Mordiscos de amor (Los hermanos Argeneau 2)

Lynsay Sands

Fragmento

PrÓlogo

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PRÓLOGO

Pudge entrecerró los ojos para mirar por el cañón de su rifle. No era un rifle cualquiera. Era un Tac Ops Tango 51, lo último en precisión táctica. Pesaba 5,2 kilos, tenía un metro y ocho centímetros de largo, una exactitud garantizada de veinticinco MOA, y sus reservas incluían una potente delantera semi ancha.

Detuvo su recitación mental de la descripción del catálogo del Tac Ops para mirar fijamente el arma, sin saber bien lo que era una potente delantera. Al leerlo resultaba casi sexy. Potente delantera. Delantera. Potente. Toda la descripción del arma era sexy. Por ejemplo, se suponía que tenía «turgencias de doble palmo». No estaba seguro de lo que eran, pero lo hacían pensar en tetas. Por supuesto, la mayoría de las cosas lo hacían pensar en tetas.

Sí. Tenía en sus manos una «potente delantera» y «turgencias de doble palmo». Genial.

La estridencia repentina de un claxon lo hizo dar un brinco y por poco dejó caer el rifle. Apretándolo contra su pecho en un gesto protector, Pudge miró hacia abajo, a la calle oscura. Había elegido la azotea de ese edificio porque le permitía tener una vista de pájaro del parking que había al otro lado de la calle. Nunca se le habría ocurrido que el lugar estaría completamente desabrigado y sería frío como un invierno en Alaska. Si Etienne no se daba prisa, se congelaría mientras lo esperaba; frunció el ceño al pensar en esa posibilidad. ¿Cuánto pensaría tardar ese gilipollas?, ya era más de medianoche. Eso era…

—¡Mierda!

El palillo que había estado mascando se deslizó de sus labios cuando el hombre en cuestión salió del edificio y empezó a caminar hacia el parking. Era Etienne Argeneau. Y estaba solo.

Por un momento Pudge se quedó inmóvil; luego se acomodó para quedar en posición. Miró con detenimiento por el cañón hasta tener al hombre en la mira, pero después titubeó. De repente se dio cuenta de que su respiración se agitaba; resollaba como si hubiese corrido durante varios kilómetros, y a pesar del frío sudaba copiosamente. Norman Pudge Renberger estaba a punto de matar a un hombre. Y no a cualquier hombre. A Etienne Argeneau. Su némesis.

—Cabrón —dijo Pudge entre dientes, y con una lenta sonrisa burlona dirigió el láser de su arma hacia el pecho de su objetivo.

Al tirar del gatillo no se produjo ningún sonido… Había cubierto su Tango 51 con un silenciador, un supresor Tac Ops 30, gracias al cual lo único que se escuchó fue un pff de aire. De no ser por cómo se sacudía el rifle entre sus manos, no habría creído que había disparado.

Apresurándose a enfocar a Etienne de nuevo entrecerró los ojos para mirar por el cañón. El hombre se paró en seco, con la mirada hacia abajo, dirigida a su pecho. ¿Le había dado o no? Por un momento, Pudge temió haber fallado el tiro por completo, pero luego vio la sangre.

Etienne Argeneau levantó la cabeza. Sus ojos plateados descubrieron el lugar donde estaba Pudge y se fijaron claramente en él. Entonces su luz se apagó y cayó con el rostro sobre el pavimento.

—Sí —dijo Pudge con una sonrisa temblorosa en los labios.

Torpemente empezó a desarmar su rifle, haciendo caso omiso del temblor repentino de sus músculos mientras volvía a poner las piezas en la caja. Su sexy Tango 51 con turgencias de doble palmo y potente delantera le había costado casi cinco mil dólares, pero valía cada centavo que había pagado por él.

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Oye, Rach, voy a por un café. ¿Quieres algo?

Rachel Garrett se enderezó y se pasó el dorso de la mano envuelta en un guante sobre la frente. Había estado oscilando entre los escalofríos y la fiebre desde que había llegado al trabajo dos horas antes. En ese momento se encontraba en una fase de calor; el sudor la envolvía por la espalda y el pelo. Obviamente había cogido un resfriado.

