Caricias de satén (Las modistas 2)

Loretta Chase

Fragmento

Prólogo

Prólogo

Obsérvese su porte feroz y altanero; sus rizos de color azabache; su expresión aristocrática, por no llamarla arrogante, que jamás abandona: ni cuando sonríe a una dama ni cuando frunce el entrecejo a un acreedor insistente.

«Bocetos de la vida real»,

El diario de la corte, 1835

Londres

martes, 21 de mayo de 1835

primera hora de la mañana

Las cortesanas sabían cómo organizar una fiesta.

Los miércoles por la noche, después de bailar o de jugar a las cartas con la flor y nata de la aristocracia en los salones de Almack’s, los caballeros más disolutos de Londres se trasladaban con sumo gusto a otros salones, situados en la casa de Carlotta O’Neill. En ellos podían jugar a la ruleta y a diferentes juegos de azar, así como entretenerse con otras actividades más picantes con las jóvenes que ejercían de damas de compañía de la que fuera reina de las cortesanas londinenses en aquel momento.

Harry Fairfax, conde de Longmore, se encontraba en dichos salones, naturalmente.

La residencia de Carlotta no era un lugar que el padre del conde, el marqués de Warford, consideraría apropiado para su primogénito y heredero, si bien este ya tenía veintisiete años. Sin embargo, el conde de Longmore había decidido hacía mucho tiempo que obedecer los deseos de sus progenitores era el camino más rápido para acabar muerto de aburrimiento.

Longmore no se parecía en absoluto a sus padres. Además de haber heredado el físico de su tío abuelo, lord Nicholas Fairfax (cabello y ojos negros, y una complexión alta y musculosa más propia de un bucanero que de un aristócrata), también contaba con el talento del tío abuelo Nicholas para hacer aquello que no debía hacer.

De ahí que lord Longmore estuviera en los salones de Carlotta.

Y que Carlotta estuviera abrazándolo, envuelta en su perfume. Y hablando, por desgracia para él.

—Pero si son tus amigos íntimos —decía ella—. Debes decirnos cómo es la nueva duquesa de Clevedon.

—Morena —replicó Longmore con los ojos clavados en la ruleta—. Guapa. Afirma ser inglesa, pero sus modales son franceses.

—Querido, eso podríamos haberlo averiguado en El Espectáculo Matinal.

El Espectáculo Matinal de Foxe era el folletín de cotilleos más famoso de todo Londres. El honorable marqués de Warford lo tildaba de desagradable compendio de paparruchas; pero lo leía, igual que el resto de los londinenses, desde las alcahuetas y los proxenetas hasta los miembros de la familia real. Longmore sabía que todos los detalles que el folletín había publicado concernientes a la flamante esposa del duque de Clevedon procedían de la ingeniosa pluma de la hermana de la duquesa, Sophia Noirot, la cual era una perversa modista durante el día y una espía de Tom Foxe por la noche.

Longmore se preguntó dónde estaría Sophia esa noche. No la había visto en Almack’s. Las modistas, sobre todo aquellas cuya procedencia era en parte francesa, tenían las mismas probabilidades de recibir una invitación a los exclusivos salones como él de volverse invisible. Sin embargo, Sophia Noirot contaba con su propio método de invisibilidad, y era muy capaz de introducir su elegante y voluptuosa figura allá donde quisiera, ataviada con la indumentaria de una criada contratada temporalmente. Así era como descubría todo lo que después publicaba en el folletín de cotilleos de Foxe.

La ruleta se detuvo, uno de los caballeros que se encontraban en torno a la mesa soltó un juramento y la joven que hacía las veces de crupier acercó un montón de fichas en dirección a Longmore.

El conde las cogió y se las ofreció a Carlotta.

—¿Tus ganancias? —dijo ella—. ¿Quieres que te las guarde en un lugar seguro?

Él se echó a reír.

—Sí, querida. Guárdalas en un sitio seguro. Cómprate alguna baratija o lo que te apetezca.

Carlotta enarcó una ceja perfectamente depilada.

Hasta hacía relativamente poco tiempo, antes de que la imagen de Sophy Noirot se colara con descaro en su mente, Longmore había supuesto lo mismo que Carlotta: que no tardaría mucho en trasladarse con ella a su dormitorio. Aunque en esos momentos la mantenía lord Gorrell, un caballero de enorme fortuna, este carecía del entusiasmo que Carlotta necesitaba para evitar el aburrimiento.

