Prólogo
Prólogo
Diez meses atrás
Rafael Monclús se quedó mirando con perplejidad hacia el hombre que entraba en esos momentos en la cafetería en la que él estaba tomando un café con su compañero de trabajo.
No debería haberse extrañado tanto, y menos si tenía en cuenta dónde estaba situado aquel local; allí era habitual encontrarse tanto con posibles delincuentes como con defensores de la ley. Sin embargo, él hubiera esperado algo más elegante y exclusivo para aquel tipo. Por su aspecto no parecía ser de los que se juntaban con la «chusma».
Pero su sorpresa llegó a límites insospechados cuando vio avanzar hacia la salida a una mujer. Ella ya debía de estar en la barra antes de que él entrara, pero no reparó en su presencia hasta ese momento.
Sin duda la casualidad era una dama caprichosa. ¿Qué hacían ellos tres juntos en tan pocos metros cuadrados, cuando no deberían coincidir en un mismo espacio ni por asomo?
La mujer reconoció al recién llegado, que estaba pidiendo un café al camarero y se acercó a su costado con una sinuosidad ladina. Tras depositar su bolso sobre el mostrador, apoyó un codo en el mismo y llamó su atención. El hombre se la quedó mirando con cara de asombro y se giró hacia ella.
Él aguzó el oído, intentando escuchar la conversación, pero fue inútil. El bar estaba demasiado lleno y el ruido impedía captar una sola frase coherente, aun a pesar de encontrarse sentado a una mesa muy próxima a ellos. Además, la charla entre la pareja fue breve, muy breve. Incluso podría asegurar que tensa, a juzgar por el lenguaje gestual de ambos.
El tipo sonrió con cinismo y ella se apartó irritada, recogió su bolso y se alejó a toda velocidad. Aquel individuo no parecía nada afectado por las malas pulgas de la atractiva joven, ya que enseguida se giró de nuevo hacia su café y empezó a removerlo con gesto cansino.
Pero cuando iba a dar el primer sorbo, de pronto reparó en un sobre que la chica, en su prisa por abandonar el local, parecía haber dejado olvidado sobre la barra. Lo recogió y salió corriendo tras ella, llamándola por su apellido.
Aquella tarde llovía a mares en Madrid, por lo que, a través del escaparte, pudo ver cómo el rescatador salvaguardaba las pertenencias de la joven en el interior de su abrigo a fin de protegerlas del agua, que caía impenitente, al tiempo que hacía señales con la mano al taxi al que ella acababa de subirse, para que se detuviera.
No lo consiguió. El conductor no lo vio, o sencillamente lo ignoró y se incorporó al tráfico. El hombre se paró junto al encintado durante unos segundos, empapándose, para observar cómo ella se alejaba. Luego levantó los hombros, indiferente, y corrió a ponerse a resguardo.
Entró de nuevo en el bar y llamó al camarero, con el que mantuvo un rápido intercambio de impresiones y, acto seguido, sacó del bolsillo interior de su abrigo el sobre que la mujer acababa de abandonar y se lo entregó. Al momento dejó dos euros sobre el mostrador, se bebió de un trago el café ya frío, se ajustó las solapas y el cuello y se encaminó hacia la salida para enfrentarse de nuevo al gélido chaparrón.
Él parpadeó asombrado y sacudió la cabeza con incredulidad. Todo ocurrió demasiado rápido y, en un instante, desaparecieron de su vista sin percatarse siquiera de su presencia.
—¿Tú has visto eso, Santos? —preguntó a su acompañante.
—¿El qué?
Capítulo 1
1
Rafael Monclús colgó con delicadeza el teléfono tras dar unas escuetas y concisas instrucciones a su secretaria.
Respiró hondo y, tras colocarse su acostumbrada máscara de indiferencia, esperó a que se abriera la puerta del despacho para dejar entrar a Cristina Losada, la informática encargada de hacer la nueva página web de la fundación en la que trabajaba desde hacía doce años.
Él era el representante legal y asesor jurídico de Ángeles Olvidados, una entidad colaboradora del Servicio Regional de Bienestar Social de la Comunidad de Madrid que se encargaba de la acogida y adopción de niños abandonados, por lo que la creación de aquel espacio virtual iba a facilitarle mucho el trabajo. Pero las maratonianas reuniones que la responsable del diseño le obligaba a mantener sacaban lo peor de él, le ponían en tensión.
Empezaba a estar harto de aquel juego de tira y afloja, de aparentar lo que no era en beneficio de su salud mental, de machacar su autoestima para preservar su orgullo... En días como aquel, en los que la cruda realidad le hacía plantearse si merecía la pena tanto esfuerzo y le tentaba a dejarse seducir por lo placentero que podría ser rendirse a los instintos, se preguntaba si no sería más fácil tirar la toalla, quitarse la armadura y dejar al descubierto todos sus puntos débiles.
Pero sabía que eso no era una buena idea, al final él sería el único perjudicado. Sonrió para sus adentros. Algún día dejaría de ser un jodido cínico, pero no sería ese. Ese tenía un problema mucho más urgente e importante que solventar, por lo que la batalla de esa jornada iba a terminar muy rápido.
El sonido de dos golpes con los nudillos en la puerta, seguido del susurro de los goznes al abrirse, le arrancó de sus cavilaciones.
—Buenos días, señor Monclús.
Con aquel seco saludo, la joven entró en el despacho al ritmo de sus interminables tacones de aguja, marcando una cadencia marcial que repiqueteó sobre el parquet.
