El hijo del tiempo (El descubrimiento de las brujas 4)

Fragmento

1. Nada

1

Nada

12 DE MAYO

En su última noche como ser de sangre caliente, Phoebe Taylor había sido una buena hija. Freyja había insistido en ello.

—Tampoco hay que hacer una montaña de la cuestión —había protestado Phoebe, como si tan solo fuera a marcharse unos días de vacaciones, con la esperanza de que bastase una despedida informal en el hotel en el que estaba alojada su familia.

—En absoluto —respondió Freyja, observándola desde lo alto de su larga nariz—. Los De Clermont no eluden sus responsabilidades; a menos que se trate de Matthew, claro está. Lo haremos como mandan los cánones. Durante la cena. Es tu deber.

La velada que Freyja había organizado para los Taylor era sencilla, elegante y perfecta: desde el tiempo (una noche de mayo sin tacha), la música (¿es que todos los vampiros de París sabían tocar el chelo?) o las flores (se habían subido del jardín suficientes rosas Madame Hardy como para perfumar la ciudad entera), hasta el vino (Freyja adoraba el champán Cristal).

El padre, la madre y la hermana de Phoebe aparecieron a las ocho y media, como se les había pedido. Él vestía de etiqueta, la madre llevaba un lehenga choli turquesa y oro, Stella iba de Chanel de la cabeza a los pies. Phoebe, como siempre, de negro, con los pendientes de esmeraldas que Marcus le había regalado antes de dejar París y unos zapatos de tacón vertiginoso que le gustaban especialmente, y a Marcus también.

La concurrencia formada por seres de sangre caliente y vampiros comenzó por los aperitivos en el jardín que había tras la suntuosa vivienda de Freyja en el distrito 8, un edén privado como no había vuelto a verse desde hacía un siglo en un París donde el espacio escaseaba cada vez más. La familia Taylor estaba acostumbrada a los entornos palaciegos —el padre de Phoebe era diplomático de carrera y la madre provenía del tipo de familia india que llevaba casándose con funcionarios británicos desde los tiempos del Raj—, pero el privilegio del que disfrutaban los De Clermont estaba a otro nivel.

Se sentaron a cenar a una mesa repleta de cristal y porcelana, en un salón de ventanas altas que daban a un jardín y dejaban entrar el sol estival. A Charles, el lacónico chef que empleaban los De Clermont en sus viviendas parisinas cuando invitaban a cenar a seres de sangre caliente, le caía bien Phoebe, por lo que no había escatimado esfuerzos ni reparado en gastos.

—Las ostras crudas son señal de que Dios ama a los vampiros y quiere que sean felices —anunció Freyja, alzando la copa al principio de la cena. Phoebe se fijó en que usaba la palabra «vampiro» con suma frecuencia, como si su mera repetición normalizase lo que la joven estaba a punto de hacer—. Por Phoebe. Felicidad y larga vida.

Tras semejante brindis, la familia mostró poco apetito. Aun consciente de que aquella sería su última comida como tal, Phoebe tuvo problemas para tragar bocado. Se obligó a tomar las ostras y el champán que las acompañaba; apenas picoteó el resto del festín. Freyja animó la conversación durante los entremeses, la sopa, el pescado, el pato y los postres («¡Tu última oportunidad, Phoebe querida!»), pasando del francés al inglés y al hindi entre sorbitos de vino.

—No, Edward, no creo que exista un solo lugar que no haya visitado. ¿Sabes? Diría que mi padre bien pudo ser el primer diplomático. —Freyja aprovechó aquella declaración sorprendente para invitar al padre de Phoebe, circunspecto, a hablar de sus comienzos al servicio de la reina. Fueran o no correctas las nociones de historia de la vampira, era evidente que Philippe de Clermont había enseñado a su hija algún que otro truco para limar asperezas durante cualquier conversación—. ¿Richard Mayhew, dices? Creo que lo conocí. Françoise, ¿no conocí a un Richard Mayhew cuando estuvimos en la India?

La sirvienta, ojo avizor, había aparecido misteriosamente en el momento en que su señora la necesitaba, capaz de captar alguna frecuencia vampírica inaudible para los simples mortales.

—Probablemente. —Françoise era mujer de pocas palabras, pero cada una de ellas estaba repleta de significado.

—Sí, creo que lo conocí. ¿Alto? ¿Cabello pajizo? ¿Atractivo, con cierto aire de colegial? —Freyja no se dejó cohibir por la respuesta glacial de Françoise ni por estar describiendo más o menos a la mitad del cuerpo diplomático británico.

Phoebe aún no había descubierto nada que empañara la jovial resolución de la vampira.

—Adiós, por el momento —se despidió alegre la anfitriona al terminar la velada, besando a cada uno de los Taylor con sus fríos labios en una mejilla y luego en la otra—. Padma, siempre serás bienvenida. Avísame cuando vuelvas a pasarte por París. Stella, quédate a dormir aquí durante los desfiles de invierno. Está a un paso de las casas de modas y Françoise y Charles cuidarán estupendamente de ti. El George V es excelente, por supuesto, pero es tan popular entre los turistas... Edward, seguiremos en contacto.

La madre, como de costumbre, se había mostrado estoica y serena, aunque abrazó a Phoebe un poco más fuerte de lo habitual al despedirse.

—Has tomado la decisión correcta —susurró Padma Taylor al oído de su hija antes de soltarla. Entendía lo que significaba amar a alguien tanto como para renunciar a la vida propia a cambio de la promesa de lo que estaba por venir.

—Asegúrate de que el contrato prenupcial sea tan generoso como afirman —le murmuró Stella a Phoebe al atravesar el umbral—. Nunca se sabe. Esta casa vale una puñetera fortuna.

Stella no era capaz de contemplar la decisión de Phoebe sino según su propio marco de referencia, que en ese momento se limitaba al glamour, el estilo y el corte irreprochable del vestido vintage rojo de Freyja.

—¿Esto? —Freyja se había reído cuando Stella había mostrado su admiración, posando un instante y ladeando el moño rubio para lucir mejor el vestido y su propia figura—. Balenciaga. Lo tengo desde hace una eternidad. ¡Ese hombre sí que sabía cómo construir una silueta!

Fue su padre, normalmente tan reservado, quien lo pasó mal durante la despedida, cuando sus ojos anegados de lágrimas buscaron en los de su hija (tan parecidos a los suyos, Freyja había advertido ya durante la velada) señales de que su resolución se tambaleaba. Una vez que su madre y Stella estuvieron fuera, el señor Taylor alejó a Phoebe de los escalones delanteros en los que esperaba Freyja.

—No será por mucho tiempo, papá —trató de reconfortarlo Phoebe, aunque ambos sabían que pasarían meses antes de que le dieran permiso para volver a ver a su familia: por su protección y por la de ella.

