Consejos para días azules (Trilogía Ellas 3)

Paula Ramos

Fragmento

Se le nota en la voz, por dentro es de colores.

EXTREMODURO

«No se tome la vida demasiado en serio; nunca saldrá usted vivo de ella». Tengo la clara certeza de que Elbert Hubbard, este buen hombre que dijo la emblemática y certera frase, lo hizo pensando en mí. En doña Nagore de las cagadas.

Y, sí, vale que faltaban unos pocos años para que yo naciera —quien dice unos pocos, dice algo más de un siglo—, pero os digo que este sujeto sabía la que se me venía y decidió darme este consejito. Y aquí me encuentro.

No es que no le haya hecho caso, es que creo que se me está haciendo un poco bola, ¿sabéis?

Intento tomarme con esta filosofía todo lo que me va sucediendo, pero ¿cuándo captará el universo que ya basta?

¿No ha sido suficiente ya? No sé, parece que hasta que no esté hundida en mierda no dejarán de sucederme cosas; eso sí, en ningún caso me cae el euromillón para poder montar mi hotelito. Hay que ver la ironía...

Es que ni quiero numerar todo lo que me ha ido pasando. Por eso de no recordar, ya sabéis, aunque ¿a quién voy a engañar? Todo se empezó a torcer en cuanto Diego (sí, ya está, lo he nombrado) decidió que era demasiado... ¿Cómo me llamó? «Controladora». ¡Por favor! Que le den, a ese estúpido.

Pero bueno, así, entre nosotras, reconozco que en el momento en que salió de mi vida todo ha ido a peor. Aunque, por supuesto, llega ese instante, ese en el que piensas que estás realmente jodida y eres conocedora de la verdad —que has tocado fondo, vamos—, entonces piensas y dices la temida frase: «Bueno, a peor no puedo ir».

¡Ay, amiga! La cagaste, pero a unos niveles tan insospechados que vas a —como se dice comúnmente— flipar.

Y, sí, esa amiga soy yo.

Siempre he tenido la creencia de que no todo te puede ir mal en esta vida. Bueno, más bien de que si en alguno de los tres grupos —salud, amor y dinero/trabajo— te va bien, uno de ellos te tiene que fallar por narices.

«Por lo menos tengo salud...», es lo que me digo cada mañana, pero, joder, ya podría coger un catarrito y yo qué sé, que me den un buen meneo.

Aunque visto el ritmo que llevo, ya solo me queda decir —como la Faraona, Lola Flores— que a mí, cuando me muera, me la metan... y, no, no tengo bata de cola.

20 de agosto

20 de agosto

Muy temprano por la mañana

—Venga, mujer, ve soltando suavemente el embrague y...

—¡Y tira del freno de mano!

—¡Elsa! —la regaña Diana, volviéndose para mirar hacia atrás, que es donde ella y Gala están sentadas en el pequeño Fiat 500 rojo que hemos alquilado para estas vacaciones.

—¡Es la única forma de libraros de este mal! —se queja la morena.

—Mira que eres bruta —oigo decir a Gala.

—¿Yo? A ver, no te hagas ahora la santurrona, que tú también estás rebuznando.

—Por favor... —quiere intervenir de nuevo Diana, pero el coche se me cala otra vez.

—¡Joder! —me quejo dejando caer la cabeza sobre el volante.

—Venga, Nagore, esto es normal al principio —dice Diana en un intento de animarme—. Tú, arriba el ánimo. Vamos de nuevo. Te digo yo que de estas vacaciones sales sabiendo conducir.

—Eso que se acerca, ¿qué es? —pregunto con los ojos entrecerrados—. ¿Una moto o alguien en bici?

Y es que no consigo distinguir la silueta que claramente se está acercando en esta sinuosa y estrecha carretera de doble sentido. Juro que comienzo a tener alucinaciones, como en las escenas de las películas en las que los protagonistas están en un desierto... ¿Es que esta carretera no termina nunca? Vale que solo llevo cinco minutos en el coche, pero, qué cinco minutos.

Estamos rodeadas de montañas y vegetación, y la calzada es tan estrecha que empiezo a barajar la idea de pedirle a Diana que tome los mandos de nuevo. Ya probaré esto en otro momento.

—En bici —contesta Gala, trayéndome de vuelta—. Cariño, deberías ir a graduarte la vista ya de una vez.

—Diana —vuelve al ataque Elsa—, haz el favor de subir el aire. Me estoy desintegrando.

—De verdad, qué exagerada eres a veces... —Diana se inclina para poner el aire un poco más fuerte.

—¿A veces? —pregunto yo, al tiempo que miro por el retrovisor para echar un vistazo a mi adorable amiga.

El reflejo de Elsa entrecierra los ojos.

—Menos miraditas, monada —dice dedicándome una gran sonrisa forzada—. Y céntrate en la carretera para llegar a la maldita cala. Como sigamos a este ritmo, se nos olvidará a qué íbamos.

—¿Votaciones para sacarla del coche? —propone Gala, y ello provoca que Diana se ría y yo sonría, por fin con el coche arrancado y subiendo por la endemoniada carretera.

—Pensé que nadie lo propondría nunca —digo sujetando el volante fuertemente, entonces me doy cuenta de que tengo que cambiar a tercera.

¿Cómo puede ser tan difícil? ¿Qué tiene de malo un coche automático? Señora, ¿quién me mandó acceder a la propuesta de Diana?

—Ja, ja —se ríe falsamente Elsa—. ¡Oh, vaya!

—¿Qué? —pregunto muy tensa, alargando eso de meter la marcha.

—El ciclista se acerca, pero tranquila, estoy preparada. Cuando hagas el amago de atropellarlo, lo remato con la puerta, y a la velocidad que vamos, creo que me daría tiempo a bajar y deshacerme del cadáver. Entre tanta montaña, te aseguro que nadie encuentra el cadáver.

