Mil razones para quererte (Mis razones 2)

Violeta Reed

Fragmento

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La música es una constante en mi vida y ha sido una fuente de inspiración de esta historia, así que aquí os dejo la playlist.

Mil razones para quererte

Elena

«Spirits» — The Strumbellas

«Snowman» — Sia

«Breathe» — Taylor Swift ft. Colbie Caillat (Taylor’s version)

«Cardigan» — Sing2Piano

«Drivers License» — Sing2Piano

Marcos

«Portales» — Dani Martín

«Snowman» — Tullio

«Somewhere Only We Know» — Keane

«Love You Still (abcdefu romantic version)» — Tyler Shaw

«Let It Go» — Anthem Lights

Elena y Marcos

«Talk Tonight» — Oasis

«Come on! Let’s Boogey to the Elf Dance!» — Sufjan Stevens

«God Only Knows» — The Beach Boys

«Lover» — Taylor Swift ft. Shawn Mendes

«Lover» — Sing2Piano

«Medieval» — Finneas

«As It Was» — Harry Styles

«Falling» — Harry Styles

«Imagination» — Shawn Mendes

«No hay futuro» — La Casa Azul

Amanda

«Happily Ever After» — Jordan Fisher & Angie K

Lucas

«Love You Like the Movies» — Anthem Lights

Blanca

«Vivir así es morir de amor» — Nathy Peluso

Bruno

«El fin del mundo» — La La Love You

Carlota

«Perra» — Rigoberta Bandini

Otras canciones que se mencionan:

«Wannabe» — Spice Girls

«Last Christmas» — Wham!

«Should I Stay or Should I go» —The Clash

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1

Algo prestado

Cuando me desperté estaba sola. Estiré el brazo en busca de Marcos y me topé con las sábanas frías. Despegué los párpados y suspiré al ver su lado vacío.

Así sería a partir de ahora.

No quería ponerme melancólica desde el primer minuto, así que recuperé el móvil de la mesita con la esperanza de tener un mensaje suyo y sonreí al comprobar que así era.

Buenos días, preciosa.

Voy a poner ya el modo avión

Siento que dejo en Madrid una parte de mí.

Te quiero

Mi boca se torció hacia abajo, pero seguí leyendo:

Ya estoy en Londres.

Lisa no deja de preguntar por ti

ni de reírse de mí.

Es muy pesada

Solo imaginar su cara de enfurruñado hacía que me entrase la risa y que Lisa ganase cien puntos. Me fijé en la hora que marcaba el teléfono y me sorprendió ver que eran las once. Normalmente madrugaba, pero la noche anterior me habían dado las tantas con Marcos y necesitaba descansar. Sin perder el tiempo, giré sobre mí misma y le contesté un:

Buenos días, letrado

Por qué se ríe Lisa de ti?

Que tengas un buen día!

Te quiero

Me quedé remoloneando y viendo las fotos que nos habíamos sacado en el tren el día anterior al volver de Altea, hasta que mi gata se subió a la cama en busca de atenciones. Entre Minerva y yo se había creado un vínculo especial mediante el cual ella percibía cuándo yo estaba triste y necesitaba que me dejase mimarla. Al ratito, se cansó de mis caricias y se tumbó junto a la almohada de Marcos, maulló y trató de meter la cabeza debajo.

—Se ha ido —informé mirándola. Insistió tanto que terminé levantando la almohada—. ¿Lo ves? No está ahí.

Fue entonces cuando mis ojos repararon en la camiseta que Marcos se había olvidado. No era la misma que me había quedado yo. Era mi favorita, la azul zafiro que hacía juego con sus ojos.

—Gata lista —la felicité acariciándola—. Ahora te doy una chuchería.

Le escribí otro mensaje de camino a la cocina:

Te has dejado una camiseta

Minerva apareció al oír el sonido de la bolsa de sus golosinas gatunas. Eché un par en su comedero y me chupó el dedo con suavidad en busca de más.

—A mí no vas a comprarme con tanta facilidad como a él —aseguré guardando la bolsa—. Se acabaron las chuches por hoy.

Ella bufó y yo me reí.

Cogí un yogur y, cuando fui a sentarme en el sofá, vi la camisa blanca de Marcos estirada. Fruncí el ceño. Eso no estaba ahí la noche anterior. Doblé la prenda con cuidado y le escribí para que supiera que también se la había dejado.

Mientras limpiaba, cerca de la hora de comer, mi móvil sonó y me sentí igual que cuando era adolescente.

Perdona que no haya contestado antes,

llevo toda la mañana reunido.

Lisa se ríe porque (según ella)

pongo cara de idiota cuando hablo de ti.

La ropa la he dejado aposta para

que no me olvides y no tengas que robármela.

Por si te lo estás preguntando… sí,

la camisa es la que llevaba en la boda.

Por suerte, los botones sobrevivieron

a tu apetito sexual voraz

Se me escapó una risa bajita y sacudí la cabeza. La mitad de mi corazón se derretía por el detalle de la ropa y la otra mitad estaba triste por no tenerlo delante. Pese a que había intentado no darle vueltas, durante la mañana no había podido evitar consultar un par de artículos con consejos para sobrellevar una relación a distancia. Había leído que la comunicación, la confianza y la actitud positiva eran muy importantes. La teoría ya me la sabía; ahora tocaba ponerla en práctica. No podía ser tan difícil, ¿no?

«¡Claro que no, campeona!», era lo que yo me repetía.

Todavía me sorprendía echar la vista atrás y ver lo que Marcos y yo habíamos pasado juntos. Desde los días infernales del colegio cuando no lo podía ni ver hasta el horror que sentí al despertarme con él después de la boda de Amanda y a todo lo que vino después, que hizo que mi vida cambiase en dos meses: el calor del verano, los helados a las tantas de la madrugada, las risas al escondernos para besarnos y el sexo increíble, pasando por la parte sentimental, donde reconocimos que nos gustábamos. Y lo más difícil para mí: enfrentarme al abismo de mis miedos y admitir que lo quería.

Al final una cosa había estado patente desde el principio: nuestra química era inevitable y tratar de ignorarla solo me había servido para que se hiciera más grande y me explotase en la cara. Marcos había pasado de ser la persona a la que me habría encantado poner un candado en la boca para no oírla al propietario de la voz que más me gustaba. Sonreí con nostalgia al recordar a aquella Elena de casi dieciséis años que había deseado que Marcos se fuese a vivir a la otra punta del mundo para no tener que verlo más y para poder olvidar su primer beso. Esa Elena no sabía que, nueve años después, solo querría reducir la distancia que la separaba de él hasta hacerla desaparecer.

Después de todo, parecía que empezaba una nueva pelea contra el tiempo. Ya no tenía que contar el que nos quedaba juntos, sino el que faltaba para reencontrarnos.

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2

Qué esperar cuando estás esperando

Treinta y un grados a la sombra.

