Otra vez, Rachel (Hermanas Walsh 6)

Marian Keyes

Fragmento

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1

Me despertó el roce de su mano, que trazaba leves círculos alrededor de mi ombligo. Medio dormida todavía, disfruté del contacto de sus dedos al descender.

Pero, antes de que pudiéramos ir más lejos, tenía que saber qué hora era.

—Las siete y diez —me dijo con la voz pastosa.

¡Qué alivio dormir toda la noche del tirón! Sonreí justo delante de su cara.

—Ahora sí que tienes toda mi atención.

Después nos quedamos tumbados en medio de un resplandor rosáceo. Sin embargo, iba haciéndose tarde.

—Debo irme, cariño.

—¿Ya?

—Tengo que pasar por casa a dar de comer a Crunchie y coger un par de cosas antes de ir al trabajo.

—Ah. —Y se produjo esa pausa breve pero significativa—. Vale.

No íbamos a entrar en eso. No en ese momento.

—Que tengas un buen viaje.

Me dio un beso.

—Te llamo cuando pueda. Aunque es impredecible.

—No te preocupes. —Me levanté poco a poco de la cama—. Espero que vaya bien. Nos vemos el domingo.

Me agarró de la muñeca.

—Te echaré de menos.

—Y yo a ti.

En la cocina, apuré un vaso de agua rápidamente.

Finley entró distraído, rascándose la cabeza.

—Hola, Rachel.

—Hola. Ya me voy. ¿Nos vemos el domingo?

—No, estaré con mamá.

—Salúdala de mi parte. Y, si te apetece hacer una obra de ca­ridad, imagino que tu padre… —Señalé el techo con el dedo—. Mataría por un café.

Finley puso cara de no estar muy convencido, y me entró la risa.

—Venga, mocoso malcriado.

—Vaaale.

Le di un abrazo rápido y salí disparada a la radiante mañana de primavera.

En cuanto abrí la puerta de casa, Crunchie me recibió abalanzándose eufórica sobre mí. Me puse de rodillas, le froté las orejas y le hablé con mi tono especial para Crunchie:

—¡Hola, buena chica, hola!

—¿Eres tú, Rachel? —Kate asomó la cabeza por encima de la barandilla, por donde colgaron unos mechones de pelo mojado. Tenía un cepillo redondo y un secador en las manos.

Subí las escaleras disparada y entré en el baño.

—Me he quedado sin lentillas. —Rebusqué en el cajón.

—¿Qué tal Quin? —me preguntó ella.

—Genial. Se va a Nuevo México hasta el domingo.

—¡Qué suerte la suya!

Kate era mi sobrina, la hija de mi hermana mayor, Claire. Llevaba unos meses viviendo conmigo porque el brutal trayecto desde la casa de Claire, en el oeste de Dublín, hasta su trabajo, en un geriátrico de Wicklow, estaba acabando con ella. Actualmente tar­daba doce minutos escasos en llegar al trabajo en lugar de las dos horas y media que antes tenía por norma.

Me chiflaba. Era seria, dulce, sacaba a pasear a Crunchie cuando yo no podía y era una maniática de la limpieza (un rasgo nada propio de la familia Walsh). Era evidente que eso lo había sacado del lado paterno y, pese a que él no me entusiasmaba, solo un patán se quejaría de una compañera de piso que, cada dos por tres, sacaba la fregona del cuarto de las escobas diciendo: «Paso el suelo rapidito».

Su trabajo «real» era la interpretación. Pero el universo le suministraba el trabajo con cuentagotas, en cantidades calibradas de forma exquisita, manteniéndola siempre pendiente de un hilo de incertidumbre. Cada vez que estaba a punto de dejarlo, conseguía un papel pequeño, lo justo para reavivar la ilusión.

—¿Qué haces despierta? —Acababa de recordar que Kate no tenía que trabajar ese día. (Me enviaba su horario cada semana para que lo supiese por si necesitaba reclutar a mis vecinos Benigno y Jasline para pasear a Crunchie). En un arranque repentino de esperanza, añadí con la voz entrecortada—: ¿Tienes una audición?

—¿Hoy? No. Algo de trabajo para Helen.

Mi hermana menor, Helen, tenía una agencia de detectives privada. Últimamente había ido induciendo con habilidad a Kate para que le echara una mano, sobre todo en trabajos desagradables que solían consistir en estar estirada en una zanja embarrada durante largos periodos de tiempo, tomando fotos a hurtadillas. Era el tipo de trabajo del que Helen solía enorgullecerse, pero desde hacía no mucho había estado diciendo, con frecuencia creciente: «La vigilancia rural es la actividad perfecta para una mujer joven».

En su opinión manifiesta, Kate, de veintitrés años, era la persona ideal para tales apuros. «Los de veintitantos no cogen frío, no se mojan y no tienen ningún olfato». Helen insistía en que se trataba de un hecho científico. De una terquedad desafiante, era la persona con la voluntad más fuerte con la que me había topado jamás.

—A ver si lo adivino —le dije a Kate—. ¿Te tiene espiando a algún estafador que lleva la granja de cerdos más apestosa de todo el condado de Cavan?

—Ja, ja. No es tan malo. Vigilancia en la ciudad, una reclamación al seguro. Un hombre que dice que no puede caminar por el dolor de espalda.

—¡Madre mía, son las ocho y veinte! —La estrujé un momento y salté a la ducha. No tenía tiempo de secarme el pelo, me tocaría dejar que se me secase al aire y aceptar la desgracia incontrolable que lo acompañaría.

Para contrarrestar los pelos, me puse un mono vaquero, que me hacía pasar por una empleada de lavadero de coches. Lo llevaba tan a menudo que mis compañeros de trabajo «bromeaban» con que no tenía más ropa. Pero había algo en la libertad que me concedía, sobre todo cuando lo llevaba con zapatillas, que me hacía sentir moderadamente poderosa.

Entretanto, Crunchie me observaba con gesto lastimero.

—Tengo que trabajar —le dije a aquella cara de desconsuelo—. Pero vuelvo esta noche. Hace un día precioso. Corre por el jardín de atrás y ladra a los pájaros, ¡ya verás lo bien que estarás!

A pesar de que mi casita se encontraba a apenas quince minutos en coche del trabajo, llegué tarde a la reunión de la mañana.

Subí a toda prisa los escalones de The Cloisters y crucé el vestíbulo, donde estuve a punto de tropezar con Harlie Clarke, una de mis internas, que estaba pasando la aspiradora por la moqueta con furia y resentimiento. Alcohólica de veintinueve años, con una dedicación a su aspecto que casi contaba como una segunda adicción, estaba estupenda; se levantaba a las seis y media cada mañana para la sesión completa de chapa y pintura: intrincado contouring, pestañas brillantes y el pelo, largo y rubio, liso y obediente gracias al moldeador.

Como casi todo el mundo, había llegado a The Cloisters convencida de que estaba perfectamente. Pero yo había ido minando su coraza de negación hasta que se había resquebrajado. Ya no podía ignorar que era una alcohólica, y estaba rabiosa.

—Buenos días, Harlie —dije.

Con cara de mala leche, empujó la aspiradora hacia mi tobillo. En serio, tenía unas cejas impresionantes. Maquilladas con microblading, por supuesto, pero de un aspecto muy natural. Sin duda hechas por un experto y no algún oportunista que había aprendido con YouTube. A veces me daban unas ganas tremendas de ponerme a hablar de trucos belleza con ella.

Pero quizá no en ese momento. La esquivé antes de que me dejara lisiada.

En la sala de reuniones, se encontraban sentados a la mesa cinco de los siete terapeutas, además de tres moderadores, la enfermera Moze y Ted, el gran jefe, que echó un vistazo a su móvil, negó con la cabeza y masculló:

—Vaya, vaya.

Esbocé un «lo siento», me senté en una silla y me recogí el pelo mojado en un moño despeinado para apartármelo de la cara.

Moze estaba leyendo su informe de la noche anterior.

—Turno ajetreado. Trassa Higgins… ¿una de las tuyas, Rachel? No ha dormido. Vino al mostrador sobre las tres de la madrugada. Charlamos, hicimos un crucigrama y se volvió a la cama sobre las cinco, pero le he echado un ojo a las seis y seguía despierta.

Eso me indicaba que Trassa estaría vulnerable ese día. Lo cual era bueno y malo a un tiempo. Malo porque vulnerable significaba vulnerable de verdad. Nada estupendo en una abuela de sesenta y ocho años adicta al juego. Pero bueno, porque tal vez estuviera demasiado cansada para sostener su escudo de negación. Llevaba allí más de una semana y estaba resultando dura de roer. Quizá fuese el gran día.

—Simon y Prissie —dijo Moze, lo que provocó un coro de suspiros en torno a la mesa—. Sí. Otra vez in fraganti. Waldemar los pilló en la ronda de la una. En esta ocasión, detrás del sofá de la sala de juegos.

—¿Y bien? —Ted me miró primero a mí y luego a Carey-Jane; éramos las terapeutas asignadas a Simon y Prissie, respectivamente—. ¿Ahora qué?

Apesadumbrada, negué con la cabeza.

—Simon tiene que marcharse. Ya se le hizo una advertencia. No está listo para recuperarse. Le da igual.

—Yo quiero que Prissie se quede. —Carey-Jane mostró la misma resolución—. Pero añadimos el sexo y el amor a su lista de adicciones. Todo parte de la visión general.

