Introducción
Kavi Delcanu es un joven profesional de la gastronomía de origen gitano que tiene un acomodado restaurante y una vida apacible en Chicago. Lejos de su familia, su rebeldía en torno a las costumbres de su etnia lo llevó a ser considerado un traidor.
Conviviendo con sus raíces, las que despliega en cada uno de sus platos, pretende mantenerse al margen de los negocios sucios de su padre. El asesinato de su hermano cambiará las cosas de lugar inesperadamente: Kavi sentirá la necesidad de reencontrarse con sus afectos y de reconstruir sus vínculos, además de entregarse al amor por primera vez en su vida.
Samantha Meyer es una novata periodista de Chicago, a quien aún no le ha llegado la oportunidad de desplegar su potencial. Trabajando en una reconocida empresa de telecomunicaciones, relegada a un lugar con poca relevancia, siente que aquel entusiasmo con el que había comenzado va en franco descenso.
Acosada por su jefe a cambio de promesas que Sam nunca ve concretarse, lo que en un principio fue un flirteo emocionante y transgresor se convertirá en una estafa emocional de la que la joven no es capaz de escapar... hasta que la oportunidad toca su puerta: deberá investigar a un joven gitano involucrado en el comercio ilegal de automóviles, lo que no solo le representará un enorme desafío profesional, sino una gran aventura amorosa de la que pretenderá salir ilesa.
La primera vez que me engañes será culpa tuya.
La segunda será culpa mía
(Proverbio árabe)
Capítulo 1
Pensó que la televisión era cruel, pero no podía culpar a los periodistas; ellos se dejaban llevar por lo que veían, y no por conocimiento de causa. La comunidad gitana, desprestigiada, tenía mala fama en cualquier lugar del mundo; no importaba si quienes formaban parte de ella trabajaban dignamente para solventar sus gastos o si estudiaban para ser mejores personas. No.
A menudo todo se reducía a un grupo de agitadores; bastaba que una familia cometiera un traspié para asociar a la totalidad de los gitanos al desorden público, a la mafia y a la estafa. Sin embargo, en su familia, eran pocos los que se podían jactar de pretender alejarse de las conductas más arcaicas; a punto de la expulsión, del exilio, él mantenía un hilo muy fino que lo conectaba con su clan. Con el clan Delcanu.
Desayunando muy temprano aquel jueves por la mañana con el informativo de fondo, Kavi untó las dos rebanadas de pan con un rulo de mantequilla y se sirvió su café grande. Metódico, estructurado, nunca cambiaba su rutina puesto que lo estresaban las sorpresas y los giros inesperados de timón; era en la gastronomía donde aplicaba toda aquella innovación, ese toque especial y distintivo que lo había llevado a tener su propio restaurante en una de las zonas más exclusivas de Chicago.
A trescientas millas de Detroit, su ciudad natal y uno de los estados más conflictivos del país, había forjado un destino distinto al mandato familiar porque para eso estaba su hermano mayor, Costel. Cambiándoles sus nombres en el colegio, tildándolos de revoltosos o incluso de retrasados por tener el romaní como lengua madre y no el inglés, habían crecido en un seno familiar en el que se conservaban algunas viejas tradiciones. En tanto que Kavi se avergonzaba y trataba de pasar desapercibido en la clase, Costel era líder, un auténtico Delcanu.
Comprometido con Jovanka (su prima segunda en términos sanguíneos), Costel y ella darían comienzo, en los próximos dos meses, a una etapa matrimonial que tan esquiva había mantenido el primogénito: sin ánimos de casarse tan joven, le había llegado el ultimátum. El estado de salud de su padre, Doma, había empeorado en el último tiempo y, para garantizar la continuidad del apellido, Costel deseaba darle su tan ansiado nieto varón.
Apresurando los planes de boda, este había pedido la mano de la joven y hermosa Jovanka a sus padres. Organizando un festejo fastuoso, como todo lo que lo rodeaba, las familias estaban felices.
