No me importan tus secretos

Cristina Rodríguez Trueba

Fragmento

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Capítulo 1

—¿Voy bien vestida?

Rodrigo se gira y me examina aprovechando que el semáforo se ha puesto en rojo para los conductores.

—¿Ese pantalón es de donde estoy pensando?

—Sí, ¿se nota mucho?

¡Lo sabía! En mi armario solo hay vestidos estampados, pantalones vaqueros, pantalones anchos de colores, minifaldas y pantalones cortos, y ninguna de esas prendas me parecía apropiada para la ocasión.

—Trabajo allí y hace más años que tú. Aunque estoy metido en las oficinas, recuerdo bien el uniforme de trabajo de las dependientas. ¿No les habrás contado a tus amigas nuestro secreto?

—¡No!

Me siento un poquito indignada ante la duda de mi amigo, ¿cómo se le ha ocurrido pensar que voy a ir por ahí contándole a todo el mundo lo que estamos haciendo? Tenemos un secreto y, si lo compartiese, dejaría de ser secreto. No les he dicho la verdad, entiendo cómo son de profundos y personales los lazos que unen a Rodrigo con su tía.

Lo ayudaré sin dudar, como él hizo conmigo cuando una compañera de trabajo rastrera casi estuvo a punto de conseguir que me despidieran. Me habían ascendido ofreciéndome el puesto que ella deseaba. Las barras de labios y las sombras de ojos que aparecieron en mi bolso, sin que yo las hubiera comprado previamente, me hicieron pasar uno de los peores días de mi vida cuando el vigilante de seguridad me paró a la salida y me pidió que le enseñara el contenido del bolso. El hombre me conocía, pero estaba haciendo su trabajo y en ese momento yo era una empleada que intentaba salir con artículos robados. Nunca había pasado tanta vergüenza y llamé allí mismo a Rodrigo para pedirle ayuda.

Habló con los jefazos y los convenció para que me concedieran un voto de confianza. Le entregué con discreción al vigilante los artículos de maquillaje y salí del centro comercial para volver un cuarto de hora después a mi puesto de trabajo con las mejillas todavía ardiéndome por el bochorno. Rodrigo no había perdido el tiempo y ya había organizado una red de espías entre las trabajadoras de la sección de cosmética. Inmortalizaron con sus teléfonos móviles a la auténtica ladrona, que fue despedida esa misma tarde gracias a una grabación en la que se la veía robar más productos de cosmética que horas más tarde hubieran aparecido dentro de mi bolso para inculparme falsamente. Mi honor fue restablecido y quedé para siempre en deuda con Rodrigo.

—No pongas esa cara, que ha sido de coña. Parece mentira que todavía no me conozcas. ¿Qué les has dicho?

—Que a un amigo tuyo le van a dar un premio y necesitaba llevar algo elegante al evento.

—¿Qué amigo? Para cada cita te inventas uno. ¿El famoso actor que triunfa en culebrones mejicanos o el restaurador con una estrella Michelin?

—Se te ha olvidado tu amigo Fabián, el que era tu compañero de pupitre en el colegio.

—A ese todavía no lo conozco.

—Tendrás que acordarte de él para no meter la pata cuando te pregunten. Es un poeta que está tratando de hacerse un hueco. Presentó una de sus obras en un certamen literario y vamos a acompañarlo en la entrega de premios.

—¿Ha ganado? Qué interesante...

—No. —Me tapo la cara con las manos fingiendo abatimiento—. Su talento no es fácil de entender. El jurado dará el premio a otro participante, uno que tiene la sensibilidad en el culo, pero muy buenos contactos.

—¡Qué lástima! Con lo que yo quiero a mi amigo Fabián. Hoy lo animaremos para que se presente a otro concurso.

—¿Y a los siguientes que voy a inventarme también les querrás y animarás? Ya no sé qué disculpa poner para que las chicas me ayuden a vestirme como si fuera a ir a un entierro.

—¿A quién de las dos pertenece el pantalón? A Emilia, ¿no?

—Lo llevo bien sujeto con un cinturón. El de Anita no me entra, usa una talla treinta y cuatro.

