Capítulo 1
Si cerraba los ojos, aún podía escuchar los aplausos. Los silbidos. Los gritos. Cientos de voces coreaban sus nombres, cantaban los estribillos de sus canciones, suplicaban por un tema más.
Si cerraba los ojos, aún estaba sobre el escenario, la música hormigueaba en sus dedos, las manos volaban sobre el teclado. La voz áspera de Miles desgarraba el aire y Aaron hacía retumbar el suelo con su poderosa batería.
Sí, si cerraba los ojos, podía sentir la euforia, el calor, la magia. Era de nuevo James Hathaway, teclista de The Wave, el grupo de rock que revolucionó el mundo.
Abrió los ojos.
Aquello había sucedido en otra vida, antes de que el suelo se abriera y cayeran en un espiral de autodestrucción de la que nadie pudo salvarlos. Los aplausos se habían apagado años atrás y la música que sonaba en aquel momento no era una canción de The Wave, sino el sonido frío y sintético de un tema de pop electrónico en una discoteca de moda de Nueva York. La voz de la cantante, teñida de autotune, tenía algo de robótico. «Música muerta», pensó con tristeza mientras clavaba la vista en el vaso vacío que sostenía entre los dedos. No estaba borracho y nunca le había gustado beber por las razones equivocadas. James conocía sus límites, aunque esa noche estaba dispuesto a saltárselos. Se volvió hacia el camarero y pidió otra copa.
—¿Un mal día? —preguntó con cierta simpatía el tipo mientras ponía los hielos en el vaso.
James se encogió de hombros. Cuatro malos años, en realidad, aunque no iba a reconocerlo ante un desconocido.
Notó la vibración del móvil y sacó el teléfono del bolsillo con desgana. Gerry, otra vez. Tenía al menos diez llamadas perdidas de su agente. Desconectó el teléfono sin ningún remordimiento. No pensaba hablar con él, porque esa noche odiaba un poco a Gerry Fisher. No era justo, pero no podía evitarlo.
Él había estado junto a ellos desde el principio, desde que eran unos chicos de veintiún años llenos de sueños y talento que querían comerse el mundo. ¿Habían pasado tan solo siete años? ¿Siete años desde que entraron en su despacho para firmar el contrato que cambiaría sus vidas? James sacudió la cabeza. No quería pensar en aquella época, cuando eran solo tres jóvenes ansiosos y arrogantes, llenos de música, que se creían preparados para una batalla que acabarían perdiendo.
El camarero deslizó la copa frente a él. James dejó un billete sobre el mostrador y se dio la vuelta sin esperar el cambio. Necesitaba alejarse de la barra para evitar recrearse en un pasado que prefería olvidar, sobre todo la terrorífica imagen del cadáver de uno de sus mejores amigos tendido en el suelo de una lujosa habitación de hotel. No quería volver allí. En su cabeza, había visitado aquella habitación de Sídney demasiadas veces en los últimos años. Solo quería olvidar, aunque fuese durante unas horas. Se introdujo entre los cuerpos que se movían frenéticos al son de aquella música sin alma. Una turba sudorosa se balanceaba exaltada con un pésimo sentido del ritmo. Dio un trago a la copa y el áspero sabor del whisky arañó su garganta. Una chica rubia se acercó a él. Sonreía y sus ojos estaban cargados de promesas inequívocas.
—¿Estás solo? —preguntó al tiempo que se inclinaba para mostrar su generoso escote.
En otro momento (en su otra vida), habría aceptado sin dudar aquella propuesta. Habría rodeado la cintura femenina con su brazo y habrían bailado unas cuantas canciones. Él habría coqueteado un poco, la habría hecho reír con su humor ligero y luego habría sugerido que se trasladaran a un lugar más tranquilo.
Pero ya no era aquel chico despreocupado y esa noche no buscaba compañía, así que negó con la cabeza y se alejó de la rubia.
Ráfagas luminosas verdes y rosas cruzaban la oscuridad de la sala. La masa de cuerpos pareció estrecharse sobre él. No paraban de moverse. Quiso ser como ellos y sacudirse bajo el eco de aquel ritmo repetitivo, de aquellos sintetizadores vacíos, de aquellos sonidos sin sangre que no dolían por dentro, pero era James Hathaway y necesitaba calidez, pasión, sufrimiento, amor... La música tenía que hacer sentir, vibrar, desgarrar. La música tenía que estar viva.
Observó confuso a su alrededor: los cuerpos que se mecían unos contra otros, las sonrisas vacías, los rostros sudorosos. Se llevó de nuevo la copa a los labios y solo encontró los restos de un hielo a medio derretir. Todavía no estaba borracho, aunque una agradable neblina envolvía su cabeza, llevándose los recuerdos, y comprendió que era el momento de parar. Había ciertas líneas que no estaba dispuesto a cruzar.
Debería volver a casa, meterse en la cama, mal dormir algunas horas y prepararse para llamar a Gerry y buscar a Miles. Al día siguiente no los odiaría, a pesar de que ambos le hubieran arrebatado las últimas esperanzas que le quedaban.
Se abrió paso entre los cuerpos amontonados. Una chica dejó caer los párpados para mirarlo a través de las pestañas brillantes de purpurina, alguien trató de cogerlo por la cintura. Molesto, avanzó un poco más. Necesitaba salir de allí, alejarse de todos, estar solo. Se había equivocado al entrar en la discoteca tras abandonar furioso el despacho de Gerry.
—Red Moon Records quiere grabar con vosotros —había explicado el agente de The Wave unas horas antes en su oficina. Miles había torcido el gesto ante la noticia, pero el corazón de James había dado un brinco. Un brote de esperanza aleteó en su interior.
