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23 de septiembre de 1863
Nueva Orleans
El ancho y turbio río lamía con pereza engañosa la base del malecón, mientras un barco fluvial cargado hasta los topes se abría camino pesadamente a través de un enjambre de buques de guerra de la Unión. A unos doscientos metros, el cuerpo principal de la flota estaba anclado en medio de la corriente, separado de la ciudad y de sus a veces hostiles habitantes. Feos cañoneros con las cubiertas casi a nivel del agua chapoteaban como cerdos entre sus hermanas más graciosas de mar abierto, las esbeltas fragatas de altos mástiles. Unas pocas permanecían con sus calderas encendidas, listas para la acción si la ocasión así lo exigía.
Una bruma pardusca flotaba sobre la ciudad, y el aire húmedo y caliente oprimía al destacamento de soldados uniformados de azul que aguardaban en el muelle la llegada del vapor. Con su pintura roja y verde, una vez nueva y brillante, ahora desconchada y desteñida, el vapor parecía una bestia soñolienta que estuviera volviéndose gris con la edad y se aproximara a ellos batiendo el agua y escupiendo humo y llamas por sus altos cuernos negros. Se acercó aún más hasta que se recostó con cautela contra el muelle bajo donde el Misisipí tocaba la ciudad portuaria. Gruesos cables saltaron como tentáculos gigantescos, y poleas y cabrestantes crujieron por encima de los gritos de los peones cuando la embarcación se detuvo en el muelle.
En los últimos momentos del viaje los pasajeros habían reunido sus pertenencias, y ahora aguardaban para desembarcar. Cada uno parecía tener una meta específica en la mente, y todos se afanaban por alcanzarla, aunque era imposible percibir un objetivo definido en la impaciente multitud. Eran los sedientos de fortuna, las aves de presa, las rameras, la hez de la sociedad que caía sobre Nueva Orleans para exprimir las riquezas de la empobrecida población y sacar lo que pudiesen a los invasores yanquis. Cuando la pasarela formó un puente hacia tierra, avanzaron todos a una para abandonar el barco en medio de rudos empujones y codazos, hasta que los contuvo una fila de soldados de la Unión. Una segunda fila se formó inmediatamente detrás de la primera, y enseguida los soldados se separaron para abrir un pasillo desde la cubierta de carga hasta la pasarela. El primer murmullo airado de protesta dejó lugar a un coro de cáusticas burlas y abucheos cuando un grupo de soldados confederados, flacos, harapientos y sucios, empezó a descender por el pasillo arrastrando los pies, única marcha que les permitían sus grilletes y cadenas.
En la mitad de la que fuera una vez la elegante escalera de la cubierta de paseo, donde había sido detenido con el resto de los pasajeros, había un muchachito. Debajo de un sombrero viejo y deformado calado hasta las orejas, un par de cautelosos ojos grises miraban desde una cara tiznada. Sus ropas, demasiado grandes, acentuaban la pequeñez de su cuerpo, y los holgados pantalones estaban ajustados alrededor de la delgada cintura con una cuerda basta. Llevaba una floja chaqueta de algodón sobre una amplia camisa y, aunque las mangas largas estaban enrolladas varias veces hacia arriba, todavía cubrían las finas muñecas. Una gran maleta de mimbre descansaba junto a sus enormes botas, cuyas puntas se doblaban hacia arriba. El rostro delgado estaba sucio con el hollín de la cubierta de pasajeros, y se advertían las primeras señales de una quemadura de sol sobre el puente de la nariz. No parecía tener más de doce años, pero su expresión reflexiva y su actitud reservada y silenciosa hacían dudar de su aparente juventud. A diferencia de los otros viajeros, se puso muy serio cuando vio descender del barco a sus paisanos derrotados.
Los prisioneros fueron recibidos en tierra por el destacamento que los aguardaba. A bordo del barco fluvial, los soldados federales formaron detrás de sus oficiales y los siguieron a tierra. Los pasajeros por fin pudieron desembarcar. El muchacho apartó su mirada de los prisioneros y tras tomar su equipaje empezó a bajar por la escalera. La maleta era demasiado grande y le golpeaba repetidamente las piernas o se enganchaba en las ropas de otros que descendían con él. Evitando las miradas fulminantes que le dirigían, se esforzaba por controlar su carga y avanzaba lo mejor que podía. Detrás de él, un hombre que llevaba del brazo a una mujer llamativamente vestida y pintada en exceso se mostró irritado por la lenta marcha del jovencito y trató de adelantarle. La pesada maleta de mimbre dio contra la balaustrada y rebotó con fuerza contra la espinilla del impaciente. El hombre soltó una palabrota y giró con un cuchillo en la mano. El muchacho, sobresaltado, se apoyó contra la balaustrada y miró con ojos desorbitados la hoja larga y afilada que lo amenazaba.
—Gauche cou rouge! —El hombre hablaba un francés un tanto descuidado, al estilo de los cajún, los nativos de Luisiana. Sus ojos, negros e impacientes, miraron despectivamente al muchachito desde un rostro atezado. Su cólera se disolvió lentamente, porque no encontró nada ni remotamente amenazador en el asustado chiquillo. Con una mueca de fastidio se irguió hasta sobrepasar apenas en media cabeza la altura del muchacho y volvió a ocultar su arma debajo de la chaqueta—. Ten cuidado con tus trastos, eh, buisson poulain.
Los grises ojos del chiquillo se encendieron ante el insulto y sus labios se apretaron hasta formar una fina línea blanca. El muchachito entendió muy bien la ofensiva referencia a sus orígenes y ansió poder devolvérsela al otro en la cara. Aferró su maleta con más fuerza y fulminó a la pareja con una mirada cargada de desdén. La condición de la mujer era obvia y, aunque el hombre vestía una chaqueta de rico brocado, la camisa estampada y el pañuelo rojo alrededor de su cuello lo delataban como un bribón, cuya presencia en la ciudad se debía generalmente a un misterioso incremento de fortuna.
Ofendida por la expresión despectiva del muchacho, la ramera entornó los ojos, aferró nuevamente el brazo de su compañero y lo apretó contra su pecho voluminoso.
—Dale un par de bofetones, Jack —pidió—. Enséñale a respetar a quienes son mejores que él.
El hombre liberó su mano exasperado y miró a la golfa con irritación.
—¡Me llamo Jacques! ¡Jacques DuBonné! ¡Recuérdalo! —dijo con vehemencia—. Algún día seré dueño de esta ciudad. Pero nada de bofetones, ma douceur. Hay quienes están mirando… —Señaló hacia arriba, donde el capitán yanqui del barco estaba apoyado sobre la barandilla del alcázar—. Y quienes recuerdan demasiado bien. Nosotros no queremos ofender a nuestros anfitriones yanquis, chère. Si el pilluelo fuese mayor, quizá me gustaría golpearlo, pero apenas ha salido del cascarón. No vale la pena que nos molestemos. No pienses más en él. Vamos.
El muchachito miró cómo bajaban a tierra, con odio evidente en su cara ennegrecida por el hollín. Para él los dos eran peores que los yanquis. Eran traidores al Sur y a todo lo que él amaba.
Sintió la mirada del capitán y levantó la vista hacia el alcázar. El canoso capitán lo miró con más compasión de la que él estaba dispuesto a aceptar de un yanqui, y por eso no recibió de él el menor gesto de gratitud. El oficial era un despreciable recordatorio de la derrota que habían sufrido los confederados en el delta. Incapaz de soportar el peso de esa mirada, levantó decidido su maleta y bajó corriendo por la escalera hasta la cubierta principal.
Un desembarcadero corría a lo largo del muelle a la altura de las bajas cubiertas de los vapores. Allí se disponía de unos pocos metros para la carga y descarga, y después el malecón subía abruptamente hasta el depósito principal. Su empinado frente de piedra ofrecía escalones para la gente y rampas para los vehículos. Mientras el muchacho arrastraba trabajosamente su equipaje hacia los peldaños más cercanos, una corta caravana de carretas federales bajó ruidosamente por una rampa adyacente. A una brusca orden de un sargento sudoroso, un puñado de soldados se apeó y se dirigió al vapor.
El jovencito miró nerviosamente a los yanquis que se aproximaban y enseguida se obligó a bajar la vista y caminar con paso lento. No obstante, a medida que ellos se acercaban, su vacilación aumentaba. Parecían ir directamente hacia él. ¿Acaso sabían…?
Se sintió aliviado al ver que el primer soldado pasaba de largo y subía por la pasarela, seguido de sus camaradas. Volviéndose furtivamente observó que los hombres tomaban unos pesados cajones estibados sobre cubierta y los llevaban a las carretas. Es mejor alejarse lo antes posible de estos yanquis, pensó.
Al llegar al nivel superior reparó en una enorme pila de barriles. Se situó detrás de ellos para que no lo vieran desde el barco y caminó deprisa hacia la protección de los depósitos. Negras cicatrices marcaban el muelle empedrado. Depósitos manchados por el fuego, algunos de los cuales exhibían la madera nueva de reparaciones recientes, eran un duro recordatorio de los millares de balas de algodón y toneles de melaza que habían sido incendiados por los ciudadanos de Nueva Orleans, en un esfuerzo por evitar que cayeran en manos de los invasores azules. Más de un año había pasado desde que la ciudad fluvial se sometió a la flota de Farragut, lo que no constituía un pensamiento agradable para el muchacho, que ahora debía vivir en medio del enemigo.
Una carcajada aguda atrajo su atención hacia el carruaje de alquiler al que Jacques DuBonné estaba ayudando a subir a su rolliza compañera. Cuando el coche partió raudamente, alejándose del área de los muelles, experimentó una intensa envidia. No tenía dinero para pagar un vehículo, y había una buena distancia hasta la casa de su tío; además, sin duda encontraría más yanquis en el camino.
La opresiva presencia del azul yanqui estaba en todas partes. No visitaba Nueva Orleans desde la rendición y se sentía un forastero. El incesante movimiento de los muelles excedía a todo lo anterior. Los soldados llevaban provisiones a los barcos o los depósitos. Abundaban las cuadrillas de peones negros, que sudaban copiosamente mientras trabajaban bajo el calor sofocante. Una grosera maldición hizo que el muchachito se apartara hacia un lado de un salto, y observó cómo pasaban por el muelle empedrado seis enormes caballos con los flancos blancos de espuma tirando de un gran carretón cargado de barriles de pólvora. El carretero juró otra vez y restalló su látigo sobre los anchos lomos de los percherones. Los pesados cascos arrancaron chispas de las piedras cuando las bestias redoblaron sus esfuerzos.
Con intención de apartarse del camino de los carros, retrocedió distraído y se encontró entre un grupo de soldados de la Unión dedicados a holgazanear. Su presencia fue advertida y una voz de borracho exclamó:
—¡Eh, mirad! Un mocoso del campo llegado a la ciudad.