—¿Estás segura, Phoebe? ¿De verdad? —le preguntó—. Aún estás a tiempo de pensártelo mejor.

—Estoy segura.

—Sé razonable por un momento —insistió Edward Taylor, con una nota de súplica en su voz. Estaba familiarizado con las negociaciones delicadas y no le dolían prendas por usar la culpabilidad para inclinar la balanza a su favor—. ¿Por qué no esperas unos años más? No es necesario precipitarse con una decisión tan trascendental.

—No voy a cambiar de idea —respondió Phoebe con dulzura, pero firme—. No es una cuestión de cabeza, papá, sino de corazón.

Su familia biológica ya se había marchado. Phoebe se encontraba sola con Charles y Françoise, los leales criados de la familia De Clermont, y Freyja, hermanastra del hacedor de su prometido y, por lo tanto, pariente cercana en términos vampíricos.

En cuanto los Taylor se hubieron ido, Phoebe le dio las gracias a Charles por la deliciosa cena y a Françoise por ocuparse de todos durante la velada. Luego se sentó en el salón con Freyja, que estaba leyendo su correo electrónico antes de responder a mano en tarjetones de color crema con ribete lavanda que introducía en sobres gruesos.

—No hay necesidad de sumarse a esta condenada preferencia por la comunicación instantánea —le explicó a Phoebe cuando esta le preguntó por qué no hacía clic en Responder, como todo el mundo—. Pronto descubrirás, Phoebe querida, que la rapidez no es algo que necesite un vampiro. Resulta de lo más humano y vulgar apresurarse como si a uno le faltase el tiempo.

Después de pasar una hora con la tía de Marcus, Phoebe sintió que había cumplido con su deber de cortesía.

—Creo que iré al piso de arriba —anunció, fingiendo un bostezo. En realidad, dormir era lo último que se le pasaba por la cabeza.

—Dale recuerdos a Marcus —respondió Freyja antes de lamer delicadamente el adhesivo del sobre para cerrarlo.

—Pero ¿cómo...? —Phoebe miró a Freyja con sorpresa—. Quiero decir, ¿qué has...?

—Esta es mi casa. Sé todo lo que pasa en ella. —Freyja pegó un sello en la esquina del sobre, asegurándose de que quedase correctamente alineado con los bordes—. Por ejemplo, sé que Stella te ha traído esta noche tres de esos horribles telefonitos y que los cogiste cuando fuiste al baño. Supongo que los habrás escondido en tu cuarto. No entre la ropa interior (eres demasiado original para hacer eso, ¿verdad, Phoebe?), ni bajo el colchón. No. Creo que estarán en la lata de sales de baño del alféizar. O dentro de los zapatos, los de suela de goma que usas para pasear. ¿O puede que en lo alto del armario, en la bolsa de plástico azul y blanca que guardaste después de hacer la compra el miércoles?

Freyja había acertado a la tercera, incluso en lo de la bolsa de plástico, que aún olía ligeramente al ajo que Charles había empleado en su triunfal bullabesa. Phoebe ya se había imaginado que el plan de Marcus de saltarse las normas y seguir en contacto no sería una buena idea.

—Vas a romper el acuerdo —señaló Freyja llanamente—, pero eres una mujer adulta, con voluntad propia, capaz de tomar sus decisiones.

Técnicamente, Marcus y Phoebe tenían prohibido comunicarse hasta que ella cumpliera noventa días como vampira. Se habían preguntado cómo podrían saltarse tal norma. Por desgracia, el único teléfono de Freyja se encontraba en el vestíbulo, donde cualquiera podía oír las conversaciones, y, de todos modos, no solía funcionar bien. De vez en cuando emitía un timbrazo metálico y la fuerza de las campanillas del interior del aparato hacía vibrar el auricular sobre la base de latón. En cuanto se descolgaba, la línea solía cortarse. Freyja lo atribuía a un cableado defectuoso cortesía de un miembro del círculo íntimo de Hitler durante la última guerra; no estaba interesada en repararlo.

Tras considerar las dificultades de la situación, Marcus, con ayuda de Stella y de su amigo Nathaniel, había optado por un medio de comunicación más discreto: teléfonos móviles baratos, de usar y tirar. Utilizados normalmente por ladrones internacionales y terroristas —o eso les había asegurado Nathaniel—, serían imposibles de rastrear si Baldwin o cualquier otro vampiro decidía espiarlos. Phoebe y Marcus los compraron en una tienda de electrónica de dudosa reputación situada en una de las calles más comerciales del distrito 10.

—Dadas las circunstancias, estoy segura de que vuestras conversaciones serán breves —continuó Freyja. Echó un vistazo a la pantalla de su ordenador y escribió una dirección en otro de los sobres—. No querréis que Miriam os pille.

Esta había salido a cazar por los alrededores del Sacré-Coeur y en principio no regresaría hasta la madrugada. Phoebe levantó la vista al reloj de la chimenea, una extravagancia en mármol y dorados en el que unos hombres desnudos sostenían un reloj redondo como si de un balón de playa se tratase. Faltaba un minuto para la medianoche.

—Buenas noches, entonces —dijo Phoebe, agradecida por que Freyja no solo fuese tres pasos por delante de Marcus y ella, sino también uno por delante de Miriam, como mínimo.

—Mmm —respondió Freyja, ensimismada en la hoja que tenía delante.

Phoebe escapó escaleras arriba. Su dormitorio se encontraba al final de un largo pasillo decorado con antiguos paisajes franceses. Una gruesa alfombra amortiguaba sus pasos. Tras cerrar la puerta de la habitación, pasó la mano por encima del armario (de estilo Imperio, alrededor de 1815) y recuperó la bolsa de plástico. Sacó uno de los teléfonos y lo encendió. Estaba cargado y listo para usarse.

Aferrando el aparato contra el corazón, se adentró en el cuarto de baño contiguo y se encerró en él. Dos puertas cerradas y una estancia amplia alicatada en porcelana blanca era toda la intimidad que ofrecía aquel hogar vampírico. Se descalzó tirando de los zapatos con las puntas de los pies y se introdujo completamente vestida en la bañera fría y vacía antes de marcar el número de Marcus.

—Hola, cariño. —La voz de Marcus, normalmente cálida y desenfadada, sonaba áspera de preocupación, aunque hiciera todo lo posible por disimularlo—. ¿Qué tal la cena?

—Deliciosa —mintió Phoebe mientras se recostaba en la bañera, eduardiana, con un magnífico respaldo alto y una curva para apoyar el cuello.

La risa queda de Marcus le reveló que no se lo creía del todo.