Su mirada se deslizó hacia el reloj de la pared. Era casi la una; ya habían pasado dos horas, pero aún tenía seis más por delante. Casi se quejó. Seis horas más. Y por cómo iba avanzando el virus, dudaba que llegara a aguantar siquiera la mitad de eso.

—¡Eh! ¿Te encuentras bien, Rach? Tienes muy mala pinta.

Rachel hizo una mueca cuando su asistente se acercó y le tocó frente. «¿Tienes muy mala pinta?», los hombres sí que podían ser diplomáticos.

—Estás fría. Sudorosa —frunció el ceño y le preguntó—: Déjame adivinar, ¿fiebre y escalofríos?

—Estoy bien —Rachel apartó la mano de su asistente, incómoda e irritada, y luego buscó en el bolsillo algo de suelto—. De acuerdo, Tony, tal vez podrías traerme un zumo o algo así.

—Ah, sí, ya veo que estás bien.

Rachel no respondió a las secas palabras de su ayudante, y de repente se dio cuenta de que había echado su bata a un lado y se había llevado la mano al bolsillo de los pantalones sin quitarse el guante de látex manchado de sangre. Genial.

—Tal vez deberías…

—Estoy bien —repitió ella—. Estaré bien. Sigue con tus cosas.

Tony vaciló, aunque luego se encogió de hombros.

—De acuerdo, pero quizá deberías sentarte o algo mientras yo regreso.

Rachel hizo caso omiso de la sugerencia y volvió a su cadáver tan pronto Tony se fue. Era un tipo agradable. Un poco extraño, tal vez. Por ejemplo, insistía en hablar como un viejo habitante del Bronx a pesar de que había nacido y crecido en Toronto y nunca había salido de allí. Tampoco era italiano, y ni siquiera se llamaba Tony. Su nombre de nacimiento era Teodozjusz Schweinberger. Rachel estaba completamente de acuerdo con el cambio de nombre, pero no entendía qué tenía que ver el mal acento en todo ello.

—¡Cuidado, que entramos!

Rachel echó un vistazo a la puerta que se abría hacia la sala central del depósito de cadáveres. Puso el escalpelo sobre la mesa, se quitó el guante de la mano derecha y se dirigió hacia los hombres, que estaban metiendo una camilla. Dale y Fred. Eran agradables, una pareja de auxiliares a los que ella pocas veces veía. Generalmente entregaban a su clientela viva en el hospital. Desde luego, algunos morían después de llegar, pero casi siempre cuando ellos dos ya se habían ido. Ese paciente debía haber muerto en el trayecto.

—¡Hola, Rachel! Tienes… buen aspecto.

Rachel atravesó la sala para reunirse con ellos, sin prestar atención, educadamente, al momento de duda que había tenido Dale. Tony había dejado más que claro qué aspecto tenía.

—¿Qué tenemos aquí?

Dale le alcanzó una tablilla sujetapapeles con varias páginas de documentos.

—Herida de bala. Nos pareció haber escuchado un latido antes de llevárnoslo del escenario del crimen, aunque podemos habernos equivocado. A propósito, murió en camino. El doctor Westin declaró su muerte cuando llegamos aquí y nos pidió que lo lleváramos abajo. Querrán autopsia, recuperación de la bala y todo lo demás.

—Hmm —Rachel dejó los papeles de trámite de nuevo en su lugar y se dirigió hacia el final de la sala para coger una de las camillas especiales de acero inoxidable usadas para autopsias. La empujó hasta donde estaban los auxiliares—. ¿Podéis cambiarlo de camilla mientras firmo?

—Claro.

—Gracias —dijo, y dejó que ellos se encargaran de cambiarlo de camilla, mientras ella iba a buscar un bolígrafo a un rincón de la sala. Firmó los papeles necesarios, y cuando regresó los enfermeros ya estaban terminando de trasladar el cadáver. La sábana que lo había cubierto en su viaje a través del hospital había desaparecido. Rachel se detuvo y se quedó observándolo.