Gerry no añadió que llevaba meses de duras negociaciones con el sello discográfico para conseguir aquella oportunidad; no hacía falta. Los dos integrantes de la banda eran conscientes de que la industria de la música no quería saber nada de ellos. Los habían ignorado, como si nunca hubieran existido, como si The Wave no hubiera roto todos los récords de ventas ni ellos hubieran sido adorados por cientos de miles de fans en todo el mundo.
Habían caído en el olvido.
Cuando todo se hundió tras la muerte de Aaron, las discográficas les dieron la espalda, los viejos amigos se evaporaron en el aire y los admiradores buscaron otros ídolos. Solo Gerry permaneció junto a ellos, decidido a darles el tiempo necesario para recuperarse antes de volver a la carga. Y ahí estaba, por fin, la oportunidad soñada, la posibilidad de rescatar al grupo, de volver a pisar un escenario, de recuperar una parte de sí mismos que quedó atrapada en un hotel de Sídney, junto al cadáver de Aaron.
Era el momento exacto, con Miles recuperado, sobrio y estable. No había nada que impidiera su vuelta. The Wave tenía una oportunidad, así lo había dicho Gerry, con los ojos brillantes de satisfacción.
Un golpe en el brazo lo devolvió al presente. Su mente salió del despacho de Gerry y se encontró de nuevo en medio de la turba sudorosa. Sonó una nueva canción y estuvo a punto de reír por la ironía. Waves, de Luna Shadows, hizo retumbar el aire, lo llenó de vibraciones acústicas que hablaban sobre aferrarse a los sueños.
Y entonces la vio. Estaba en una esquina de la pista, junto a los descomunales altavoces. Bailaba perdida en su mundo, como si estuviera sumergida en una espiral sonora. Su cuerpo parecía haberse fundido con los sonidos. James se quedó clavado en el sitio mientras contemplaba a aquella bailarina solitaria que parecía estar hecha de música.
El cabello ondulado, corto y salvaje, caía sobre sus mejillas, tapando su cara, pero no necesitaba saber si era más o menos bonita, si tenía la nariz grande o los ojos claros. Solo necesitaba sentir la música a través de ella.
Se acercó despacio, como si temiera asustarla. Tal vez no era real, sino producto de sus propias ansias de volver a sentir la música, de volver a sentirse vivo.
Ella llevaba un vestido negro, nada llamativo, que habría lucido mejor con unos tacones de vértigo en vez de las sencillas bailarinas que calzaba. Su aspecto la hacía pasar inadvertida entre las otras chicas, pero James no podía apartar la vista de ella.
La bailarina solitaria dio una vuelta, y casi pudo admirar su perfil, a pesar de que el pelo aún ocultaba la mayor parte de su rostro. Ella parecía formar parte de la melodía. La envidió por un instante, porque la música era el único hogar cálido que había conocido y lo había perdido tiempo atrás.
Se quedó a unos pasos de ella. Notaba un curioso hormigueo en los dedos. Quería tocarla, bailar con ella. ¿La asustaría? ¿Rompería el hechizo? Por suerte, no necesitó tomar ninguna decisión, porque ella se giró, se apartó los cortos mechones del rostro y lo vislumbró entre la masa de gente. Ladeó un poco la cabeza, como un pájaro curioso; parecía confusa, aunque le sostuvo la mirada sin dejar de moverse. James consideró que era una buena señal y avanzó despacio entre los cuerpos que se agitaban.
Cuando llegó a su lado, los brazos, las piernas, las caderas de ambos empezaron a acompañarse de forma sincronizada, como si un hilo rítmico invisible los anudara el uno al otro. James era incapaz de apartar la mirada de su rostro, por fin al descubierto. Tenía una barbilla voluntariosa, la boca grande y unos bonitos ojos castaños.
La música pareció cambiar, se volvió más eléctrica, y, pese a que siempre detestó aquellos sonidos, junto a aquella chica los percibía más vivos que nunca. Se adentraron bajo su piel. Los sentía en todo su cuerpo, retumbaban en sus venas, en la boca del estómago, en la planta de los pies.
Su compañera de baile se acercó un poco más y, con cuidado, él deslizó la mano por su cintura. El mundo se desvaneció ante el contacto de su cuerpo. Ella era cálida y suave. Más cálida y suave de lo que ninguna otra chica le había parecido antes. Le habría gustado preguntarle su nombre, saber qué hacía sola en aquella discoteca, darle las gracias por devolverle la música con su baile. Ignoraba cuánto tiempo duraría aquella sensación o si, al separarse de ella, se le escurriría entre los dedos.
La espalda femenina chocó con un muro y ambos se detuvieron. Se habían movido hacia el fondo de la sala sin darse cuenta.
La pared temblaba con las vibraciones del sonido, como si la música estuviera en todas partes, envolviéndolos en un abrazo sonoro que no dejaba espacio a nada más. Ella tenía los labios entreabiertos, sin nada de maquillaje, y posó las manos sobre los hombros de James. La leve caricia envió un escalofrío por toda su columna. Habían dejado de bailar y ambos parecían un poco perplejos.
Quería besarla, descubrió sorprendido. Quería besar a aquella extraña con la que no había intercambiado una sola palabra.
No debería, por supuesto. Esa chica le había hecho un precioso regalo y él no iba a aprovecharse. Un buen hombre se presentaría, la invitaría a una copa y charlarían un rato. Le gustaría saber cosas de ella; tal vez podría contarle por qué estaba tan aturdido aquella noche. ¿Le importaría a aquella desconocida que su mejor amigo, su compañero de aventuras, había asegurado unas horas antes que no quería seguir adelante con el grupo? ¿Podría decirle que la persona en la que más confiaba había destruido sus sueños y lo había dejado solo, mirando al vacío, con una vida que no sabía recomponer?