«¡Como siempre!», se dijo a sí mismo.
Y también como siempre, él respondió con educación pero no se molestó en levantarse de la silla para darle la bienvenida. No recordaba cuándo fue la primera vez que actuó de aquella forma tan irreverente, que rozaba incluso la grosería, pero estaba claro que ya era un hábito asumido y admitido por ambas partes.
Sin levantar apenas la cabeza de los papeles que tenía encima de la mesa, observó con el rabillo del ojo el aspecto de la mujer que acababa de invadir su espacio. Una vez más era impecable; una ejecutiva agresiva muy segura de sí misma. No podía poner pega alguna a su atuendo, pero era justo eso lo que le ponía de tan malhumor.
Hubiera preferido que, al igual que algunas de las chicas que trabajaban en la Fundación, vistiera escuetas faldas e interminables escotes que dejaran entrever el valle entre sus pechos, al menos así podría recrear la mirada sin poner la imaginación en funcionamiento. Pero no, su falda, aunque estrecha y ajustada, tenía el largo correcto, justo por debajo de la rodilla, y apenas llevaba desabrochados un par de botones de la recatada camisa azul claro que asomaba bajo el favorecedor traje sastre en tono hueso elegido esa mañana. En pocas palabras, la perfecta imagen de la seriedad y la profesionalidad.
Se demoró leyendo una carta que, después de un rato, firmó con lentitud. No se trataba de algo urgente que tuviera que dejar resuelto de inmediato, pero era una técnica para tranquilizar su espíritu. Acababa de estampar su rúbrica sin enterarse de nada de lo leído, pero ya volvería a hacerlo cuando estuviera solo.
Cristina Losada miró con desaprobación al abogado con los ojos entornados e hizo caso omiso de la descortesía con que él la trataba. Ya estaba acostumbrada a que la ignorara y no esperaba ninguna amabilidad por su parte. Se limitó a acercarse en silencio a la mesa de reuniones para sentarse su lugar habitual.
—¿Ha tenido oportunidad de repasar las modificaciones que hice ayer en la página? Le envié un correo electrónico informándole —preguntó, demostrándole que le daba igual su actitud prepotente, al tiempo que se giraba apenas en la silla para mirarle.
Él se guardó el bolígrafo en el bolsillo interior de la americana y se levantó despacio de la silla. Se movía con una tranquilidad sinuosa, como si poner en marcha aquella corpulenta osamenta de casi metro noventa de altura fuera lo más sencillo del mundo.
Cuando Monclús hacía eso, ella se sentía intimidada.
Nerviosa, cruzó las piernas y balanceó el pie izquierdo al ritmo de sus pisadas. Le vio seguir su vaivén con un descarado repaso visual y sintió su mirada como si fuera algo tangible que le quemara la piel cuando la dejó resbalar a lo largo de las pantorrillas, desde las rodillas hasta los tobillos.
—Sí, pero dejaremos esos cambios para otro momento. Me ha surgido un imprevisto y tengo que irme. Hable con mi secretaria para concertar el día y la hora de nuestra próxima reunión —replicó él con una frialdad absoluta.
La voz de Monclús, profunda y modulada, sentó cátedra con la misma tranquilidad con la que se movía. Y sin esperar a que ella respondiera, pasó por su lado sin pararse siquiera a darle una excusa más explícita.
Ella se quedó paralizada y con una respuesta envenenada en los labios. No daba crédito. Salió de su asombro cuando oyó el clic de la cerradura de la puerta. Era posible que para aquel abogaducho maleducado dejar una entrevista colgada en el último segundo fuera lo más habitual del mundo, pero ella no era capaz de consentir aquel insulto.
Monclús acababa de agotar su paciencia. Pero ¿quién se creía que era?
No soportaba a los tipos prepotentes, por muy atractivos y guaperas que fuesen. Y ese en concreto, con aquella carita de niño malcriado, siempre con prisas y de perpetuo malhumor, le resultaba tan agradable como una china en el zapato.
Su padre podría ponerse como un energúmeno, pero si quería que Aplicaciones Informáticas Losada diseñara la página web de Ángeles Olvidados, ya podía empezar a hacerla él mismo. No aguantaba más, su tiempo y su orgullo tenían un límite. No tenía intención de permitirse el lujo de desperdiciar ni un minuto más con ese proyecto; aquello agotaba su paciencia.
Después de dos meses trabajando en él, estaba casi como al principio y la ansiedad estaba a punto de pasarle factura. Cada avance venía acompañado de un retroceso importante y aquel leguleyo mal encarado y grosero, empeñado en supervisar y controlar cada paso, era el único culpable. Si no ponía coto de inmediato a aquella situación acabaría convirtiéndose en una prematura usuaria de tintes capilares.
Poseída por una furia que no sabía cómo manejar, se puso en pie con agilidad para decirle cuatro verdades a la cara antes de que abandonara la oficina. Estaba tan cegada por la ira que salió corriendo tras él y lo adelantó por un lado para interponerse en su camino. Lo consiguió justo cuando llegaba al rellano de la escalera.
Él, que al parecer iba bastante despistado, no tuvo tiempo de frenar su avance y estuvo a punto de arrollarla.
—¿Se puede saber qué pretende, señorita Losada? —dijo, sujetándola por los hombros para impedir que se cayera—. ¿Qué quiere?
—A usted —explotó, colocando las manos sobre su pecho para estabilizarse—. Vamos, su atención —aclaró, para no dar pie a una de sus habituales pullas.