Longmore, que dependía de una mensualidad y de las ganancias que le reportaba el juego, no era lo bastante rico para mantener a una cortesana como Carlotta. Sin embargo, estaba seguro de poseer la imaginación y el brío necesarios para entretenerla durante más de cinco minutos. No obstante, y pese a su despreocupado modo de vida, tal posibilidad no justificaba la inversión económica ni el tedio posterior de tener que escuchar el sermón de su padre sobre el mal uso que daba a su mensualidad.

En resumidas cuentas, Longmore se había cansado de Carlotta.

Poco después de abandonar sus ganancias, se marchó junto con dos de sus amigos y dos de las damas de honor de Carlotta. Tras detener a un carruaje de alquiler y mantener una breve discusión, pusieron rumbo a un antro de juego de pésima reputación, emplazado en el barrio de Saint James. Longmore sabía que en dicho establecimiento la pelea estaba garantizada.

Aburrido con la conversación que tenía lugar en el interior del vehículo, el conde se dispuso a mirar por la ventanilla. En aquella época del año amanecía temprano, y aunque el cristal estaba sucio, podía ver la calle. Reparó en una mujer vestida de forma anodina que cargaba con una pesada cesta. Tanto su forma de andar como su vestimenta ponían de manifiesto que no se trataba de una de las rameras que trabajaban en las calles de la ciudad, sino de una mujer normal y corriente de camino a su trabajo, a la hora que la aristocracia volvía a casa después de alguna fiesta.

La mujer caminaba con rapidez, pero no lo suficiente. De un callejón surgió una figura que agarró su cesta y tiró a la mujer al suelo.

Longmore se puso en pie, bajó la ventanilla, abrió la portezuela del carruaje y saltó del vehículo en marcha, desoyendo los gritos y los chillidos de sus acompañantes. Tras aterrizar de mala manera, recuperó el equilibro y corrió en pos del ladrón. Su presa era rápida y avanzaba zigzagueando. En otro momento del día, con las calles más concurridas, habría dejado atrás a cualquier perseguidor. Sin embargo, a esa hora tan temprana Longmore apenas se topó con un obstáculo que entorpeciera su marcha. El conde no pensaba en lo que hacía; se limitaba a correr, alentado por una furia asesina. Al ver que su presa se internaba en un callejón estrecho, ni siquiera se le pasó por la cabeza que pudiera tratarse de una emboscada o que pudiera resultar peligroso. Aunque la verdad era que, de haber tenido tiempo para reflexionar, tampoco le habría importado.

El tipo corría hacia una puerta que alguien abrió desde el interior. Seguramente se trataba de sus compinches, que lo estarían esperando. Longmore lo alcanzó antes de que llegara. Agarró al ladrón y tiró de él para alejarlo de la puerta, que se cerró de un golpe.

Acto seguido Longmore estampó al ladrón contra la pared más cercana. El hombre acabó en el suelo, cual muñeco de trapo, y soltó la cesta. Aunque era poco probable que le hubiera hecho daño, ya que aquellos malhechores eran tipos duros, permaneció en el suelo con los ojos cerrados.

—En tu lugar, yo no me daría prisa por levantarme —le aconsejó Longmore—. Cobarde asqueroso. Mira que atacar a una mujer... —Levantó la cesta al tiempo que echaba un vistazo al callejón. Con suerte los peligrosos compinches del ladrón no tardarían en salir en su defensa.

Sin embargo, no tuvo suerte. La tranquilidad siguió reinando en el lugar, aunque Longmore era consciente de que alguien lo observaba. Se alejó en dirección a Piccadilly.

Encontró a la mujer unos minutos después. Estaba apoyada en el escaparate de una tienda, llorando.

—No llores más —le dijo Longmore—. Aquí tienes tu valiosa cesta. —Se sacó unas cuantas monedas de un bolsillo y se las puso en la mano, junto con la cesta—. ¿En qué narices estabas pensando para ir por la calle sin mirar hacia ningún lado?

—En... en el trabajo —contestó ella—. Tengo que ir a trabajar... ilustrísima.

Longmore no preguntó cómo sabía que era un aristócrata.

Todo Londres lo conocía.