—¿Quieres tomar una copa? —le preguntó al oído. Un mechón de su cabello le hizo cosquillas en la mejilla.
Ella no contestó. Él no podía ver su rostro, aunque sintió cada partícula de su cuerpo y aspiró con deleite el olor a flores silvestres de su pelo.
Repitió la pregunta y ella siguió sin responder, así que, con reticencia, se separó para estudiar su rostro. Tenía los párpados entornados y las mejillas sonrojadas. James reconoció los signos de su excitación y algo dentro de él ronroneó satisfecho. Supo que le permitiría besarla, que incluso podría llevarla a un rincón más oscuro y deslizar la mano bajo su ropa. El pensamiento lo mareó un poco. No había salido aquella noche con la intención de echar un polvo, pero en ese instante, con esa chica guapa y dispuesta pegada a su piel, con el cuerpo lleno de sonidos y de ritmos y ese olor fresco y dulce que los envolvía, se olvidó de todos los fantasmas que escondía bajo su fachada de chico alegre y extrovertido; se olvidó del espléndido pasado, del amigo perdido, de los años de duelo; se olvidó de los sueños que acababan de morir, aplastados por la mano de la única persona en la que confiaba.
No importaba nada. Solo aquella chica sin nombre en una discoteca oscura, envuelta por una música que odiaba, pero que lo estaba devolviendo a la vida.
—Me llamo James —dijo.
La chica miró su boca con intensidad, como si no pudiera apartar la vista de sus labios.
—Soy Evie —se presentó con la voz ronca de alguien que sufriera una ligera afonía.
Capítulo 2
Aquella mañana había visto amanecer en Bridgewater. Se había sentado con su padre en el porche para contemplar los primeros rayos de sol mientras compartían un café, se despidió del familiar paisaje de Vermont y, doce horas después, Evie Turner se encontraba en una discoteca de moda en Nueva York bailando con el chico más guapo que jamás había conocido. Nunca habría imaginado que la jornada acabaría de esa forma.
«En realidad, la noche aún no ha terminado», se dijo, perdida en el azul hipnótico de su mirada.
Ese chico la desconcertaba. Se había acercado como si un imán lo atrajera, como si en medio de la masa de gente solo fuera capaz de verla a ella. Sus ojos brillaban con un hambre que Evie no había conocido nunca y que no tenía que ver con el sexo. Había en él una necesidad descarnada, casi dolorosa, que pudo sentir en la forma en que se aferró a su cintura, como si ella fuera una tabla de salvación en medio del océano.
No estaba acostumbrada a ser necesitada por nadie con tanta intensidad. Era Evie Turner y la gente solía pensar en ella como alguien que siempre necesitaría ayuda. Por eso se encontraba en Nueva York, a doscientas cincuenta millas de Bridgewater, porque iba a demostrar que podía valerse por sí misma. Porque iba a demostrar que podía vivir como cualquier chica de veintidós años. Con la misma independencia. Con la misma autonomía. Con las mismas opciones. Con las mismas oportunidades.
De momento, no parecía un sueño inalcanzable. Había abrazado a sus padres, recogido sus maletas y subido a un autobús para viajar sola por primera vez.
Pasó la mayor parte del viaje mirando por la ventanilla y escribiendo mensajes a Shui Mei, su mejor amiga, que procuraba distraerla con comentarios sobre su nueva serie favorita. Al llegar a la terminal de autobuses de Port Authority, su prima Caroline la esperaba junto a la dársena con los brazos abiertos. Llevaba el pelo teñido en un atrevido color verde y lucía un nuevo aro en la aleta izquierda de su nariz.
A pesar del contacto frecuente a través del móvil, hacía dos años que no se veían en persona. La Universidad de Columbia mantenía a su prima demasiado ocupada como para visitar Vermont.
—«Vamos a casa. El apartamento es pequeño, pero resultará suficiente para nosotras —informó Carol en lengua de signos—. ¿Qué tal si te instalas y luego nos ponemos al día?».
Evie negó con la cabeza. No había hecho doscientas cincuenta millas para encerrarse en otra casa.
—Quiero ver Nueva York.
—«¿Ahora? Debes estar cansada por el viaje. Puedes hacer turismo mañana».
—No quiero hacer turismo: quiero ver Nueva York. Cualquier cosa de Nueva York.
Y allí estaban: en una discoteca, viendo lo que Nueva York tenía para ofrecer un jueves por la noche, después de dejar las maletas en el pequeño apartamento de su prima.
—«¿Seguro que quieres hacer esto?» —signó Caroline con expresión dubitativa cuando llegaron al local en el que había quedado con sus amigos de la facultad. Evie se limitó a empujarla con suavidad para que entrara de una vez.
Durante el trayecto al apartamento (en un taxi que les costó casi cuarenta dólares), había observado impresionada los altos edificios, las calles llenas de gente y la rapidez con la que parecía moverse todo. Nueva York era tal como la había visto en las películas.
Sin embargo, nada la impactó tanto como la discoteca. La oscuridad, las luces de colores, la masa de cuerpos sudorosos en la pista de baile... Era la primera vez que entraba en una discoteca y le pareció un mundo extraño con reglas propias que nunca llegaría a entender del todo.
Los amigos de Caroline se encontraban en un reservado. Pidió una copa de la misma bebida que tomó su prima y la probó con cuidado. Había bebido alcohol antes, por supuesto. En el internado, Michael Evans a menudo escondía cervezas calientes en su habitación. Su sabor no era agradable, aunque jamás se quejó nadie. Era una forma tan buena como cualquier otra para que los chicos de la escuela Haverhill se sintieran normales. Como cualquier adolescente de cualquier instituto.
