Título original: The Devil in Winter
Primera edición: septiembre 2010
Traducción: Laura Panedes
© 2006 by Lisa Kleypas
© Ediciones B, S.A., 2010
© Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)
© www.edicionesb.com
ISBN: 978-84-666-4586-7
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Para Christina, Connie, Liz, Mary y Terri, cuya amistad ha hecho vibrar mi corazón.
Os querré siempre.
L. K.
Contenido
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Epílogo
1
Londres, 1843
Mientras observaba entrar a la joven que acababa de recibir en su casa de Londres, a Sebastian, lord St. Vincent, se le ocurrió que tal vez se había equivocado de heredera en su intento de rapto la semana anterior.
Aunque el secuestro figuraba desde hacía poco en su larga lista de infamias, debería haber sido más inteligente. Para empezar, habiendo escogido una víctima menos enérgica. Lillian Bowman, una briosa heredera americana, se había resistido con uñas y dientes hasta que su prometido, lord Westcliff, la había rescatado.
Viéndolo con perspectiva, elegir a Lillian había sido una estupidez, aunque en aquel momento le hubiera parecido la solución ideal a su encrucijada. La familia de Lillian era rica, mientras que él, pese a su título nobiliario, sólo tenía dificultades financieras. Y además prometía ser una amante entretenida, con su belleza morena y su carácter explosivo.
En cambio, la señorita Evangeline Jenner, aquella muchacha de aspecto dócil, no podía ser más distinta. Sebastian repasó rápidamente lo que sabía de ella. Era la hija única de Ivo Jenner, propietario del conocido club de juego londinense. Aunque la madre de Evangeline descendía de una buena familia, su padre era poco más que escoria. A pesar de su ignominioso linaje, Evangeline podría haberse casado bien si no hubiera sido por su terrible timidez, que le provocaba un tartamudeo mortificante. Sebastian había oído a algunos hombres asegurar que preferirían flagelarse la espalda a mantener una conversación con ella. Sebastian, por supuesto, había hecho todo lo posible por eludirla. No había sido difícil. La tímida señorita Jenner acostumbraba esconderse tras las columnas en los salones. Nunca habían cruzado palabra alguna; circunstancia que había parecido conveniente a ambos por igual.
Pero ahora no tenía escapatoria. Por alguna razón, ella había considerado oportuno presentarse en su casa inopinada y escandalosamente tarde. Y para que la situación resultara todavía más comprometida, no iba acompañada, cuando pasar más de un minuto a solas con Sebastian bastaba para arruinar la reputación de cualquier chica. Era libertino, amoral y perversamente orgulloso de ello. Destacaba en la ocupación que había elegido (la de seductor incorregible), y había alcanzado un nivel al que pocos calaveras podían aspirar.
Sebastian se arrellanó en su butaca mientras observaba con una ociosidad engañosa cómo Evangeline Jenner se acercaba. La biblioteca estaba a oscuras salvo por un pequeño fuego en la chimenea, cuya luz parpadeante acariciaba la cara de la joven. No aparentaba más de veinte años, y tenía un cutis lozano y unos ojos llenos de inocencia. Sebastian nunca había valorado ni admirado la inocencia, antes bien, la desdeñaba.
Aunque lo más caballeroso habría sido que se levantara, no parecía demasiado importante mostrar buenos modales dadas las circunstancias. Así que señaló la otra butaca que había junto a la chimenea con un movimiento de la mano.
—Siéntese si quiere —dijo—. Aunque yo en su lugar no me quedaría mucho rato. Me aburro enseguida y usted no tiene fama de conversadora estimulante.
Su grosería no inmutó a Evangeline. Sebastian no pudo evitar preguntarse qué clase de educación la habría vuelto inmune a los insultos, cuando cualquier otra chica se habría sonrojado o echado a llorar. O era tonta o muy valiente.
Evangeline se quitó la capa, la dejó en el brazo de la butaca tapizada de terciopelo, y se sentó sin gracia ni artificio.
«Una de las floreros», pensó Sebastian al recordar que era amiga no sólo de Lillian Bowman, sino también de su hermana menor Daisy y de Annabelle Hunt. Las cuatro muchachas habían permanecido sentadas en numerosos bailes y veladas toda la temporada anterior sin que nadie las sacara a bailar. Sin embargo, parecía que su mala suerte había cambiado, porque Annabelle había encontrado marido por fin, y Lillian acababa de atrapar a lord Westcliff. Sebastian dudaba que la buena suerte se extendiera a esa muchachita tan desgarbada.
