El riesgo de sonreír al príncipe Andréi (Los irresistibles Beau 3)

Ruth M. Lerga
Brandy Manhattan

Fragmento

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Prólogo

El ecuador de la temporada de 1810 había llegado. Mayo se alejaba con pereza y los primeros días de junio invitaban a alfrescos, picnics y otras actividades al aire libre, también nocturnas, en Vauxhall y Ranelagh. El día alargaba, sí, pero también las noches, y las soirées terminaban al amanecer, coincidiendo en ocasiones los que regresaban a sus hogares con los madrugadores que preferían cabalgar temprano, veloces, por Rotten Row, o ascender a la pequeña cima del Constitutional Hill, aprovechando que Hyde Park estaba vacío a aquellas horas y que, por la tarde, sería imposible poner las monturas al trote, siquiera.

En el número veintitrés de Regent Street, una de las nuevas avenidas de la ciudad, llena de modernas mansiones, estaban de enhorabuena. Hacía poco menos de dos semanas habían celebrado la boda de la mayor de las sobrinas Beaufort, lady Mary Seymour, conocida desde su enlace como lady Mary Milton, marquesa de Herbert. Esta no era, sin embargo, la unión que había sorprendido a la aristocracia inglesa, sino la de la otra prima que debutara ese año, lady Jane Montague, hermana del barón de Oslow y que regresó de una extraña dolencia que la obligó a estar aislada en la campiña de Worcester del brazo de un esposo escocés y convertida en lady Jane Kincaid, condesa de Divach.

Una boda secreta que asombró a propios y extraños y que había significado una gran celebración en la casa de la familia Beaufort, la cual no era, por cierto, propiedad del marqués de Denver, el único hijo varón del duque de Rule. El veintitrés de Regent Street era, en realidad, la residencia de la ciudad adscrita al ducado, construida con el dinero de este, olvidada la antigua morada en Westminster, de la que nadie guardaba buenos recuerdos, y de la que su legítimo dueño nada sabía ni estaba invitado, tampoco.

En tan asombrosa edificación pocos vivían y muchos transitaban, pues la sentían como su hogar. Una mansión donde el servicio tenía siempre habitaciones preparadas para toda la familia y la despensa bien llena. Y eran muchos los Beaufort. Sin contar a Rule, aislado y enfermo en su finca del norte, un total de veinticuatro, más los dos nuevos esposos que se habían convertido, lo quisieran o no, en nuevos Beau a los ojos de la sociedad.

Había sido, para decepción de todos, una fiesta privada la de los matrimonios de los Herbert y los Divach. Nadie acudía a aquella casa sin invitación. Se aceptaban ramos y notas, pero no se recibía de manera abierta ningún día de la semana. La esperanza de que la situación cambiase con la presentación de las primeras jóvenes se había ido al traste al casarse estas en ocho semanas y en la más absoluta intimidad.

Pero el 4 de junio la casa abriría por primera vez y de forma excepcional para el debut de las hermanas Thynne, hijas del conde de Baemar y la esposa de lord Samuel, lady Charity.

Nadie sabía si, hasta la caza del urogallo, las jóvenes se trasladarían a la enorme vivienda de fachada blanca y techo de pizarra o si permanecerían en la casa de sus padres en la ciudad, en Brooks Mews. Todo lo que tenía que ver con los Beau estaba envuelto en un halo de misterio. O, para ser correctos, en un fulgor de curiosidad y una buena dosis de férrea discreción.

La nobleza esperaba con atención la presentación de las chicas Thynne. Lady Rachel, la mayor, debió hacerlo el año anterior pero, como sus primas Mary y Jane, había guardado luto por la muerte de su tío, lord Warrior, duque de Avonshire.

A diferencia de muchos Beaufort, claros como el sol, esta joven tenía los ojos de un azul tan oscuro que, en ocasiones, parecían negros, tanto como su cabello. Era una rareza en su familia, según decían las malas lenguas consecuencia de una española de la nobleza y de origen zíngaro que fue duquesa de Rule un par de siglos atrás.

Su hermana, sin embargo, era rubia y de ojos verdes, como la mayoría de la familia.

Dos bellezas, en cualquier caso, a punto de pisar por primera vez Almack’s, con dotes desorbitadas por lo que se rumoreaba, según se había especulado con las dos ya entregadas, y de una familia poderosa a la que cualquiera desearía tener acceso.