Se sentó con su prima y sus amigos durante un buen rato, pero no intentó seguir la conversación. No podía leer sus labios en la oscuridad de la sala y se negó a que su prima tradujera a lengua de signos, así que se concentró en estudiar el entorno. Le fascinó la forma en que vestían los neoyorkinos (en su pueblo nadie llevaba ese tipo de ropas), las copas que bebían, la manera en que se movían sus cuerpos al hablar o al bailar.
De repente, la invadió una euforia desconocida. En Bridgewater se habían quedado la rabia, la tristeza, los miedos. No había espacio para ellos en Nueva York, en ese horizonte luminoso lleno de posibilidades que se abría ante ella.
Había dejado de ser una espectadora de su propia vida.
Tocó el hombro de Caroline, que estaba enfrascada en una conversación con una de sus amigas, una chica guapísima, muy morena, con grandes ojos oscuros y pelo largo y brillante.
—Voy a bailar —anunció.
Su prima arqueó las cejas, incapaz de ocultar su incredulidad.
—¿Vas a...?
—A bailar.
—¿Cómo vas...? —Carol se calló al descubrir la mueca burlona de Evie y asintió despacio—. Voy contigo.
—No, quédate aquí, con tus amigos. Lo estás pasando bien y yo no necesito una niñera.
Caroline regresó a la lengua de signos. Sabía que a su prima le costaba leer los labios en ambientes oscuros.
—«Tu madre me mata si te pasa algo».
—«No he venido aquí para que me sigas a todas partes —respondió Evie utilizando también las manos—. Voy a ponerme junto a aquellos altavoces. Podrás verme todo el rato, pero me vas a dejar hacer esto por mi cuenta. Eres mi nueva compañera de piso, no mi guardiana, ¿de acuerdo?».
Su prima la estudió antes de aceptar con un gesto de cabeza.
Evie se mantuvo a la vista y Carol la vigiló estupefacta durante unos minutos. Nunca la había visto bailar. Era más fácil de lo que parecía: solo tenía que seguir las vibraciones que recorrían su cuerpo. Se zambulló en la música y se olvidó de la existencia de Caroline, de sus amigos de la facultad y de toda la gente que bailaba en la pista.
Solo estaba ella en el planeta, envuelta en ritmos que golpeaban su estómago.
Bailó perdida en su mundo hasta que el chico más guapo que hubiera visto jamás se arrastró hacia ella con la desesperación aleteando en el rostro.
Parecía un dios nórdico, un dios moderno con el pelo rubio recogido en un pequeño y descuidado moño del que escapaban algunos mechones. Nunca había conocido a un hombre que se hiciera moños ni que vistiera pantalones rojos. Tampoco era habitual que en Vermont los chicos llevaran gruesos anillos o se delinearan los ojos con lápiz negro. Las líneas oscuras acentuaban el azul de sus iris, en cuya claridad danzaban demonios inalcanzables.
Le gustó su extravagancia, pero, sobre todo, sintió un tipo de conexión inaudita. El chico se coló en su burbuja desde el momento en que la miró con expresión hambrienta y atravesó la pista para acercarse a ella. Cuando llegó a su altura, ambos cuerpos se movieron al unísono, como si se hubieran reconocido como iguales entre todos los cuerpos del mundo, anudados por las vibraciones rítmicas que los rodeaban.
Después, con cierta vacilación, él posó una mano en su cintura. El corazón de Evie golpeó con fuerza su caja torácica, como si quisiera escapar de su prisión. Estaban cada vez más cerca y el rostro masculino se había oscurecido. Se aferró a sus hombros, invadida por una extraña debilidad, y agradeció que su espalda encontrara el inesperado apoyo de una pared.
Los párpados le pesaban y apenas logró mantener dos rendijas abiertas, lo suficiente para apreciar las emociones que relampagueaban en los ojos azules: el deseo, la soledad, las dudas... Evie casi tuvo que empujar las palabras fuera de su garganta para decirle su nombre cuando él se presentó.
—¿Quieres tomar una copa? —preguntó James. El chico vocalizaba correctamente y, pese a las malas condiciones, logró entenderle.
Ella negó con la cabeza. No quería otra copa, ni siquiera quería seguir bailando. Tampoco quería hablar. Con la falta de luz, le costaba leer los labios. Solo captaría palabras sueltas y su cerebro tendría que rellenar los espacios en blanco. Demasiado esfuerzo que rompería el encanto de esa noche.
Continuaban aferrados el uno al otro, incapaces de soltarse. Despacio, Evie posó una mano a la altura del corazón de James. Notó que también latía enloquecido. Tiró de él con suavidad y su cuerpo, fuerte y sudoroso, cayó hasta casi aplastarla.
Una llamarada de deseo la recorrió entera y, sin pensar, se puso de puntillas y lo besó.
El dios nórdico tenía los labios suaves. Los acarició con lentitud, invitándolo a que le devolviera el beso. Sabía un poco a bourbon dulce, con toques de vainilla y caramelo. Resultaba embriagador. Él se quedó paralizado, como si su caricia hubiera sido el ataque inesperado de un ejército enemigo, pero el estupor le duró apenas unos segundos. De pronto, pareció despertar, la abrazó y empezó a besarla con el hambre de un animal famélico que por fin ha cazado una presa.
No supo cuánto tiempo permanecieron así, devorándose enloquecidos, sin que el aire pudiera colarse entre sus cuerpos. Sentía cada centímetro de James, cada hueso, cada músculo, incluso las venas y las arterias palpitando dentro de él. La agarró del pelo con tanta fuerza que creyó que le arrancaría un puñado de rizos. No le importaba. Podía dejarla calva si quería. Evie solo deseaba más de él: más besos, más caricias voraces, todo el peso de su cuerpo sobre ella hasta que solo fueran uno.