Aunque tentado de preguntarle por el objeto de su visita, temió que eso provocara un tartamudeo prolongado que los atormentaría a ambos. Así pues, esperó con paciencia forzada mientras Evangeline parecía darle vueltas a lo que iba a decir. Mientras el silencio se prolongaba, Sebastian la contempló al agitado resplandor del fuego y se percató, con cierta sorpresa, de su atractivo. Nunca la había observado y sólo tenía la impresión de que era una pelirroja desaliñada con mala postura. Pero he aquí que era una muchacha preciosa.
Apretó la mandíbula pero mantuvo su aspecto impertérrito, aunque hincó los dedos en la suave tapicería de terciopelo. Le resultó extraño no haberse fijado nunca en ella, ya que había mucho en que fijarse. Su cabello, de un vivo tono rojizo, parecía alimentarse del fuego y brillaba incandescente. Sus delgadas cejas y sus densas pestañas eran de un tono caoba, mientras que su piel era la de una auténtica pelirroja, blanca y con pecas en la nariz y las mejillas. Le hizo gracia la alegre dispersión de aquellas motitas doradas, esparcidas como si las hubiera rociado un hada bondadosa. Tenía labios carnosos y unos enormes ojos azules, bonitos pero impasibles, como de muñeca de cera.
—Me... me han dicho que mi amiga, la señorita Bowman, es ahora lady Westcliff —comentó Evangeline por fin—. El conde y ella fueron a Gre... Gretna Green después de que él... se librara de usted.
—Sería más correcto decir «después de que me diera una paliza» —indicó Sebastian en tono afable, ya que la muchacha estaba mirando los moretones que los justificados puñetazos de Westcliff le habían dejado en la mandíbula—. No pareció alegrarse demasiado de que tomase prestada a su prometida.
—Us... usted la ra... raptó —replicó Evangeline—. Tomarla prestada implicaría que tenía intención de de... devolverla.
Sebastian esbozó la primera sonrisa de verdad desde hacía mucho tiempo. Al parecer, la muchacha no era ninguna simplona.
—La rapté, pues, si lo prefiere. ¿Ha venido a verme para eso, señorita Jenner? ¿Para informarme sobre la feliz pareja? Ya estoy enterado. Más vale que diga pronto algo interesante o me temo que tendrá que marcharse.
—Usted que... quería a la señorita Bowman porque heredará una fortuna —soltó Evangeline—. Ne... necesita ca... casarse con alguien que tenga dinero.
—Cierto —admitió Sebastian—. Mi padre, el duque, no ha cumplido con su obligación en esta vida: conservar intacta la fortuna familiar para dejármela en herencia. En cuanto a mi responsabilidad, consiste en dedicarme a la ociosidad más disoluta y esperar a que él fallezca. Yo he cumplido con mi deber a las mil maravillas, pero el duque no. Ha administrado muy mal las finanzas familiares y, hoy por hoy, es imperdonablemente pobre. Y, aún peor, goza de buena salud.
—Mi padre es rico —aseguró Evangeline sin ninguna emoción—. Y se está mu... muriendo.
—Felicidades —repuso él, y enarcó las cejas.
No dudaba que Ivo Jenner hubiera amasado una fortuna considerable. El Jenner’s era el local donde los caballeros de Londres iban a disfrutar del juego, de la buena comida, de bebida a raudales y de prostitutas baratas. En él reinaba un ambiente de exceso teñido de un agradable decadentismo. Veinte años atrás era una alternativa mediocre al legendario Craven’s, el club de juego más elegante y de mayor éxito que hubiese conocido Inglaterra. Pero cuando el Craven’s se incendió por completo y su propietario rehusó reconstruirlo, el club de Jenner había heredado una avalancha de clientes adinerados y adquirido una posición destacada. No obstante, nunca podría compararse con el Craven’s. Un club reflejaba, en gran parte, el carácter y el estilo de su propietario, y Jenner carecía de ambas cosas. Derek Craven había sido, sin discusión, todo un caballero. Ivo Jenner, en cambio, era un patán bruto, un ex boxeador que jamás había destacado en nada pero que, por algún capricho del destino, se había convertido en un próspero hombre de negocios.
Y ahí estaba la hija de Jenner, su única heredera. Si iba a hacerle la oferta que Sebastian sospechaba, no podría permitirse rechazarla.
