Los habitantes de la villa de las telas
LA FAMILIA MELZER
Johann Melzer (1852-1919), fundador de la fábrica de telas Melzer
Alicia Melzer (1858), de soltera Von Maydorn, viuda de Johann Melzer
LOS HIJOS DE JOHANN Y ALICIA MELZER Y SUS FAMILIAS
Paul Melzer (1888), hijo de Johann y Alicia Melzer
Marie Melzer (1896), Hofgartner de soltera, esposa de Paul Melzer, hija de Luise Hofgartner y Jacob Burkard
Leopold, llamado Leo (1916), hijo de Paul y Marie Melzer
Dorothea, llamada Dodo (1916), hija de Paul y Marie Melzer
Kurt, llamado Kurti (1926), hijo de Paul y Marie Melzer
Elisabeth, Lisa, Winkler (1893), Melzer de soltera, separada de Klaus von Hagemann, hija de Johann y Alicia Melzer
Sebastian Winkler (1887), segundo marido de Lisa Winkler
Johann (1925), hijo de Lisa y Sebastian Winkler
Hanno (1927), hijo de Lisa y Sebastian Winkler
Charlotte (1929), hija de Lisa y Sebastian Winkler
Katharina, Kitty, Scherer (1895), Melzer de soltera, viuda de Alfons Bräuer, hija de Johann y Alicia Melzer
Henny (1916), hija de Kitty Scherer y Alfons Bräuer
Robert Scherer (1888), segundo marido de Kitty Scherer
OTROS MIEMBROS DE LA FAMILIA
Gertrude Bräuer (1869), madre de Alfons Braüer y viuda de Edgar Bräuer
Tilly von Klippstein (1896), primera mujer de Ernst von Klippstein, Bräuer de soltera, hija de Edgar y Gertrude Bräuer
Ernst von Klippstein (1891), exmarido de Tilly von Klippstein
Elvira von Maydorn (1860), cuñada de Alicia Melzer, viuda de Rudolf von Maydorn
LOS EMPLEADOS DE LA VILLA DE LAS TELAS
Fanny Brunnenmayer (1863), cocinera
Else Bogner (1873), criada
Maria Jordan (1882-1925), doncella
Hanna Weber (1905), chica para todo
Humbert Sedlmayer (1896), criado
Gertie Koch (1902), antigua doncella
Christian Torberg (1916), jardinero
Gustav Bliefert (1889-1930), jardinero
Auguste Bliefert (1893), doncella
Liesl Bliefert (1913), ayudante de cocina, hija de Auguste Bliefert
Maxl (1914), hijo de Auguste y Gustav Bliefert
Hansl (1922), hijo de Auguste y Gustav Bliefert
Fritz (1926), hijo de Auguste y Gustav Bliefert
PRIMERA PARTE
1
Augsburgo, mayo de 1935
Faltaba poco para las diez de la mañana. El dormitorio de los señores estaba ordenado, los baños limpios, los preparativos para el almuerzo terminados: ahora los empleados tenían tiempo para tomar un café con leche y un pequeño desayuno en la cocina. A fin de cuentas, llevaban desde las cinco y media en pie.
—Por allí viene en su bicicleta el postalero —dijo Auguste, que estaba junto a la ventana de la cocina oteando la entrada de la villa de las telas.
—La villa siempre al final. ¡Para que los señores no tengan el correo sobre la mesa hasta la hora del almuerzo! —gruñó la cocinera Fanny Brunnenmayer.
—Hoy le preguntaré si reparte para el servicio postal del Reich o para el de los caracoles —comentó Humbert.
Hanna, que quería poner en la larga mesa de la cocina la cesta con los panecillos que les habían sobrado a los señores, se detuvo del susto.
—Ten cuidado, Humbert —le advirtió temerosa—. A ese no le gustan las bromas, se dice que ya ha denunciado a gente.
El cartero anterior llevaba medio año jubilado, algo que todos los habitantes de la villa de las telas lamentaban porque era muy simpático. Su sucesor no estaba cortado por el mismo patrón. Era joven, ni siquiera había cumplido la treintena, estaba flaco como un galgo y tenía el semblante pálido y un carácter gruñón. Encima era un rígido miembro del partido, uno de los primeros nacionalsocialistas, algo de lo que siempre se vanagloriaba. Seguramente así consiguió el puesto en el servicio postal.
—¡Antes no habrían contratado a semejante idiota! —exclamó Fanny Brunnenmayer—. Tres veces por semana nos trae cartas que no son para nosotros, ¡y no quiero pensar a quién le entrega nuestro correo!
Sin embargo, lo más molesto del «postalero», como lo habían bautizado en la villa, era su ostentoso saludo a Hitler. Siempre que entraba en el patio levantaba el brazo derecho y rugía con vehemencia «Heil Hitler», tan alto que se le oía hasta en la Haagstrasse. Si el saludo impuesto por el Estado no era debidamente correspondido, podía ponerse desagradable. Dos días antes amenazó a Hanna, que le había contestado con un amable «Que Dios te bendiga», con que pronto meterían en vereda también a los obstinados católicos. Era ridículo, desde luego, pero logró impresionar a la apocada Hanna.
—Ya está llegando al patio —informó Auguste.
Hanna se arregló el delantal y se dispuso a salir corriendo para abrir la puerta principal, pero Humbert la agarró del brazo.
—¡Tú no! —exclamó con decisión—. Ya voy yo a recibirlo como merece.
—¡Por favor, no, Humbert! —suplicó ella—. Mejor no pelearse con alguien así.
—Entonces voy yo —afirmó Liesl, y tapó la cafetera con un calentador acolchado para que no se enfriara el café.
Sin embargo, a Fanny Brunnenmayer no le pareció buena idea porque Liesl era su protegida y con el tiempo se había convertido prácticamente en su sucesora.
—¡Tú desde luego que no, Liesl! —ordenó—. Trabajas aquí de cocinera, no de criada.
Auguste puso cara de impaciencia al ver que se lo iban a endosar a ella. Hacía casi dos años que volvía a trabajar en la villa de las telas porque cuando Gertie dejó su puesto la sustituyeron dos doncellas que no gustaron nada a la señora Elisabeth. Auguste se sentía feliz y orgullosa con ese golpe de suerte, y estaba decidida a conservar ese puesto de trabajo hasta el fin de sus días.
—Ya voy yo —anunció—. Ese conmigo no puede. Yo digo «Heil Hitler» muy amable, y si me dice que debería levantar el brazo derecho le haré saber que tengo una artrosis tremenda que no me deja ni rascarme la nariz.
Además, en ese momento el cartero ya estaba entrando con su bicicleta en el patio y hacía sonar el timbre de un modo muy molesto. Rabioso, Humbert se quedó junto a Hanna al lado de la ventana para observar la escena y se les sumó Liesl; solo Fanny Brunnenmayer permaneció sentada en su silla porque volvía a tener las piernas hinchadas y le costaba estar de pie.
—Ya está levantando el brazo —dijo Liesl—. Y ni siquiera se ha bajado de la bicicleta…
—¡Jesús! —exclamó Hanna—. ¡Esto no pinta bien!
—¡Creo que no! —se alegró Humbert—. Ahora se le ha ido el manillar. ¡Vaya! Derecho al parterre de flores. ¡Y se ha dado con el cráneo en el borde!
—¡Todas las cartas están desparramadas por el patio! —exclamó Hanna, y del susto se llevó la mano a la boca.
Fanny Brunnenmayer no quiso perderse la escena. Se levantó y pese al dolor que sentía en las piernas corrió hacia la ventana. En efecto, la bicicleta estaba tirada en el patio y el postalero sentado al lado, sujetándose la cabeza con ambas manos. Las dos sacas de correo que llevaba atadas a la parte trasera de la bicicleta se habían abierto con la caída y se había salido parte del contenido.
—¡Virgen santa! —Se oyó el grito alterado de Auguste—. Espero que no se haya hecho daño.
El cartero no contestó. Rebuscó en el bolsillo de su chaqueta y sacó un pañuelo para limpiarse porque le sangraba la nariz. Entretanto, Auguste ya había bajado corriendo los escalones de la entrada para ayudar al herido.
—¿Sabe? Justo estaba pensando en eso —comentó inclinada sobre la bicicleta—. Para manejar una bicicleta tan cargada se necesitan las dos manos en el manillar, si no, es fácil perder el equilibrio. Debería bajarse de la bicicleta antes de hacer el saludo de Hitler para tener los pies sobre tierra firme…
—¡Eso no tiene nada que ver! —rugió el accidentado por debajo del pañuelo—. Había algo en el camino. ¡He resbalado!
—Pues no veo qué podía haber en el camino —contestó Auguste—. Espere, le ayudo a recoger las cartas…
—Quite las manos de los envíos —la reprendió mientras se levantaba a duras penas—. Están sujetos al secreto postal. Tráigame un paño húmedo.