Kavi pensaba en su futura cuñada como la víctima de unas costumbres tiranas y machistas, que se veía obligada a contraer matrimonio por un absurdo pero ancestral ritual.
—¿Qué haces tomando agua? —Palmeándole la espalda, Costel había bromeado con su hermano durante el festejo de compromiso, el sábado anterior.
—Debo conducir hasta Chicago: no puedo emborracharme —le respondió siendo consciente de su rol.
—Vamos, no seas flojo. ¿Por qué no te quedas esta noche y te marchas mañana? No creo que el domingo tengas algo demasiado interesante por hacer.
¿Cómo le hacía entender a su hermano lo que significaba la responsabilidad laboral? Costel nunca había tenido un empleo a tiempo completo más que el ir a presionar a algún sujeto que le debía dinero a su padre. Jamás había pasado siquiera dos días como peón en una obra en construcción.
Teniendo en cuenta que esta era una ocasión especial y que quizás ameritaba brindar con una bebida más espirituosa que el agua, Kavi sonrió de lado y le concedió el deseo a su hermano mayor. Marcó el contacto de Matty, su amigo y socio, para anticiparle que llegaría con los minutos contados a abrir su local gastronómico.
Conversando con familiares y amigos a los que no veía desde más de diez años atrás, las carcajadas y los tragos amenizaron la velada. Entre canciones que su hermano Costel interpretaba vocalmente y que sus primos Jenika y Bertold tocaban con sus instrumentos, debía reconocer que no la estaban pasando para nada mal.
No así fue el caso de la joven novia, quien mantenía su ceño contrito a pesar de que sus hermanas mujeres le insistían en que saliera a la pista en busca de su futura pareja.
Bella, de mirada enigmática y oscura como la noche, la joven Jovanka Liguri había crecido sabiendo que, a los dieciocho años, estaría casada con uno de los suyos y que, hasta entonces, debía conservarse casta y virgen hasta la noche de bodas.
Apenas vio a Kavi poner un pie en la casa de la familia Delcanu, las piernas le temblaron. Ella recordaba muy bien a aquel muchacho espigado que se había marchado de Detroit, rebelándose al destino impuesto con un coraje envidiable. Las mujeres, en su comunidad, estaban relegadas a ser madres, compañeras y esposas y, aunque ella deseara algo más, estaba confinada al arreglo entre jerarcas.
—¿Ese es Kavi, el hermano de tu prometido? —Laila, la que le seguía en edad, le preguntó con notable interés cuando este traspasó la puerta del patio trasero de la casa familiar de los Delcanu. De cabello largo, sujeto en un moño desprolijo, y más musculoso que a sus dieciocho, fue blanco de miradas nada disimuladas.
—Así parece. —Sujetando su vaso de limonada, la mayor lo analizó por sobre sus pestañas.
—Es una pena que haya nacido dos años después que Costel; en caso contrario, hoy no tendrías este rostro amargado. —La de dieciséis años se mofó de su hermana. En un juego tonto de sonrisas cómplices, ellas pasaron el rato, esperando que el destino jugara sus cartas.
Costel era un muchacho de físico intimidante; moreno como su padre, de torso bien formado y tatuado en ambos brazos; estaba vestido como un gitano de pura cepa, con camisa de color rojo sangre y con pantalones negros de sastre. Se distinguía por su histrionismo y por su voz gruesa y resonante al momento de hablar.
Jovanka no era ajena al comentario de las muchachas de su edad; la noticia de su compromiso había impactado en el seno de varias familias que deseaban a Costel como partido para sus hijas mujeres.
El pedido de mano había sido bonito y convencional en la casa de los Liguri. Luego, el compromiso se hizo público al resto de los familiares y amigos que habían sido convocados esa noche.
Kavi ingresó a su casa paterna, ligeramente cambiada desde la última vez que había viajado dos años atrás, y fue saludado con afecto, lo que despertó cierto recelo por parte de su hermano, quien debió resignar por un instante ser el centro de atención.