El joven sureño se volvió y miró, con curiosidad y odio a la vez, al cuarteto de uniformados. El que había hablado pasó una botella vacía a su compañero y se plantó, con las piernas abiertas y los pulgares enganchados en el cinturón, ante el flaco muchacho, que lo miró con recelo.
—¿Qué estás haciendo aquí, mocoso? —preguntó con burlona arrogancia—. ¿Vienes a mirar a los yanquis grandes y malos?
—N… no, señor —tartamudeó, nervioso, el muchacho. Inseguro y espantado ante esta confrontación inesperada, miró inquieto a los otros. Estaban borrachos. Sus uniformes ofrecían un estado lamentable, y parecían estar buscando algo que los sacase del aburrimiento. El muchacho pensó que debía tener mucho cuidado.
—Tengo que encontrarme con mi tío. Debería estar aquí… —mintió mientras miraba alrededor como si estuviera buscando a su pariente.
—¡En! —El soldado yanqui sonrió mirando por encima del hombro—. El chico tiene un tío por aquí. ¡Eh, muchacho! —Clavó un dedo en el hombro del otro y señaló un tiro de mulas cercano—. ¿Crees que uno de esos animales podría ser su tío?
El chiquillo bajó el ala de su sombrero y se encrespó bajo las ruidosas carcajadas de los cuatro soldados.
—Discúlpeme, señor —murmuró, decidido a no seguir siendo el blanco de las bromas de esos yanquis ebrios, y empezó a alejarse.
Al instante el sombrero le fue arrebatado de la cabeza, donde quedó al descubierto una mata de pelo castaño rojizo cortado de forma muy irregular. El muchacho se llevó las manos a la cabeza para ocultar el corte, al tiempo que abría la boca para expresar su cólera. Por alguna razón, pareció pensarlo mejor y apretó con fuerza la mandíbula. Furioso, trató de recuperar el sombrero sólo para ver cómo era arrojado al aire.
—¡Vaya, hombre! —exclamó el soldado—. ¡Esto sí es un sombrero!
Otro lo atrapó y empezó a inspeccionarlo con atención.
—Eh, creo que río arriba he visto una mula con un sombrero mejor que éste. Quizá sea su primo.
Cuando el muchacho trataba de cogerlo, el sombrero voló otra vez por el aire. El jovencito se enfureció aún más, apretó sus pequeños puños y en una mueca de rabia descubrió sus blancos dientes.
—¡Tú, salvaje patas azules! —exclamó con voz aguda—. ¡Devuélvemelo!
El primer soldado agarró el sombrero y, con fuertes risotadas, se sentó sobre la maleta de mimbre, cuyos frágiles costados se arquearon amenazando con estallar. Las carcajadas se convirtieron en gritos de dolor y furia cuando una bota bien dirigida dio contra su espinilla y otra contra su rodilla. Lanzó un rugido, se puso en pie y aferró de los hombros al delgado muchachito.
—¡Escúchame bien, mocoso del demonio! —exclamó sacudiéndolo y acercándose a él hasta casi ahogarlo con su aliento cargado de whisky—. Voy a darte…
—¡Atención!
Inmediatamente el muchacho sintió que lo soltaban y estuvo a punto de tropezar con la maleta. Vio el sombrero en el suelo y corrió a recogerlo, se lo puso y se volvió con los puños listos para presentar batalla. Quedó boquiabierto al ver a los cuatro soldados de pie y rígidos como palos. La botella de whisky se rompió contra el empedrado, y el silencio que siguió fue ominoso. Una alta figura se adelantó, resplandeciente en su uniforme azul con botones de bronce, brillantes trencillas doradas en las mangas y charretas de oro con insignias de capitán en los anchos hombros. Una faja roja y blanca ceñía la delgada cintura debajo de un cinturón ancho de cuero negro, y un sombrero de ala ancha caía sobre su frente. Cuando el hombre avanzó, las tiras amarillas de los lados de sus pantalones relampaguearon contra el fondo de tela azul.
—¡Soldados! —ladró con tono cortante—. Estoy seguro de que el sargento de guardia puede encontrar tareas más dignas de su atención que maltratar a los niños de esta ciudad. ¡Preséntense de inmediato en su cuartel! —Los miró con severidad mientras éstos se esforzaban por mantenerse en posición de firmes—. ¡Muévanse!
El oficial observó la precipitada partida de los cuatro antes de volverse hacia el muchacho, quien se encontró ante un par de brillantes ojos azules que lo miraron desde una cara dorada por el sol. Largas patillas de un castaño claro, cuidadosamente recortadas, acentuaban la línea de los pómulos y la mandíbula, fuerte y angulosa. La nariz era fina, ligeramente aguileña, y debajo de ella la boca, de labios carnosos, no sonreía. Irradiaba de él un aire de soldado profesional, una cualidad que se manifestaba en sus modales precisos, en su apariencia pulcra y aseada, y en el semblante más bien austero. La apostura de sus facciones sugería una buena crianza, propia de un principesco jefe de estado, y sus ojos, bordeados de pestañas oscuras, parecían llegar hasta los secretos más íntimos del muchacho y lo hacían estremecer de miedo.
Gradualmente la severa expresión del capitán se suavizó mientras miraba al andrajoso pilluelo. Una sonrisa le curvó los labios, pero enseguida la hizo desaparecer.
—Lo siento, muchacho. Estos hombres están muy lejos de sus hogares. Me temo que sus modales dejan tanto que desear como su juicio.
El jovencito estaba abrumado por la presencia de un oficial federal y no supo qué decir. Desvió la vista cuando el hombre, después de reparar en sus botas demasiado grandes, le miró a la cara.
—Y tú, muchacho, ¿esperas a alguien? —preguntó el capitán—. ¿O te has escapado de casa?
El chico se inquietó bajo la atenta inspección del otro, pero permaneció mudo, mirando a lo lejos. Su indumentaria y sus botas con las puntas hacia arriba sugerían una notable falta de dinero e indujeron al oficial a sacar sus propias conclusiones.
—Si buscas trabajo, podríamos aceptarte como ayudante en el hospital.
El muchacho se limpió la nariz con una magna sucia y observó desdeñosamente el uniforme azul.
—No me interesa trabajar para los yanquis.
El oficial sonrió.
—No te pedimos que mates a nadie.
Los translúcidos ojos grises se entornaron con odio.
—Yo no soy lacayo de nadie para limpiar las botas de ningún yanqui. Consígase a otro, señor.
—Como quieras. —El hombre sacó un largo cigarro y se tomó su tiempo para encenderlo antes de continuar—. Pero me pregunto si todo ese orgullo tuyo sirve para llenarte la barriga.
El jovencito bajó la vista, demasiado consciente de los dolorosos calambres de su estómago para negar las palabras del oficial.
—¿Cuándo fue la última vez que comiste? —preguntó el capitán.
La respuesta del chico siguió a una larga mirada penetrante.
—No creo que sea asunto suyo, piernas azules.
—¿Tus padres saben dónde te encuentras? —El hombre observó pensativo al jovencito.
—Se revolverían en sus tumbas si lo supieran.
—Entiendo —dijo el oficial. Miró alrededor hasta localizar un pequeño establecimiento de comidas cerca del muelle, y después se volvió de nuevo hacia el muchacho—. Me disponía a comer algo. ¿Quieres acompañarme?
El muchacho miró con frialdad al alto capitán.
—No necesito limosnas.
El yanqui se encogió de hombros.
—Considéralo un préstamo, si lo prefieres. Podrás devolvérmelo cuando mejore tu fortuna.
—Mi madre me enseñó a no ir con desconocidos ni con yanquis.
El oficial soltó una risita divertida.
—No puedo negar lo último, pero por lo menos puedo presentarme. Soy el capitán Cole Latimer, destinado como cirujano en el hospital.
Los claros ojos grises del chiquillo revelaron una gran desconfianza cuando miraron al oficial.
—Nunca he visto cirujanos de menos de cincuenta años, señor. Creo que usted miente.
—Te aseguro que soy médico. Y en cuanto a mi edad, probablemente tengo más que la suficiente para ser tu padre.
—¡Bueno, por supuesto que usted no es mi padre! —exclamó airado el jovencito—. ¡Un maldito carnicero yanqui!
El capitán acercó a su cara un dedo largo y delgado y casi tocó la punta de la pequeña y arrogante nariz.
—Escucha bien, muchacho, aquí hay algunas personas que no recibirían muy bien tu elección de calificativos. Ten la seguridad de que usarían medios más severos para obligarte a moderar tu lengua. Yo te he sacado de un apuro, pero no tengo intención de hacer de niñera de ningún mocosito de mal carácter. De modo que vigila tus modales.
Las sucias mejillas se encendieron de irritación.
—Sé cuidar de mí mismo.
El capitán Latimer resopló con incredulidad.
—Por el aspecto que tienes se diría que necesitas de alguien que te vigile. A propósito, ¿cuándo te bañaste por última vez?
—¡Usted es el barriga azul más entrometido que he visto jamás!
—Chiquillo terco y grosero —murmuró Cole Latimer—. Coge tu maleta y ven conmigo. —El muchachito miró sorprendido cómo se dirigía resueltamente al establecimiento de comidas que había visto antes. El capitán siguió avanzando y sin volverse ordenó—: ¡Date prisa, muchacho! No te quedes ahí con la boca abierta.
El pequeño se caló el sombrero y siguió al oficial portando su pesada maleta. Al llegar a la entrada del edificio de madera Cole Latimer se detuvo. El joven lo seguía de cerca y se paró abruptamente cuando los inquisitivos ojos azules le miraron.
—¿Tienes un nombre?
El muchacho se removió inquieto y miró alrededor.
—Tienes un nombre, ¿verdad? —repitió Cole Latimer con un asomo de sarcasmo.
El niño asintió con la cabeza de mala gana.
—Hummm… ¡Al! Al, señor —respondió.
El capitán arrojó su cigarro y miró al chiquillo atentamente.
—¿Le pasa algo a tu lengua?
—N… no, señor —tartamudeó Al.
Cole miró con escepticismo el maltratado sombrero y procedió a abrir la puerta.
—Recuerda tus modales, Al, y encuentra para esa cosa otro lugar que no sea tu cabeza.
El muchacho hizo un tímido intento de sonreír, clavó la vista en la espalda del yanqui y lo siguió. La fornida matrona que regentaba el establecimiento dejó de cortar verduras para observar cómo los dos cruzaban el salón y se instalaban en una mesa pequeña junto a una ventana. Su rostro no reveló emoción alguna al ver el pulcro uniforme del yanqui y las ropas demasiado grandes del chiquillo, pero cuando reanudó su tarea su ceño se ensombreció.
Imitando de mala gana los modales del capitán Latimer, Al se quitó el sombrero y lo puso sobre una silla. Cole miró con incredulidad la mata de cabello de color caoba irregularmente cortado.