Vuelvo a revisar mi atuendo: pantalón de los famosos almacenes donde trabajamos tanto mis compañeras de piso como Rodrigo y yo; insulsa blusa blanca que Ana ha «alegrado» con un vistoso pañuelo, regalo de su madre por su último cumpleaños, y los zapatos que suelo llevar al trabajo en invierno. Tienen el mismo tono azul oscuro del pantalón y brillan después de aplicarles betún en crema y un concienzudo cepillado posterior. Su tacón de cinco centímetros es cómodo cuando estoy trabajando, y nunca los llevo fuera del horario laboral. Me parecen anodinos, aunque tengo que reconocer que en esta ocasión son necesarios para rematar la imagen de mujer seria y formal que Rodrigo insiste en que debo llevar cuando vamos a visitar a su tía.

—Siento haberte metido en este embrollo. —Otro semáforo en rojo es ahora el momento elegido por Rodrigo para disculparse—. Debería decírselo, hoy en día ser gay es algo muy normal: hay presentadores gays, políticos gays, actores gays, cantantes gays...

—¡Por supuesto! —Lo interrumpo porque no es necesario que recuerde que, en la actualidad, hay gays en todos los ámbitos de la vida pública—. Yo te ayudaré a contarlo si lo necesitas.

—Los restaurantes a los que fuimos o la ópera no eran lugares muy apropiados. —Justifica que haya pospuesto su confesión; su temor es grande y cualquier excusa es buena para no hacerlo.

—No.

Nos dirigimos hacia la casa de su tía. Probablemente, allí se sentirá más libre para expresarse y poner cara de disgusto cuando Rodrigo se lo cuente. En la intimidad de su vivienda podrá regañarlo por tenerla engañada o criticarme a mí por participar en la charada, y no se enterará nadie, aunque alce la voz.

He respetado siempre el modo en el que Rodrigo ha abordado la cuestión de su orientación sexual delante de su tía. No comparto este teatro, aunque reconozco que ha habido momentos en los que casi he olvidado que estaba fingiendo y he disfrutado.

Recuerdo el vestido alquilado con el que fui a la ópera acompañando a Rodrigo y a su tía. Era muy elegante y me sentí la protagonista de una novela de amor, donde la chica sin recursos vive por unas horas el cuento de la Cenicienta.

Si por veinticuatro horas Rodrigo pagó un ojo de la cara, no me quiero imaginar qué precio tendrá el comprarlo nuevo en una de esas lujosísimas tiendas que venden diseños exclusivos caros. Las amigas de su tía, a las que conocimos en la entrada del teatro, llevaban ropas y joyas con aroma a fajos de billetes de quinientos euros. Entre su mundo y el mío hay menos puntos en común que los que seguramente encuentren una mujer esquimal y una masai.

—¿De qué te ríes? —Rodrigo me mira con la ceja izquierda elevada.

—De las joyas de bisutería que me puse para acudir al teatro, brillaban tanto que parecían de plástico.

—Estabas encantadora, Matia.

—Hice lo que pude, aunque me temo que no convencí a nadie. —Intenté hablar como ellas, pronunciando «cielo» como si la palabra se estuviera derritiendo en mi boca.

—Eres joven y guapa, no necesitas diamantes para impresionar, ocultarían tu belleza.

—Ni tú esconderte. —Rodrigo tiene un corazón tan grande que no le cabe en el pecho.

—Se lo voy a decir.

Mi amigo parece decidido. Si lo hace, ahí estaré para apoyarlo. Su tía Carolina tendrá que entenderlo. Quiere a su sobrino como si fuera su hijo, ese que nunca tuvo porque su difunto marido siempre estaba demasiado ocupado viajando por todo el mundo para aumentar la fortuna familiar.

Carolina no deseaba criar sola a su hijo, quería que tuviera un padre cerca y acordó esperar algunos años hasta que los dos hermanos pequeños de su marido alcanzasen la madures necesaria para compartir las obligaciones que suponía tener negocios en los cinco continentes. Lamentablemente, la espera fue breve, su esposo falleció en un vuelo de avioneta cuando sobrevolaba algún país centroamericano y dejó a Carolina desolada.

—Me parece bien.

—Y quedarás liberada, ya no tendrás que fingir que eres mi novia.

—¿Vas a cortar conmigo? —Compongo mi mejor carita de pena.

—Si me gustasen las mujeres, tú serías el amor de mi vida.

—No es verdad. Te fijarías en una mujer de un metro ochenta, delgada como un palo y con cara de no haberse comido un bocadillo de chorizo en su vida.

—Ja, ja, ja, me conoces mejor que yo mismo. Si alguna vez decido escribir mis memorias, te pediré consejo.

