La sonrisa de Martina

Minerva Ros

Fragmento

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Capítulo 1

Había vuelto a ocurrir. Martina había entrado en su despacho para la habitual reunión de las nueve de los viernes y, a pesar del sueño acumulado, del cansancio y el estrés de aquella semana loca, era ver cómo le saludaba con aquellos ojos traviesos y los labios de color carmín y sentía el tirón de la erección en la entrepierna.

Por el amor de Dios, que apenas se había tomado el segundo café del día. Y que ya peinaba canas. Iba a cumplir cuarenta y seis en unas semanas, no era ningún adolescente con las hormonas descontroladas. Aunque lo parecía.

¿Cómo era posible que existiera en el mundo una boca así? La combinación era mortal. A pesar de ser una profesional bastante despiadada, Martina tenía cara de niña buena, unos enormes ojos castaños, que se maquillaba de forma sutil con un poco de perfilador y nada más, y aquella boca grande y deliciosa, muy fina en las comisuras y mullida hacia el centro, con el arco y el perfil tan definidos que parecían dibujados por un experto.

Y no es que solo fuera bonita de cara. Solía venir a trabajar con vaqueros y sencillas camisetas que, lejos de parecer inofensivas, a él le resultaban de lo más tentadoras. Era delgada, pero sus pechos parecían reclamar las miradas por su forma espléndida y su tamaño manejable, aun debajo de aquellas camisetas de rock y de mensajes incendiarios.

Porque no había nada en Martina que no fuera incendiario.

La había contratado hacía menos de un año para suplir el puesto de editor adjunto que había dejado vacante su socio al jubilarse, y ya había superado en muchos aspectos a su predecesor. Había buscado a la mejor, a ella, de quien había oído hablar en el mundillo mucho antes de conocerla en persona. A pesar de no pasar por mucho de la treintena, tenía más de diez años de experiencia, una formación académica excelente y el sueño de su vida, aseguraba, era precisamente ese: editar libros. Antes de que él la secuestrase en la presentación de un aburrido libro de cocina para llevársela a un bar y ofrecerle un mejor puesto con casi el doble de sueldo, trabajaba en una gran editorial, pero la tenían desaprovechada cribando manuscritos y dedicándose a tareas menores, como mantener al día el correo de contacto o hacer prácticamente de bedel en los eventos; y, aun así, lo hacía todo con tanta dedicación y excelencia que nadie podía hacerle sombra. Las ediciones de las que se había encargado, aunque eran secundarias, habían dejado con la boca abierta a más de uno. Tenía mucha creatividad y una intuición impresionante para localizar futuros éxitos. Y, lo mejor de todo, no se dejaba intimidar por nadie.

Ni siquiera por él.

Antes de Martina, Julio Basurto tenía fama de ogro: era profesional, directo e inaccesible, y precisamente por eso se había hecho con la publicación de grandes escritores, de dentro y fuera del país, y había conseguido que el pequeño sello editorial que fundó con Mario quince años atrás se hubiera convertido en una empresa sólida y con buena reputación. Aún eran una editorial mediana, pero aspiraban a mucho más, y habían sabido hacer movimientos inteligentes en los últimos tiempos. Y sabía que todo ello, en gran parte, había salido así porque con Julio no podía jugar nadie. Y por eso la actitud de Martina le sacaba de quicio del mismo modo que le excitaba tantísimo: porque ella sabía cómo jugar con él.

El resto del equipo entró en el despacho del jefe, que hacía las veces de sala de reuniones, y se distribuyeron en sus asientos acostumbrados. Martina estaba a dos sillas de él, entre Rosa, la de Publicidad y Marketing, y Agustín, el de Diseño. Hablaba con él en privado, riéndose a momentos, con las cabezas muy pegadas y en voz baja. Le molestó verla en una actitud tan íntima con otro, aunque sabía que ese sentimiento era completamente irracional. Se lo quitó de encima, como una mosca pesada, e hizo ver como que allí no pasaba nada.

Como ocurría siempre los viernes, hizo que todos le presentaran un breve informe de lo que habían hecho y lo que dejaban pendiente para la semana siguiente. Ordenó que se hablara con la distribuidora para poder adelantar el lanzamiento de la última novela histórica de Juan Hurtado, que siempre les ofrecía muchas ventas y no querían que se solapase con un lanzamiento similar de la competencia. Prácticamente todos los departamentos habían estado trabajando en ello, y ahora que ya estaba resuelto tenían que regresar a lo que habían dejado en el aire. Y coordinarse. No era tarea fácil. Y ahí fue donde Martina, de forma natural, tomó el mando de la reunión y empezó a administrar las tareas al equipo. Marketing, a probar la nueva estrategia en redes sociales, con informes diarios; Maquetación ya se podía poner las pilas con la tripa del libro de cuentos. Aún no habían llegado al verano y ella ya tenía en mente la campaña de Navidad y la de Sant Jordi del año siguiente. Siguió repartiendo, hablado, preguntando, y cuando en cierto momento Agustín le dijo que no tenía lista una prueba de portada y necesitaba un par de días más, Martina miró su tableta, donde tomaba notas vertiginosamente, y resopló unos segundos para situarse, haciéndose subir sin querer el flequillo.

Y otra vez notó Julio el tirón en la entrepierna, al verla resoplar, concentrada, haciendo su trabajo. Estaba enfermo.

—Bueno, estas cosas las podéis resolver luego, no me entretengáis más —dijo él de pronto, dando la reunión por terminada con un gesto incómodo de la mano y sorprendiéndolos un poco, aunque no demasiado. Al fin y al cabo, se trataba de Julio. Necesitaba quedarse solo. No, solo no—. Martina, quédate un momento.

Algunos de sus compañeros le dieron una palmadita de apoyo en el hombro, lamentándose de que se las tuviera que ver con «el Ogro», pero Martina sonrió, como si estuvieran de broma. Y eso a pesar de que le estaba viendo la cara de enfado.

Pero había algo en Julio que siempre le impedía tomarse en serio sus berrinches y rabietas, como les pasaba a los demás. Tenía malos modos, nada más. Por lo demás, era un gran jefe, y un gran editor. Y era tan atractivo que sentirlo cerca era un lujo, como estar en presencia de una escultura o un cuadro clásico, de esos que te quedas embobado observando en un museo en todo su esplendor. El esplendor de Julio Basurto era su pelo canoso y la barba bien cuidada que le daban un aspecto amenazante; sus rasgos rectos, caballerosos, que las gafas de pasta le enmarcaban a la perfección, y su porte esbelto y elegante sin necesidad de pasar por el gimnasio ni matarse a hacer deporte. La naturaleza había sido generosa con él, porque le encantaba comer, sobre todo en buenos restaurantes y largas sobremesas. Vestía de manera informal, siempre con vaqueros, jerséis y camisas de colores neutros y bien conjuntados; cuando le había visto en una ocasión vestido de traje de chaqueta negro para un evento, por poco no se le caen las bragas al suelo del impacto. Que estaba divorciado desde hacía años era de dominio público, pero más allá de eso la vida privada de su jefe no era en absoluto tema de conversación para Martina. Porque, del mismo modo, así se aseguraba de que su vida privada no lo fuera para nadie.

Ellos compartían trabajo; en realidad, el mejor trabajo que había tenido ella nunca. Y una poderosísima atracción sexual que, la verdad, más que incomod

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