Auguste siguió fingiendo estar conmocionada y se explayó en su actitud solícita.
—Para la nariz, ¿verdad? Cielo santo, la tiene muy hinchada. ¡Espero que no se le haya roto! Luego le quedará un bulto…
—¡Un paño húmedo! —insistió el herido, que bajó el pañuelo para palparse la nariz. En efecto, estaba hinchada.
En la cocina no pudieron evitar alegrarse del mal ajeno. Al final Hanna se compadeció de él, cogió del armario un paño limpio y lo puso bajo el grifo.
—Con el trapo de fregar habría bastado —comentó Humbert.
—Pero ¡cómo puedes ser tan malo! —le riñó, y se fue corriendo a llevarle el paño a Auguste.
Observaron por la ventana cómo el postalero se limpiaba la cara, sin parar de palparse la nariz, y luego se subió de nuevo a la bicicleta, que tenía el guardabarros delantero torcido. Por desgracia la apoyó contra la pared de la casa, de manera que ya no se le veía desde la ventana de la cocina. Solo vieron el paño empapado que arrojó a los pies de Auguste. Después recogió las cartas y se las puso en un manojo bajo el brazo para volver a meterlas en las sacas de correos.
—¿Y qué pasa ahora con el correo para la villa de las telas? —oyeron que preguntaba Auguste, incansable.
—¿No puede esperar?
—Solo preguntaba…
—Esto tendrá consecuencias —amenazó—. Se lo prometo. Me han tendido una trampa. ¡Había algo en el camino!
—Yo no he visto nada, se lo juro. Muchas gracias por el correo. No hay mucho, ¿se le ha olvidado algo?
—Esto tendrá consecuencias —insistió furioso.
—Sí, claro —dijo Auguste despreocupada, y se dirigió hacia los escalones de la entrada con las cartas en la mano—. No se enfade, y a partir de ahora lleve cuidado. Sí, el Heil Hitler después…
—Eso no era necesario —comentó Fanny Brunnenmayer en la ventana de la cocina, y se dio la vuelta con un suspiro para ir a sentarse en su silla.
—Se marcha con su bicicleta —informó Liesl—. ¡Cómo pedalea! Ese siente una rabia enorme en el estómago.
—Espero que no dé problemas —añadió Hanna—. Si denuncia a los señores por nuestra culpa…
—¡Ay, no seas miedica! —exclamó Humbert, y le rodeó los hombros con el brazo de manera cariñosa—. Ahora vamos a desayunar o se enfriará el café.
Auguste regresó a la cocina con gesto de satisfacción.
—Así es la vida —afirmó con una media sonrisa—. Quien va con la cabeza demasiado alta acaba tropezando. Le he dicho a Christian que barra el patio enseguida.
Dicho lo cual, corrió al fregadero a lavarse las manos y se sentó en su sitio. Los demás también se sentaron a la mesa. Se les había ido el tiempo, la cocinera tenía que ocuparse del almuerzo, Humbert de poner la mesa en el comedor y Auguste empezaría cuando Johann, Hanno y Charlotte volvieran del colegio.
—¿Por qué tiene que barrer Christian el patio? —inquirió Fanny Brunnenmayer.
Auguste ya estaba masticando el panecillo de mantequilla que había mojado en el café con leche.
—Porque había grava.
—¿Grava?
—¡Dios mío! —exclamó Liesl, asustada—. Esta mañana a primera hora Christian estuvo arreglando los dos baches de la entrada. Debe de habérsele caído un poco de grava de la carretilla…
—Entonces el postalero… —balbuceó Hanna—. El pobre al final ha resbalado con la grava…
Humbert dejó la taza porque estaba a punto de atragantarse de la risa.
—Un gran tipo, este Christian —dijo riéndose—. Siempre con ese aire inofensivo, pero recursos no le faltan.
—¡Pero no era su intención! —se indignó Liesl—. ¡Mi Christian jamás haría algo así!
Humbert hizo un gesto despreocupado con la mano y fue a coger un trozo de jamón ahumado para rellenar el panecillo.
Fanny Brunnenmayer miró el reloj de la cocina, luego paseó la vista a su alrededor.
—¿Dónde se ha metido Else?
Else no se había presentado al segundo desayuno. Con tantas emociones no se habían dado cuenta. También porque, de todos modos, Else solía quedarse dormida en la mesa y había que despertarla para comer. Se estaba haciendo mayor, apenas conseguía ordenar una habitación y hacía tiempo que no ayudaba cuando tenían que sacudir las alfombras. Sin embargo, en la villa de las telas no se despedía a nadie por motivos de edad. Else formaba parte de la casa, trabajaba lo que podía, se sentaba con los demás en la cocina y vivía como siempre en su cuarto de arriba, en la buhardilla.
—Esta mañana a primera hora sí estaba —dijo Humbert.
—Desde luego. Hemos subido juntas a la primera planta —informó Auguste—. Luego ha entrado en la habitación de los señores para hacer las camas y yo me he ido al anexo porque tenía que preparar a los niños para el colegio.
Hanna había estado limpiando el salón rojo y la terraza acristalada, donde cenaron los señores la víspera, pues hacía días que no se usaba el gabinete. En las habitaciones de los «jóvenes señores», es decir, Dorothea y Leopold, solo había que quitar un poco el polvo porque no estaban ocupadas. Leo aprobó el año anterior el bachillerato y ahora estudiaba música y composición en Múnich. Su hermana Dodo dejó el colegio poco antes de terminar el bachillerato, para gran disgusto de su madre, y se estaba formando para ser piloto en Berlín Staaken. El elevado coste del curso lo había asumido la tía Elvira, que se había adaptado sin problemas a la villa de las telas y estaba entusiasmada con las ambiciones de volar de Dodo.
—Voy a ver —anunció Hanna, y apuró lo que le quedaba en la taza—. Seguro que Else se ha quedado dormida en algún sitio.
—Ya podría controlarse —gruñó Fanny Brunnenmayer—. ¡Es ocho años más joven que yo y parece un vejestorio!
La veterana cocinera había superado la setentena el año anterior, pero dirigía la cocina con mano de hierro como de costumbre, supervisaba a su «sucesora» Liesl y echaba una mano siempre que lo consideraba necesario. Solo le preocupaban sus piernas, pues la hinchazón y el dolor de las rodillas eran constantes; los pies también le daban problemas, por lo que ya solo podía ir con zapatillas de fieltro anchas.
—Es lo que pasa cuando una se pasa cincuenta años de pie en los fogones —decía disgustada.
Sonó la campanilla de la terraza. Era para Auguste, que se levantó con un suspiro al ver que la señora Elisabeth estaba sentada al sol con su marido y seguramente quería una jarra de limonada y bollos recién hechos. Cuando ya estaba en la puerta que daba al pasillo apareció Hanna con Else de la mano, y esta parecía desesperada.
—¡Aquí estás, Else! —exclamó Auguste—. ¿Dónde te habías metido? Te hemos echado de menos.
Else tragó saliva y se limpió las lágrimas con el dorso de la mano.
—Que me pase esto a mi edad… —se lamentó—. Que nadie se lo cuente al señor. Me moriría de vergüenza…
—Tú ahora tómate un café con leche, Else —ordenó Hanna para apaciguarla—. Nadie se ha dado cuenta porque te he encontrado justo a tiempo.
Muy a su pesar, Auguste no tenía tiempo para más preguntas, debía darse prisa porque la señora Elisabeth era más bien impaciente. Sin embargo, en la cocina averiguaron que, después de hacer las camas, Else se sintió muy cansada y se quedó dormida. Hanna la encontró roncando tan feliz en la cama de los señores.
—¡Esto ya es demasiado! —la reprendió Fanny Brunnenmayer, indignada—. ¡Si el señor te hubiera visto en su cama se habría llevado una buena sorpresa!
Else estaba sentada a la mesa con la cabeza gacha mientras Hanna la consolaba. Bebía un café solo a tragos largos y no paraba de afirmar una y otra vez que no volvería a ocurrir nunca más.
—Ahora estoy despierta —aseguró—. Ha sido una señal de nuestro Señor, porque necesitaba recuperarme.
Sentado al otro lado de la mesa, Christian engulló el último panecillo y se bebió el café con leche con aire pensativo. También tenía mala conciencia por la que había liado esa mañana.
—He puesto unas cuantas paladas de grava de más en la carretilla —confesó—. No tenía ganas de hacer tres viajes, por eso he llenado demasiado las dos cargas. Y cuando rodeaba el parterre de flores se me ha caído un poco en el patio. Pensaba volver enseguida, pero entonces he visto que el semental había vuelto a romper la valla y he…
—No pasa nada, Christian —le consoló Liesl, que ya estaba junto a los fogones para sofreír la cebolla para el gulash—. No es culpa tuya si ese bobo no sabe montar en bicicleta.