—Ayúdame ahora explicándome cómo vas a hacer para no dejarme como una mentirosa compulsiva delante de tu tía. Me cae muy bien, y no quisiera que se pusiera a gritarme o llamarme de todo menos bonita. —Lo entendería, pero no por eso me dolería menos.

—Carolina nunca haría eso. Para ella las formas son lo primero. Mi padre dice que siempre fue así; una mujer con estilo, que lucía impecable incluso en delantal y zapatillas blancas.

—Pero, según me contaste, tus orígenes son similares a los míos.

—Así es, mi abuelo emigró desde Galicia a Vizcaya para trabajar en las minas de hierro.

—Mi familia siempre ha estado vinculada al campo. Mis abuelos eran jornaleros y mis padres trabajan en una dehesa extremeña. Son los guardeses, y mi hermana y yo nacimos allí.

—Pero tenemos clase, nena; quizá no del tipo de la de Carolina, pero somos auténticos.

—En estos momentos parezco una vendedora de biblias. —Me siento disfrazada.

—No exageres. Mira, ya hemos llegado.

«Guau» es cuanto se me ocurre pensar al contemplar el lugar donde vive Carolina. La verja que rodea la propiedad se pierde a ambos lados. El hierro ha sido trabajado con meticulosidad y los majestuosos árboles que se funden con los barrotes son otro signo de la opulencia de la finca

—No imaginaba que pudiera ser tan rica.

—Es la casa familiar. Mi tío, al ser el mayor de los tres hermanos, tenía el disfrute de la casa. Cuando falleció la nombró heredera del patrimonio que había acumulado. Mi tía prefería que las empresas se mantuvieran en manos de los otros dos hermanos y llegaron a un acuerdo: ella disfrutaría de la casa mientras viviese y les vendería su participación en los negocios. Recibió a cambio varias propiedades en Madrid. Tiene locales en el centro arrendados de modo permanente y varios pisos en elegantes barrios residenciales de la capital.

Asombrada porque nunca he estado tan cerca de la riqueza con mayúsculas, observo el terreno mientras Rodrigo se baja de su Mini para avisar de nuestra llegada.

—Es preciosa —es cuanto puedo decir ante tanta belleza.

—Sí que lo es. —Rodrigo me observa divertido—. Yo que tú cerraría esa boca, se te va a descoyuntar la mandíbula. ¿No creciste en una dehesa? ¿A quién pertenece?

—A alguien rico que reside de modo habitual en Badajoz. Nunca he visto dónde vive. Suele llegar en su todoterreno, habla con mi padre dando un paseo por los campos, echa un vistazo a los toros y a los cerdos, y se marcha de nuevo.

—Entiendo. Yo he correteado mucho por este jardín y por eso lo veo con otros ojos. —Rodrigo aparca delante de la imponente casa de ladrillo rojo y grandes ventanales blancos, y se queda pensativo—. Me va a costar mucho encontrar el momento para decírselo. Me mudé a Madrid porque me pagó los estudios en la universidad. Desde entonces he pasado demasiados ratos con ella para saber que la voy a lastimar. Siempre me dice que verme casado con una buena chica sería cumplir su mayor deseo. Me quiere como a un hijo.

—Y tú también a ella, no habrías montado esta farsa si no te importase hacerle daño.

—Sí.

Sale expirando con fuerza el aire. Yo también quiero mucho a Rodrigo, por eso he aceptado actuar esta tragicomedia. La tarde se presenta complicada, pienso colocándome el bolsito de piel prestado por Ana y el pañuelo de falsa seda. Hasta ahora nuestros encuentros con Carolina se habían producido en escenarios neutrales; una cafetería, dos prestigiosos restaurantes y una ópera. El mayordomo que nos abre la puerta parece sacado de una novela de misterio de Agatha Christie y el interior de la casa el lugar perfecto para un asesinato a la hora del té.

—La señora los espera en el salón de verano; si me acompañan, por favor.

Si viviésemos en Rusia y necesitásemos llevar abrigos incluso en mayo, ahora mismo este envarado señor estaría recogiéndolos para llevárselos a un ropero. Camina con solemnidad hasta una puerta de doble hoja, que abre ceremoniosamente. Nos invita a que pasemos con un estudiado gesto de su mano izquierda y cierra con la misma eficiencia con la que ha abierto para dejarnos dentro de una estancia donde podrían entrar las tres habitaciones, el salón, la cocina y los dos baños de un piso de dimensiones muy razonables.