—No qu... quiero que me felicite —dijo Evangeline.
—¿Qué quiere entonces, jovencita? —repuso Sebastian en voz baja—. Vaya al grano, por favor. Esto empieza a resultar aburrido.
—Quiero estar con mi pa... padre los últimos días de su vida. La familia de mi madre no me permite verlo. He intentado escaparme para ir a su club, pero siempre me pillan, y después me castigan. Esta vez no vo... volveré con ellos. Tienen planes que quiero evitar, aunque ello me cueste la vida.
—¿Qué clase de planes?
—Quieren casarme con uno de mis primos. Eustace Stubbins. N... no siente nada por mí, ni yo por él... pero pa... participa de buen grado en la conspiración familiar.
—Cuyo objeto es controlar la fortuna de su padre cuando éste muera, ¿verdad?
—Sí. Al principio consideré la idea porque creí que el señor Stubbins y yo podríamos vivir en nuestra propia casa... y pensé que... la vida podría ser soportable si lograba alejarme del resto de ellos. Pero él me dijo que no tiene ni... ninguna intención de trasladarse. Quiere seguir bajo el techo familiar... y no creo que yo sobreviva ahí mucho tiempo más. —Ante el silencio al parecer indiferente de Sebastian, añadió en voz baja—: Creo que quieren ma... matarme una vez que consigan el dinero de mi padre.
Sebastian no dejó de observarla, aunque no alteró el tono:
—Muy desconsiderado por su parte. Pero ¿a mí qué me importa?
Evangeline no mordió el anzuelo. Sólo le dirigió una mirada intensa que evidenciaba una fortaleza innata que Sebastian nunca había visto en ninguna mujer.
—Le propongo ca... casarme con usted —dijo—. Quiero su protección. Mi padre está demasiado enfermo y débil para ayudarme, y no quiero ser una carga para mis amigas. Ellas me o... ofrecerían refugio pero, aun así, tendría que estar siempre en guardia por miedo a que mis parientes lo... lograran llevarme a la fuerza y obligarme a hacer su voluntad. Una mujer soltera tiene pocos recursos, social o legalmente. No es ju... justo, pero no puedo hacer nada por evitarlo. Necesito un ma... marido. Usted necesita una esposa rica. Y los dos estamos igual de desesperados. Por eso creo que aceptará mi pro... proposición. Si es así, me gustaría partir hacia Gretna Green esta misma noche. Estoy segura de que mis parientes ya me están buscando.
Sebastian la miró con recelo en medio de un silencio tenso. No confiaba en ella. Y tras el desastre del rapto frustrado de la semana anterior, no deseaba repetir la experiencia.
Pero la muchacha tenía razón en algo: estaba realmente desesperado. Le gustaba vestir bien, comer bien, vivir bien; algo de lo que podían dar fe innumerables acreedores. La mísera adjudicación mensual que recibía del duque iba a interrumpirse pronto, y en su cuenta no le quedaban fondos suficientes para llegar a final de mes. Para alguien que no tenía inconveniente en buscar la salida fácil, aquella oferta era un regalo del cielo. Si la muchacha estaba dispuesta a llevarla a cabo.
—A caballo regalado no se le mira el diente —soltó con indiferencia—. Pero ¿cuánto tiempo de vida le queda a su padre? Hay gente que sobrevive años en el lecho de muerte. La verdad, siempre he considerado de muy mala educación tener a la gente esperando.
—No tendrá que es... esperar demasiado —fue la crispada respuesta—. Quince días, quizá.
—¿Qué garantía tengo de que usted no cambiará de idea antes de que lleguemos a Gretna Green? Ya sabe la clase de hombre que soy, señorita Jenner. ¿Debo recordarle que la semana pasada intenté raptar y forzar a una de sus amigas?
Evangeline lo miró a los ojos. A diferencia de los de Sebastian, de un azul pálido, los de ella eran de un zafiro oscuro.
—¿Intentó vi... violar a Lillian? —preguntó con desconfianza.
—Amenacé con hacerlo.
—¿Habría cumplido su a... amenaza?
—No lo sé. No lo he hecho nunca pero, como usted ha dicho, estoy desesperado. Y ya que tocamos el tema... ¿Me está proponiendo un matrimonio de conveniencia o vamos a dormir juntos de vez en cuando?