—Elsa, vete a la mierda —contesto mientras oigo su risita y contengo la mía; vamos a ver, no quiero perder la concentración.

Finalmente, cojo aire, y... ¡Meto la tercera!

—¡Ole! —salta Gala, mientras Diana aplaude y Elsa vitorea.

—Próxima parada: Cala Torrent de Pareis.

—Pero ¿esto no era llegar y ya? —pregunto, al tiempo que dejo caer la bolsa ideal de Bimba y Lola sobre el dichoso caminito de tierra que parece no terminar nunca—. Yo voto por volver a la otra cala, más pequeña, sí, pero me ha parecido muy cuca.

El sol me abrasa y el calor me agota. Menos mal que he traído la pamela de rafia que me compré hace cuatro años, por lo menos, y que no había estrenado. Me daba apuro porque pensaba que era excesivamente grande, pero, por favor, ahora veo lo práctica que es.

Elsa también se detiene a mi lado para deslizar sus gafas de sol por el puente de la nariz y mirar el camino que nos queda.

—Yo estoy con la sombrilla con patas —dice la pedorra.

—¡Ey! —me quejo mientras toco mi pamela IDEAL y fulmino a Elsa con la mirada.

Vale que es grande, pero no tanto. Lo prometo.

—Mira, tía, por lo menos no vas a morir de una insolación, piénsalo así.

—De verdad, qué quejicas sois —contesta Gala, quien todavía camina junto a Diana como si sus vidas dependieran de ello.

¿De dónde sacan tanta energía?

—Pero es que, ¿dónde está la cala? —insisto.

—En el quinto coño, ya te lo digo yo —responde Elsa, haciéndome un gesto para retomar la marcha.

—Esa boca —la regaña Diana a lo lejos.

Me río cuando Elsa le hace burla en silencio, pero nuestros ruegos son escuchados, pues cinco minutos después, tras cruzar un túnel entre la roca que a mí me genera cierta desconfianza —porque, vamos a ver, cómo se mantiene eso sin caerse—, vislumbramos una escalinata de piedra que baja hasta... hasta la asombrosa cala.

—Oh. —Es lo único que consigo decir al ver la cristalina agua bordeada por las impresionantes rocas con pinos y árboles de todo tipo.

Es el paraíso.

—Vaya, ahora ya no oigo quejas —sonríe Diana mientras avanzamos entre la tierra formada por finas piedras.

Como hemos madrugado mucho, no hay una excesiva cantidad de gente, así que tenemos el privilegio de escoger dónde extender nuestras toallas. Todo es maravilloso hasta que Elsa hace la mortal observación.

—Vaya, no hay chiringuito. —Diana y Gala se miran sospechosamente.

—Siento decirte que, por el intercambio de miradas, ya lo sabían —deduzco mirando a Elsa, que asiente.

—Fabuloso. —Es lo único que dice la morena al dejarse caer sobre su toalla ya extendida cuan larga es.

—Venga, venga —habla Diana, conciliadora, y nos muestra la neverita que ha cargado todo el camino. ¡Qué valor!

—Espero que de ahí saques un mojito y un aperitivo variado.

—A veces, Elsa, hay que quererte, pero te prometo que no vas a echar nada en falta —dice Gala mientras se quita las gafas de sol, dejando ver sus ojos castaños y algo rasgados.

Una vez sentada en mi toalla, saco la crema solar, y en el momento en que una gota me cae sobre la piel, las chicas me miran girando las cabezas como si fueran búhos o lechuzas, no recuerdo cuál es que gira la cabeza de esa forma tan siniestra. Porque da repelús, cuando sale un vídeo documental de estos animalitos. Nunca me he encontrado ninguno en directo, pero ahora que estoy viviendo en San Lorenzo, me acompaña el miedo constante de toparme con algún ser. El episodio del murciélago fue... ni capaz soy de recordarlo.

—¿Qué es eso? —quiere saber Gala, olisqueando el ambiente afrutado que nos rodea; me trae de vuelta.

Sí, tiendo un poco a divagar. Perdonad.

Les enseño el bote con una sonrisa de satisfacción.

—Es de la gama Bio Beauté de Nuxe —explico al pasárselo a Gala, que se ha puesto a mi lado.

—Dios, huele que te mueres —comenta esta mientras se lo pasa a Diana, que asiente.

—Ya solo te falta quitarte la discretita pamela que llevas para que te llegue algún rayo de sol.

Tras el comentario de Elsa —pues no podía ser de otra—, me la quito y se la lanzo, pero la tiparraca la esquiva.

—¡Ja! —me contesta al llegar a la neverita y abrirla para cotillear qué hay dentro.

—Tampoco es tan grande —me quejo mientras me levanto para recogerla.

—Piénsalo así —dice Diana, quien está debajo de la sombrilla que ha colocado a una velocidad récord, por ser tan blanquita de piel. Esta chica es la mar de apañada—. Te libras de cualquier regalo sorpresa por parte de las gaviotas.

Irremediablemente echo un vistazo al cielo despejado de nubes y pajarracos.

Con la suerte que me acompaña últimamente, no veo demasiado descabellada la teoría de que se me cague encima una gaviota.

—Una apreciación muy buena —sonríe Elsa, y se sienta a mi otro lado, dejándose caer sobre su toalla roja, la cual hace un bonito contraste con el bañador de rayas azules y blancas que destaca por el moreno de su piel—. Bueno, venga, al lío, que entre unas cosas y otras, al final no nos has contado nada. ¿Qué ha pasado con el chavalín ese?

—¿Cuál? —pregunto mirando de pronto alrededor, en un intento de localizar al sujeto en cuestión sin perder la concentración para acabar de echarme la crema. Bastante tengo ya como para añadir manchas en la piel. No, gracias.

Un momento, ¿me he echado crema en la cara?

