Lo fácil es enamorarse

Andy Jones

Fragmento

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PRÓLOGO

 

 

 

La gente pregunta: «¿Cuánto tiempo lleváis juntos?», «¿Cómo os conocisteis?».

Estáis sentados a una mesa, con la insolente ostentación del amor nuevo chisporroteando entre vosotros (¿es eso lo que es?, ¿es amor ya?), riéndoos demasiado alto y besándoos con más entusiasmo del que es de rigor en una tranquila taberna de pueblo, y alguien os dirá: «¡Suéltala ya!», «¡Buscaos un hotel!», «¡Qué pareja tan buena hacéis!», o alguna variación sobre el tema.

A escondidas estás mordisqueándole el lóbulo de la oreja a tu nueva novia, cuando una voz dice:

—En el bar sirven patatas fritas, ¿sabes? Lo digo por si tienes hambre.

Te vuelves y pides disculpas a la oronda señora de mediana edad sentada en la mesa de al lado. Se ríe cordialmente, y mueve la silla a un lado para unirse a vosotros. Y allá vamos…

—Bueno —dice ella—, ¿cómo os conocisteis, tortolitos?

En la última semana, nos habrán preguntado detalles de nuestro idilio una media docena de veces. Otras noches hemos dado versiones cada vez más alejadas de la verdad: «Trabajamos juntos», «Una cita a ciegas», «Soy su peluquera», «El club de lectura». Pero ahora, envalentonada por el vino y la costumbre, Ivy se inclina hacia delante y dice con tono conspiratorio:

—Es horrible; soy la mejor amiga de su mujer. Pero… —Entonces pone su mano sobre la mía—. Usted es una mujer de mundo, seguro que sabe de qué va todo esto. Cuando una tiene necesidades…

La mujer, de rostro rubicundo y que emana un cálido aroma a queso y cebolla, asiente y dice:

—Sí, bueno, sí, que paséis una buena…, eso…, una buena noche. —Y se vuelve a su mesa.

Porque, de hecho, la verdadera historia es demasiado larga como para contársela a una desconocida en una taberna de pueblo cuando lo único que quieres hacer es terminarte la copa y subir a la habitación. Y de todos modos, cómo nos conocimos es puramente anecdótico; uno no se pregunta cómo empieza la lluvia, simplemente disfruta del arcoíris.

La gente habla de química, y puede que lo fuera: algo molecular, algo contagioso, algo genético. Fuera cual fuera el mecanismo, había algo en Ivy que inmediatamente me hizo no querer acostarme con ella. ¿Y qué mejor cumplido puede hacerle un sinvergüenza a una dama? No es que tenga importancia, pero en aquel momento yo estaba atravesando una fase en la que no estaba dispuesto a ningún compromiso más allá del que mantenía con mi higiene personal y mi buen juicio. Hacía seis meses que había roto con mi novia, era joven, era libre, era… En fin, digamos que estaba siendo generoso con mis afectos. Entonces llegó Ivy, con su belleza espléndida y sin artificios, destilando a su paso feromonas, desinhibición y un sentido del humor fácil.

Pero nada de eso tiene importancia. Lo que importa es que nos conocimos. Y lo más importante es lo que ocurra ahora.

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1

 

 

 

Es la última semana de agosto y siento picor en la piel quemada por el sol a medida que Ivy entra en la calle donde crecí, y acerca el coche a la casa a la que me trajeron el día que nací.

Cuando la radio suena, Ivy canta; cuando se apaga, silba, y lo hace fatal. Tengo la canción en la punta de la lengua, pero no llego a reconocerla del todo. En la parte izquierda de la cara tiene una cicatriz de un accidente de infancia —las marcas ahora son blancas, pero los surcos y los desajustes en la piel son evidentes— y cuando silba las cicatrices se aprietan y se hacen más profundas. No sé si eso afectará al silbido, pero, a juzgar por su manera de cantar, no tiene nada de oído musical, y ni siquiera se da cuenta. Llevamos menos de tres semanas juntos, así que es un poco pronto para empezar a hacer una lista de «las cosas que más me gustan de mi nueva novia», pero, si tuviera que hacerla, esa manera despreocupada y desafinada de silbar estaría en el Top 11. Y hablando de ordenar, también es demasiado pronto para conocer a la familia. Pero aquí estamos, a menos de un minuto del despegue.

—Prepárate —le digo.

Ivy se vuelve hacia mí.

—¿Eh?

—Mi familia —le aclaro—. Son un poco…, ya sabes.

—No te preocupes —dice ella—. Ya lo he hecho antes. Muchas veces, cientos de veces. —Y sonríe para sí.

—Qué curioso. En cualquier caso, no eres tú quien me preocupa.

Giramos una esquina y la casa de papá aparece a la vista.

Nunca me había fijado en el aspecto de la casa de mi infancia. Ha estado ahí desde que nací y no la juzgo más de lo que juzgo mis propios pies, probablemente menos aún. Pero hoy, con Ivy a mi lado, de repente me doy cuenta de lo común que es, de su banalidad, de todo lo que no es. Las casas victorianas —como en la que vivo en Londres— mejoran con el tiempo, adquieren carácter e integridad; pero casas como esta, construidas en los sesenta y los setenta, envejecen como viejos obreros de fábrica, afeadas por el tiempo, el esfuerzo, el humo y la desilusión. Puede que no sea la quemadura del sol lo que me escuece, tal vez sea el esnob que llevo dentro. Miro a Ivy, y ella me devuelve la mirada, levanta las cejas y detiene el coche delante del número 9 de Rose Park.

Olvídate de la casa, espera a que vea a mi familia.

Debían de estar al acecho, porque antes de que Ivy haya apagado el motor salen en tropel por la puerta mi padre, mi hermana, mi cuñado y mis sobrinas gemelas. Les saludo con una sonrisa, articulo un «¿Qué hay?» a través del parabrisas, pero ninguno me está mirando a mí. Se ponen en línea en medio de la calzada, con los rostros encendidos de la emoción mientras papá abre la puerta del coche a Ivy como si fuera alguna clase de dignataria. Las gemelas, Imogen y Rosalind, apenas tienen diez años, así que puedo perdonarles ese bailecito impaciente en el sitio peleándose por ver mejor a mi novia (la verdad es que mola decirlo: nov

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