—Buenas tardes, tía.

—Hola, mi niño.

Aunque no es la primera vez que escucho a Carolina saludar así a su sobrino, me sigue asombrando que esas tres sencillas palabras puedan ser pronunciadas con tanta elegancia.

—Buenas tardes, Carolina. —Me acerco a las cristaleras donde la señora está sentada en un sillón orejero de suave piel marrón, contemplando el jardín.

—Hola, querida. He pensado que podíamos tomar el café aquí. —Me señala un sofá de dos plazas a juego con el que ella está utilizando—. Contemplar las flores y aspirar su aroma siempre es relajante.

—Por supuesto, tía.

El aroma de las flores se cuela por una de las ventanas que está entreabierta. Me acomodo obedientemente, contemplando todos los antiguos objetos que llenan las vitrinas. Hay mucha historia dentro de estas paredes y me sentiría cohibida si no fuera por la sonrisa de Carolina. Adora a Rodrigo y, como se supone que yo soy su novia, también tiene siempre una palabra amable que dedicarme. Cuando su sobrino le cuente que le gustan los hombres, va a poner otra cara muy distinta a la que ahora me mira con dulzura.

—¿Qué os ha parecido Rogelio?

—¿El hombre que nos ha abierto la puerta? Lo poco que he podido ver me ha gustado, me ha parecido muy eficiente.

—Sí que lo es, un descubrimiento. Tiene unos modales exquisitos y conduce el coche con suavidad. El anterior mayordomo parecía que tenía un tic en la pierna derecha, pisaba el acelerador con tal brusquedad que siempre terminaba mareada y con los pelos revueltos.

—¿Por eso ya no trabaja aquí?

—¡No, hijo! Después de tantos años ya me había acostumbrado. Conoció a una sevillana que había venido de visita a Madrid, se enamoraron y se ha ido a vivir con ella a Sevilla. ¡Con lo mal que aguantaba el calor el pobre hombre! Lo echo de menos, llevaba mucho tiempo trabajando en esta casa y preparaba los mejores pastelitos de crema del mundo, aunque reconozco que el cambio ha sido para mejor. Solo le puedo poner una pega a Rogelio —susurra Carolina, moviendo la campanilla de plata enérgicamente.

—¿Cuál?

—Es gay.

Ha pronunciado la palabra como si estuviera prohibida. Miro de reojo a Rodrigo, y su ceja elevada hasta una posición difícil de imaginar me confirma que le está costando mantener la compostura.

—¿Te lo ha dicho él? —No quiero imaginar los pensamientos que deben estar pasando ahora mismo por la mente de mi amigo.

—No, hijo, ni yo se lo he preguntado. Me lo ha contado la peluquera. Lo ha visto con su novio paseando por el Palacio Real. Incluso llegaron a besarse delante de todos.

—Hoy en día es habitual cruzarse con parejas de hombres o de mujeres. —Trato de echar un capote a Rodrigo, aunque estoy segura de que no caerá en un charco por la cara de condescendencia con la que me está mirando Carolina—. Tenemos compañeros que son homosexuales y mi profesora de zumba vive con su mujer desde hace diez años, formalizaron su unión y tienen dos niñas.

—Cuando yo era joven los rumores siempre circulaban; que si tal ministro tenía pluma, que si a la mujer del juez le gustaban mucho las sirvientas jóvenes, que si en algunos pisos del centro se organizaban orgías entre hombres... pero no se veía nada. Ahora hay hasta celebraciones donde los hombres apenas llevan ropa y se tapan sus partes con plástico negro brillante. Hacen movimientos obscenos de pubis y ni sé cuántas guarradas delante de todo el mundo. Eso no está bien, deberían ser más discretos.

Carolina toca la campanilla con elegancia, las puertas se abren y Rogelio entra como si levitase. Observo a la mujer que, como ha dicho Rodrigo, es una señora que sabe guardar a la perfección las apariencias y espera pacientemente a que se acerque el mayordomo, sin signos que delaten su opinión sobre los hombres que se sienten atraídos hacia otros hombres.

—Tomaremos el café aquí.

—Muy bien, señora.

Rodrigo me toma la mano y se la lleva a su boca para dejarme un beso que me hace intuir que nuestro noviazgo se prolongará hasta una fecha todavía indeterminada.