—¿Cómo que cuál? —se ríe Diana, trayéndome de vuelta—. El de la aplicación, con el que estuviste quedando...

Pongo los ojos en blanco. ¿Ese?

Decido interrumpirles el cachondeíto en cuanto adivino la conversación que se avecina si no lo hago.

—Bah. No lo he vuelto a ver —respondo quitándole importancia.

—Pero ¿no era supermajo, interesante y atractivo? —pregunta Gala extrañada mientras se recoloca la parte superior del biquini de ganchillo en un color rosa palo ideal.

Ver ese tejido me lleva a preguntarme qué pasará cuando se sumerja en el mar. Porque eso absorbe agua cual esponja.

—Bueno... —digo vagamente mientras barajo los posibles desenlaces del primer baño de mi amiga.

—Venga, confiesa. ¿Qué ha sido esta vez? —insiste Diana.

No me queda otra que soltar prenda.

Las tres me miran y yo me cruzo de brazos antes de desvelar el desastre de situación en la que me encontré. Todavía lo recuerdo y me estremezco entera.

—Todo fue bien hasta que nos metimos en su coche —comienzo a explicar. Las tres me observan con expectación, acompañadas por el sonido del mar de fondo.

—¿Qué tenía? —tantea Diana, que adivina por dónde van los malditos tiros.

—No os lo vais a creer. —Cojo aire y lo suelto a bocajarro—: Un ambientador de Mr. Wonderful.

Las reacciones no se hacen esperar.

—¿¡Cómo!? —pestañea Gala.

—¿«Ambientador», ha dicho? —pregunta Elsa, más a las demás que a mí.

—Sí, sí. Como oís. Decidí inventarme una excusa y me fui pitando —asiento al recolocarme en mi toalla de playa redonda con motivos geométricos en azul oscuro, dispuesta a trabajar en mi bronceado—. Un desastre. De esa aplicación no sale nada bueno, así que, señoras, me la he quitado.

Tras un breve pero intenso silencio, Elsa decide romperlo.

—¿Quién se lo dice? —habla mirando a las chicas.

—¿Quién me dice qué?

—A ver, cielo —se aclara la garganta Diana—. ¿Por un ambientador?

—¡Por ese ambientador! ¿Es que no lo veis? —Me recuesto sobre los codos completamente indignada por su ceguera selectiva.

En serio, ¡es muy evidente!

—Está claro que no seguimos la línea de tus pensamientos —afirma Elsa.

Suspiro y me siento nuevamente. Suele pasarme. No caen en las cosas que yo veo a millones de kilómetros de distancia, pero bueno, para eso estoy. Se lo explico:

—Ese tipo de ambientador no se lo compra un tío. Eso es que se lo ha regalado alguna chica, así que paso de los tíos que son incapaces de tirar el ambientador que les regalaron sus ex o vete a saber quién.

—Tía, ¿no se lo ha podido regalar una amiga? O qué sé yo, ¿su hermana? —pregunta Gala arqueando una ceja.

—Por favor. No tenía hermanas... creo. —Guardo silencio durante un segundo—. Mirad, ¡no lo sé! No lo conocí tanto.

—Vaya un hueso más duro de roer —comenta Elsa, y al mirarme asiente lentamente, como estudiándome mientras juguetea con su pelo moreno que le llega más abajo de los hombros—. Dejado en la estacada por un ambientador. ¿El anterior, por qué fue?

—Porque le olía el aliento. Y la verdad es que eso lo entendemos —recuerda Diana, y todas asienten.

Yo, la que más, que para eso lo sufrí.

—Pero el anterior a ese fue porque tenía demasiados pelos en las manos —puntualiza Gala.

Levanto la barbilla, desafiante.

—Así es. Y no me escondo. No me gustan los peludos.

—De verdad, esta mujer... —Elsa se ríe llevándose la mano a la cabeza en un gesto teatrero.

—Sí, sí, reíd cual hienas, pero ¿acaso sabéis que la cantidad de pelos que tienen en las manos y los brazos son un adelanto de lo que tienen en el culo?

Gala y Elsa estallan en carcajadas mientras Diana mira preocupada por si alguien nos ha oído.

—De verdad, ¿qué hora es? Escuchando a esta mujer, necesito ya una cerveza —dice Elsa, y se dirige a la neverita.

—Pues dame otra a mí, porque con lo que me habéis hecho recordar, se me ha revuelto la tripa.

—Venga, tía, no puedes ser así. Descartar a la gente por esos absurdos motivos... —señala Gala, mientras observa cómo abro el botellín y doy un trago junto a Elsa.

—Son cosas importantes para mí.

—No, querida, son excusas. Entendemos que hace unos dos años no estuvieras preparada para conocer a gente nueva —habla Elsa, que está de pie observando a un matrimonio mayor que coloca sus sillas—. Pero es que ahora te estás frenando tú solita. Y el motivo por el que lo haces no es bueno. Porque todas las aquí presentes sabemos que te apetece conocer a alguien, no es que no quieras. —Sus ojos oscuros conectan con los míos, y yo desvío la mirada.

—No sé de qué hablas. —Examino mi manicura perfecta para poder librarme de esa acusación, que, vale, sí, escuece un poquitín.

—Tía... —empieza Diana, llamando mi atención de vuelta.

—Lo sabemos —termina Gala, y provoca que las mire intrigada.

—¿Que sabéis qué?

Las tres se observan entre sí, y ahora sí que estoy confundida. ¿Por qué parece que me van a echar un sermón? Sin embargo, Elsa decide romper rápidamente la atmósfera misteriosa al soltar una bomba que no me esperaba por nada. Por nada del puñetero y alocado mundo.

—Que Diego también está en la isla.

20 de agosto

20 de agosto

Por la mañana

Me quedo congelada. Congelada y hundida. ¿Diego también está en la isla?

—¿Có... cómo? —Para mi sorpresa, consigo formular la pregunta.