Las otras madres navegaban entre la indignación y la desesperanza: ante la falta de caballeros jóvenes, alistados la mayoría en la guerra contra el corso que parecía querer extender las fronteras de Francia a los confines de Europa y más allá, y dos nuevas y desconocidas Beau en los salones, parecía que las oportunidades de un buen matrimonio mermaban. Las dos primas mayores, de hecho, habían atrapado ya a un marqués y a un conde; escocés, de acuerdo, pero con un título notorio y, se decía, una fortuna aún más importante, un enorme castillo, tierras fértiles y ganado de calidad, tanto como su whisky.

¡Y lo habían logrado en menos de dos meses!

Confiaban, al menos, en que uno de los sobrinos mayores de la familia, Robert o Jacob Seymour, conde de Hill el primero y reciente duque de Avonshire el segundo, se solidarizasen con la situación y se ofreciesen como esposos. Tenían ya edad de sentar la cabeza y aquella sería una buena temporada para hacerlo.

Si no, aquel año se saldaría con muchas jóvenes debutantes sin marido, y todavía quedaban muchas Beaufort por casar: un total de ocho, para ser exactos.

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Capítulo 1

Principios de junio, Londres

A Andréi no le gustaba sentirse encerrado. A diferencia de la corte de su tío en San Petersburgo, llena de excesos, en la embajada de Rusia en Londres, donde había llegado hacía cuatro días, reinaba el silencio. Agradecía el ambiente castrense, pues todo el servicio masculino formaba parte del ejército y las pocas féminas que hubiera en la casa eran viudas de soldados caídos en guerra que, por tanto, entendían el carácter militar de los residentes de la enorme mansión en el corazón de Londres. 

Llegó de madrugada, sin ser visto, para evitar que se supiese que había arribado. Tras tres meses viajando por Europa de palacio en palacio entrevistándose con los monarcas de varios países al respecto de la guerra contra Francia de la que, parecía, ningún país quedaría exento, quería unos días de tranquilidad antes de regresar a sus tareas diplomáticas. 

Aborrecía, además, a los miembros de la Corona inglesa: un regente hedonista, poco respetado y que se había alejado de sus súbditos, y un rey loco, enclaustrado en el palacio de Windsor. A Jorge III, aun así, le compadecía. No por su enfermedad, sino porque en los pocos momentos de lucidez debía de sentirse como él tras cuatro días de encierro: perdido, ajeno y enjaulado. 

No le gustaban las misiones diplomáticas, era un hombre criado en campamentos militares donde la disciplina, la rectitud y el honor eran la tónica. Sin embargo, en las cortes parecían acechar mentiras, vicios y traiciones. 

Suspiró, hastiado. Se había levantado al alba, como cada mañana y, tras el desayuno, su secretario, Mijaíl, le esperaba para despachar asuntos de estado, la razón básica por la que iba a establecerse allí, quién sabía si de manera definitiva. Tras saludar con corrección a su asistente, fue directo al grano, según su costumbre. 

—He decidido que visitaré a la reina Carlota, no a su hijo. 

Mijaíl no se sorprendió. Conocía a Andréi desde hacía varios años, había estado con él en los campos de batalla, en el ala privada de palacio o en su dacha en Jimki, un bosque de abedules cercano a Moscú, ciudad que prefería a la nueva capital, que Pedro el Grande había trasladado a un lugar de clima más gentil. Sabía que le disgustaba conocer al hijo del rey inglés. 

—Concertaré una audiencia con ella para esta tarde, alteza. 

—Perfecto. Hasta donde sé, es una mujer inteligente y, en cierto modo, lleva las riendas del trono. Serán más productivos diez minutos con ella que una cena de cien platos con su hijo. 

—¿Recuerda, señor, que pasado mañana acudirá a la fiesta de los Beaufort? 

Gruñó. Sería su presentación en sociedad. Tenía muchas invitaciones acumuladas; la nobleza sabía de su inminente llegada, aunque no con seguridad la fecha exacta, de ahí que hubiera estado recibiendo cartas de los aristócratas desde hacía tres semanas. 

—Aún faltan dos días para entonces y varias horas hasta el té con la reina. Pide que ensillen a Chemogov, necesito sentir el viento y ver el sol. Tengo entendido que es un espectáculo poco frecuente en este país —refunfuñó, añorando las noches blancas[1] que, en breve, comenzarían en la capital del imperio. 