—¡Pues casi me toma entero! —repuso, ignorando la explicación y soltándola.
Él dio un paso hacia atrás y la miró de arriba abajo, demorándose durante unos segundos demasiados largos en los tacones de sus zapatos. Suponía que intentaba incomodarla, pero se mostró firme, cruzándose de brazos sin abandonar su posición y apoyándose contra las puertas metálicas del ascensor.
—Bien —aceptó él al cabo de un rato—. Usted dirá... Pero sea breve, por favor, tengo mucha prisa.
—¿Se puede saber cuál es ese motivo tan urgente por el que abandona una reunión sin molestarse siquiera en pedir disculpas por el tiempo que hace perder a los demás? El resto del mundo también tiene cosas que hacer, ¿sabe? Podría haber llamado por teléfono para anular la cita...
Él detuvo su acalorada retahíla levantando una mano.
—Relájese y controle sus malas pulgas. No ha sido mi intención hacerle perder el tiempo, pero ha surgido un imprevisto...
—Ya. Usted y sus «imprevistos» —enfatizó—. Ya sé que la página web le importa un comino, pero estoy harta de que nunca tenga tiempo...
—Mire —volvió a cortarla—, no tengo por qué darle explicaciones, pero puesto que el hecho de que usted diseñe esta página se debe a que su padre es uno de nuestros patronos, se las daré.
—Soy toda oídos...
Ya le diría más tarde qué pensaba de él. Quizá Monclús estuviera convencido de que, como aquel trabajo no implicaba un intercambio económico ni estaba sujeto a un contrato de servicios, tenía derecho a hacer lo que le diera la gana, pero nada más lejos de la realidad. Y no por el hecho de que aquel trabajo fuera una donación, sino porque era una cuestión de educación. Para nada se trataba de ganar o a perder dinero.
—Lo que me ocupa —continuó Monclús, ajeno a sus reflexiones— no puede dejarse para más tarde. Acabo de recibir una llamada del hospital del Niño Jesús; uno de los menores que tenemos en acogida en el centro residencial, que padece leucemia linfocítica aguda, ha sufrido una recaída.
El tono de su voz la sorprendió, denotaba una preocupación y tristeza que juraría no haber escuchado nunca antes en el abogado y tampoco creía que se adaptara a su forma de ser. En cualquier caso, y por el motivo que fuera, lo que acaba de decirle la hizo sentir egoísta.
—Lo siento... —se disculpó sin saber muy bien de qué.
Él la ignoró y siguió hablando.
—Su madre no quiere saber nada de él y está bajo guarda y custodia de la Comunidad de Madrid. Han estado sometiendo al crío a tratamientos de quimio y radioterapia, pero en la última revisión han encontrado algo que no cuadra, por lo que los médicos han decidido practicarle una punción lumbar de urgencia para determinar los daños. Y puesto que yo soy el representante legal de la Fundación que tiene su tutela, tengo que ir, ya, a firmar el consentimiento. Si me permite...
Él dio por terminada la conversación con aquella frase e hizo ademán de apartarla, empujándola con suavidad por el hombro a fin de que dejara libre la puerta sobre la que se apoyaba. Sin embargo, ella, en su terquedad, en vez de franquearle el paso siguió interesándose por el asunto.
—¡Pobre pequeño! ¿Está grave? ¿No pueden hacer nada por él?
Él le sostuvo la mirada durante un par de segundos y exhaló un sonoro suspiro de derrota con el que, al parecer y para variar, decidía responder a todas las preguntas en lugar de entrar en su habitual guerra dialéctica.
—Aún no se sabe nada. Los médicos están haciendo todo lo que está en sus manos.
—Pero...
—Pero lo cierto es que no tenemos muchas esperanzas. —Detuvo su retahíla, dejándose llevar por la tristeza ante tan desalentadora realidad.
—Quizá tarde algún tiempo en surtir efecto el tratamiento —repuso ella, en voz baja y consoladora, como si decirlo bajito hiciera que los deseos se materializasen.
—No, este apenas si es un paliativo a su patología; todo el calvario que soporta no supone ninguna solución definitiva —masculló consternado—. Por desgracia, a Niki le detectaron la enfermedad hace ya más de dos años y los médicos han intentado casi todo.
—¿Qué edad tiene ahora el niño?
—Cumplió cuatro en febrero.
—¡Por Dios, qué horror! Tan pequeño y la vida que le ha tocado... ¡No es justo! No lo merece.
—Ningún niño merece esa vida, pero es cierto que la de Niki es penosa. Lleva la mitad de ella metido en un hospital.
—¿Su madre lo abandonó con menos de dos años?
—No, estaba a punto de cumplir tres cuando lo hizo. Cuando le diagnosticaron la leucemia no lo abandonó, aunque entonces ya se adivinaban sus intenciones, hasta el punto de que la trabajadora social se puso en contacto con las autoridades.
—¿Y el Estado no tomó cartas en el asunto para evitar que la situación llegara más lejos?
—Claro que no. No se puede quitar la patria potestad a una madre por ser fría y distante... Esta se limitaba a dejar solo al crío con cualquier excusa, no acudía a casi ninguna entrevista con los médicos y no estaba demasiado pendiente de las transfusiones, pero nada de eso está contemplado por la ley como un delito. Y puesto que el niño estaba ingresado en un hospital, debidamente atendido por los médicos, su dejadez no se considera desamparo. Las autoridades no pueden obligar a una madre a querer a sus hijos.