—¿No vas a probarte nada, Carolina? —Imagino que su respuesta será un «no» como el que he escuchado en los otros establecimientos donde hemos entrado.

—Quizá en otra tienda, aquí no hay nada de mi talla. —¿Para qué hemos entrado entonces?—.Te queda divino ese vestido, Matia. ¿Es nombre Matia? Nunca antes lo había escuchado.

—No, me llamo Matilde. —La tela de la falda se eleva cuando me giro—. Mi hermana es dos años menor que yo y no sabía pronunciar bien mi nombre, decía Matia. Todos me fueron llamando así y poca gente sabe mi auténtico nombre.

—Es bonito, Matia quiero decir, y el vestido también. Nos lo quedamos y también el conjunto cereza con las sandalias a juego.

La dependienta de la lujosa tienda sonríe encantada de la vida. Si trabaja a comisión, hoy ya ha amortizado el día.

—Carolina, agradezco mucho lo que estás haciendo. —No sé cómo decir, sin resultar descortés, que no me puedo permitir recibir estos carísimos regalos—. Pero no es necesario. Mi vida es muy sencilla: trabajar, acudir al gimnasio y de vez en cuanto ir al cine para ver una película o hacer alguna ruta por el monte.

—No me prives de estos buenos momentos, me hace ilusión verte con esas ropas tan bonitas.

He sido una ingenua al creer que mi improvisado atuendo podría despistar a una experta en buenos tejidos como Carolina. Sin poder remediarlo, me sonrojo y me encamino hacia el probador con la cabeza baja.

—Perdóname, no era mi intención ofenderte. —Escucho su voz a través del hueco que hay en la parte superior de la puerta—. Tu aspecto siempre es impecable y, aunque a mí no me lo pareciese, yo no soy nadie para decidir cómo debes vestirte.

—No me has ofendido. —Trato de darle un tono desenfadado a mi voz.

—Sin hijas a las que acompañar de compras y con una sobrina que no desea perder unas horas de su tiempo en mi compañía, me he aprovechado egoístamente de tu bondad. El regalo me lo estás haciendo tú, verte con esa ropa me recuerda a mí hace muchos años.

—Esta ropa es preciosa —la tranquilizo saliendo con el vestido en la mano—. Me encanta entrar en estas tiendas y tener entre mis manos estos diseños, pero he visto los precios y me parece un regalo excesivo. Además, ya me has regalado otro vestido, un bolso y un par de zapatos.

—El dinero no da la felicidad, aunque como decía mi madre ayuda bastante. Tengo más del que necesito y a un sobrino al que quiero como al hijo que nunca tuve. Estoy segura de que haría casi todo lo que le pidiera para complacerme, incluso probarse ropa de mujer. Es a mí a quien no me gustaría mucho verlo vestido con una falda de vuelo y una blusa de seda.

—A mí tampoco.

La imagen de Rodrigo, con su metro noventa y su cuerpo largo y delgado como un cirio de procesión, vestido con una falda de tul rosa me provoca un ataque de risa que contagia a Carolina, quien también se ríe comedidamente.

—Nada me gustaría más que continuar con nuestra tarde de compras. —Busca con la mirada a Rodrigo, que está sentado en un sofá con un refresco en una mano y su teléfono móvil en la otra. Está aburrido—. Quizá podríamos quedar en otra ocasión.

—¡Claro!

Estoy metida hasta el cuello en mi papel de novia de Rodrigo. Siento remordimientos por engañar a Carolina, y al mismo tiempo creo que mi mentira está haciendo feliz a una mujer mayor, que pasa demasiado tiempo sola en esa enorme mansión llena de recuerdos.

—Volvamos a casa, lo he pasado tan bien que he olvidado que soy demasiado mayor para casi todo.

Hago un gesto a Rodrigo para que se levante y ayude a su tía a salir del establecimiento. Para justificar el estratosférico precio de la ropa, la han envuelto en papel de seda de vistosos colores, metido en cajas de cartón dorado y depositado en dos enormes bolsas de lona con el logotipo de la marca.

Rogelio espera fuera con el clásico coche inglés estacionado en doble fila. Podría acostumbrarme a este tipo de vida, pienso riéndome para mis adentros, todo parece simplificarse mucho cuando el dinero deja de ser una variable en la ecuación de la vida.