—¿La habría fo... forzado o no? —insistió ella sin prestar atención a su pregunta.
—Si le digo que no, ¿cómo sabrá que no miento, señorita Jenner? —repuso él con sarcasmo—. No. No la habría violado. ¿Es ésa la respuesta que desea oír? Créalo, entonces, si la hace sentirse más segura. En cuanto a mi pregunta...
—Do... dormiré con usted una vez. Para que el matrimonio sea legal. Y nunca más... después.
—Estupendo. No me gusta acostarme más de una vez con la misma mujer. Es una lata cuando pasa la novedad. Además, nunca sería tan burgués como para desear a mi propia esposa. Eso implica que uno no dispone de medios suficientes para mantener a una querida. —Se detuvo a la espera de captar alguna emoción en el rostro de la joven—. Claro que también está la cuestión de darme un heredero..., pero siempre y cuando sea discreta, no creo que me importe de quién sea el niño.
Evangeline ni siquiera parpadeó.
—Quiero que se separe una pa... parte de la herencia para mí en un fideicomiso generoso. Los intereses serán sólo míos, y los gastaré como me parezca sin tener que darle explicaciones.
Sebastian comprendió que no era nada tonta, aunque su tartamudez llevara a muchos a pensar lo contrario. Estaba acostumbrada a que la menospreciaran, la ignoraran, la pasaran por alto, y él presintió que sacaba partido de ello siempre que podía. Eso le pareció interesante.
—Estaría loco si me fiara de usted —dijo—. En cualquier momento podría echarse atrás en nuestro acuerdo. Y usted todavía lo estaría más si se fiara de mí. Porque cuando estemos casados, podría hacerle la vida más imposible de lo que jamás haya soñado la familia de su madre.
—Pre... prefiero que me la haga quien yo elija —contestó con gravedad—. Mejor usted que Eustace.
—Eso no dice mucho a favor de Eustace —comentó Sebastian con una sonrisa.
Ella no se la devolvió. Se arrellanó un poco más en la butaca, como si por fin se relajase, y lo observó con una especie de resignación obstinada. Sus miradas se encontraron, y Sebastian fue consciente de algo que lo estremeció. No era extraño que una mujer lo excitara fácilmente. Más fogoso que la mayoría de hombres, algunas mujeres lo encendían y despertaban su deseo hasta un grado inusitado. Por alguna razón, aquella chica desgarbada y tartamuda, era una de ellas. O sea, sintió un súbito deseo de acostarse con ella.
En su imaginación bulleron visiones de su cuerpo, sus piernas, sus curvas y sus redondeadas nalgas. Ansió que su aroma íntimo le anegara el olfato, sentir el roce de su largo cabello en el cuello y el pecho. Deseó hacer cosas indescriptibles con la boca de esa mujer, y con la suya...
—Decidido, pues —murmuró—. Acepto su propuesta. Hay muchas cosas que discutir, por supuesto, pero tendremos dos días para hacerlo antes de llegar a Gretna Green. —Se levantó de la butaca y se estiró sin poder evitar una sonrisa al ver cómo la muchacha lo recorría rápidamente con la mirada—. Ordenaré que preparen el carruaje y pediré al ayuda de cámara que me haga el equipaje. Saldremos en una hora. Por cierto, si durante el viaje decide echarse atrás en nuestro acuerdo, la estrangularé.
—No e... estaría tan nervioso si no lo hubiera intentado con una víctima renuente la semana pa...pasada —replicó ella con una mirada irónica.
—Touché. ¿Puedo considerarla a usted, pues, una víctima dispuesta?
—Ansiosa —precisó Evangeline, que se refería a partir de inmediato.
—Ésas son mis favoritas —comentó Sebastian con doble intención, y le hizo una reverencia antes de salir de la biblioteca.
2
En cuanto se quedó a solas, Evie soltó un suspiro agitado y cerró los ojos. El lord no tenía que preocuparse de que ella cambiara de parecer. Ahora que había cerrado el acuerdo, estaba cien veces más impaciente que él por empezar el viaje. Le aterraba pensar que era muy probable que el tío Brook y el tío Peregrine la estuvieran buscando en ese mismo instante. La última vez que se había escapado de casa, la habían atrapado a la entrada del club de su padre. En el carruaje de vuelta a casa, el tío Peregrine le había pegado hasta partirle un labio y dejarle un ojo morado, además de la espalda y los brazos cubiertos de cardenales. Y luego la habían encerrado dos semanas en su habitación prácticamente a pan y agua.