Las manos de James se deslizaron por su espalda con largas y agónicas caricias que hicieron que su sangre corriera más rápido en sus venas. Se detuvo en sus caderas y las apretó, enviando una orden silenciosa que ella obedeció de inmediato. Separó un poco las piernas y él empezó a subir la falda del vestido. Sus dedos rozaban la piel desnuda de sus muslos, haciendo arder su piel.
Entonces dejó de tocarla.
Aturdida, entreabrió los ojos. La desesperación había desaparecido del semblante de James, sustituida por el ardor. El pecho masculino subía y bajaba agitado y, tras una larga inspiración, la agarró de los hombros, como si quisiera asegurarse de que sus cuerpos mantenían una distancia adecuada.
—Tenemos que parar. Si seguimos así, vamos a acabar haciéndolo contra esta pared y me dará igual que nos vea medio Nueva York —aseguró. O eso fue lo que interpretó Evie, porque James aún jadeaba demasiado rápido y no logró leer bien sus labios.
—¿No hay por aquí algún lugar donde podamos estar a solas? —sugirió. Se sentía temeraria aquella noche.
Él, más calmado, aflojó su agarre. Soltó uno de sus hombros y acarició despacio su labio inferior. Tenía las manos grandes, los dedos largos y las uñas muy cortas pintadas de negro.
—¿Estás segura?
Evie asintió sin dudarlo. Deseaba a ese chico desconocido; a ese chico guapo, extravagante y que parecía algo perdido, con el que había compartido una extraña conexión. Pero, sobre todo, deseaba estar con él porque la hacía sentir normal. No había compasión ni rechazo en James, y eso le gustaba. No era Evie Turner, no era diferente del resto de chicas de su edad; él nunca tendría que saber que ella no era igual que la mayoría y jamás vería su expresión teñirse de pena o desprecio.
Él aún pareció dudar. Al fin tomó su mano y la arrastró lejos de la pista, más allá de la barra, de los reservados y de las colas para los baños, hasta un pasillo escondido y oscuro. Por la seguridad de sus movimientos, intuyó que no era la primera vez que llevaba a una chica a aquel corredor apartado.
Su espalda golpeó contra una pared al tiempo que las manos ansiosas de James se colaban bajo su falda para agarrarle las caderas con fuerza. La impulsó hacia arriba y Evie rodeó su cintura con las piernas. Él apretó su abultada erección contra ella, balanceándose con avidez, y clavó los dedos en la piel que aferraba. Le pareció tan excitante ser deseada con esa abrumadora intensidad que no le importó si le dejaba alguna marca.
En la oscuridad del pasillo no veía su rostro ni distinguía el movimiento de sus labios. Tan solo vislumbraba el destello del pequeño aro de plata en su oreja y el magnético brillo azul de sus ojos, que desaparecieron en cuanto la boca de él se posó sobre su cuello. Sintió la humedad de sus besos y la caricia afilada de sus dientes. Cerró los párpados, entregándose.
Él podría devorarla y a ella no le importaría.
Se aferró a sus hombros, desesperada; luego recorrió avariciosa su nuca con las manos hasta enredar los dedos en el suave cabello rubio. Tiró de él, deshaciendo un poco el moño masculino, hasta que logró que James alzara la cabeza para besarlo. Ella también quería engullirlo. No dejaría ni un pedazo de él. Nadie sabría nunca qué habría sido de aquel dios nórdico que entró una vez en una discoteca, porque iba a consumirlo por completo.
Lo notó resoplar, palparla a través de las ropas, desesperado por apartar las telas que la cubrían. Evie dejó sus labios y salpicó de besos su cuello. Percibió la vibración de su garganta. James estaba diciendo algo y ella nunca sabría qué palabras escapaban de su boca, pero no le importó. Nada importaba ya, solo su cuerpo duro y firme apretado contra el de ella, el sabor salado de su piel, el calor que desprendían juntos.
Dejó caer las piernas hasta pisar de nuevo tierra firme. Sus manos viajaron a los pantalones de James, tironearon frenéticas de la cremallera y se colaron bajo los calzoncillos para acariciarlo con rudeza. Las tornas habían cambiado y Evie era el animal salvaje, voraz e insaciable.
Guio una de las manos de James bajo su ropa interior para indicarle dónde tenía que acariciarla y volvió a besarlo hasta que los movimientos cada vez más rápidos de sus largos dedos la hicieron romper el beso.
Apoyó la cabeza en el muro, cerró los ojos y, sin dejar de tocarlo, permitió que el placer la envolviera. La pared vibraba siguiendo el ritmo de la música y el movimiento frenético de sus manos y de sus caderas hasta que ambas cadencias se fusionaron en una sola y todo —la música, el sexo, el cuerpo de James y el suyo— estalló en una única onda sonora que pareció arrasar el mundo.
Y, por un instante, Evie creyó recuperar algo que había perdido mucho tiempo atrás.
Evie, 10 años
El último sonido que escuchó en su vida Evie Turner fue la voz desgarrada de su madre. Llevaba varios días sin ir a clase, con fiebre alta y todos los síntomas de una gripe, cansada, irritable y con dolor de cabeza. De pronto, empezaron las náuseas y los vómitos y su estado general empeoró.
—Esta fiebre no me gusta, Frank —afirmó Leah Turner mientras tomaba una vez más la temperatura a su hija. Su marido, que acababa de llegar tras una larga jornada de trabajo al frente de la única ferretería del pueblo, se acercó con paso tranquilo a la cama de su pequeña.
—¿No le baja? —preguntó antes de acariciar su frente húmeda de sudor. Evie sintió el tacto áspero de su mano, tan ruda que parecía arañarle la piel. Sus párpados, pesados como si fueran de plomo, empezaron a caer. Estaba exhausta, aunque llevaba días sin salir de la cama—. Podemos acercarnos al hospital. ¿Has llamado al doctor Tarleton?