—Pero si Simon se va y Prissie se queda, ¿qué mensaje estamos enviando? —preguntó Yasmine.

Ted se encogió de hombros.

—¿A quién le importa? Las reglas las ponemos nosotros.

Ted podía ser un problema. Pese a ser un administrador competente y un jefe (periódicamente) inspirador, tenía un dejo de «Déspota sin Oposición».

—Esta mañana ya llegan dos novatos —continuó—. Y, si Simon se va, podemos aceptar a otro mañana o el viernes.

La adicción era un gran negocio. Había lista de espera —siempre— para entrar en The Cloisters.

A continuación, cada terapeuta actualizó la información sobre sus distintos internos, para que todos supiéramos con exactitud cómo iba cada uno de los pacientes —quién era supervulnerable en ese preciso momento, quién se resistía con ganas—, luego era hora de irse a terapia de grupo.

Ted me pilló en la puerta.

—No es propio de ti llegar tarde.

—Aaaah… —Tampoco podía decir: «Mi novio se va cuatro días a Taos y necesitábamos pasar algo de tiempo juntos».

—¿… Rachel?

—Tráfico —contesté—. Lo siento. No volverá a ocurrir.

Luego me fui a sacar a Simon a rastras del desayuno para decirle que hiciera las maletas.

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2

Cuando me preguntan cómo conocí a Quin y notan que vacilo, normalmente dicen: «¿Tinder? Eh, no hay de qué avergonzarse».

Pero fue peor que Tinder. Hace casi dos años, en 2016, Quin y yo nos conocimos en un retiro de meditación, uno silencioso, que se celebraba en una casa grande y antigua en medio de la nada. Yo había ido porque era una Meditadora Fallida. En todos los años que llevaba intentándolo, a pesar de los cientos de llamas de vela que había mirado fijamente, nunca había sido capaz de detener mis pensamientos. «Quince minutos en realidad no es tanto, solo necesito dejar la mente vacía vacía vacía pensar en nada en absoluto. Eh, mira, si estoy meditando. Aunque si me doy cuenta de que lo estoy haciendo, ¿significa que no lo estoy haciendo? Madre mía, no llegué a cancelar la cita con el fisio, ahora lo hago, bueno no ahora ahora, sino en cuanto acabe de meditar…».

A las siete de la tarde de aquel viernes de finales de marzo, alrededor de una treintena de personas sentadas en esterillas de yoga con las piernas cruzadas intentábamos medirnos unas a otras de forma solapada para que no nos pillasen. No éramos más que un grupo de gente nerviosa y esperanzada. Más mujeres que hombres —eso siempre—, de edades comprendidas entre la veintena y la sesentena.

Me habría encantado conocer las razones de los demás para asistir, pero teníamos prohibido literalmente hablar. Tampoco estaban permitidos el alcohol, el café, los móviles, los aparatos electrónicos, los libros ni las revistas.

Nuestros instructores eran una mujer joven deliciosamente ágil (yoga, por supuesto) y tres hombres jóvenes, todos algo «alentejados»: basta ropa marrón, rostro pálido con barba rala y patilluda, y entradas incipientes.

A lo largo de aquellas cuarenta y ocho horas, hicimos un montón de meditación en grupo, durante la cual me pasé una cantidad vergonzosa de tiempo preguntándome si los tres Chicos Lenteja estaban enamorados de la Chica Yoga. Seguro, ¿no? Era tan estupenda… Y luego estaba esa agilidad, claro. Cuando mi mente debería haber estado en calma, me dediqué a inspeccionar al trío y a preguntarme si la Chica Yoga se habría acostado con alguno de ellos. ¿O con los tres? Era absolutamente preciosa, pero si algo he aprendido es a no subestimar la soltura de los hombres más ordinarios.

Además de meditar, hicimos unas clases de yoga, comimos comida vegana a intervalos regulares y nos trincamos todo el té de salvia que nuestro estómago podía soportar. Dedicamos gran parte del sábado a comernos una sola uva. Cuando llevaba media hora en ello, me di cuenta de que debía de haberlo hecho unas veinte veces: todos los cursos de mindfulness y meditación recurrían a eso para demostrar cómo bajar el ritmo y vivir el momento. Suspiré bajito. Quizá iba siendo hora de tirar la toalla para siempre con aquello de la meditación.

El domingo por la tarde, a última hora, justo cuando ya teníamos el final a la vista, uno de los Chicos Lenteja anunció una Meditación de la Bondad Amorosa: un ejercicio de intimidad en el que te sentabas enfrente de otra persona, mirándola a los ojos, y elaborabas pensamientos buenos y amorosos durante diez largos minutos.

Una atrocidad.

Éramos impares, así que acabé emparejada con el Chico Lenteja más patilludo y, por el modo en que se le dilataban las pupilas, quedaba claro que estaba dándolo todo con los pensamientos buenos y amorosos. La única forma de sobrevivir a aquello era desaparecer en mi interior.

Al final, alguien hizo sonar algo —probablemente un cuenco tibetano, era lo habitual—, y los diez minutos más eternos de la eternidad llegaron a su fin; era nuestra señal para romper el contacto visual y comenzar con otra persona. Esbocé una sonrisa incómoda y me giré.

—¿Todo el mundo ha cambiado de pareja? —preguntó la Chica Yoga.

Eché un vistazo a mi nuevo compañero. Un hombre. Tenía cara de póquer, pero en sus ojos se advertía algo. Casi una sonrisita. Algo relacionado con el comentario sobre el cambio de parejas.

Inmaduro.

Y aun así…

Lo miré fijamente. Me devolvió la mirada. «Siento amabilidad por ti, siento cariño por ti», pensé.

Mientras le sostenía aquella mirada impertérrita, decidí que me estaba devolviendo los pensamientos. Luego, en realidad, sentí algo. Una especie de alivio.

Nadie se sorprendió más que yo.

Pese a la sonrisa trémula, empezaron a saltárseme las lágrimas. Gruesas gotas caían en mis manos, y no hubo ni las palmaditas incómodas ni el hurgar en busca de pañuelos que normalmente acompañan al llanto en público. Nos quedamos allí sentados, quietos, sosteniéndonos la mirada sin más.

Cuando tocaron el cuenco, el hombre inclinó la cabeza y me preguntó sin palabras si me encontraba bien.

Asentí y sonreí, me sequé las lágrimas sorpresa y me volví hacia mi pareja siguiente.

Alrededor de media hora después, el fin de semana llegó a su fin y nuestras últimas instrucciones fueron continuar sin hablar hasta que saliésemos de la propiedad.

Arriba, en el dormitorio, mientras metía mis escasas posesiones en la bolsa, sentí una ligereza en el corazón que no había experimentado en mucho tiempo. La paz de la meditación seguía eludiéndome —era probable que de por vida—, pero, de forma completamente inesperada, me sentí absuelta. No tenía sentido, pero aquel hombre, aquel desconocido, había despejado parte del caos de mi pasado.

Uno de los Chicos Lenteja me devolvió mis dispositivos electrónicos, luego salí a la gélida noche y vi al hombre allí plantado, fingiendo que trasteaba con el móvil.

Resultó incómodo. Algo bueno había ocurrido en aquella sala, y seguramente era en aquella sala donde debía quedarse.

Tras una inclinación rápida de cabeza, me dirigí a mi coche, ligeramente desconcertada por el larguísimo Mercedes de color crema que había en la plaza contigua a la mía. Parecía recién sacado de una peli policiaca de los setenta; lo imaginaba en su salsa chirriando y derrapando por callejuelas estrechas. Costaba decidir si era bonito o solo ostentoso.

—Hola —oí, y me volví—. Soy Quin.

Pues sí que se sentía seguro de sí mismo. Y había roto las reglas.

Entonces decidí que daba igual.

—Yo, Rachel.

Se acercó a mí.

—¿Podría…? —comenzó—. ¿Podríamos…?

—No sé —contesté—. No estoy buscando ese tipo de…

—Creo que yo tampoco —dijo (lo cual resultó ser mentira)—. Pero, sea lo que sea lo que ha pasado ahí dentro, a mí me ha afectado, y a ti, ¿te ha ayudado?

Pese a que menos de una hora antes le había mirado a los ojos durante diez minutos sin interrupción, era la primera vez que prestaba atención a la imagen de conjunto. Llevaba el cabello castaño rapado y era más alto que yo (esto no siempre podía darlo por hecho, yo medía casi uno ochenta). Al examinarlo detenidamente, las botas de senderismo, la camiseta de aspecto técnico y el modo en que se le tensaba la piel eran característicos de esos hombres que emprendían montones de retos físicos agotadores. Hombres que siempre llevaban encima tres barritas de proteínas y cuya composición corporal era de un 0 por ciento de materia grasa, un 87 por ciento de músculo y un 13 por ciento de ira.

No encajaba mucho allí.

—¿Puedo preguntarte algo? —me sorprendí diciendo—. ¿Por qué te has apuntado a este fin de semana?

—Porque… nunca tengo la sensación de haber tenido suficiente.

Esperé.

—Quiero algo —dijo—. Entonces lo cojo. Luego quiero una versión mejor. O ya no lo quiero.

«Ay, madre, uno de esos hombres».

—Mi felicidad está siempre ahí, justo fuera del alcance —prosiguió—. El Señor Perfeccionamiento, ese soy yo.

Lo cierto es que me reí.

—Bueno, nadie puede decir que no me has avisado.