No me lo creo. ¿Diego... Diego aquí? ¿¡Dónde y por qué!?

—Oye, parece aún más sorprendida que nosotras —comenta Elsa como si no la escuchara.

—¡Claro que estoy sorprendida! ¿Cómo que Diego está aquí? ¡Hablad de una maldita vez! —exijo, algo histérica.

Hasta me da por mirar por encima de mi hombro a la gente de alrededor, no vaya a ser que el bombazo sea tan literal.

—Pues tampoco es que haya mucho más que decir —contesta Diana—. En realidad pensábamos que habías propuesto venir a la isla porque te habías enterado de que estaría él.

—Trae otra cerveza, por favor —pido a Elsa con unos gestos dramáticos que surten efecto, pues va a por ella sin rechistar. Con la mierda de noticia, la que acababa de abrir ha caído de mala manera en la arena y está medio vacía—. ¿Cómo os habéis enterado vosotras?

—Por Juan —contesta Gala, con cara de circunstancias.

Absurda pregunta... ¡Claro que ha sido por Juan! El marido de Gala y él siguen siendo compañeros en el trabajo.

—No me lo puedo creer. Con lo grande que es el maldito universo, y tiene que acabar en la misma isla que yo. ¿Sabéis cuántas islas hay en el planeta Tierra? —pregunto comenzando a elevar el tono de voz.

—Eh... ¿no? —contesta Elsa.

—Pues yo tampoco, pero deben de ser un porrón. —Me dejo caer sobre la toalla, pero al recordar la cerveza, me incorporo al segundo. No hace falta seguir desaprovechando suministros—. ¿Y se puede saber qué hace aquí? —Tomo el botellín que me ofrece Elsa y le doy un largo trago demasiado rápido, pues me obliga a limpiar el líquido que me cae de manera poco elegante, pero, chica, estamos ante una tensa situación.

—¿Disfrutar de sus vacaciones? —tantea Gala.

Me congelo al caer en algo.

—¿Con quién?

Juro que incluso se me corta la respiración y, joder, sé que no debería. Han pasado ya dos años.

—Con algunos amigos —aclara Diana, pero yo entrecierro los ojos.

—Entiendo. —Pero la sospecha está ahí. Sin dudarlo, me inclino hacia mi bolsa, rebuscando el iPhone.

—Cariño, ¿se puede saber qué haces? —pregunta Gala.

—Entrar en Instagram —contesto sin despegar los ojos de la pantalla.

—Pero ¿no lo tenías bloqueado? —pregunta Diana con un inconfundible tono acusador.

Elsa suelta una carcajada seca que hace que despegue los ojos para fulminarla con ellos.

Mujer de poca fe.

—Efectivamente —contesto mirando a la morena, que me dedica una sonrisa ladeada.

—¿Pero? —tantea, sabedora, Elsa.

Me muerdo el labio. Me conocen demasiado bien.

—Pero ¿os acordáis de esa cuenta falsa que me creé hace un tiempo?

—¿No me digas que lo tienes agregado por ahí? —pregunta Gala horrorizada.

—No. A su amigo Joaquín —aclaro.

—El más tonto del grupo. Me gusta cómo piensas —oigo decir a Elsa, quien se sienta a mi lado para cotillear lo que estoy haciendo—. Vaya, el perfil está supercurrado.

—La sorpresa ofende —digo sin levantar la mirada mientras rebusco entre los contactos hasta dar con Joaquín.

—Si es que tiene unas 50 publicaciones y 200 seguidores —sigue explicando Elsa a las demás.

—Nagore, tía, eso no está bien. Tienes que dejar...

Pero Diana se calla cuando levanto la mano abruptamente. Me he metido en las stories de Joaquín y... efectivamente están aquí. En la isla.

Miro a las chicas.

—Oh, Dios. —Es lo único que consigo decir antes de centrarme de nuevo en el móvil. Las stories han ido pasando, y ahora me topo con una de la noche anterior.

Están de fiesta. Parece que en algún reservado y...

Mi corazón brinca.

Rápidamente presiono la pantalla para aguantar la imagen.

El mundo se me cae encima.

Veo a Diego riendo en la imagen congelada, y a su lado... a su lado a Laura.

Suelto el móvil. Pero así, con un estilo dramático, como a mí me gusta. Cae sobre mi toalla y las chicas guardan silencio.

No las miro, sé que se están hablando con la mirada y no quiero saber lo que se dicen. Prefiero callarme, porque, no nos vamos a engañar; es más cómodo.

Dos años.

Dos años desde que Diego salió de mi vida, y aquí estoy. En vez de serme indiferente el hecho de que se encuentre aquí, en el fondo, bajo esa capa superficial en la que maldigo su presencia, esa que ninguna de las personas presentes se cree, fantaseo con tener un golpe de suerte y... volver a verlo.

Sí, así estoy de hundida en la mierda.

—Nagore... —comienza Diana. Pero arrugo la nariz sin mirarla.

Se calla porque capta que no quiero hablar de ello.

Dejo vagar la mirada por la playa, entonces la dirijo hacia el mar. Necesito controlar todo lo que me está invadiendo por dentro.

Para mi sorpresa, algo me llama la atención. Algo que se encarga de distraer mi mente de esa línea de pensamientos que estaba tomado.

Entrecierro vagamente los ojos, pero es por otro motivo. Juro que me ayuda a enfocar mejor.

—¿Qué es eso? —Las chicas se vuelven para mirar en la misma dirección que yo—. ¿Qué arrastran?

—No tengo ni idea —responde Gala.

—¡Oh, señoras! —aplaude Diana emocionada—. Si es lo que creo que es, tenemos que hacerlo.

El grupo que estamos observando, compuesto por dos chicos y una chica, se detiene en la orilla y por fin vemos que, aparte de la bandera que llevan como letrero de lo que debe de ser su empresa, tienen varias tablas de surf y remos.