—Sin embargo, al final terminó en un centro de acogida, ¿no?
—Por desgracia —masculló Monclús—. Después de aquel primer ingreso hospitalario, que duró tres meses, el niño respondió al tratamiento durante algo más de un año y la mujer llevó a Niki a todas las sesiones de recordatorio de la quimio y a las revisiones periódicas. Parecía comportarse con normalidad, pero cuando al cabo de ese tiempo los médicos observaron que los valores estaban alterados y determinaron un nuevo ingreso, la madre se negó en redondo, alegando que ella no tenía tiempo para estar metida en un hospital con el niño... y se lo llevó.
—Supongo que entonces la denunciarían...
—Pues la verdad es que casi no dio tiempo ni a iniciar el protocolo para estos casos porque, solo dos noches después, la policía lo llevaba a urgencias. Al parecer, la madre, agobiada, se quitó del medio y lo dejó a cargo de una cuidadora que, superada por la enfermedad del crío, se marchó de la casa y lo abandonó. Por suerte, ante el desgarrador e ininterrumpido llanto del pequeño durante más de veinticuatro horas, los vecinos alertaron a las autoridades. Los agentes lo encontraron solo, sucio, deshidratado, atado a la cuna y lleno de moretones.
—¿Lo maltrataba? —gritó ella, interrumpiéndole.
—Si se refiere a que si lo golpeaba, creemos que no, al menos no en aquella ocasión. La enfermedad provoca grandes hematomas al más mínimo roce y, cuanto peores son los niveles de sangre, más trastornos hematológicos. ¿Entiende?
Ella confirmó con la cabeza. No sabía qué decir, pero no fue consciente de que tenía la boca abierta por la impresión hasta que Monclús se la cerró apretándole la barbilla con un dedo. Él esbozó una sonrisa sincera; su primer gesto de empatía en todo aquel tiempo.
—A raíz de aquello —continuó él hablando, recuperando la seriedad de inmediato—, la Administración lo asignó a nuestro centro residencial.
—¡Cielo Santo!
—Desde ese día nos hemos hecho cargo de Niki en la Fundación en régimen de acogida y hemos conseguido que el juez nos otorgue la guarda y custodia.
—Bueno, lo importante es que Niki se mejore. Está en buenas manos pero, puesto que no responde al tratamiento de quimioterapia, ¿no pueden hacerle un trasplante de médula, o algo por el estilo?
—Sí, pero tiene un grupo de antígenos leucocitarios un poco especial y todavía no han encontrado un donante. Esperemos que aparezca alguno antes de que sea demasiado tarde.
—Pobrecito... Me gustaría conocerle... ¿Puedo acompañarle al hospital?
El abogado se tensó como si ella le hubiera escupido el peor de los insultos.
—¡Por supuesto que no! ¿Para qué? ¿Acaso cree que unas migajas de su lástima podrían hacerle algún bien?
¡Ya estaba de regreso el ogro! Porque hasta ese momento, aunque de manera un poco cortante, estaba contestando a todas sus preguntas, e incluso añadía un montón de detalles; algo bastante inusual en él, que se caracterizaba por su parquedad. Sin embargo, de pronto, su tono volvía a ser tan prepotente que sintió su respuesta como una patada en el estómago.
—Solo quería hacer un rato de compañía al pequeño —replicó, sintiéndose agredida—. No se trata de lástima. Ningún niño merece estar solo en esas circunstancias y él no tiene una madre en la que depositar sus miedos... Las enfermeras no pueden dedicar demasiado tiempo a los pacientes por mucho que quieran, son tantos...
—¡Escuche! —Monclús elevó la voz sin motivo—. Niki no necesita sus mimos y mucho menos su compasión. No tiene ninguna necesidad de que vuelvan a abandonarlo cuando se aburran de él.
Y dicho aquello, sin esperar a que ella explicara sus razones, la apartó de su camino cuando las puertas del ascensor se abrieron, dejándola sola en mitad del rellano.
Rafa soltó un bufido y apretó el botón que lo llevaría hasta el garaje con más fuerza de la necesaria.
—Pero ¿qué se ha pensado la Pitagorina pelirroja? —masculló en voz alta, aunque estaba solo—. Por ahí sí que no paso. ¡Ni sueñes que voy a ceder en ese aspecto, guapa! —exclamó como si ella pudiera escucharlo.
Cristina Losada era como un grano en el culo. Tenía la sensación de que su único objetivo era complicarle la vida. Y aun así, a pesar de haberla dejado callada con la vieja estratagema de cerrarle las puertas a escasos centímetros de la cara, en esta ocasión no sentía ninguna satisfacción ni sensación de triunfo; muy al contrario, tenía un regusto amargo en la boca.
Él prefería apartar a las personas que quería lejos de su vida con educación, sin caer en la grosería, esgrimiendo una fría mirada y un distante discurso jurídico que pusiera en su lugar a las sabiondas como ella. De hecho así fue como se ganó la reputación de «cabrón inaccesible» en el mundillo profesional en el que se movía, pero con Cristina Losada esa fórmula no funcionaba demasiado bien.
La informática tenía arrestos y se revolvía como un gato panza arriba. Era terca hasta la saciedad cuando se trataba de hacer valer sus ideas, sin dejarse impresionar por sus estratagemas. Y tenía que reconocer que eso le gustaba, porque aunque disfrutaba imponiendo su marca personal, disfrutaba mucho más cuando alguien no se acobardaba ante ello.