Kavi platicó sobre su restaurante en Chicago, de lo mucho que añoraba ir a un juego de hockey sobre hielo y de su soltería eterna, causa de envidia ajena.
—No se dan una idea de cuánto desearía poder saltar de cama en cama nuevamente. —Irwin, uno de sus primos, suspiró antes de empinar el codo y beber de su cerveza Corona. Casado hacía diez años con Helena, su matrimonio no pasaba por su mejor momento. Todos rieron a la par.
Kavi llevó sus ojos hacia los de su cuñada, a quien sorprendió mirándolo. Animado por el alcohol, siendo parte de esa minoría que estaba en desacuerdo con muchas de las tradiciones, el joven se acercó a la chica con una cerveza negra en la mano.
—Has conseguido el pez gordo. —Intentó hacerla reír con el objetivo de que perdiera ese frunce estacionado entre sus cejas. Lejos de conseguirlo, ella tragó fuertemente sin abandonar su rictus—. Perdóname, quería sacarte una sonrisa —reflexionó sin apartarse de su lado, reconociendo la belleza de la muchacha; si bien era parte de la familia, los doce años de diferencia entre ambos eran notorios cuando él se había marchado de su casa apenas había finalizado sus estudios secundarios.
—Así que está entre nosotros el famoso Kavi. —Ella elevó una ceja, y le clavó una mirada sardónica, que por fin logró reconfortarlo—. Te recordaba... distinto. —Curvó sus labios carnosos, pintados de rojo, en un simpático mohín.
—Ah, ¿sí? ¿Y cómo me recordabas? —Enredado en un seductor juego de preguntas, tuvo miedo de morir degollado.
—Más delgado y con el cabello apenas rozándote los hombros. Tampoco tenías esa barba tupida —replicó con gran memoria. El rubor en torno a sus mejillas delató que, desde muy pequeña, él le había llamado mucho la atención.
Introvertido, interesado por la poesía y dueño de un atractivo singular, cualquier mujer con sentido común caería a sus pies. Jovanka no era la excepción, aunque bien sabía que su destino estaba signado a otro de los hermanos del clan, y no junto a ese hombre de tez dorada, ojos oscuros y cabello castaño con ligeros tintes rojizos, que brillaban a la luz del sol.
—Tú también estás muy cambiada.
—Tengo doce años más que la última vez que nos topamos en lo de la abuela Nínive; es lógico —explicó, con inteligencia, sobre todo teniendo en cuenta que para ese entonces era una niñita.
La música de fondo y el zapateo concluyeron dejándolos sumidos en una incómoda intimidad; solos, en un rincón, inspiraron al unísono para cuando Costel se les acercó y, capturando la mano de su prometida en actitud posesiva, la llevó casi a la rastra al centro del patio de la vivienda familiar.
Llamando a silencio a los invitados, el mayor de los Delcanu comenzó con su discurso e, inmediatamente, todos callaron para escucharlo.
—Buenas noches a todos. —Sosteniéndola con fuerza, se mostraba entusiasmado y con unas copas de más—. Como es de público conocimiento, Jovanka y yo nos hemos comprometido el pasado miércoles. —Sus amigos vitorearon su nombre, como estaban acostumbrados a hacer cuando se juntaban a apostar en las peleas ilegales. Elevando el brazo de la chica, zamarreándolo, Costel la obligó a exhibir la sortija con un brillante en el medio—. Desde este momento, puedo asegurarles que, después de dar el sí ante Dios, comenzaremos a buscar el heredero. —En tanto que la vergüenza trepó por el rostro de su futura esposa, el orgullo machista le infló el pecho. Kavi sintió una desagradable sensación en su estómago y recordó por qué había estado tanto tiempo fuera de casa.
Los alaridos de los bravucones de sus amigos, que opacaban las felicitaciones genuinas de los presentes, el júbilo de Doma y Lily Delcanu y de Michael y Myrna Liguri, sumados al alcohol que pasaba de una mesa a la otra, hicieron que la fiesta se extendiera hasta tarde y que Kavi, quien había trabajado los días previos al sábado del festejo, notara el cansancio.
