es.
—No va a pensar que tengo un chichi selectivo, Elsa. Sino que nadie quiere echarme un polvo como es debido —explica Nagore, todavía con gesto pesimista.
—¿Podéis hacerme el favor de dejar de decir eso? —pido consternada, por si entra alguien y nos pilla de nuevo en esta conversación.
Ya hemos tenido bastante con la escena con Diego, pero ambas, por supuesto, me ignoran.
—Ya me encargaré yo de que piense correctamente —sentencia Elsa.
—¡Por favor! ¿Y qué vas a hacer? ¿Ir anunciándolo en la boda? —pregunto con los brazos en jarras. Esta conversación resulta ridícula.
—¿Cómo? ¡Ni se te ocurra! —suelta Nagore horrorizada y con gesto de espanto.
Elsa pone los ojos en blanco.
—A ver, mujeres, no iré propagando que Nagore lo tiene selectivo.
—Antes te asesino —amenaza Nagore.
Suspiro al colocarme entre ambas.
—Bueno, venga. Ya. Hay que tener la mente serena. —Decido intervenir en esta absurda conversación—. ¿Desde cuándo nos importa lo que digan los demás? De hecho, puntualizo aún más: ¿desde cuándo nos importa lo que piense un pedorro que pasa de nosotras? —Dejo unos segundos para que ambas, la alarmista y la dramática, capten el mensaje. Cuando veo que asienten levemente, añado—: A ti, plin.
Eso sí, cuando consigo que comencemos a salir del baño, Nagore vuelve a lloriquear y yo le rodeo los hombros con mi brazo.
—Ahora, al lío. Lo mejor será que vayamos de una vez a la maldita fiesta. Al final llegaremos tarde.
14.00 h
En el evento
—¡Mira! —salta Nagore señalando algo desde su asiento—. Esa es la entrada.
Me inclino desde los asientos traseros para, efectivamente, ver un cartel gris con la palabra «Mónico» en unas elegantes mayúsculas.
Estamos en una carretera secundaria a las afueras de San Lorenzo, el trayecto destaca por las bonitas vistas repletas de naturaleza y las montañas al fondo. El día es espléndido y entiendo por qué Gala y Juan han querido hacer este cóctel previo al día de la boda. Así los invitados pueden apreciar la belleza del lugar, y como mañana la boda será por la tarde, tendremos pocas horas de luz para apreciar su encanto.
Cuando Elsa gira para entrar, las tres soltamos al unísono un prolongado «Oooh». La entrada a la finca es impactante, pues está rodeada de altos árboles a cada lado del camino. Al adentrarnos vemos una casa en tono salmón, pero Elsa sigue la indicación hacia el aparcamiento.
—Qué bien, somos las últimas —suelta, mordaz, Elsa al verlo repleto de coches.
—Era a las dos. Y son las dos —digo, señalando a un tipo que nos hace señas para que dirijamos el coche hacía allí—. Debe de ser el aparcacoches.
Tras salir del vehículo, las tres comenzamos a recorrer el camino que nos indican; por supuesto, las quejas de Elsa no tardan en llegar.
—Fabuloso. Todo el camino es pura tierra. Adiós a los tacones.
—Tía, es solo un trecho —señala Nagore con los ojos entrecerrados (una técnica que, según ella, usa para enfocar mejor), a pesar de los avisos de Gala de que eso solo trae las temidas patas de gallo. Sigo su mirada y descubro que al final del trayecto se ve ya a varios invitados—. Además, ni que llevaras unos Manolos.
—Querida mía —aclara Elsa—, si llevara unos Manolos, me echaría los pies al hombro antes de que tocaran esto. —No puedo evitar reírme al dibujarse en mi mente dicha imagen—. Llevo unos Amancio Ortega, que también merecen un respeto, a ver qué va a pasar.
—Anda, callaos y tomad —termino por decir, tras sacar de mi bolso dos pares de salvatacones.