—¿Y? —me preguntó—. ¿Qué te ha traído a ti aquí?

Vale, allá vamos.

—Estoy en rehabilitación. Recomiendan la meditación.

Si respondía con una mirada de incomprensión, aquella floreciente amistad se iría directa al garete.

—Soy adicta —expliqué.

—Sé qué significa «en rehabilitación» —dijo sin rodeos.

Era un buen comienzo, porque la mayoría de la gente no tiene ni idea. Luego, cuando lo entienden, suelen salir zumbando. A menudo he dicho que debería haber un Tinder para los de los Doce Pasos.

—¿Llevas mucho tiempo limpia? —Y esa era una pregunta excelente, una informada. Quería saber si estaba estable o era probable que recayera.

—Años.

—¡Vaaale! —De golpe dejó de parecer nervioso—. Entonces ¿me das tu número?

¿Por qué no? Eso fue lo que pensé. ¿Qué daño podía hacer?

Me dijo que estaríamos en contacto, luego se subió a su coche ostentoso-barra-bonito de los setenta y se alejó ruidosamente.

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3

Que un paciente se marchase antes de concluir las seis semanas siempre resultaba decepcionante. Pero era la segunda vez que Simon rompía la regla que prohibía el contacto sexual con otros internos. Y aun así, incluso cuando estaba siendo expulsado de rehabilitación, tenía ese brillo coqueto. No podía evitarlo.

—Tienes treinta y siete años —le recordé—. Eres demasiado viejo para comportarte así.

—Y tú tienes… ¿cuántos? —Me estudió con una sonrisa obscena—. ¿Treinta y cinco? ¿Treinta y seis?

Yo hacía mucho que había perdido de vista la treintena, y él lo sabía.

—Lo bastante mayor para saber cuándo juegan conmigo. ¿Esas cursiladas de verdad funcionan alguna vez?

—Todo el tiempo.

—¿Alguna vez funcionan con mujeres que no sean vulnerables?

Y ahí, una sombra le oscureció el rostro de manera fugaz.

—Si no te tomas en serio la rehabilitación —dije—, la adicción te matará.

Se encogió de hombros.

—Vive rápido, muere joven.

—Esa opción ya no está disponible, Simon. Eres demasiado viejo.

Pero era inmune. Iba a volver a salir al mundo y la primera persona a la que llamaría sería su camello.

Por mis manos pasaban entre cincuenta y sesenta adictos al año, y me importaban mucho —tal vez demasiado— todos y cada uno de ellos. Si hubiera habido algo que pudiera hacer para ayudar a Simon, lo habría hecho. Dejar que se fuera era realmente doloroso.

Me identificaba en exceso con mis internos. Pues claro. Había sido una de ellos.

Cuando entré en la Sala del Abad (un antiguo comedor con mucha corriente, en realidad) para la terapia grupal de esa mañana, el parloteo era atolondrado e inquieto; los rumores eran moneda de cambio allí dentro. La posibilidad de que hubiesen expulsado a Simon los había trastocado a todos. En rehabilitación enseguida se establecían vínculos fuertes. Con eso no quiero decir que todos se llevasen bien, a menudo se odiaban a muerte, pero escaseaba la indiferencia.

Chalkie fue la primera en advertir mi presencia.

—¡Agua, agua! —susurró—. Ya está aquí.

Ocupé mi asiento, el segundo peor del círculo. Era lo malo de llegar tarde al grupo: todas las sillas cómodas estaban cogidas. Tendría que resistir al menos dos horas en esa cosa de respaldo bajo con la pata coja, y sin revelar incomodidad. Cualquier muestra de vulnerabilidad mermaría mi autoridad.

Mis patitos habían guardado silencio, lanzando miradas al último sitio libre —donde se habría sentado Simon—, a la espera de que yo tomara la palabra. Pero su respuesta a aquel trastorno era una fuente de información para mí, así que adopté una expresión desabrida y me armé de paciencia para esperar.

¿Me llegarían las zapatillas nuevas por Fedex ese día?, me pregunté de repente. Las había pedido el día anterior, pero a veces las entregaban al siguiente. Normalmente tardaban dos días. En ocasiones, tres. (Esto último se me hacía duro. Me aceleraba muchísimo, mi cerebro generaba predopamina y el armario se veía tan desnudo…).

—Que alguien diga algo —suplicó Dennis—. ¡Este silencio me está haciendo sudar como un cerdo!

Vale, ¡de vuelta al tajo! Dennis, un alcohólico que había llegado el día anterior, seguía sumido en la ficción de que no tenía ningún problema. Al parecer, solo estaba allí «por no oír a mi mujer». Ese día —igual que el anterior— llevaba un traje arrugado con manchas de sopa en los pantalones. Tenía la corbata torcida, le faltaban dos botones de la camisa y la barriga le sobresalía por encima del cinturón. Era concejal de la ciudad en la que había nacido —uno de esos lugares muy unidos en medio de la nada— y era imposible que no me gustase.

—¿Qué tiene de malo el silencio, Dennis? —Mi voz era calmada, pero la pata de la silla, que me inclinaba hacia delante, y luego hacia atrás, mientras hablaba, sin duda mermaba mi posición.

—Está demasiado tranquilo.

Eso no podía discutírselo.

—¿Puedo hacer una pregunta? —A Harlie le temblaba la voz—. ¿Han echado a Simon?

Cuando no estaba cortejando a Prissie detrás del sofá de la sala de juegos, Simon había flirteado de forma llamativa con Harlie. Esta había ido sucumbiendo a sus sospechosos encantos, y empezaban a perfilarse como un problema. Tal vez fuera mejor que se hubiera ido.

—Simon se ha marchado —dije.

Harlie se vino abajo, desconsolada. Giles, otro zalamero con las damas, se revolvió con incomodidad, quizá preguntándose si sería el siguiente expulsado. Chalkie, héroe de la clase obrera, se movió nervioso, preparado para denunciar un error judicial. Roxy, que saldría en una semana, frunció el ceño preocupada. Dennis observaba a los demás en busca de pistas sobre cómo reaccionar. Y Trassa exclamó:

—¡Te gusta!

—¡Y qué si me gusta! —Como siempre, Dennis fue incapaz de resistirse a hacer un chiste.

—A ti no —replicó Trassa—, a Harlie.

—¡No es verdad!

Aunque sí que era verdad. Le echaría un ojo extra los días siguientes.

—Entonces ¿Simon se ha ido en serio? —preguntó Chalkie—. ¿Lo han echado sin más? No hemos podido despedirnos.

—No. —Asentí. Tuve que plantar el pie con firmeza en el suelo para detener aquel desagradable balanceo.

—Chalkie, ¿y a ti qué más te da? —preguntó Roxy, haciendo mi trabajo por mí. Se ponen en ese plan cuando se acercan al final de sus seis semanas, como si ya lo supieran todo; tiene un punto encantador—. No lo soportabas, dijiste que era «un capullo de clase media»…

—«… corrompido por sus propios privilegios». Igual que tú; nada personal, vamos. —Los ojos azules de Chalkie ardían de fervor—. Pero sigue teniendo derecho a un juicio justo.

Chalkie era un agitador autodidacta del cinturón de pobreza de Dublín. Se suponía que yo no debía tener favoritos, pero, de haber tenido uno, habría sido él. Elocuente, enfadado y compasivo (a menos que vivieras en una zona residencial, en cuyo caso no «te mearía encima aunque estallaras en llamas»), corría el riesgo de abrasarse en su propia rabia.

Con aquellas cualidades de estrella, se le daba genial mover a la comunidad en favor de una causa; por ejemplo, abanderó y ganó la del desayuno para los niños necesitados en edad escolar. Hacía mucho bien. Pero, de vez en cuando —a menudo en el punto culminante de sus campañas—, recaía y empezaba a consumir heroína otra vez.

—Simon rompió las reglas —dije—. Dos veces.

—Bueno, tal vez esas reglas sean una gilipollez.

Al oírlo, Giles empezó a irritarse. Adicto a la cocaína en la cincuentena, no era muy fan de Chalkie y sus causas. Una carrera de un éxito deslumbrante durante treinta años en el mundo de la publicidad le había imbuido de la convicción de que todo el mundo se labraba su propia suerte.

—«La manera más eficaz de restringir la democracia —dijo Chalkie; estaba citando a alguien, probablemente a Noam Chomsky; normalmente era Noam Chomsky— es transferir la toma de decisiones del ámbito público a instituciones que no responden ante nadie».

—Madre mía. —Giles volvió a cruzar sus larguiruchas piernas y siseó con los dientes apretados.

Chalkie le clavó la mirada.

—¿Tienes algún problema, tío? —Hizo una pausa—. Capullo que juega al tenis.

—Chalkie. —Hablé en voz baja pero firme. Se alentaba a los pacientes a discutir de forma acalorada sobre sus adicciones, pero los insultos gratuitos eran inaceptables—. Discúlpate con Giles.

—Perdona…

Giles inclinó la cabeza para demostrar que aceptaba las disculpas a duras penas.

—… por decir que juegas al tenis.

Giles levantó la cabeza de golpe y el color regresó a su atractivo y fino rostro.

—Con esos pantaloncitos blancos, gritando: «¡Cuarenta iguales!» —se burló Chalkie—. No me extraña que te aficionases a la nieve. Era por vergüenza, ¿estoy en lo cierto?