Bebiendo un poco más, ayudando a su hermana y a su madre a recoger los desperdicios, Kavi les dio un beso en la frente y se escabulló entre los invitados, bajo protesta de ambas, para marcharse a un hotel en el centro de la ciudad, con la promesa de volver a la mañana siguiente, antes de emprender regreso a Chicago.
Sin embargo, todavía quedaba tiempo para una sorpresa más: Jovanka lo esperaba de pie al lado de su motocicleta.
—¿Huyendo? —Pavoneándose bajo su vestido rojo ceñido a las caderas y cruzado sobre el pecho, se le acercó peligrosamente.
—Algo así. —Quitando el candado de la motocicleta asida al poste del alumbrado callejero, sonrió de lado, un tanto incómodo.
—Vendrás a nuestra boda, ¿cierto?
—Aunque siga sosteniendo que no me gustan este tipo de uniones, sí, lo haré porque Costel es mi hermano y será un momento importante para él. —Se ajustó el casco, jalando de la hebilla bajo su mentón, esquivándole la mirada.
—A él solo le importa consentir a tu padre y hacerse el macho alfa frente al resto.
Kavi elevó los hombros, sin respuesta que sopesara la tristeza de esa hermosa chica de afligido semblante.
—Me gustaría tener tu valentía... te he admirado desde siempre. —Jovanka era seductora a pesar de su inexperiencia.
—Nunca es tarde.
—No puedo apartarme de mi familia, de mis hermanas...
—Supongo que para los hombres es más fácil. Somos indomables por naturaleza. —A punto de montar su vehículo, ella le rodeó la muñeca con la mano. Kavi notó unos dedos delgados y largas uñas pintadas de rojo, a juego con un par de labios prometedores que pedían algo más que compasión.
—Llévame contigo, lejos. ¡Escapémonos! —Su ruego fue desesperante. Jovanka quería evitar ese entorno opresor para fugarse con el hombre al que había amado a escondidas del mundo. Una foto familiar la aferraba al recuerdo de ese muchacho que tenía frente a ella, al dueño de sus sueños precoces y con tanta diferencia de edad.
—¿Estás loca? —Delicadamente él se quitó la mano de encima.
—Nadie nos vería; todos están dentro de la casa y muy alcoholizados. —Puso los ojos en blanco—. Vamos... No perdamos tiempo, ¡por favor! —imploró.
—¿Tú quieres que mi hermano me asesine y que tu padre me cuelgue de las pelotas?
—Quiero irme contigo. Ellos no me importan —repitió, pero en esa oportunidad lo hizo con tono firme, como si él tuviera alguna clase de obligación para con ella.
—Lo siento, Jovanka, no puedo. No es justo para ninguno de nosotros. —Kavi, sin galantería, hizo rugir el motor de su Harley, y se marchó lejos.
A partir de esa noche, durante las cinco siguientes, no pudo dormir tranquilo por la culpa, por el remordimiento de no haberla rescatado de su destino.
Meneando la cabeza, quitándose de sus pensamientos a la que sería su cuñada en pocas semanas, apagó el televisor, acallando las voces que hablaban de un episodio policial que involucraba a la comunidad gitana.
Vaya coincidencia...
Capítulo 2
Algo disperso a causa del matrimonio de su hermano, se propuso ignorar el llamado de su mente, aquel que le sugería regresar a Detroit para rescatar a Jovanka de su familia y llevarla a un motel para comenzar de cero como pudiera, no junto a él, sino valiéndose por ella misma.
Sin embargo, Kavi sabía que la chica no se contentaría con escaparse: la joven lo deseaba y él lo había leído en sus ojos, en el batido insistente de sus pestañas oscuras y largas, y en sus claras insinuaciones.
