Tus veranos y mis inviernos (Mediterráneo 1)

May Boeken

Fragmento

1. Las flechas nos señalan

1

Las flechas nos señalan

Benicàssim, 5 de agosto de 2005

—Nagore..., las flechas nos señalan.

Mi amiga guarda silencio y se muerde el labio mientras procesa lo que acabo de decirle. Durante esos pocos segundos de paz, Beth canta «Dime», el éxito indiscutible de hace un par de veranos, por la radio.

—¿Qué dices, tía? ¿Qué flechas?

No quiero saber dónde puñetas va mirando.

—Nago, las del suelo, que vamos al revés.

—Pero ¿cómo vamos a ir al revés? El Mediterráneo está ahí mismo.

Ignora las marcas que nos apuntan con insistencia desde el asfalto y me señala el mar como si yo no lo hubiera visto ya, como si con las cuatro ventanillas bajadas no hubiera notado hace varios kilómetros el olor a salitre que llena el habitáculo, despeina mi melena y, de paso, reaviva mis recuerdos.

—Tenemos el mar a la izquierda, Nago, cuando debería estar a la derecha —digo con calma fingida—. Te has metido mal en el último cruce.

Ella mira a ambos lados buscando argumentos que me quiten la razón.

—Maider, no me fastidies, de Euskadi a Castellón se baja en paralelo a la costa, no se sube. Y el mar queda a la izquierda, que es justo donde está.

Hago un aspaviento con las manos en señal de hartazgo. En los quinientos y pico kilómetros que llevo encerrada con ella en este coche, esta es su segunda mayor locura, justo por detrás del ratito que se ha pasado conduciendo con la cabeza por fuera del techo solar, hasta que se ha tragado un bicho y ha tenido que volver dentro a pegar un buen trago de agua.

Podría perder los nervios, arrearle en la cabeza con lo que queda del mapa de carreteras de España para que espabile o pegarle cuatro gritos por circular en sentido contrario, pero estoy demasiado cansada y alterada para hacer algo coherente. Menos mal que, gracias a que es bastante temprano, todavía no nos hemos cruzado con ningún coche y, en cuanto ocurra, la avenida paralela a la playa de Benicàssim tiene la anchura suficiente para poder retirarnos a un lado sin provocar un accidente.

Finalmente suelto un suspiro largo y opto por explicárselo.

—Nago, llevamos subiendo por la costa desde el desvío en Sagunto.

Se echa a reír. De pronto parece recordar la ruta que decidimos hacer ayer, que consistía en bajar pasando por Zaragoza hasta casi llegar a València y subir a Benicàssim.

—Bah, no te agobies. Ya estamos cerca, ¿no? Y si nos para la poli, ¡fingimos que somos británicas y ya está! —dice tan feliz, y menea el culo en su asiento. Añade varias frases más en inglés y suena como una Spice Girl borracha, pero ni me molesto en hacerle caso.

—Con una matrícula de San Sebastián y el volante a la izquierda, fijo que pasamos por dos señoras ilustres de Gales —digo con sorna.

—Imagínanos como si fuéramos Thelma y Louise.

—Tú sabes que además de no ser británicas, tampoco es que acabaran especialmente bien, ¿no?

—Podrías relajarte un poco —propone con retintín. Le arrea un manotazo al intermitente, se mete en un callejón derrapando y maniobra para cambiar de dirección.

—Estoy la hostia de relajada, Nago. Lo tengo todo perfectamente descontrolado.

Me mira de reojo con una ceja alzada.

—¿Hace falta que te recuerde por qué estoy conduciendo tu Ibiza?

Se dispone a echarme en cara las veinte veces que se me ha calado el coche en el peaje de Zaragoza y cómo el hombre de la cabina ha tenido que abrirme la barrera en tres ocasiones.

Niego rotundamente.

Paso de tener que volver a mentirle negando lo histérica que me he ido poniendo según los kilómetros que separan Donostia de Benicàssim quedaban atrás. Miro de reojo y con cierto halo de arrepentimiento los trocitos de papel que he arrancado del mapa de carreteras, que casi me cubren los pies por completo. Inconscientemente mis nervios han destrozado «su» Mediterráneo y un trocito de Murcia.