—¿Dos bocados del postre y un mordisquito aquí y allá? —bromeó Marcus.

—Un bocado del postre. Con todas las molestias que Charles se ha tomado.

Phoebe frunció el ceño. Tendría que compensar al cocinero de algún modo. Como la mayoría de los genios de la gastronomía, Charles se ofendía con facilidad cuando los platos no volvían a la cocina vacíos.

—Nadie esperaba que comieras demasiado. La cena era para tu familia, no para ti.

—Sobró mucha comida. Freyja se la ha hecho llegar a casa a mamá.

—¿Qué tal Edward? —Marcus sabía de las reservas de su futuro suegro.

—Papá intentó convencerme para que no siguiera adelante. Otra vez. —Se produjo un silencio prolongado—. No le sirvió de nada —añadió Phoebe, por si a Marcus le quedaban dudas.

—Tu padre solo quiere que estés completamente segura —dijo él en voz baja.

—Lo estoy. ¿Por qué siguen dudándolo todos? —Phoebe fue incapaz de disimular su impaciencia.

—Te quieren —se limitó a responder Marcus.

—Entonces deberían escucharme. Estar contigo: eso es lo que deseo.

Era evidente que no era lo único que deseaba. Desde que Phoebe conociera a Ysabeau en Sept-Tours, envidiaba las reservas inagotables de tiempo de las que disfrutaban los vampiros.

Phoebe había observado hasta qué punto Ysabeau parecía consagrarse por entero a cada tarea. No hacía nada con prisas ni para quitárselo de encima y borrarlo de una lista interminable de cosas que hacer. Por el contrario, en cada uno de sus gestos había una suerte de reverencia: en la forma en que olfateaba las flores de su jardín, en el sigilo felino de sus pasos, en la breve pausa que hacía al acabar un capítulo de un libro antes de continuar con el siguiente. Ysabeau no sentía que el tiempo se le acabaría antes de haber exprimido la esencia de cualquier experiencia que viviera. Para Phoebe, nunca parecía haber tiempo suficiente para respirar, ella, que se apresuraba del mercado al trabajo y luego de la farmacia en busca de un anticatarral al zapatero para que le reparase los tacones antes de volver al trabajo.

Sin embargo, eso no se lo había contado a Marcus. Pronto lo sabría, cuando volvieran a reunirse. Entonces bebería de su vena del corazón, el fino río azul que atravesaba su seno izquierdo, y descubriría sus secretos más profundos, sus miedos más oscuros y sus deseos más vehementes. La sangre de esa vena contenía todo lo que podría ocultar un amante y beber de ella simbolizaba la sinceridad y confianza que su relación necesitaría para prosperar.

—Íbamos a ir paso a paso, ¿recuerdas? —La pregunta de Marcus reclamó su atención—. Primero te conviertes en vampira y luego, si aún deseas estar conmigo...

—Lo desearé. —Phoebe estaba completamente segura.

Si aún deseas estar conmigo —repitió Marcus—, nos casaremos y te verás atada a mí. En la riqueza y en la pobreza.

Aquel era uno de sus pequeños rituales como pareja: ensayar los votos. En ciertas ocasiones se centraban en una línea y fingían que sería difícil de cumplir. En otras, se reían de todos ellos y de la mezquindad de los asuntos que abordaban en comparación con la inmensidad de sus sentimientos.

—En la salud y en la enfermedad. —Phoebe se arrellanó en la bañera. El esmalte frío le recordaba a Marcus y la solidez de sus curvas le hacía desear que estuviera allí, tras ella, rodeándola con sus brazos y sus piernas—. Renunciando a todos los demás. Para siempre.

—Para siempre es mucho tiempo —le advirtió Marcus.

—Renunciando a todos los demás —insistió Phoebe.

—No puedes saberlo con certeza. No podrás hasta que no me conozcas sangre a sangre.

Sus raras disputas surgían justo después de este tipo de diálogo, cuando las palabras de Marcus sugerían que había perdido la confianza en ella y Phoebe se ponía a la defensiva. Solían dirimirse en la cama de Marcus, donde cada uno demostraba para satisfacción del otro que, aunque (aún) no lo supieran todo, ya dominaban ciertos campos de conocimiento.

Pero Phoebe estaba en París y Marcus en Auvernia. Por el momento no era posible un acercamiento físico. Una persona más sabia y experimentada habría dejado el tema, pero Phoebe tenía veintitrés años y estaba irritada e inquieta por lo que iba a pasar.

—No sé por qué crees que soy yo quien cambiará de idea y no tú. —Su intención era hacer una broma intrascendente, pero, para su horror, sus palabras sonaron a acusación—. Al fin y al cabo, yo solo te he conocido como vampiro, pero tú te enamoraste de mí como humana.

—Te seguiré amando —respondió Marcus con una rapidez reconfortante—. Eso no cambiará aunque tú lo hagas.

—Puede que detestes mi sabor. Debería haber hecho que me probaras antes —dijo Phoebe con ganas de pelea. Tal vez Marcus no la amara tanto como creía. Su mente racional sabía que era una estupidez, pero la parte irracional (que en ese momento había tomado el control) no estaba convencida.

—Quiero que compartamos la experiencia, como iguales. Nunca he compartido mi sangre con mi pareja, y tú tampoco. Es algo que podemos hacer juntos por primera vez —replicó Marcus con voz suave, si bien teñida de frustración.

Era una cuestión de la que ya habían hablado largo y tendido. La igualdad era de gran importancia para Marcus. Una mujer mendigando con su hijo, un insulto racista oído en el metro, un anciano con dificultades para cruzar la calle mientras los jóvenes a su alrededor se apresuraban con sus auriculares y teléfonos móviles: todo ello lo enfurecía.

—Deberíamos habernos fugado y ya —se lamentó—. Deberíamos haber hecho las cosas a nuestra manera, sin preocuparnos por todas estas tradiciones y ceremoniales antiguos.

Pero hacerlo así, lentamente y paso a paso, también había sido una decisión conjunta.

Ysabeau de Clermont, la matriarca y abuela de Marcus, les había presentado con su lucidez habitual los pros y contras de renunciar a las costumbres de los vampiros. Empezó por los escándalos familiares más recientes. El padre de Marcus, Matthew, se había casado con una bruja, contraviniendo casi mil años de prohibición de relaciones entre individuos de especies diferentes. Después había estado a punto de morir a manos de uno de sus otros hijos, Benjamin, que estaba mentalmente trastornado. Así, a Phoebe y Marcus les quedaban dos opciones: mantener en secreto la transformación de esta y su matrimonio todo el tiempo posible antes de enfrentarse a una eternidad de chismes y especulaciones sobre lo sucedido entre bambalinas, o bien convertir a Phoebe en vampiro antes de su apareamiento con Marcus con toda la pompa debida... y toda la transparencia. De elegir esta última, Phoebe y Marcus probablemente sufrirían un año de incomodidades, además de una década o dos de notoriedad, pero luego serían libres de disfrutar de una vida interminable de paz y tranquilidad relativas.