—¿Quién te ha cortado así el pelo, muchacho? —preguntó.
No vio el temblor del labio superior del jovencito cuando éste respondió con voz ahogada:
—Fui yo.
Cole rió.
—Tu talento debe de estar en otra parte.
La flaca carita se volvió hacia la ventana mientras los ojos grises se llenaban de lágrimas. Sin notar la desazón del muchacho, Cole llamó a la mujer, que se acercó a la mesa y esperó con los brazos en jarras.
—Hoy tenemos camarones —dijo la mujer arrastrando las palabras—. Guisados o a la criolla. Para beber hay cerveza o café, o leche de vaca. ¿Qué prefiere usted, señor? —preguntó la mujer, acentuando la última palabra.
Cole hizo caso omiso de su tono satírico; ya se había acostumbrado al desdén que demostraban los sureños hacia cualquier soldado de uniforme azul. Había llegado a Nueva Orleans cuando el general Butler gobernaba la ciudad, y la animosidad era peor entonces. El general había tratado de gobernar como si estuviera en una guarnición militar, emitiendo órdenes y decretos que se suponía resolverían cualquier situación. Incapaz de comprender o dominar el terco orgullo de la ciudadanía, fracasó lamentablemente. Lo cierto era que la ciudad se encontraba en un estado cercano a la revuelta cuando lo enviaron a otro destino. Sin embargo, había sido igualmente severo con sus propias tropas y hasta hizo colgar a unos pocos que fueron sorprendidos robando a los civiles. Nueva Orleans no era una ciudad fácil de gobernar y menos aún para los de voluntad débil. Butler se hizo muy impopular debido a la dureza de sus medidas, pero los sureños hubieran odiado a cualquier yanqui que ocupara el cargo del general.
—Yo quiero camarones y cerveza fría —decidió Cole—. Y para él, cualquier cosa que desee con excepción de la cerveza.
Cuando la mujer se marchó, el capitán estudió nuevamente a su joven compañero.
—Nueva Orleans no parece un destino adecuado para un muchacho que odia a los yanquis tanto como tú. ¿Tienes parientes aquí o alguien con quien vivir?
—Tengo un tío.
—Eso es un alivio. Temí que tendría que dejarte compartir mi alojamiento.
Al se atragantó y tuvo que toser para aclararse la garganta.
—No dormiré con ningún yanqui, téngalo por seguro.
El capitán suspiró con impaciencia y volvió al tema del trabajo.
—Supongo que necesitas ganar algo para mantenerte, pero la mayoría de los civiles se encuentran en muy mala situación. El ejército de la Unión es prácticamente la única fuente de ingresos que podría darte un empleo, y el hospital me parece una buena elección para alguien como tú. A menos, por supuesto, que desees unirte a las cuadrillas de limpieza y prefieras barrer las calles.
Al apenas pudo controlar su ira.
—¿Sabes escribir y hacer cuentas? —añadió el oficial.
—Un poco.
—¿Eso qué quiere decir? ¿Sabes escribir tu nombre o puedes hacer algo más?
El muchacho miró al oficial con creciente exasperación, y su voz sonó inexpresiva cuando respondió:
—Más, si tengo que hacerlo.
—En el hospital había unos negros que se encargaban de la limpieza, pero se han incorporado al ejército —comentó Cole—. No contamos con una sección de inválidos, pues los heridos en condiciones de moverse son devueltos a sus unidades o enviados a sus hogares para que se recuperen.
—¡Yo no pienso ayudar a curar a ningún yanqui! —protestó enérgicamente el muchacho. Las lágrimas hicieron brillar sus ojos cuando añadió—: Ustedes han matado a mi padre y mi hermano, y llevaron a mi madre a la tumba con sus robos infernales.
Cole sintió una punzada de lástima.
—Lo siento, Al. Mi tarea consiste en salvar vidas y curar a los hombres, lleven el uniforme que lleven.
—Ja. Todavía no he visto a un yanqui que no prefiera atravesar nuestras tierras saqueando e incendiando…
—¿De dónde eres tú para haberte formado tan alta opinión de nosotros? —interrumpió el capitán.
—De río arriba.
—¿Río arriba? —preguntó el capitán con sarcasmo—. No de Chancellorsville o de Gettysburg, supongo. Has oído mencionar esos lugares, ¿verdad? —Pese a que el muchacho apretó la mandíbula y bajó la vista, no atenuó su tono burlón—. Vaya, de tu respuesta podría inferir que eres un maldito azul como yo y has visto algunos soldados confederados asolar nuestras tierras. ¿A qué distancia de río arriba? ¿Baton Rouge? ¿Vicksburg? ¿Quizá Minnesota?
Los ojos grises lanzaron chispas cuando miraron al oficial.
—¡Sólo un asno vendría de Minnesota!
Un dedo amonestador apareció debajo de la nariz del muchacho.
—¿No te advertí que cuidaras tus modales?
—Mis modales son correctos, yanqui. —El chico apartó la mano del oficial—. Son los suyos los que me enfurecen. ¿Nunca le han dicho que no son buenos?
—Ten cuidado —advirtió el oficial, casi con gentileza—. O te bajaré los pantalones y te dejaré el trasero ardiendo.
Con una exclamación Al se levantó de la silla y se puso a la defensiva. Un brillo feroz apareció en las transparentes profundidades de sus ojos. Tomó el sombrero y volvió a ponérselo sobre su pelo mal cortado.
—Póngame la mano encima, yanqui —dijo con voz grave y áspera—, y tendrá que atenerse a las consecuencias. No aceptaré amenazas de un maldito piernas azules…
Cole Latimer se puso en pie y con expresión severa se inclinó hasta que sus ojos azules quedaron a pocos centímetros de los del muchacho. Sin embargo, cuando habló su voz sonó suave y serena.
—¿Me desafías, muchacho? —Antes de que Al pudiera hablar, le arrancó el sombrero de la cabeza y lo depositó sobre la mesa. Los ojos grises se dilataron de ira. Sin cambiar de tono Cole agregó—: Siéntate. Cierra la boca o te daré una azotaina ahora mismo.
El muchacho tragó con dificultad y no encontró dentro de sí cólera suficiente para revivir su claudicante coraje. Se sentó y observó al yanqui con mucho más respeto.
Cole volvió a tomar asiento y, sin dejar de mirarlo, comentó:
—Nunca he maltratado a los niños ni a las mujeres. —El muchacho siguió con la vista fija en el capitán, sin alterar su postura rígida—. Pero si sigues tentándome podría cambiar mi manera de ser.
Súbitamente inseguro, Al adoptó sus mejores modales. Bajó la vista ante la mirada del hombre, cruzó las manos sobre su regazo y permaneció en dócil silencio.
—Así está mejor. —Cole asintió con aprobación—. Ahora dime, ¿en qué lugar río arriba?
—Unos pocos kilómetros al norte de Baton Rouge —respondió el chico con voz apenas audible.
El capitán Latimer esbozó una sonrisa mientras el muchacho seguía evitando mirarlo a los ojos.
—Espero que en el futuro revisarás tu opinión sobre mí, Al. —Éste levantó la vista y pareció algo desconcertado, hasta que el oficial explicó—: Mi casa está más lejos río arriba… Minnesota.
El rostro del joven reveló a la vez perplejidad y confusión. Por fortuna en ese momento la corpulenta matrona regresó a la mesa portando en equilibrio sobre su mano una enorme bandeja. Con una total ausencia de aparato depositó dos grandes y humeantes tazones de camarones guisados, un plato de bizcochos calientes y otro de barbo empanado. La mujer apenas se había alejado de la mesa cuando el muchacho empezó a masticar un trozo de pescado y a llevarse a la boca cucharadas del sustancioso guiso. Cole le observó divertido hasta que el famélico jovencito se dio cuenta de ello. Súbitamente avergonzado, dejó el pescado y redujo la velocidad de la cuchara. El capitán Latimer rió para sus adentros y concentró su atención en la deliciosa comida.
Aunque al principio el muchacho comió con avidez, pareció satisfacer rápidamente su apetito y pronto empezó a demorarse con el resto de la comida, mientras Cole tomaba sus porciones con lentitud, saboreando cada bocado. Cuando terminó de comer, el capitán se echó hacia atrás y se limpió la boca con la servilleta.
—¿Sabes dónde vive tu tío?
Al asintió con la cabeza, y Cole se levantó, arrojó varios billetes sobre la mesa, recogió su sombrero e hizo al muchacho una seña para que lo siguiera.
—Ven. Si mi caballo está todavía fuera, te llevaré hasta la casa de tu tío.
El jovencito tomó enseguida su maleta y corrió hacia la puerta tras el oficial. No podía rechazar el ofrecimiento, pues cabalgar era infinitamente mejor que caminar. Luchando con la maleta y con el peso de las enormes botas, siguió de cerca a su guardián. La insólita pareja formada por el sucio pilluelo y el oficial impecablemente vestido se dirigió hacia un alto roano de largas patas atado a la sombra. Cole tomó las riendas y se volvió para mirar al flaco muchacho y su carga.
—¿Crees que podrás cabalgar detrás de mí y sostener tu equipaje?
—Sí. —Al se tambaleó un poco—. Cabalgo desde que era pequeño.
—Entonces, monta. Yo te alcanzaré la maleta.
Cole sujetó al animal mientras el muchacho intentaba poner el pie en el alto estribo. Sin embargo, una vez que lo logró, no pudo pasar la otra pierna sobre la silla.
—Desde pequeño, ¿eh?
Con un sobresalto de sorpresa Al sintió que una mano fuerte se posaba en sus nalgas y lo empujaba hacia arriba. Abrió los ojos de par en par, y algo de desazón se translució en su cara cuando quedó acomodado sobre el lomo del animal. Furioso, se volvió para insultar al yanqui, pero éste ya estaba levantando la maleta. La depositó delante del joven con un comentario:
—Diría que has tenido hasta ahora una vida fácil, Al. Eres blando como una mujer.
Sin más, el capitán tomó las riendas y saltó a lomos del caballo. Colocaron las cosas y después se volvió a medias para preguntar:
—¿Todo listo?
—Sí.
Cole hizo que el animal avanzara en dirección opuesta a los muelles. El roano, magnífico y bien entrenado, no estaba acostumbrado a la carga adicional, pese a que era ligera. El jovencito era orgulloso, pero tenía que luchar con la gran maleta que tenía entre sus brazos, las ancas resbaladizas del animal y su renuencia a tocar al capitán. Sus esfuerzos inquietaron aún más al caballo. Al final Cole perdió la paciencia y dijo secamente:
—Al, acomoda de una buena vez tu trasero y quédate quieto, o ambos terminaremos en el suelo. —Se volvió, tomó la mano pequeña del muchacho en la suya y la apretó firmemente contra su costado—. Así, sujétate de mi chaqueta. Ahora agárrate con ambas manos y quédate quieto.