Por fin diviso la entrada del camping con sus banderas y sus palmeras. Me suelto el cinturón de seguridad como si mi objetivo más inmediato fuera tirarme del coche en marcha antes de que lleguemos y rodar como una croqueta de vuelta a Euskadi, también rezo en silencio para que Nago no se dé cuenta de que ya casi estamos y acabemos dando un par de vueltas más por Benicàssim. Pero no. Esta vez va atenta, la muy ingrata, su despiste es claramente selectivo, así que acciona el intermitente de nuevo y detiene mi viejo coche delante de la barrera de recepción.

Hola, camping Voramar. Cuánto tiempo.

Nos bajamos y estiramos el cuerpo como si estuviéramos en una clase de pilates espontánea, pero muy bien sincronizada. Cierro los ojos y aspiro el aire que me rodea intentando aflojar el nudo del tamaño de una paella que tengo en el estómago. Repito para mis adentros por enésima vez que estoy de vacaciones y que nada ni nadie me las va a estropear, que somos adultos y que el rencor se acaba consumiendo con el paso del tiempo.

Soy cinturón negro en engañarme, pero parece que hoy no me funciona del todo.

Suelto el aire que he retenido con lentitud mientras imagino varias palmeras agitándose al viento, el mar rompiendo contra el espigón, el olor a socarrat de la paella, la crema para el sol resbalando por mi piel, los guiris en tanga, la música de los chiringuitos y la horchata bien fría.

Vuelvo a abrir los ojos en cuanto creo que tengo la situación medianamente bajo control y que ninguno de los recuerdos que llenan cada rincón de este camping me van a atacar de improviso. Son solo reminiscencias, pedacitos inofensivos del pasado, aunque los sienta como aviones de combate impactando contra mi cuerpo.

Pero el universo, ese gran enemigo que me la lía cada vez que me despisto, no podía darme ni una tregua de cinco minutos. Claro que no, tenía que restablecer el equilibrio o alinearme los chakras. Yo qué sé.

Lo primero que veo nada más abrir los ojos es algo para lo que no estoy preparada.

Trago saliva, me encojo un poco e intento mimetizarme con el entorno, como si no fuera más que una turista. Me arrastro hasta el mostrador de la caseta de recepción con Nagore a la zaga y me apoyo en él. Lo miro de reojo y me aseguro de que no me ha visto. Contengo las náuseas que me produce la sola idea de que me reconozca, de que se acerque, de que me salude, de tener que contestarle. A él, a Rubén.

Pese a que soy la reina del disimulo, tengo el pulso descontrolado, las manos heladas, el estómago del revés y creo que mis pulmones han dejado de funcionar. Por mucho que parezca una exageración, tengo asma, siento que me puedo morir de verdad.

«Era maja», dirán.

«Se fue de vacaciones y sus cenizas reposan en el Mediterráneo», pondrán en mi esquela.

«Se comió una gamba en mal estado», contará mi amiga porque no tiene ni idea de nada.

«Se encontró con su ex y no sobrevivió», será la verdad.

Resoplo y miro a Nagore. Gracias al universo que me debía una bien gorda, está demasiado concentrada ojeando folletos del parque acuático Aquarama para darse cuenta de que parece que me haya llegado la hora y que mis casi veinticinco años de vida están a punto de irse a tomar por saco por culpa de la mera presencia de Rubén Segarra.

Según me había asegurado mi querida amiga estival de la infancia, Gemma, Rubén iba a estar durante todo agosto en Madrid, pero no, mira tú qué cosas, está aquí. Jus-to a-quí. Me descojono. En Benicàssim. Delante de mis narices. De hecho, está cruzando la calle en dirección a la piscina como si nada, como si no hubiera pasado ni un mísero día desde la última vez que nos vimos.

Juraría que hasta el aire se ha revuelto en mi contra y sopla con todas sus fuerzas, lanzándome a la cara recuerdos impregnados con su aroma.

Sigo vigilándolo de reojo y me fijo en que lleva un bañador rojo tipo bermudas, una camiseta de tirantes negra con la marca del camping impresa sobre su abultado pectoral derecho, chancletas hawaianas y una toalla al hombro. Tiene la piel tan tostada como siempre, el ondulado pelo revuelto, los labios fruncidos y la vista clavada en el suelo, escondiendo esos ojos verdes tan intensos que tiene.