La muchacha nunca había salido de su seno familiar; tenía solo dieciocho años y, a pesar de sus provocaciones, él no podía exponerse a un affaire con la futura esposa de su hermano ni darse el lujo de enredarse con ella y no prometerle nada, del mismo modo que solía hacer con todas sus conquistas amorosas. Kavi no era de los que preferían a una mujer sumisa, que lo complaciera sin condiciones: él se dejaba atraer por las de carácter en la cama y fuera de esta.
Concentrándose en su restaurante de autor, debía delinear el menú de ese fin de semana; dedicándose a los platos típicos de la comunidad gitana, había logrado una gran cantidad de adeptos y clientes que concurrían frecuentemente a su restaurante.
Hacía poco más de cinco años había montado aquel local gastronómico en el área de West Town, una zona cosmopolita donde encontraba toda clase de tiendas, con calles repletas de turistas.
Especializándose en las finanzas, no fue sino en la gastronomía donde encontró su pasión; comprando esa propiedad de dos plantas y media estructuralmente sólida, pero en un estado de conservación pésimo, supo reconvertir un espacio degradado en una joya urbana.
Gastando todos sus ahorros, los que provenían de diversos trabajos —algunos mejores pagos que otros— y de parte del dinero con el que su madre le colaboraba cada mes, recuperó ese macizo de concreto y enormes ventanas de las garras del olvido y de la desidia.
Con ayuda de Valerie, su amiga arquitecta, y de la cuadrilla de obreros que ella comandaba, destinó la planta inferior para concretar su sueño gastronómico, en tanto que desarrolló su vivienda en la planta y media restante. Apenas vio los resultados de la reforma, se enamoró aún más de ese sitio.
De gruesas vigas y columnas de hormigón visto, losas en crudo y sin muros que obstruyeran la fluidez espacial, los amplios ventanales se llevaban toda la atención: se extendían casi de piso a techo, y no había sitio en la casa que quedara en penumbras.
Haciéndose conocido en el vecindario a fuerza de publicidad en las redes, repartiendo panfletos en cada esquina de la ciudad y con su amigo Matty como único camarero, lavacopas, cantinero y socio minoritario, comenzó a transitar un camino de esfuerzo que finalmente tuvo reconocimiento.
A medida que el negocio prosperaba, contrató a dos meseros, Brett y Mel, para que Matty descollara con sus trucos y desplegara su simpatía y su seducción en la barra. Hizo lo propio con un cocinero profesional, Pat, quien ayudaría a Kavi a perfeccionar los conocimientos y prácticas gastronómicas adquiridos en diferentes institutos de cocina.
Ocupando el rol de dueño casi con exclusividad, la economía mejoró a pasos agigantados, lo que le permitió renunciar a la remesa que le entregaba su madre a escondidas de Doma. Desde el momento en que Kavi se había marchado a Chicago para estudiar, su padre lo consideró un traidor.
Con poco dinero y con muchas ilusiones, apenas puso un pie en aquella ciudad, tuvo que aprender a vivir con cinco compañeros de piso para aprovechar sus ahorros al máximo. Cada centavo que su madre le enviaba lo guardaba celosamente para invertirlo en su sueño, tal como ella deseaba que fuera.
Obteniendo un préstamo bancario, el resto fue historia y, por fin, sintió tocar el cielo con las manos. Kavi anhelaba sentar a su madre en alguna de las mesas, que degustara uno de sus platos y le diera su visto bueno.
Mantenía vivo el recuerdo de su abuela de sangre francesa junto a su madre cocinando en la casa familiar de Detroit; era imposible no enamorarse de sus platos. En su hogar nunca faltaban los invitados, familiares o no, que coparan la mesa llenándola de algarabía, de bromas y de alguna que otra discusión, sobre todo cuando fueron mayores.
Costel siempre había sido el consentido de su padre, el mayor, el heredero. Luego estaba Kavi, introvertido, soñador y con una veta poética que Doma siempre había rechazado, pero que su madre avalaba; en tercer lugar, y como preferido de Lily a la vista de sus hijos mayores, apareció Killian, el gran dibujante y ebanista; y, por último, la pequeña y esperada niña, Malen. Con solo dos años de diferencia entre cada uno de los varones y con una larga pausa entre ellos y Malen, el hogar nunca estaba en silencio.