—Diana, cielo, estoy viendo remos —habla Elsa, tumbándose en la toalla como para dar más énfasis a sus palabras—. Os aviso que no haré ningún esfuerzo físico. Bastante he tenido ya con la caminata del averno, ¿o ya se os ha olvidado? Así que, no pienso hacerlo.

—Esto es cojonudo —gruñe Elsa, sentada sobre su tabla en medio del mar.

Yo estoy a su lado, pero, al contrario que ella, con una gran sonrisa en la cara.

—Pero, tía, ¿qué dices? Si mola cantidad. ¿No te lo estás pasando bien? —pregunto mientras intento reincorporarme sobre la tabla.

Por supuesto, no duro más de dos minutos.

—Sí, estar cayendo cada dos por tres cual croqueta es de lo más apasionante —continúa la versión femenina de Carl Fredricksen,[1] eso sí, con unos cuantos años menos.

¿Cómo puede alguien ser tan gruñón? Un santo Cole, así os lo digo.

—¿Y estas? —pregunta Elsa cuando me aúpo de nuevo en la tabla para colocarme a su lado y me siento con una pierna a cada lado.

El mar está en calma, el sol brilla sobre nuestras cabezas, y la escena es perfecta. Sonrío feliz ignorando al ser gruñón a mi lado —a veces es lo mejor que se puede hacer con Elsa— y a ese algo del que no quiero hablar.

—Ya vienen —se contesta a sí misma. Mientras tanto, yo sigo con los ojos cerrados y la cabeza inclinada hacia atrás, dejando que el sol me abrace.

Dios. Me encantaría que todo se redujera a la sencillez de este momento.

—Chicas. —Al oír a Gala, abro los ojos y descubro que mis otras dos amigas se aproximan en una perfecta sincronización.

—Vaya, vaya, tenemos a las expertas en el arte del paddle surf —comento con gestos de respeto.

—Vamos más al fondo, ¿os animáis? El mar está calmado y la monitora nos acompañará —propone Diana.

Elsa y yo nos miramos. Sus cejas arqueadas lo dicen todo.

—Creo que os seguimos, pero a nuestro ritmo —dejo caer sin borrar la sonrisa.

—Eso —asiente Elsa—. Id tirando, que ahora os cogemos.

Gala y Diana asienten sin ocultar que saben que permaneceremos aquí tomando el sol a una distancia prudente de la orilla. Una forma diferente de aprovechar esa hora para la que hemos alquilado las tablas.

En cuanto nos quedamos a solas, me recoloco para tumbarme encima. Estar mecida por el movimiento del mar es lo más relajante del universo. Por no hablar de mi bronceado, que va a quedar fabuloso.

—¿Sabes qué te digo? —pregunta de pronto Elsa.

Entreabro un ojo y vuelvo la cabeza sobre la tabla para mirarla.

—Que no pienso tener la marca de la parte de arriba —continúa ella. Se baja los tirantes del bañador y descubre sus pechos.

—Pues ¿sabes qué te digo yo? —Me incorporo—. Que me parece una idea buenísima. —Me desabrocho de la parte delantera del biquini y lo dejo sobre la tabla—. Por cierto, ¿te has echado crema?

—¿Crema en las tetas? Yo no me quemo, tía.

Arqueo una ceja, dispuesta a refutar su afirmación, cuando mi amiga decide sacar otros temas...

—Bueno, ¿cómo estás después de enterarte de la noticia?

Me tumbo de nuevo y dejo escapar un suspiro lo suficientemente dramático para que pueda intuir mi tormento interior.

—Pues, así asá.

—Ya. Lo importante es que...

—¿Tú crees que nos veremos? —Ya está, ya lo he dicho, pero es que si no lo hago, juro que implosiono.

—Sip —dice Elsa pronunciando la pe de manera especialmente sonora—. Esa era la parte a la que quería llegar, pero desde otra perspectiva.

Por supuesto, continúo hablando e ignoro un pelín su comentario. Pero ya que he empezado, no pienso detenerme. Tengo que soltarlo todo.

—No sé, me parece muchísima casualidad que, de todos los posibles destinos, hayamos terminado en el mismo. ¿No lo crees? —Elsa abre la boca para aportar algo, pero yo continúo—: A ver, que ya no pienso prácticamente nada en él. Vamos, la última vez que lo vi, ¿cuándo fue? En la boda de Gala. Y ¿cuánto ha pasado desde entonces? ¡Un año y cinco meses!

—Veo que no llevas la cuenta. Bien, bien —asiente Elsa vagamente.

Quizá noto cierta ¿ironía? Pero, lo que digo: no me importa, yo sigo a lo mío.

—Eso es mucho tiempo —recalco, y añado rápidamente—: Lo tengo olvidadísimo. ¡Pero, zas! —Choco las manos sobre el mar y el agua nos salpica a ambas, nos refresca, aunque, por supuesto, Elsa se queja. Yo la ignoro y sigo hablando—: Aparecemos en la misma isla. —Hago una pausa para dar más énfasis a mi discurso, y continuar con la gran verdad—: Mira, tía, llámame loca, pero creo que son señales. ¿No lo ves, tía? El universo me habla. Estoy convencida.

Elsa asiente lentamente, como procesándolo todo pero sin decir ni mu.

—Venga, di. ¿Qué piensas? —la pincho para que suelte prenda.

—Yo, la verdad, Nagore, vale que es una casualidad muy grande, pero creo que lo enfocaría de otra manera, ¿sabes? —Al hablar, juguetea con el agua.

—¿Cómo? —La miro interesada.