Me abaniqué con la mano, pero no sirvió de nada. El calor era tan insoportable que el vestido se me pegaba a la piel. Supuse que Blanca estaría a punto de llegar porque era igual de puntual que yo. Bueno, igual no, porque yo solía llegar siempre diez minutos antes. Como imaginé, mi amiga no tardó en doblar la esquina.

—¿Cómo estás? —Me saludó con dos besos—. ¿Hay que cometer un asesinato?

Me reí y sacudí la cabeza.

—Cuando llegue Carlota os cuento.

—Le dije que habíamos quedado a las cuatro y media porque sabía que llegaría tarde. —Se colocó, enfadada, la cintura de la falda—. Anda, vamos pasando, que me muero de sed.

Entré tras ella en el bar; dentro el ambiente no era tan fresco como necesitábamos. Pedimos en la barra y mi amiga se abalanzó sobre la mesa del fondo, que estaba cerca del ventilador. Blanca quería mandar el currículo a la misma clínica donde yo haría las prácticas, por lo que, mientras esperábamos, le conté cómo había sido mi proceso de selección y fantaseamos con la posibilidad de trabajar juntas.

—Recordadme por qué hemos quedado mientras hace este calor. —Carlota se quejó según llegó—. No debería ser legal salir de casa antes de las ocho. ¡Soy un bombón y voy a derretirme!

—Dos semanas y un día. —Escuché la voz incrédula de Blanca a la vez que Carlota me daba dos besos—. Estamos aquí para ser los refuerzos emocionales de Elena, ¿recuerdas?

—Lo siento, pequeñaja. —Carlota me miró arrepentida y me envolvió en un abrazo.

Volví a sentarme y observé divertida a Blanca admirando la ropa de Carlota, que llevaba un top blanco y una falda negra larga con rajas a ambos lados que mostraban sus piernas cuando andaba.

—¿Refrescos? ¿En serio? —Carlota se acercó indignada a la barra y pidió una jarra de cerveza para todas.

—Es lunes —amonesté.

—Y estamos de vacaciones —repuso haciendo una mueca—. Si vamos a ponernos a hablar de nuestras desgracias, es lo mínimo que necesitamos.

En ese momento recibí una llamada.

—¿Dónde estás? —preguntó Amanda desde el otro lado de la línea.

—En Tribunal, con Blanca y Carlota.

—Ah, ¡coño! Pues yo estoy en tu puerta con una tarrina de Häagen-Dazs para ver una peli romántica y superar la ausencia del ser amado.

—¿La ausencia del ser amado? —Su dramatismo me hizo reír—. ¿No habíamos quedado esta noche?

—Sí, pero quería sorprenderte. Vale, espera, subo a tu casa y lo dejo, porque voy a terminar con vainilla de Madagascar chorreándome por la mano.

Mientras Amanda abría la puerta, les pregunté a mis amigas si les importaba que se uniera.

—Claro que no.

—Qué preguntas, hija —dijo Blanca.

Les sonreí y volví a colocarme el teléfono en la oreja.

—Amy, ¿te vienes? El plan es hablar de asuntos del corazón.

—¡Mi tema de conversación favorito! —exclamó emocionada—. Dejo las cosas y lo que tarde en llegar; espera, no les importa, ¿no?

Le aseguré tres veces que era más que bienvenida y nos despedimos.

Amanda llegó cuando Carlota se giraba para pedir otra ronda; debido al calor la primera jarra había desaparecido en un visto y no visto. Se quitó las gafas de sol rosas que llevaba, a juego con su conjunto deportivo, y escaneó el bar. Me levanté para recibirla y nos fundimos en un abrazo. Después, saludó a mis amigas y se sentó a mi lado.

—Amanda, aquí somos como un pueblo vikingo; si te unes a esta mesa, tienes que beber. —Carlota hizo amago de servirle cerveza, pero ella negó con la cabeza.

—Es que luego conduzco y vivo lejos, pero me encanta la idea del pueblo vikingo. —Se rio.

Cuando el camarero dejó la botella de agua delante de Amanda y después de que Blanca le preguntara qué tal estaba para romper el hielo, se giró hacia mí.

—Dos semanas y un día —repitió Blanca extendiendo las manos en mi dirección—. ¡Cuéntanoslo todo!

Le di un sorbo a mi cerveza bajo el peso de sus miradas atentas.

Empecé relatándoles cómo había sido el cumpleaños de Lucas y cómo nos habían descubierto con las fotografías de la boda. Amanda me ayudó a contar algunas partes y buscó las fotos en su galería para añadirle emoción a la historia.

—¡Hostia, Elena! —Blanca se tapó la boca—. Pero ¿cómo podéis miraros así?

Giró la pantalla y vi la foto en la que Marcos y yo nos sonreíamos como si no existiese nada más en el universo.

Me encantaba esa foto.

—Creo que el tío alto está enamorado de ti. —Carlota me observó con aprensión—. Se ha ido ya, ¿no?

Asentí y me retorcí la trenza con cariño.

—¿Cómo estás? —se interesó Blanca.

Suspiré sonoramente.

Estaba un poco triste, pero también estaba contenta y sobre todo estaba...

—Enamorada —respondí—. Estoy enamorada.

—Entonces ¿el affaire —pronunció Blanca en acento francés— se ha convertido en relación a distancia?

Amanda se rio y yo asentí para confirmarlo.

—¿Y cómo lo llevas?

—Pues preferiría que él estuviese aquí, pero cualquier cosa es mejor que no estar juntos —admití.

—¿Lo ves? —Blanca le dio un golpecito a Carlota en el brazo—. ¿Ves cómo, si quieres, puedes tener una relación a distancia?

Carlota se limitó a darle un trago a su cerveza, dejó el vaso vacío en mitad de la mesa y, mientras lo rellenaba, dijo:

—Bueno, ¿vas a contarnos el resto de la historia o qué?

Procedí a relatarles lo que Amanda ya sabía, que después de habérselo contado a ella Marcos y yo no nos habíamos escondido más. Ella hizo su aporte y narró, desde su perspectiva de romántica empedernida, cómo se había visto el beso que Marcos y yo habíamos compartido delante de todos, y yo volví a sentir las maripositas campando a sus anchas por mi tripa. Seguí contándoles que el fin de semana habíamos ido a la playa, cosa que ya sabían. Lo que no sabían era que Marcos se había declarado y que yo había huido como una criminal y había llamado a Amanda. Al llegar a esa parte de la historia las miradas se centraron en mi amiga, que me miraba con expresión soñadora.

—¿Y qué pasó? —Blanca no pudo contener la impaciencia en su voz—. Esto es más emocionante que las telenovelas.

—¿Las turcas o las coreanas? —Amanda giró el cuello en su dirección.

—Yo soy más de las coreanas —respondió Blanca con una sonrisilla—. Pero los tíos buenos de las turcas... ¡Madre mía!

—Coincido. —Amanda dio un saltito en su silla—. ¿Cuál estás viendo?