Habiendo recibido algunos proveedores bien temprano por la mañana, Kavi organizó las despensas y se frotó las manos; Delcanu Gourmet trabajaba de jueves a domingo con un ritmo desquiciante y motivador.
Salió a correr por la ciudad, aprovechando que el sol asomaba después de cuatro días de copiosa lluvia otoñal y, para cuando regresó, la máquina contestadora le devolvió un mensaje de Mel, su camarera, en el que le pedía con tono angustiante que se comunicara con ella en cuanto le fuera posible.
Alistando aquello como pendiente, tomó una ducha, almorzó algo liviano e involuntariamente dejó el tiempo correr cuando recordó la llamada que debía devolver.
—¿Estás de broma? —La chica lo contactaba por noticias poco gratas.
—Lo siento, Kavi, pero Walt necesita estar con su familia. —Del otro lado de la línea, Mel le confirmó que debían marcharse a Texas inmediatamente; la madre de su esposo estaba transitando los últimos meses de vida.
—Lo siento, discúlpame, no quería comportarme como un egoísta. —El jefe bajó los decibeles comprendiendo que no era el ombligo del mundo y que la gente tenía peores dramas que buscar una camarera de urgencia—. Mel, siempre habrá un lugar aquí para ti si deseas regresar.
—Gracias; a veces te comportas como un granuja, pero en el fondo eres un hombre increíble. —Aquello le arrancó un resoplido a desgano al gitano—. Te llamaré en cuanto regresemos a Chicago.
—Espero que todo salga bien, linda, y entrégale mis saludos a Walt.
Saludándola amistosamente, prometió hacerle la liquidación de lo trabajado hasta entonces y depositárselo cuanto antes. Tras haber colgado, presionó sus sienes con enfado. Estos cambios de último momento lo ponían de mal genio, y mucho más cuando se relacionaban con el trabajo.
Eran las cinco de la tarde; faltaban dos horas para abrir al público y se encontraba sin una empleada vital para que todo funcionara correctamente. Llevando sus manos hacia el techo, como si se pudiera conectar con algún ser divino, él no tenía en sus planes contratar a alguien de un día para el otro sin haberlo puesto a prueba, por lo que ese fin de semana decidió ocuparse en persona de colaborar con Brett. Era principio de mes, momento de mayor concurrencia al restaurante y, por ende, tendría que dejar su papel de jefe supremo para estar en el salón con la gente.
Anticipando a sus empleados las novedades del día, se propuso escribir un cartel que pegaría en la entrada de Delcanu Gourmet: «Se busca mesera/o con experiencia no inferior a tres años en el rubro y con referencias comprobables. Presentarse aquí el martes a las 18.00».
Obsesivo con el tamaño de la tipografía, centrando el texto, tardó más de lo previsto en imprimir un simple pedido de personal. Mientras buscaba cinta adhesiva, su móvil sonó: era su madre. Roló los ojos y llenó las mejillas de aire para desinflarlas de a poco, aunque reconoció que, seguramente, era algo importante, teniendo en cuenta la hora. Lily Delcanu era cuidadosa con los horarios, a sabiendas del funcionamiento del negocio de su hijo. Ella, desde Detroit, limpió su nariz y continuó esperando que su segundo hijo la atendiera.
—Hola, madre, ¿cómo estás? Disculpa, pero no puedo hablar mucho, estoy por...
—... ¡Lo mataron!... —Interrumpiéndolo, gritó al teléfono sin poder contenerse. No medió un saludo de cortesía, sino tan solo dos angustiantes palabras salidas desde el fondo de su pecho herido.
—¿Qué? ¿A quién? ¿De qué hablas? —Una pregunta le sucedió a la otra casi sin respiro.
—Lo mataron... Fueron esos tipos...