Y hasta ese momento, como un juego entre ellos, estaba bien y era divertido; ganar era una cuestión de supervivencia. Pero si el bienestar de uno de sus chicos entraba en la liza, el tema tomaba un cariz muy diferente; la victoria era asunto de vida o muerte. Así pues, la impoluta y eficiente señorita Losada acababa de buscarse un mal oponente.
Si pensaba que porque tuviera una deslumbrante sonrisa y unos espectaculares ojos grises podía jugar con su voluntad, estaba muy equivocada. No estaba dispuesto a ser el juguete de ninguna ejecutiva agresiva; ese camino ya lo tenía trillado. Tampoco le afectaba que fuera atractiva ni que tuviera tanta personalidad y una inteligencia muy por encima de la media.
Esas eran cualidades que buscaba en las mujeres con las que deseaba mantener otro tipo de relación, pero nunca en las que formaban parte de su vida laboral, fuera cual fuera el estatus y la situación que hubiera hecho que sus caminos se cruzaran.
En ese aspecto tenía las ideas muy claras; jamás mezclaba placer y trabajo. Era una triste gracia que la nueva ejecutiva del siglo XXI hubiera confundido los términos y las ocasiones. ¡Así le iba al género masculino!
Menos mal que él no tenía ningún problema para manejarse con los cuándos y los cómos.
Capítulo 2
2
Rafa se puso la americana mientras esperaba a que se cerraran todos los programas que tenía abiertos en el ordenador. El último en desaparecer fue el explorador de Internet. La pantalla se llenó con las novedades de la página web de la Fundación, que ya estaba casi terminada tras cuatro largos meses de sufrimiento. Como máximo en un par de semanas estaría subida a la Red y, por fin, podría deshacerse de la insufrible diseñadora de la misma.
Esperaba que el mantenimiento lo llevara cualquier otra persona de la empresa.
Su relación con Cristina Losada nunca fue lo que se podría catalogar de «buena», pero después de mantener aquella conversación sobre Niki se convirtió casi en insoportable, y de eso hacía más de ocho semanas. Desde aquel día no volvieron a hablar del tema, pero la tensión entre ellos era palpable. Las indirectas y ataques que se lanzaban eran como cuchillos con licencia de vuelo.
Y él, que jamás desdeñaba una buena trifulca, empezaba a aburrirse de aquella situación. Esa «informaticucha» de medio pelo lo sacaba de sus casillas.
Quizá por eso cada día se arrepentía menos de haber sido tan grosero el día que ella le pidió que la dejara acompañarle a ver a Niki, por mucho que su estilo no fuera ofender. El hecho de que ni siquiera hubiera vuelto a preguntarle por la salud del niño le demostraba que hizo bien dándole un corte a tiempo. Quedaba claro que su interés solo encerraba curiosidad.
Niki no necesitaba visitas plañideras que se lamentaran por él. Necesitaba cariño, amor, constancia... Sobre todo constancia. Algo que una persona tan ocupada como ella jamás podría dedicarle.
Pulsó el interruptor del monitor y recogió el maletín antes de abandonar el despacho. Aún tenía trabajo pendiente, pero lo haría después de cenar. No podía continuar llegando a casa cuando su hija ya estaba dormida y saliendo antes de que se levantara. Llevaba así toda la semana y echaba mucho de menos a Paula.
Además, también quería pasarse por la clínica para ver a Niki.
Rafa apenas llevaba recorridos unos metros cuando, nada más traspasar las puertas del hospital, oyó la melosa voz de la atractiva trabajadora social, que le llamaba desde el otro extremo del vestíbulo.
—Hola, Tess.
Acortó la distancia que les separaba para acompañar la bienvenida con un beso en la mejilla que se alejaba bastante del cortés saludo de unos simples conocidos.
—Me dijo mi compañera que el otro día preguntaste por mí. ¿Querías algo?
—No. Solo vine a visitar a Niki y, como tenía cinco minutos, decidí ver si estabas libre para invitarte a un café.
—¡Qué pena, era mi día libre! Pero si me esperas un rato, tal vez podamos tomarlo ahora...
—No, hoy tengo prisa, solo dispongo de media hora para estar con Niki. Pero, si puedes arreglarlo, podríamos cenar el viernes... —Ella dejó que una amplia sonrisa le iluminara la cara con un sí explícito en los ojos.
—Niki está un poquito mejor, parece que las visitas de la voluntaria de la Fundación le vienen muy bien. Le hace reír. Ya sabes que la risa, a veces, da mejores resultados que la medicina.
—¿Voluntaria? No tenía ni idea de que hubieran enviado a alguien desde la Fundación...
—Pues lleva viniendo a diario desde hace un par de meses. Un cielo de chica, por cierto. Los niños de la planta la adoran y los médicos... ni te cuento; es muy atractiva. Si te das prisa seguro que la encuentras arriba todavía. Suele quedarse a dar la cena a Niki y espera hasta que termina de pasar su medicación.
—Bien, entonces subo ya, a ver si conozco a ese nuevo ángel de la guarda. El jueves te llamo, ten el móvil a mano.
—No me despegaré de él ni para ir al baño —sonrió con picardía.
Él entró en el ascensor que llegaba en esos momentos y guiñó un ojo a la mujer antes de que se cerraran las puertas. Aquella pequeña rubia, de ojos color chocolate y curvas dignas de un rally era un pecado mortal. Le gustaban las mujeres menudas y bien proporcionadas.