—¿Hola? —Carlota carraspeó y reclamó la atención de mis amigas—. ¿Podemos dejar a Elena terminar su historia antes de que os metáis en una conversación sobre series que solo veis vosotras? —preguntó con ironía.

Blanca se puso seria y la fulminó con la mirada.

—Carlota, solo porque seas una escéptica en el amor no quiere decir que todas tengamos que serlo.

—Soy escéptica con la clase de contenido que consumís. Nada más.

Amanda las miraba entretenida. Las conocía de un par de ocasiones, pero era la primera vez que las veía sumidas en una conversación sobre amoríos, donde sus opiniones, por lo general, eran opuestas.

—Después de colgar con Amanda —continué— fui a buscarlo muerta de miedo y me disculpé por todas las cosas horribles que había dicho.

—¿Le dijiste que lo querías? —Blanca se inclinó sobre la mesa. Asentí y sonreí con cariño al recordarlo—. ¿Qué dijo él?

—Pues... —Me froté la cara ligeramente abochornada—. Me dijo que podría pasarse toda la noche escuchándome decir eso.

—¡Ay, por favor! —aplaudió Amanda—. Es que me imagino a Marcos tan cuqui... —terminó llevándose la mano al pecho.

Blanca y Amanda estaban ansiosas por saber más, así que les conté cómo había ido la cita y cómo pasamos el día siguiente. Me hizo gracia escuchar sus suspiros de amor cuando se enteraron de que Marcos había cambiado el vuelo para dormir una noche más conmigo. Carlota permaneció en silencio la mayor parte del tiempo; parecía que lo que más le preocupaba era que nos quedásemos sin cerveza.

—Resumiendo, que sigues formando parte del club de las desgraciadas. Y más jodida que antes —apuntó Carlota cuando terminé.

—¿El club de las desgraciadas? —Amanda alzó las cejas—. ¿Qué es eso?

—Algo que tú nunca entenderás —aseguró Blanca. Amanda apoyó la mejilla en la palma de la mano y la miró interesada—. ¿Me enseñas una foto de tu boda donde salgas con tu marido? Necesito una imagen para ilustrarlo.

Ella buscó una foto y nos la enseñó. Era un primer plano del beso que se habían dado Lucas y ella después del «Sí, quiero».

—Esto es lo que te deniega la entrada en nuestro club. —Blanca le colocó la pantalla delante—. Esto es lo opuesto a lo que tenemos nosotras. Tu amiga —me señaló con el dedo índice— se ha enamorado de un tío que no le caía bien y ahora va a sufrir la distancia. Esa que ves ahí —se giró hacia Carlota— durante su Erasmus se ha pillado de una italiana que tiene novio. Y yo... —Blanca le devolvió el móvil a Amanda— me he liado con mi amigo Bruno y he roto nuestra amistad. Tú acabas de casarte y estás en lo más alto de la noria del amor. Por desgracia, no puedes pertenecer al club.

—Una pena —Carlota levantó el vaso en su honor y le dio un trago—; nos habría encantado tenerte entre nuestras filas. ¡Estás buenísima!

—Sí —coincidió Blanca—. Es una falta de respeto que siempre estés tan guapa.

Amanda volvió a reírse y me miró de reojo. Sus uñas rosas repiqueteaban contra el mármol de la mesa.

—¿Lo ves? —Sonreí tratando de infundirle confianza—. No lo digo solo yo.

Ella asintió agradecida, pero sabía que se sentía incómoda siendo el centro de atención.

—¿No os sorprende que os diga que estoy enamorada? —pregunté volviendo a centrar las miradas en mí.

Blanca y Carlota se miraron antes de estallar en carcajadas y yo las observé interrogante.

—A ver, ese tío tardó diecisiete minutos y treinta y ocho segundos en aparecer cuando le escribí con tu teléfono. —Carlota se rio—. ¿Cómo esperas que nos sorprenda?

—Ya, pero eso habla de él. Yo...

—Elenita, que os vimos juntos —cortó Blanca—. Que entró, te dio un besazo y fue simpatiquísimo con nosotras.

—Sí, pasó con nota el test de las Spice Girls —agregó Carlota.

—¿Qué test es ese? —Amanda parecía cautivada por el tema.

Negué con la cabeza divertida y emocionada por las palabras de mis amigas.

—Ya sabes, la letra de «Wannabe» dice algo así como: «Si quieres ser mi amante, tendrás que llevarte bien con mis amigas» —contestó Blanca mientras limpiaba los cristales de sus gafas de ver.

Amanda soltó una risotada. No me hacía falta estar dentro de su cabeza para saber que la idea le encantaba.

—Pues conmigo se lleva genial —informó—. Nos conocemos desde los cinco años.

Consulté el móvil y fui incapaz de ocultar la decepción al no tener ningún mensaje suyo. Mis amigas se quedaron serias y me miraron compasivas.

—¿Cuándo vas a volver a verlo? —preguntó Amanda.

—No lo sé. —Me encogí de hombros y sacudí la cabeza—. Supongo que a lo largo de esta semana veremos fechas. Yo trabajo todos los findes de aquí a septiembre, así que no podré ir —musité en tono triste.

—Bueno, no nos vengamos abajo, que estamos empezando a estar un poco borrachas y Marcos acaba de irse —dijo Carlota.

Sonreí porque era verdad. De momento estaba más contenta por estar con él que apenada porque estuviera a unos cuantos kilómetros de distancia.

—Pensemos en positivo —pidió Blanca—: dentro de unas semanas vas a verlo seguro. Luego irás tú a Londres y en el futuro hasta podríamos hacer un viaje las cuatro.

—¡Fan máxima de esa idea! —exclamó Carlota—. Turismo de cerveza y pubs, por favor. Lo necesito.

—Yo ya he ido. Os podría hacer un tour —sugirió Amanda emocionada ante la perspectiva de un nuevo viaje— y llevaros a las localizaciones donde se rodó Harry Potter. ¡Y a comer fish and chips!

Brindamos por el futuro viaje y porque Blanca encontrase un novio inglés que la ayudase a ser bilingüe.

—No te preocupes. —Carlota le pasó un brazo a Blanca por encima del hombro—. No hubo baguette francesa, pero por mis ovarios que pruebas la salchicha británica.

A Amanda casi se le salió el agua por la nariz y yo me apreté la tripa porque no podía parar de reírme.

—La salchicha creo que es más famosa en Alemania —contesté cuando fui capaz de hablar.

—El desayuno inglés trae salchicha —aseguró Amanda—. Pero, si no, siempre podemos ir a Berlín después y buscamos la auténtica alemana.

—La mitad de Alemania tiene casa en Mallorca, pero Berlín suena bien. —Blanca subió las cejas en un movimiento sugerente.

—¡Exacto! —Carlota dio una palmada—. Entonces, tenemos el viaje planeado. De día, turismo y, por las noches, nosotras nos vamos a los pubs mientras Elena se queda con Marcos y su torre... —Chasqueó los dedos un par de veces y nos miró interrogante—. ¿Cómo se llamaba...?