La reputación de Marcus también había influido en la decisión de Phoebe. Era conocido entre los vampiros por su impetuosidad y por lanzarse a luchar contra todos los males del mundo sin preocuparse por lo que otras criaturas pudieran pensar. Phoebe esperaba que, si seguían la tradición en lo relativo a su enlace, Marcus ingresaría en las filas de la respetabilidad y su idealismo se vería bajo una luz más favorable.

—La tradición tiene un propósito de utilidad, ¿recuerdas? —replicó Phoebe con firmeza—. Además, no vamos a cumplir todas las normas. Y tu plan secreto con los teléfonos ya no es tal, por cierto. Freyja lo sabe.

—Siempre fue una apuesta arriesgada. —Marcus suspiró—. Juro por Dios que Freyja tiene parte de sabueso. No se le escapa nada. Pero no te preocupes; en realidad a ella no le importa que hablemos, es Miriam quien sigue las normas a pies juntillas.

—Miriam está en Montmartre —dijo Phoebe, echando una mirada al reloj. Ya pasaban treinta minutos de la medianoche. Pronto regresaría. Más le valía ir colgando.

—Hay buena caza en los alrededores de Sacré-Coeur —señaló Marcus.

—Es lo que comentó Freyja.

Se hizo un silencio cada vez más pesado con todas las cosas que no podían decir, que no dirían o que querían decir, pero no sabían cómo. Al final, no quedaban sino dos palabras lo bastante importantes como para pronunciarlas.

—Te quiero, Marcus Whitmore.

—Te quiero, Phoebe Taylor —respondió este—. Da igual qué decidas dentro de noventa días, ya eres mi pareja. Te llevo dentro, en mi sangre, en mis sueños. Y no te preocupes: vas a ser una vampira excelente.

Phoebe no tenía ninguna duda en cuanto al éxito de la transformación y muy pocas de lo que disfrutaría siendo inmortal y poderosa. Pero ¿Marcus y ella serían capaces de construir una relación duradera, como la que la abuela de este había tenido con su pareja, Philippe?

—Estaré pensando en ti en todo momento —añadió Marcus.

Entonces colgó y la línea quedó en silencio.

Phoebe dejó el auricular pegado al oído hasta que el servicio de telefonía desconectó la llamada. Salió de la bañera, rompió el aparato de un golpe con la lata de sales de baño, abrió la ventana y lanzó el amasijo de plástico y circuitos lo más lejos posible. Destruir las pruebas de su transgresión formaba parte del plan inicial de Marcus, y Phoebe iba a seguirlo al pie de la letra aunque Freyja ya estuviera al corriente de los teléfonos prohibidos. Lo que quedaba del teléfono cayó en el pequeño estanque del jardín con un satisfactorio plop.

Tras librarse de la prueba del delito, Phoebe se quitó el vestido y lo colgó en el armario, asegurándose de que la bolsa de plástico a rayas en lo alto quedase una vez más fuera de la vista. A continuación se puso el sencillo camisón de seda blanca que Françoise le había dejado encima de la cama.

Luego se sentó en el borde del colchón, inmóvil y en silencio, a encarar su futuro con resolución y esperar a que el tiempo la encontrara.

Primera parte. El tiempo nos ha encontrado

PRIMERA PARTE

El tiempo nos ha encontrado

Depende de nosotros volver a comenzar el mundo.

THOMAS PAINE

2. Menos que nada

2

Menos que nada

13 DE MAYO

Phoebe se subió a la báscula.

—Madre mía, eres minúscula —exclamó Freyja antes de leerle los números a Miriam, quien los registró en algo que parecía un expediente médico—. Cincuenta y dos kilogramos.

—Te advertí que ganaras tres kilos, Phoebe —dijo Miriam—. La báscula muestra una subida de tan solo dos.

—Lo he intentado. —Phoebe no veía el motivo de disculparse ante aquellas dos, que vivían a base del equivalente de una dieta crudívora y líquidos—. ¿Qué más da un kilo más o menos?

—Es por el volumen de sangre —respondió Miriam, tratando de mostrarse paciente—. Cuanto más peses, más sangre tendrás.

—Y cuanta más sangre tengas, más necesitarás recibir de Miriam —prosiguió Freyja—. Queremos asegurarnos de que te proporcione tanta como ingiera. El riesgo de rechazo es menor cuando el intercambio de sangre humana y sangre vampírica está equilibrado. Y queremos que recibas el máximo volumen posible.

Llevaban meses haciendo cálculos. Volumen de sangre. Gasto cardiaco. Peso. Consumo de oxígeno. De no conocer el motivo, Phoebe habría pensado que le estaban haciendo pruebas para unirse al equipo nacional británico de esgrima, no a la familia De Clermont.

—¿Estás segura de lo del dolor? —preguntó Freyja—. Podemos darte un analgésico. No hay necesidad de experimentar incomodidad. El renacimiento no tiene que ser doloroso, como era antes.

Aquello también había sido tema de arduos debates. Freyja y Miriam le habían contado historias que ponían los pelos de punta sobre su propia transformación y lo espantoso que había sido llenarse con la sangre de una criatura sobrenatural. La sangre de vampiro era agresiva y acababa con cualquier trazo de humanidad en su esfuerzo por crear el depredador perfecto. Si la sangre se ingería despacio, el vampiro recién renacido podía adaptarse a la invasión de nuevo material genético sin dolor o con muy poco, pero había evidencias de que el cuerpo humano también tenía más posibilidades de rechazar la sangre de su hacedor, prefiriendo morir antes que convertirse en otro ser. La transfusión rápida de sangre vampírica tenía el efecto opuesto: el dolor era atroz, pero el cuerpo humano debilitado no tenía tiempo ni recursos para preparar un contraataque.

—No me preocupa la perspectiva del dolor. Solo quiero hacerlo ya. —El tono de Phoebe indicaba que esperaba acabar de una vez por todas con aquella discusión.

Freyja y Miriam intercambiaron una mirada.

—¿Y algo de anestesia para el mordisco? —preguntó Miriam, poniéndose clínica una vez más.

—Por el amor de Dios, Miriam. —Cuando no se sentía como una candidata a las Olimpiadas, Phoebe estaba convencida de estar sometiéndose a la consulta preoperatoria más exhaustiva jamás realizada—. No quiero anestesia. Quiero sentir el mordisco. Quiero sentir el dolor. Es el único proceso de nacimiento al que me voy a someter jamás. No quiero perdérmelo. —Phoebe tenía las cosas bastante claras a ese respecto—. Ningún acto de creación ha sido nunca indoloro. Los milagros deberían dejar marca para que podamos recordar lo preciosos que son.