A ambas se les ilumina el rostro y se los ponen antes de continuar.
—Diana, tía, siempre estás en todo —me agradece Nagore observando que yo también los tengo.
—Lo sé —asiento con una sonrisa. Es absurdo negarlo. No sé qué haría este grupo sin mí.
—Bien —dice Elsa sacudiéndose la melena castaña a la altura de los hombros—. Ahora, a buscar a la novia.
Seguimos el camino y con ello vamos descubriendo la impresionante finca. Gala nos enseñó fotos, pero vivirlo en directo es mucho más impactante. Ante nosotras hay una explanada de césped que recorremos por el camino de tierra. Se ven las distintas farolas repartidas para dar iluminación de noche y algunos árboles de esta zona con guirnaldas de luces, algo que —seguro— da una atmósfera cautivadora a la finca cuando cae el sol.
Hay una pérgola a cuatro aguas cubierta por plantas enredaderas que dejamos a nuestra derecha, según vamos avanzando: el lugar donde mañana se casarán Gala y Juan al aire libre. Sonrío emocionada al observar la zona.
Según nos acercamos, vemos que una cantidad ya considerable de invitados empiezan a disfrutar del cóctel. La música también nos rodea, como aprecio al escuchar de fondo Be my Baby de The Ronettes.
—¡Aquí estáis! —Gala aparece acercándose a nosotras con los brazos extendidos y un aspecto resplandeciente.
Se ha separado de un grupo de invitados, sin dudarlo, familiares, que nos miran sonrientes mientras las cuatro nos abrazamos.
—¡Tía, hay patos! —estalla Nagore, dejándonos a todas descolocadas.
—¿Patos? —pregunto al mirar a nuestro alrededor.
Gala se ríe para después señalar el minilago de la finca, donde, efectivamente, hay patos. Las cuatro observamos la zona, que hasta tiene un puente para cruzarlo.
—¡Es genial! —dice Elsa—. Allí os harán «fotones», ¿no?
—Y a vosotras —deja claro Gala.
—Espero que no sean los que usan para el menú, porque sirven pato también, ¿verdad?
Tras la pregunta de Nagore, que no podía ser otra la que lanzara ese comentario tan... TAN, torcemos el gesto. Decido intervenir y cambio el tema radicalmente, procurando echar una mirada de advertencia a Nagore.
—No lo creo, tía, pero oye, estás guapísima —suelto a Gala, obligándola a dar vueltas sobre sí misma.
Y es verdad. Es la prenovia más guapa. Lleva el pelo recogido en una cola de caballo con un pañuelo de seda que sirve como coletero y le caen partes a ambos lados de la coleta. Su vestido es plisado, con la zona superior entallada al cuerpo y con mangas francesas, y la falda pasa más allá de las rodillas dejando ver sus stiletto color nude. Está ideal.
—Aquí estáis —dice una voz grave detrás de nosotras que nos sobresalta, pero al volvernos descubrimos a un elegante Cole que, tras saludarnos a todas de forma cariñosa, recorre con un brillo delator en sus ojos miel el vestido entallado azul marino que lleva su chica.
Cuando Elsa se acerca para darle un suave beso sobre los labios, las demás sonreímos. Hoy en día todavía recuerdo esas Navidades intensas que vivimos por estos dos, y es imposible entender que pudieran estar separados. Son tal para cual.
Mientras lanzamos piropos por lo guapetón que está vistiendo el traje azul marino en contraste con el rubio de su pelo, recogido en un moño que —lo sabemos— vuelve loca a nuestra amiga, me es imposible no pensar en...
—¿Y Bruno? —pregunta Cole con toda la buena intención, pero se lleva un pisotón de Elsa muy mal disimulado.
Me obligo a sonreír.
—No ha podido venir por el trabajo.
Ya está, la respuesta oficial, y como sé que ahora todos se están intercambiando miradas, decido desviar la mía por la finca, donde varios invitados toman copas mientras pasan los camareros con bandejas repletas de canapés.