Nadie, ni siquiera sus amigas Annabelle, Lillian y Daisy, sabían cuánto había sufrido. La vida en la casa de los Maybrick había sido una pesadilla. Toda la familia, formada por los Maybrick y los Stubbins, aunaba esfuerzos para quebrantar su voluntad. Les molestaba y sorprendía que les costara tanto, y Evie estaba tan sorprendida como ellos. Nunca habría imaginado que podría soportar los castigos severos, la indiferencia e incluso el odio, sin derrumbarse. Quizá se parecía a su padre más de lo que nadie sospechaba. Ivo Jenner había sido un luchador, y el secreto de su éxito, tanto en el cuadrilátero como fuera de él, no se debía al talento sino a la tenacidad. Ella había heredado esa terquedad.
Evie quería ver a su padre. Lo anhelaba tanto que le dolía físicamente. Era la única persona en el mundo que la quería. Era un amor negligente, sí, pero nadie le había dado más. Comprendía que la hubiera dejado a cargo de los Maybrick hacía tanto tiempo, después de que su madre muriera en el parto. Un club de juego no era lugar para educar a una niña. Y aunque los Maybrick no pertenecían a la nobleza, eran de buena familia. Pero Evie se preguntaba si su padre habría decidido lo mismo de haber sabido cómo la tratarían, si se hubiera imaginado que aquella familia descargaría en un bebé indefenso su ira por la rebelión de su hija menor. Pero ya no tenía sentido preocuparse por eso.
Su madre había muerto, su padre estaba a punto de reunirse con ella y había cosas que Evie quería preguntarle antes de que eso ocurriera. La mejor oportunidad de huir de las garras de los Maybrick era el insoportable aristócrata con quien acababa aceptar casarse.
Estaba asombrada de haber podido comunicarse tan bien con St. Vincent, que intimidaba bastante, con su belleza rubia, sus ojos azul claro y una boca hecha para besar y mentir. Parecía un ángel caído, con aquel peligroso atractivo masculino que sólo el diablo podía dispensar. También era un hombre egoísta y carente de escrúpulos, como había demostrado al intentar raptar a la prometida de su mejor amigo. Pero eso mismo lo convertía en un adversario capaz de plantar cara a los Maybrick. Al menos así lo creía Evie.
St. Vincent sería un marido terrible, claro. Pero como ella no se hacía ilusiones al respecto, eso no sería ningún problema. Como no lo quería en absoluto, podría hacer la vista gorda ante sus indiscreciones y oídos sordos a sus insultos.
Qué diferente sería su matrimonio del de sus amigas. Al pensar en ellas, sintió unas repentinas ganas de llorar. No había la menor posibilidad de que Annabelle, Daisy o Lillian, en especial esta última, siguieran siendo amigas suyas después de que se casara con St. Vincent. Parpadeó para contener las lágrimas y tragó saliva. Llorar no servía de nada. Aunque ésta no era ni mucho menos una solución perfecta a su dilema, era la mejor que se le ocurría.
Al imaginar la furia de sus tíos al enterarse de que ella y su fortuna estaban fuera de su alcance para siempre, su tristeza remitió un poco. Valía la pena hacer cualquier cosa con tal de no vivir dominada por ellos el resto de su vida. Y también para no verse obligada a casarse con el pobre y cobarde Eustace, que olvidaba sus penas comiendo y bebiendo en exceso. Últimamente se había ensanchado tanto que apenas pasaba por la puerta de su propia habitación. Aunque detestaba a sus padres casi tanto como ella, Eustace nunca se atrevería a desobedecerlos.
Irónicamente, había sido él quien la había inducido a huir esa noche. Había ido a verla unas horas antes con un anillo de compromiso de oro con un jade incrustado.
—Ten —le había dicho con timidez—. Madre dice que te dé esto. No podrás comer nada si no lo llevas puesto a la mesa. Dijo que la semana que viene se leerán las amonestaciones.
Aunque no se sorprendió, Evie se había ruborizado de desconcierto y rabia. Eustace rió al verlo.
—Madre mía, qué pinta tienes cuando te sonrojas. El pelo se te queda más naranja.