—Ignorando el hecho de que su culo esté aquí. —Suspiro ante su respuesta y me dejo caer de nuevo en la tabla—. Tía, hay muchos culos interesantes en el mundo, como por ejemplo... —Elsa dirige sus oscuros ojos hacia la orilla, esa que tenemos a unos cuantos metros—. Mira a los monitores de la mierda esta absurda. Fíjate en ellos: están de muy buen ver... —Me reincorporo levemente para mirar hacia la orilla; efectivamente, los dos monitores se encuentran hablando entre sí y...

—¿Nos están mirando? —pregunto sospechosa.

—Sí, así es —contesta Elsa sorprendida—. No nos pueden oír desde aquí, ¿verdad?

—Pero estamos en toples. ¡Es de mala educación! —Señalo indignada al ver que los tíos siguen hablando entre ellos y van lanzándonos miraditas.

Desde esta distancia soy incapaz de verles bien los rostros, pero sus siluetas y el vago recuerdo que tengo de cuando nos han explicado los precios me dejan entrever que no son especialmente mi tipo: el mazas del gimnasio.

—¿Qué coño hablan y miran tanto? —El tono de Elsa ha dejado de ser divertido, y yo vuelvo a centrarme en los dos tíos, que de pronto se alejan de la orilla, es decir, de nosotras.

—¿Se van? —pregunto alarmada—. No nos pueden dejar aquí, a ver si con las tablas nos va a dar un jari.

—¿Adónde coño...? —Pero Elsa no termina de hablar, porque vemos que los dos tíos se alejan de la orilla, sí, pero que se aproximan a nuestras toallas.

Me sobresalto cuando Elsa grita al ver que se inclinan hacia nuestras cosas.

—¿Qué buscan? —pregunto sin entender la escena.

—¡Ey, cabrones! ¡Dejad nuestras cosas! Nagore, tía, ¡corre!

—¿Cómo que «corre»?

Elsa se tira al mar y yo la miro boquiabierta.

—Tía, ¿¡qué haces!? —pregunto al verla nadar hacia la orilla a una velocidad admirable.

—¡Que nos están robando! —me dice entre rápidas brazadas.

¡Oh, Dios mío!

Aquí me hallo, con las tetas al aire mientras nos roban. ¿Esto es en serio?

No me queda otra que actuar, en especial cuando pienso en mi iPhone, así que me tiro al agua y lo doy todo. Vamos a ver, ¡que todavía lo estoy pagando!

Para sorpresa de todos —sí, de la vuestra también—, adelanto a Elsa y llego la primera a la orilla. No con elegancia, sino gritando como una descosida y, efectivamente, con las vergüenzas al aire, porque, claro, con todo el lío, ¿creéis que me he acordado de coger la parte superior del biquini?

Al darse cuenta de que la gente de alrededor se ha enterado de qué va la cosa, los dos tíos salen corriendo.

—Mierda, mierda, mierda —digo acercándome a nuestras cosas.

—¡Que les detengan! —oigo gritar a Elsa detrás de mí, pero a mí solo me preocupa asegurarme de que...

Cierro los ojos con alivio. El iPhone está. Y, no... mi cartera no. Mierda.

20 de agosto

20 de agosto

Por la tarde

—Entonces salieron corriendo cuando ustedes llegaron —repite el policía que nos está tomando declaración.

—Así es —confirma Elsa.

Después del momentazo en la playa, no nos queda más remedio que buscar la comisaría más cercana para denunciar el robo.

—Pero no salimos detrás de ellos porque estábamos en toples y yo había perdido la parte de arriba del biquini en el mar.

Es decir eso, y las chicas se vuelven hacia mí con miradas fusiladoras. Incluso el policía, que está apuntando todo lo que decimos, levanta la mirada con la ceja arqueada levemente.

—No me miréis así, es la verdad —me defiendo, cruzándome de brazos. Con el gesto, palpo entonces que, bajo el vestido playero, sigo sin sujetador.

—Bien —carraspea el policía, un hombre que ha sobrepasado la cincuentena y que, según parece, desea terminar con el papeleo—. Entonces ¿solo le robaron a usted?

Levanta la mirada hacia mí, porque, sí, he sido la única privilegiada.

—Sí. Llegamos a tiempo para que, al echar a correr, se les cayera la otra cartera que tenían. Solo se han llevado mi tarjetero con todas las tarjetas —aclaro, conteniendo las ganas de contarle al buen agente que esto es culpa de mi mala suerte, esa que me persigue.

—¿Su DNI?

Niego con la cabeza.

—En eso ha tenido suerte —contesta el poli.

Me obligo a sonreír. Prefiero callarme la parte en la que descubrí, antes del viaje, que había perdido el DNI y que ahora estoy con el pasaporte.

De verdad, ¿me tiene que pasar todo a mí? Creo que dejaré de preguntarlo, porque está claro que sí.

Finalmente, tras algunas preguntas más, salimos de comisaría. Resulta que lo del paddle surf es una tapadera para robar a los turistas; de hecho, cuando Diana y Gala se separaron de nosotras, no vieron ni rastro de la supuesta monitora y les pareció sospechoso, por eso volvieron antes y se encontraron con esa escena.

—Mira, tía —comienza Diana una vez en la calle—, podría haber sido peor. Que nos hubieran robado a todas, que se hubieran llevado las llaves del coche... Qué sé yo. ¡Mil cosas peores! Ha sido el tarjetero, con tarjetas que ya has cancelado, así que, traaanquila.

—¿¡No lo veis!? —estallo finalmente, provocando que nos detengamos en mitad de la calle—. Está claro. Tengo mal fario. Todo me sale mal.

—Vamos, Nagore... —dice Gala—. Vale, sí, ha sido una maldita casualidad que, de toda la gente de la playa, nos hayan tenido que escoger a nosotras para timarnos con esa mierda, pero, tía, podría haber sido peor.

—Tía, he salido con las tetas al aire corriendo como una descosida, y es a mí a quien roban. No es que quisiera que os robaran a vosotras, pero, joder, ya podrían no haber cogido nada.