Con echarle un simple vistazo sé que acaba de levantarse y que solo habrá desayunado una Coca-Cola, bebida que lleva tomando toda la vida, excepto el verano que le dio por experimentar con la Cherry Coke porque, y cito textualmente: «Iba a convertirse en la octava maravilla del mundo». También intuyo por el gesto serio que lleva, que sigue siendo mejor no hablarle hasta pasadas las dos del mediodía por lo menos, porque sus despertares siempre han sido bastante conflictivos.

Sé demasiadas cosas o, más bien, conservo en mi memoria demasiados detalles que no debería, si me he prometido que para mí Rubén ya no es más que una gamba en mal estado que podría matarme de una indigestión.

Pero es que el pasado tiene mucho peso en nuestra historia y se compone sobre todo de recuerdos y vivencias, y, aunque el tiempo haya ido avanzando, no nos ha hecho ningún favor.

Respiro hondo y noto que mi pulso se ralentiza paulatinamente en cuanto lo veo cerrar la valla de la piscina. Me centro en eso yo también, en cerrar la valla que me separa de lo que fuimos. En ponerle alambre de espino para no cruzarla. En electrificarla. En adoptar un rottweiler que me ataque si intento lanzarme. Pero, pese a todo, mi mente me sabotea con una imagen de mí misma intentando saltar la maldita valla y acabando con el bañador enganchado en el alambre mientras agito las piernas al aire.

Como dice Shakira: «Se me acaba el argumento y la metodología cada vez que se aparece frente a mí tu anatomía».

Tarareo la canción en voz baja, más que nada por aferrarme a lo primero que se me ocurre con pinta de ayudarme a desviar mis pensamientos, y Nago se me une dando vueltas sobre sí misma con las manos llenas de folletos, agitándolos como si fueran abanicos.

La chica de recepción por fin cuelga el teléfono y nos saluda. Dejamos nuestro espectáculo improvisado y nos centramos en ella. La verdad es que esperaba encontrarme a Lorena, la hermana de Rubén, pero no está y a esta tía no la conozco de nada. Este camping ha sido el lugar de vacaciones de mi familia desde que yo tenía dos años; he crecido verano tras verano con esta gente, hemos vivido juntos muchas cosas, entre otras, el éxito, la exportación y el declive de «La Macarena», pero de pronto me siento como una extraña. Aunque, a lo mejor, eso no es algo tan malo necesariamente, porque es recíproco: la chica que tengo delante tampoco sabe quién soy yo y desconoce toda la historia que arrastro conmigo. Seguro que me está sonriendo por eso y porque mis padres tienen el año entero pagado, pobre ilusa.

Nago le entrega nuestros carnets y le canta la matrícula de mi coche como si fuera una niña de San Ildefonso; mientras tanto, yo continúo metida en algún tipo de alucinación con vallas, exnovios y perros, y sigo tarareando «Ciega, sordomuda», de Shakira. Qué temazo, por Dios, y qué bien me está viniendo.

—Tenéis la parcela 22, en el pasillo del centro. La caravana ya está instalada. Gracias por haber elegido nuestro camping.

Como si hubiera tenido otra opción.

En cuanto nos levanta la barrera, cogemos el coche para acercarnos al lugar que nos ha tocado. El camping posee tres calles paralelas con parcelas rodeadas por árboles a ambos lados y las instalaciones principales están junto a la caseta de recepción.

Mientras avanzamos con lentitud entre las tiendas de campaña, caravanas y bungalows, empiezo a tachar todas las cosas que se quedan fuera de mis planes a partir de este mismo momento: la piscina grande y la pequeña —no pienso ni acercarme a ellas—; la recepción, que está justo delante de las piscinas; la entrada principal del camping; el bar, al menos, durante las horas en las que no abre la piscina; los baños de arriba, porque están muy a la vista; la playa del Heliópolis; Castelló capital y la Comunitat Valenciana en general. Sobre la marcha llego a la conclusión de que lo mejor va a ser que no salga del coche durante las tres semanas que vamos a estar aquí, solo por si acaso.

Le indico a Nagore que aparque a un lado de la caravana para dejar espacio y que podamos montar el toldo, el suelo y la cocina, cosas que ya no me parecen tan necesarias, teniendo en cuenta que pienso comer y dormir en el coche, y hacer pis en un cubo.