Con recelo, el muchacho se aferró a la chaqueta. El caballo se tranquilizó un poco y la marcha se hizo más fácil. La maleta de mimbre quedó entre ellos, sostenida por los brazos de Al. Éste se sentía contento. Por lo menos, no tenía que rozarse contra esa odiada chaqueta azul.
2
La ciudad estaba relativamente intacta después de la batalla. Junto al río eran visibles sus cicatrices, pero cuando se alejaron de los muelles los viajeros observaron que la vida parecía desarrollarse como antes, pese a la presencia de soldados de la Unión. Tiendas y casas estrechas adornadas con balcones de hierro forjado se apoyaban unas contra otras. Detrás de exquisitas verjas de hierro se veían jardines bien cuidados, y crecían árboles en los lugares más insólitos. Cuando siguiendo las indicaciones del muchacho se alejaron del Vieux Carré, las avenidas se hicieron más anchas y aparecieron pequeños prados de césped. La intensa fragancia de las magnolias se mezclaba con la de la gardenia y el mirto oloroso. Más adelante los prados se volvieron más espaciosos y grandes mansiones extendían sus porches bajo imponentes robles festoneados de musgo.
Cole miró por encima del hombro y habló con tono dubitativo.
—¿Estás seguro de que sabes adónde vamos, Al? Aquí es donde viven los ricos.
—Así es. La poca riqueza que dejaron ustedes, los yanquis. —El muchacho se encogió de hombros y señaló con la mano—. He estado aquí antes. Es un poco más adelante. Por allá.
Minutos después indicó un camino que atravesaba una alta cerca, detrás de la cual se alzaba una casa de ladrillo de proporciones considerables. Unas arcadas daban sombra a la galería de la planta baja, y cerca de un extremo del pórtico una escalera curva de hierro forjado llevaba a una balconada como de filigrana que se extendía por la fachada de la mansión. Robles enormes protegían el edificio del ardiente sol, y debajo de sus ramas se veía la cochera para carruajes más allá de la intrincada puerta de hierro que daba acceso a la propiedad.
Cole sintió la creciente ansiedad del muchacho cuando dirigió su caballo por el sendero de adoquines. Detuvo al animal ante la amplia galería, se apeó y ató las riendas en la anilla de hierro del poste que allí había. Después se volvió para tomar la maleta y depositarla en el suelo. Entretanto Al saltó a tierra y casi voló hasta la puerta principal para tirar vigorosamente la cadena de la campanilla. Como si fuera un mero sirviente, el capitán llevó la maleta hasta la puerta.
Al lanzó una mirada aprensiva hacia atrás cuando Cole se acercó y tiró otra vez de la cadena de la campanilla. Del interior llegó el sonido de pasos y poco después una mujer muy joven, un poco más alta que el muchachito, abrió la puerta y los miró con perplejidad. Cole se quitó el sombrero y se lo colocó bajo el brazo. La presencia de un oficial yanqui en la galería era desconcertante, pero no tanto como la expresión implorante que la joven vio en la cara del muchachito.
—Señora. —Cole no vio en el hermoso rostro de la joven ninguna muestra de que reconociera al chiquillo y empezó a dudar de la credibilidad de éste—. Este muchacho dice que la conoce. ¿Es verdad?
La mujer miró atónita a Al y pareció repugnarle lo que vio. Arrugó la nariz de disgusto.
—Líbreme Dios. Yo seguramente no esperaría… —De pronto exclamó—: ¡Al… Al…! —Miró nerviosa al capitán y enseguida se volvió de nuevo hacia el muchachito—. ¿Al? —repitió tímidamente, y se sintió alentada por la sonrisa de alivio del chico—. ¡Dios santo, Al, eres tú! No te… esperábamos. ¡Santo cielo! Mamá se sorprenderá. ¡Se quedará atónita cuando te vea!
La beldad de pelo negro miró otra vez a Cole y le dedicó una sonrisa seductora.
—Espero que Al no haya hecho nada demasiado terrible, coronel. Mamá siempre decía que era muy independiente. Vaya, nunca se sabe qué se le ocurrirá hacer.
—Capitán, señora —corrigió cortésmente Cole—. Capitán Cole Latimer.
El muchacho señaló con el pulgar hacia atrás y explicó malhumorado:
—El doctor me ha traído a caballo desde el barco.
Los ojos de la joven revelaron asombro cuando se fijó en el roano atado al poste.
—Santo Dios, no querrás decir que habéis cabalgado juntos…
Al tosió ruidosamente y se volvió hacia el yanqui.
—Ésta es mi prima Roberta. Roberta Craighugh.
Cole, que ya había observado su pelo negro y sus ojos oscuros, el vestido veraniego de muselina color melocotón y de atrevido escote que dejaba adivinar un pecho generoso, unió los talones y se inclinó a la galante manera de un caballero.
—Me siento honrado de conocerla, señorita Craighugh.
La madre de Roberta era francesa, y esa sangre apasionada se encendió bajo la varonil inspección del apuesto oficial yanqui. La guerra había eliminado muchos placeres de su vida, y ahora que se acercaba a los veintidós años Roberta estaba convencida de que, sin compañía masculina, una joven no podía llegar a nada. Le parecía que hacía siglos desde que recibiera a su último visitante varón y se sentía desesperada por su aburrida existencia. Sin embargo su espíritu revivió de inmediato ante la perspectiva de otra conquista. Lo que hacía todo más interesante era que él estaba en las filas de los odiados yanquis.
—No puedo decir que haya recibido a muchos oficiales norteños, capitán —declaró alegremente—. He oído historias inquietantes sobre ustedes. Sin embargo —añadió mordiéndose con expresión pensativa la punta de un dedo—, usted no parece pertenecer a la clase de hombres que recorren los campos asustando a pobres mujeres indefensas.
Cole esbozó una atrevida sonrisa mientras decía:
—Trato con todas mis fuerzas de no hacerlo, señorita.
Roberta se ruborizó por la excitación y sus pensamientos se desbocaron. El capitán parecía mucho más varonil y aplomado que esos jóvenes tontos que la habían acosado con proposiciones antes de marcharse a luchar por la Confederación. No le había costado nada ganarse su admiración, pero este yanqui parecía una presa más interesante y difícil.
Como si de pronto recordara a su primo, Roberta lo miró.
—Al, ¿por qué no entras? Dulcie estará encantada de verte, estoy segura.
Sin demasiadas ganas de obedecer, Al miró preocupado a su prima y al yanqui. De visitas anteriores conocía esa expresión de Roberta y supo que se avecinaban problemas para él, y quizá también para el capitán. Que un enemigo cortejara a su prima era como mirar por el extremo equivocado de un rifle. Él no quería encontrarse en ese extremo cuando el arma se disparara.
Se limpió una mano en los pantalones y la tendió hacia el hombre.
—Gracias por haberme traído, capitán. Creo que no tendrá dificultad en encontrar el camino de regreso. —Señaló con la cabeza hacia el sol, que brillaba entre los árboles—. Sin embargo, parece que se avecina lluvia. Creo que sería mejor que se marchara antes que…
—Tonterías, Al —interrumpió Roberta—. Lo menos que podemos hacer es retribuir de algún modo a este caballero la amabilidad que ha tenido contigo. Estoy segura de que aceptará un refrigerio después de esa larga cabalgata. —Sonrió cálidamente a Cole—. ¿No quiere pasar, capitán? Dentro se está más fresco. —Sin prestar atención a la desazón de su primo, abrió la puerta de par en par y añadió con gentileza—: Por aquí, capitán.
Al los miró fijamente, con los dientes apretados de ira, cuando entraron en la casa. Levantó la pesada maleta y cruzó la puerta, pero en el proceso se golpeó en el codo y musitó varias palabras que el capitán no habría aprobado de haberlas oído. Por fortuna toda la atención del oficial estaba concentrada en Roberta, quien lo hizo pasar al salón, escasamente amueblado.
—Debe disculpar la apariencia de esta habitación, capitán. Antes de la guerra era mucho más elegante. —Extendió con coquetería sus amplias faldas ante la silla donde Cole había tomado asiento y se sentó como una gran dama en el borde de un sofá de seda descolorida—. A mi padre le quedó sólo una pequeña tienda para mantenernos, después de haber poseído tanto. Y pocos pueden permitirse los precios exorbitantes que él se ve obligado a cobrar. Imagínese, tener que pagar un dólar por una pastilla de jabón, y a mí, que tanto me gustan los perfumes franceses… Ni siquiera puedo soportar la vista de esas pastillas de jabón ordinario que hace Dulcie.
—La guerra parece habernos afectado a todos, señorita —comentó Cole con cierta ironía.
—La guerra no era tan dura de soportar hasta que ese detestable general Butler cayó sobre nosotros. Discúlpeme por ser tan franca, capitán, pero yo odiaba a ese hombre.
—Lo odiaba la mayoría de los sureños, señorita Craighugh.
—Sí, pero pocos tuvieron que soportar lo que nos tocó a nosotros. Los depósitos de mi padre fueron confiscados por ese desalmado. Incluso confiscó nuestros muebles y objetos de valor porque papá no firmó ese miserable juramento de lealtad. Estuvieron a punto de arrebatarnos esta misma casa, figúrese usted, pero papá cedió… sólo para ponernos a salvo a mamá y a mí. Después sufrimos una espantosa afrenta cuando Butler dio órdenes de que las mujeres de la ciudad fueran tratadas con menos cortesía por sus hombres. No puedo imaginarme a un caballero como usted, señor, obedeciendo esas órdenes.
Cole conocía de memoria la Orden General 28. Butler la impartió para proteger a sus hombres de los insultos de las mujeres de Nueva Orleans, pero el resultado fue contraproducente y sólo sirvió para que los sureños se ganaran más simpatías.
—Y yo, señorita Craighugh, no puedo imaginármela a usted merecedora de ese tratamiento.
—Debo confesar que apenas salía de casa por temor a que me ultrajaran. Me sentí muy aliviada cuando el ejército de la Unión decidió reemplazar al general Butler, y ahora tienen como jefe a ese buen general. He oído que Banks ofrece los bailes más elegantes y es mucho más cordial. ¿Ha estado usted en alguno de esos bailes, capitán?
—Me temo que estoy demasiado ocupado en el hospital, señorita Craighugh. Es raro que tenga un día libre, pero hoy he sido muy afortunado. Después de la inspección general del hospital realizada esta mañana pude tomarme toda la tarde. Y desde este momento me considero un hombre de suerte.
Al, que presenciaba la charla de Roberta y el capitán, trataba de atraer la mirada de su prima al tiempo que intentaba permanecer fuera del campo de visión del visitante. Por fin comprendió que su prima se encontraba absorta en su conversación con el oficial y se negaba a dejarse interrumpir. Para obligarla a recordar sus modales, dejó caer la maleta sobre el suelo de mármol con un fuerte ruido.