—¿De qué hablas? —pregunté sin comprender.

—¡Joder, pues de la torre con forma de polla! —repuso como si fuera lo más evidente del mundo.

Nuestras carcajadas se oyeron hasta en la luna, aunque yo seguía sin entender a qué se refería.

—¿El edificio Gherkin? —Amanda buscó en internet y le mostró una foto.

—¡Sí! —exclamó Carlota—. Elena puede quedarse con Marcos y su Gherkin. —Con la mano y con la lengua gesticuló una obscenidad que hizo reír a mis amigas y que a mí me dio vergüenza—. Y nosotras nos vamos de libertad y libertinaje.

Observé la foto del rascacielos y meneé la cabeza.

—Podrías haber dicho que tiene forma de bala. —Entrecerré los ojos y le hice una mueca—. No es necesario decir siempre groserías.

—No sería Carlota si no hiciera estas comparaciones. Y, además, ha tenido gracia —corroboró Blanca limpiándose una lágrima.

Amanda le dio la razón y decidió que era un buen momento para que nos sacáramos una foto para subirla a su Instagram.

—Por cierto, Elena. ¿Puedes pedirle a tu novio una foto de sus amigos? —preguntó Blanca esperanzada—. Quizá con los ingleses tenga más suerte.

—No es mi novio —aseguré, y todas me miraron con escepticismo—. No hemos hablado de eso aún.

Con toda la vorágine de emociones del fin de semana, Marcos y yo ni siquiera habíamos hablado de eso. Como si hubiese sido invocado, su nombre iluminó mi móvil. El corazón me dio un saltito y lo cogí en el acto.

—Hola —respondí risueña.

—Hola, preciosa. Lo siento, no he podido hacer mucho caso del móvil.

—No pasa nada. ¿Qué tal tu día?

Amanda tiró de mí en su dirección.

—¡Hola, Romeo! —gritó cerca de mi oreja, y casi me dejó sorda.

—¡Romeo, mándanos fotos de tus amigos! —chilló Blanca.

Me levanté mientras Marcos se reía.

—Espera que salgo, que no te oigo bien —dije elevando la voz.

Carlota, que había permanecido callada, hizo su aportación:

—Sale porque va a decirle guarradas y no quiere que las oigamos.

Suspiré hondo y salí a la calle.

—Ya estoy. —Me coloqué en el único hueco que había a la sombra.

—Si vas a decirme guarradas, vuelvo al despacho, que tendré más intimidad que por la calle —bromeó él.

—Tú también no, por favor —supliqué frotándome la frente.

Marcos se rio y se me retorcieron las tripas. Guardé silencio y oí de fondo el ruido de los coches y la multitud de Londres.

—Si quieres, te llamo luego y así ahora sigues con tus amigas.

—Vale, pero cuéntame qué tal tu día rápidamente, que te echo de menos.

—Eso lo dices porque estás borrachilla y te pones sentimental.

Volvió a reírse y quise tenerlo delante para besarlo.

—Pues no, te lo digo porque me interesa tu vida.

—El día, ajetreado; todavía no he terminado de ponerme al día en el trabajo —dijo en tono cansado—. Y yo también te echo de menos. —Hizo una pausa y respiró hondo—. ¿Qué tal el tuyo?

—Nada emocionante. He limpiado, he ido a la compra y ahora estoy con las chicas en el mismo bar al que viniste a buscarme, ¿te acuerdas?

—Sí. Por cierto, nunca te lo dije, pero me cayeron genial.

Sonreí porque él, sin saberlo, había superado el test de las Spice.

—Tú también les caíste bien. Han sugerido que podríamos ir las cuatro a Londres.

—Me gusta esa idea. No sé cómo podríamos hacerlo con el espacio de mi casa, pero algo se me ocurrirá.

Solté un suspiro largo. Tenía ganas de conocer Londres y de estar con él.

—Carlota dice que mientras ellas salen por la noche, yo podría quedarme contigo y con tu torre en forma de... —Dejé la frase inacabada al darme cuenta de lo que iba a decir.

—¿Qué?

—Ya sabes... —Traté de que adivinase a lo que me refería, sin éxito, y al final añadí—: La torre Gherkin.

Se le escapó la risa y yo me mantuve a la espera con el estómago encogido, deseando escuchar uno de sus comentarios que hacían que me temblaran las piernas. Por suerte, no se hizo esperar:

—Con mi torre puedes hacer lo que quieras —expuso con voz grave—. Puedes subir, puedes bajar, puedes chuparla...

—Uf. —La cara me ardía tanto que quemaba—. No digas esas cosas cuando estás tan lejos. Eres un bocazas.

—Y a ti te encanta —aseguró presumido—. ¿Sabes que ese edificio tiene un restaurante arriba? Podemos ir cuando vengas.

—Ya veremos.

Volvió a reírse y mi lengua desinhibida no pudo quedarse quieta:

—Marcos, tú y yo... ¿somos novios?

—¿Me estás pidiendo salir?

Cerré los ojos ante su tono emocionado y apreté el móvil. Me moría por besarlo.

—No.

—Venga ya, claro que me estás pidiendo salir.

Vi su sonrisa bobalicona y mis labios se curvaron hacia arriba.

—¿Me vas a hacer pedírtelo? —pregunté.

—No hace falta. La respuesta es obvia: sí, quiero.

Me reí.

—Quiero besarte.

—Y yo que lo hagas —me dijo.

Suspiró por encima del ajetreo de la ciudad en hora punta.

—Bueno, luego te llamo, ¿vale?

—Vale. Hasta luego, preciosa... novia.

—Adiós, idiota.

Entré y aguanté el jaleo que estaban armando mis amigas gritando estupideces sobre Marcos, sobre mí y sobre nuestra vida sexual. Cuando se aburrieron de meterse conmigo y de que no contestase, se callaron y me miraron expectantes.

—Marcos y yo somos novios —solté a bocajarro, y ellas volvieron a jalear como adolescentes—. Bueno, ya vale —reprendí molesta—. Carlota, tu turno.

Ella apuró de un trago su vaso y volvió a rellenárselo.

—Me he desinstalado Tinder —informó sin mirar a nadie.

—¿Hemos encontrado lo que buscábamos? ¿O estamos cansadas de buscar? —preguntó Blanca.

—Ni lo uno ni lo otro. —Carlota hizo una pausa para echarse el pelo hacia atrás y colocarse el pañuelo encima de los rizos a modo de diadema—. Greta quiere hacer su Erasmus aquí.

—Pues muy bien. —Blanca se cruzó de brazos y frunció el ceño—. Ya le has comentado que en Madrid no es bien recibida, ¿no?

Carlota le dio vueltas a su vaso y no contestó.

—¿Cuándo te lo ha dicho? —pregunté con suavidad.