La última adquisición del depósito era un hombre guapo que no pasaba de los treinta años, con el pelo rubio oscuro. Rachel notó sus rasgos pálidamente dibujados, y deseó haberlo conocido mientras estaba vivo y haber sabido qué aspecto tenía con los ojos abiertos. Casi nunca pensaba en el objeto de su trabajo como algo que una vez había estado vivo y respirando. Le resultaba imposible trabajar cuando pensaba que los cadáveres que atendía eran madres, hermanos, hermanas, abuelos… Pero ante ese hombre no podía sentirse indiferente. Se lo imaginaba sonriendo y riendo, y en la imagen que se formaba en su mente tenía unos ojos plateados como nunca había visto.

—¿Rachel?

Ella parpadeó en medio de su confusión y miró fijamente a Dale. El hecho de que en ese momento estuviera sentada la asustaba un poco. Por lo visto, los hombres le habían acercado la silla de ruedas del escritorio y habían insistido en que se sentara. Los dos auxiliares estaban inclinados sobre ella con cara de preocupación.

—Has estado a punto de desmayarte —dijo Dale—, te tambaleabas y estabas completamente pálida. ¿Cómo te sientes?

—Ja, ja —Rachel dejó escapar una risita avergonzada y sacudió la mano, restándole importancia—. Estoy bien. De veras. Aunque creo que estoy incubando algo. Tengo escalofríos y de repente me da fiebre —añadió, encogiéndose de hombros.

Dale tocó la frente de Rachel con el dorso de la mano y frunció el ceño.

—Tal vez debas irte a casa. Estás ardiendo.

Rachel se llevó la mano a la cara y se quedó alarmada al comprobar que él tenía razón. Deseó que la velocidad y la fuerza con las que el virus la había atacado no fueran un indicio de lo mal que se pondría. Y si se ponía mal esperaba que se le pasara tan rápido como lo había cogido. Odiaba estar enferma.

—¿Rachel?

—¿Sí? —miró las caras de preocupación de los auxiliares e hizo un esfuerzo por incorporarse—. Ay, sí, lo siento. Sí, quizá me vaya a casa cuando Tony regrese. Mientras tanto, ya he firmado la entrada del cuerpo y todo lo demás —se quedó con los papeles necesarios y les entregó el resto. Dale recibió la tablilla sujetapapeles y luego él y Fred se miraron entre sí, vacilantes. Parecían reacios a dejarla sola—. Estoy bien. De verdad —les aseguró ella—. Y Tony sólo ha ido a por unos refrescos. No tardará en regresar. Volved tranquilos a vuestras cosas.

—Está bien —Dale aún parecía reticente—, pero haznos un favor y mantén el trasero en esa silla hasta que él vuelva, ¿de acuerdo? Si te desmayas y te golpeas en la cabeza…

Rachel asintió.

—Claro. Volved a vuestros asuntos. Yo me dedicaré a descansar hasta que Tony regrese.

Dale no parecía creerla, pero no tenía mucha opción, de modo que siguió a Fred hacia la puerta.

—Está bien. Entonces nos marchamos.

—Nos vemos —agregó Fred.

Rachel los vio marcharse y durante un momento se quedó sentada, quieta, como había prometido. Pero no tardó mucho en impacientarse, pues no estaba acostumbrada a estar inactiva. Su mirada se deslizó hacia el cuerpo que había sobre la camilla. Una víctima de disparo. Esos casos no eran comunes e indicaban que había un francotirador suelto en Toronto. También significaba que ese hombre se convertía en la prioridad número uno de Rachel. La policía querría la bala para realizar los análisis forenses, lo cual implicaba que ella no podría irse a casa cuando llegara Tony. La autopsia oficial se efectuaría por la mañana, pero ella tenía que extraer la bala. Era su responsabilidad como jefa de forenses del turno de noche.

Enderezó los hombros, se puso de pie y se dirigió a la mesa. Al mirar con detenimiento a su cliente más reciente dijo:

—Has elegido una noche fenomenal para recibir un tiro, amigo.

Sus ojos se deslizaron hacia el rostro del hombre. Realmente había sido guapo. Era una verdadera lástima que estuviera muerto —pero, claro, siempre era una lástima que las personas murieran—. Hizo a un lado esos pensamientos mientras acercaba el carrito del instrumental y le lanzó una mirada más al cuerpo antes de empezar a trabajar.