—Pues muy bien —dijo Freyja, rápida y eficiente—. Las puertas están cerradas con llave. Las ventanas también. Françoise y Charles están cerca, por si acaso.

—Sigo pensando que deberíamos haberlo hecho en Dinamarca. —Incluso en ese momento, Miriam no podía dejar de reevaluar el procedimiento—. En París hay demasiados corazones latiendo.

—Lejre tiene casi quince horas de luz diurna en esta época del año. Phoebe no sería capaz de soportar tanta luz solar tan rápido —argumentó Freyja.

—Sí, pero la caza... —comenzó a decir Miriam.

Phoebe sabía que procederían a comparar en detalle la fauna francesa y la danesa, teniendo en cuenta los beneficios nutritivos de ambas, la variabilidad del tamaño, la frescura, el número de individuos salvajes frente a los de cría y los apetitos imprevisibles del vampiro reciente.

—Se acabó —las cortó Phoebe, encaminándose a la puerta—. Tal vez me transforme Charles. Me niego a volver a abordar este tema ni una vez más.

—¡Está lista! —exclamaron Miriam y Freyja al unísono.

Phoebe tiró del escote amplio del camisón blanco que llevaba, dejando expuestas sus generosas venas y arterias.

—Pues adelante.

Las palabras apenas habían escapado de su boca cuando sintió una fuerte sensación.

Entumecimiento.

Hormigueo.

Succión.

Le flaquearon las rodillas y la cabeza comenzó a darle vueltas cuando el shock por la rápida pérdida de sangre se apoderó de ella. Su cerebro registró que algo la atacaba y se encontraba en peligro mortal, por lo que su nivel de adrenalina aumentó.

Su campo de visión se estrechó y la estancia perdió nitidez.

Unos brazos fuertes la atraparon.

Phoebe flotaba en una oscuridad aterciopelada y se sumergió entre los pliegues del silencio.

Paz.

Un frío penetrante hizo que recobrara la consciencia.

Phoebe se congelaba, se abrasaba.

Abrió la boca en un grito aterrorizado mientras su cuerpo se incendiaba desde dentro.

Alguien ofreció una muñeca, húmeda con algo que olía... delicioso.

Cobre y hierro.

Salado y dulce.

Era el aroma de la vida. Vida.

Phoebe olfateó la muñeca como un bebé que buscase el seno materno, la carne tentadoramente cerca de su boca, pero sin tocar sus labios.

—Elige —dijo su hacedora—. ¿Vida... o muerte?

Phoebe hizo acopio de todas sus energías para acercarse a la promesa de vitalidad. En la distancia, alguien daba golpes, bajos y rítmicos. Enseguida entendió.

Latidos.

Pulso.

Sangre.

Phoebe besó con reverencia la fría piel de la muñeca de su hacedora, maravillada al tomar conciencia del regalo que se le ofrecía.

—Vida —susurró antes de tomar su primer trago de sangre vampírica.

Cuando la poderosa sustancia comenzó a fluir por sus venas, el cuerpo de Phoebe explotó de dolor y anhelo: por lo que había perdido, por lo que estaba por llegar, por todo lo que jamás sería y por todo aquello en lo que iba a convertirse.

Su corazón comenzó a latir con una nueva música, una música lenta y deliberada.

Soy, cantó el corazón de Phoebe.

La nada.

Y, sin embargo,

ahora

para siempre.

3. El regreso del hijo pródigo

3

El regreso del hijo pródigo

13 DE MAYO

—Como sean los fantasmas los que montan tal barullo, voy a matarlos —murmuré, aferrándome a la desorientación que provocaba el sueño con la esperanza de prolongarlo unos instantes. Seguía bajo los efectos del desfase horario tras nuestro vuelo de Estados Unidos a Francia y tenía un montón de exámenes y trabajos que calificar una vez acabado el semestre de primavera en Yale. Tiré de las mantas para subírmelas hasta la barbilla, me di la vuelta y rogué por que se hiciera el silencio.

Una serie de golpes fuertes reverberaron por la casa, rebotando en los gruesos muros y suelos de piedra.

—Hay alguien a la puerta. —Matthew, que dormía muy poco, se había asomado a la ventana abierta y olisqueaba el aire nocturno en busca de señales de su identidad—. Es Ysabeau.

—¡Son las tres de la madrugada! —gruñí mientras introducía los pies en las zapatillas. Estábamos familiarizados con las crisis, pero, con todo y con eso, una visita tan tardía era algo fuera de lo común.

Matthew se desplazó como un rayo de la ventana del dormitorio a las escaleras y comenzó a bajarlas a toda prisa.

—¡Mamá! —Becca gimió desde el cercano cuarto infantil, atrayendo mi atención—. ¡Ay! Alto. Alto.

—Ya voy, mi amor. —Mi hija había heredado la agudeza auditiva de su padre. Su primera palabra había sido «mamá»; la segunda, «papá», y la tercera «Pip», por su hermano Philip. Poco después habían llegado «sangre», «alto» y «perro».

—Luciérnaga, luciérnaga, que se haga la luz.

En lugar de encender las lámparas, iluminé suavemente la punta del índice con un hechizo sencillo inspirado por la canción de un viejo álbum que había encontrado en un armario. Mi gramaria —la habilidad de poner en palabras mis nudos mágicos— iba mejorando.

En el cuarto infantil, Becca estaba sentada, tapándose los oídos con las manitas y con una mueca angustiada en el rostro. Cuthbert, el elefante de peluche que Marcus le había regalado, así como una cebra de madera llamada Zee, daban vueltas alrededor de su sólida cuna medieval. Philip estaba de pie, agarrándose a los barrotes y mirando a su hermana con preocupación.

Durante las horas de sueño, la magia de la sangre mitad brujo mitad vampiro de los gemelos salía a la superficie y perturbaba su sueño ligero. Aunque sus actividades nocturnas me inquietaban un poco, Sarah decía que podía dar gracias a la diosa de que hasta el momento la magia de los niños se hubiera visto limitada a mover el mobiliario del cuarto, formar nubes blancas de polvos de talco y construir móviles improvisados con los peluches.

—Pupa —dijo Philip, señalando a su hermana.

Ya seguía los pasos de Matthew en su vocación médica y examinaba atentamente a todas las criaturas de Les Revenants —de dos piernas o cuatro patas, con alas o aletas— en busca de rasguños, ronchas o picaduras.

—Gracias, Philip. —Esquivé a Cuthbert por poco y me acerqué a Becca—. ¿Quieres mimos, Becca?