—La semana pasada. Está mirando piso para que vivamos juntas.

Antes de que pudiera decir algo, Blanca y sus comentarios directos se me adelantaron:

—Esa chica tiene muchos pájaros en la cabeza. Pensar que vas a irte con ella... Ridículo.

El silencio reinó en la mesa durante unos segundos.

—No sé qué voy a hacer. —Carlota se encogió de hombros—. Estoy hecha un lío. Viene porque quiere que le dé una segunda oportunidad.

Blanca agitó una mano y dijo:

—Muy bonito, pero ¿ha dejado ya a su novio?

Carlota sacudió la cabeza.

—¿Y a qué espera? —continuó Blanca enfadada—. Es lo primero que debería hacer.

—Ya... si eso pienso yo también, pero no sé... ¿Qué piensas tú? —preguntó mirándome.

—No lo sé. —Negué y apreté los labios—. No me parece bien que no haya dejado a su novio, pero entiendo que debe ser difícil pasar por lo que ella ha pasado.

Carlota asintió y sus ojos perdieron el brillo que los definía hasta quedar opacos.

—Vamos, que Greta no supera la prueba de las Spice Girls —aseguró Blanca inclinándose hacia ella—. Ni a Elena ni a mí nos gusta.

—Sé que no te conozco mucho y probablemente me haya perdido gran parte de la historia, pero voy a decirte lo que le dije a Els el otro día —intervino Amanda—. Mejor arrepentirse de hacer algo que de no hacerlo. Y si esa chica está dispuesta a venir a España por ti, es algo a tener en cuenta.

—Ya, pero ni siquiera tiene clara su sexualidad. Y yo tampoco. —Carlota se masajeó las sienes agobiada—. Es decir, ¿me gustan solo las chicas? ¿Siguen gustándome los chicos?

Intenté ponerme en su lugar, pero, como siempre, Amanda y su empatía interminable lo consiguieron antes:

—No creo que tengas que ser tan dura contigo misma. Y no pasa nada porque no sepas responder a esa pregunta aún. Déjate llevar y ya lo descubrirás.

Carlota se apoyó contra el respaldo y concentró la vista en la servilleta mientras la hacía jirones.

—Me da miedo que este sea su año universitario de experimentar y luego se dé cuenta de que prefiere un rabo antes que a mí —confesó con agonía.

—Si eso pasa, es que es más tonta de lo que ya pienso que es... —opinó Blanca—. Te mereces estar con alguien que te trate como la diosa que eres.

Carlota se rio.

—Eso es verdad —apunté.

—En fin, ya os contaré.

—Todo irá bien —aseguró Amanda convencida.

Ver a Carlota triste, con lo alegre que era, resultaba chocante. Cuando Blanca me miró supe que estaba pensando lo mismo que yo.

—Y si no va bien, aquí nos tienes —le dijo Blanca—. Yo le pego si hace falta; total, voy a ir a la cárcel o por deshacerme de mi compañera de piso o por Greta, así que... da igual. —Cerró los ojos y sacudió la cabeza—. Luego me saca Marquitos y ya está.

Abrazó a Carlota y le susurró al oído algo que la hizo reír.

—Me lo estoy pasando genial, pero debería irme ya. —Amanda se levantó—. Dentro de una hora tengo yoga.

—¿Vas a yoga? —Blanca soltó a Carlota y se mostró interesada—. Necesito hacer algo para relajar el estrés o me van a salir canas antes de tiempo.

—Pues para el estrés funciona fenomenal. —Mi amiga volvió a sentarse y supe que se disponía a vendernos las maravillas de esa actividad—. Yo me apunté por lo mismo. En mi clase primero hacemos una hora de ejercicios y la última media de vaciar la mente y meditar.

—Meditar... eso necesito —suspiró Blanca—. Paz interior para no asesinar a nadie.

—Oye, pues a mi gimnasio se puede venir a probar gratis, ¿quieres que pregunte?

—¡Ay, sí! Por favor. Haces lo del saludo al sol y todo eso, ¿verdad?

—Sí, eso y el perro, la cobra, la silla, el guerrero...

—Chicas, ¿estamos hablando de posturas de yoga o del Kamasutra? —Carlota recuperó un poco el entusiasmo.

Las cuatro nos reímos.

—Si me dices que esas posturas te han servido en tus relaciones sexuales, voy a esa clase de prueba hoy mismo —anunció Blanca—. Y a vosotras dos —nos señaló a Carlota y a mí— también os vendría bien un poquito de meditación. Hay que estar sana de la cabeza para estar sana del corazón.

—Esta no ha ido a yoga en su vida y ya viene de gurú a dar lecciones —se mofó Carlota.

Me uní a sus risas y Blanca puso los ojos en blanco, lo que provocó que nos riésemos más fuerte.

—Blanca es muy sabia —aseguré conteniendo las carcajadas.

—No tanto como tú —repuso ella subiéndose las gafas con ímpetu—. Supongo que, como vives pegada a un libro, te sabrás el Kamasutra de memoria.

En esa ocasión fueron ellas las que se rieron de mí.

—Pues no me lo he leído, listillas.

—¡Atención! —Carlota elevó la voz—. Hemos encontrado un libro que Elena Aguirre no ha leído. ¡Repito! Un libro que Elena Aguirre no ha leído.

—Puedo decirle a Marcos que te lo regale por Navidad —sugirió Amanda con picardía.

—Como le digas eso, me enfado.

—Pues entonces tendrás que venir a la clase de prueba con nosotras.

Echamos un pulso con la mirada y perdí. Acepté a regañadientes y Blanca y Amanda chocaron los cinco. Después, se giraron hacia Carlota, que las miró horrorizada.

—No contéis conmigo —negó.

Estiré la mano sobre la mesa y cogí la suya.

—No me dejes sola con ellas, por favor —pedí de manera teatral—. Querrán lavarme el cerebro para que vea alguna telenovela.

Mi amiga sopesó la propuesta unos segundos.

—Bueno, vale. —Cedió resignada—. Iré si Amanda se salta hoy su clase y se queda con nosotras.

Amanda me miró indecisa y yo le puse cara de corderito degollado.

—La verdad es que me lo estoy pasando genial —reconoció quitándose el bolso del hombro.

—Decidido. —Carlota dejó el vaso sobre la mesa—. Amanda se queda. Yo voy a yoga con vosotras y Blanca empieza su turno de contarnos si sigue perteneciendo al club de las desgraciadas. —Carlota alzó el vaso en dirección a Blanca—. Te toca, princesita.

—No me llames así.

Ella escondió la cara entre las palmas y suspiró.

—Es que Blanca es de alta cuna —le explicó Carlota a Amanda.

La familia de Blanca tenía dinero, pero ella no alardeaba de ello. Y aunque nunca nos lo había dicho a las claras, saltaba a la vista sin que ella tuviera intención de mostrarlo.