Roberta se sobresaltó.
—¡Oh, Al! Debes de estar hambriento, criatura, y todavía falta mucho para la cena. Ve y di a Dulcie que te dé algo de comer. —Sonrió a Cole—. ¡Santo cielo!, hace tanto que no recibimos a nadie que casi he olvidado mi buena educación. Capitán Latimer, ¿se quedará a cenar con nosotros? Dulcie es la mejor cocinera de Nueva Orleans.
Al puso los ojos en blanco. ¿Cómo podía Roberta hacer semejante cosa?
Sorprendido por la invitación, Cole no respondió de inmediato. Habitualmente sólo las mujeres de la calle se rebajaban a alternar con el enemigo, y ni siquiera ellas se mostraban siempre muy cordiales. Aunque le había supuesto largos meses de celibato, no se había sentido inclinado a entablar amistad con alguna bonita simpatizante de la Confederación capaz de blandir un puñal y asesinarlo. Tampoco se sentía tentado de meterse en la cama con las que habían demostrado ser inofensivas después de haber yacido con incontables miembros de las filas de la Unión. No le faltaban deseos de seguir disfrutando de la compañía de esta hermosa joven, pero había cosas que considerar. El padre de Roberta, por ejemplo. No tenía ningún interés en verse en la situación de tener que casarse a la fuerza.
—No aceptaré que decline mi invitación, capitán —agregó Roberta con un coqueto mohín, segura de que no lo haría. Después de todo nunca le habían rechazado ninguna—. Sospecho que le han mostrado muy poca hospitalidad aquí, en Nueva Orleans.
—No sería de esperar en las presentes circunstancias —observó Cole con una sonrisa.
—Bueno, entonces está arreglado —repuso la joven con alegría—. Debe quedarse. Después de todo ha traído a Al a casa y estamos en deuda por su amabilidad.
Incapaz de atraer la atención de Roberta, Al soltó un leve resoplido y salió del salón. Las botas demasiado grandes sonaron ruidosamente, como un toque de difuntos, en las estancias medio vacías, de modo que empezó a caminar con menos energía. La casa había perdido casi todo rastro de su pasado esplendor, y resultaba doloroso contemplar las paredes desnudas y los ganchos de los que antes colgaban valiosas pinturas. También faltaba el habitual trajinar de sirvientes. Al dedujo que, con la excepción de la familia de Dulcie, todos los esclavos se habían marchado.
Abrió la puerta de la cocina, donde encontró a la negra ocupada preparando la cena. Dulcie era una mujer huesuda, robusta pero no gorda, y una cabeza más alta que el delgado muchachito. Dejó a un lado la zanahoria que estaba pelando y se enjugó la frente con el dorso de la mano. Por el rabillo del ojo vio al sucio chiquillo y arrugó la frente.
—¿Qué haces aquí, muchacho? —preguntó con recelo. Se puso de pie y se limpió las manos en el amplio delantal blanco—. Si quieres algo de comer, debes entrar por la puerta trasera. No puedes entrar en la casa del amo Angus como un arrogante señor yanqui.
Temiendo que la voz de Dulcie llegara hasta el salón, Al trató de hacerla callar y señaló hacia la parte delantera de la casa. Al ver el desconcierto en la cara de la negra, se acercó y le puso una mano en el brazo.
—Dulcie, soy yo, Al…
—¡Law-w-w-sy! —Su voz pareció resonar en toda la mansión antes de apagarse abruptamente cuando el muchachito le tapó la boca con una mano.
En el salón, Roberta miró preocupada en dirección a la cocina antes de afrontar la mirada inquisitiva de Cole. Tímidamente murmuró detrás de su abanico:
—Al siempre fue el preferido de Dulcie.
Para evitar preguntas, inició una burbujeante conversación. Ya había decidido que el color del uniforme del oficial era irrelevante. Él era un hombre, completa y totalmente. Se notaba en su forma de caminar y hablar, en sus gestos. El timbre de su voz la hacía estremecer. Cole tenía unos modales intachables y se mostraba muy cómodo con ella. Pero Roberta adivinaba que se sentiría igualmente a gusto en un grupo de hombres. Apenas lo conocía, y sin embargo su sangre se encendía en su presencia y le entusiasmaba la idea de que otra vez la cortejasen.
Cole se había resignado a pasar un día aburrido cuando el pilluelo quedó bajo su responsabilidad. Era raro que sus obligaciones en el hospital le permitieran ausentarse toda una tarde, y le resultaba difícil asimilar ese espléndido giro de los acontecimientos. Estar en ese fresco salón conversando con una mujer deseable era una recompensa mayor de la que hubiera podido esperar por ayudar a un muchachito huérfano. Se relajó y escuchó las frívolas y animadas palabras de Roberta hasta que, momentos más tarde, un carruaje se detuvo frente a la casa. La joven calló de inmediato, se puso de pie y arrugó la frente con evidente nerviosismo.
—Discúlpeme, capitán, creo que han llegado mis padres. —Se disponía a correr hacia el vestíbulo cuando la puerta principal se abrió de golpe y Angus Craighugh entró, seguido de cerca por su esposa. Angus era un hombre bajo, corpulento, de ascendencia escocesa, pelo leonado que empezaba a encanecer y cara ancha y rubicunda.
Leala Craighugh era una mujer atolondrada, de pequeña estatura, y pelo oscuro con algunas hebras plateadas, que había engordado con los años. Su súbita angustia se notaba claramente en sus ojos, grandes y oscuros. La expresión inquieta de los recién llegados indicaba que habían visto al roano con sus arreos federales. Sólo podían pensar lo peor.
Roberta no tuvo tiempo de detener a sus padres fuera del alcance de los oídos del capitán y explicar la presencia de éste. Cole se había puesto decorosamente de pie junto con ella y ahora contemplaba a los dos, que sólo pudieron mirarlo boquiabiertos.
—¿Hay algún problema? —preguntó Angus Craighugh lanzando una rápida mirada a su hija y, sin darle tiempo a responder, volvió su ira contra el oficial de la Unión. Su mandíbula enérgica, cuadrada, se tensó cuando declaró—: Señor, mi hija no tiene la costumbre de recibir a hombres en ausencia de una dama de compañía adecuada, y mucho menos a yanquis. Si usted tiene que tratar algún asunto conmigo, iremos a mi estudio, donde no molestaremos a las damas.
Cole estaba a punto de disipar los temores del hombre cuando intervino Roberta.
—Papá… éste es el capitán Latimer. Encontró a Al en el muelle y tuvo la amabilidad de acompañarlo hasta aquí.
Totalmente confundido, Angus miró muy serio a su única hija. Una parte de la indignación que se traslucía en su rostro fue reemplazada por un evidente desconcierto.
—¿Al? ¿Acompañarlo? ¿Qué es esto, Roberta? ¿Alguna necedad tuya?
—Por favor, papá. —Le tomó una mano y le miró a los ojos—. Al está en la cocina, comiendo algo. ¿Por qué no vais tú y mamá a saludarlo?
Con cierta consternación, el matrimonio Craighugh accedió a los deseos de su hija. Roberta se relajó un poco cuando una vez más quedó a solas con Cole. Le dirigió una seductora sonrisa y estaba a punto de hacer un comentario sobre el calor del día cuando del fondo de la casa llegó un grito agudo, seguido, después de una breve pausa, de una catarata de confusas palabras en francés. Roberta se sobresaltó, pero enseguida se recuperó al ver que el capitán se ponía en movimiento.
—¡No! ¡Por favor! —exclamó tomándolo de un brazo. La salvó de mayores esfuerzos físicos la aparición de su padre, que entró sosteniendo a su perturbada esposa. Angus se apresuró a dejar su carga en el sofá y logró calmar un poco a la desdichada mujer.
—Quizá yo pueda ayudarla, señor —se ofreció Cole al tiempo que se acercaba—. Soy médico.
—¡No! —exclamó Angus, y rechazó la ayuda del otro con un gesto. Luego añadió con más calma—: No, por favor. Perdónela. Ha sido la sorpresa… había un ratón.
Cole pareció aceptar la excusa hasta que miró hacia la puerta, donde había aparecido Al, quien ahora estaba apoyado contra el marco, y entonces asintió con la cabeza.
—Creo que comprendo.
Roberta se retorció ansiosamente las manos y miró nerviosa al jovencito.
—Al ha cambiado mucho, cualquiera se sorprendería…
Leala había recobrado algo de su compostura y luchó para mantenerse erguida. Evitando mirar al muchacho trató de conservar la dignidad.
—Debe disculparnos a todos, capitán —dijo Angus con cierta sequedad—. No recibimos a menudo la visita de oficiales de la Unión. Creímos que había alguna dificultad cuando vimos su caballo, y después ver a… al muchacho, Al…
El jovencito entró despreocupado en el salón, arrastrando sus enormes botas sobre la raída alfombra, y les dirigió una sonrisa que mostró unos dientes blancos, pequeños y brillantes. Después se encogió de hombros e intentó disculparse.
—Lo siento, tío Angus. Nunca se me ha dado bien escribir y, de todos modos, no hubiera podido hacerte llegar una carta.
Angus dio un leve respingo y Leala clavó su mirada en el muchacho.
—Está bien, Al —logró decir Angus—. Éstos son tiempos difíciles.
Roberta sonrió algo trémula y miró a Cole.
—Espero que esta escena no le haga pensar que somos gente vulgar, capitán.
Angus se acercó y se puso de modo que el yanqui no pudiera seguir observando al muchachito.
—Espero que acepte nuestra gratitud por haber traído a Al. Quién sabe dónde habría ido a parar si no hubiera sido por usted.
Al cruzó con petulancia la habitación, aparentemente desafiando al yanqui a que hiciera algún comentario. Cole le dirigió una sonrisa torcida.
—En realidad, señor, cuando lo encontré estaba a punto de pelearse con unos soldados.
—¡Oooohhh! —exclamó Leala, que tomó su abanico y lo cerró con un nervioso movimiento.
Angus dirigió su atención a su esposa.
—¿Te sientes bien, mamá?
—Oui —respondió ella con voz ahogada mientras asentía enérgicamente con la cabeza—. Estoy bien.
Angus se volvió hacia el muchacho.
—¿Tuviste algún problema? ¿Estás… estás bien?
—¡Desde luego! —Al se irguió y mostró un puño—. Si me hubieran brindado una oportunidad, habría dado una lección a esos barrigas azules.
Su tío le dirigió una mirada extraña.
—Bueno —dijo con un suspiro—, me alegro de que estés aquí, a salvo, y que todo haya pasado.
Al sonrió con picardía.
—No ha pasado todo. —Miró alrededor y, excepto el capitán, todos contuvieron el aliento. El pilluelo sonrió ampliamente—. Roberta ha invitado al doctor a cenar.