—Las calles llenas de ladrones y aristócratas borrachos en busca de gresca y tú sin un arma con la que defenderte —la reprendió—. ¿Qué les pasa hoy en día a las mujeres?

—No... no lo sé.

La joven temblaba como una hoja. Tenía la ropa sucia por la caída y estaba bastante maltrecha. Podía considerarse afortunada de que no la hubiera atropellado algún grupo de indeseables borrachos que regresaran a casa después de una noche de juerga.

—Acompáñame —le ordenó.

La joven lo siguió sin rechistar hasta el carruaje, ya fuera porque se encontraba demasiado aturdida para pensar o porque se sentía intimidada, un efecto que Longmore solía ejercer en los demás, incluso en los de su clase. Aunque sus amigos podrían haber proseguido el camino dado lo borrachos que estaban, se habían detenido para contemplar el espectáculo.

—Todo el mundo abajo —les ordenó Longmore.

Entre protestas, los cuatro se apearon del carruaje sin apartar la vista de la desaliñada joven.

—Longmore, no es tu tipo —comentó Hempton.

Crawford meneó la cabeza.

—Me temo que estás bajando demasiado el listón.

Longmore no les hizo caso.

—¿Adónde ibas? —le preguntó en cambio a la joven.

Ella lo miró, después miró a sus amigos y, por último, a las cortesanas.

—Olvídalos —le dijo Longmore—. A nadie le interesa tu vida. Solo queremos llegar a la siguiente fiesta. ¿Adónde quieres que te lleve el cochero?

La joven tragó saliva.

—Por favor, ilustrísima, iba de camino a la Agrupación de Modistas para la Educación de las Mujeres Desfavorecidas —contestó.

—Vaya nombrecito —replicó Crawford.

—Trabajo allí —siguió la muchacha—. Voy a llegar tarde.

Le dio la dirección a Longmore, quien a su vez se la transmitió al cochero con órdenes estrictas de que llevara a la joven a su destino en la mitad del tiempo habitual, bajo la amenaza de que si no lo hacía iría a buscarlo y le daría un buen motivo para que se moviera despacio.

Después de ayudar a la joven a subir al vehículo, cerró la portezuela e indicó al cochero que se pusiera en marcha.

En ese momento pensó en las modistas.

En una en concreto. En una modista rubia.

Tras dejar que sus compañeros se las apañaran para buscar otro carruaje de alquiler, recorrió solo la distancia que lo separaba de Saint James’s Street. A fin de llegar a Crockford’s tenía que pasar por la puerta del club White’s y un poco después por la de Maison Noirot, la guarida de las modistas francesas.

Pasó por la puerta de dicha tienda caminando despacio. Después se detuvo y miró hacia atrás, alzando la vista para contemplar las plantas superiores del edificio donde aún vivían dos de las tres hermanas Noirot por motivos que se le escapaban por completo.

Siguió hasta el antro de juego Crockford’s, donde se dedicó a perder grandes sumas de dinero durante un buen rato antes de que su suerte cambiara y empezara a ganar.

Se marchó después de una hora o más de intenso aburrimiento en las mesas de juego, aunque todavía era demasiado temprano para irse a casa según las costumbres de la alta sociedad. Londres, sin embargo, ya había cobrado vida. La gente caminaba de un lado a otro de Saint James’s Street. Se veían carruajes pero, sobre todo, viandantes. Las tiendas aún no habían abierto.

Sabía muy bien que Maison Noirot no abría hasta las diez, si bien las modistas (un regimiento a aquellas alturas) llegaban todas juntas a las nueve.

No obstante, durante las últimas semanas había empezado a conocer de manera general las costumbres de Sophia Noirot.

Se dispuso a esperar.

Capítulo 1

1

Durante la última semana la alta sociedad ha estado muy entretenida con la fuga de la hija de sir Colquhoun Grant con el señor Brinsley Sheridan... El viernes por la tarde, a las cinco, la joven pareja pidió prestado el carruaje de un amigo y... salió disparada hacia el norte.

El diario real,

sábado, 23 de mayo de 1835

Londres

miércoles, 21 de mayo de 1835

Mientras agitaba una copia de El Espectáculo Matinal, Sophy Noirot sorprendió a los duques de Clevedon, que estaban desayunando con mucho decoro en el comedor matinal de Clevedon House.