Los auxiliares le habían rasgado la camisa hasta dejarla abierta y luego la habían vuelto a poner sobre su pecho. Aún estaba completamente vestido, con un traje de marca, bastante a la moda, por no hablar de su elevado precio.

—Bonitos trapos. Obviamente era un hombre con clase, y de buena posición —comentó, admirando el corte del traje y el cuerpo que cubría—. Por desgracia, tu traje se echará a perder.

Rachel tomó las tijeras del carrito y cortó rápida y eficientemente el abrigo y la camisa. Cuando la ropa cayó, se detuvo para observar lo que había dejado al descubierto. Habitualmente habría pasado a quitarle los pantalones y la ropa interior a la víctima, pero la fiebre estaba afectando a sus fuerzas. Sentía los brazos como gelatina, sus dedos flojos y torpes. Decidió que no le iría mal hacer un cambio en su rutina de trabajo. Empezaría a grabar las conclusiones que sacase del examen de la parte superior del cuerpo antes de retirar la ropa de la parte inferior. Con un poco de suerte, Tony ya habría regresado para entonces y podría ayudarla.

Poniendo las tijeras a un lado, extendió un brazo para girar la lámpara de techo y el micrófono, colocándolos justo sobre el pecho del cadáver. Después encendió el micrófono.

—El sujeto es… ¡Ay, rayos!

Rachel apagó el micrófono. Cogió rápidamente los papeles que Dale y Fred habían dejado y recorrió con la vista la información en busca de un nombre. Frunció el ceño. No había ninguno. Era un americano típico, cualquier «John Smith». Bien vestido, pero sin identificación. Eso le hacía preguntarse si no sería ése el motivo del disparo. Tal vez le habían disparado para robarle la cartera. Su mirada se dirigió al hombre. Realmente le parecía una pena que le hubieran matado sólo por unos cuantos dólares. Cuánta locura había en el mundo.

Apartó los papeles y encendió el micrófono de nuevo.

—Doctora Garrett, examen de víctima de bala «John Smith». «John Smith» es un individuo caucásico, de sexo masculino, de aproximadamente un metro noventa y cinco de altura —calculó, dejando las medidas exactas para después—. Es un individuo muy sano.

Volvió a apagar el micrófono y se tomó un tiempo para analizarlo. Las palabras «muy sano» se quedaban cortas. «John Smith» era corpulento como un atleta; tenía el estómago plano y el pecho ancho, y sus brazos musculosos formaban un gran conjunto con su hermoso rostro. Rachel levantó un brazo y luego el otro para examinar su cara interior; entonces dio un paso atrás con el ceño fruncido. No tenía una sola señal. Ninguna cicatriz o marca de nacimiento; no había nada que pudiera ser considerado como una marca propia en aquel hombre. Aparte de la herida de disparo en su corazón, estaba completamente impecable. Hasta sus dedos eran perfectos.

—Qué extraño —se dijo Rachel entre dientes. Por lo general, todo individuo tenía al menos un par de cicatrices, por ejemplo de apendicitis, pequeñas marcas de viejas heridas en las manos, algo. Pero ese hombre estaba impecable. Ni siquiera tenía callos en las manos o en los dedos. ¿Un rico holgazán?, se preguntó, y contempló su cara una vez más. Tenía un tipo de belleza clásica, pero no estaba bronceado. Las personas de la jet-set generalmente están morenas todo el año por los lugares soleados que visitan o por las cabinas de bronceado.

Rachel concluyó que estaba perdiendo el tiempo con tales suposiciones, sacudió la cabeza y volvió a encender el micrófono:

—El sujeto no presenta señales o cicatrices en la parte superior frontal del cuerpo, excepto por la herida de bala. La muerte, a primera vista, parece deberse al desangramiento causado por la herida antes mencionada.

Dejó el micrófono encendido mientras alcanzaba los fórceps para retirar la bala. La grabadora se activaba con la voz, así que sólo quedaría grabado lo que ella dijera. Después usaría el casete para realizar su informe, y omitiría cualquier comentario susurrado que la máquina hubiera captado y que fuera irrelevante para el caso.