Mi amiga se baja sin echar el freno de mano, como hace siempre, así que tiro de él y, antes de que otro recuerdo que no viene a cuento me lleve por la calle de la amargura, salgo tras ella. Rodeo mi Seat Ibiza y miro hacia todos los lados creyéndome Lara Croft en una misión muy chunga en la que no debe ser detectada. Aunque sé que Rubén probablemente estará en la piscina toda la mañana, temo que pase en bici, en monopatín o a la pata coja, qué más da, y que la idea de verme obligada a saludarlo intente matarme de nuevo. Porque la verdad es que no sé con qué Rubén me voy a encontrar este año y tampoco me apetece descubrirlo.

Me sitúo junto a un árbol, un pelín camuflada, y aprovecho para investigar a nuestros vecinos de parcela. A la izquierda tenemos la clásica tienda de campaña de color azul marino montada de aquella manera. Hay tres bañadores coloridos tipo slip tendidos y varias botellas vacías de cerveza Peroni tiradas por el suelo. No necesito más pistas para deducir que deben ser italianos. A la derecha, en cambio, tenemos a una familia con una caravana, según concluyo al observar las toallas de Barbie que tienen colgadas y las bicis rosas. Nadie conocido. ¡Genial!

Saco las llaves de nuestro chalet con ruedas de mi bolso y lo abro. Subo un momento y despliego la trampilla del techo para que se vaya ventilando el interior, mientras Nagore aprovecha para descargar nuestro equipaje. Estoy por decirle que no se moleste con el mío, que no pienso moverme más de cincuenta centímetros a la redonda del coche y que puedo quedarme con la misma ropa, pero decido que ya se lo comentaré más tarde, tal vez cuando me haya bebido un par de cervezas y la haya puesto al corriente de todo lo demás. Y cuando digo «Todo lo demás», me refiero a Rubén, un tema que viene a ser «todo» y «nada» a la vez.

Nagore tira nuestro equipaje al suelo y abre su maleta para cambiarse el calzado. Observo el contenido por encima de su hombro.

—¿Tres biquinis, las chancletas y la cachimba? ¿En serio, Nago? —digo, llevándome la palma de la mano a la frente—. ¿No has traído nada más?

—Pensaba cogerte algo de ropa prestada. La maría la tengo escondida en el coche. —Pone los ojos en blanco, como si fuera lo más evidente del mundo que la droga no se lleva en el neceser.

La muy zumbada ha metido marihuana en el coche, aun sabiendo la cantidad de papeletas que teníamos de que nos pararan en algún control policial por el camino.

—No te rayes, Maider. Está bien guardada, no la habrían encontrado ni desmontando tu Ibiza entero. De hecho... ¡Mierda! Esta mañana he probado a meterla en tantos huecos, que ahora mismo no tengo claro en cuál la he dejado.

Se da golpecitos con el dedo en la barbilla, toda pensativa ella, y yo vuelvo a pegarme una palmada en la frente. Estos veintitantos días que vamos a pasar juntas se están alargando a una velocidad alarmante.

—Daría la mitad de la maría que tengo escondida en algún lugar desconocido de tu coche por una lejía bien fresquita. —Me hace ojitos y se ventila un sobaco con la mano.

Lo mismo se piensa que yo no tengo calor y que no me apetece una lejía, o lo que viene a ser una cerveza con limón. Somos vascas, allí el verano este año ha caído en jueves y debería haber sido festivo. Por lo tanto, en cuanto la temperatura pasa de veinte grados, dejamos de ser personas para convertirnos en charcos. Pero, por mucho que yo me vaya a alojar en el coche, tenemos que dejar la parcela organizada antes de darnos a la bebida. Es una cuestión de imagen y de reputación.

—¿Qué te parece si ponemos el toldo y el suelo, y luego comemos algo? —negocio con ella. Ni menciono el avance para no agobiarla.

Rebusco en una de las bolsas de Eroski que hemos traído y saco los sándwiches aplastados que me preparó mi ama anoche. Nagore arruga la nariz y sé lo que me va a decir antes de que lo haga.

—Venga, tía, esos bocatas están recalentados del coche, mejor nos subimos al bar y pedimos una paella. ¡Que estamos en Castellón!

¿Qué parte de que no quiero moverme de aquí no está pillando?

—¡No me digas que estamos en Castellón! ¡Qué sorpresa! Ni me había enterado, oye —ironizo, y vuelvo a meter los sándwiches en la bolsa de malas formas.

Aunque sé que no puedo culparla de mi estado de ánimo ligeramente variable, me lo está arreglando. Y es que la mera idea de presentarme en el bar me pone la vida del revés.