Eran amantes desde hacía más de un año y la suya era la relación perfecta. Nada de compromisos ni sórdidas vidas paralelas, solo sexo salvaje y buena conversación.
Tess estaba casada y se declaraba muy enamorada de su marido. Para ella su acuerdo no era una infidelidad conyugal, ya que alegaba que el sexo no tenía nada que ver con el amor y ella necesitaba variedad en la cama. Por supuesto, aquella peculiar concepción del matrimonio no suponía ningún problema para él, las convicciones no tenían cabida en su vida desde hacía mucho tiempo y en su caso también estaba muy claro lo que buscaba en esos encuentros esporádicos y explosivos.
El amor, desde luego, no formaba parte de aquel intercambio. Ninguno de los dos se lo juraba al otro y tampoco se ocultaban que no eran los únicos que disfrutaban de los favores del contrario. Quizá por eso aquella relación se alargaba más de lo que ambos hubieran apostado en un principio.
Él, a sus treinta y cinco años, gozaba de un cuerpo sano y una mente saludable, así que le encantaba el sexo. Sin embargo, era un convencido detractor de las relaciones estables.
Rafa escuchó las risas de Niki desde el pasillo; música celestial para sus oídos.
Se asomó a la habitación, con una alegre sonrisa en los labios, y se quedó observando la escena desde el umbral.
—¡Qué telas más maravillosas!
No podía ver a la propietaria de aquella voz impostada que imitaba el ronco tono del emperador del cuento de Andersen. Estaba sentada en la silla que ocultaba la cama elevada, sobre la que Niki se apoyaba contra un montón de almohadas sujetándose la barriguita con la pequeña mano de la que partía una vía que llegaba hasta la bolsa de sangre, que oscilaba en la percha al ritmo de su risa.
Al momento, la voz cambió a la de un frío y distante narrador que parecía sacado de un laboratorio radiofónico.
«Aquel tono...»
Pero no tuvo tiempo de analizarlo, porque enseguida adoptó la cadencia chillona y nasal que correspondería a la de un auténtico inútil. No pudo evitar una risita que hizo coro con la de Niki.
El relato continuó durante un rato, manteniéndole tan encandilado como al crío. Unas manos femeninas de cuidadas uñas con manicura francesa aparecían de vez en cuando sobre la cabeza del niño, escenificando el cuento al tiempo que lo acompañaba con un interminable registro de voces. Tan pronto eran agudas como graves, melódicas, gangosas... Aquella mujer podría conseguir un Oscar como actriz si se empeñara, pero se alegraba de que, en cambio, dedicara su tiempo a la Fundación y a Niki.
Y el niño estaba tan embelesado... Parecía haber resurgido durante un rato de sus cenizas, a pesar del cerúleo color de su piel y el imponente despliegue de botellas y bolsas que colgaban bocabajo sobre su cabeza para que el líquido se introdujera en las venas.
—¡Qué bien le sienta! ¡Es un traje precioso! Y el emperador salió y desfiló por las calles del pueblo sin llevar ningún ropaje...
En ese momento la propietaria de aquella infinita gama de tonalidades vocales se levantó y entró en su ángulo de visión, pavoneándose como un auténtico emperador en un desfile institucional ante su pueblo.
Un jarro de agua fría no le hubiera dejado tan helado. Todo su cuerpo se tensó.
—¡Pero si no lleva ropa! ¡Si está desnudo! —imitó ella el grito de un niño.
Al llegar junto a la taquilla, dio media vuelta para hacer su paseo a la inversa y, en ese preciso instante, ella lo descubrió.
Cris se quedó paralizada en mitad de un movimiento. Aquella mirada de hielo que se asomaba en el vano de la puerta era tan fría y punzante como las dagas asesinas que, estaba segura, a su propietario le gustaría clavarle si pudiera. Sin duda tenían el mismo efecto. No podría moverse aunque quisiera y las palabras se atoraron en su garganta, impidiéndole respirar con normalidad.
La risa de Niki seguía sonando a lo lejos como un eco sordo que no lograba traspasar el zumbido de sus oídos. Poco a poco recuperó la movilidad y se obligó a relajar los músculos y borrar la absurda sonrisa congelada en su rostro.
El niño siguió la dirección de su mirada y descubrió al objeto de su desazón.
—¡Rafa! Ven a conocer a Cris. Ella es la mejor contando cuentos. Siéntate aquí conmigo para escuchar, ya verás qué divertido.
—Hola, cariño —dijo él, quitándole por fin la vista de encima y dirigiéndose al pequeño para darle un beso en la frente—. ¿Cómo está hoy mi campeón?
—Mucho mejor. Pero calla, que quiero que Cris termine el cuento.
—Otro día, cielo —respondió ella, cogiendo el bolso que colgaba del armazón de la cama. Luego se agachó hacia el niño para besarle en el mismo lugar sobre el que Monclús acababa de poner sus labios—. Se ha hecho muy tarde. No me he dado cuenta de la hora. Además, acaba de llegar una visita importante.
—Jooo. No te vayas todavía...
—Tengo que irme, Niki. Continuaremos en otro momento.
El niño no respondió y abrió la manita con la que sujetaba la falda de su vestido, resignado. Ella aprovechó su silencio para salir de la habitación a toda velocidad, huyendo sin volver la vista atrás, mientras el corazón le palpitaba como si hubiera corrido los cien metros lisos.