Estallaron carcajadas. Casi todo el mundo adoraba a Chalkie, era parte de su problema. Se salía con la suya en demasiadas ocasiones.

—Perdona, Rachel —dijo con una sonrisa—. Perdona, Giles.

Giles rompió a sollozar de pronto. Estaba entrando en su quinta semana, así que aquel comportamiento era de manual. Su negación se desmoronaba, su egoísmo lo habían resaltado al detalle todas las personas de su vida, de modo que había dejado la rabia atrás y en esos momentos se hallaba preso del dolor.

—¿Estás bien, Giles? —Le pasé un pañuelo.

—Muy bien. —Se atragantó, con la cara entre las manos.

Vale, le tocaba a Trassa. Casada durante cincuenta y un años, con cinco hijos y once nietos, proyectaba una respetabilidad acogedora, subrayada por chaquetas de punto, faldas informes y gafas de lectura colgadas de una cadenita. Jugadora compulsiva, había ingresado para convencer a Ronan, su hijo mediano —el único que aún le dirigía la palabra— de que pagara su última tanda de deudas.

—Trassa —dije—, la historia de tu vida, por favor.

Era el primer ejercicio escrito que hacían los pacientes y normalmente empezaba a ablandarlos.

—Aún no he terminado. —Su sonrisa era dulce—. ¿Te recuerdo que tengo sesenta y ocho años, y no tengo la energía de estos jóvenes?

—Tenla lista para mañana. Mientras tanto, ¿por qué no nos cuentas exactamente por qué estás en rehabilitación?

—Bueno… —Una ancha sonrisa le arrugó los rasgos, suaves y empolvados. Había algo en ella que siempre me recordaba a un bollito de pan—. Ronan, mi muchacho, exageró.

Lo dejé en el aire un buen rato y luego me dirigí a Dennis:

—Te he visto charlando con Trassa. ¿Qué te ha contado?

—¡Eh! —intervino Chalkie—. ¡No le hagas chivarse!

—No, no pasa nada. —Dennis se sentía seguro—. Nadie va a chivarse. La pobre Trassa no ha tenido suerte, eso es todo. Sacó efectivo de una tarjeta de crédito para una apuesta segura en el Grand National. Nunca vio los recibos del banco porque los enviaban online. Los intereses ascendieron…, son criminales, no hace falta que os lo diga, y lo primero que supo Trassa fue cuando los acreedores llamaron a su puerta y disgustaron a su esposo, Seamus padre, que está en una silla de ruedas.

Sí, me resultaba familiar. Salvo porque, en la versión que me habían contado a mí, la carrera era el Derby de Kentucky.

—Para entonces, la cantidad que debía se había triplicado. ¿Cómo iba a pagarlo la pobre mujer? ¡Solo tiene una pensión! Uno de sus hijos dijo que lo cubriría, pero que tendría que venir a rehabilitación. Igual que yo, estamos los dos aquí para complacer a otra persona.

Giles había empezado a emitir un chirrido rítmico. No sabía llorar porque no tenía práctica. Hasta el último fin de semana, se había pasado cuarenta y cinco años sin llorar. En realidad, debería haber estado tirado en el suelo, dando golpes y alaridos por las décadas perdidas y el reguero de mujeres e hijos abandonados, pero estaba demasiado deprimido. Aun así, resultaba alentador que llorara.

—¿Trassa? —pregunté—. ¿Cuánto pagó tu hijo?

—Eso es privado —soltó ella con aspereza.

La miré bien.

—Estás en rehabilitación. Aquí no hay nada privado. ¿Cuánto?

Sabía que, sin mencionar ninguna suma, Trassa había dado a entender que se trataba de unos cincuenta euros.

—Saqué, creo que fueron… dos mil euros del cajero.

El shock fue extendiéndose por la sala. ¿Dos mil? Ni Roxy, que había avanzado lo suficiente para comprender la negación, se había esperado eso.

—¿Dos mil? —pregunté.

—Eh, bueno, no lo sé. —Trassa se puso en plan abuela olvidadiza—. Esta vieja cabeza.

—Fueron cuatro mil. —Ella lo sabía. Yo lo sabía. Y ahora todos los demás también—. ¿Cómo conseguiste la tarjeta de crédito?

—Me la ofreció el banco.

—¿Te la ofreció el banco?

Su rostro se sonrosó.

—¿Quieres decir que la solicitaste? —dije.

—Sí, sí. —Estaba desesperada porque me callase.

—A nombre de tu marido. Porque tu crédito personal está hecho papilla.

El ambiente en la sala era de consternación. Todos le habían cogido cariño a Trassa, y esa historia no encajaba con la imagen que tenían de ella. Dennis, en especial, parecía terriblemente confundido.

A la hora de comer, asomé la cabeza en la oficina de administración, esperando a ver la caja de Fedex en el rincón, pero Brianna dijo:

—Nada. Lo siento. ¿Qué has pedido esta vez?

—Zapatillas.

—¿Más zapatillas? Cualquiera diría que eres una adicta. —Las dos soltamos unas risitas falsas.

Como todo hijo de vecino con un empleo, recibía las compras online en el trabajo. Brianna no tenía nada que envidiarle a un conserje personal. Ted no lo aprobaba: nuestra vida personal no debería mezclarse con nuestra vida profesional. Si alguno de mis patitos se topaba conmigo abriendo cajas con alegría y chillando encantada, costaría mantener su respeto en el grupo.

Pero ¿cuál era la alternativa? ¿Llegar a casa del trabajo y encontrarme una tarjetita con las temidas palabras: «Recoger en almacén»? Va a ser que no.

A pesar de la decepción, seguí con mi jornada y, alrededor de las cinco de la tarde, estaba en mi despacho pasando las notas diarias a ordenador cuando me sonó el teléfono. En cuanto vi quién llamaba, casi se me para el corazón. ¿Qué demonios…? Joey. ¿Joey el Cascarrabias? ¿Por qué…? Jamás me llamaría para tener una charla amigable conmigo.

Pero, mezclada con la sorpresa, estaban la curiosidad y —de locos— la esperanza. El corazón me palpitaba en los oídos cuando respondí.

—¿Joey?

—¿Eres tú, Rachel? Escucha, ayer se murió la madre de Luke. Está de camino a casa. El funeral es el viernes.

—¿Luke? ¿Qué…? ¿Cómo…? —Tenía tantas preguntas. ¿Qué tal le había ido en los últimos seis años? ¿Había vuelto a casarse? ¿Tenía hijos?—. ¿Cómo…? —tartamudeé—. ¿Cómo está él?

—Acaba de morir su madre. Así está, Rachel. —Luego me colgó.

En sus mejores momentos, Joey nunca habría ganado un concurso de mister Simpatía, pero aquella hostilidad…

Me temblaban tanto las manos que tuve que sentarme encima de ellas. ¿De verdad había ocurrido? ¿Acababa de llamarme Joey? Por un momento me preocupó habérmelo imaginado.

—¿Estás bien? —Murdo me miró con atención.

—Hummm. —Me noté los labios entumecidos—. Muy bien. Son solo… cosas.

—¿Seguro?

Asentí en silencio. Me sobrevino una oleada de emociones: pérdida y añoranza y… sí, ira, y pese a que probablemente era mejor que no viese a Luke, sabía que seguía queriendo verlo.

¿Por qué me había llamado Joey? ¿Porque se lo había pedido Luke?

No parecía muy probable.

A menos… que ¿sí?

¿Debía ir al funeral? ¿O mantenerme alejada? Tiempo atrás, había sentido mucho cariño por la señora Costello, pero no habíamos mantenido el contacto.

Esperé a ver si la amable voz de mi cabeza tenía algo útil que aportar. Pero lo único que había era silencio.

«¿De verdad? —pregunté—. ¿En serio?».

Y nada. Así que estaba sola con eso. ¿Tal vez debía fingir que aquella llamada no había tenido lugar? Limitarme a seguir con mi vida hasta el lunes, el martes quizá, cuando fuera que Luke saliera de nuevo del país y se marchara a casa.

Pero ¿y si me arrepentía? ¿Si perdía la oportunidad de verlo? ¿O me sentía culpable por no presentar mis respetos a una mujer decente que había sido buena conmigo?

No me había sentido así de trastocada en… madre mía, literalmente no era capaz de recordar cuánto tiempo. Lo correcto era llamar a Nola, mi madrina y la Mujer más Sabia que Conocía, limpia y serena desde hacía casi veintisiete años.

—¿Qué pasa, amor?

—Luke.

—¿Qué pasa con Luke? No, no me lo digas, vente para acá. ¡Conduce con cuidado!

Media hora más tarde, estaba aparcando delante de la bonita casa de ladrillo rojo de Nola.

Por increíble que pareciera, habían pasado veinte años desde que yo misma había sido paciente en The Cloisters y ella había venido a contar la historia de su recuperación de la adicción. Con sus bonitas mechas, su pequeño deportivo y un trabajo impresionante, pensé que sería una actriz contratada por el centro de tratamiento.

Sin embargo, cuando dejé la rehabilitación, descubrí que Nola era una adicta de verdad. Pero no consumía, estaba feliz y lo bastante fuerte para capear todas las tormentas emocionales. Deseé ser exactamente como ella, así que me acogió bajo su ala y me ayudó a crecer.