De pronto oigo que una bici frena y derrapa detrás de mí. Me quedo muy quieta, más que convencida de que de espaldas no me va a reconocer: me he cortado el pelo y he perdido varios kilos. Y aunque a primera vista parece que mi plan funciona a las mil maravillas, a Nago le cuelga la mandíbula a una distancia exagerada de la cara.

Y entonces lo siento.

Unos brazos me rodean por la espalda y me levantan en el aire. La caravana desaparece mientras giro. La veo, no la veo, la veo, no la veo... y no tengo ni puñetera idea de lo que está pasando. Solo sé que a esta escena le falta la musiquita de un carrusel de caballos para estar completa.

—¡Ya era hora de que volvieras, Maidertxu!

Cuando la atracción de feria para, apoyo los pies en el suelo e intento recuperar el equilibrio y la orientación, me recoloco el pelo y me doy la vuelta con una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Xabi!

Me quedo unos segundos paralizada sin saber muy bien qué hacer.

En cuanto veo su sonrisa, dejo atrás nuestro pasado más cercano y me lanzo a por él en plancha con tanta fuerza que temo derribarlo. Pero la verdad es que está más duro de lo que recordaba, es como abrazar un roble, así que dudo de que haya notado el impacto.

Xabi me envuelve con sus brazos y damos vueltas de nuevo. Me pregunto si durante los años en los que no nos hemos visto ha desarrollado algún extraño complejo de peonza. Cuando por fin nos detenemos, doy un paso atrás y lo observo. Xabier Lekaroz es de Burlada, un pueblo pegado a Pamplona, aunque hace su vida en la capital desde que empezó la carrera de Arquitectura, y lleva casi tantos años como yo veraneando en este camping. Lo conocí una tarde, hace muchos agostos. Yo iba discutiendo en euskera con mi hermano y nos cruzamos con él. El muy capullo ni se presentó, se metió en nuestra disputa y le dio la razón a Unai solo por fastidiarme. Nuestros padres acabaron haciéndose amigos y nosotros, contra todo pronóstico, fuimos inseparables durante mucho tiempo, hasta que..., bueno, digamos que perdimos el contacto.

No sabría decir qué es lo que ha cambiado, pero todo es diferente en Xabi. Hace tres años, la última vez que lo vi, todavía parecía un adolescente imberbe y ahora es un hombre con un islote de vello en el pecho. Lleva el pelo más largo de lo que recordaba y se ha dejado crecer unas greñas la mar de macarras en la parte trasera que le quedan genial. Sus ojos de color avellana brillan al estudiarme con interés, parece que él también está buscando las diferencias que ha dejado el paso del tiempo en mí, pero las más relevantes no las va a ver a simple vista.

—No has crecido ni un puñetero milímetro —comenta por joder, a lo que yo respondo dándole un puñetazo juguetón en el brazo.

—No todos tenemos unos padres que se puedan permitir cuatro Petit-suisse por cada hijo.

—Qué boba eres. —Sonríe y me apachurra un moflete con sus dedos—. Estás muy diferente, Maidertxu, pero tan guapa como siempre.

Xabi es un adulador y yo me ruborizo como si volviera a tener catorce años.

Me gustaría decir que el corte de pelo que estrené la semana pasada fue un capricho veraniego, pero estaría mintiendo. En cuanto decidimos que vendríamos a Benicàssim, sentí la imperiosa necesidad de pegarme un buen cambio, tal vez buscando no seguir siendo yo misma. Mi pelo ondulado, que siempre había sobrepasado mis pechos, ahora me roza justito los hombros. Y ya no es de un marrón otoñal aburrido, ahora es tan negro como los últimos años de mi vida. También me he maquillado antes de salir de Donostia, pero doy por hecho que, después del viaje, ya no me quedarán más que varios manchurrones negros por la cara. Solo espero que las ojeras que rodean mis ojos azules y que son consecuencia del insomnio que me ha producido el viaje sigan camufladas por el corrector.

—Tú sí que estás cañón, navarrico —afirmo con una sonrisa curvándome los labios.

Xabi me abraza de nuevo dedicando un segundo a cada uno de los días que no hemos sabido el uno del otro. No me suelta, y no es que yo esté incómoda, pero sí que me siento vulnerable, tanto como la Maider que era la última noche que nos vimos.