—Hablé con él esta mañana. Tenía que atender una urgencia en Barnard y dijo que, si Evie empeoraba, la lleváramos al hospital de Windsor.
Era una de las desventajas de vivir en Bridgewater, un pequeño pueblo de Vermont con poco más de novecientos habitantes. El médico local atendía pacientes en varias poblaciones y el hospital más cercano se encontraba a veinticinco millas.
Frank Turner volvió a acariciar la frente de su hija y después pasó su tosca palma por los rizos empapados. La niña apenas notó el contacto, invadida de nuevo por aquel extraño letargo.
—Prepárala. Voy a sacar el coche del garaje y la llevaremos al hospital —dijo su padre. Su voz sonaba lejana, como si viniera de otro mundo, y ella tenía tanto sueño... Solo quería dormir.
—Vamos, cariño, pesas ya demasiado y no puedo llevarte —suplicó su madre. Tiró de ella, tratando de incorporarla. Evie se sacudió el sopor e intentó levantarse, pero apenas tenía fuerzas.
—No puedo —protestó con voz lastimera—. Déjame...
—No, cielo. Tenemos que ir al hospital. Necesitas que te vea un médico —insistió Leah, obligando a su hija a enderezar la espalda y sacar las piernas de la cama para ponerle las zapatillas—. ¿Estás bien? ¿Quieres vomitar otra vez? —preguntó cuando por fin consiguió que se pusiera en pie.
Evie quiso negarse, pero no tenía fuerzas para hablar. Temblaba por la fiebre y solo quería volver a meterse en la cama, cerrar los ojos y dormir. Podría dormir para siempre.
Caminaron despacio hasta las escaleras. Su madre la sujetaba por los hombros y la ayudaba a avanzar. Cada paso le suponía un esfuerzo demasiado grande, como si cargara el peso del mundo sobre sus espaldas, como si sus extremidades no le pertenecieran y estuviera obligándolas a adaptarse a su cuerpo. Entonces todo se volvió un poco borroso y sus miembros se convirtieron en gelatina. Quiso avisar a su madre, decirle que pasaba algo malo, que parecía que el suelo se estaba abriendo bajo sus pies y que la tierra iba a devorarla, pero la oscuridad se la tragó antes de que pudiera pronunciar una sola palabra.
—¡Está volviendo en sí, Frank!
Aturdida, escuchó una voz familiar que sonaba como enlatada. Tenía mucho calor y empezó a removerse. Algo la apretaba con fuerza y tardó unos segundos en comprender que eran los brazos de su madre. Estaba en el coche, sentada sobre su regazo, y la aferraba con cierta desesperación, como si temiera que fuera a escaparse. A través de la bruma, vislumbró su rostro desencajado.
—¿Estás bien, Evie? ¿Puedes oírme? —Le palpaba las mejillas con manos nerviosas. Se encontraba junto a ella, aunque sus palabras volvían a sonar lejanas.
—¿Ha despertado? —La voz tensa de su padre llegó como un murmullo desde el asiento delantero del coche.
—Tengo sed, mamá... Y sueño... —musitó. Notó el cuello rígido y fue incapaz de mover la cabeza, así que se recostó como pudo contra el pecho de su madre. Escuchó el latido frenético de su corazón durante unos segundos, antes de que el mundo se oscureciera de nuevo.
—Vas a ponerte bien, Evie. ¿Me oyes? Vamos a llegar al hospital y los médicos te van a curar y te pondrás buena. No te va a pasar nada —sollozó su madre desde la lejanía. Su voz desgarrada atravesó las brumas que la rodeaban. Las palabras de Leah se abrían paso entre la oscuridad, como si con ellas pudiera aferrar a la vida a su única hija, como si pudiera detener aquella negrura que amenazaba con llevársela para siempre—. ¿Me oyes, cariño? ¡Evie! ¡Evie! No te duermas, por favor. ¡Frank, date prisa! ¡Tenemos que llegar al hospital! Te vas a poner bien, cariño, no te va a pasar nada...
Cuando despertó, estaba tumbada sobre una cama de hospital y la rodeaba un pesado silencio. Observó aturdida a su alrededor y descubrió los monitores que registraban su pulso cardíaco, los tubos conectados a sus venas para proporcionarle suero y medicamentos y, por último, junto a la cama, vislumbró a su madre, que dormía en una butaca de aspecto incómodo. Tenía las ropas arrugadas y el pelo revuelto y algo graso, como si no se lo hubiera lavado en varios días. Su rostro reflejaba tanta tensión que la asustó.
—Mamá —llamó, pero de su garganta no salió ningún sonido.
Lo intentó de nuevo, asustada. Abrió la boca y llamó a su madre.
No sucedió nada.
Pensó que había perdido la voz. Aterrada, trató de salir de la cama y el movimiento despabiló a su madre, que parpadeó confusa antes de comprender que Evie había despertado. Se abalanzó sobre ella y le dijo algo. Pudo ver el movimiento de sus labios, aunque no la oyó. Lloró asustada. Su madre la acarició y la besó. ¿Qué estaba pasando? ¿No podía hablar, no podía oír? No entendía nada.
Dos enfermeras entraron en la habitación. Movieron los labios, pero de sus bocas no salía sonido alguno. Gritó. Al menos, creyó haber gritado, porque todo lo que sintió fue el opresivo silencio que la acompañaría el resto de su vida; aquel silencio que se había tragado todos los sonidos del mundo, incluido el de su propia voz.
Capítulo 3
Como de costumbre, había soñado con sonidos que no escuchaba desde hacía más de una década. Sonidos de un mundo que ya no era el suyo y que trataba de recuperar de forma desesperada. Los buscaba en su memoria, los sentía a través de vibraciones y trataba de atraparlos de manera obsesiva en sus dibujos. A veces, lograba rozarlos en sueños y luego se despertaba inquieta y triste, más consciente que nunca de su ausencia.