—Cuthbert también.

Becca ya se había convertido en una hábil negociadora debido al tiempo que pasaba con sus abuelas. Mucho me temía que Ysabeau y Sarah fueran una mala influencia.

—Solo tú y, si quiere unirse, también Philip —respondí con firmeza, acariciándole la espalda.

Cuthbert y Zee cayeron al suelo con un golpe malhumorado. Era imposible saber cuál de los niños era el responsable de que volaran los animales o por qué la magia había parado. ¿Era Becca quien los había hecho flotar y mis caricias la habían reconfortado lo suficiente como para no necesitar más a los dos animales? ¿O era Philip, que se había calmado una vez que su hermana ya no lo estaba pasando mal? ¿O era porque yo había dicho que no?

En la distancia, los golpes cesaron. Ysabeau estaba en la casa.

—Abu... —comenzó a decir Becca antes de verse interrumpida por el hipo.

—... ela —concluyó Philip, cuyo rostro se iluminó.

Se me formó un nudo de angustia en el estómago. De pronto me di cuenta de que tenía que haber sucedido algo grave para que Ysabeau se presentase en mitad de la noche sin llamar antes.

Los suaves murmullos del piso inferior eran demasiado bajos para que mis oídos de bruja entendieran nada, aunque la cabeza ladeada de los gemelos indicaba que ellos sí eran capaces de seguir la conversación entre su padre y su abuela. Por desgracia, eran demasiado pequeños para revelarme nada sustancial.

Lancé un vistazo a la escalera mientras cogía a Becca en un brazo y a Philip en el otro. Normalmente me habría agarrado a la soga que Matthew había tendido por el muro curvo para evitar que se cayesen los seres de sangre caliente. Había estado limitando la magia que usaba en presencia de los niños por miedo a que tratasen de imitarme. Esa noche sería una excepción.

Ven conmigo —susurró el viento, enroscándose en mis tobillos como la caricia de un amante— y cumpliré tu deseo.

Aquella llamada elemental era desesperantemente clara. Así que ¿por qué no me traía las palabras de Ysabeau? ¿Por qué quería que me uniera a Matthew y a ella?

Pero el poder era enigmático en ocasiones. Si no formulabas la pregunta correcta, simplemente se negaba a responder.

Aferré a los niños y me rendí al encanto del aire, por lo que mis pies se separaron del suelo. Recé por que no se percataran de que flotábamos a varios centímetros de las baldosas de piedra, pero una chispa antigua y sabia se iluminó en los ojos verde grisáceo de Philip.

Un rayo plateado de luna se posó sobre el muro, abriéndose paso desde una de las ventanas altas y estrechas. Captó la atención de Becca mientras descendíamos las escaleras.

—Bonito —canturreó mientras trataba de alcanzar el haz de luz—. Bebés bonitos.

Por un instante, la luz se curvó hacia ella, desafiando las leyes de la física tal y como las entendían los humanos. Se me puso la carne de gallina y descollaron las letras que brillaban bajo mi piel en rojo y dorado. En la luz de la luna había magia, pero, aunque era bruja y tejedora, no siempre veía aquello que mis hijos de sangre mixta eran capaces de apreciar.

Feliz de haber dejado atrás el rayo de luna, dejé que el aire me transportara escaleras abajo. Una vez en tierra firme, mis pies de sangre caliente recorrieron la distancia que quedaba hasta la puerta delantera.

Un toque de escarcha en la mejilla, que señalaba la mirada de un vampiro, me dijo que Matthew nos había visto llegar. Estaba de pie, en el umbral, con Ysabeau. El juego de plata y sombra hacía resaltar sus pómulos y su cabello parecía aún más oscuro, mientras que, por alguna extraña alquimia, esa misma luz hacía que el de Ysabeau pareciera más dorado. Llevaba las mallas beis cubiertas de tierra y la camisa blanca rasgada por el enganchón de una rama. Me saludó con un gesto de la cabeza, su respiración entrecortada. Ysabeau había llegado corriendo a toda velocidad.

Los niños notaron lo extraño del momento. En lugar de saludar a su abuela con el entusiasmo habitual, se pegaron a mí y hundieron la cabecita en la curva de mi cuello, como para esconderse de la oscuridad misteriosa que impregnaba la casa.

—Estaba hablando con Freyja. Antes de que acabáramos, Marcus dijo que se iba al pueblo —explicó Ysabeau con la voz teñida de pánico—. Sin embargo, Alain estaba preocupado, así que lo seguimos. Al principio parecía que Marcus estaba bien, pero entonces escapó.

—¿Marcus ha huido de Sept-Tours?

Parecía imposible. Marcus adoraba a Ysabeau y esta le había pedido específicamente que se quedara con ella todo el verano.

—Tomó un camino hacia el oeste y supusimos que vendría hacia aquí, pero algo me dijo que me quedara con él. —Ysabeau volvió a inhalar aire con dificultad—. Entonces Marcus viró hacia el norte, hacia Montluçon.

—¿Querrá ver a Baldwin? —pregunté.

Mi cuñado tenía una casa allí, construida largo tiempo atrás, cuando la zona era conocida simplemente como el Monte de Lucius.

—No, no se dirigía a casa de Baldwin, sino a París. —Los ojos de Matthew se oscurecieron.

Ysabeau asintió.

—No huía, sino que volvía... con Phoebe.

—Algo ha ido mal —dije con asombro.

Todos me habían asegurado que Phoebe haría la transición de humana a vampira sin problemas. Se había planeado cuidadosamente y se habían hecho todo tipo de preparativos.

Al sentir cómo aumentaba mi preocupación, Philip se revolvió para que lo bajara.

—Freyja me comentó que todo había salido según lo previsto. Phoebe ya es vampira. —Matthew cogió a Philip de mis brazos y lo dejó en el suelo a mi lado—. Quédate con Diana y los niños, maman. Iré tras Marcus y averiguaré qué ha pasado.

—Alain está fuera —anunció Ysabeau—. Llévalo contigo. Tu padre creía que en una situación así era bueno contar con otro par de ojos.

Matthew me besó. Como en casi cada una de sus despedidas, su beso contenía una nota de ferocidad, como si me advirtiera que no bajase la guardia en su ausencia. Le acarició el pelo a Becca y le besó la frente con mucha más suavidad que a mí.

—Ten cuidado —murmuré, más por costumbre que por verdadera preocupación.

—Siempre —respondió Matthew dirigiéndome una última mirada intensa antes de darse la vuelta para marcharse.

Tras la emoción que supuso la llegada de su abuela, los niños tardaron casi una hora en relajarse y dormirse de nuevo. Yo, completamente despierta por los nervios y la falta de respuestas, bajé a la cocina. Allí, como era de esperar, encontré a Marthe y a Ysabeau.