El tiempo que pasé en The Cloisters me había revelado que era una adicta, pero Nola me había convencido de que, sin tomar nada que me alterara el estado de ánimo, podía llevar una vida normal, una vida mejor que normal. De que podía superar emociones de­sagradables, de que podía aspirar a una relación sana con un hombre, de que podía tener el trabajo que quisiera… Una vida que estaba segura de que era inalcanzable para una persona tan despreciable como yo.

Aparqué y recorrí a toda prisa el camino de entrada de Nola; Harry, su marido, abrió la puerta, pintada con elegancia, y me invitó a pasar.

En mis primeros días en recuperación estaba colada por Harry. Era sencillamente encantador: siempre mantenía una distancia respetuosa pero sin perder una pizca de amabilidad. Yo anhelaba a un hombre igual de bueno que él.

Nola solía decirme que, si aguantaba limpia el tiempo suficiente, yo también conseguiría una vida «con la que no me atrevería a soñar». Costaba creerlo.

Y aun así, había ocurrido. Todo ello. Incluido un hombre tan encantador como Harry.

Nola me puso una taza de té delante.

—Venga, cuéntame.

No me llevó mucho tiempo.

—¿Y? —pregunté—. ¿Debería ir al funeral?

—¿Joey te ha llamado por su cuenta? ¿O porque se lo ha pedido Luke?

—No se me ha ocurrido preguntárselo, y no pienso volver a llamarlo, tengo algo de orgullo.

—Genial. —Se rio—. Nadie te obliga a hacerlo. Vale, centrémonos en los hechos. Por un lado, Luke y tú tenéis asuntos no resueltos…

—Ah, ¿los tenemos, Nola? Fue hace tanto tiempo… ¿No están…? ¿Cuál es la palabra cuando las cuentas llevan tanto tiempo inactivas que ya no existen? ¿Moribundos? ¿Inertes?

—Tal vez sea tu oportunidad de arreglar parte de aquel desastre.

—Pero ¿y si lo veo y vuelvo a acabar destrozada?

—¿Qué te dice tu voz interior?

—Nada. Silencio absoluto.

Nola hizo una pausa para reflexionar.

—En ese caso, debes guardarlo bajo La Llave de Oro.

—¡No!

A Nola le gustaba demasiado aquel recurso: cuando un problema tiene una miríada de soluciones posibles pero ninguna respuesta clara, metes todo el lío en una caja imaginaria y la cierras con una llave de oro, también imaginaria. Luego no haces nada. Ni siquiera piensas en ello: en cuanto surge en tu mente, lo devuelves a la caja y esperas hasta que el universo te revele la respuesta.

No vuelves locos a tus amigos y hermanas hablando de ello hasta que todo el mundo llora de tedio. No. Te limitas a mantener la boca cerrada y esperas a que pase.

(El razonamiento consiste en que los humanos somos debiluchos que quieren la solución que les proporcione la gratificación más rápida; nos cegamos de forma deliberada ante cualquier daño a medio plazo. Yo sabía todo esto, solo que no quería oírlo).

—¡Bah, Nola! ¿No puedes decirme qué hacer y ya está?

—No funciona así, y lo sabes.

—Lo siento. Tienes razón. Por supuesto. Sí. Gracias. Lo guardo bajo La Llave de Oro ahora mismo.

A la mierda. Pensaba buscar una segunda opinión. Pero tenía que elegir la fuente con cuidado, así me diría lo que quería oír. Aunque no estuviese segura de qué era.

Mi hermana Margaret era muy clara y simple, imbuida de un profundo sentido del bien y el mal. Ya la oía insistiendo: «¡Tienes que ir a ese funeral! Fue tu suegra… ¡Ten un poco de decencia!».

Mi madre se mostraría de acuerdo, pero solo porque a ella le encantaban los funerales, comprobar con los ojos brillantes la calidad del ataúd, la sensiblería de los himnos y el entusiasmo de los llantos. Aunque disfrutaba de buena salud, siempre estaba planificando su propia despedida («¡Los himnos más tristes que encontréis!»), y estaba obcecada en una cosa: «A mí no me vengáis con esa tontería de “celebrar la vida”. ¡Quiero que la gente llore a lágrima viva!». Había un ataúd, caro y de madera noble, reservado. («No me compréis una de esas cosas endebles de mimbre. Sé de un hombre que se escurrió, ¡se escurrió!, y cayó al suelo de la iglesia cuando lo cargaban por la nave. Y no llevaba pantalones puestos, ni calzoncillos, solo la camisa y la chaqueta. No dejéis que a mí me pase eso»).

Helen me diría que no tenía por qué ir. «¡Que le jodan! —exclamaría con la voz cargada de desdén—. ¡No le debes nada a Luke Costello!».

¿Anna? Tenía una fuerte inclinación por la pantomima esotérica. Probablemente estaría de acuerdo con Nola.

¿Claire? Costaba saber de qué lado se pondría ella.

¿Mi padre? Si es que se atrevía a expresar una opinión, nadie le prestaba nunca atención.

¿Mi mejor amiga, Brigit? Ella seguro que habría estado ahí para esto, pero estaba muy ocupada. Madre de tres chicos, de quince, catorce y diez años, y de una niña de ocho, vivía en lo más remoto y precioso del norte de Connemara. Trabajaba desde casa (pero, Dios mío, menuda casa), y su trabajo se describía como parcial, pero las horas parecían aproximarse sospechosamente a tiempo completo.

La forma de proceder con Brigit sería enviarle un mensaje despreocupado. Así, si le gustaba cómo sonaban las cosas, podía implicarse y, si tenía demasiado encima, podía pasar.

Di un abrazo a Nola y volví a toda prisa a mi coche; había decidido que se lo consultaría a mis hermanas. Al menos así exploraría todas las opciones posibles.

Saqué el móvil y —espeluznante— en ese preciso momento me llegó un mensaje de Claire. Necesito hablar contigo. Dilema.

Contesté: Yo también tengo un dilema. Voy a convocar una reunión para las ocho de la tarde. ¿Estarás?

Sí —dijo—. Aunque mi dilema es privado. Necesito una previa contigo.

Nuestras reuniones familiares normalmente tenían lugar en casa de nuestros padres, porque vivían a la misma distancia de mis hermanas y de mí. Pero Claire y yo organizamos nuestra previa furtiva para las siete cuarenta y cinco.

Luego mandé un mensaje al chat del grupo de la familia Walsh: Esta tarde a las ocho en casa de papá y mamá. Necesito consejo. Se ha muerto la madre de Luke, ¿debería ir al funeral?

Mi móvil estalló enseguida con los mensajes, wasaps, audios… como internet cuando Beyoncé saca un álbum sorpresa. Todas mis hermanas se apuntaron a la reunión, excepto Anna, que llamó para despotricar sobre el inconveniente de vivir en Nueva York (y que me aconsejó «que el universo te ayude»).

Lo siguiente que hice fue llamar a mi madre, para comprobar que estaría en casa. Aunque no estuviera, nos reuniríamos allí, comeríamos galletas y asustaríamos a papá.

Me saludó con un:

—¿Rachel? Qué bien que hayas llamado. Podría haber estado hecha un guiñapo en el suelo en medio del salón, muerta desde hace cuatro días, y nadie se habría dado cuenta de que faltaba.

Llamaba a mi madre todos los días, al igual que Margaret; mi madre vivía con otro adulto, mi padre; jugaba al bridge como doce veces a la semana; se pasaba cuatro horas diarias al teléfono con sus amigas, quejándose de cosas… Estaba más sana y tenía más vida social que yo.

—¿Vas a estar en casa esta noche? —le pregunté.

—¿Por qué? —Levanté sus sospechas al instante—. ¿Qué quieres? ¡Escúchame bien! No pienso cuidarte el perro, ni coserte el bajo de la falda ni prestarte el coche. Yo también tengo una vida, ¿sabes?

—Lo que estoy buscando es consejo.

—Cómpralo.

—¿Que compre qué? No, mamá, no es eso lo que…

—Tú cómpralo, sea lo que sea. La vida es demasiado corta. Ese es mi consejo.

—Estaré ahí sobre las ocho.

—Ya hemos cenado. Salchichas sin gluten.

—¿Desde cuándo sois celíacos?

—¡Ja! No lo somos. Solo estamos en plan aventurero. La verdad, no notarías la diferencia. La semana que viene quizá probemos el cheddar vegano.

Pasé zumbando por casa para dar de comer a Crunchie, que se puso eufórica —siempre actuaba como si hubiese desaparecido y me hubiesen dado por muerta unos trescientos años antes—, y volví a marcharme para ver a Claire. Como una tonta, llegué puntual y aparqué cinco casas más abajo de la de mis padres. Siete minutos más tarde, el coche de Claire rebotó en los badenes. Antes incluso de que pegara un frenazo que me taladró los oídos, su ventanilla eléctrica estaba abriéndose con un chirrido y sus exquisitas uñas, de un gris crema, me hacían señas para que me acercara.

Se negaba a subirse a mi coche. No funcionaba la calefacción y lo encontraba deprimente.

La noche era neblinosa. Corrí pegada a la pared, con la esperanza de evitar a los vecinos, y me colé en su Audi, cálido, fragante y con tapicería de cuero.

—Qué bien huele —dije.

—Diptyque —aclaró—. Tubéreuse. Ahora también tienen ambientadores de coche.

Típico de Claire, siempre al frente de la vanguardia de la moda. Siempre buscando, husmeando entre marcas nuevas: de cuidado de la piel, de bolsos, de estilo de vida. ¡Lectora fiel de la revista Porter! ¡Sin ningún miedo a gastar dinero!