—¿Habéis visto esto? —preguntó al tiempo que dejaba el periódico encima de la mesa, entre su hermana y su flamante cuñado—. La alta sociedad está que arde y... ¡lo más increíble! Culpan a las tres hermanas de Sheridan. Tres hermanas que maquinan planes... ¡y no somos nosotras! ¡Ay, Dios mío, cuando lo vi creía que me iba a morir de la risa!

A lo largo de los últimos días, ciertos miembros de la alta sociedad habían comparado en más de una ocasión a las propietarias de Maison Noirot (un establecimiento que Sophy tenía la intención de convertir en el mejor de todo Londres aunque le fuera la vida en ello) con las tres brujas de Macbeth. De no haber hechizado al duque de Clevedon, se rumoreaba, este jamás se habría casado con una comerciante.

Las cabezas de Sus Excelencias se inclinaron sobre el periódico, cuya tinta apenas se había secado.

Los rumores acerca de la fuga de Sheridan y de la señorita Grant ya corrían por los mentideros de la alta sociedad, pero El Espectáculo Matinal, como de costumbre, fue el primero en confirmarlo por escrito.

Marcelline levantó la vista.

—Dicen que el padre de la señorita Grant demandará a Sheridan en la Cancillería —comentó—. Muy emocionante, sin duda.

En ese preciso momento apareció un criado.

—Lord Longmore, excelencia —anunció.

«Ahora no, maldita sea», pensó Sophy. Su hermana había puesto patas arriba a la alta sociedad, ya tenía como enemiga mortal a una de sus integrantes más prominentes (que daba la casualidad de que se trataba de la madre de Longmore), las clientas las estaban abandonando en masa y ella no tenía la menor idea de cómo arreglar el desaguisado.

Y en ese momento aparecía él.

El conde de Longmore entró en el comedor matinal con un periódico debajo del brazo.

A Sophy se le disparó el pulso. No pudo evitarlo.

Cabello negro y brillantes ojos negros... una nariz patricia que debían de haberle partido en una docena de ocasiones, pero que se empecinaba en permanecer recta y arrogante... una boca de rictus cínico... y un cuerpo de más de un metro ochenta de estatura.

Un compendio de belleza masculina.

Ojalá tuviera cerebro.

No, mejor que no. En primer lugar porque un hombre con cerebro era un inconveniente. Y en segundo lugar, y más importante, porque ella no tenía tiempo ni para él ni para ningún otro hombre. Debía rescatar su establecimiento de la ruina inminente.

—He traído un ejemplar de El Espectáculo Matinal —dijo a la pareja que estaba sentada a la mesa—. Pero ya veo que no he sido lo bastante rápido.

—Sophy acaba de traerlo —repuso Marcelline.

Los ojos oscuros de Longmore se posaron en Sophy. Ella lo saludó con un frío gesto de cabeza y se acercó al aparador. Examinó las bandejas y se dispuso a servirse un plato.

—Señorita Noirot —dijo el conde—, veo que se ha levantado muy temprano. No estuvo anoche en Almack’s.

—Por supuesto que no —replicó Sophy—. Ni la Santa Inquisición conseguiría que las damas del comité organizador me permitieran la entrada.

—¿Desde cuándo espera a que le den permiso? Me llevé una tremenda decepción. Ardía en deseos de ver qué disfraz iba a usar. De momento mi preferido es el de criada de Lancashire.

También era el preferido de Sophy.

Sin embargo, se suponía que sus incursiones en los eventos de la alta sociedad en busca de cotilleos para Foxe eran un secreto muy bien guardado. Nadie se fijaba en las criadas y además ella era una Noirot, tan hábil para volverse invisible como lo era para llamar la atención.

Pero él se había fijado en ella.

Debía de haber desarrollado muchísimo los sentidos del oído y de la vista para compensar su minúsculo cerebro.

Volvió a la mesa con el plato y se sentó junto a su hermana.

—Me siento desolada por haberle arruinado la diversión —dijo.

—No hay por qué —replicó él—. Encontré algo que hacer más tarde.

—Eso parece —comentó Clevedon, mirándolo—. Debió de ser una fiesta impresionante. Dado que nunca te levantas tan temprano, supongo que te has pasado por aquí de camino a casa.