Tampoco aquella petición sorprendió al sirviente, quien llevaba esperando que el príncipe saliese del encierro en la embajada desde el día anterior. Con un gesto, hizo salir a uno de los lacayos hacia los establos. 

—¿Puedo recomendarle que cabalgue en dirección suroeste? Si lo hace más de quince kilómetros es probable que se adentre en los reales jardines de Kew.

Lo miró, con el ceño fruncido.

—Creí que eran privados.

—Así es. Será difícil, pues, que se cruce con nadie en esa dirección. Y si, una vez allí, algún guardia del rey le llama al orden, siempre puede presentarse. Sin duda, encontrará un buen pretexto para su incursión en una propiedad real.

No sería tan condescendiente como para indicarle qué debía decir. Por eso le gustaba Mijaíl, porque lo sabía todo sin más pretensiones.

—A estas horas, de encontrarme a alguien será a los que regresan de la fiesta de turno o, peor, de algún antro de mala muerte. Tengo entendido que la aristocracia, aquí, es perezosa.

El secretario se abstuvo de decirle que la nobleza en general le parecía vaga; tampoco a él le gustaba parecer anuente. Llegó entonces aviso de que su montura estaba lista. Se despidieron ambos, lacayo y señor, con un conciso movimiento de cabeza. Ninguno era dado a la banalidad.

Solo cuando subió a su castrado, el caballo de su regimiento, de raza akhal-teke, conocida por su velocidad y ligereza, sonrió Andréi. Fue entonces cuando mostró el encanto que lo había hecho legendario en San Petersburgo: sus ojos, de azul hielo, se iluminaron, tornándose vívidos, y sus labios, en un gesto normalmente adusto, se curvaron hacia arriba, resultando más carnosos de lo que pudieran parecer.

Lo puso al trote y salió en la dirección que Mijaíl le había advertido, forzando el ritmo del equino, tan necesitado de ejercicio como él, en cuanto se alejó de la ciudad, desierta tras una noche llena de diversión.

Quiso la casualidad que, al llegar a Kew, fuera interceptado por soldados reales. Asombrado, se identificó y preguntó si su majestad estaba en los jardines. La reina Carlota era una gran aficionada a la botánica, además de erudita, y el adalid de aquel enorme vergel, que estaba llenando con invernaderos y ejemplares de distintas especies.

Lo llevaron frente a ella, una mujer educada y amable, y pasearon del brazo durante más de una hora por la avenida principal hablando al principio de flores, y después, con seriedad y sin más oídos que los suyos, de la implicación del Reino Unido en la guerra de la Península.

Andréi deshacía el mismo camino poco antes de las diez, satisfecho y relajado. Aún no era la hora del almuerzo y ya había practicado ejercicio y realizado la tarea más importante del día. Dedicaría lo que quedaba de mañana a estudiar la orografía entre los Montes Urales y Moscú, adelantándose a la suposición de que los franceses se atreviesen a intentar llegar a la antigua capital del imperio de su tío, convencido de que, antes o después, Rusia entraría en guerra.

Probaría el corso la estrategia de los tártaros, la crudeza de los cosacos y, en especial, el frío de su invierno.

***

Los varones Seymour habían quedado temprano para desayunar juntos y salir a dar un paseo a caballo. Su hermana Mary, ahora marquesa de Herbert, se había casado recientemente, como también lo había hecho su prima, de quien se sentían responsables, pues se habían criado en la misma casa que Jane, cuyo hermano era aún joven para hacerse cargo de ella.

Por tanto, sus obligaciones para la temporada habían llegado a su fin. O no. Era precisamente ese el punto a discutir, si acompañar a sus primas, Rachel y Esther, durante aquel año, pues debutaban en dos días, o dejar que fuera el padre de estas, lord Samuel Thynne, conde de Baemar, así como las cinco tías de las jóvenes, quienes se encargasen de controlar las idas y venidas de las muchachas en cada evento al que acudiesen.

Los Beaufort eran una familia unida.