Me dio un abrazo rápido.

—¿Llego tarde? Vaya, sí que es tarde. Bueno, ¿estás bien?

Llevaba el pelo, de un tono castaño de moda, recogido en un fabuloso moño francés bajo, tenía la piel resplandeciente y, aunque no sabía qué edad aseguraba tener por ese entonces, daba el pego.

—Tu cara. —Volví a mirarla—. ¿Adónde han ido tus poros? Es increíble.

—Me he hecho algo.

Siempre estaba haciéndose algo. Su frase favorita era: «No pienso caer sin luchar». (Esa o: «Pónmelo cargado»).

Se ganaba a pulso ese aspecto tan estupendo. Tenía entrenador personal y —algo crucial— acudía a las sesiones, en lugar de mandar un mensaje diez minutos antes de que empezara fingiendo que le dolía la garganta irritada (lo que yo había hecho las pocas veces que me había apuntado). El único carbohidrato que pasaba por sus labios era el vodka, y era una habitual de Goop, donde compraba obedientemente sus polvos de cuerno de unicornio o lo que fuera lo último que se llevara. Su único punto ciego era una debilidad por el autobronceador, pero, a ese respecto, no había forma de que entrara en razón. Todo el mundo tiene sus flaquezas.

Estaba tan dedicada a su aspecto juvenil que no le gustaba que la vieran en público con Margaret, que era más joven que ella, porque Margaret había «envejecido con elegancia» (en palabras de Margaret). O «se había ido al garete por completo» (en palabras de Claire).

El campo de batalla de las dos era el pelo de Margaret. Había dejado de teñírselo unos años antes, pero, en mi opinión, había salido ganando, porque para entonces había adoptado un tono plateado increíble. Creo que en realidad estaba más guapa que a los veintitantos.

A veces me planteaba hacer lo mismo; la libertad resultaba atrayente. Solo de pensar en todo el tiempo y el dinero que me ahorraría… Y aún más importante, considerar toda la energía emocional que me ahorraría; los últimos diez días antes de arreglarme las raíces eran duros.

—¿Te dolió? —le pregunté a Claire—. ¿Eso que te hiciste?

—Ay, ¡sí! Incluso después de seis analgésicos.

—¿Seis? ¡Claire!

Y ahí tenéis al menos dos de las diferencias entre Claire y yo: a mí también me gustaría tener la piel sin poros, pero no estaba lista para sufrir por ello. En lugar de eso, me gastaba una fortuna en sérums, investigando constantemente. Era una de mis numerosas microobsesiones.

La tragedia de todo esto estaba en que nuestra segunda hermana más pequeña, Anna, tenía El Mejor Trabajo del Mundo, como ejecutiva en McArthur on the Park, una empresa de relaciones públicas que representaba a algunas de las marcas de cuidados de la piel más emocionantes del planeta.

A efectos prácticos, significaba que teníamos un acceso de vértigo a productos gratis. Y aun así, no era capaz de dejar de comprar. Las cosas gratis siempre son agradables. Pero no hay nada más atrayente que Nuevo y Excitante. O Más.

La segunda diferencia era que Claire cambiaba de estado de ánimo con un abandono feliz y nunca desarrollaba ninguna dependencia: era una bebedora entusiasta y tenía todo un alijo de pastillas al alcance de la mano.

¿Yo, en cambio? Yo había ido a rehabilitación veinte años antes por una afición excesiva a la cocaína y otras drogas. Era lo mejor que me había ocurrido nunca y para entonces llevaba una vida normal y feliz, siempre que me mantuviera alejada de cualquier «alterador del estado de ánimo». Lo que significaba que nada de codeína, ni el Xanax ocasional para la ansiedad; nada en absoluto, ni siquiera alcohol.

Esto desconcertaba a mis «seres queridos» (mis hermanas y mis padres). El alcohol no había supuesto un gran problema para mí tiempo atrás, había sido todo lo demás. Pero era capaz de engancharme a las tortitas de arroz. Al agua del grifo. Al tofu, a la pintura de color magnolia, al brillo de labios nude, a la coliflor hervida… a cualquier cosa. Daba igual lo anodino, lo ordinario que fuera; podía engancharme. Así que nada de alcohol para Rachel.

—¿Cómo lo llevas? —me preguntó Claire.

—Mejor nos lo guardamos para cuando estemos dentro. Cuéntame qué te pasa a ti.

Apretó los labios.

—¿Conoces a Adam?

¿El hombre con el que estaba desde hacía veintitrés años?

—Eh…

—¿Y conoces a nuestros amigos, Piet y Beatriz?

—Hummm. —No hacía mucho que trataban con ellos, pero al parecer Claire y Adam los veían a menudo. Eran un poco ostentosos. Muy Claire. Sin ánimo de ofender.

—Pues resulta que son swingers.

Ah, allá vamos. Lo que me sorprendía en realidad era que Claire no hubiese probado el intercambio de parejas mucho antes.

Me armé de valor.

—No juzgo a nadie. —Mi marca personal era: «En recuperación, pero muy divertida todavía»; era importante parecer despreocupada ante todas las elecciones de estilo de vida por si dejaban de invitarme a cosas. La gente ya se sentía incómoda en mi presencia cuando quería emborracharse y yo me quedaba ahí sentada mareando una Coca-Cola light. Me esforzaba mucho para no mirar mal a nadie, nunca.

Pero lo cierto es que eso lo juzgaba, y mucho. Partiendo del hecho de que no me gustaría hacer un intercambio de pareja con Piet: era demasiado grande, se afeitaba la cabeza y llevaba gruesos anillos de oro.

—Quieren, ya sabes, hacer intercambio con nosotros. A Beatriz le gusta Adam, y yo le gusto a Piet.

Bueno, eran todos adultos.

—Piet quiere salir conmigo. Y Beatriz, sí, saldría con Adam.

¿«Salir»? Me había imaginado lo del intercambio de parejas como algo más generalizado, todos pifiándola con todos, como críos en una piscina de bolas. Pero ¿«salir»? Eso sonaba mucho más… íntimo.

¿A menos que «salir» significase «cabalgar»?

—Piet se lo propuso a Adam. Adam le mandó a la mierda. Pero yo… ya sabes, creo que sí que quiero.

—No puedes obligar a Adam a hacer intercambio de parejas si no quiere.

—… yaaa. ¿Quizá debería tener un rollo con Piet sin más? Siempre me está lanzando miradas cachondas y diciendo cosas como: «Si no supiera que Adam iba a estrangularme…». Es sexy.

—Tener un rollo con Piet no es lo mismo que hacer intercambio. —Y luego añadió—: Claire, ¿estás segura de que quieres ser swinger? A mí me parece que te gusta Piet y punto.

Resopló.

—Me gusta de verdad. En las ocasiones en que practico sexo con Adam, finjo que es Piet.

Para gustos, colores. En mi opinión, Adam era de los que quita­ban el hipo. Alto y grande, pero no en plan rollizo como Piet. Y era perfecto para Claire. Los dos eran inmensamente sociales, muy divertidos y decían que sí a todo, al menos a todo lo que implicase alcohol y más gente. Costaría encontrar una pareja más perfecta.

—Adam se disgustaría si tuviese una aventura a escondidas…

—¿Tú crees?

—Pero si fuésemos swingers, sería todo a plena luz.

—Escúchame, Claire. El intercambio de parejas está genial si todo el mundo está en la misma onda. Adam y tú tenéis que hablar de esto. Y recuerda: Adam y tú tenéis algo bueno. Es raro y maravilloso. En serio, no sabes la suerte que tienes.

—¡Ah, para! No hace falta que te pongas tan seria. Solo dime qué hacer. Eres sabia. —Me dio un codazo en broma—. ¿Sí o no? Venga, va, ¡di que sí!

—Vale. —Suspiré—. Voy a decirte qué hacer exactamente.

Se le iluminó la cara.

—¿Sí? —preguntó ansiosa.

—Guárdalo bajo una llave de oro.

—¡NOOOOOOO! —Y añadió—: Jesús, viene Margaret, con su anorak catastrófico. No digas nada.

Claire y yo bajamos del coche mientras Margaret nos dirigía una mirada herida desde el interior de la capucha de nailon azul.

—Cabría pensar que, a estas alturas, me habría acostumbrado a que me dejarais al margen —dijo mientras las tres atravesábamos a toda prisa la neblina extrañamente húmeda hasta la puerta de la casa de nuestra madre, con Claire cubriéndose el maravilloso pelo con su bolsito de Bottega—. Pero sigue doliendo.

Por suerte, ese fue el momento en que las botas altas de cuero de Claire resbalaron en la acera empapada y salió volando hasta el seto de la señora Kilfeather. Para cuando hubo acabado la diversión, mamá nos apremiaba a pasar al recibidor.

—Entrad, entrad —dijo, girando el brazo—. Antes de que nos ahoguemos todos.

—Hay que lijar las suelas de las botas —dijo Margaret—. Si no quieres resbalar.

—Tienes razón. Hay que hacerlo. Yo lo haría, pero es que son Louboutins. —Esa era la versión de Claire de una disculpa.

—Quitaos esos abrigos y zapatos —dijo maná—. No se os ocurra traerme la lluvia a mi Salón Bueno.

Margaret colgó obedientemente el anorak en el pomo del final de las escaleras, yo arrojé mi abrigo encima, pero Claire se negó a quitarse el suyo.