Leala dejó caer el abanico y se derrumbó en el sofá con un gemido de angustia. Se quedó mirando a su hija con expresión de incredulidad. La cara de Angus se ensombreció. Siguió un largo momento de incómodo silencio.
Cole creyó conveniente aliviar la tensión.
—Esta noche tengo guardia en el hospital, señor. Me temo que no podré aceptar la invitación.
—Oh, capitán —intervino Roberta sin prestar atención al disgusto de sus padres—. Seguramente nos permitirá demostrarle nuestro agradecimiento por todo lo que ha hecho por Al. ¿Cuándo estará libre otra vez?
A Cole le divertían la insistencia y determinación de la joven.
—Si no se presenta ningún problema, tendré libre la tarde del viernes de la semana que viene.
—Entonces vendrá a cenar con nosotros el próximo viernes —dijo Roberta dulcemente, mientras su padre fruncía el entrecejo.
Cole, que no pudo dejar de notar la renuencia de los dueños de la casa, se volvió hacia Angus.
—Sólo con su permiso, señor.
El hombre expresó silenciosamente su desaprobación a su hija, pero no tuvo más remedio que resignarse.
—Por supuesto, capitán. Apreciamos lo que ha hecho usted por el muchacho.
—Era lo menos que podía hacer, señor —repuso Cole con cortesía—. Me pareció que el muchacho necesitaba que alguien lo tomara con mano firme bajo su control. Me ha aliviado mucho dejarlo con sus parientes.
—¡Bah! —exclamó Al—. Ustedes, los barrigas azules, hacen muchos huérfanos y después tienen el descaro de sentarse en salones que han sido saqueados por sus soldados…
Leala soltó un gemido, se retorció las manos y miró implorante a su marido. Éste se apresuró a servirle una copa de jerez con la esperanza de calmarla. Se la puso en la mano temblorosa y esperó hasta que ella bebió. Después miró a Al con expresión de reprobación.
—Estoy seguro de que el capitán Latimer nada tuvo que ver con eso, Al.
—Claro que no —dijo Roberta lanzando a su primo una mirada asesina. El capitán era la persona más interesante que conocía desde la ocupación de Nueva Orleans, y no estaba dispuesta a permitir que Al le desbaratara su mejor oportunidad desde que esa guerra aburrida la había obligado a llevar una existencia de solterona. Por cierto, estaba decidida a usar toda su astucia para entablar una relación que le sería muy ventajosa. Agitando con coquetería sus espesas pestañas, se volvió sonriente hacia Cole y se estremeció de placer cuando él la miró con evidente admiración.
Angus, testigo de la escena, se puso rígido y no pudo disimular su cólera cuando el oficial lo miró a los ojos y sonrió amablemente.
—Su hija es muy hermosa, señor. Hacía tiempo que no disfrutaba de la compañía de una dama tan agradable y agraciada.
Mientras Angus se ponía rojo de rabia, Al resopló con irritación y atrajo la atención del capitán. Éste entendía bien la incomodidad del padre, pero los modales del muchacho lo desconcertaban. Se miraron largo rato a los ojos hasta que el chiquillo se acercó con arrogancia al sofá donde estaba Leala, tomó la copa de jerez que estaba sobre una mesita, la levantó en un desdeñoso saludo al capitán y vació su contenido.
—Al… —La voz de Cole sonó serena, y sólo el muchacho percibió su amenaza—. Estás incomodando a tu tía. Deberías recordar tus buenos modales. En presencia de señoras, un caballero debe quitarse el sombrero.
Leala se retorció las manos con renovada ansiedad y miró a su marido. Parecía hallarse al borde de la histeria.
—No importa, capitán —dijo Angus rápidamente, pero la mano de Al ya iba hacia el gastado sombrero, que arrojó al aire mientras miraba con odio al yanqui. Roberta ahogó una exclamación. Angus quedó paralizado de horror y cuando recuperó la voz su grito resonó en la casa—. ¿Qué demonios has hecho? —preguntó.
Su esposa dejó escapar un gemido y unió las manos como si fuera a rezar.
—Oh, Angus, Angus, ¿qué ha hecho Roberta? ¡Ooohhh!
Angus le sirvió otra copa de jerez y se la puso entre las manos.
—Toma, Leala, bebe —dijo, y con rara presencia de ánimo añadió—: Roberta no ha hecho nada. Ese muchacho tonto ha vuelto a cortarse el pelo.
Miró al joven con semblante sombrío y luego se dirigió al capitán.
—Al siempre ha temido que lo tomen por una muchacha. —Su sobrino se atragantó y volvió la cara, pero Angus le habló con tono tajante—. Al, creo que es hora de que tomes un baño. Puedes ocupar la habitación de costumbre. Y —agregó señalando la maleta de mimbre— llévate tu equipaje.
Cuando el muchacho se marchó, Angus agitó la cabeza desconcertado.
—¡Ah, la juventud de hoy en día! No sé en qué terminará. No tienen disciplina. —Levantó los brazos y pareció dispuesto a pronunciar un sermón—. ¡Hacen lo que les da la gana!
Cole quiso calmar al hombre.
—Parece un buen muchacho, señor. Testarudo, quizá, ¡y sucio! Pero crecerá y será todo un hombre.
Pasaron varios meses antes de que Cole llegara a entender la expresión de tristeza con que Angus Craighugh lo miró en ese momento.
3
Al depositó sobre la cama la gran maleta de mimbre y se tendió a su lado. En el barco, una bala de algodón le había servido de cama y todavía era un misterio cómo una cosa que empezó siendo tan blanda pudo volverse tan dura e incómoda. Logró dormir muy poco durante el viaje. El fresco de las madrugadas era su único respiro, y cuando el día se volvía más caluroso y opresivo era necesario mantenerse más alerta a fin de que un descuido no desbaratara sus planes. La comedia dio resultado, y hasta la prueba de Roberta fue superada.
Se levantó y fue a mirar por la ventana. En ese momento se abrió la puerta y las dos hijas de Dulcie entraron portando trabajosamente una pequeña tina de bronce. No había forma de saber si habían sido advertidas, pero era mejor evitar más escándalos mientras el yanqui permaneciera en la casa. Las muchachas no pudieron evitar mirar con curiosidad la espalda delgada del huésped mientras traían agua y preparaban un baño tibio. No obstante, no dijeron nada y, después de dejar toallas y jabón, se marcharon y cerraron la puerta con suavidad.
Al hundió sus pequeñas y mugrientas manos en la tina y tomó un poco de agua para lavarse la cara. Un largo suspiro de placer escapó de sus labios. Inspeccionó el dormitorio con renovada atención. Faltaban algunos muebles, pero los que quedaban eran familiares. La habitación parecía recibir al huésped como a un amigo y lo hacía evocar gratos recuerdos de antaño. Estos recuerdos eran necesarios para acallar otros no tan agradables de origen reciente. No era su lugar, pero era lo mejor que esa criatura veía desde hacía tiempo.
La delgada figura se volvió lentamente hacia el espejo resquebrajado que había junto a la tina. Una sonrisa melancólica apareció en su rostro pensativo. Como movidas por una voluntad propia, las manos se elevaron y los dedos finos se hundieron en la mata de pelo rojo. Las botas salieron despedidas con vigor, y pronto les siguieron los holgados pantalones y la chaqueta. La camisa le llegaba casi hasta las rodillas, y sus dedos nerviosos desabrocharon los botones y la arrojaron también al suelo.
Alaina MacGaren se quedó ante el espejo en enaguas y una ceñida camisola que aplanaba casi por completo sus pechos jóvenes. Sucias, manchadas de sudor, las prendas interiores se unieron al otro montón, y por fin, libre de restricciones, la joven se permitió un largo y profundo suspiro. Su imagen reflejada en el espejo le confirmó que las calamidades vividas el año anterior la habían dejado muy delgada. No le importó recordar el hambre que había pasado, pues su aspecto famélico había contribuido al éxito de su disfraz. Aunque tenía diecisiete años, había logrado pasar por un muchachito bajo las mismas narices de los yanquis. El capitán Latimer ni siquiera había sospechado nada.
Con cierta irritación recordó la calidez y cordialidad con que Roberta había recibido al capitán. La coquetería de su prima sin duda haría que él regresara al hogar de los Craighugh. Para Alaina esas visitas serían una fuente de problemas. En cualquier momento tendría que volver a representar su comedia.
Por otro lado, debía considerar el asunto del trabajo. Después de ver la pobreza en que vivían los Craighugh, no podía aceptar gratuitamente su caridad. Estaba decidida a ganarse el sustento, pero lo que había dicho el capitán era verdad. Pocos civiles podrían permitirse pagarle un salario. Además, ¿dónde mejor que un hospital podría ocultarse una mujer que quisiera hacerse pasar por un muchacho? La idea le tentaba cada vez más.
Estudió su imagen con mayor atención. ¿Cuánto tiempo podría hacerse pasar por muchacho en el hospital yanqui? La nariz fina y respingada, que con su quemadura de sol casi parecía un añadido a su cara, y el rostro delgado, un tanto cuadrado, de pómulos altos, posiblemente podrían pasar por las facciones de un muchacho, pese a su delicadeza. Quizá los ojos grises, grandes, chispeantes y almendrados bajo las largas y sedosas pestañas negras tampoco las delatarían, ¡pero la boca! ¡Era demasiado suave! ¡Demasiado rosada y delicada! ¡Ciertamente, nada varonil!
Alaina hizo pucheros y mohines ante el espejo. ¡Así!, pensó. Si pudiera mantener los labios apretados con firmeza… podría resultar.
Consideró sus facciones sólo por el peligro que podrían representar. Pese a los esfuerzos de su madre, había sido una muchachita traviesa y alegre desde pequeña. Luego los últimos años de abrumadora responsabilidad, dieta escasa y trabajo duro poco menos que habían suprimido los cambios acostumbrados de la feminidad. Frente a esta postergación la naturaleza, con infinita paciencia, esperaba su momento para actuar. Ésa era una época de lucha por la supervivencia, no de fantasías románticas. Con una firmeza mental nacida de la necesidad, Alaina pensó en la mejor forma de llevar a cabo su proyecto de disfrazarse. No le preocupaba el día en que esos mismos rasgos, ahora inconvenientes, podrían hacer que un hombre olvidase cualesquiera otros objetivos que tuviera en la mente.