Cuando su rostro volvió a quedar a la vista, estaba seria. Se revolvió inquieta el pelo de un lado hacia otro y al final volvió a colocarse desesperada la raya al medio.

—Estoy harta de los hombres. Es que no sé por qué es todo tan complicado —se quejó—. Yo solo quiero liarme con un chef que cocine bien y ya está. Si está bueno es un plus. No pido tanto, ¿no?

Todas negamos y ella siguió expresándose:

—Chicas, sabéis que soy muy simple, que no me rayo, pero es que le estoy dando tantas vueltas a la cabeza que parezco la niña de El exorcista —se lamentó.

No sabía a qué le estaba dando vueltas Blanca ni por qué estaba tan rara, pero imaginaba que Bruno tenía algo que ver.

—¿Sabes algo de Bruno? —me aventuré a preguntar.

Blanca resopló con fuerza. Y de pronto habló enfadadísima:

—Bruno... Bruno es... —Cogió aire—. ¡Bruno es gilipollas!

—Pero ¿qué coño ha pasado? —Carlota parecía igual de sorprendida que yo.

Ella ignoró su pregunta y en su lugar dijo:

—Elena, ¿tu novio no puede meterme en un programa de protección de testigos? —Se recogió el pelo en una coleta y suspiró—. Me tiño de rubia y que me saque del país.

—Es abogado, no agente del FBI —contesté divertida.

Blanca se rio y relajó los hombros.

—Bruno ha intentado contactar conmigo un par de veces, pero yo he estado evitándolo desde que nos liamos en el cumpleaños de Elena —le contó a Amanda—. La cosa es que ayer discutí con mi compañera de piso. Otra vez. Ya sé que debería tener paciencia y aguantar porque en unos días se me acaba el contrato, pero me puede verlo todo tirado.

—Claro —coincidí—. El orden es importante.

—Después de la discusión épica, preparé una maleta y en un arrebato me fui. Sabía que Elena estaba en la playa y te llamé a ti —miró a Carlota—, y me dijiste que estabas en El Escorial de casa rural... No sabía a quién más acudir, así que llamé a Bruno.

—¡Ostras!

—Joder.

—Total, que terminé en su casa. La verdad es que me vio tan agobiada que no sacó el tema de por qué nos habíamos liado ni de por qué lo evitaba. Por la noche tocaba en un bar con su grupo y me invitó a ir. —Agitó la cabeza nerviosa—. Fui con él y me quedé con la novia de uno de sus amigos durante el concierto. El camarero, que es amigo suyo, nos invitó a varias copas y conseguí olvidarme de todo durante un rato y pasármelo bien.

Hizo una pausa para beber y Carlota la apremió con las manos.

—Cuando terminaron de tocar, Bruno vino a hablar conmigo —continuó ella—. Me sacó el tema del beso y yo le dije que no quería hablar de eso, que nos habíamos emborrachado y que yo quería que fuéramos amigos.

Se rellenó el vaso de cerveza con el ceño fruncido. Nosotras la mirábamos expectantes.

—¿Y qué dijo él? —preguntó Carlota al fin.

—No insistió. Me dijo que podía quedarme en su casa el tiempo que quisiera, que no iba a decirle nada al casero. —Suspiró sonoramente—. Y nada, chicas, mientras hablábamos se le acercó una tía rubia y alta; estaba buena, la verdad. —Sacudió la cabeza con brusquedad y bufó otra vez—. Total, que la chica se lo llevó a un rincón. Supongo que ya lo conocía. Y yo no sé por qué me cabreé un montón mientras ellos hablaban.

—¿Te cabreaste?

—Sí... no sé, estaba enfadadísima. Y... ahora es cuando viene la parte graciosa —aseguró apenada—. Me lie con uno de sus amigos, creo que con el que tocaba la batería.

Puse los ojos como platos. Eso sí que no me lo esperaba. Y por la cara de Carlota supe que ella tampoco.

—¿Qué dices? —Amanda se sujetó la cara entre las manos y la miró sorprendida.

—Solo le di un morreo, pero cuando terminé de besarlo... no sé por qué busqué a Bruno con la mirada. Lo vi marcharse y lo seguí. Lo alcancé en la calle y le pregunté adónde iba y qué le pasaba.

—Pues ya te digo yo lo que le pasaba... que estaba jodido —apuntó Carlota.

Blanca asintió mortificada. Yo seguía demasiado asombrada como para articular palabra.

—¿Qué te respondió? —preguntó Amanda.

—¿En serio? ¿Me apuñalas y me preguntas qué me pasa? —dijo Blanca tratando de imitar el acento vasco de Bruno.

—¿Y...?

—Y le dije que no entendía por qué decía eso, que éramos amigos. —Blanca hizo una pausa y se le escapó una risa amarga—. Y él me respondió que no éramos amigos, que él no quería acostarse ni con Carlota ni con Elena porque a ellas sí las veía como amigas.

—¡A tomar por culo! —Carlota se llevó las manos a la cabeza.

—¡Ostras! —exclamé a la vez que mi amiga—. ¿Y luego?

—Me dijo que hiciese lo que quisiese, que él se iba, que eso no cambiaba nada y que podía quedarme en su casa de todos modos. Y mientras lo veía irse, me enfadé muchísimo más y me entraron ganas de llorar.

Amanda le frotó el hombro con suavidad y Carlota le agarró la mano.

—Volví a alcanzarlo y le eché en cara que se hubiera ido con la rubia. También le dije que quién se creía que era, que yo hacía lo que me daba la gana.

—Bien dicho —felicité.

Ella me sonrió y continuó.

—Y nada, me dijo que le parecía correcto y que él no había dicho eso. También me preguntó si era necesario que me liase con uno de sus amigos en su cara.

Torció el gesto y nos miró preocupada.

—Y de verdad que no sé por qué besé a ese chico si ni siquiera me gustaba. Pensáis que soy como el perro del hortelano, ¿verdad? —Blanca apretó los labios y cuadró los hombros—. Que ni come ni deja comer.

—No. —Negué enérgicamente con la cabeza—. Pero sí que estás confundida.

—¿Qué pasó después? —quiso saber Carlota.

—Me preguntó si estaba celosa y le dije que eso era ridículo, que éramos amigos. Y él se rio y me dijo —Blanca hizo una mueca y volvió a imitar a Bruno—: «Si quieres fingir que somos solo amigos, allá tú, pero los dos sabemos que esto no funciona así».

—¿Que esto no funciona así? —Carlota gesticuló efusivamente—. ¿Qué es lo que no funciona así?

Blanca asintió y giró la palma de la mano hacia ella.

—Pues eso pregunté yo —corroboró—. Y ojalá no lo hubiera hecho, porque... Me confesó que está enamorado de mí y todo se fue a la mierda porque literalmente le grité: «¡Que te follen!».

—¿Y él dijo...? —Amanda la instó a seguir.

Blanca cogió aire y por su cara supe que se avecinaba una respuesta fuerte:

—Fóllame tú.