—Te he echado mucho de menos —dice con cariño, con mi cara todavía incrustada en su pecho.

—Yo también —acierto a decir con las lágrimas llenándome los ojos—. Yo...

—No hace falta que digas nada, Maider, lo único que importa es que estás aquí.

Una tos superdiscreta nos saca de golpe de la reposición de los últimos veranos en la que estamos metidos.

Joder. He olvidado que Nagore está aquí.

La busco con la mirada y la encuentro sentada sobre mi maleta con las piernas cruzadas, contemplándonos con atención. Tiene una especie de sonrisita de resabida en la boca que no me gusta un pelo. Seguro que se cree que ha entendido de qué va toda esta historia del viejo amigo que viene a saludar y te abraza con cariño, pero dudo de que sea capaz de comprender la dimensión real de todo lo que significa este momento. Porque, por muy simpático que sea Xabi conmigo, no es más que el prólogo de algo mucho más grande.

El navarrico afloja su agarre, se vuelve hacia mi amiga y la saluda con la mano.

—Hola, soy Xabi.

Mi amiga se levanta, se contonea hasta llegar a él haciendo sonar sus chanclas, posa la mano en su pecho y le planta dos sonoros besos.

—Encantada, Xabi, soy Nagore.

Entorno los ojos ante los coqueteos nada discretos de mi compañera. No es que me moleste su repentino interés, el chaval es un amor y, encima, tiene ese cuerpazo moldeado por el surf que podría matar a cualquiera de un calentón; también entiendo que solo tenemos tres semanas de vacaciones, pero, vamos, que no veo la necesidad de correr tanto, que la conozco de sobra y me la veo eligiendo hasta los arreglos florales para la boda antes de comer.

—Vivo en Donostia, como Maider —añade Nagore a título informativo.

—Encantado. Ongietorri a Benicàssim.

Oír a Xabi dándole la bienvenida en euskera, con su típico acento navarro camuflado, desata una tormenta eléctrica por todo mi cuerpo. Me quedo pálida y completamente traspuesta, con un pie de nuevo en el pasado y otro en el presente. Busco la manera de salir del mal trago que estoy pasando con dignidad, soltando alguna chorrada o lo que sea, pero cuando quiero reaccionar, ambos me están observando con cierta preocupación.

—Maider, ¿estás bien? —pregunta Xabi, posando su mano en mi brazo.

Sigue siendo tan cercano como hace mil años y justo por eso ya me siento más tranquila.

—Sí, claro. Estoy perfectamente. —Sonrío con la sensación de que tengo demasiados dientes en la boca—. ¿Qué me cuentas de tus padres y de tus hermanas? ¿Todos bien?

Xabi asiente y empieza a relatar con pelos y señales cómo le va a cada uno de ellos. Juro que intento escucharlo, pero hay algo en su voz que me transporta a alguna de las muchas conversaciones que hemos tenido sobre Rubén a lo largo de nuestra amistad. Y eso no es algo necesariamente bueno.

—¿Y tus padres y tu hermano? —se interesa él.

—Mis aitas trabajando a tope y deseando que llegue su turno para cogernos el relevo y venirse a finales de mes. Y mi hermano, como siempre, cada día más capullo.

Mi hermano Unai y yo nunca hemos estado demasiado unidos, somos como la sal y el azúcar. Como la izquierda y la derecha. Como Euskadi y el sol. Al menos, hasta que llegó el día en el que lo necesité y nuestros lazos se volvieron irrompibles. Pero eso no quita para que siga pensando que a veces es un poco idiota.

—Si hablas con él, dale recuerdos —pide Xabi.

—Tomo nota.

—Por cierto, ¿queréis que os ayude a montar o lo tenéis controlado?

—No te preocupes, seguro que tienes algún plan más interesante.

¿Estoy intentando quitármelo de encima? Pues parece que sí y, aunque me siento fatal, sé que donde está Xabi acaba apareciendo Rubén, aunque solo sea en mi mente, y eso es algo que no quiero que suceda en las próximas tres semanas.

—Solo iba a pasar la mañana en la piscina. —Choca su hombro contra el mío y me sonríe—. Ya sabes, haciéndole compañía...