Rachel midió y describió el tamaño de la herida de bala, así como su ubicación en el cuerpo, y luego se dispuso a trabajar cautelosamente. Insertó los fórceps con cuidado dentro del orificio, moviéndolos despacio para asegurarse de seguir el camino que había recorrido la bala, sin presionar el tejido que había permanecido intacto. Poco después había alcanzado y agarrado el proyectil para retirarlo con delicadeza.

Murmuró un «¡Ajá!» triunfante al tiempo que se enderezaba con la bala atrapada en la cuchara de los fórceps. Volviéndose hacia la bandeja, se detuvo con irritación al darse cuenta de que no había ningún recipiente en donde ponerla. Casi nunca los usaban, y ella se había olvidado de coger uno. Mientras iba a buscarlo a la hilera de armarios y gavetas rezongó en voz baja, molesta por su falta de previsión.

Al tiempo que buscaba, Rachel pensaba adónde habría ido Tony. Su salida de cinco minutos para comprar bebidas se había convertido en una ausencia bastante larga. Ella sospechaba que lo que lo retenía era cierta enfermera bajita que trabajaba en la quinta planta. Tony se había enamorado perdidamente de la chica y se sabía su horario de memoria; casi siempre cuadraba sus descansos para que coincidieran con los de ella. Si Tony se la había encontrado al llegar a la cafetería, Rachel podía contar con que se tomaría su descanso completo. No era que la molestara, pero si ella se iba a casa después de extraer la bala, él no tendría a nadie que lo relevara el resto de la noche.

Tras encontrar lo que había estado buscando, Rachel guardó la bala y la llevó a su escritorio para hacer la etiqueta de identificación. No serviría como prueba si se extraviaba o si no la etiquetaba. Y claro, no pudo encontrar las etiquetas de inmediato, por lo que perdió varios minutos más buscándolas; luego estropeó tres antes de hacer una bien. Todo aquello era una buena muestra de que Rachel no andaba despabilada esa noche y de que marcharse a casa era una buena idea. Era perfeccionista, y esos pequeños errores eran frustrantes, incluso embarazosos.

Exasperada consigo misma y su debilidad, Rachel se aseguró de que la etiqueta quedara bien pegada en el recipiente y luego se detuvo al ver un movimiento por el rabillo del ojo. Se giró, esperando que fuera Tony, pero la sala estaba vacía. Allí sólo estaban «John Smith», sobre la camilla, y ella. La fiebre empezaba a gastarle bromas pesadas.

Rachel sacudió la cabeza y se puso de pie. Una sensación de alarma la recorrió al notar que sus piernas estaban un poco temblorosas. La fiebre se estaba disparando. Era como si el interruptor de un horno se hubiera activado, consiguiendo que pasara de sentirse fría y sudorosa a arder en un segundo. Un sonido hizo que volviera a fijar su atención en la camilla. ¿Acaso esa mano derecha seguía en la misma posición en la que había estado la última vez que ella la había visto? Rachel habría podido jurar que ella había dejado la mano del hombre con la palma hacia abajo después de examinarla para buscar cicatrices, y, sin embargo, ahora la palma estaba hacia arriba, con los dedos relajados.

Después de recorrer el brazo del cuerpo con la mirada y continuar hacia la cara, Rachel frunció el ceño al fijarse en el semblante. El hombre había muerto con una expresión perdida, casi atónita, que había quedado congelada en el momento de su muerte. Pero ahora mostraba más bien una mueca de dolor, ¿o no? Tal vez estuviera imaginando cosas. Tenía que estar imaginando cosas. El hombre estaba muerto. Él no había movido la mano o cambiado de expresión.

«Has trabajado en el turno de noche demasiado tiempo», refunfuñó Rachel para sí misma. Despacio, regresó a la camilla. Aún tenía que retirar el resto de la ropa del cadáver y examinar la parte inferior.

Desde luego, necesitaría la ayuda de Tony para darle la vuelta y examinar la espalda. La parte inferior también podría esperar hasta que él regresara, pero Rachel decidió empezar a revisarla. Cuanto más rápido saliera de allí y antes se marchara a casa, mejor. Era más inteligente ir adelantando todo lo que pudiera hacer sola antes de que su asistente volviera, lo cual significaba rasgar los pantalones de la víctima. Se estiró para coger las tijeras, pero entonces cayó en la cuenta de que no se había cerciorado de que no tuviera heridas en la cabeza.