Conteniendo una respuesta mordaz, Evie se esforzó por calmarse y concentrarse en las palabras que se agitaban en su interior como hojas movidas por el viento. Las recogió con cuidado y logró preguntar sin tartamudear:
—Primo Eustace, si acepto casarme contigo, ¿te pondrías alguna vez de mi parte ante tus padres? ¿Me dejarías ir a ver a mi padre y cuidarlo?
La sonrisa de Eustace se desvaneció. La miró fijamente a los ojos y, tras desviar la mirada, respondió:
—No serían tan duros contigo si no fueras tan terca, ¿sabes?
Evie perdió la paciencia y la batalla contra la tartamudez:
—O sea que só... sólo te interesa que... quedarte con mi dinero sin da... darme nada a cambio...
—¿Para qué quieres tú dinero? —repuso su primo con desdén—. Eres una muchacha tímida que se esconde por los rincones. No te gusta la ropa cara ni las joyas. No se te da bien charlar, eres demasiado fea para llevarte a la cama y no tienes ninguna virtud. Deberías estar agradecida de que quiera casarme contigo, pero tu estupidez te impide comprenderlo.
—Pe... pe... pero... —La frustración la dejó impotente. No lograba reunir las palabras para replicar, de modo que se quedó mirándolo mientras se esforzaba por hablar.
—¡Mira que eres idiota! —masculló Eustace con impaciencia, y lanzó el anillo al suelo en un arranque de furia. La alhaja rebotó y rodó hasta desaparecer bajo el sofá—. Vaya, ahora se ha perdido. Y es culpa tuya por sacarme de quicio. Será mejor que lo encuentres o te morirás de hambre. Voy a decirle a madre que yo he cumplido con mi parte. Ya te arreglarás con ella.
A Evie no la había sorprendido que los Maybrick hubieran decidido casarla. Creían que no le quedaba otra alternativa. Pero, en lugar de buscar el anillo perdido, preparó febrilmente una bolsa de viaje y la lanzó al jardín. No era especialmente ágil, pero el pánico le dio la fuerza necesaria para huir por la ventana del primer piso, desde donde bajó por un canalón. Cruzó corriendo el jardín y la verja y, gracias a la suerte, consiguió detener un coche de punto.
Ahora, mientras esperaba a su futuro esposo, pensó con satisfacción taciturna que probablemente no volvería a ver nunca a Eustace. A medida que su volumen aumentaba, limitaba cada vez más sus actividades a la casa de los Maybrick, y no solía dejarse ver en sociedad. Daba igual cómo salieran las cosas, ella jamás iba a arrepentirse de haber escapado al horrible destino de convertirse en su esposa. No era seguro que Eustace hubiera intentado acostarse con ella ya que no parecía poseer suficiente «espíritu carnal», eufemismo con que se designaba el instinto sexual. Dedicaba toda su pasión a la comida y los licores. Lord St. Vincent, en cambio, había seducido, comprometido y deshonrado a innumerables mujeres. Aunque parecía que a muchas eso les resultaba atractivo, Evie no figuraba entre ellas. No obstante, después de la boda, nadie podría objetar que el matrimonio no se había consumado completamente según mandaba la ley.
Al pensarlo, se le hizo un nudo en el estómago. Había soñado que se casaría con un hombre sensible, acaso un poco aniñado, que nunca se burlaría de su tartamudez y sería cariñoso y tierno.
Sebastian, lord St. Vincent, era la antítesis de su amor soñado. No tenía nada de amable o sensible, y mucho menos de aniñado. Era un depredador al que, sin duda, le gustaba juguetear con su presa antes de matarla. Con la mirada puesta en el sillón que él había ocupado, pensó en el aspecto de St. Vincent a la luz de la chimenea. Alto y delgado, con un cuerpo que era la percha perfecta para la ropa elegantemente sencilla que complementaba su atractivo leonado. Pelo del dorado viejo de un icono medieval, abundante y un poco rizado, salpicado de mechones ámbar pálido. Ojos que brillaban como diamantes azules en el collar de una antigua emperatriz, y que no reflejaban ninguna emoción cuando sonreía. Sin embargo, su sonrisa bastaba para dejar a una mujer sin aliento. Boca sensual y cínica; dientes blancos destellantes... Oh, St. Vincent era deslumbrante. Y él lo sabía.
Pero, por extraño que pareciera, Evie no le temía. St. Vincent era demasiado inteligente para usar la violencia física cuando unas pocas palabras bien elegidas fulminarían a alguien con un mínimo alboroto. Evie temía más la brutalidad simplona del tío Peregrine, por no men