1995. Rubén

1995

Rubén

Benicàssim, 4 de agosto de 1995

Mi hermano Unai va tumbado en el asiento trasero del coche de mis padres, y yo, a su lado, arrinconada contra la ventanilla. No ha parado de darme la brasa canturreando que me gusta Xabi desde que hemos pasado Pamplona. Cada vez que adelantamos a otro coche, el muy idiota me hace gestos obscenos lamiéndose media cara como si fuera una vaca esquizofrénica morreándose con algún ser imaginario. Le da igual la marca o el color, es pulsar mi aita el intermitente y ¡bum! Lo hace. Yo le pego para que pare, ya no soy una niña que se enfada y se limita a poner morritos porque su hermano es un imbécil.

Aunque no lo parezca, Unai es cuatro años mayor que yo: cumpliré los quince el 3 de diciembre y él acaba de cumplir los diecinueve, aunque mentalmente retrocede en lugar de avanzar; de hecho, ahora mismo tiene la inteligencia y la educación de un niño de cinco años muy malcriado que se come los mocos en público. Motivo por el cual, mis aitas no se fían de dejarlo solo en Donostia estudiando para la colección de pencos que le esperan en septiembre, y tenemos que cargar con él. Además, también tiene su pandilla en el camping.

Le dedico una miradita amenazadora para que se esté calladito, porque si se atreve a hacer otro comentario u otro gesto, lo lanzaré por la ventanilla sin muchos remordimientos. Solo le veo ventajas a ser hija única.

Pongo el discman en pausa, porque se me están gastando las pilas y estoy superenganchada al último disco de Bon Jovi, «These Days», y no me puedo quedar sin escuchar «This ain’t a love song» un par de veces más antes de que lleguemos al camping. En cuanto me retiro los auriculares, me encuentro con que mi madre va cantando a todo pulmón «Yo no te pido la luna», de Fiordaliso. He oído tantas veces esa canción en este coche, que empiezo a sospechar que la cinta está atascada en el radiocasete y que mi padre no la saca porque le encanta oírla cantar. Por lo visto, el amor con el paso de los años se vuelve de lo más extraño.

Aita, ¿falta mucho? —pregunto elevando la voz por encima de la música y apoyando los codos entre los dos asientos delanteros.

No veo el momento de salir de este coche, librarme de Unai y de los cantos de mi ama, y buscar a mi amiga Gemma por todo el camping. Volver a ver a Xabi y a Óscar. Y, bueno, a Rubén, que imagino que también estará, entre otras cosas, porque su madre es la propietaria del camping.

—¿Tenéis hambre? —responde mi padre con otra pregunta y me observa por el retrovisor.

—Un poco.

—¡Yo sí! —Unai grita con sus auriculares todavía cubriéndole las enormes orejas que tiene y me pega media docena de golpecitos en la pierna con sus asquerosos pies llenos de dedos.

Si es que no se puede ser más tonto.

A veces me pregunto cómo es posible que los mismos padres hayan criado a dos hijos tan diferentes y la única explicación que se me ocurre es que a él lo debieron de abandonar los dueños de algún circo y lo acabamos adoptando por lástima.

—Estamos a cuarenta kilómetros del camping, comeremos allí —sentencia mi ama—. Y, Unai, deja a tu hermana en paz.

Como estoy súper de acuerdo con el plan y con la orden de mi madre, vuelvo a ponerme los auriculares y le dedico una burla a mi hermano. Soy la favorita, más le vale ir haciéndose a la idea.

Media hora más tarde estamos en la barra del bar del camping saludando a todos los amigos y conocidos que hemos acumulado después de tantos años veraneando aquí. Mi hermano se ha pirado a la piscina a pegarse un chapuzón antes de comer y yo voy a tomarme una Coca-Cola con mis padres mientras nos preparan una paella. Ojalá esta mañana me hubiera puesto el biquini debajo de la ropa en lugar de meterlo en la maleta que está sepultada en el maletero bajo mil cosas, porque hace un calor insoportable. Parezco nueva.

Le pego un par de tragos a mi refresco y me como una aceituna. Justo cuando me dispongo a decirles a mis padres que voy a bajar a buscar a mi amiga Gemma a su parcela para saludarla y quedar para más tarde, y que enseguida vuelvo para comer, mi ama suelta la reina de todas las bombas.

—¿Ese de ahí es Rubén? —pregunta, con la mirada entornada y no precisamente por el sol. Hace ya unos meses que debería usar gafas, pero se niega. No entiendo qué les pasa a los mayores con el tema de envejecer; yo estoy deseando que pase el tiempo y cumplir los dieciocho; ella, en cambio, se niega a aceptarlo.