Carlota y yo contestamos a la vez:

—¡Me cago en mi puta madre!

—¡Ay, madre mía!

Guardamos silencio unos segundos y el nubarrón gris de Blanca se apropió de la mesa.

—Me puse muy nerviosa y busqué un hotel en el móvil —continuó ella—. Después de discutir no quería quedarme en su casa.

—¿Por qué no me llamaste? —pregunté sintiéndome culpable.

—Porque estabas con Marcos y era la una de la mañana de un domingo.

—¿Y dónde has dormido?

—En casa de Bruno. Se serenó cuando vio cómo me había alterado yo. Se disculpó y me dijo que entendía que no sintiese lo mismo que él y que no pasaba nada, pero que no podíamos ser amigos. Que me trataría con cordialidad y que me quedase en su casa hasta que encontrase otra.

Ella apartó la mirada y resopló antes de continuar:

—Así que nos fuimos a su casa en medio del silencio más incómodo de mi vida. Esta mañana me he ido temprano a ver mil pisos y... hasta ahora que estoy con vosotras. Y, por supuesto, mis cosas siguen en su casa.

—¿Quieres dormir hoy conmigo? —ofrecí con rapidez. Ella asintió agradecida un par de veces—. Y tú, ¿tienes claro que no te gusta? —pregunté—. Porque la parte de los celos no cuadra.

Blanca podría reconocerlo o no, pero lo que contaba parecía un ataque de celos en toda regla.

—No lo sé. No me lo había planteado hasta tu cumpleaños.

—Vale, pues listo. No te gusta. Punto final. —Carlota le rellenó el vaso mientras negaba con la cabeza—. Él se ha pillado, te lo ha dicho y no hay nada más que hacer. Yo no quiero que sufráis ninguno de los dos, así que no te líes y repite conmigo: «No quiero liarme con Bruno».

Blanca abrió la boca y volvió a cerrarla.

—Vamos, Blanca, es sencillo: «No quiero liarme con Bruno» —insistió Carlota.

—Pero es que... no estoy segura —contestó con la boca pequeña.

—A tomar por culo, así no puedo trabajar. —Carlota se dejó caer en el respaldo y se cruzó de brazos.

—Entonces, ¿Bruno te gusta? —preguntó Amanda con delicadeza.

Blanca se subió las gafas y se encogió de hombros.

En ese momento apareció el camarero y aprovechamos para pedir comida. Después de la noticia de Bruno, sabía que íbamos a quedarnos un rato más.

—¿Qué vas a hacer?

—Ni idea... —Blanca miró al infinito y sacudió la cabeza—. Os prometo que cuando gritó lo de «Fóllame tú» me quedé de piedra. No tenía un trauma así desde el asesinato de la madre de Bambi. Joder, que somos amigos, que le he contado mis cosas, que le he hablado de otros tíos... y encima me he enrollado con un amigo suyo... Es que no hay futuro.

—Yo conocía a Lucas de toda la vida y no me fijé en él hasta la universidad —explicó Amanda—. Y cuando nos reencontramos en Cancún, los dos teníamos pareja... y míranos ahora. No creo que nadie haya sufrido más que lo que sufrimos nosotros antes de estar juntos. Sobre todo él, que se las hice pasar putísimas. Todas las historias tienen algo al principio y lo vuestro no es nada que no pueda superarse.

Los labios de Blanca permanecieron curvados hacia abajo. Amanda lo había intentado, pero no había conseguido animarla con su mensaje de esperanza.

—Ni siquiera sé pronunciar su apellido —reconoció Blanca pasados unos segundos.

—Pero si se apellida Urrutia... —Carlota la miró extrañada.

—Ese no, el segundo.

—¿Bengoetxea? —pregunté yo.

Blanca asintió.

—¿Lo ves? Yo no lo digo así. A mí me patina la «x» muchísimo —refunfuñó ella—. Lo dicho, podéis ponerme la corona de la desgraciada mayor. Es que, jo..., me parece fatal que le dé igual que nos liemos, que salga mal y que tiremos nuestra amistad por la borda. ¿Tan poco le importo?

—Sí que le importas —aseguró Carlota.

—Dios, qué asco da todo —repuso ella con amargura—. ¿Veis como necesito ir a yoga?

Asentí porque estaba de acuerdo.

Nos callamos mientras el camarero dejaba la comida y la devoramos en un santiamén. A partir de ese momento tratamos de hablar de otras cosas para distraer a Blanca y, antes de que me diese cuenta, ya estábamos por los postres.

—Se me ha ocurrido un chiste buenísimo —anunció Amanda. Clavó la cuchara en la tarta de chocolate y me miró con malicia—. ¿Cuál es la tarta favorita de Elena?

La observé con desconfianza. No tenía una tarta favorita y ella lo sabía.

—¿La San Marcos? —preguntó Blanca conteniendo la risa.

Amanda aplaudió y yo negué con la cabeza.

—Muy creativa —ironicé.

—Vale, Amanda, tu turno. —Carlota giró la jarra para que el asa la apuntase a ella—. Ya sabemos que estás felizmente casada y que eres un bomboncito, pero algo podrás contarnos. Aunque sea el color de las bragas que llevas hoy.

—A ver, yo, ¿qué os puedo contar? —Amanda se quedó pensativa unos instantes—. No sé qué hacer con mi vida, por ejemplo. No me gusta mi trabajo.

—Eso no cuenta, tiene que ser algo relacionado con el corazón —recordó Blanca—. Puedes hablarnos de ese novio que tenías y de cómo acabaste con Lucas. A lo mejor puedes entrar en nuestro club en la categoría de «glorias pasadas».

—O puedes contarnos algo que hayas hecho en tu juventud y de lo que te arrepientas —apuntó Carlota—. Algún secreto sucio.

Ella se colocó la melena detrás de las orejas y suspiró. Parecía indecisa sobre qué contar. Yo, que sabía su vida al dedillo, me pregunté qué anécdota compartiría.

—Vale... Sí que puedo contaros algo... —Amanda hizo una pausa y se mordió la uña con nerviosismo antes de soltar dos palabras que me dejaron impresionada—. Estoy embarazada.

mil_razones_para_quererte-5

3

¡Qué guapa soy!

Hacía tiempo que no recibía una noticia tan impactante. Por eso, después de que mis amigas le dieran la enhorabuena a Amanda y de que ella la aceptara con una débil sonrisa, propuse un plan que nadie pudo rechazar: Amanda y yo caminaríamos hasta mi casa, lo que nos dejaría más de media hora para ir hablando con calma, mientras Carlota y Blanca, que tenía las llaves del piso de Bruno, irían a recuperar las cosas de esta última.

Los primeros minutos anduvimos con los brazos entrelazados y en silencio; conocía a Amanda lo suficiente como para saber que hablaría cuando estuviese preparada. Callejeamos por Malasaña para evitar Gran Vía, que estaría atestada de coches y gente.