El sonido de la puerta principal al abrirse y cerrarse llamó la atención de Alaina, que fue a mirar por las celosías de las puertas del balcón que daba al jardín delantero. El capitán Latimer apareció y caminó hacia su caballo. Tuvo que admitir que era una figura masculina espléndida y hasta excepcional. Alto, erguido, esbelto y musculoso, confería al uniforme una dignidad como a pocos hombres. Incluso tuvo que reconocer que era apuesto. Sin embargo era un yanqui y eso, en su opinión, constituía un pecado imperdonable. Dejó de pensar en él y se dirigió hacia la tina. Si Roberta estaba prendada del oficial, ella no lo estaba ni lo estaría jamás. No podía aceptar a Cole como meses atrás no hubiera podido aceptar al teniente que amenazó con hacerla colgar por espía. En realidad, si llegaba a conocerse la verdad, el capitán Latimer probablemente buscaría el mismo final para ella.
Se introdujo en la tina y empezó a frotarse la mata de pelo con el jabón de fabricación casera. Cortarse la cabellera había sido lo peor, pero las largas guedejas habían llegado a convertirse en un serio inconveniente. Oculta en un granero cerca del río, las cortó a fin de que una ráfaga de viento que pudiera arrancarle el sombrero no la traicionara.
De qué forma tan inocente había empezado todo. Al principio los soldados confederados sólo pedían comida y refugio, y a veces un par de noches de descanso antes de seguir avanzando. Su madre los había acogido con bondad, y Alaina siguió haciéndolo después de la muerte de Glynis MacGaren,, esperando que alguna mujer fuera igualmente bondadosa con su hermano Jason, el otro único superviviente de los MacGaren de Luisiana. Banks y sus granujas dejaron muy poco después de su ocupación de Alexandria, pero Alaina siguió compartiendo lo poco que tenía después de que los yanquis saquearan Briar Hill. Entonces, hacía más de quince días un joven soldado murió en su granero, dejándole a su cargo un mensaje para el general Richard Taylor. A ella le pareció bastante simple entregarlo en el campamento confederado. Ese hecho, sin embargo, le acarreó graves problemas. El hijo mayor de sus vecinos, a quien ella había rechazado repetidamente con comentarios cáusticos, la siguió a hurtadillas hasta el campamento y luego de regreso. Una vez más le propuso instalarse en la casa de MacGaren como amo y señor, y casarse con ella ahora que no le quedaban parientes que la cuidaran. Sin embargo se marchó muy deprisa cuando Alaina tomó la pistola de su padre y lo echó de la casa. El enamorado desdeñado no perdió tiempo y habló a los yanquis del mensaje, y sin duda recibió una buena suma por su… lealtad.
El odio amargó aún más el corazón de Alaina cuando recordó al teniente yanqui que apareció en Briar Hill con un puñado de soldados negros. El oficial permaneció montado mientras contemplaba con regocijo cómo sus hombres la rodeaban con sus caballos, asustando a la vaca lechera que ella conducía. Cuando el teniente se cansó de la desafiante mirada de la joven, ordenó a sus subordinados que registraran el lugar en busca de soldados confederados y luego, abriendo la pistolera a modo de advertencia, la obligó a precederlo al interior de la casa, donde después de atrancar la puerta le hizo una proposición en términos tan groseros que resultaron insultantes.
Alaina replicó con seco y frío desdén que su aceptación estaba condicionada a que un día hiciera tanto frío que cierto improbable lugar se congelara. El galante teniente dejó a un lado su innata gentileza y trató de forzarla en el salón. Los gritos de la joven hicieron que Saúl entrara corriendo por la puerta trasera, y al ver la furia del corpulento sirviente negro el cobarde teniente huyó con el rabo entre las piernas. Enseguida llamó a sus hombres y prometió que la haría colgar junto con ese maldito negro. Regresarían, aseguró, y con refuerzos. Antes de marcharse sacó la pistola y descerrajó un tiro a la vaca entre los ojos. Si su amenaza no había provocado suficiente temor, esta gratuita crueldad aterrorizó a Alaina. El oficial se tomó una mezquina venganza, sin importarle quién sufriera.
El dolor de haber abandonado su hogar todavía la torturaba. Parecía que habían pasado años desde que guardó lo que pudo en la vieja maleta, asumió su identidad de muchacho y montó detrás de Saúl en el único caballo que quedaba en Briar Hill. Más de una semana estuvieron vagando por el campo, ocultándose cuando había tropas de la Unión en la vecindad. Sólo una vez se atrevieron a regresar a la casa en busca de alimentos, durante la madrugada.
Un día, cuando se encontraban en Baton Rouge, Saúl, que se disponía a cruzar la calle para reunirse con ella portando una bolsa con comida, fue detenido por un grito. Alaina vio que el teniente corría y hacía gestos a otros soldados para que impidieran la fuga del negro. Eran pocos los hombres que hubieran podido detener al corpulento sirviente, que huyó calle abajo y se alejó de ella. Alaina se internó en un callejón y se ocultó hasta tener la seguridad de que nadie la había visto. Después montó a caballo y se alejó. Esa noche recorrió las calles en busca de Saúl y al final acampó en las afueras. No volvió a verlo. Después de buscarlo durante dos días y de comer únicamente un puñado de maíz crudo que recogió de un campo abandonado, vendió su caballo por el precio del billete del vapor fluvial y partió hacia Nueva Orleans.
Los recuerdos aguzaron el dolor de la nostalgia, y la joven dirigió su mente a algo menos penoso. Terminó rápidamente de bañarse, se cubrió con una prenda raída y sacó sus escasas posesiones. El vestido negro que había usado en el funeral de su padre era el mejor que tenía, pues los dos de muselina estaban remendados en varias partes. Meneó la cabeza atormentada por los recuerdos. Ese tonto soldado del muelle casi había reventado la maleta, que luego Alaina temió dejar caer del caballo del capitán Latimer cuando montó detrás de él. A un muchacho le hubiera sido difícil explicar qué hacía con tantas prendas femeninas. El militar creía haber rescatado a un muchachito huérfano, pero en realidad había salvado a una jovencita acusada de espía y perseguida como un peligroso delincuente.
Sonó un leve golpe en la puerta, y cuando Alaina respondió Leala entró en la habitación, seguida de Angus y Roberta.
—¡Alaina, criatura! ¡Me has dado un gran susto! —la regañó tiernamente la mujer mayor antes de depositar un beso en su frente, donde los cortos mechones empezaban a secarse y formar rizos suaves—. ¡Y tu pelo! ¡Tu hermoso pelo!
—¿Qué te hizo abandonar Briar Hill? —preguntó Angus bruscamente—. Cuando fuimos para el funeral de tu madre, estabas decidida a quedarte. Hace casi un año que murió Glynis. ¿Qué te ha hecho cambiar de opinión? Espero que Jason no haya…
—¡No! —Alaina no quería ni penar que el primogénito hubiera perecido como su otro hermano, Gavin, y su padre—. No. —dijo con más calma—. Lo que ocurre es que cuando los yanquis ocuparon Alexandria, sus caballos pisotearon nuestros cultivos, derribaron los cobertizos, alistaron a nuestros esclavos a su ejército, mataron el ganado para llenar sus barrigas y se llevaron los caballos, sin dejarnos nada para subsistir. Incluso nos quitaron las mulas, no sé si para comerlas o para montarlas. —Mientras caminaba de un lado a otro, relató toda la historia, haciendo gestos y a veces retorciéndose las manos cuando los recuerdos la atormentaban demasiado—. No hay forma de saber qué le sucedió a Saúl. Si el teniente lo atrapó, puede estar muerto o en la cárcel.
—¿Qué piensas hacer ahora, querida Alaina? —preguntó Roberta.
Angus se aclaró la garganta y, al no ver otra opción, declaró magnánimo:
—Se quedará con nosotros, por supuesto. No puede hacer otra cosa.
—Seguramente el capitán Latimer volverá, papá —observó Roberta con tono implorante—. ¿Qué pensará cuando descubra que Al es en realidad una muchacha?
—No debiste invitarlo, Roberta —dijo el padre disgustado.
—Oh, papá. —La muchacha le sonrió afectuosamente y lo pellizcó en una mejilla—. Piensa en todo lo que puede hacer por nosotros. ¿No es hora de que empecemos a recibir cosas de los yanquis en lugar de darles todo cuanto tenemos? ¿Acaso no nos han robado ya bastante? Con la mantequilla a cuatro dólares la libra y los huevos a cinco dólares la docena, ¿cómo podremos seguir subsistiendo? Dulcie va cada vez menos al mercado francés, y tus clientes se muestran remisos a pagar sus cuentas. Vaya, hace meses que no me compro un vestido, y ahora tenemos otra boca que alimentar.
—¡Roberta! —exclamó su madre.
Si alguna duda le quedaba a Alaina sobre la necesidad de conseguir trabajo, la franqueza de su prima acabó por disiparla.
—No tengo intención de ser una carga —anunció—. El capitán Latimer está buscando un muchacho para trabajar en el hospital, y yo aceptaré el empleo… como Al.
—¡No harás tal cosa! —dijo Leala espantada—. ¡Nunca he oído nada tan ridículo! ¡Una muchacha joven e inocente trabajando para esos sucios yanquis! Tu madre saldría de la tumba para atormentarme si yo consintiera semejante tontería. La pobre Glynis tenía esperanzas de que aprendieras a comportarte como una dama. ¡Y ahora, mira cómo te encuentras! ¿Qué ha sido de ti? —La mujer se deshizo en lágrimas, incapaz de soportar lo que esa espantosa guerra había hecho a su sobrina.
—Vamos, mamá —dijo Roberta dándole palmadas en el hombro para calmarla. Aunque era flaca y huesuda, Alaina siempre había atraído, con sus encantos e ingenio, a una corte de jóvenes admiradores, y su prima no quería compartir la atención masculina con ella. Sin embargo, pensó, vestida de muchacho no sería una rival. La situación hasta podía resultar divertida. Alaina, de todos modos, siempre era demasiado arrogante pese a vivir en el campo—. Los yanquis no sabrán que es Lainie. Creerán que es un muchacho… Al… eso es todo. Y ella representa muy bien el papel; nadie descubrirá la verdad.
Angus asintió silenciosamente, al igual que su esposa. Su hermana, Glynis, a menudo se había desesperado porque Alaina se negaba a comportarse de forma apropiada. La muchachita parecía encontrar más placer retozando con sus hermanos, y Angus no dudaba de que era capaz de disparar un arma y montar tan bien como la mayoría de los hombres. Si alguien podía llevar adelante una farsa así, Alaina era la más indicada.
4
Alaina miró pensativa por la ventana mientras la lluvia formaba largos y serpenteantes hilillos de agua en el cristal. Encontrar el hospital le había resultado bastante difícil, pero aguardar al capitán Latimer era una pérdida de tiempo. Empezaba a preguntarse si alguien había informado al doctor de que Al había acudido para pedir empleo. De todos modos, ¿qué podía esperarse cuando un jovencito con la cara sucia pedía ver a un cirujano muy ocupado? Si se hubiera presentado con un vestido de amplias faldas y un elegante sombrero, pensó, habría conseguido mejores resultados.