Rafa tardó unos segundos en reaccionar. Cuando lo hizo ya no quedaba ni rastro de la informática y el niño sonreía mirando hacia la puerta.
—¡Es guay! —exclamó—. La que mejor cuenta los cuentos de todo el hospital.
—Sí, cariño. Pero perdona un momento, vuelvo enseguida, que se me ha olvidado decirle algo.
Y sin esperar a que Niki respondiera, salió en su busca.
Al llegar a la zona de ascensores ella no se encontraba entre la gente que esperaba la llegada del elevador, por lo que se asomó a las escaleras. La vio bajar a toda prisa.
Empezó a descender los peldaños de tres en tres para alcanzarla.
Al parecer ella oyó el estrépito de sus pisadas porque, haciendo gala de ese arrojo con el que siempre afrontaba sus encontronazos laborales, se paró y esperó a que él llegara a su altura. Sin embargo, antes de tener la oportunidad de decirle nada, ella le abordó con la misma sutileza que una estampida de reses bravas. Ni siquiera le permitió hacer la pregunta obvia.
—Vengo porque quiero y me da la gana, usted no puede impedírmelo. Esto es un hospital público y yo estoy en mi perfecto derecho de hacer toda la labor social que me parezca bien. Los médicos y las enfermeras están de acuerdo con lo que hago.
—¿Cómo lo ha encontrado? —preguntó en voz baja y tono nada beligerante. Ella pareció quedarse desubicada, como si esperase cualquier pregunta menos aquella.
—¿Qué?
—Que cómo ha encontrado a Niki. —Repitió, tranquilo.
—Preguntando. Usted me dijo en qué hospital estaba. El resto ha sido muy fácil.
—¿Por qué hace esto?
—Porque sí —respondió agresiva, aunque la intención de él no era atacarla—. Niki necesita a alguien que le haga reír. Su vida es muy triste.
La miró con la misma extrañeza que si hubiera descubierto un libro que afirmara que la Tierra era cuadrada. Incluso juraría que con la misma cara de incredulidad.
—Espero, Losada, que sepa lo que está haciendo. Jugar con los sentimientos de un niño es muy cruel.
—¡Oiga, que yo no estoy jugando con nada! Además, usted no puede impedírmelo.
—Se repite. Y claro que puedo impedírselo; Niki está bajo la guarda y custodia de la Fundación y yo soy su representante legal. Sin embargo, no voy a hacerlo.
No sabía en qué momento la sujetó por el brazo y empezó a zarandearla con suavidad, apretando los dedos por encima del codo y convirtiendo el amarre en una presa de la que era imposible desasirse. Debía de estar haciéndole daño.
La soltó.
—Pero le advierto —continuó— que si le causa el más mínimo trastorno, ya sea moral o físico, no tendrá lugar donde esconderse. Caeré sobre usted con todo el peso de la ley y también con todas las armas que pueda utilizar, incluso aunque estas estén fuera de la ley.
Dicho aquello, dio media vuelta para subir las escaleras con paso tranquilo y cadencioso.
Cristina se quedó paralizada en el rellano. Se frotó el brazo para hacer que la sangre volviera a circular por la zona con normalidad y soltó el aire que retenía en los pulmones.
Se esperaba algo peor...
Cuando lo vio allí parado, apoyado contra el quicio de la puerta, le hubiera encantado que la tierra se abriera bajo sus pies y la engullera, pero sabía que aquello no iba a ocurrir y que, por el contrario, tendría que enfrentarse a su furia.
En aquellos dos meses hizo todo lo posible para no coincidir con él. Fue fácil enterarse de que, aunque él acudía al hospital casi a diario, siempre aprovechaba la hora de la comida, por lo que ella eligió el final de la tarde para estar un rato con Niki; jamás tendrían por qué haberse encontrado.
La suerte estuvo de su parte durante un tiempo, pero no contó con que Murphy se empeñaba en hacerle la existencia cada vez más complicada.
Capítulo 3
3
Rafa miró la pantalla del móvil, que con insistencia machacona zumbaba contra el tablero de la mesa de su despacho. Nunca ponía el sonido mientras estaba en horario laboral, pero tampoco lo apagaba, se limitaba a dejarlo en vibración. A menudo, como en aquella ocasión, recibía llamadas de trabajo en su número particular.
Aquella en concreto estaba a caballo entre ambas situaciones. Por un lado se trataba de un tema que tenía que ver con uno de los niños de la Fundación, pero también era un amigo quien la emitía.
«Alex Martín», rezaba la pantalla. Y Alex era, con diferencia, el mejor de todos sus amigos. Aquel con el que mantenía una relación casi fraternal desde que ambos iniciaron el primer curso de Derecho en la Universidad de Barcelona. Juntos compartieron aulas, piso y novias antes de que cada cual tomara su camino; él como abogado especializado en derecho de familia y gestión de fundaciones y Alex en el mundo de la criminología, en el que casi desde el primer momento empezó a crecer a nivel profesional.
Tanto, que en esos momentos era uno de los inspectores jefes estrella de la Comisaría General de Investigación Criminal de los Mossos d’Esquadra. Y por eso, dados su cargo y antigua amistad, no dudó a la hora de pedirle ayuda, aun a sabiendas de que su amigo no tenía permitido dar información privilegiada y se jugaba el puesto si le pillaban haciéndolo.