Era poco probable que le hubieran disparado en la cabeza. Al menos, no había visto ninguna evidencia. Además, de ser así, Fred y Dale lo habrían mencionado. Y a pesar de que ellos habían creído sentir un latido en el corazón de la víctima y luego haberlo perdido, el hombre había muerto instantáneamente cuando la bala había golpeado su corazón. Aun así, ella tenía que revisarlo.

Dejó las tijeras donde estaban y se detuvo ante la cabecera de la camilla para hacer un rápido examen de la cabeza de la víctima. El hombre tenía un pelo rubio precioso, el más sano que Rachel había visto, y deseó que su propio cabello pelirrojo fuera la mitad de saludable que el de él. Al no encontrar nada, ni siquiera un pequeño rasguño, depositó la cabeza del cadáver de nuevo suavemente sobre la cabecera y regresó a la parte lateral de la camilla.

Una vez más, cogió las tijeras, las abrió y las cerró al tiempo que miraba el talle de los pantalones, pero no empezó a cortarlos de inmediato. Para su sorpresa, estaba vacilante. No se había sentido tímida para cortar los pantalones de un hombre desde que estudiaba en la facultad de Medicina, y no tenía idea de por qué lo estaba en ese momento.

La mirada de Rachel subió por el pecho de la víctima una vez más. Vaya, realmente era atlético. Sus piernas debían de ser igual de musculosas, supuso Rachel, disgustada al notar que le causaba más que un poco de curiosidad, y pensó que tal vez ésa fuera la razón por la que había titubeado a la hora de cortar sus pantalones. No estaba acostumbrada a sentir nada parecido mientras examinaba un cadáver, y se sentía avergonzada. Diablos, la fiebre realmente estaba afectando a sus pensamientos.

Aun pálido y sin vida, «John Smith» era un hombre atractivo, es decir, se corrigió Rachel, no parecía tan pálido y desprovisto de vida como la clientela habitual. Daba la impresión de que simplemente estaba durmiendo una siesta.

Los ojos de Rachel volvieron a su rostro. Lo encontró realmente atractivo, lo cual era alarmante; sentirse atraída por un muerto parecía un poco enfermizo. Pero Rachel se tranquilizó a sí misma al concluir que aquello no era más que un reflejo de lo árida que era su vida social. Su horario de trabajo le hacía difícil tener citas. Mientras la mayoría de las personas estaban fuera, divirtiéndose, ella estaba trabajando. Sí, el turno de noche era un verdadero estorbo para su vida amorosa.

Pero, a decir verdad, su vida amorosa nunca había sido muy emocionante. Rachel había crecido mucho durante la preadolescencia y había seguido siendo más alta que todos los otros chicos de su edad a lo largo de la secundaria. Eso había hecho que se volviera tímida y retraída, y que al crecer no se comiera una rosca. Trabajar en el turno de noche del depósito de cadáveres sólo había aumentado sus dificultades. Pero también había sido una excusa muy conveniente cuando la gente le preguntaba acerca de su inexistente vida amorosa; podía culpar fácilmente a su trabajo.

Sin embargo, su situación se estaba volviendo realmente grave ahora que empezaba a sentirse atraída por los cadáveres. Tal vez fuera bueno que estuviera tratando de salir del turno de noche. Pasar tanto tiempo sola no podía ser sano.

Haciendo un esfuerzo por apartar los ojos del rostro demasiado hermoso de aquel cadáver, Rachel dejó que su mirada se desviara hacia su instrumental, y una vez más le causó asombro que hubiera escogido trabajar en esa área. Siempre había odiado todo lo que tuviera que ver con doctores y visitas médicas. Las agujas le parecían una pesadilla y era la más cobarde del planeta ante el dolor. Y, sin embargo, había conseguido un empleo en el depósito de un hospital donde las agujas y el dolor eran compañeros permanentes. Rachel supuso que se trataba de una especie de resistencia de su subconsciente, una forma de negarse a que sus miedos la frenaran.