Al igual que la mayoría de los de su clase, lord Longmore casi nunca se levantaba antes del mediodía. Su pelo alborotado, su corbata lacia y las arrugas de su chaqueta, de su chaleco y de sus pantalones le indicaron a Sophy que todavía no se había acostado... al menos no en su propia cama.

La imaginación hizo que imaginara su cuerpo desnudo entre sábanas revueltas. Nunca lo había visto en cueros afortunadamente; pero además de poseer una vívida imaginación, había contemplado estatuas, dibujos y, hacía unos cuantos años, las partes nobles de unos parisinos muy bravucones.

Desterró esa imagen de su cabeza con firmeza.

Algún día se casaría con un hombre respetable que no se inmiscuiría en su trabajo.

Longmore no solo distaba mucho de ser respetable, además era un patán que siempre se inmiscuía en los asuntos de los demás... y era el primogénito de la mujer que quería eliminar a las hermanas Noirot de la faz de la tierra.

Solo una imbécil con tendencias suicidas se relacionaría con él.

Sophy se concentró en su ropa. En cuanto al trabajo de sastrería se refería, el atuendo de Su Ilustrísima era impecable ya que se amoldaba a su cuerpo, resaltando los músculos de los poderosos hombros, del ancho torso, de la cintura bien definida, de las estrechas caderas y de las piernas larguísimas y fuertes...

Volvió a desterrar esa imagen de su cabeza, recordándose que la ropa era su vida, y examinó con objetividad su atuendo, como una profesional estudiando el trabajo de otro.

Sabía que el conde solía comenzar las tardes elegantemente vestido. Su ayuda de cámara, Olney, se encargaba de eso. Sin embargo, Longmore no siempre se comportaba de forma elegante y Olney no tenía control alguno sobre lo que sucedía una vez que salía de casa.

A juzgar por su apariencia, habían pasado muchas cosas después de que Olney liberase a su señor el día anterior.

—Siempre has sido el más listo de la familia —le dijo Longmore al duque—. Estupenda deducción. Me pasé por Crockford’s. Y por otro sitio. Necesitaba algo con lo que olvidar esas espantosas horas en Almack’s.

—Detestas esas reuniones —comentó Clevedon—. De modo que supongo que una mujer te obligó a ir.

—Mi hermana —explicó Longmore—. Es una tonta en lo concerniente a los hombres. Mis padres no dejan de quejarse. Hasta yo me he dado cuenta de lo lamentables que son sus pretendientes. Una panda de babosos y de pobretones. Para desanimarlos no me separo de Clara y pongo cara amenazadora.

Sophy podía imaginarlo perfectamente. Nadie ponía cara amenazadora tan bien como él, que miraba al mundo desde arriba con los párpados entornados, como una gigantesca ave de presa.

—Un comportamiento fraternal muy inusual en ti —comentó Clevedon.

—Ese bobalicón de Adderley intentaba imponerse a los demás. —Longmore se sirvió una taza de café y se sentó junto a Clevedon, justo enfrente de Marcelline—. Clara cree que es encantador. Yo creo que él está encantado con su dote.

—Se rumorea que está de deudas hasta el cuello —dijo Clevedon.

—No me gusta su sonrisa —continuó Longmore—. Y ni siquiera creo que a él le guste Clara. Mis padres lo detestan por un sinfín de razones. —Señaló el periódico con la taza de café—. Este asunto de Sheridan no los tranquiliza mucho. Aun así, estoy seguro de que a ti te ha resultado muy conveniente. Una manera magnífica de desviar la atención de tus emocionantes esponsales. —Sus ojos oscuros recorrieron a Sophy con indolencia—. No habría podido suceder en mejor momento. Señorita Noirot, no habrá tenido usted algo que ver con eso, ¿verdad?

—De haber sido así, habría exigido una botella del mejor champán del duque para brindar en mi honor —contestó Sophy—. Ojalá hubiera conseguido algo tan perfecto.

Aunque las tres hermanas Noirot eran unas grandes modistas, cada una tenía una habilidad especial. Marcelline, la mayor, de cabello oscuro, era una artista y una diseñadora de grandísimo talento. Leonie, la menor, pelirroja, era el genio financiero. Sophy, la rubia, era la vendedora. Era capaz de ablandar el corazón más duro y de sacar grandes sumas de dinero de los puños más cerrados. Podía hacer creer a la gente que lo blanco era negro. Sus hermanas solían decir que Sophy sería capaz de venderles arena a los beduinos.