—No es un abrigo, es un vestido camisero.

De nuevo, típico de Claire. Podías ver una sesión de fotos de una revista, pongamos que de una mujer con un vestido camisero, de organza, hasta el suelo, sobre unos pantalones de campana y un jersey ceñido de punto fino, y pensar: «Qué bonito, pero ninguna persona normal se lo pondría nunca». Bueno, pues Claire se lo pondría.

—Vestido camisero, abrigo camisero, llámalo como quieras —replicó mamá—. Sigue estando mojado. Quítatelo.

—¡Madre mía! —exclamó Claire, pero obedeció.

Las tres asomamos la cabeza en la salita de la televisión para saludar a papá. Él alzó la vista con inquietud, como un tejón que observara desde dentro de su madriguera.

—¿Qué está pasando? —Se apretó su amado mando a distancia contra el pecho.

—Reunión al más alto nivel.

—Mierda. —Miró el televisor con anhelo. Golf, por lo que pude ver—. ¿Me necesitáis?

Habría sido cruel interrumpir su sesión de tele.

—Solo dime una cosa: ¿debería ir al funeral de la madre de Luke?

—¿Ha muerto? Qué pena, era una mujer encantadora. ¿Quién te lo ha dicho?

—Joey. Me ha llamado. Así, de sopetón.

—¿Te ha llamado Joey el Cascarrabias? Ya veo. —Hizo una pausa—. Mira, mi opinión por aquí no cuenta para nada. —Lo dijo sin una pizca de resentimiento. Nuestro pobre padre hacía mucho que había aceptado su posición en el último escalón de la jerarquía familiar—. Pero a mí me parece que deberías ir. Si puedes afrontarlo, vamos.

—¿En serio? Vale. Gracias, papá. Mira, en ese caso, quedas exonerado de tener que asistir a la reunión.

—Dios, qué bien. —Se le veía lastimosamente agradecido. Y añadió—: ¿Te has enterado de lo de nuestras salchichas sin gluten?

—Sí, me han dicho que no las habríais distinguido. Y…

—¡La semana que viene, queso cheddar vegano!

—¡Aquí está Helen! —chilló mamá, que abrió la puerta a una criatura menuda y empapada, vestida de negro de los pies a la cabeza. Su silueta era la de una niña de doce años.

—¡Necesito una toalla! —Se bajó muy deprisa la cremallera del impermeable largo y se quitó la capucha con tal fuerza que las gotitas salieron volando en todas las direcciones—. ¡Eh, vieja! —Chasqueó los dedos—. Tráeme una.

Mientras nuestra madre desaparecía tan tranquila escaleras arriba para cumplir sus órdenes, Helen le gritó a la espalda:

—¡Nada rosa ni floreado!

Helen tenía una lista larguííísima de cosas que odiaba tanto que podría partirles la cara con una pala (lo que, aunque quizá no fuera sorprendente, recibía el nombre de Lista de Palazos). Los diseños floreados y el color rosa se contaban entre las numerosas cosas que figuraban en ella.

—Voy a por la ginebra. —Margaret se escabulló hasta la cocina y volvió con un litro de ginebra Aldi, una botella de tónica y una selección de vasos desparejados. Nada para mí, pero estoy acostumbrada. Aun después de todos estos años, siguen actuando como si el hecho de que esté limpia y sobria sea un capricho temporal.

Una vez servidas las copas y estando en la sala, con Helen ataviada con un turbante gigante (toalla amarilla), conté mi historia. Las respuestas eran las previstas.

«Pues claro que vas a ir». (Mi madre).

«Tienes que ir». (Margaret).

«¡¿Estás loca?! ¡No tiene por qué ir!». (Helen).

Claire fue la única que preguntó:

—¿Tú qué quieres hacer?

—Sé que me dolerá, pero quiero ir. Creo.

—¿A qué viene tanta historia? —preguntó Margaret—. Has conocido a otro. Quin y tú formáis una pareja sólida. —Luego se lo pensó—. Pero ¿por qué no te vas a vivir con él?

—Porque… si me mudase a su casa y las cosas saliesen mal, tendría que volver a mudarme.

—¿Por qué iban a salir mal? Estás castigando a Quin por lo que hizo Luke. —Con suma perspicacia, Margaret era capaz de ir directa al fondo de una situación enrevesada—. Estás atrapada.

A veces Nola decía lo mismo.

—¿Me das algo para el dolor de cabeza? —preguntó Helen.

—Un buen golpe con un palo, te daba yo —contestó nuestra madre, y ambas estallaron en carcajadas. Luego añadió—: Margaret, ve al frutero y coge unas pastillas para tu hermana.

Yo había estado dándole vueltas a una pregunta.

—¿Creéis que Joey me ha dicho lo del funeral en un alarde de bondad?

Esto provocó una respuesta enérgica y unida.

«¿Joey el Cascarrabias? ¿Joey Armstrong? ¡Ese no tiene una pizca de bondad! ¡Es uno de los hombres más horribles que he conocido en la vida!». (Dicho por Helen. Con admiración).

—¿Y si tal vez se lo ha pedido Luke? —dijo Claire.

En cuyo caso…

—Puede que vaya. No me juzguéis, pero quizá sea bueno que retomemos el contacto. Fue terrible cómo acabó…

—Eso fue culpa suya —interrumpió Helen.

—Pero fuimos felices tanto tiempo… ¿No deberíamos ser civilizados al menos?

Margaret había regresado cargada con el frutero, que estaba hasta arriba de cajas de comprimidos, frasquitos con pipeta, tubos de pomada, tres plátanos ennegrecidos y una mandarina arrugada.

—Tienes de todo. ¿Puedo quedarme este tubo de antiinflamatorio? Hay tres.

—Tú misma, sírvete.

—Dolor de cabeza —le recordó Helen.

—¿En comprimido, cápsula o soluble? ¿Aspirina, ibuprofeno, codeína…?

—Sorpréndeme.

—Si Rachel va a ir al funeral —anunció Claire—, necesitamos un plan. —Era una gran estratega, mandamás de una organización de beneficencia, lo cual a menudo llevaba a la gente a pensar que tenía buen corazón. Error garrafal. Claire podía despedir al personal sin perder el sueño de una semana por la culpa y se cabreaba muchísimo si la recaudación del Día Mundial de la Lucha contra el Sida era una decepción. («¡Serán capullos esos voluntarios! Lo único que tenían que hacer esos vagos era quedarse plantados bajo la lluvia, meneando un cubo en la cara de la gente; tampoco hay que ser una lumbrera»).

Tras someterme a una evaluación desapasionada, Claire se mostró considerada:

—Tienes buen aspecto. Ese peso que perdiste, creí que quizá lo recuperarías ahora que vuelves a ser feliz, pero, la verdad, no lo has cogido otra vez.

Solo Claire podría convertir el mayor trauma de mi vida en algo positivo.

—¿Podría ponerse bótox? —preguntó mamá.

—¡Ya llevo bótox! —Aunque ni de lejos estoy tan mal como Claire, yo también tengo mi amor propio.

—¿Dónde? —Mamá se abalanzó sobre mi cara—. ¡Si puedes mover las cejas!

—El bótox ha mejorado. Las frentes congeladas son cosa del pasado.

—Y, entonces, ¡¿cómo va a saber la gente que lo llevas?!

—¡Eh! —exclamó Claire—. ¡Bonitos pendientes!

Ya estaba tardando. Vale que llevaba el pelo largo y lo bastante suelto para camuflarlos, pero Claire tenía instinto para el lujo. A primera vista, no eran más que unos triángulos de metacrilato. Lo que los hacía especiales era que cada uno llevaba incrustado un diamante nada desdeñable.

—Mírame. —Claire me estaba pasando el pelo por detrás de las orejas, acercándose para ver mejor—. Madre mía. —Resolló—. ¿Quin?

Pues claro, Quin.

También tenía encima a Helen y a Margaret, que trataban de echar un vistazo.

Giré la cabeza a un lado y al otro para que los vieran bien, luego me pidieron que me quitara los pendientes para someterlos a un examen exhaustivo.

—¿Los diamantes son… de verdad? —El tono de Helen era de escepticismo.

—¿Por qué iban a meter un diamante en un trozo de plástico naranja barato? —Margaret parecía lo bastante confundida para llorar—. No entiendo en absoluto el gusto de Quin.

A veces coincidía con ella. Quin era la leche. No le importaba demasiado que los regalos debían ser del gusto del que los recibía, o eso se suponía. Normalmente le bastaba con que algo le llamara la atención a él —y su gusto era particular y con matices, no apto para todo el mundo— para sacar la tarjeta de crédito.

—Son horribles —dijo mamá.

—Para nada. —Claire fue tajante—. Quin es muy guay. ¿Cómo se llama el joyero? Mándamelo cuando lo sepas, así averiguo lo que valen.

—¡Oh, sí! —exclamaron las otras tres.

A veces Quin acertaba de pleno: una pulsera de los cincuenta hecha con trozos de Lucite azul era una de mis preferidas. Pero ¿aquellos pendientes de metacrilato? Con diamantes o sin diamantes, yo nunca los habría escogido. Los llevaba porque Quin me importaba.

—Pues esto es lo que vas a hacer —dijo Claire—. Ve con Quin. Entra tan campante de su brazo en la iglesia.

—¡Es un funeral! —le espetó mamá—. Nadie va a entrar tan campante en ninguna parte. No vayas con Quin.