Han preparado algunas mesas altas para apoyar la comida y bebida, y justo enfrente tenemos lo que debe de ser el edificio principal, donde imagino que estaremos mañana, el día de la boda, ya que será de tarde-noche, y las temperaturas de esta zona de la sierra no se prestan para permanecer en el exterior a esas horas.
Mientras recorro la zona, pienso en que en otras circunstancias —si nada hubiera sucedido o, más bien, si él no hubiera decidido hacerlo— habría estado aquí, con nosotros, conmigo. Sé que estaríamos bromeando con todos, contentos, felices... como siempre. Bueno, como antes.
Sigo estudiando mi entorno, con ello intento calmarme, cuando finalmente pasa lo que en el fondo de mi ser también intento evitar desde hace un tiempo.
Descubro unos ojos oscuros estudiándome en la lejanía. «Dios». Juro que una sensación de vértigo me recorre entera, como cuando la montaña rusa comienza la caída libre.
Todo mi cuerpo reacciona cuando Aitor se lleva la copa de cava a la boca, para darle un trago y disimular con el gesto la media sonrisa que ha dibujado mientras parece estar pendiente de la conversación en la que se encuentra con algunos amigos que reconozco del pueblo.
Es imposible no recorrerlo entero, desde el corto pelo castaño oscuro, a juego con sus ojos, la afilada nariz, hasta esa barba de unos días que me hace dudar sobre qué le queda mejor. Para que lleguéis a ser conscientes de lo atractivo que es, y es que eso es importante: hay chicos que están bien con barba, y otros, sin ella, pero ¿con ambas opciones? Pocos. Y uno de esos ejemplos lo tengo a escasos metros de mí con un traje azul marino a medida y una camisa blanca desabotonada, que ahora me obliga a pensar en algo que no debo.
—Vaya, pareces entretenida. ¿Qué miras tanto? —suelta a mi oído la oportuna de Elsa, que sonríe cuando me sobresalto—. Pillina.
—Nada en particular —contesto, dándole la espalda a cierto sujeto, aunque al hacer eso, un cosquilleo me recorre la nuca.
Es imposible que el cuerpo note su mirada..., ¿verdad?
—Ya —dice Elsa, y me guiña el ojo—. Chicas, voy a saludar a mi hermano. Aunque creo que alguna lo ha hecho ya.
No mira a ninguna en particular, pero me tenso como la cuerda de un violonchelo, y no me preguntéis el porqué de esa referencia, porque cuando me pongo nerviosa, tiendo a pensar absurdidades.
Gala y Nagore miran extrañadas a Elsa, quien, junto a Cole, se aleja de nosotras.
—¿Has saludado a Aitor ya? —pregunta Gala.
—¿Yo? Para nada. No sé qué dice la loca de Elsa —contesto rápido, y no me siento mal al decirlo.
No he mentido. Yo no he saludado a nadie, porque un intercambio visual no es un saludo, ¿verdad?
—Tía, Diana, ¿qué te pasa? Vas a juego con mi mono —señala la encantadora Nagore.
—Voy a por algo de bebida —murmuro.
Me vuelvo sin dar tiempo a que añadan algo más.
Chisto para mí. ¿Soy tan evidente?
Tras abordar al primer camarero que me cruzo para cogerle una copa, deduzco que lo he hecho con más entusiasmo del que debiera, por el susto que se da el pobre, que hace amago hasta de sujetar la bandeja más de lo normal.
Saludo a algunas caras conocidas, pero no dejo de tener la mente en cierta parte de la finca. Sabía que iba a venir. Aitor es del grupo de amigos del pueblo de Juan, como lo es Cole. El mundo es un pañuelo, y en un pueblo, más aún. Así que, sí, sabía que me lo encontraría, y a pesar de ello, me he dado cuenta de que soy incapaz de...
—¿Qué tal estás? —Me vu