Sin querer, Rachel observó el pecho de «John Smith», y de repente se detuvo sobre la herida de bala. ¿Acaso había disminuido la abertura? Se quedó mirándola en silencio y luego parpadeó al ver que el pecho parecía subir y bajar.

—Los ojos me están engañando —refunfuñó Rachel, e hizo un esfuerzo por apartar la mirada.

Le había extraído una bala del corazón, desde luego que estaba muerto. Los muertos no respiran. Decidida a terminar rápido, de manera que pudiera meterlo en la cámara frigorífica y dejar de imaginarse cosas, volvió a centrarse en sus pantalones y deslizó el filo de las tijeras por debajo de la tela.

—Siento tener que hacer esto. Odio arruinar un par de pantalones perfectos, pero… —se encogió de hombros y empezó a cortar la prenda.

—¿Pero qué?

Rachel se quedó paralizada y su cabeza se volvió de un tirón hacia la cara del hombre. La imagen de sus ojos —abiertos y fijos en ella— la hizo gritar y dar un brinco. Con las piernas temblorosas, se quedó boquiabierta por efecto del horror y a punto estuvo de caer al suelo. El cadáver respondió a su mirada.

Rachel cerró los ojos y volvió a abrirlos, pero el hombre aún estaba acostado allí, mirándola.

—Esto no está nada bien —dijo ella.

—¿Qué no está bien? —preguntó él con interés. Su voz era débil, pero ¡vamos!, para tratarse de un muerto tener una voz, aunque fuera débil, ya era un lujo. Rachel sacudió la cabeza en un gesto de sobrecogimiento.

—¿Qué no está bien? —preguntó el cadáver de nuevo, esta vez un poco más fuerte.

—Estoy alucinando —contestó Rachel educadamente; luego reparó en los ojos del desconocido y se detuvo para observarlos fijamente. Rachel nunca había visto unos ojos tan encantadores. Tal como se los había imaginado, eran de un exótico azul plateado. Ella nunca había visto ojos que tuvieran tonos sombreados como ésos. De hecho, si le hubieran preguntado, habría dicho que era una imposibilidad científica.

Rachel se relajó. Su temor y tensión pasaron. Nunca había visto ojos plateados. No existían. Unos minutos antes había imaginado que sus ojos eran plateados, y obviamente ahora estaba imaginando que estaban abiertos de par en par y que eran de ese color. De repente no le cupo ninguna duda; estaba alucinando, y todo por culpa de la fiebre, que se había disparado. Cielos, debía de haber alcanzado niveles peligrosos.

El cadáver se incorporó, lo que atrajo la atención de Rachel de nuevo hacia él. Ella tuvo que recordarse «Es una alucinación. Es la fiebre».

«John Smith» entrecerró los ojos, fijos sobre ella.

—Tienes fiebre. Eso lo explica todo.

—¿Explica qué? —preguntó Rachel, y torció el gesto al darse cuenta de que le estaba hablando a su alucinación, lo que tal vez no era mucho peor que hablarle a la gente muerta, algo que ella hacía todo el tiempo, pensó. Además, aquel cuerpo tenía una voz realmente agradable, con un toque de calidez y tersa como un brandy. No le iría mal un poco de brandy. Té, limón, miel y brandy. Sí, un ponche caliente era justo lo que necesitaba para reponerse y cortar estas alucinaciones de raíz; o simplemente haría que no le importaran. De cualquier forma le iría bien.

—¿Por qué no te acercas a mí?

Rachel volvió a mirar al cadáver. Lo que decía no tenía mucho sentido pero ¿quién había dicho que las alucinaciones tenían que hablar con sensatez? Trató de hacerlo entrar en razón.

—¿Por qué iba a acercarme a ti? Tú no eres real. Ni siquiera estás sentado.

—¿No lo estoy?

—No, simplemente yo creo que lo estás. En realidad estás ahí acostado, muerto. Soy yo quien está imaginando que tú estás sentado y hablando.

—Hmm —él dibujó una sonrisa burlona de repente. Tenía una bonita sonrisa—. ¿Cómo lo sabes?

—Porque los muertos ni se sientan ni hablan —explicó ella pacientemente—. Por

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