Las tres se quedan calladas, entonces Elsa decide intervenir:

—Mira, tía, sí, últimamente tu vida parece de cámara oculta. Pero plantéatelo así: gracias a ello no nos aburriremos ni un pelo.

Diana mira mal a Elsa y se acerca a mí, obligándome a andar hacia el coche. Las demás nos siguen.

—Nagore, respira. De verdad, a cada uno le llega su San Quintín. Esos pedorros lo van a lamentar —asiente Diana de manera solemne.

—¿Eh? —La miro confundida.

—Se refiere a que «a todo cerdo le llega su San Martín» —explica Elsa rápidamente.

—Ah —asiento, mientras Gala se ríe y Diana le quita importancia a su don de reinventarse los refranes.

—Venga, tía, esta noche lo tendremos olvidado —insiste Diana—. Nos arreglamos, nos tomamos unas copitas y bailamos. Una noche tranquila, te lo prometo.

Me sacudo la melena rojiza y observo la caída de mi rizo natural a la altura de la mandíbula, que me da un estilo desenfadado muy chic; me pirra.

Como mi piel tiene un color dorado, al ponerme el pintalabios Fuchsia Pink de Yves Saint-Laurent me veo tan favorecida que añado únicamente un poco de rímel en las pestañas y me veo perfecta.

Estamos en la casa, en el monísimo Airbnb que encontró Diana, ese que al principio rechacé en redondo por el precio, pero luego lo pensé mejor. Esas paradisiacas vistas no se podían rechazar, además son el escenario perfecto para hacerme fotos ideales para mi Instagram. Hay que ser prácticos y sacar el lado bueno de las cosas, siempre.

Si me tengo que privar de algún capricho el mes que viene, pues lo hago, total, ahora tengo trabajo y me lo puedo permitir. Dado mi historial, nunca se sabe cuánto me va a durar, porque, ¡bingo! No he podido montar mi hotelito. Así va el karma de mi vida, pero, bueno... mmm, ¿de qué estaba hablando?

...

Mmm...

¡Ah! ¡Sí! El chalecito adosado. Está en una pequeña urbanización en la que se comparten espacios comunes, como la reducida pero monísima piscina en forma de riñón, tan típica de hace unos años. A pesar de parecer «una charca», como a nuestra querida Elsa le gusta llamarla, las demás estamos convencidas de que tiene el tamaño ideal, pues solo la usan otros tres de los inquilinos de los seis chalets restantes.

Eso sí, el motivo por el que yo me quedo asomada a la ventana de la cocina que da a esa parte de la urbanización no es que esté admirando el cuidado césped o las tumbonas azules perfectamente colocadas junto a las palmeras bajas que dan la sensación de formar un pequeño oasis... no.

El motivo es más bien otro.

—¡Ya viene! —aviso a las chicas, sin poder controlar la risa nerviosa que me acompaña, pero me dejo caer sobre uno de los taburetes frente a la isla de la cocina americana y entrecruzo las manos sobre la encimera de granito oscuro para, ¡oh, sí!, Admirar (efectivamente, con mayúsculas) a ese hombre.

—¿Quién viene? —pregunta Gala, que mordisquea lo que parece un trozo de sandía mientras se me acerca curiosa.

—¿Cómo que «quién viene»? —interviene Elsa desde el sofá, donde está sentada junto a Diana. Están viendo una serie turca a la que se han enganchado, cosa mala. No sé qué de un tal Serkan Bolat—. El socorrista de la charca.

Me vuelvo lentamente hacia ella para lanzarle una mirada de ceja arqueada, provocando que ese ser maligno se ría.

—Pues ya te gustaría que te rescatara. Peores accidentes se han visto —pincho yo, y me vuelvo a centrar en el rubio socorrista de espaldas anchas y diminuto bañador.

¡Anda, que no hay terribles noticias de gente que se ha ahogado en menos de un centímetro de agua! Y quien dice un centímetro, dice algo más, ya me entendéis.

—Eso digo yo —asiente Diana mirando a Elsa—. Que, por si no lo recuerdas bien, bonita, estuviste a punto de perder la batalla contra una bufanda. Sí, tú. —La señala mientras Elsa pone cara de digna rememorando una anécdota de hace unos años en ciertas Navidades.

—Creo recordar que la perdió —puntualiza Gala, colocándose a mi lado para observar lo mismito que yo.

No pierdo detalle de cómo el rubiales vigila la zona, vale que desierta, pero con un porte digno de cualquier superhéroe; de hecho, en ese momento se inclina a colocar una toalla, y Gala y yo suspiramos.

—Anda, anda, dejad de babear. Ese tío es gay.

—¿Cómo? —Me vuelvo, completamente indignada—. ¿¡Qué va a ser gay!? Si ese chico es gay, tú eres el hada madrina. —Elsa se ríe, y, vale, sé que ha sido un poco absurda la comparación, pero, entendedme. Mi mente está por otras cosas—. ¡Por favor! —Miro de nuevo a la mayor de mis pasiones, que ahora mismo parece estar limpiando la charca, digo, la piscina—. A ver si todo chico guapo tiene que ser gay.

—Yo solo te digo que cuanto más pequeño sea su bañador, más grande...

—¡Bueno! —Diana decide intervenir y evitar que Elsa suelte la barbaridad que pensaba decir—. ¿Qué hacemos esta tarde? Porque el capítulo de hoy ha terminado.

—¿Vamos a la piscina? —propongo con la mejor de las intenciones. Incluso noto el brillo encantador en mi sonrisa, esa que dedico a las chicas, pero me miran sin hacerme... ni puñetero caso.

—Eh, no. Eso lo podemos hacer siempre, y esta vez tengo un plan que no podréis rechazar... —Elsa se levanta del sofá con entusiasmo—. Mirad, me ha llegado desde la revista una invitación para un evento que parece de lo más interesante. Si os gusta, puedo llamar y pedir invitaciones para todas.