—¿Y si ahora pone una denuncia? —preguntó Christian, inquieto.
—De todos modos la tiene tomada con nosotros. ¿No te acuerdas del circo que montó en abril porque no habíamos colgado las banderas con la cruz gamada?
Así era, al principio se olvidaron de las banderas para conmemorar el cumpleaños del Führer, pero luego fueron a buscarlas. La familia Melzer también había tenido que adaptarse al nuevo régimen, que ya se imponía con fuerza en el país. Aunque solo fuera por la fábrica, que había sobrevivido a la crisis económica con mucho esfuerzo, ya que sin una clara orientación hacia el espíritu nacionalsocialista se habría quedado sin encargos. Esto ocurrió dos años antes, cuando Adolf Hitler fue elegido Canciller del Reich y poco después los nacionalsocialistas obtuvieron la mayoría en las elecciones al Parlamento. Pasados unos días se inició la «revolución nacional», como la llamaban los nazis. También en Augsburgo se tradujo en numerosas detenciones, aunque lo llamaban prisión preventiva cuando se llevaban a alguien que no era del agrado de los nazis, de noche o a plena luz del día, a la cárcel municipal de Katzenstadel y de ahí al campo de concentración de Dachau. Se habían visto afectados ciudadanos respetables, miembros del consejo municipal del SPD y del Partido Comunista, sindicalistas, pero también simples trabajadores. En la fábrica de los Melzer también se habían producido algunas detenciones, y hasta la fecha no habían vuelto a ver a la mayoría. Los Melzer solo pudieron evitarle el campo de concentración de Dachau, gracias a la ayuda de buenos amigos, al señor Winkler, que fue encarcelado al principio del todo. Sin embargo, los nazis no lo liberaron de Katzenstadel hasta pasadas cuatro semanas. Entonces Humbert llevó en coche a la señora Elisabeth cuando fue a recoger a su marido.
Humbert aún no se había repuesto del todo de la impresión que se llevó al verlo. «Estaba en los huesos —explicó—. Le habían rapado el pelo y tenía muchos moratones en el rostro. Le pegaron. Le dieron patadas en la cara con las botas. Cualquier delincuente peligroso recibe mejor trato que los pobres tipos que ahora se llevan detenidos clandestinamente».
Desde entonces el señor Winkler vivía en la villa de las telas como un prisionero y pasaba el tiempo con la familia; ni siquiera se atrevía a ir a Augsburgo, como mucho se acercaba a las cuadras de la tía, donde sus hijos aprendían a montar. Y por las tardes, según contaba Auguste, escribía un libro «erudito». Tampoco podía aparecer por la fábrica, donde antes se hacía cargo de la contabilidad.
—Es una vergüenza —solía decir Fanny Brunnenmayer—. El señor Winkler solo tenía buenas intenciones con sus ideas comunistas. Es una buena persona, no haría daño ni a una mosca.
—Podemos estar contentos de volver a tenerlo con nosotros —comentó Humbert.
Tras la conmoción inicial, tuvieron que adaptarse con cautela a las nuevas circunstancias. De nada servía lamentarse, la vida debía continuar. La fábrica se estaba recuperando, habían contratado a empleados, la tejeduría volvía a tener encargos y las deudas estaban pagadas. Con todo, seguía habiendo reducción de jornada porque la industria textil no iba tan bien como otros sectores en Augsburgo; en la fábrica de vehículos MAN ya necesitaban hacer turnos adicionales. Sin embargo, ningún empleado de la villa de las telas sufría ya la angustia de si al final tendrían que servir a otros señores o se quedarían sin trabajo. Al contrario, la cocinera estaba contenta porque podía crear a su gusto de nuevo y mimar a los señores con todo tipo de platos. Y, lo más importante, tenía la posibilidad de transmitir sus artes culinarias a Liesl, que ya llevaba cuatro años casada con el jardinero Christian. De momento Liesl no había anunciado nada, y Fanny Brunnenmayer se alegraba mucho porque de quedarse embarazada tal vez Liesl renunciase a su puesto en la villa. Sería una lástima porque tenía mucho talento para la cocina.
—Mejor no tengáis niños —decía la cocinera—. Los dos tenéis un buen trabajo, no os queda tiempo para criar niños.
Sin embargo, todos sabían que a Liesl y Christian les encantaría tener hijos, solo que la cigüeña se negaba a visitar a Liesl.
Ese día Christian salió con prisa, por lo visto tenía que replantar el arriate de la terraza, de modo que en la cocina solo quedaron Else, Liesl y Fanny Brunnenmayer. Liesl le puso a Else delante de las narices la tabla de madera con el cebollino y un cuchillo para que tuviera algo que hacer y no se durmiera de nuevo. Fanny Brunnenmayer se sentó a la mesa y se puso a formar bolas de patata, sin parar de sumergir las manos en un cuenco de agua fría para que no se le pegara la masa en los dedos. Liesl fue añadiendo los ingredientes al gulash, cuyo delicioso olor ya se expandía por toda la cocina.
—No te olvides de la nuez moscada, Liesl —le advirtió la cocinera—. Solo una pizca, pero no puede faltar. Has puesto demasiado ajo, no paro de notarlo en la nariz…
—Ay, vaya —dijo Liesl con un suspiro—. Ya me lo temía, pero es demasiado tarde.
Else, obediente, había picado el cebollino para la ensalada y se levantó para llevarle la tabla a la cocinera, que lanzó una breve mirada y pensó que podría haber cortado los tallos un poco más finos.
—Ha entrado un coche en el patio —anunció Else.
—Debe de ser el señor —supuso Liesl—. Aunque es temprano…
—No es el coche del señor —la contradijo Else—. Es una visita.
—¿Visita? —refunfuñó la cocinera—. Parezco adivina. He hecho unas cuantas bolas de patata de más y solo tendremos que estirar el gulash. ¿Quién es, Else? ¿Lo ves desde la ventana?
Else se acercó más a la ventana y anunció que se había bajado una señora del vehículo.
—Es flaca, pero su ropa parece cara. Y tiene chófer. Le ha aguantado la puerta del coche y le ha hecho una reverencia como si se tratara de una reina. Ahora él se da la vuelta, sí, lo conozco… ¿Ese no es… el ruso?
—¿Qué ruso? —se extrañó Liesl.
Fanny Brunnenmayer sí sabía a quién se refería.
—¿Grigori? ¿El que sedujo a nuestra Hanna y luego le puso ojitos también a Auguste? Si es él, entonces sé quién ha bajado del coche.
Liesl solo conocía esas historias de oídas, así que se encogió de hombros y siguió removiendo el gulash.
—¿Y quién se supone que ha bajado del coche? —preguntó por encima del hombro.
—Serafina, esa víbora —contestó Fanny Brunnenmayer—. Contrató a Grigori de chófer cuando volvió de Maydorn.
—¡Serafina Grünling! —se asombró Else—. ¿La que fue institutriz aquí, en la villa de las telas, cuando se apellidaba Von Dobern?
—Exacto —masculló la cocinera, y puso las últimas bolas de patata en la bandeja grande—. Solo que lo de Grünling se acabó. Se ha divorciado.
—¿Ah, sí? ¿Por qué? —se sorprendió Else—. Pero si se hizo rica cuando se casó con él.
—Por supuesto —respondió Fanny Brunnenmayer—. Pero Grünling es judío.
—Vaya —dijo Else, como si fuera una explicación definitiva—. ¿Y qué la trae a la villa de las telas?
—¡Nada bueno, eso seguro! —gruñó Fanny Brunnenmayer, que se levantó con un gemido para poner las bolas de patata en el agua hirviendo.
2
Lisa no estaba descontenta con la situación actual. Tras el miedo atroz que pasó cuando se llevaron a su Sebastian, las noches en vela y las numerosas lágrimas derramadas, ahora se sentía feliz por tenerlo de nuevo a su lado. Lo había cuidado con cariño, hizo de madre y de enfermera, le reprochó no haber escuchado sus advertencias, que no saliese del Partido Comunista cuando aún estaba a tiempo. Él se mostraba dócil como un niño, algo que a ella le resultaba conmovedor, aunque las relaciones amorosas no iban tan bien, las horribles vivencias de la cárcel habían afectado a su virilidad. No físicamente, en ese sentido estaba intacto, pero algo se había roto en su interior.
—No te enfades conmigo, amor —le decía por la noche—. Tengo tal desorden en la cabeza que me temo que te decepcionaría. Esperemos un poco más.