—Yo iré en el asiento del copiloto para que vosotras dos estéis más cómodas.

—Como gustes, hijo.

Carolina trata de adaptarse al momento y sonríe a su sobrino. El ruido del motor del coche es casi inexistente y Rogelio conduce como si fuéramos sobre raíles. No me extraña que la mujer haya cerrado los ojos y apoyado la cabeza contra mi hombro, yo también estoy cansada después de probarme un montón de ropa y calzado. ¡No imaginaba que ir de compras pudiera resultar tan agotador!

Me quedo quieta como una estatua hasta que llegamos a las verjas de la mansión. Carolina parece estar profundamente dormida y prefiero despertarla poco a poco. El primer toque no produce ningún efecto, por lo que decido acompañar mi siguiente movimiento de mano sobre su pierna derecha con una llamada suave de voz.

—Carolina, hemos llegado, Carolina...

—¿Qué ocurre?

Rodrigo se gira y yo le hago gestos con mis manos para que comprenda que su tía se ha quedado dormida sobre mi hombro y no podré salir hasta que se despierte. Mueve la cabeza arriba y abajo para que sepa que lo ha entendido y saliendo rodea el coche antes que Rogelio.

—Tía, tía.

Los movimientos de Rodrigo son inútiles. Comienzo a pensar que algo no está bien. Toco las manos de Carolina; se ha quedado fría en los veinte minutos que hemos permanecido en el coche.

—Sal por tu lado, Matia, yo la sujetaré.

—Está bien —logro responder aturdida, no quiero que sea verdad.

—Llama a una ambulancia.

—Sí, ¿qué dirección les doy? —Los ojos de mi amigo están llenos de lágrimas.

—Su ayudante me ha enseñado las pastillas que tomaba. Mi tía padecía de una dolencia en el corazón.

—Lo siento mucho, Rodrigo. Era una mujer muy especial.

—Estoy bien, muy triste porque la quería mucho y la voy a echar de menos, pero estoy convencido de que se ha ido feliz. Cuando la he recogido y la he llevado a su habitación, su cara tenía un gesto de paz.

—Me dijo en la tienda que había disfrutado, que había sido una tarde especial. Cuando quieres a alguien el dolor no se anula por saber que esa persona vivió con alegría sus últimas horas. Es un consuelo que no haya sufrido, que no haya intuido su muerte, y ese pensamiento es el que hay que tratar de imponer al de la pérdida. Recordar su risa, su voz y el olor de su perfume, que por siempre quedará grabado en mi memoria.

—Te quería muchísimo.

—Y yo a ella. —Rodrigo me abraza brevemente; han pasado tres días, el dolor se ha suavizado—. Siempre estaré en deuda contigo, Matia.

—Lo he hecho encantada, conocer a Carolina ha sido toda una experiencia.

—Te tenía mucho cariño, eras la novia perfecta.

—Me gustó ser tu novia, ¿qué voy a hacer ahora? —Nuestra relación es especial, tenemos el mismo sentido del humor, al que siempre recurrimos cuando algo nos perturba y este es uno de esos momentos, el más difícil que hemos compartido desde que nos conocimos.

—Habrá que buscarte un novio, ¿cómo te gustan?

—La verdad es que no lo sé.

—Difícil me lo pones, Matia, muy difícil.

—Carolina te ha nombrado en el testamento.

—¿A mí? —Lo miro esperando a que se ría, pero no lo hace.

—Aquí solo estamos tú y yo.

Como otras muchas veces, Rodrigo y yo nos hemos quedado en la oficina a la hora del almuerzo para avanzar algo de trabajo. Un par de sándwiches con sus correspondientes refrescos serán nuestros aburridos tentempiés hasta que llegue la noche. Varias empleadas han tomado la baja por maternidad en los últimos diez días, una epidemia de gastroenteritis ha causado estragos en muchos trabajadores y las vacaciones de verano están a la vuelta de la esquina. Organizar al personal y contratar a trabajadores eventuales para cubrir las bajas y las ausencias por las vacaciones es un trabajo que requiere concentración.

—Ya... —le respondo convencida aún de que tiene que deberse a un error—, ¿y qué tengo que hacer? ¿Sabes por qué ha podido hacerlo?

—No, el notario me comunicó el día de lectura del testamento y me pidió tu número de teléfono para citarte. Le dije que yo te informaría, ya que acudiríamos juntos.