Aquel conjunto de estancias interconectadas solía ser uno de mis lugares favoritos. Resultaba infaliblemente cálido y acogedor, con la cocina de hierro esmaltado encendida y lista para hornear algo delicioso, y fruteros con productos frescos esperando a que Marthe los convirtiera en un festín para sibaritas. Esa mañana, sin embargo, la pieza resultaba oscura y fría a pesar de los apliques encendidos y los coloridos azulejos holandeses que decoraban las paredes.

—De todas las cosas que me disgustan de estar casada y apareada con un vampiro, esperar en casa la llegada de noticias debe de ser la peor. —Me dejé caer en uno de los taburetes que rodeaban la enorme mesa de madera ajada que constituía el centro de gravedad de aquella esfera doméstica—. Gracias a Dios por los teléfonos móviles. No quiero ni imaginar cómo sería cuando solo existían las notas manuscritas.

—A nadie nos gustaba —respondió Marthe mientras me ponía delante una taza de té humeante junto a un cruasán relleno de pasta de almendras y espolvoreado de azúcar glas.

—Gloria bendita —dije al inhalar el aroma a hojas oscuras y el dulzor de frutos secos que emanaba de la taza.

—Debería haber ido con ellos. —Ysabeau no se preocupó por recogerse el cabello ni limpiarse la mancha de barro de la mejilla. Normalmente no concebía ofrecer un aspecto que no fuera impecable.

—Matthew quería que te quedases aquí —repuso Marthe, espolvoreando harina sobre la mesa con gesto experto. Sacó una bola de masa de un cuenco cercano y comenzó a amasarla con el pulpejo de las manos.

—Uno no siempre consigue lo que quiere —replicó Ysabeau, sin rastro de la ironía que desprendía la canción de los Rolling Stones.

—¿Alguien me puede explicar exactamente qué ha pasado para que Marcus se haya marchado tan de repente? —pregunté antes de darle un sorbo al té, sintiendo que se me estaba escapando algún detalle crucial.

—Nada. —Ysabeau, al igual que su hijo, podía ser parca con la información.

—Algo ha tenido que ser.

—De verdad, no ha pasado nada. Celebraron una cena con la familia de Phoebe —aclaró Ysabeau—. Freyja me aseguró que todo había ido muy bien.

—¿Qué preparó Charles? —La boca se me hizo agua—. Algo delicioso, seguro.

Las manos de Marthe se detuvieron y me miró con el ceño fruncido antes de echarse a reír.

—¿Por qué te ríes? —pregunté, dándole un mordisco al crujiente cruasán. Tenía tanta mantequilla que se me deshacía en la boca.

—Porque acaban de convertir a Phoebe en vampira y tú quieres saber qué tomó en su última cena —explicó Ysabeau—. Para una manjasang, es un detalle peculiar en el que fijarse tratándose de un momento tan trascendental.

—Claro que sí. Eso es que nunca habéis probado los pollos asados de Charles —repliqué—. Todo ese ajo. Y el limón. Divino.

—Pues cenaron pato —señaló Marthe—. Y salmón. Y ternera.

—¿Les preparó Charles seigle d’Auvergne? —pregunté mientras veía trabajar a Marthe, pues el pan de centeno era una de las especialidades de Charles... y uno de los favoritos de Phoebe—. Y de postre ¿hubo pompe aux pommes?

Phoebe adoraba el dulce y la única vez que la había visto dudar ante la perspectiva de convertirse en vampira fue cuando Marcus la llevó a la panadería de Saint-Lucien y le explicó que la tarta de manzana del escaparate le resultaría repulsiva si seguía adelante con el plan.

—Las dos cosas —respondió Marthe.

—Phoebe estaría encantada —dije, impresionada por el nivel del menú.

—Según Freyja, últimamente no ha estado comiendo demasiado. —Ysabeau se mordió el labio inferior.

—¿Habrá sido por eso por lo que Marcus se ha marchado?

Dado que Phoebe, una vez convertida, no volvería a disfrutar de comida humana, parecía una reacción exagerada.

—No. Marcus se ha ido porque Phoebe le llamó para despedirse de él por última vez. —Ysabeau negó con la cabeza—. Qué impulsivos son los dos.

—Son modernos, eso es todo —repliqué.

No me sorprendía que Phoebe y Marcus se hubieran impacientado ante el laberinto bizantino de rituales, normas y prohibiciones de los vampiros. Primero habían pedido a Baldwin, como cabeza del clan De Clermont, que aprobara formalmente el compromiso entre Marcus y Phoebe, así como el deseo de esta de convertirse en vampira. Se consideraba un paso esencial, dado el pasado agitado de Marcus y la escandalosa decisión de Matthew de aparearse conmigo, una bruja. Su matrimonio y apareamiento solo se consideraría legítimo si contaba con el respaldo total de Baldwin.

A continuación, Marcus y Phoebe eligieron un hacedor de una lista cortísima de posibles candidatos. No podía ser de la familia, pues Philippe de Clermont se había opuesto tajantemente a cualquier atisbo de incesto entre los miembros de su clan. A los hijos se los trataba como a hijos. A las parejas se las debía buscar fuera de la familia. Pero también había otras consideraciones. El hacedor de Phoebe debía ser un vampiro antiguo, con suficiente fuerza genética para engendrar hijos saludables. Y, como el elegido quedaría unido para siempre a la familia De Clermont, su reputación y antecedentes habían de ser irreprochables.

En cuanto Phoebe y Marcus hubieron decidido quién la convertiría en vampiro, la hacedora de Phoebe y Baldwin acordaron los preparativos para hacerlo en la fecha adecuada e Ysabeau supervisó las cuestiones prácticas, como el alojamiento, las finanzas y el empleo, con ayuda de Hamish Osborne, el amigo daimón de Matthew. Dejar la vida como ser de sangre caliente constituía un asunto complicado. Había que organizar muertes y desapariciones, así como excedencias laborales por motivos personales que, al cabo de seis meses, se convertirían en renuncias definitivas.

Una vez convertida Phoebe en una vampira, Baldwin estaría entre los primeros visitantes masculinos. Dada la estrecha relación entre hambre física y deseo sexual, el contacto de Phoebe con el sexo opuesto estaría limitado. Y, para reprimir cualquier posible decisión precipitada por la primera oleada de hormonas vampíricas, Marcus no podría volver a ver a Phoebe hasta que Baldwin la considerase capaz de tomar una decisión prudente sobre su futuro juntos. Tradicionalmente, los vampiros esperaban al menos noventa días —el plazo medio necesario para que el vampiro recién nacido se desarrollase y pasase a la fase de alevín, capaz de cierto grado de independencia— antes de reunirse con su potencial pareja.