No era que Alex fuera un poli corrupto o se saltara las normas a su antojo, más bien todo lo contrario. Hacía gala de una férrea disciplina, pero también sabía que por tratarse de aligerar los trámites de adopción de un menor no se negaría. Al menos le daría toda la información que pudiera, y, conociéndolo, sería mucha. Ser un niño abandonado sin la suerte suficiente como para encontrar unos padres que lo acogieran en su familia y contar con la triste experiencia de haber vivido hasta su mayoría de edad en un centro residencial inclinaba la balanza de manera vertiginosa.
—Hola, Alex. Dame un minuto... —saludó alegre al aceptar la llamada, antes de dirigirse a su secretaria, a la que en esos momentos estaba dictándole una carta, para pedirle que le dejara solo unos instantes. Confiaba en ella, pero su lealtad le impedía correr el más mínimo riesgo. Una vez que la joven abandonó la habitación, él volvió a colocarse el auricular en la oreja—. Ya estoy solo —aclaró—. ¿Has podido ver eso que te envié ayer por correo electrónico?
—Si te soy sincero, apenas si lo he mirado por encima, no he tenido tiempo. Pero lo poco que he visto me ha dejado anonadado... ¿Por qué quieres que investigue a un juez? ¿Qué te ha hecho?
—A mí nada, pero parece haberla tomado con uno de mis chicos...
—¿Uno de los niños de acogida de Ángeles Olvidados?
—Exacto. Un pequeño que padece leucemia y que fue abandonado por su madre cuando la enfermedad se recrudeció.
—Bueno, por desgracia eso ocurre más a menudo de lo que mucha gente cree, pero ¿qué tiene que ver el juez en todo eso?
—Verás, es todo muy raro... Que una madre abandone a un hijo es, como bien dices, el pan nuestro de cada día, pero que se vaya de rositas como se ha marchado esta es, cuando menos, extraño.
—¡No seas incauto, Rafa! Casi todas quedan impunes después de semejante atrocidad y, además, tan felices tras deshacerse del «problemita» que les preocupa. ¿Por qué este caso te parece tan raro?
—Porque no es que la madre haya salido de esto sin mácula, es que encima parece que incluso ha sido recompensada. No sé qué motivo ha llevado a este juez a dictar una sentencia tan absurda que, incluso después de que la mujer abandonara a su hijo en manos de una incompetente reconocida por todo el vecindario, y aun siendo la dueña de un club de alterne de muy dudosa legalidad, todavía le permiten que pueda reclamar la custodia durante cinco años.
—Bueno, hombre, no seas tan severo... Siempre es mejor dejar esa puerta abierta. Algunas madres, al darse cuenta de lo que han perdido, deciden cambiar de vida y tienen todo el derecho de recuperar a su pequeño...
—Este no es el caso, créeme. En esta ocasión para lo único que sirve es para impedir que unos padres generosos puedan adoptar legalmente al crío.
—No puedes estar seguro, Rafa. En ocasiones, las circunstancias de la vida... No puedes medir a todo el mundo por tu propio rasero.
Él resopló contra el auricular y el aire desplazado retumbó contra los oídos de ambos. Sabía de qué le acusaba Alex, pero en aquella ocasión no estaba exagerando la nota.
Desde el primer momento, incluso desde el mismo día de la vista, tuvo esa extraña sensación que le ponía sobre aviso y le erizaba los pelos de la nuca; ese sexto sentido al que procuraba hacer caso siempre, porque nunca lo defraudaba y, a menudo, era lo que daba con el quid de la cuestión en sus casos más complicados. Fue algo que percibió en el lenguaje postural de la madre, o tal vez en el del juez, o quizá en ambos... El caso era que estaba convencido de que todo aquel circo tenía gato encerrado.
Pero, tras recibir la respuesta al recurso de apelación de revisión de sentencia que hacía unos meses la Fundación presentó de cara a la agilización del proceso de adopción del pequeño, cada vez estaba más convencido de que el juez Morales guardaba algún cadáver en su nevera.
Porque, como bien decía su amigo, no era que ese tipo de sentencias conservadoras fueran del todo excepcionales, a menudo los jueces se cubrían la espalda con cláusulas de ese tipo, pero sí que se mantuvieran después de demostrar que a la madre biológica le importaba un pito el menor.
—Escucha, Alex, esa tipa lleva casi dos años sin preocuparse por el pequeño. No ha llamado ni una sola vez al centro para preguntar cómo evolucionaba la enfermedad de su hijo —refunfuñó—. No me irás a decir que así es como se comporta una madre normal, ¿verdad?
—Bueno —reconoció su amigo—, muy normal no es. Pero, cuéntame, ¿por qué crees que el juez tiene algo que ver en esa actitud?
—No, no es la actitud de ella la que me sorprende, por dolorosa que sea es la habitual en estos casos, sino el proceder de él. Verás —alegó, dispuesto a aclarar sus sospechas—, en un principio nos tocó otro juzgado, pero de pronto nos cambiaron de sala y de juez y fuimos a caer en manos de un magistrado demasiado «condescendiente».
—Condescendiente ¿en qué sentido?
—Meses antes de que la enfermedad del niño se recrudeciera, los vecinos llamaron hasta en dos ocasiones al ciento doce para denunciar que la cuidadora gritaba a todas horas al pequeño, haciéndole llorar, y que en cuanto la madre salía por la puerta, la casa se llenaba de amigotes de la muchacha y el ruido era insoportable. La madre fue apercibida por las autoridades bajo amenaza de multa; sin embargo, no hizo ningún caso ni cambió de niñera. Esgrimía que los llantos del niño se debían a su