—¿Nombrar qué significa, que hay una parte del testamento donde se me nombra? —Definitivamente, Rodrigo está hablando muy en serio.

—Según tengo entendido, cuando el notario cita a alguien para la lectura de un testamento es porque está incluido en él. Carolina te ha dejado algo.

—¿Y tengo que ir? ¿Qué va a pensar tu familia? Creerán que soy una oportunista.

—Mi familia me conoce a mí y yo les he hablado en muchas ocasiones de ti. Ya saben que estarás en la lectura y les parece bien. Carolina era una mujer inteligente y estaba en plenas facultades mentales. Era libre para decidir a quién quería incluir en el testamento.

—¿Cuándo tendremos que ir?

—Pasado mañana a las seis de la tarde. No te pongas nerviosa, voy a estar a tu lado.

—Está bien.

En cuanto me hagan entrega de lo que sea que me haya dejado Carolina, se lo daré a Rodrigo. Saber que seré una propietaria fugaz hace que me sienta un poquito mejor.

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Capítulo 2

—No voy bien vestida.

—No es cierto.

—Lo dices porque ya no tenemos tiempo para volver a casa y coger el pantalón azul de trabajo y la blusa blanca.

—Con eso puesto parecería que ibas a hacer una demostración de un robot de cocina a los asistentes.

—Pero nadie llevará pantalones vaqueros —me quejo entrando en el lujoso portal donde tiene sus oficinas el notario.

—¿Apostamos algo? Cinco euros.

—No.

Cuando Rodrigo me incita a apostar siempre pierdo, y estamos a finales de mes, necesito el dinero. Con cinco compro la fruta que consumo en una semana, o los lácteos que suelo tomar de postre por la noche... Necesito esos cinco euros.

—Entonces, deja de agobiarme con la ropa que llevas puesta, estás bien.

—Lo siento.

Su tía ha fallecido, y solo a mí se me podría ocurrir quejarme como una niña pequeña porque no estoy a gusto con el modelo que he elegido. La ropa y el calzado que me regaló Carolina continúan en sus cajas, esperando el momento apropiado para estrenarlos. A un testamento se acude porque un ser querido ha fallecido y, según mi parecer, la ropa en ese acto no debe ser llamativa.

Me he probado los conjuntos en mi habitación, donde tengo un espejo en la parte interior de la puerta, y me he sentido extraña. Las telas son increíbles, la piel del calzado y del bolso es magnífica, y todo se ajusta a mi cuerpo como si hubiera sido confeccionado a medida. Siempre he llevado ropa barata, como la que usan millones de españolas, y este salto es demasiado largo, necesitaré un periodo de aclimatación.

Debería comprarme un conjunto de esos que los expertos en moda llaman «fondo de armario». Un pantalón negro de corte clásico y una chaqueta a juego. Tendría que ser algo que me pudiera poner con frecuencia porque mi economía no me permite comprarme algo para dejarlo en el fondo del armario.

Una tercera parte de mi sueldo se escapa en pagar mi cuota del alquiler del piso que comparto con Ana y Emilia. También envío dinero todos los meses a mi hermana para ayudarla. Está saldando a plazos la deuda que contrajo con Hacienda. Su socia en la peluquería la engañó diciéndole que abonaba religiosamente los impuestos, cuando en realidad se estaba quedando con el dinero para gastárselo en tatuarse.

Después de pagar el transporte público para acudir desde el sur de Madrid hasta el trabajo, el gasto mensual en comida y la cuota del gimnasio, el dinero que queda en mi cuenta bancaria aumenta a ritmo de caracol octogenario.

El ascensor se detiene, hemos llegado. Tengo las manos heladas, siempre me sucede cuando estoy nerviosa. Me las froto contra los costados del pantalón porque sé lo desagradable que es estrechar una mano fría y esa experiencia aumenta mi nerviosismo.

En la sala donde se va a proceder a la lectura del testamento conozco a los dos hermanos pequeños de Carolina. El padre de Rodrigo ha acudido con su mujer, y han presentado una carta enviada por el hermano de mi amigo disculpándose por no poder estar presente, ya que se encuentra en Shanghái por motivos de trabajo.

El tío de Rodrigo, el pequeño de la familia, no se parece a Carolina, a su hermano o a su sobrino. Todos son altos y esbeltos y morenos; Florencio es menudito, su piel es tan blanca que se distinguen las venas y sus ojos tienen un tono claro indefinido. Se casó mayor con una mujer colombiana y, aunque parece que su cuerpo tiene la vida justa para subsistir, ha tenido tres hijos pequeños con su joven esposa, que rezuma vitalidad por cada una de sus curvas.