—No —convino Margaret—. Sería inapropiado.

—¡Luke la dejó! —exclamó Helen—. ¡Rachel puede hacer lo que le dé la gana!

—De todos modos, Quin está en Nuevo México —intervine—. No vuelve hasta el domingo.

—¿Quieres que te acompañe yo? —me preguntó mamá.

La respuesta era no. Pero ¿cómo se lo decía?

—Chicas —dijo ella con una inquietud repentina—, no os paséis con el pintalabios mientras yazca en mi ataúd.

—Yo lo siento, pero no puedo ir —dijo Margaret—. Ya no me quedan vacaciones hasta julio.

—Yo tampoco —añadió Claire—. Reunión importante. Lo siento.

Nos volvimos todas hacia Helen, que pareció incómoda.

—Yo tengo algo —dijo.

—¿El qué? ¡Eres tu propia jefa!

—No es trabajo. —Helen lanzó una mirada gélida a mamá—. Y no puedo aplazarlo.

Fue como arrojar una cerilla prendida en un bidón de gasolina. Había despertado la curiosidad general al instante. Mis hermanas, mi madre y yo nos metíamos demasiado en la vida de las demás.

—¿Te llevan a juicio? —preguntó mamá—. ¿Por agresión? ¿Por acoso? ¿Por allanamiento de morada?

—No. No. No. Y no. Puedes seguir preguntando, pero vas a gastar saliva en balde.

—¿Vas a casarte? —inquirió mamá esperanzada—. ¿Por fin se ha decidido Artie a hacer de ti una mujer decente?

Me interesaba muchísimo oír su respuesta. ¿Sabes cuando no entiendes algunas relaciones? Bueno, pues ese era el caso de Helen y Artie. Para mí hacían mala pareja, de un modo desconcertante. Helen siempre andaba buscando problemas: decía lo que pensaba, lo cambiaba con frecuencia y era propensa a los rencores repentinos y apasionados. Artie —un hombre sumamente inteligente que trabajaba en control financiero— era tranquilo, sereno e inalterable. Apenas hablaba, y a Helen, según decía, ya le iba bien porque no estaba con él por sus aptitudes para conversar, sino por su pericia entre las sábanas.

Era comprensible, Artie era extraordinariamente atractivo: enorme, de espalda ancha, con el atractivo dejado, muy rubio y los ojos azules de un vikingo.

Helen había dejado escapar un par de cosas por las que intuía que Artie no le toleraba disparates. Bueno, no demasiados. No podía decirse que la hubiese domado, pero probablemente era el primer novio que tenía al que no había destrozado con su tendencia a romper cosas bonitas.

Helen sonrió con suficiencia.

—No voy a casarme. Nunca, vamos.

—Sea lo que sea —dijo Margaret con tono amable—, nos lo contarás cuando estés lista.

—Sí. Os lo contaré. —Y Helen se sonrojó de verdad.

Contemplamos asombradas cómo iba subiendo el rojo por su cara, bonita y felina.

—¿Tiene que ver con Tu Mejor Amiga, Bella Devlin? —saltó Claire.

Bella Devlin era la hija pequeña de Artie y había sido la mejor amiga de Helen desde que Bella tenía nueve años y Helen, treinta y tres. (Para entonces Bella ya había cumplido los quince). Un comportamiento tan poco ortodoxo era típico de mi hermanita, pero fue un alivio que al menos tuviera una amiga.

—No metas a Bella Devlin, Mi Mejor Amiga, en esto —dijo Helen.

—¡Cuéntanoslo! —le ordenó Claire.

—No.

—Flores. —Nuestra madre había perdido interés—. Quiero montones de flores. Quiero una corona que diga ABUELITA de parte de mis nietos. Pintaúñas rosa brillante y mi rosario bueno, el nacarado que me trajo el padre Fergus de Fátima, enroscado entre los dedos…

Claire estaba tecleando en su móvil.

—Rachel, Kate no tiene trabajo en Blossom Hall el viernes, podría acompañarte.

—A menos… —Miré a Helen—. ¿Trabaja contigo el viernes?

—A veeeeeer. —Helen lo pensó un momento—. Venga, vale, puede tomarse la mañana libre.

—Más te vale no estar dándole todos los trabajos chungos —le dijo Claire a Helen.

Esta pensó otro momento.

—Bah, le va genial. Nada demasiado… peligroso.

—En realidad creo que debería ir a ese funeral —dijo mi madre—. En señal de respeto. Era mi homóloga en el matrimonio Walsh-Costello.

Mi madre, sin embargo, la había tomado con la pobre Marjorie Costello casi desde el primer minuto.

Nunca lo habría reconocido, pero por aquel entonces había decidido que, dado que el padre de Luke, Brian, era un simple electricista —comparado con Papá Walsh, el contable—, los Walsh eran, de alguna forma, mejores que los Costello.

No cambiaba nada el hecho de que tanto Mamá como Papá Walsh procedieran de familias humildes y de que Papá Walsh hubiera obtenido su título gracias a un curso por correspondencia en lugar de haber estado cuatro años paseándose libre y despreocupado con su trenca por Trinity College como un jovencito privilegiado.

Por una vez en su vida ansiosa y obsesionada con el estatus, mi madre había disfrutado de su posición como jefaza.

Hasta que los Costello nos invitaron a cenar. La pobre mamá se había pavoneado preparada para mostrarse generosa sobre su pequeña y humilde morada… hasta que papá aparcó delante.

—¿Esto? —había preguntado, mirando con una sorpresa teñida de envidia la casa, bonita y ordenada.

Sí, era un adosado de las afueras, pero ostentaba doble acristalamiento, flamantes canalones y una puerta de entrada de fibra de vidrio.

Una vez dentro, los metros cuadrados la dejaron pasmada. Una gran ampliación en el espacioso jardín de atrás había resultado en una terraza interior y una cocina enorme y llena de luz. El ático, reformado, sumaba otros dos dormitorios, ambos con armarios empotrados y baño privado.

Y, lo que era aún peor, se apreciaba el excelente trabajo por todas partes: las puertas colgaban rectas, se cerraban con facilidad y sin ningún ruido, los interruptores no producían ligeros chispazos y podías pasar la mano por las barandillas sin dejarte la piel con astillas sueltas.

Mi madre no paraba de tragar saliva. Cuando la señora Costello apareció con un surtido de bonitos pasteles y tartitas, tartamudeó unas palabras acerca de que debían de haberse pasado el día cocinando.

La señora Costello se rio de lo lindo con aquello.

—La vida es demasiado corta para hacer quiche. Es todo de The Laden Table.

¡The Laden Table! Mi madre estaba obsesionada con ese sitio. Ansiaba ser como sus amigas, que podían coger el teléfono como si tal cosa y hacer un pedido espontáneo de ternera stroganoff para diez personas. Pero a mi madre la refrenaba la vergüenza: estaba convencida de que comprar en The Laden Table era lo mismo que pagar por una serie de anuncios de Facebook en los que confesaba ser una cocinera pésima.

Habían sido unos ochenta minutos duros. Para ser justos, ocurre a menudo cuando dos pares de progenitores se ven reunidos porque sus respectivos hijos se han enamorado. Luke y yo cargamos con el peso de la conversación e incluso mi padre probó a intervenir, pero era tan poco hablador que le costaba arrancar.

Mi madre logró articular alguna que otra frase ahogada.

—Esa alfombra… parece una lujosa bereber de nudo hecho a mano de Gooch. Ah, ¿lo es? Con una rebaja del ochenta por ciento, bueno… preciosa.

De camino a casa, mi madre guardó silencio la mayor parte del trayecto. Cuando cruzábamos el Liffey, de vuelta en el lado sur, murmuró, bajísimo:

—Era como un hotelito. —Y añadió—: ¿Cómo obtuvieron una rebaja del ochenta por ciento en la alfombra? Yo nunca veo más que porquerías en las rebajas.

De vuelta en el presente, dije:

—Mamá, no hace falta que vengas al funeral. Habías perdido el contacto con ella.

Y yo necesitaba verme libre para irme en el momento oportuno sin que me dijeran que era una falta de respeto.

—Ahora que está decidido, necesito consejo. —Claire se levantó y empezó a bajarse los pantalones de campana de última moda.

—¿Qué está pasando? —chilló mamá. La aterraba la piel desnuda.

—Francesca dice que mis rodillas parecen la cara de dos viejas rusas con pañoleta. ¿Es verdad?

Francesca era la hija de diecisiete años de Claire, y apuntaba maneras para dar guerra. Pero podía ser muy divertida y dar en el clavo. Interesada, me concentré en las rodillas de mi hermana. La superficie era irregular, eso estaba claro, pero yo no acababa de ver a ninguna vieja.

—No sé —dijo mamá—. Si miras algo el tiempo suficiente, empiezas a verlo raro.

—Como el hombre que vio a Michael Bublé en una tostada —agregó Margaret.

—Yo sí que veo viejas con pañoleta —aseguró Helen—. Pero no sé si son rusas.

—¿Sabéis que es la monda? —exclamó nuestra madre, obviamente aburrida de las rodillas de Claire—. Si te miras lo suficiente en el espejo, empiezas a parecerte al diablo.

—Bah, da igual. —Claire también estaba aburrida—. No va a impedirme llevar vestidos cortos.

—Vuelve a ponerte los pantalones, buena chica —dijo mamá.

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