Para sorpresa de todos, Marcus había aceptado los intrincados planes de Ysabeau. Y eso que era el revolucionario de la familia. Yo había esperado que protestase, pero él no había abierto la boca.

—Hace dos días, todo el mundo confiaba plenamente en la conversión de Phoebe —apunté—. ¿Por qué estáis tan preocupados ahora?

—No es Phoebe quien nos preocupa —contestó Ysabeau—, sino Marcus. Nunca se le ha dado bien esperar ni obedecer normas impuestas por los demás. Se apresura demasiado a seguir su corazón y siempre lo mete en líos.

Alguien abrió de golpe la puerta de la cocina, moviéndose por la casa como una mancha de azul y blanco. Pocas eran las ocasiones en que veía vampiros moverse a una velocidad no regulada y resultó sorprendente cuando la mancha se transformó en una camiseta blanca, tejanos gastados, ojos azules y una mata espesa de cabello rubio.

—¡Debería estar con ella! —vociferó Marcus—. Me he pasado la mayor parte de mi vida anhelando un sentimiento de pertenencia, deseando tener una familia propia. Y, ahora que la tengo a ella, le he dado la espalda.

Matthew entró tras Marcus como la sombra que sigue al sol. Alain Le Merle, antiguo escudero de Philippe, cerraba la comitiva.

—Tradicionalmente, como ya sabes... —comenzó a decir Matthew.

—¡¿Desde cuándo me importa a mí la tradición?!

La tensión en el aire se intensificó. Como cabeza de la familia, Matthew esperaba obediencia y respeto de su hijo, no oposición.

—¿Todo bien? —intervine.

En mi carrera como profesora había aprendido lo útiles que resultaban las preguntas retóricas, al ofrecer a todos una oportunidad de pararse a reflexionar. Mis palabras aligeraron la atmósfera, aunque solo fuera porque resultaba de lo más obvio que nada estaba bien.

—No esperábamos encontrarte todavía despierta, mon cœur —dijo Matthew, que vino hasta mi lado y me dio un beso. Olía a aire fresco, a pino y a heno, como si hubiera estado corriendo entre campos abiertos y bosques espesos—. Marcus está preocupado por el bienestar de Phoebe, eso es todo.

—¿Preocupado? —Marcus frunció el ceño—. Me muero de angustia. No puedo verla. No puedo ayudarla...

—Debes confiar en Miriam. —El tono de Matthew era suave, pero le temblaba un músculo en el mentón.

—Nunca debería haber aceptado todo este protocolo medieval. —Marcus se mostraba cada vez más agitado—. Ahora que estamos separados y que no tiene a nadie en quien confiar salvo Freyja...

—A quien pediste específicamente que atendiera el proceso —observó Matthew con calma—. Cualquiera de la familia se habría prestado a permanecer al lado de Phoebe durante la conversión. La elección fue tuya.

—Por Dios, Matthew. ¿Es que siempre tienes que ser tan puñeteramente razonable? —Marcus le dio la espalda a su padre.

—Es exasperante, ¿verdad? —tercié conciliadora, posando una mano en la muñeca de mi marido para que no se apartase de mí.

—Sí, desde luego que lo es —repuso Marcus, acercándose a zancadas hasta el frigorífico y abriendo la pesada puerta de golpe—. Llevo aguantándolo mucho más tiempo que tú. Madre mía, Marthe. ¿Qué has estado haciendo todo el día? No hay ni una gota de sangre en la casa.

Habría sido imposible decidir quién estaba más asombrado por la crítica a la venerada Marthe, que se ocupaba de las necesidades de cada miembro de la familia antes de que nadie se diese cuenta siquiera. No obstante, era evidente quién estaba más furioso: Alain. Marthe era su progenitora.

Matthew y él intercambiaron una mirada. Este inclinó la cabeza un par de centímetros, reconociendo que la necesidad de Matthew de disciplinar a su hijo antecedía a su derecho a defender a su madre. Matthew apartó mi mano con suavidad.

Acto seguido, atravesó la cocina y empujó a Marcus contra la pared. El solo movimiento habría bastado para romperle las costillas a una criatura normal.

—Ya basta, Marcus. Esperaba que las circunstancias de Phoebe te despertaran recuerdos de tu propio renacimiento —dijo Matthew, sujetando a su hijo con mano firme—, pero debes practicar cierta moderación. No vas a conseguir nada por andar merodeando por el campo y plantarte en casa de Freyja.

Matthew miró fijamente a los ojos de su hijo, esperó y no lo soltó hasta que este los bajó. Marcus se deslizó varios centímetros pared abajo, tomó una bocanada de aire entrecortado y, al fin, pareció reconocer dónde se encontraba y qué había hecho.

—Lo siento, Diana —se excusó Marcus lanzándome una mirada breve antes de volverse hacia Marthe—. Dios mío, Marthe, no era mi intención...

—Sí, sí que lo era. —Marthe le propinó un cachete, y no precisamente flojo—. La sangre está en la despensa, donde siempre. Sírvete tú mismo.

—Intenta no preocuparte, Marcus. Nadie podría cuidar de Phoebe mejor que Freyja. —Ysabeau posó la mano en el hombro de su nieto con ademán tranquilizador.

Yo sí —espetó Marcus, desasiéndose de la mano de su abuela para desaparecer en la despensa.

Marthe alzó los ojos al cielo como rogando que alguien la librara de los vampiros enamorados. Ysabeau levantó un dedo a modo de advertencia, lo que impidió que Matthew hiciera comentario alguno. No obstante, dado que era la única persona presente que no se hallaba sujeta a las reglas de la manada de los De Clermont, hice caso omiso de la orden de mi suegra.

—De hecho, Marcus, no creo que eso sea cierto —afirmé en voz alta para que se oyera desde la pieza contigua, al tiempo que me servía más té.

—¿Cómo? —Marcus reapareció súbitamente con semblante indignado y un vaso para julepe de plata que, bien lo sabía, no contenía bourbon, azúcar, agua ni menta—. Por supuesto que soy la persona que mejor la cuidaría. La quiero. Phoebe es mi pareja. Sé mejor que nadie lo que necesita.

—¿Mejor que ella misma? —repliqué.

—A veces —respondió Marcus levantando el mentón con aire desafiante.

—Tonterías. —Sonaba igual que Sarah, brusca e impaciente, y lo atribuí a la hora temprana y no a algún tipo de predisposición genética a la franqueza en las mujeres Bishop—. Todos los vampiros sois iguales, creéis saber lo que los pobres seres de sangre caliente queremos en realidad, y especialmente las mujeres. Pues bien, esto es lo que Phoebe quería: qu

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