Después de las presentaciones de rigor, tomo asiento aliviada por mi atuendo. La colombiana, con un nombre que no he conseguido retener, lleva vaqueros muy justos, sandalias de ante naranjas con tacones de aguja de diez centímetros, las uñas de los pies pintadas en color morado y una camiseta con brillos que deja al descubierto su hombro izquierdo.

Me ha dado dos besos sin que nuestras mejillas se tocasen y al acercarse he olido su intenso perfume. Sus manos brillan porque en sus larguísimas uñas hay piedritas de colores. ¿Cómo hará para ducharse o lavarse los dientes?

Florencio y su mujer viven en Barcelona; él trabaja en una compañía de seguros, ella se dedica a vivir lo mejor que puede. Aprovecharán el viaje para que sus tres hijos conozcan Madrid.

Los dos hermanos y Rodrigo aprovechan el momento para ponerse al día, ya que no suelen coincidir a menudo. La colombiana se muestra inmune a las correrías de los tres niños, que son como pequeños monos que se encaraman a los sillones y abren todos los cajones del escritorio del notario. Mucho me temo que, si este señor no entra pronto por la puerta, no va a poder dar lectura al testamento porque no va a quedar ni un papel en su sitio.

También están presentes en el acto de lectura del testamento la mujer que fue la ayudante de Carolina durante los últimos diez años y Rogelio, el actual mayordomo, quien incluso sentado en la ridícula butaquita de terciopelo que le ha tocado en suerte mantiene la espalda rígida como si estuviera de servicio.

Cuando la puerta se abre y entra el notario, los tres revoltosos chiquillos se quedan quietos. Un suspiro de alivio se escapa de la garganta del padre de las criaturas. No habríamos entendido nada con los tres terremotos, que se pegan y corren por la sala como si el espacio fuera el patio de un colegio a la hora del recreo.

Observo al hombre que pasa entre las sillas y butacas saludando con un apretón de manos muy correcto a todos los presentes. ¿Nació para ser notario o su profesión ha moldeado su físico hasta dejarle unos carrillos mofletudos y unas orejas grandes y carnosas? Se lo podría distinguir en una rueda de reconocimiento; tiene ese caminar pausado y trasmite confianza y lejanía al mismo tiempo como solo sabe hacer un notario.

Su presencia impone sin obligar y, cuando inclina su espalda y extiende la mano a los tres bribonzuelos para saludarlos como si fueran pequeños hombres, estos le corresponden con gesto de satisfacción al verse incluidos en tan solemne acto.

Toma asiento satisfecho por haber domado a los tres chiquillos con sus estudiados ademanes y abre la carpeta que traía entre las manos y que, por haber estado ausente en el momento de la recolocación de los papeles efectuada con eficiencia por los chavalines, se encuentra en perfecto estado.

Carraspea para aclararse la voz, y esa parece ser la señal esperada por los niños para iniciar un ataque sorpresa contra el notario. El mayor de los tres primos de Rodrigo se acerca corriendo y tira de los cuatro pelos que tenía fijados con gomina, con lo que le deja el tupé como si una gallina hubiera escarbado en su cabeza a la búsqueda de un jugoso gusano. El siguiente se desliza con increíble precisión y rapidez por el hueco de la mesa, le sube la pernera del traje, deja al descubierto los pelos de la pierna y le arranca dolorosamente un buen número de ellos. El aullido del notario es vulgar, ha perdido su fachada de profesional reconocido y ahora parece un predicador de esos que alaban al Señor a pleno grito mientras el coro canta góspel con frenéticos movimientos. El tercero y menor, al menos en altura, de los tres hermanos ya no tiene al alcance más pelos de dónde tirar, y se baja los pantalones para enseñarle al notario sus «cositas», como diría mi tía Serafina. Debe de haber practicado bastante en vista del grado de grosería con el que lo hace, ya que es idéntico al que exhibiría un veinteañero borracho después de pasar un fin de semana dentro de un summer festival.

—Usted perdone. —La colombiana se levanta contoneando sus generosas caderas como si estuviera en una pasarela de modelos de culos grandes, redondos y respingones.

—Estáis castigados

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