—Mamá, por favor, tranquilízate y dime a quién mataron.
—A tu hermano. A Costel.
A Costel, al heredero del clan.
Una horrible sensación acalambró sus músculos; no solo moría el hijo de su madre, sino también su hermano, aquel que solía pedirle ayuda en literatura a cambio de hacer sus ejercicios de química. El mismo al que le había enseñado a montar en bicicleta sin ruedas auxiliares. Aquel que lo había defendido una noche cuando, regresando de un boliche, habían querido asaltarlo. Su hermano mayor había evitado que lo lastimaran con una navaja, recibiendo, mal que le pesara, una cuchillada, cuyo saldo fue la pérdida del bazo.
Desde chicos, el pequeño Costel se ganaba los aplausos de la familia; histriónico, afectuoso por demás y temperamental, era el primogénito del matrimonio Delcanu y, sin dudas, el que mejor se desempeñaría como sucesor de su padre.
Aun estudiando a regañadientes, obtenía muy buenas calificaciones; por el contrario, Kavi y Killian debían esforzarse al máximo para conseguir un sobresaliente. Los dos muchachos menores habían crecido en un hogar del que, supieron, escaparían apenas les fuera posible.
Su padre, Doma, era dueño de un taller mecánico que atendía a cualquier hora, y arreglaba desde el farol de un Audi hasta el parachoques de uno de segunda mano, desvencijado y sin motor. Pero eso acaso no era lo que siempre había llamado la atención de los muchachos más pequeños de la casa, sino el escuchar el ruido de las máquinas que descuartizaban vehículos a altas horas de la madrugada.
En tanto que Kavi había decidido estudiar economía en la Universidad de Illinois gracias a una beca y compartir la renta de un apartamento estudiantil, Killian probaría suerte en Canadá.
Más intrépido que sus hermanos mayores, el menor de los varones se marcharía con una enorme mochila a sus espaldas dispuesto a experimentar la naturaleza del país del norte.
Con los dedos tensionados, sujetando su móvil, Kavi no podía dar crédito a lo que decía su madre.
—Mamá... ¿Cómo que lo mataron? Cuéntame bien qué es lo que ha sucedido; ¡no entiendo nada! —exigió con la voz rasposa.
—Vino su amigo Farruk a decirnos que los habían emboscado a la salida de esa casa de juegos a la que iba todos los jueves por la mañana... Fue hace unas horas —Ella mencionó a su mejor amigo, un muchacho treintañero como su hijo y que vivía haciendo negociados con la policía local desde los once años—. Lo han asesinado a sangre fría; tenía más de diez disparos en el pecho, hijo. —La mujer no tenía consuelo, desdichada. Kavi no podía ni siquiera imaginar el dolor desgarrador de su pérdida.
—¿Y ahora?
—Necesito que estés aquí; a las diez de la noche comienza el funeral. La autopsia finalizará en breve. Mañana, a primera hora, hemos decidido llevar sus restos al cementerio —detalló con un nudo en la garganta.
Kavi no podía fallarle a su madre. No a ella, a la única que había confiado en él y que lo apoyaba en todos y cada uno de sus emprendimientos, incluso a expensas de enfrentarse con su esposo.
—Sí... Sí... —exhaló sabiendo que debía estar presente—. Tengo que hablar con Matty, delegarle el restaurante... O no sé... Quizás tenga que cerrar por estos cuatro días. —Se revolvía el cabello oscuro, pensando en voz alta.
Guardaría unas pocas pertenencias en un bolso y viajaría en taxi hasta Detroit, según meditó. No creía estar lo suficientemente descansado como para ir con su motocicleta.
—No te demores, por favor. —Gimoteó ella, aferrada al teléfono en la sala de la casa familiar.
—Lo prometo —respondió, y se obligó a preguntarle por el jefe del clan—. ¿Y papá? ¿Cómo se lo ha tomado?
—Mal. Quería salir a disparo vivo de aquí; he llamado a su médico. Su presión arterial está por las nubes y, sinceramente, temo que cometa una locura.