De haber podido crear un escándalo con el que desviar la atención de la mente retrógrada de la alta sociedad a fin de que olvidaran a Marcelline para concentrarse en otra persona, Sophy lo habría hecho. Aunque quería muchísimo a Marcelline y se alegraba de que se hubiera casado con un hombre que la adoraba, Sophy se sentía desubicada debido a la alteración que había sufrido su mundo, que siempre había girado en torno a su reducida familia y a su negocio. No estaba segura de que Marcelline y Clevedon comprendieran del todo las dificultades que sus recientes nupcias habían provocado a Maison Noirot ni hasta qué punto era peligrosa la situación en la que se encontraba la tienda.

Claro que eran recién casados y el amor parecía ofuscar la mente de forma más efectiva si cabía que la lujuria. En ese momento Sophy se negaba a enturbiar su felicidad compartiendo las preocupaciones que Leonie y ella albergaban.

Los recién casados se miraron a los ojos.

—¿Qué opinas? —preguntó Clevedon—. ¿Quieres aprovechar la distracción y volver al trabajo?

—Tengo que volver al trabajo con distracción o sin ella —contestó Marcelline. Miró a Sophy—. Será mejor que nos vayamos pronto, ma chère soeur. Las tías bajarán a desayunar en una hora.

—Las tías —repitió Longmore—. ¿Siguen aquí?

Clevedon House era lo bastante grande para acomodar a varias familias sin problemas. Cuando las tías del duque iban a Londres por períodos de tiempo demasiado cortos para alojarse en sus propias residencias, no se instalaban en un hotel, sino en el ala norte de la mansión.

Hacía poco habían ido a la ciudad para impedir la boda.

En un principio, Marcelline y Clevedon habían planeado casarse el día después de que él la convenciera (o la sedujera) para que se casase con él. Sin embargo, había prevalecido la lógica de Sophy y de Leonie.

La boda, señalaron en su momento, causaría una tremenda sensación y podría ser fatal para el negocio. Pero si algunos de los parientes de Clevedon asistieran a la ceremonia, indicando así que aceptaban a la novia, el escándalo se mitigaría en parte.

De modo que Clevedon había invitado a sus tías, que acudieron en masa para evitar un matrimonio tan dispar. Sin embargo, ninguna gran dama, ni siquiera la reina, era rival para las tres hermanas Noirot y su arma secreta, Lucie Cordelia, la hija de seis años de Marcelline. Las tías claudicaron en cuestión de horas.

En ese momento intentaban encontrar el modo de convertir a Marcelline en una duquesa respetable. Incluso creían que podrían presentarla ante la reina.

Sophy no estaba segura de que eso pudiera ayudar a Maison Noirot. De hecho, sospechaba que solo conseguiría avivar la ira de lady Warford.

—Siguen aquí —respondió Clevedon—. Parece que son incapaces de irse.

Marcelline se puso en pie, de modo que los demás también lo hicieron.

—Será mejor que me vaya antes de que bajen —dijo—. Todavía no se han reconciliado con la idea de que siga trabajando.

—Lo que quiere decir que aún intentan imponer su opinión —dijo Longmore—. Lo entiendo perfectamente. —Le regaló una sonrisa torcida e hizo una reverencia.

El conde era un hombre capaz de llenar el hueco de una puerta y daba la impresión de que pudiera ocupar toda una estancia. Aunque tuviera un aspecto desaliñado y peligroso, sus reverencias resultaban tan elegantes como las de un dandi.

Era muy irritante que se sintiera tan a gusto consigo mismo y que fuera tan elegante teniendo el cuerpo de un boxeador. Y era más que irritante que rezumara aquella virilidad.

Sophy era una Noirot, con un linaje muy apegado a los instintos animales... y carente de principios morales.

Si el conde descubría lo débil que era en ese aspecto, estaría perdida.

Hizo una genuflexión apresurada y cogió a su hermana del brazo.

—Sí, en fin, mejor que no nos demoremos más. Le prometí a Leonie que no me quedaría más de media hora.

Se apresuró a sacar a su hermana del comedor.

Longmore las vio alejarse. En realidad, vio alejarse a Sophy, con su incitante mezcla de energía y astucia.