Sin embargo, aquella mañana algo era diferente. Para empezar, la ventana se encontraba en el lado incorrecto de la habitación. Abrumada por los restos de un sueño que se negaba a soltarla, se removió inquieta. El colchón era distinto, incluso el tacto de las sábanas resultaba más áspero.
Descubrió una grieta en la pared y solo entonces se dio cuenta de que no estaba en Bridgewater, sino en algún rincón perdido de Brooklyn. Las imágenes del día anterior acudieron atropelladas a su mente: la despedida de sus padres, el largo viaje en el autobús, el reencuentro con Caroline, la discoteca, los ojos de James, sus manos, su boca... Una sensación placentera se adueñó de su vientre. Se cubrió la cabeza con las sábanas y rio. Ella era distinta en Nueva York. No se sentía triste ni sola ni enfadada.
Una nueva Evie para una nueva vida.
Presa de la euforia, se sacudió la duermevela. Su maleta abierta descansaba en el suelo de la pequeña habitación, impidiendo el paso, y recordó que la bolsa de viaje, la cámara Nikon que le regaló su padre cuando comenzó las clases de fotografía en la universidad y la mochila con sus útiles para pintar se habían quedado en el salón. La austeridad del cuarto no la molestó, aunque durante un segundo añoró el amplio dormitorio en la casa de sus padres, el banco junto a la ventana, las cortinas azules, las estanterías repletas de novelas de fantasía y las paredes que ella misma había decorado con grandes dibujos de árboles oscuros y amenazantes cuyas ramas se extendían, retorcidas y afiladas, como si quisieran atraparla.
Pero ya no era esa Evie, recordó. Iba a llenar su nueva habitación de colores cálidos y mullidos cojines. Tal vez incluso pintaría un mural alegre en una de las paredes.
Estaba dispuesta a ser feliz en Nueva York.
Se levantó de un salto y se dirigió al dormitorio de Carol. El apartamento era diminuto, con pocos muebles y ventanas mal aisladas. Las paredes pedían a gritos una mano de pintura. Tal vez a su prima no le importaría que las convirtiera en lienzos. Sentía debilidad por las paredes desnudas y algo dentro de su pecho se expandió al pensar en todas las posibilidades que ofrecían los muros de su nuevo hogar.
Sentada en su escritorio, Caroline estudiaba unos apuntes con expresión concentrada. Bajo la luz de la mañana, sus atrevidos mechones verdes, cortados de manera desigual, refulgían con fuerza. Le gustaría dibujarla así, seria y extravagante al mismo tiempo.
Se dio cuenta entonces de su extrema delgadez, las profundas ojeras y las líneas de tensión junto a la comisura de la boca. La euforia de su llegada le había impedido apreciar todos los cambios que se habían producido en el aspecto de su prima más allá del tinte de pelo y el nuevo aro de la nariz.
Carol escribió algo en el margen de la página y cerró el bolígrafo. Se volvió hacia ella y empezó a mover las manos.
—«¿Has descansado?».
—«Sí, he dormido bien».
—«Genial. Hay café en la cocina y una caja de Lucky Charms».
—¿Lucky Charms? ¿Qué tienes? ¿Siete años? —se burló Evie dejando de signar.
Caroline contuvo la respuesta que palpitó en la punta de su lengua. La semana anterior había tenido que elegir entre hacer la compra o pagar doscientos dólares por un libro que no encontró en ninguna biblioteca, así que llevaba una semana sobreviviendo a base de cereales, café soluble y latas de sopa. El bono del almuerzo de la universidad le proporcionaba la única comida completa del día y la noche anterior había podido llevar a Evie a la discoteca solo gracias a los pases gratuitos que había conseguido su amiga Shanaya.
Por supuesto, jamás se lo contaría a Evie. Debía cuidar de ella, y su orgullo ya había sufrido bastante desde que cobró el cheque de sus tíos que le permitió pagar el alquiler del mes.
—«¿Crees que tengo tiempo para comprar o cocinar? No sabes cómo es la vida de una estudiante de Medicina. A veces creo que no volveré a dormir en lo que me queda de vida» —signó. La mentira, disfrazada con otra verdad, se deslizó entre sus dedos con sorprendente facilidad.
—Eso quiere decir que tendré que ocuparme de la cocina —respondió Evie contenta. Le gustaba cocinar porque entraban en juego todos sus sentidos útiles: la vista, el tacto, el gusto y el olfato; no necesitaba el oído.
—«¿Vas a contarme ahora dónde te metiste anoche? Desapareciste durante mucho rato» —la interrumpió Caroline.
Evie se encogió de hombros y una nueva ráfaga de imágenes la asaltó de golpe: la mano de James deslizándose por su cintura, el roce de su mejilla, su aliento cálido resbalando por su cuello mientras pronunciaba palabras que ella nunca podría oír.
—«Solo estuve bailando» —contestó con signos.
Sostuvo la mirada de su prima, ambas enzarzadas en una silenciosa batalla de voluntades, mentiras y medias verdades que no auguraba un inicio feliz de la convivencia.
Evie necesitaba marcar los límites: no había escapado de los brazos sobreprotectores de sus padres para caer en los de su prima. Se había mudado a Nueva York para ser libre, independiente, autónoma. Era consciente de las barreras que le imponía su sordera, pero no iba a permitir que la cubrieran otra vez con una campana de cristal.
—«Hoy necesito estudiar y esta tarde tengo laboratorio. Mañana te enseñaré el barrio y luego podemos ir de compras. Seguro que necesitas unas cuantas cosas». —Carol aceptó que no le daría explicaciones y una agradable sensación de alivio se asentó en el estómago de Evie. Su familia tendría que acostumbrarse: ella iba a construirse una vida propia.
