Un beso inesperado (Un beso 1)

Patricia Bonet

Fragmento

Prólogo

Prólogo

Meadow solo recordaba haber estado tan asustada el día en que recibieron la llamada de teléfono diciéndoles que sus padres habían tenido un accidente de coche y que fueran corriendo al hospital.

Bueno, la verdad es que no recordaba mucho de aquella noche. Solo a su hermano Erik cargando con ella, arrastrándola de un sitio a otro mientras se encargaba de todo, de ella incluida. Estaba tan en shock que ni siquiera podía andar.

En ese momento se sentía más o menos igual, solo que no podía dejar que su hermano volviese a ocuparse de todo. Era su problema y ella sola tenía que resolverlo. La cuestión era que no sabía cómo.

Se sentó en el borde de la bañera y volvió a mirar el palito que sujetaba entre los dedos temblorosos. Positivo. Había dado positivo.

Estaba embarazada y no sabía qué hacer. Solo tenía dieciocho años, acababa de empezar la universidad. Lo único que había tenido siempre claro en la vida es que quería estudiar Economía para ayudar a su hermano en la granja familiar que sus padres les habían dejado. A ella le gustaban los animales, aunque no tanto como a él, y le encantaban los números. Nunca había sido mucho de letras. Así que ambos habían decidido trabajar allí; él desde dentro, ocupándose del ganado, y ella desde el despacho. Igual que habían hecho sus padres cuando vivían y…

Meadow sabía que no era momento de ponerse a pensar en eso. Tenía otro problema más importante entre manos al que prestar atención.

Se puso de pie y se miró al espejo. Estaba ojerosa. Tenía las mejillas y la nariz llenas de pecas, y su piel tan blanca las acentuaba aún más, algo que nunca le había gustado pero que los demás encontraban adorable. Su pelo, que llevaba por debajo de las orejas, había vivido tiempos mejores. Ni siquiera recordaba haberse peinado esa mañana. En lo único en lo que había podido pensar era en llegar al pueblo vecino sin que nadie la viese y entrar en la farmacia para comprar un test de embarazo.

La respuesta le había llegado en forma de amigas. Las mismas que en ese momento la esperaban fuera, sentadas en la cama de Buffy.

Bajó la vista hasta su mano, concretamente al test, y lo apretó con fuerza contra su corazón. Estaba muy asustada. Había cometido una imprudencia y el resultado era un embarazo no deseado. Eso estaba claro, pero también el hecho de que ya se había enamorado de él. O de ella. De lo que fuese que estuviera creciendo en su interior.

Apoyó una mano en el vientre y sonrió. Y lo hizo de verdad, con ganas, porque, pese al miedo, estaba feliz.

—Te cuidaré, ¿me oyes? Pase lo que pase, estemos solos o no, tú siempre serás mi prioridad y nunca haré nada que pueda hacerte daño.

Era una locura, era imposible que pudiera sentir ya las patadas del bebé. ¿Qué tendría, el tamaño de un guisante? Quizá era incluso más pequeño. No tenía ni idea, pero a Meadow le pareció sentirlo, y esa fue la señal que le hizo saber que lo que estaba a punto de suceder era lo mejor que le podía pasar en la vida.

Abrió la puerta del baño y tres pares de ojos se volvieron hacia ella, cautelosos y reservados, esperando descubrir si debían sonreír o romper a llorar.

Meadow cogió aire y levantó el test.

—Positivo. Estoy embarazada.

Aiko se llevó las manos a la boca. Zoe se mordió el labio y abrió mucho los ojos. Buffy se puso de pie y miró a la pelirroja con la mejor de sus sonrisas.

—¿Y estamos felices? —preguntó.

Meadow no tardó ni medio segundo en asentir.

—Estamos muy felices.

Buffy fue la primera en tirarse a los brazos de su amiga, seguida al instante de las otras dos. Chillaron, se rieron y también lloraron. Le tocaron el vientre e hicieron planes.

Meadow sabía que tenía que hablar con Matthew; un bebé no se hacía solo, pero prefirió esperar al día siguiente. Esa noche era suya. Suya y de sus amigas, esas tres locas tan distintas entre ellas, pero tan necesarias las unas para las otras. Las cuatro se complementaban a la perfección, y Meadow no podía imaginar su vida sin ellas. Al fin y al cabo, eran las Green Ladies.

Por la noche, cuando se acostó, volvió a llevarse la mano al vientre, un gesto que repetiría muchas veces. La vida de Meadow Anne Smith estaba a punto de cambiar.

Aunque no sería la única vez que lo haría. Porque las mejores cosas son las imprevistas.

Capítulo 1

1

Fuera estaba lloviendo a cántaros y hacía tanto viento que las ramas de los árboles golpeaban contra las ventanas del comedor, amortiguando los gritos que salían de allí. Se podía decir que estaban viviendo una auténtica tormenta de verano.

Meadow solo podía dar gracias por que Ethan estuviera con su hermano y no fuera testigo de aquello. Era lo último que quería para su hijo.

Se acercó a la chimenea y se apoyó en la repisa. Le dolía demasiado la cabeza, solo pensaba en quedarse sola, servirse una copa de vino y bebérsela mientras escuchaba música metida en la bañera. Pero estaba claro que él no iba a dejar que lo hiciera.

Una mano le rodeó el codo, pero ella dio un tirón, soltándose de su agarre.

—Por última vez, como vuelvas a tocarme, te juro por Dios que te corto los cinco dedos.

—Meadow, princesa…

—Ni princesa ni leches. He dicho que me sueltes y que te largues.

Aunque le estaba dando la espalda y no podía verle la cara, sabía perfectamente cómo la estaba mirando; con esos ojos llenos de súplica y esa sonrisa que tantas veces había hecho que le flaquearan las piernas, pero que ahora solo le provocaba escalofríos, y de los malos.

—Meadow…

Ella se giró enfadada. Le hervía tanto la sangre que no sabía cómo no había explotado todavía. Lo miró a los ojos y lo apuntó con el dedo, desafiante.

—Matthew, es la última vez que te lo digo. Márchate.

—¿Y a dónde quieres que vaya?

A Meadow estuvo a punto de entrarle la risa.

—¿Lo dices en serio?

—Vamos, princesa, esta también es mi casa.

—No. Esta es mi casa, y tú ya no eres bienvenido en ella. Y deja de llamarme «princesa».

Matthew no se movía; permanecía allí, quieto, mirándola fijamente a los ojos sin ni siquiera pestañear. Parecía una estatua.

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