—¿Sospechan quién pudo haber asesinado a Costel? —susurró con cuidado, suponiendo que todavía la investigación estaba en pañales.
—Farruk sostiene que fueron Alexi y Nikola, pero solo vio a dos tipos con el rostro cubierto —nombró a los hijos del clan enemigo.
Kavi rascó su nuca, mordiéndose el labio con insistencia. Tendría una larga jornada por delante, y no solo eso: debía llamar a sus empleados, decirles que no se presentaran a trabajar y pegar el cartel de «Cerrado por duelo» durante todo ese fin de semana.
Asegurándole nuevamente a su madre que saldría en unos minutos, se puso manos a la obra: llamó a Leslie, su paño de lágrimas y algo más en sus momentos de soledad, para notificarla de la tragedia.
—¿Por qué no suenas dolorido? ¡Era tu hermano! —Ella sabía que las relaciones familiares eran delicadas para Delcanu. Aun así, Kavi se preguntaba por qué no se permitía llorar desconsoladamente como lo hacía su madre. En la respuesta que le dio a su amiga segundos después, obtuvo una explicación lógica e inesperada.
—Porque creo que en mi interior siempre imaginé que tendría un final así. —Tragó fuertemente, a sabiendas de las andanzas de Costel.
—Yo pienso que estás en shock. —Suavizó la teoría de su amigo.
—Gracias por hacerme sentir menos culpable por tener un corazón de piedra. —Ambos sonrieron a desgano.
—Los dos sabemos que no es así, pero supongo que no es momento de discutir. —Kavi respiró aliviado puesto que siempre acababa perdiendo la batalla en manos de esa chica genial con la que había noviado solo por dos meses apenas había llegado a la ciudad y con la que, como amigos, habían funcionado mucho mejor.
Leslie Tucker era ácida y frontal; solía tener la palabra justa cuando él la necesitaba, y por eso acudía a ella en momentos límites como ese.
Enredándose cuando sus cuerpos requerían desahogo sexual, tanto la pelirroja de enormes ojos verdes como él acordaban encuentros casuales para saciar sus bajos instintos. Sin segundas intenciones más que pasarla aceptablemente, habían delineado un buen plan que no los dejara en desventaja: ella sabía que él le escapaba al compromiso y él, que la azafata buscaba diversión.
A diferencia de Kavi, Leslie se encontraba en pareja estable desde hacía más de dos años, por lo que actualmente ocupaba el casillero de amiga y confidente, quien a menudo criticaba la perspectiva de Kavi con respecto a la soledad. Radicada en Nueva York, había pasado mucho tiempo desde que se habían visto por última vez.
El experto en gastronomía nada quería saber con una relación que lo tuviera atado; demasiado abocado a su trabajo, a su restaurante, solo necesitaba alguna chica disponible para pasar una noche y ya... Y eso jamás lo cambiaría por nada.
Capítulo 3
—... ¿Y? ¿Cómo estuve? —Nate preguntó desde el baño de esa mediocre habitación de hotel. Vanidoso, se miraba al espejo, arreglando su cabello rubio con algunos hilos color plata—. ¿Samantha? —Su voz serena cambió a una más potente.
—Oh, sí, has estado genial, como siempre. —Abrochándose los botones de la camisa, de espaldas a él, Sam bajó la mirada hacia sus pies. Él no había estado para nada bien; por el contrario, solo se limitaba a ser atendido y era grosero en su modo de exigirle más.
Pero a Nate Johnson nadie podía decirle la verdad. Él era uno de los hombres más poderosos de Chicago y, por supuesto, infalible en cualquier aspecto de su vida, incluido el sexo.
—¿Mañana a las siete está bien? Kelly tiene que buscar a las niñas de sus clases de danza, así que solo estaré disponible por media hora. Tengo una buena noticia para darte. —Mencionando a su esposa e hijas menores, le hacía un lugar en su atareada agenda.