—Me daré una ducha y bajaré a comprar comida.
—«No puedes bajar sola. No conoces el barrio».
—Tú me dirás dónde está la tienda, y tengo Google Maps en el móvil. No me perderé.
—«Esto no es Bridgewater, cariño. Nueva York es una ciudad enorme que no conoces. Aquí pasan cosas, ¿sabes? No puedes salir sola y...».
—No he venido aquí para que te conviertas en mi madre, Carol. Si esto te supone un problema y vas a estar asustada cada vez que haga algo, me buscaré otro sitio para vivir.
—«Eres mi responsabilidad».
—No. Soy tu compañera de piso, nada más.
Caroline apretó los labios y Evie cambió a la lengua de signos: no le gustaba emplear la voz cuando las emociones se apoderaban de ella.
—«Sé que quieres cuidarme y que mi madre te habrá dado un millón de indicaciones para protegerme de todos los riesgos imaginables, pero esto no va a funcionar así. No he salido de una jaula para caer en otra. Necesito explorar mis propios límites o de lo contrario me ahogaré».
Media hora después, Evie atravesó el portal y sintió que Nueva York le abría los brazos para acogerla en sus calles caóticas. La noche anterior apenas se había fijado en la zona, pero a la luz del día fue como una explosión. Había gente por todas partes, le llegaban olores de mil cocinas distintas y carteles de colores escritos en todas las lenguas. Restaurantes chinos, griegos, rusos e italianos se mezclaban con tiendas de lo más variopinto. Quiso reír y saltar, incapaz de reconocerse en aquel sentimiento de júbilo.
No advirtió los edificios destartalados cubiertos de pintadas obscenas, los agujeros en las calles ni las bolsas de basura que se acumulaban en las esquinas.
Sacó el móvil y tomó varias fotos, pareciendo exactamente lo que era: una chica de campo impresionada por la gran ciudad. Le envió las imágenes a Shui Mei.
Se dirigió con paso tranquilo hacia el supermercado que le había indicado su prima. No tenía nada que ver con la tienda de los Olson. Tampoco los precios, observó consternada mientras calculaba cuánto durarían sus ahorros en Nueva York. Sus padres habían insistido en ayudarla un tiempo, pero no le gustaba la idea de continuar dependiendo de ellos. Tendría que encontrar pronto un trabajo.
Con las bolsas llenas, regresó al apartamento y preparó un buen desayuno.
—«Tiene muy buena pinta» —indicó Caroline por señas tras llamar su atención con un par de toques en el hombro.
Su prima contempló anhelante los platos que se amontonaban en la pequeña barra de la cocina: fruta troceada, huevos benedictine, jamón ahumado, tostadas... Cada una se concentró en su plato, porque la comunicación con Evie no resultaba fácil durante las comidas. Cuando terminaron, Carol le habló de su experiencia en Columbia.
—«Tengo tanto que estudiar que apenas me doy cuenta de lo que pasa a mi alrededor. Me temo que no te haré demasiado caso, aunque vivamos juntas».
—No te preocupes por eso. Ya te he dicho que no tienes que cuidar de mí. Pienso encontrar un trabajo.
—«Hablando de eso... —Caroline sacó una tarjeta de su bolsillo—. He recogido información sobre una asociación de sordos. Tal vez puedan ayudarte a conseguir empleo o darte algún tipo de orientación. Nueva York no es una ciudad fácil».
Evie no contestó de inmediato. Se quedó mirando la tarjeta que le tendía, como si fuera una serpiente. ¿Qué podía decirle? Su prima lo había hecho con la mejor voluntad, pero ella no iba a recurrir a ninguna asociación. Sabía que, si tenía la oportunidad, se encerraría de nuevo en la comunidad sorda, donde se sentiría a salvo y se mantendría lejos del resto del mundo.
Se metería de nuevo voluntariamente en la jaula de oro, tal como había hecho cada vez que intentó vivir en el mundo exterior y acabó decepcionada.
Estaba decidida a conquistar su independencia.
—Gracias —contestó tomando la tarjeta, a sabiendas de que no debía emprender batallas innecesarias. La guardó en el bolsillo, sin intención de utilizarla.
—«Estupendo. Seguro que podrán ayudarte a empezar. —Carol sonrió aliviada—. Tengo que ir a la facultad. ¿Querrás salir esta noche? Los viernes suelo reunirme con mi grupo de estudio, aunque puedo saltármelo si te apetece que hagamos algo juntas».
—No, está bien. Creo que voy a dedicar la tarde a deshacer el equipaje.
Cuando su prima se marchó, encontró en su móvil tres mensajes de su madre, que se apresuró a responder para que no se pusiera nerviosa. También Shui Mei había contestado a sus fotos con varios emoticonos.
Estuvo tentada a contarle su aventura nocturna, hablarle de James y la extraña electricidad que había sentido con aquel chico desconocido, pero no lo hizo. Parecía demasiado íntimo compartir aquella experiencia con nadie, ni siquiera con su mejor amiga. Como si de algún modo estuviera traicionando a James. No importaba, claro, porque no volvería a verlo; sería imposible que lo encontrara en una ciudad de más de ocho millones de habitantes. Había sido una noche mágica y le bastaba con eso.
Sería un precioso recuerdo que atesorar el resto de su vida.
Capítulo 4
Con una sonrisa presumida, James se inclinó sobre el piano para ejecutar un trino veloz. Se incorporó un poco, permitiendo que sus dedos se deslizaran calmados durante unos cuantos compases, y luego los lanzó en una intrépida carrera que convirtió sus manos en una imagen borrosa sobre las