—Mira, el Ojalá —dijo con voz triste—. Vine a desayunar con Lucas la semana antes de la boda. La planta de abajo simula una playa. —Sonrió al recordarlo.

Mis ojos vagaron hacia donde señalaba y me encontré con un local pequeño y abarrotado de clientes.

—El suelo está cubierto de arena y el café está bueno. Deberías venir con Marcos.

—Vale —asentí—. Aunque también puedo venir contigo.

—Claro. Tengo que repasar la carta, pero supongo que podré comer ahí, sí... —Dejó la frase inacabada. Eso no era una buena señal, porque a ella le encantaba hablar. Le di una palmadita en el brazo para hacerle saber que estaba ahí.

—Siento haberos cortado el rollo...

—Amanda, tienes que dejar de pensar así. Eres mi amiga, no me cortas el rollo ni eres una pesada. Estoy aquí para escucharte.

Ella forzó la sonrisa y señaló con la cabeza la calle para que reanudásemos la marcha. En ese momento atravesábamos Conde Duque. Había caído el sol y corría una leve brisa, y las calles de Madrid invitaban a disfrutar de una de sus múltiples terrazas, que estaban llenas de vida.

—Vomité —anunció cortando el hilo de mis pensamientos—. Una noche Lucas y yo nos emborrachamos... Habíamos pasado la tarde en la playa y cuando subimos a la habitación a arreglarnos, pues... hicimos nuestras cosas de pareja. —Se sonrojó visiblemente—. Ya sé que nos hemos propuesto hablar con normalidad del tema, pero todavía no llego al nivel de atrevimiento de Carlota —se justificó.

—No pasa nada, cuéntame lo que quieras.

—Pues eso, que lo hicimos unas cuantas veces... y bueno... Siempre que estoy de vacaciones me pongo un recordatorio en el móvil para tomarme la píldora. Esa noche bebí y cené muy pesado... y terminé vomitando de madrugada.

Ella suspiró y yo guardé silencio.

—Tendría que haberme tomado otra píldora, pero se me olvidó. Y, además, era de la última semana y tampoco tenía de sobra. Resumiendo: seguí acostándome con Lucas como si nada... y días más tarde no me vino la regla. Al principio lo achaqué a los nervios de la vuelta de la luna de miel, el jet lag y la organización del cumple de Lucas y eso, pero tampoco terminaba de quedarme tranquila. Así que me compré unos test de embarazo y cuando el quinto salió positivo empecé a asumir que estaba embarazada. —Se paró y se tocó la tripa—. El miércoles tengo la primera cita con la doctora, así que ya te contaré... Ahora mismo... el... la... bueno, la cosita que hay aquí dentro es del tamaño de la cabeza de un alfiler...

Los ojos se le llenaron de lágrimas; apretó los labios tratando de contenerlas, pero no pudo.

—Amanda... —Me coloqué delante de ella y la abracé con cariño. Ella se agachó para corresponderme.

—Quería esperar a ir al hospital para contártelo, pero uf, no sé, me ha salido solo —sollozó.

—No pasa nada.

Nos mantuvimos así hasta que el sentido de la vergüenza regresó al cuerpo de mi amiga. Y, entonces, Amanda se apartó, se limpió las lágrimas y me agarró la mano para seguir andando.

—No se lo hemos contado a nadie. Ni siquiera hemos decidido si vamos a esperar hasta que esté de tres meses o no..., pero bueno, a ti te lo iba a contar igualmente porque, si pasa algo malo, quiero contar con tu apoyo.

Eso me conmovió.

—Entiendo.

—En realidad, no sé por qué lloro. —Se encogió de hombros y cuando sonrió un par de lágrimas descendieron por sus mejillas—. Es cierto que no ha sido buscado, pero creo que lo vamos a tener. A ver, que no sé por qué digo «creo» si ya lo hemos hablado, pero no me felicites todavía... porque... por si acaso no quiero pensarlo.

—Vale.

Se sentó en un banco y me acomodé a su lado.

—Lucas siempre ha tenido más claro que yo el tema de la paternidad. —Volvió a encogerse de hombros y negó con la cabeza—. Y yo ahora mismo no sé qué quiero hacer con mi vida. No sé si buscar otro trabajo, si ponerme a estudiar otra cosa a estas alturas... —Su mirada se perdió en el infinito—. Tengo claro que quiero cambiar de trabajo, pero no es fácil. Y no me planteaba ser madre hasta estar en un trabajo que me hiciera feliz. Y ya sé que no es lo más importante de la vida, pero trabajar, ser madre y estudiar... no sé si podré con todo. No sé, Els... Da igual.

—No da igual.

—No quiero darle vueltas hasta que me lo confirmen en el hospital, pero no puedo dejar de pensarlo. Es la pescadilla que se muerde la cola.

Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y emitió un suspiro sonoro.

Poco había que pudiera decirle porque la entendía. Saqué un pañuelo del bolso y lo aceptó agradecida. Se lo pasó por debajo de los ojos con delicadeza y volvió a mirarme.

—Que llore no quiere decir que no quiera a esto que tengo dentro. —Volvió a tocarse la tripa con cariño—. Que a lo mejor esto es solo mi tripa de haberme atiborrado cenando, pero creo que lo quiero ya, ¿sabes? Y a su vez pienso: «Embarazada en la luna de miel, ni que estuviésemos en los años cincuenta». —Hizo una pausa y cogió aire—. ¿Soy egoísta por pensar en mi vida y en lo que quiero aparte de esto? —Se señaló la tripa otra vez.

—No —negué—. No eres egoísta. Es normal que pienses en ti y en cómo van a cambiar tu vida, tu cuerpo, tus expectativas... porque todo va a cambiar y es comprensible que te asuste. Pero decidas lo que decidas con Lucas, todo irá bien. Estáis juntos en esto. —Busqué su mano y la apreté—. Y, por favor, deja de ser tan dura contigo misma.

—Vas a pensar que soy una estúpida, pero cuando pienso que voy a engordar... —Levantó la mano y negó cuando vio que iba a interrumpirla—. Ya sé que no es lo más importante, pero justo ahora estaba consiguiendo verme bien en el espejo... Sigo en mi lucha diaria de quererme, de aceptarme y transformar mis complejos y... No sé, supongo que las cosas vienen cuando menos te las esperas.

Amanda nunca había estado contenta con su cuerpo, había tenido rachas buenas y rachas malas, y llevaba mucho tiempo dentro de una de las buenas. Era preciosa. Todos lo veíamos, pero a ella le costaba más.

—Vas a estar ideal y lo sabes. Y vas a comprarte un montón de modelitos con los que estarás adorable—. Le sonreí y ella asintió—. Sé que da igual lo que diga porque importa lo que está dentro de tu mente, pero quiero que sepas que estoy superorgullosa de cómo estás luchando día tras día contra esa imagen tan distorsionada que tienes de ti misma. Ojalá la sociedad no te hubiera metido en la cab

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