Lisa era comprensiva, al fin y al cabo le quería. El verdadero amor era más que la parte física, lo quería con toda su alma, y por eso no tenía intención de presionarlo. Cualquier día volvería a ser el de antes, estaba convencida, solo debía tener paciencia. Las reuniones nocturnas del partido o las misiones caritativas en Mittelstrasse formaban parte del pasado. El Partido Comunista no existía, y la policía había cerrado el hogar de trabajadores comunistas de Mittelstrasse. Y tampoco trabajaba ya en la fábrica. Su exigente puesto de director de contabilidad le obligaba a pasar todo el día fuera y muchas noches se encerraba con Paul en el gabinete a beber coñac y comentar asuntos del negocio. No, durante esa época apenas disfrutaba de su marido, como mucho los domingos, pero entonces se ocupaba más de los niños que de ella, su esposa.
Ahora, en cambio, por las mañanas lo tenía solo para ella. Los niños estaban en el colegio y podía estar cerca de él para mimarlo y ocuparse de su salud. La desgracia había pasado: únicamente tenía que ser sensato y seguir sus consejos en todo para que no le ocurriera nada más. Un día desaparecería ese loco de Adolf Hitler, como había ocurrido con todos los cancilleres anteriores y con el pobre emperador Guillermo. Después vendrían nuevos y mejores tiempos.
Ese día hacía mucho calor en la terraza, y se acercaba el mediodía. Lisa se había llevado su labor de punto y había abierto dos sombrillas, y Sebastian llegó de la biblioteca con un libro bajo el brazo.
—¿Qué estás leyendo, cariño? —preguntó al tiempo que movía las agujas.
—Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque.
—¡Dios mío! —exclamó mientras escudriñaba el calcetín que estaba tejiendo—. Siempre eliges unos libros muy serios, cariño. ¿Me sujetas la madeja de lana? Tengo que hacer un ovillo.
—Claro, cariño, en cuanto termine de leer el capítulo —contestó, y se quitó las gafas para secarse el sudor de la frente—. Esta novela es de lo más emocionante, relata cómo la guerra destruye la cultura y la ética de la humanidad y libera a la bestia que llevamos dentro.
Lisa se estremeció y tuvo que contar de nuevo los puntos en la aguja.
—Qué libros tan espantosos lees —comentó con un suspiro.
—El horror también es instructivo. Todos debemos trabajar para que nunca vuelva a haber una guerra. En su lugar, la humanidad debe encontrar la manera de convivir en paz y con justicia —respondió antes de retomar la lectura.
Lisa suspiró, temía que a continuación pasase a exponer sus tesis de la revolución internacional comunista. Dejó la labor en el cesto y se levantó para pulsar el timbre eléctrico que habían instalado junto a la puerta de la terraza.
—Qué calor hace hoy —dijo—. Le diré a Auguste que te traiga el sombrero de paja y otra jarra de limonada con hielo.
—Déjalo, cariño, puedo ir yo a buscar el sombrero…
—Claro que no —repuso sacudiendo la cabeza, y llamó al timbre—. Es tarea de Auguste. No les haces ningún favor si les quitas el trabajo, ¿lo entiendes? Todo el mundo tiene derecho a trabajar, también nuestros empleados. ¿Qué crees que pasaría si yo entrara en la cocina a prepararme el almuerzo? Seguramente la cocinera me lapidaría.
Él se puso las gafas en silencio, arrugó la frente y se sumergió de nuevo en la época de la guerra mundial. El sillón de mimbre de Lisa crujió cuando volvió a sentarse. El tintineo de las agujas y el griterío de algunos gorriones llenaron el silencio del mediodía, cuando de pronto se interpuso una voz.
—¡Gracias, conozco el camino! —Se oyó que decía una mujer.
—Pero… ¿no debería anunciar su llegada, señora?
—No es necesario. Dios mío, ¡qué bonita imagen del parque con las puertas abiertas de la terraza! ¡Ese juego de luces en los arbustos! ¡Tenga, cójame el sombrero, Hanna!
Lisa dejó caer las agujas del susto. Sebastian levantó la cabeza, sorprendido, y en ese momento la visita atravesó el umbral. Serafina von Dobern, después señora de Grünling, lucía una sonrisa victoriosa en su rostro afilado. Tras ella apareció Hanna, muy contrariada, que comunicaba a Lisa con miradas y gestos que le había sido imposible evitar el asalto.
—Heil Hitler —dijo Serafina mientras sonreía primero a Lisa y luego a Sebastian.
El saludo fue recibido con un silencio de perplejidad. Serafina von Dobern no era una desconocida en la villa de las telas, hubo un tiempo en que fue una de las amigas íntimas de Lisa, aunque después resultó ser una insidiosa que entre otras cosas le complicó la vida a Marie. Tras su boda con el abogado Grünling, que había ganado mucho dinero con la crisis económica, el matrimonio adquirió, entre otras propiedades, la finca Maydorn de la tía Elvira.
Pasados unos segundos, Lisa recobró la compostura y demostró poseer la serenidad que Alicia Melzer había inculcado a sus hijas.
—¡Serafina! —dijo con frialdad y educación—. ¿A qué se debe el honor de tu visita?
Serafina se esperaba un recibimiento parecido, no era tonta ni ingenua. Hizo un gesto despreocupado con la mano y reforzó su sonrisa.
—No te preocupes, solo estaré un momento. Hace un tiempo que colaboro con la organización Bienestar Social Nacionalsocialista y me ocupo del Auxilio de Invierno, una causa importante que apoyan el gobierno y todo el pueblo alemán. Me he fijado en que en la puerta principal de la villa de las telas aún no está nuestra placa…
Esa espantosa placa la recibían todos aquellos que hacían donaciones para el Auxilio de Invierno. Se entregaba anualmente y en ella podía leerse: HEMOS AYUDADO.
—Está colgada en la puerta de la cocina —comentó Lisa, mordaz—. No nos pareció adecuado afear con ella nuestra preciosa puerta de entrada.
—Mira tú por dónde —respondió Serafina, indignada, y levantó las cejas—. Lástima que nuestra labor, tan importante y beneficiosa, aquí sea tan poco reconocida.
—¡Donamos con regularidad una suma considerable! —afirmó Lisa, que pasó al contraataque—. Por cierto, me sorprende verte en Augsburgo, Serafina. Creía que a estas alturas habrías descubierto tu pasión por la vida rural.
Serafina tenía la mirada clavada en el libro que Sebastian había dejado caer en su regazo. ¿Había descifrado el título? Seguramente. A esa insoportable garrapata no se le escapaba nada.
—¿La vida rural? —repitió, y se sentó en uno de los sillones de mimbre sin ser invitada—. Ay, ya sabes, Lisa, cuando una lleva tanto tiempo viviendo en la ciudad, cuesta acostumbrarse al campo. Por supuesto, pasé mi infancia en las fincas de mis padres, pero de eso hace ya mucho, y durante el invierno casi siempre estábamos en nuestra casa de Berlín…
«Ahora se las da de pudiente», pensó Lisa, enfadada. Por el amor de Dios, antes de la guerra sus padres tenían una granja en Brandemburgo, pero hablar de «fincas» y de «casa de ciudad» era una desfachatez. Además, después de la guerra lo perdieron todo.
—¡Qué lástima! —exclamó Lisa con falsa compasión—. La tía Elvira tenía muchas esperanzas en que su preciosa granja fuera de tu gusto. Además, allí tienes un administrador excelente.
—Sin duda —comentó Serafina, que le lanzó una mirada de soslayo mientras se ponía cómoda en el sillón de mimbre—. Tu exmarido es muy bueno en lo suyo. De verdad, Lisa, le he cogido aprecio a tu Klaus von Hagemann…
Lisa tomó aire para contestar algo, pero en ese momento Auguste apareció en la terraza. A Lisa le dedicó una mirada comprensiva; como el resto del personal, Auguste no tenía a Serafina en mucha estima.
—¿Puedo traerle algo, señora?
—El sombrero de paja para mi marido, Auguste. Este calor es insoportable.
—Es cierto, señora. Este sol es abrasador —concedió Auguste—. La cocinera me pide que les diga que el almuerzo ya se puede servir.
—Gracias, Auguste.
Serafina se percató de que nadie hacía el gesto de ofrecerle un refresco, ni mucho menos de invitarla a comer; seguro que tampoco contaba con ello. Sin embargo, no hizo amago de despedirse, sino que permaneció sentada en el sillón de mimbre, relajada, se reclinó un poco hacia atrás y cruzó las piernas. Pese al calor, llevaba medias de seda. Los zapatos debían de haberle costado una fortuna, y el traje de verano estaba hecho a medida y sin duda también era caro. Lisa lanzó una mirada rápida a Sebastian, que había escuchado la conversación con profunda congoja y ahora hojeaba su libro, cohibido. ¡Qué desagradable tenía que ser para él presenciar esa escena!