—No sé qué decirte, Rob —dudaba lord Jacob, duque de Avonshire—. Por un lado, no me apetece nada regresar a los salones. Estas dos semanas de tranquilidad me han ido muy bien. Pensar en volver a dejar los planes nocturnos para vestirme de gala y vigilar a dos señoritas que no lo necesitan…

—El tío Samuel es demasiado estricto —protestó su hermano—, no les permitirá libertades. —Lord Baemar quería mucho a sus hijas, pero era, en efecto, un hombre serio y distante—. Y con las Cinco Virtudes nunca se sabe…

Se refería a las cinco hijas del duque de Rule, cuyos nombres fueron elegidos por su fallecida esposa, una mujer muy religiosa que, de haber podido elegir, hubiera ingresado como monja en un convento. Sus hijas fueron bautizadas como lady Grace Seymour, madre de ambos; lady Charity, madre de las debutantes; lady Faith Cavendish, lady Felicity Montague y lady Hope Warrior, todas ellas de apellido Beaufort antes de casarse y que solo tenían de gentil los nombres.

Eran mujeres de carácter fuerte convencidas de que solo había dos formas de hacer las cosas: la suya y la equivocada.

Tenían un hermano, lord William, marqués de Denver y cabeza de familia aunque el viejo duque siguiera vivo y retirado en su finca de Yorkshire.

—¿Pretendes que las acompañemos nosotros para darles margen? Reconozcámoslo, con Mary no hicimos un gran trabajo como carabinas… ¡ni se te ocurra hacerme responsable de nada! —le advirtió—. Y Jane se fue a Escocia, así que no tuvimos nada que ver con su boda. ¿Acaso crees que necesitamos redimirnos de algún modo?

El conde soltó una carcajada, y era poco habitual ver reír a lord Robert, era más serio que su hermano menor, quien solía lucir una sonrisa perenne.

—No, pero creo que disfrutarán más si alguna noche somos nosotros quienes las acompañamos.

—Mientras sea alguna noche y no todas… —murmuró Jake—. Aunque, por lo que sé, Rachel desea casarse y Esther se muestra reacia, con lo que la primera elegirá bien y deprisa, es inteligente, y la segunda no se casará este año, pues es de ideas fijas.

Robert levantó las cejas, sorprendido.

—¿Cómo sabes eso?

—¿Qué más da? —Puso los ojos en blanco antes de responder—. Les pregunté. Imaginaba que tendríamos esta conversación, así que, un día que coincidimos en el veintitrés de Regent Street, les pregunté.

—Entonces, ¿una vez por semana?

El duque casi se atraganta con el té.

—Veamos cómo van las cosas pasado mañana y decidamos entonces, antes de comprometernos a más de lo necesario. —Dejó la taza y retiró la servilleta de su regazo—: ¿Nos vamos?

El otro hizo lo mismo.

—¿Kew?

—Adelante.

Dos lacayos tenían a sus monturas cogidas por las riendas y les esperaban en la puerta principal de la mansión del menor, donde habían acordado desayunar. Animados, pusieron a los caballos al trote, con ganas de salir de la ciudad. Si algún sirviente de la casa real los sorprendía en la zona, se presentarían y regresarían, como ya habían hecho en alguna ocasión.

Cabalgaron en silencio durante el viaje, compitiendo a ratos, uno al lado del otro la mayor parte del tiempo, riendo con los intentos de demarraje de cada uno. Estaban por llegar a los lindes del jardín real cuando vieron a un jinete galopar como si le persiguiera el diablo. En cuanto los vio bajó el ritmo, no queriendo provocar un accidente; cualquiera de los tres caballos podía ponerse nervioso si no lo hacía.

Andréi, complacido con la conversación que acababa de mantener y que ponía fin a sus labores diplomáticas, pudiendo dedicarse desde ese momento a contactar con los generales del ejército del Reino Unido con el permiso de su majestad, había exigido el máximo a su caballo, pretendiendo disfrutar de la vuelta. Tuvo que retener a la montura cuando vio que dos jinetes se aproximaban. Al paso, llegó hasta ellos.

Los dos caballeros se detuvieron a saludarle al situarse a su lado, apreciando la elegancia de su caballo. El príncipe, por su parte, se encontró con dos excelentes pura sangres de, lógicamente, mayor tamaño que el suyo. Aun así, Chemogov se envalentonó e intentó pifiar, haciendo reír a los tres, como si pretendiese mostrar su virilidad.

—Parece que algunos tienen ganas de comenzar a batallar —bromeó uno de los dos desconocidos, sin duda un caballero por su ropa, su dicción y su apostura—. Es un animal hermoso, pero poco frecuente.

Encantado, Andréi les habló de la raza y características de su montura. Terminó presentándose con una sonrisa tímida, tras su muestra de efusividad.

—Andréi Románov —dijo, conciso, sin mencionar su título.

Aunque, se dio cuenta tarde, no era necesario: su apellido le delataba

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