La habitación donde esperaba era, evidentemente, un lugar donde los médicos pasaban sus momentos de ocio. El estrecho catre y el austero y escaso mobiliario indicaban, sin embargo, que dedicaban poco tiempo al descanso.
Unas rápidas pisadas que se acercaban por el pasillo se detuvieron de pronto ante la puerta. Alaina bajó del alto taburete donde estaba encaramada y con el sombrero en la mano miró al capitán Latimer cuando éste entró. Al ver su expresión ceñuda, tuvo conciencia de la estupidez que había cometido al ir allí. El capitán Latimer no era tonto. ¿Durante cuánto tiempo podría ocultarle su verdadera identidad?
Al reconocer al jovencito, el capitán contuvo su irritación por haber sido llamado cuando estaba ocupado con sus obligaciones y fue hasta la palangana. A continuación se quitó la bata blanca, manchada de sangre, y la arrojó a un canasto antes de mirar al jovencito a los ojos.
—Por lo menos parece que has aprendido buenos modales desde nuestro último encuentro —comentó con mayor sequedad de la que pretendía. Al ver la turbación del chico, señaló el baqueteado sombrero.
—He decidido aceptar el trabajo que me ofreció —dijo Alaina con tono cortés, aunque le enfurecía tener que pedir algo a un yanqui—. Al ver que mi tío no puede alimentar otra boca, pensé que es lo único que puedo hacer. Es decir, si usted todavía me necesita, señor.
—Claro que te necesito, Al. Ahora mismo, si puedes comenzar. —Al ver el rápido gesto de asentimiento del muchacho el capitán sonrió—. Bien, te mostraré lo que hay que hacer; después debo volver a mi trabajo. Un barco ha sido víctima de una emboscada unas pocas millas río arriba y están trayendo a los heridos. Se diría que a tus compatriotas les cuesta reconocer el color de nuestros uniformes. Han traído a varios pasajeros civiles junto con los soldados.
Alaina se puso furiosa.
—¡Esos civiles no son más que un hato de ratas! Van río arriba para robar algodón de las plantaciones y ustedes, los barrigas azules, lo permiten.
Cole vertió agua en una jofaina de porcelana y miró al desaliñado jovencito.
—De todas formas son seres humanos.
—¡Ja! —exclamó Alaina con desdén—. No pienso derramar una sola lágrima por ellos.
—Quizá no deba dejarte entrar en las salas —dijo Cole quitándose la camisa y echándose agua sobre la cara y los hombros. La luz del sol se reflejó en una medalla de oro que colgaba de una larga cadena alrededor de su cuello—. Me pregunto si no serías capaz de hacer a nuestros soldados más daño del que puedan soportar.
Los ojos grises se entrecerraron.
—Mientras no tenga que hacer de niñera, realizaré bien mi trabajo —aseguró Alaina secamente—. No debe preocuparse por eso. Por supuesto… —agregó dirigiendo al médico una mirada de furia—, si cree que sus soldados tienen algo que temer de un huérfano, será mejor que no me dé el empleo.
Cole rió ante la audacia del muchachito. Ya había llegado a la conclusión de que Al era un tanto maleducado pero honrado. ¡Y muy sucio!
—Creí que tu tío te había dicho que te lavaras.
Al apretó la mandíbula con irritación.
—Indíqueme qué debo limpiar, barriga azul, y lo haré. Pero no se meta con mi aspecto. Un poco de suciedad no hace mal a nadie.
Cole gruñó de desaprobación.
—Ni siquiera sé qué aspecto tienes sin toda esa mugre.
—No hace falta, yanqui. Sólo porque a usted le gusten el agua y los baños yo no tengo que imitarlo. —Alaina no se preocupó por la forma en que él miró sus sucias ropas y preguntó—: ¿Qué quiere que haga? Ha dicho que debía volver a su trabajo, ¿verdad?
Cole volvió a ponerse su camisa y, sobre ella, una bata blanca limpia. Llevó a Al a través de ocho salas del hospital, en cada una de las cuales se detuvo brevemente para darle instrucciones. Las salas eran grandes y estaban llenas de catres sobre lo que yacían hombres vendados. Una gruesa capa de polvo se había acumulado debajo de las camas, y dispersos por el suelo había viejos vendajes.
—Todavía no hemos hablado del salario —señaló Alaina—. ¿Cuánto piensa pagarme?
—Lo mismo que a cualquier buen soldado de la Unión —contestó Cole—. Un dólar por día y la comida.
—Aceptaré las comidas —dijo Al secamente—, pero, puesto que no voy a dormir aquí, que sea un dólar con diez centavos.
—Parece bastante justo —admitió Cole, un tanto divertido—. Espero que sepas ganártelos.
Alaina se encogió de hombros, pero cuando el capitán se marchó no perdió tiempo. Llenó un cubo en la bomba de la cisterna y echó en él trozos de jabón de lejía. Con una pesada escoba llegó a todos los rincones, debajo de cada cama y mueble, y sacó montones de basura y suciedad. Sus actividades no despertaron el menor interés en la mayor parte de los soldados, sumidos en su dolor. Uno intentó intercambiar unas palabras con el muchacho, pero Al no tenía el menor deseo de conversar.
Al acabar la jornada había limpiado dos salas. La suciedad se había acumulado durante varias semanas, y caía la tarde cuando Alaina, muy cansada, observó el lugar que acababa de asear. Tenía las rodillas despellejadas y las manos irritadas por el fuerte jabón. Todavía le quedaban seis salas más pero, se dijo con determinación, tendrían que esperar para otro día. Ya era hora de marcharse, pues no tenía ningún deseo de viajar por las calles después de que oscureciera.
El viaje a casa sobre el lomo huesudo de Ol’Tar (abreviatura de Tarnation), el viejo jamelgo de su tío, no hizo nada para aliviar su fatiga. Cuando llegó, Roberta la esperaba en la puerta trasera, con el pelo bien peinado y un hermoso vestido de muselina verde menta. Alaina captó el notable contraste. Antes de salir de casa esa mañana se había frotado con una mezcla de grasa, polvo y agua para disimular sus rizos. Era una pasta desagradable de la que estaba impaciente por librarse, y pasó junto a su prima ocultando sus manos enrojecidas, con las uñas rotas, para dirigirse a la pequeña despensa que estaba junto a la cocina. Con la abrupta reducción de los medios de los Craighugh, el cubículo había sido transformado en un cuarto de baño para la familia, pues estaba convenientemente cerca de la cocina, lo cual evitaba un laborioso acarreo de agua caliente. Se tomó todo el tiempo necesario para lavarse y después se frotó las manos con una crema suavizante. Fue un pequeño lujo que se permitió. Después de representar el papel de muchacho durante tantas semanas para defender su libertad, constituía un gran placer ser otra vez una jovencita.
Al quinto día de trabajar en el hospital, Alaina empezó todo de nuevo y limpió las dos primeras salas. Esta vez no tardó tanto, pues había menos suciedad. Puso cubos vacíos para la basura y los soldados empezaron a usarlos. Hasta contó con la ayuda de algunos que se sentían aburridos con su monótona existencia.
Con gran disgusto vio su almuerzo interrumpido por la llegada del capitán Latimer, quien trajo su plato de comida y se sentó a su mesa. Al miró alrededor y vio que las otras estaban vacías.
—¿Qué sucede, barriga azul? ¿No puede encontrar otro sitio para sentarse?
—Perdóname, Al, no sabía que preferías comer solo —se disculpó el capitán, pero no hizo ademán de retirarse.
—¿Por qué cree que he venido tan tarde? —preguntó Al con impertinencia—. No me gusta comer en malas compañías.
—Deja de protestar y come —ordenó Cole secamente—. No crecerás mucho más si no te alimentas bien. —Cole señaló un saquito de cuero que estaba sobre la mesa junto al plato de Al—. ¿Qué tienes ahí?
—¿A usted qué le importa?
El capitán se encogió de hombros.
—Bueno, siento curiosidad. No es una muda de ropa, apostaría, pues no te he visto con otras prendas que las que llevas puestas.
—Si quiere saberlo, es comida —gruñó Al—. Llevo las sobras a mi casa. —Miró al doctor con los ojos entrecerrados y se rascó la punta de la nariz—. ¿Usted no se opone?
Cole negó con la cabeza, tomó un sorbo de café y sacó del bolsillo de su bata un delgado sobre de color castaño con un sello de aspecto oficial en la solapa. Lo dejó sobre la mesa, y el jovencito vio que tenía escrito el nombre de Al Craighugh.
—¿Qué es eso? —preguntó Alaina con recelo.
—Tu paga de la semana.
Al abrió el sobre.
—Hay siete dólares —dijo tras contar el dinero.
—El pagador decidió redondear la cifra. Te lo has ganado. ¿Qué piensas hacer con esa fortuna? ¿Te comprarás ropa nueva?
—Entregaré la mitad al tío Angus para pagar mi alojamiento y ahorraré lo que pueda del resto —dijo Alaina.
—Si quieres ganar un poco más, tengo habitaciones en los apartamentos Pontalba y podría emplear a alguien para que hiciera la limpieza cuando estoy de guardia.
—¿Está seguro de que puede confiar en mí, yanqui?
—¿Quieres el trabajo o no?
—¿Está muy lejos su…? ¿Cómo ha dicho…?
—Apartamento. —Cole proporcionó la palabra y la información—. Está en plaza Jackson. Sabes dónde está, ¿verdad?
—Sí —contestó Al—. ¿Cómo entraré?
—Con una llave —respondió el capitán con sarcasmo y sacó una de un bolsillo interior—. Pediré otra al casero, de modo que tú puedes quedarte con ésta. Esperaré el mismo grado de limpieza que he visto aquí, en el hospital, y te pagaré tres dólares por semana.
—¿Tres dólares por semana? —repitió Alaina sorprendida—. ¿Usted es muy rico?
—Puedo permitirme eso.
Alaina se encogió de hombros.
—No me importa lo que usted sea. Limpiaré su apartamento y no robaré nada.
—Espero que así sea. ¿Te gustaría cobrar por adelantado?
—Puedo esperar. Además, será mejor que conserve todo el dinero que pueda por si el general Taylor toma Nueva Orleans. Así podrá comprar un lugar para refugiarse y evitar que lo capturen.
—Me preocuparé de eso cuando suceda… si llega a suceder —repuso el capitán.
Alaina se puso de pie.
—Ahora tengo que volver al trabajo. No puedo decir que ésta haya sido una charla agradable.
A su pesar, Cole sonrió cuando vio alejarse al muchachito. A veces era realmente exasperante, pero había en él algo que también resultaba agradable, aunque no podía definir de qué se trataba.
Los días pasaban deprisa y Roberta se sentía cada vez más inquieta e impaciente porque llegara el día en que recibirían a Cole Latimer en la casa. Inspeccionaba repetidamente su mejor vestido y la víspera de la visita del capitán rega