—Klaus von Hagemann y yo nos separamos de forma amistosa en su momento —le dijo a Serafina con una sonrisa—. Con el tiempo, él también encontró a una buena mujer que le ha dado unos niños encantadores.
Eso fue una maldad que le salió sola. Pauline, la segunda esposa de su exmarido, era una tirana que le había amargado la vida a la tía Elvira. Incluso se hablaba de que atentó contra su vida, algo que no se pudo demostrar pero era muy probable. Seguramente Serafina también había tenido sus desencuentros con esa mujer.
—Sí, una persona encantadora —musitó Serafina, aunque saltaba a la vista que mentía—. Un poco… rural, tal vez. No a la altura de lo que merecería tu excónyuge, pero nos entendíamos muy bien. Se quedó muy afligida cuando me fui de la finca.
A Lisa le habría encantado saber cuál de esas dos víboras había salido victoriosa, pero Serafina no se manifestó sobre el tema. Supuso que Serafina: era la más inteligente y como propietaria de la finca tenía la sartén por el mango. Aunque la tal Pauline, según le había contado la tía Elvira, no se amedrentaba ni ante la violencia. De vez en cuando la tía Elvira se enteraba de algunos detalles de lo que pasaba en la finca porque Dörte hacía dos años que regresó a Maydorn y mantenía contacto epistolar con su antigua señora. De todos modos, Dörte no era una gran escritora de cartas. Lo que plasmaba sobre el papel era más bien carente de interés y estaba lleno de faltas de ortografía.
—Según tengo entendido, también has pasado por un divorcio, querida Serafina… —reanudó la conversación Lisa.
Por desgracia no consiguió abochornar a su antigua amiga. Serafina se llevó la mano a la frente porque el sol la cegaba y se expresó con asombrosa franqueza.
—Era evidente, querida Lisa. En su momento accedí a casarme por necesidad, pero ahora que nuestra Alemania ha emprendido un maravilloso camino con Adolf Hitler he comprendido que, como alemana, no puedo estar casada con un judío.
Lisa recordó cómo esa falsa retorcida embaucó al pobre Grünling para casarse con él. El abogado Grünling tampoco era un santo: durante la crisis económica, mientras los Melzer y tantos otros luchaban por subsistir, él se hizo de oro con todo tipo de negocios turbios.
—¿Y dónde está ahora? ¿Se ha ido de Alemania? —quiso saber.
—Sí, tuve que financiar su emigración a Estados Unidos, y eso me salió muy caro, pero soy buena persona y a fin de cuentas yo también me alegro de no tener que verlo más. Aún me pesa en el alma el recuerdo de ese… error. Gracias a Dios, tras el divorcio pude quitarme su apellido y volver a llamarme Von Dobern.
Lisa se quedó sin habla por un momento. Luego intentó comprender lo que ocultaban esas palabras.
—¿Lo he entendido bien? ¿Tú pagaste su emigración?
Serafina le dedicó una sonrisa de desdén, y entonces Lisa advirtió que se había puesto dentadura nueva. Blanca inmaculada, sus dientes parecían reales.
—Por supuesto —respondió en tono inofensivo—. Hace unos años Grünling lo puso todo a mi nombre. Por razones fiscales y por cautela, como es lógico. Bueno, él pensaba que yo iba a transferirle pagos a Estados Unidos, pero no lo haré, por supuesto. ¿Por qué yo, una mujer alemana, iba a financiar a un judío en Estados Unidos? Eso no me lo puede exigir nadie.
«Será mal bicho, es repugnante e insidiosa», pensó Lisa. El muy tonto le había confiado todas sus posesiones creyendo que por lo menos le enviaría una parte a Estados Unidos. En eso cometió un error garrafal. Serafina se había quedado todo, y él ya se las arreglaría para remontar. Era curioso que precisamente el listo de Grünling hubiera confiado en semejante rata de alcantarilla. Pero bueno, a cada cerdo le llega su San Martín. O su Santa Martina.
Un ruido interrumpió sus pensamientos. A Sebastian se le había resbalado el libro del regazo y cayó sobre las baldosas. Serafina levantó la cabeza y observó con interés al marido de su antigua amiga.
—¡Señor Winkler! Estaba usted tan absorto en su lectura que no me atrevía a dirigirle la palabra. Espero que se encuentre mejor.
No quedó claro qué quería decir con eso, pero sin duda había llegado a oídos de Serafina que Sebastian Winkler había estado en prisión preventiva por ser miembro activo del Partido Comunista.
Sebastian tardó un momento en recomponerse. Lisa sabía que estaba consternado por lo que acababa de escuchar. Y seguro que Serafina también lo había notado.
—Gracias —dijo Sebastian, que tuvo que aclararse la garganta—, gracias por preguntar.
—En la vida es importante tener buenos amigos, ¿no es cierto? —comentó Serafina—. La familia Melzer es toda una institución en Augsburgo, ¿verdad? Todos se apoyan y se mantienen unidos, pase lo que pase…
Lisa estaba a punto de clavarle una de las agujas de punto a esa víbora mordaz. Por supuesto, Serafina estaba insinuando que Sebastian había salido de la cárcel gracias a la intercesión de Paul.
—Cierto —admitió con energía, y levantó la barbilla dispuesta a luchar—. Los Melzer tenemos sentido de la familia. No enviaríamos a uno de los nuestros al extranjero sin recursos, ¡no es nuestra costumbre!
—¡Qué bonito! —exclamó Serafina con malicia, captando la indirecta—. Bueno, entonces no quisiera ser un estorbo para la familia cuando se dispone a disfrutar de su merecido almuerzo. Sin embargo, de momento mis deseos, las donaciones para el Auxilio de Invierno, no han sido atendidos. ¿He de entender que no habrá donación de la villa de las telas para este organismo benéfico de nuestro gobierno?
—Por supuesto que la habrá —repuso Lisa, furiosa—. ¡La cantidad se transferirá como siempre, mi hermano se ocupará de ello!
Serafina se levantó y se pasó las manos por la falda, como si el sillón de mimbre estuviera sucio.
—Comprobaré los ingresos de pagos y os haré llegar la placa…
Se interrumpió porque en ese momento aparecieron la tía Elvira y Alicia en la puerta de la terraza. Habían dado un pequeño paseo hasta los caballos y volvían para el almuerzo.
—Vaya, ¡pero mira quién está aquí! —dijo la tía Elvira elevando la voz, como era habitual en ella—. ¡La mismísima señora Grünling en Augsburgo! Qué bien que haya venido de visita a la villa de las telas. ¿Cómo va todo en la finca? Espero que a las mil maravillas.
—Heil Hitler —contestó Serafina en tono autoritario, e inclinó la cabeza para saludar a las damas—. En la finca Maydorn todo va de fábula, según me contó ayer por escrito mi administrador. Pero yo he decidido retirarme de la vida del campo e instalarme en una de mis casas de Augsburgo.
—Ya decía yo que aquellos aires no eran para usted —comentó la tía Elvira al tiempo que miraba de arriba abajo a Serafina—. Un ratón de ciudad sigue siendo un ratón de ciudad. No se ofenda. ¿Ya se iba o se queda a comer?
A Lisa le entró hipo del susto. La tía Elvira era incorregible.
—Muchas gracias, pero tengo prisa —contestó Serafina, para gran alivio de Lisa.
—Bueno, entonces no —contestó la tía Elvira encogiéndose de hombros—. Lástima, una buena comida le habría sentado bien, joven. Parece un poco hambrienta.
—Solo lo parece, señora —respondió Serafina con frialdad—. Saluden a los señores de mi parte. Heil Hitler.
—¡Que Dios la bendiga! —contestó Alicia, que había seguido la conversación en silencio y ahora necesitaba respirar. Como católica acérrima, le resultaba insoportable que el nuevo gobierno impusiera un saludo en el que Adolf Hitler reemplazaba a nuestro Señor.
No hubo comentarios hasta que Serafina se puso el sombrero en el vestíbulo y salió de la villa de las telas. Después, Lisa ya no pudo contenerse.
—¿Cómo puedes invitar a comer a esa víbora, tía Elvira? ¿Sabes lo que ha hecho con su marido?
El gong que anunciaba el almuerzo interrumpió la conversación. Paul y Marie ya estaban en el vestíbulo y subieron deprisa la escalera hasta la primera planta, donde Humbert esperaba en el comedor.
—Voy un momento a ver a los niños —dijo Sebastian al tiempo que recogía el libro del suelo y lo dejaba sobre la mesa.
—Pero, cariño, Auguste ya está con ellos…
—¡Pero me gusta recibirlos! —insistió él—. Se lo he prometido a Lotti.