—La tienda —dijo cuando las damas se alejaron lo bastante para que no lo oyeran—. Sin ánimo de ofender a tu duquesa, pero... ¿están locas?

—Depende del punto de vista de cada cual —respondió Clevedon.

—Al parecer, yo no estoy lo bastante tocado de la azotea para comprenderlo —comentó Longmore—. Podrían cerrarla y vivir aquí. Como si no hubiera sitio de sobra... O dinero. ¿Por qué insisten en verse obligadas a rendirles pleitesía a otras mujeres?

—Por pasión —contestó Clevedon—. Su trabajo es su pasión.

Longmore no estaba muy seguro de lo que era, exactamente, la pasión. Estaba casi convencido de que nunca la había experimentado.

Ni siquiera se había enamorado desde que tenía dieciocho años.

Dado que Clevedon, su mejor amigo, ya lo sabía, Longmore no replicó. Se limitó a menear la cabeza antes de acercarse al aparador. Se llenó un plato con huevos, enormes lonchas de beicon y pan, así como con una buena porción de mantequilla para que todo bajara hasta el estómago sin problemas. Volvió a la mesa y empezó a comer.

Siempre había considerado la casa de Clevedon como su propia casa y le habían dicho que podía seguir haciéndolo. Parecía haberle caído bastante bien a la duquesa. Su hermana rubia, en cambio, preferiría pegarle un tiro, lo sabía muy bien... y eso la convertía en una persona mucho más interesante y entretenida.

Por eso había esperado a que apareciera. Por eso la había seguido desde Maison Noirot hasta Charing Cross. Había visto el periódico que llevaba y había deducido de qué se trataba.

Por algún ingenioso truco de prestidigitación (o por un pacto con el diablo, seguramente), El Espectáculo Matinal de Foxe no solo salía a las calles de Londres y caía en las mugrientas manos de los vendedores ambulantes muchísimo antes que sus competidores, sino que además lo hacía con los escándalos más recientes. Aunque la mayoría de los eventos sociales no empezaban hasta las once de la noche y no terminaban hasta el amanecer, Foxe siempre se las apañaba para rellenar las páginas de su emocionante panfleto con detalles de lo que todos habían hecho apenas unas horas antes.

Una hazaña nada despreciable, incluso teniendo en cuenta que la «mañana» era una medida temporal muy flexible, sobre todo entre las clases altas, y que solía extenderse más allá del mediodía.

Intrigado por el motivo que la llevaba a Clevedon House tan temprano, le compró un ejemplar al pilluelo que encontró en la siguiente esquina y se quedó rezagado en un par de ocasiones para ojearlo. Como ya estaba familiarizado con la forma de escribir de Sophy, Longmore sabía que no sería la lectura más adecuada para un estómago vacío. Sin embargo, perseveró. No le sorprendería en absoluto que hubiera propiciado el escándalo Sheridan, aunque no entendía cómo habría podido lograrlo. Aquella mujer hacía muchas cosas que le resultaban intrigantes, empezando por su manera de caminar: se movía como una dama de alcurnia; sin embargo, el vaivén de sus caderas prometía algo muy incitante y muy impropio de una dama.

—Me casé con Marcelline a sabiendas de que no dejaría su trabajo —dijo Clevedon—. Si lo hiciera, sería como todas las demás. No sería la mujer de la que me enamoré.

—El amor —murmuró Longmore—. Una mala idea.

Clevedon sonrió.

—Algún día el amor te sorprenderá dándote una patada en el trasero —replicó el duque—. Y yo lloraré de la risa viéndolo.

—El amor va a tenerlo muy difícil —le aseguró Longmore—. Yo no soy como tú. No soy sensible. Si el amor quiere atraparme, no solo tendrá que darme una patada en el trasero, sino que tendrá que tirarme al suelo, atarme y darme una paliza para ablandar lo que algunos optimistas llamarían mi cerebro.

—Es muy posible —repuso Clevedon—. Lo que lo hará todavía más entretenido.

—Espérate sentado —dijo Longmore—. De momento, la vida amorosa de Clara es mi problema.

—Estoy convencido de que las cosas en casa no han sido agradables para ninguno de los dos desde la boda —comentó Clevedon.

Clevedon lo sabía mejor que nadie. Lord Warford ha

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