Elsa sonríe, sabe que nos ha ganado. ¿Un evento que requiere de invitaciones para asistir, y su revista quiere que vaya a cubrirlo?

—Ya puedes ir soltando prenda. ¿Qué es? —pregunto acercándome rápidamente hacia ella, que rebusca en la pantalla del móvil.

Finalmente, Elsa gira el teléfono hacia nosotras; miramos la foto de una piscina donde flota una colchoneta con un... ¿Qué es eso?

Entrecierro los ojos para intentar descubrir la imagen, pero Elsa se encarga de desvelarlo antes.

—Es un evento de Lelo, señoras. Creo que puede ser una tarde la mar de interesante.

—¿Lelo? —La sonrisa de autosuficiencia de Elsa podría generar desconfianza, pero quiero saber qué es eso.

Le cojo el móvil y en cuanto veo bien la imagen, lo entiendo.

—¿Una marca de vibradores? —pregunto sorprendida.

—De juguetes sexuales —puntualiza Elsa, que me guiña el ojo—. ¿Qué, os apetece?

—«Marca sueca de productos eróticos de lujo» —leo en alto a las demás—. A mí ya me has ganado.

—¿Adónde has dicho que hay que ir? —pregunta Gala.

—Pero no habrá mucha gente, ¿cierto? —quiere saber Diana.

Cuando cruzamos las acristaladas puertas del hotel Iberostar Selection, en la recepción nos espera una adorable azafata para informarnos de que el evento se encuentra en la azotea con piscina; nos dirigimos hacia allí sin dudar.

—Esto es increíble —dice Gala mientras acepta el cóctel que nos ofrecen nada más llegar a la espectacular zona del hotel, tras salir de los amplios ascensores. Por el color, parece un cosmopolitan, y, sí, por su sabor lo confirmo.

Estudio el entorno en cuanto comenzamos a adentrarnos; estoy de acuerdo con Gala. Vale que la piscina infinity te deja sin aliento, pero es que tener de frente el mar ya quita el habla. La azotea tiene los suelos de lo que parece cerámico de imitación madera; combinados con las jardineras también en oscuro, van generando espacios marcados por algunos de los toldos geométricos. Sus telas están tan tensadas que me imagino que si saltas sobre ellos sería como una cama elástica: una forma mucho más divertida para atravesar el recinto, pues cubren gran parte de las zonas de asientos —donde ya hay varios invitados disfrutando de la selecta fiesta— bordeando la mesa del DJ, quien parece estar pinchando una fusión de bossa nova; creo que es un acierto, porque permite que la gente pueda mantener conversaciones sin dificultad.

Mientras avanzamos, otra azafata ataviada con un uniforme negro que lleva el nombre de la marca en el pecho nos ofrece una bolsita a cada una, también en el mismo color y con la insignia de la compañía. Por supuesto, tardo menos de un microsegundo en cotillear qué es.

—¿Lubricantes? —pregunto, algo decepcionada al ver las muestras en pequeños sobres y sin prestar demasiada atención a los panfletos de lo que, me imagino, es publicidad de los productos.

—Cielo, no esperabas alguno de los juguetitos, ¿no? ¿Recuerdas la parte de lujo? —me dice Gala, quien recoge un poco la larga falda de su vestido hippy color blanco y con el estampado de grandes flores rosas, que contrasta de manera maravillosa con su piel bronceada y el largo pelo castaño, ese al que ahora las mechas le dan un tono miel que le favorece muchísimo.

—Sí. Yo he estado mirando precios, y el vibrador que me llama la atención llevaba debajo el interesante importe de casi doscientos euros —deja caer Diana, quien, a pesar de la época del año, sigue sin coger demasiado color; sin embargo, eso no impide que esté guapísima con su entallado vestido verde musgo que le resalta esos grandes ojos de un tono avellana.

Abro la boca en un gesto de estupefacción mudo, pero Elsa nos indica con un movimiento de cabeza que avancemos.

—Vaya, veo que alguien ha hecho los deberes —comenta la morena, que lleva el pelo recogido en un moño sencillo con algunos mechones sueltos enmarcándole el rostro.

Su look es un mono rojo con unas sandalias de taconazo negro que la hacen aún más alta. Ojalá fuera yo tan alta, aunque ella siempre dice que es lo peor, que cuando se pone tacones se siente como una jirafa...

—Este artículo no se escribirá solo, monada —bromea Gala.

—No. Está claro que no. ¿Os parece si vamos a una de las mesas altas y nos bebemos esto con tranquilidad? —propone Elsa.

Asentimos, y tras pasar algún grupo de lo que deduzco que son periodistas, escogemos una mesita apartada.

En el preciso instante en que la presentación del evento da el pistoletazo de salida y después de que el DJ corte las conversaciones elevando la música a tope para dar comienzo a la mini sesión, una mujer aparece a su lado con el micro en mano para iniciar una ponencia que pierde mi interés a los pocos minutos.

Sin poder evitarlo, tiendo a distraerme con facilidad, dejo vagar la mirada por el evento mientras la mujer en cuestión sigue explicando las nuevas incorporaciones en el catálogo. He de decir que, sí, esos artilugios son la mar de llamativos, y con tan solo echarles un vistazo se aprecia la gran diferencia en los materiales respecto a otras marcas, pero, sí, mi mente ya está pensando en otras cosas o, mejor dicho, en otra persona.

Y nadie se puede sorprender por el camino que han tomado mis pensamientos. A ver, estamos hablando de placer, y ¿con quién tenía los mejores orgasmos?

Sí, puede que esté exagerando, porque todavía recuerdo a aquel chico que me hizo maravillas en la parte trasera de ese coche, pero como lo que quiero es pensar en él desde que me he enterado de que está en la misma isla que yo, pues mi mente lo saca a coalición ba

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