Lisa suspiró. Para sus hijos siempre estaba ahí, jugaba con ellos, les ayudaba con los deberes, inventaba métodos para despertar su interés por las asignaturas de historia, ciencias naturales o matemáticas. En cambio, cuando estaba con ella leía un libro o el periódico, y solo de vez en cuando entablaba conversación. Sí, quería ser paciente, pero a veces le daba miedo que ya no la quisiera…
—¿Qué le ha hecho al señor Grünling? —preguntó Alicia mientras subían la escalera hasta la primera planta.
—Luego, mamá —contestó Lisa, escueta.
El olor del gulash la reconcilió con su destino. Ocuparon sus asientos en la mesa, Sebastian apareció con Charlotte de la mano, que en Pascua había empezado en el colegio y se sentía orgullosa de su nuevo estatus de «escolar». Sus hermanos la avisaron de que pronto dejaría de estar contenta, pero Charlotte les hizo un corte de mangas. La criatura angelical, regordeta y rubia se había convertido en una niña delgada de seis años que correteaba con el primo Kurt y sus hermanos por el parque y trepaba a los árboles. Johann, el pelirrojo de diez años, era su protector; actuaba como un pequeño matón, lo que provocaba que su padre le soltara largos sermones. Hanno ya tenía ocho años, sacaba unas notas excelentes sin esforzarse demasiado y casi siempre estaba con un libro. Kurt, el pequeño de nueve años de Paul y Marie, para gran alegría de su padre, era un técnico entusiasta que desmontaba todos los aparatos y los volvía a montar. Físicamente se parecía más a su madre: el cabello, al principio claro, se le había oscurecido mucho, y también había heredado los preciosos ojos castaños de Marie.
Para el almuerzo y la cena los niños se ponían ropa limpia, se peinaban y se lavaban las manos: era la tradición en la villa de las telas. El ajetreo del desayuno con el que tanto disfrutaba Alicia cuando sus nietos eran pequeños se había convertido en un momento donde todo eran prisas porque ahora la pequeña Charlotte también tenía que marcharse a la escuela a primera hora. Por eso las dos damas mayores, Alicia y su cuñada Elvira, se tomaban la libertad de desayunar una hora más tarde para charlar de los viejos tiempos con un café y unos panecillos de mantequilla.
Ese día en el comedor todos los niños tenían algo emocionante que contar del colegio. Sebastian era todo un pedagogo, animaba a cada niño a explicar algo, y los demás, incluidos los adultos, tenían que escuchar. Paul y Marie consideraban sus métodos un tanto exagerados, pero así los niños aprendían a expresarse con autonomía y a hablar en público. Los resultados eran dispares. Charlotte y Hanno salían bien parados, Johann solía recibir una reprimenda por usar «expresiones inadecuadas» y Kurt se atascaba porque quería contar varias cosas a la vez. Una vez terminada la ceremonia, los niños podían charlar entre sí en voz baja y los adultos retomaban sus conversaciones.
Solo se hizo una mención breve a la visita de Serafina. Lisa obvió los detalles delante de los niños, había que andarse con cuidado.
—No me gusta que esa «señora» se presente aquí sin avisar —opinó Marie.
—A mí tampoco —confesó Paul—. Pero si nos visita, la trataremos con educación. Sobre todo porque al parecer tiene un cargo en el grupo local del Auxilio de Invierno.
Paul se había recuperado bien de la miocarditis sufrida cinco años antes, se acercaba a la cincuentena, había engordado unos kilos y se dedicaba con afán a la buena marcha de la fábrica textil Melzer. Gracias a Dios iba remontando, las máquinas volvían a estar en marcha, aunque los pedidos aún eran escasos, pero Paul veía el futuro con optimismo. Marie tuvo dudas sobre si abrir de nuevo su atelier en la Karolinenstrasse. Cuando Paul se desplomó aquel día en la entrada de la fábrica, Marie se llevó un buen susto y durante mucho tiempo temió que el corazón de su esposo quedara dañado. Por suerte, no fue así. De modo que hacía dos años que volvía a existir El Atelier de Marie, y las costureras también habían regresado, solo faltaba la señora Ginsberg. Ella y su hijo Walter se habían mudado de Iowa a Nueva York, donde había abierto un pequeño taller de costura y Walter continuaba con su formación de violinista. Por fortuna, desde que emigraron nunca se había interrumpido el contacto epistolar.
El gulash tuvo mucha aceptación, pero Charlotte se negó en redondo a comérselo. No le gustaba la carne, se alimentaba de pasteles, verduras, pan y dulces. Una manía que provocaba un gesto de preocupación en la abuela.
—Eso no es normal —suspiró—. Mucho me temo que esta pobre niña en algún momento tendrá déficit de algo.
—Querida Alicia, hasta los gladiadores romanos vivían sin comer carne —dijo Sebastian con una sonrisa.
Johann, que acababa de pelearse con su hermano Hanno, aguzó el oído. ¡Los gladiadores eran esos tipos fuertes que luchaban en la arena con leones y osos!
—¿Qué comían los gladiadores si no tomaban carne, papá?
—Comían todos los días aceitunas, cebolla y judías, hijo mío.
—¿Cebollas y judías? —repitió Johann, pensativo—. Entonces seguro que se tiraban muchos pedos.
Los niños soltaron una carcajada, y a Paul le costó reprimir una sonrisa. Marie consiguió mantenerse seria.
—¡Johann! —exclamó la abuela, horrorizada—. ¡No quiero oír eso en la mesa!
—Perdón, abuela —se disculpó Johann mientras miraba de reojo a su padre—. Me ha salido así.
—¡Dios mío, Alicia! —exclamó la tía Elvira—. ¿Por qué te enfadas tanto? Esas cosas son humanas.
—¡Pero no en la mesa, Elvira!
—Eso los de ciudad, que sois unos remilgados —repuso la tía sacudiendo la cabeza—. Mi querido Rudolf no tenía pelos en la lengua. Entonces en la mesa se hablaba de cosas muy distintas…
—Mi hermano Rudolf no era un modelo a seguir en lo que a buenos modales se refería, ya lo sé, Elvira…
—¿Y qué decía el tío abuelo? —preguntó Kurt con gran interés.
—¡Ahí lo tienes! —le susurró Alicia a su cuñada.
Humbert entró con el postre y liberó a la tía del pasado. El delicioso pudin de chocolate con salsa de vainilla atrajo la atención de los niños. Lisa también se hizo servir una buena porción en un platito de cristal; solo Sebastian dio las gracias y lo rechazó porque había engordado de forma notable de cintura para arriba. El nivel de ruido en el comedor bajó, apenas se hablaba, disfrutaban del pudin de Fanny Brunnenmayer, que lo preparaba siguiendo una antigua receta y le salía muy suave y esponjoso.
—Queridos, antes de volver a la fábrica quiero daros una buena noticia —dijo Paul cuando terminó al tiempo que empujaba el platito vacío—. Dodo ha llamado hoy a primera hora.
—¿Desde Berlín? —preguntó Lisa—. Dios mío, no habrá…
—¡Ha aprobado el examen del permiso A2 con sobresaliente! —anunció Marie, a quien ya le habían contado la novedad—. El examen fue ayer, lo celebró con sus amigas toda la noche y ahora está recogiendo sus cosas. Pasado mañana vuelve con nosotros.
La tía Elvira levantó la copa con un resto de vino tinto.
—¡Por nuestra Dodo! —exclamó entusiasmada—. Ya sabía yo que esa chica lo conseguiría. ¿Pasado mañana viene a casa? Pues creo que se merece un premio.
—Tía Elvira, fue muy generoso por tu parte costearle a nuestra hija unos estudios tan caros —dijo Marie—. El premio déjanoslo a nosotros, por favor.
—Si le queréis comprar una avioneta…
—No estábamos pensando en eso.
Lisa vio que Paul y Marie intercambiaban miradas de preocupación. Tener una avioneta propia era el mayor deseo de Dodo. Así podría participar en competiciones nacionales y en el extranjero o encontrar a un mecenas que financiara un vuelo de larga distancia. Igual que la célebre Elly Beinhorn, que apareció en todos los periódicos cuando tuvo que hacer un aterrizaje de emergencia en África y acabó alojada con una tribu indígena. Como era lógico, a Paul y Marie no les entusiasmaban esos planes, por eso Marie no quería de ningún modo que la tía Elvira le comprara una avioneta a Dodo.
—¡Pero no hay nada que desee más la niña que una avioneta! —se indignó la tía Elvira—. Y yo tengo el dinero para comprarla. ¿Dónde está el problema?
—Deberías guardar un poco de tu fortuna, tía Elvira —le aconsejó Paul—. Nunca se sabe cuándo pueden llegar malos tiempos.
—¡Tonterías! —repuso la tía—. He guardado en el banco suficiente dinero de la venta de la finca. Además, la cría de caballos va de maravilla. ¿Qué va a hacer una vieja como yo con tanto dinero? Prefiero cumplir el deseo de mi sobrina nieta a que lo hereden el señor Von Hagemann y su «campesina».
En efecto, según el testamento, Lisa era la heredera de la finca de Pomerania, pero al divorciarse renunció a ese derecho en favor de su ya exmarido, Klaus von Hagemann. Sin embargo, la tía Elvira le había hecho una jugarreta al vender la finca y hacía todo lo posible para repartir en vida el dinero que había recibido a cambio.
En ese momento intervino Alicia.
—Escucha, Elvira, con todos mis respetos por tu generosidad, me parece que no le puedes comprar una avioneta a Dodo contra la voluntad de sus padres.
Alicia era la única persona a la que la tía Elvira escuchaba de vez en cuando, por eso se reclinó en la silla y comentó disgustada:
—Pero la niña se alegraría tanto…
Paul lanzó una mirada de agradecimiento a su madre y Lisa comprendió que se guardaba un as en la manga.
—Creo que Dodo no se llevará una decepción cuando vea nuestro regalo, tía Elvira.
—¿Vuestro regalo? —se sorprendió Elvira.
Ahora los niños también estaban atentos, los regalos siempre eran interesantes. Lisa arañó con disimulo el último bocadito de pudin de chocolate; se había vuelto a servir de la fuente.
—¿Qué regalo recibirá Dodo? —quiso saber Kurt, el hermano pequeño.
Paul sonrió a Marie. Saltaba a la vista que ambos lo habían estado deliberando.
—Vamos a regalarle a Dodo una caravana —anunció Paul—. Y como también tiene permiso para conducir automóviles, puede recorrer Alemania entera.
La caravana, que se enganchaba a un automóvil, era un invento muy reciente. Algo para nómadas y gitanos, según dijo Sebastian hacía poco en tono despectivo. Sin embargo, para muchos alemanes esa «sala de estar móvil» era un signo de libertad.
—Bueno, está bien —comentó la tía Elvira—. ¡Pero una avioneta es algo muy distinto!
3
En la casa de Frauentorstrasse ya habían terminado de cenar, la abuela Gertrude estaba lavando los platos y por una vez Henny se había ofrecido a secar la vajilla.
—No lo entiendo —suspiró la abuela Gertrude mientras fregaba la olla donde se le habían quemado las patatas al mediodía—. Ella siempre llama cuando no piensa cenar en casa. He hecho más patatas asadas con huevo porque le encantan.
—Estaban muy buenas, abuela —le aseguró Henny—. Solo llevaban un poco de pimienta de más, pero no se notaba hasta que te las tragabas.
La abuela Gertrude estaba acostumbrada a las críticas, las cuales no menguaban en nada su pasión por la cocina.
—Eso es por culpa del dichoso pimentero, niña. Siempre se sale la tapa de los agujeritos…
—Entiendo.
Desde fuera llegó el ruido de un motor, sonaba como el automóvil de la tía Tilly. Aliviada, la abuela Gertrude se acercó a la ventana e intentó ver la entrada entre la espesa maleza del jardín.
—¡Creo que es ella! ¡Dios mío, qué alegría! Pero qué vida tan disoluta lleva mi Tilly. Y eso que siempre ha sido una chica muy formal.
En efecto, durante los últimos años la tía Tilly había experimentado un cambio sorprendente, en parte gracias a la influencia de mamá. Cuando la tía regresó de Múnich, a Henny le pareció terriblemente conservadora. Siempre vestida de gris, con el pelo sin arreglar, zapatos sosos y planos: una mojigata. Con el tiempo la tía se había liberado de la piel de cordero, se había deshecho de su timidez y disfrutaba plenamente de la vida como una mujer profesional sin ataduras.
—Ay, Kitty —le dijo unos días antes a la madre de Henny—. Hasta ahora estaba convencida de que me perseguía la mala suerte. Ahora veo la vida desde un punto de vista totalmente distinto, feliz. ¿Sabes qué? Creo que desde mi divorcio de Ernst soy una persona nueva.
Henny estaba de acuerdo. En la clínica donde trabajaba la tía Tilly de médico solo recibía elogios, mantenía una relación excelente con sus superiores y sus colegas, y el personal sanitario también la había aceptado. Bajo la dirección de mamá, la tía Tilly también había cambiado de aspecto, se cortaba el pelo con regularidad en la peluquería a la que iba mamá, vestía ropa moderna y se maquillaba. Bien vestida y llena de energía, cuando tenía tiempo libre salía, iba al cine y al teatro, leía revistas, y los bailes que antes le parecían horribles se habían convertido en su pasión.
—Casi me parece que nuestra querida Tilly ahora se pasa un poco —dijo una vez mamá—. Pero bueno, tiene mucho que recuperar.
Las enseñanzas de mamá en cuestiones amorosas habían encontrado suelo fértil en la tía Tilly. Jonathan Kortner era su acompañante habitual, pero de vez en cuando también salía con otros hombres. Henny, que a sus diecinueve años ya sabía bastante de esas cosas, se había enterado de que los dos habían pasado varios fines de semana en un hotel. Si era cierto lo que la tía Tilly le había contado hacía poco, para el verano tenían previsto un viaje en pareja de varios días a la Selva Negra. Y eso sin acta de matrimonio. ¿Quién lo habría dicho de la antigua mojigata?
La puerta de la entrada crujió cuando Tilly abrió porque la madera se dilataba un poco con la humedad.
—¡Tilly! —exclamó Gertrude en tono de reproche—. ¿Por qué no llamas si vas a llegar tarde? Te había hecho patatas asadas…
La tía Tilly no entró en la cocina, fue directa a la escalera que llevaba a la primera planta.
—Gracias, mamá. No tengo hambre, me voy a la cama.
La abuela Gertrude salió desconcertada al pasillo, pero ya no había ni rastro de la tía Tilly.
—¿No estarás enferma, Tilly? —gritó hacia la escalera.
Tilly tardó un momento en contestar, se la oyó carraspear.
—Muchas gracias, mamá. Me encuentro bien. Solo estoy cansada porque anoche dormí mal…
La puerta de su habitación se cerró y la abuela Gertrude se dio la vuelta sacudiendo la cabeza.
—Algo no va bien —murmuró.
A Henny también le pareció que la tía Tilly estaba rara, pero procuró calmar a la abuela Gertrude para que no se le ocurriera subir y llamar a su puerta. Gertrude era un cielo de persona, pero era muy anticuada y no paraba de sermonear a su hija.
En ese momento mamá y el tío Robert salieron del salón y ella se asomó a la cocina. Llevaba un vestido de verano que le había hecho la tía Marie, de crepé rojo chillón con un cinturón negro de piel que parecía una serpiente que se mordía la cola.
—¿Ha llegado Tilly por fin? —preguntó.
—Sí, está arriba, pero…
Mamá siguió hablando sin más, como de costumbre.
—Nos han invitado a una fiesta en el jardín de los Wiesler. Por favor, dile a tu tía que la esperamos. La esposa del doctor Wiesler me ha hecho prometer que llevaría a mi encantadora cuñada. Pero bueno, parece que mi Tilly, siempre tan ocupada, tiene otros planes para esta noche…
—Así es —dijo Henny—. Dijo que se iba a dormir.
Mamá se quedó boquiabierta de la sorpresa. Tras ella se oyó la puerta de la casa; el tío Robert, que había salido y esperaba en el coche, volvió a entrar.
—¿Qué pasa ahora, cariño? —preguntó impaciente—. Vamos a llegar tarde.
Mamá puso una cara como si ya no entendiera este mundo.
—Imagínate, Robert, Henny acaba de decirme que Tilly se ha ido a dormir. Una maravillosa noche de primavera como esta, ¡no puede ser! ¿De verdad ha dicho eso, Gertrude?
La abuela Gertrude asintió afligida y llenó el hervidor de agua.
—Creo que está enferma —dijo—. Voy a preparar una manzanilla por si acaso. Siempre igual: los que menos cuidan de su salud son los médicos.
Mamá intercambió una mirada rápida con Robert, que estaba confuso en el pasillo.
—Deja la infusión, Gertrude. No soporto ese olor, me recuerda a mi infancia, siempre tenía que tomarme ese brebaje cuando me resfriaba. Voy a subir un momento a preguntarle a Tilly qué le pasa.
—No creo que le guste que se lo preguntes, mamá… —le dijo Henny. Luego cogió con resignación una taza recién fregada para secarla. Pretender detener a su madre era tan eficaz como colocarse delante de un tren en marcha.
El tío Robert no paraba de mover los pies con impaciencia mientras miraba el reloj. Se oyó la voz de mamá desde la primera planta.
—¿Tilly? ¿Tilly, cariño? Vamos, ponte guapa, enfúndate el vestido verde, ya sabes, el del escote que te cosió Marie. Y ponte el sombrero a juego de los nenúfares, es impresionante. Yo te arreglaré el pelo en un momento y te presto mi pintalabios nuevo, es fantástico. Entre el rojo cereza y el lila, tiene un aire malicioso, es una maravilla… ¿Tilly? ¡Tilly! Por lo menos abre. Dios mío, ¡ha cerrado la puerta!
Así era su madre. En esa casa nadie tenía ni una pizca de intimidad. A Henny le parecía increíble que su madre entrara en su habitación cuando le apeteciera, echara un vistazo, la interrogara y encima hiciera comentarios mordaces sobre el desorden que había. Ni siquiera llamaba a la puerta, y eso que Henny se lo había pedido varias veces.
—Vamos, Kitty —gritó el tío Robert—. No hagas un drama de eso.
Por fin la tía Tilly abrió la puerta y se decidió a hablar. Su voz sonaba un poco ronca, pero también muy enfadada.
—¡Por favor, Kitty! Hoy me gustaría acostarme pronto, y espero que se respete.
—¡Tilly, cariño! ¿De verdad está todo bien? ¿Puedo hacer algo por ti?
—¡Podrías dejarme en paz para que pueda dormir!
La puerta de la habitación se cerró con brusquedad y Henny aguzó el oído. Arriba se hizo el silencio. Fue uno de esos pocos momentos en los que su madre se había quedado sin habla. No reanudó su parloteo hasta que bajó la escalera.
—¡Madre mía! Nunca había visto así a Tilly. ¡Qué cara ha puesto! Ni que me hubiera plantado delante de ella con un puñal en la mano para clavárselo. Y eso que yo solo me preocupaba por ella. No, hoy está realmente insoportable. Bueno, cuando haya dormido tendré unas palabras con ella…
La abuela Gertrude no dijo nada, se sentó en el salón y se sirvió una copa de vino. Mamá y el tío Robert por fin se fueron y Henny aprovechó para dejar los últimos platos en el fregadero antes de subir a su habitación. Al fin y al cabo los platos se secaban solos. Por un momento Henny pensó en ir al cine, pero ponían ¿Víctor o Victoria?, una comedia de malentendidos absurdos que no le interesaba. Se dirigió al tocador blanco que le había regalado Robert años atrás por su cumpleaños, movió las hojas del espejo dividido en tres partes, se miró de lado y de frente, se pasó la mano por el pelo, esbozó una sonrisa seductora y luego hizo una mueca. En realidad se sentía bien con su aspecto, solo que de vez en cuando le salía un grano horrible que se ponía rojo y se hinchaba si se lo tocaba. Pero tenía amigas que lo pasaban mucho peor, y se maquillaban la cara con todo tipo de productos para ocultar los granos. No, ella no podía quejarse: si se lo proponía, podía ganarse a cualquier chico. Eso no era nada nuevo, lo sabía desde los catorce años, incluso antes. Al principio le parecía fantástico y no paraba de poner a prueba esa habilidad tan emocionante. Pero con el tiempo casi se había convertido en una molestia que los chicos revolotearan a su alrededor como moscardones. De momento ninguno había despertado en ella verdadero interés. Salvo uno, que por desgracia estaba en Múnich. Sin embargo, pronto llegarían las vacaciones y volvería a casa, y entonces ya se vería. Henny tenía sus planes.
Pensó en Dodo, que había vuelto dos días antes de Berlín con el pecho henchido de orgullo y sintió algo de envidia. Vaya número montó toda la familia, sobre todo la tía Elvira, que estaba loca con su prima y había invertido un montón de dinero en sus estudios de aviación. Encima sus padres le habían regalado a Dodo una caravana. Una especie de carroza con dos ruedas y forma de huevo muy mona, arreglada por dentro como una casita: una mesa y unos bancos que se transforman en camas, un armario empotrado, cortinas en las ventanas e incluso una alfombra. Además tenía un toldo, una mesa y sillas plegables y una cocina de gas. Un sueño. La caravana se enganchaba al coche y ya estaba, lo tenía todo, podías parar en cualquier sitio bonito, ponerte cómoda, y si hacía mal tiempo podías cobijarte dentro. Dodo, la muy boba, ni siquiera se había alegrado de verdad. Se limitó a echarle un vistazo, toquetear algo y comentar que el enganche estaba mal colocado. Incluso mamá se molestó por eso y le dijo que era una desagradecida. El tío Paul y la tía Marie no compraron la caravana nueva, sino de segunda mano, pero Dodo prefería un avión a motor, eso lo sabían todos. Para volar a Australia y hacerse famosa.
Henny miró el calendario de pared y contó los días que faltaban hasta el 10 de junio. Al terminar el semestre, Leo haría un curso de especialización y después volvería a la villa de las telas. Aún quedaban trece días, ¡eso eran casi dos semanas! Tal vez podría escribirle una postal. Nada importante, solo un saludo amable, contarle que ahora sufría la tortura de la contabilidad en la fábrica y que era agotador. Ahí añadiría la frase de que tenía ganas de volver a verlo. Nada más. Fue a su escritorio y escogió una de las postales de Augsburgo que había comprado hacía poco, se sentó y abrió la estilográfica. Quizá fuese mejor no mencionar lo de la contabilidad, sería poco inteligente.
Henny estaba realizando un voluntariado en la fábrica de telas, fue a petición suya, y el tío Paul accedió con gusto. En realidad lo hizo para ver más a menudo a Leo, que durante las vacaciones casi siempre estaba en la fábrica porque creía que así impresionaría a su padre. Leo, el muy bobo, por desgracia mostró bastante torpeza en todos los departamentos; quedó claro que lo suyo era la música, no dirigir la fábrica. Hasta el tío Paul se había dado cuenta, pero no dijo nada por no herir a su hijo. Carecía de dotes para el cálculo y la contabilidad, mientras que a ella ese tipo de cosas le resultaban muy fáciles. De hecho, al cabo de poco tiempo Henny empezó a pasárselo muy bien con ese voluntariado, sobre todo le parecía fascinante el cómputo de los pedidos, y enseguida comprendió cómo funcionaba la doble contabilidad. El cálculo ya era su punto fuerte en la escuela, se le daba bien. Los números y cómo se relacionaban entre sí no encerraban ningún misterio para ella.
—Te pareces a tu padre, Henny —le decía siempre su madre—. Mi querido Alfons era banquero de la cabeza a los pies. Si la maldita guerra no nos lo hubiera arrebatado, hoy aún existiría el banco de los Bräuer.
En efecto, era una lástima porque como hija de un banquero gozaría de una posición muy distinta: viajes al extranjero, una mansión en Francia, una casa en Berlín y una cuenta bancaria abultada. Sin embargo, algún día tendría todo eso, lo ganaría por sí misma. Como esos millonarios de Estados Unidos, Rockefeller, Ford y los demás, que empezaron desde abajo. Ahora era mucho más importante conquistar a Leo. Cuando fuese un célebre compositor, iba a necesitar a una mujer que se ocupara de las relaciones y los negocios. Una mujer enérgica y lista que permaneciera a su lado, se sentara en primera fila en sus conciertos y aplaudiera, a la que pudiera presentar en los grandes actos como su «encantadora esposa». ¡Leo, qué bobo! ¿Cómo no veía que ella, su prima Henny, era la mujer adecuada para él? Jamás le confesaría que deseaba con toda su alma que la besara. Con la misma pasión que mostraba cuando se sentaba al piano a tocar Beethoven, ella quería recibir un beso suyo. ¡Durante horas!
Decidió descartar lo de la contabilidad y escribir unas palabras sobre la señorita Lüders. Era un fósil en el despacho del tío Paul, ya trabajaba en tiempos del abuelo y estaba cada vez más chiflada. Leo solía reírse cuando le contaba las extravagancias de la señorita Lüders. Luego pegó el «Adolf» en la postal y lista para el correo. Al día siguiente la metería en el buzón antes de ir a la fábrica.
En ese momento escuchó pasos en el pasillo. Vaya, la tía Tilly necesitaba ir otra vez al baño. Acto seguido llamaron a la puerta de su cuarto.
—¿Sí?
La tía Tilly entró en bata. Estaba horrible, se notaba que había llorado. Dios mío, había ocurrido alguna desgracia. ¿Acaso la habían despedido?
—Perdona que te moleste, Henny. ¿No tendrás una pastilla para el dolor de cabeza?
—Creo que sí, espera…
Típico de la tía Tilly. En el hospital administraba a los pacientes todo tipo de medicamentos, pero cuando ella necesitaba una pastilla para el dolor de cabeza no tenía ninguna a mano. Henny abrió varios cajones, revolvió dentro y por fin encontró una caja de pastillas. La tía Tilly le dio las gracias y, distraída, se la metió en el bolsillo de la bata.
—¿Estás escribiendo cartas? —preguntó al tiempo que miraba el escritorio.
—Solo una postal.