Intento contener la curiosidad que me despiertan sus palabras mirando si hay algo interesante en el televisor, pero como está apagado y lo de fisgonear me puede, acabo echando un vistacillo de reojo a Rubén.

Al momento me arrepiento.

Le doy otro trago a mi Coca-Cola, tan brusco que los hielos rebotan contra mi nariz. Intento distraer mis pensamientos de lo que acabo de ver de refilón, pero es imposible. Mi cuerpo entero quiere girarse hacia él y me grita que le pegue un buen repaso. A mí, que presumo de tener el superpoder de ignorarlo bajo cualquier circunstancia.

Como era de esperar, gracias a mi asombrosa capacidad de autocontrol, acabo mirándolo por segunda vez y me quedo atrapada.

Pero que muy pillada.

Tanto que hasta me cuesta respirar con normalidad y es posible que me esté chorreando la baba por la barbilla.

Pues nada, resulta que mi amigo de la infancia y enemigo de los primeros años de la adolescencia ha aprovechado el último invierno para pegar un estirón a lo alto y a lo ancho, y ya no queda ni rastro del insecto palo asqueroso que era el verano pasado. Vamos, que ha echado cuerpo. Su cara también ha dejado de ser la de un niño, sus facciones están más marcadas y ahora parece como más serio y mayor. Le ha salido nuez y algo que intenta parecerse a una barba. Y, no contento con eso, encima presume de unos andares desgarbados de aspirante a pandillero que atraen más miradas de las que le convienen a su ya de por sí enorme ego.

—Pero ¡cuánto ha crecido! —añade mi ama, alucinando muy fuerte.

Si solo fuera que ha crecido..., saldría de esta tan pichi.

Mi padre le arrea un codazo a mi madre para que se calle, pero ella sigue a lo suyo.

—Qué guapo está, ¿eh, Maider?

Mírala ella, qué avispada.

Asiento sin apartar la vista de Rubén. Total, ya se habrá dado cuenta de que me lo estoy comiendo con los ojos y no creo que por cinco minutos más mi reputación de chica dura del norte vaya a salir perjudicada.

Sigo flipando con lo cambiado que está mientras ruego en silencio que se cumpla la frase que tantas veces me ha repetido mi abuela: «Los hombres que tienen el cuerpo bien cimentado suelen tener la cabeza sin amueblar», porque si no es así y se ha pasado al bando de los simpáticos, educados y agradables, estar cerca de él se convertirá en el peor de los tormentos.

Rubén continúa con su glorioso paseíllo atravesando el bar y espero que pase de mí como viene siendo tradición entre nosotros, pero no, esta vez no. El muy creído se arrima con una sonrisilla encantadora a saludar a mis padres, a hacer gala de lo bien enseñado que está. Sobra decir que a mí ni me mira ni me saluda, total, ¿para qué? Solo llevamos toda la vida siendo amigos.

En cuanto lo tengo a mi lado, confirmo lo que me temía, que ya me saca una cabeza, ¡y me cabrea un montón! Hace dos veranos nos mirábamos a los ojos en igualdad de condiciones; el año pasado me miraba un poco desde arriba y me llamaba enana, pero ahora mismo me supera con creces. Me ha dejado plantada aquí abajo. Es insultante. Y seguro que el muy grúa torre continuará creciendo por lo menos durante cinco años más. Si no hubiera testigos y no fuera tan grandote, le pegaría un buen chancletazo en toda la cara.

Sigue pasando de mí y charla con mis padres sobre el viaje, las vacaciones y no sé qué más. La verdad es que me cuesta bastante concentrarme en la conversación, entre otras cosas, porque no reconozco ese vozarrón que sale de su boca. Además, no hace más que dedicarme sonrisitas con disimulo. Me gustaría saber qué es lo que le hace tanta gracia, pero no pregunto; por muy bueno que esté, paso de él. No es más que un niñato al que le gusta hacerse notar allá donde va, y yo que tengo experiencia sé que debo evitarlo a toda costa.

Pese a todo, me fastidia que las cosas sean así entre nosotros, teniendo en cuenta la cantidad de años que hace que nos conocemos y todo lo que hemos compartido. Mi ama siempre cuenta la misma historia: la primera vez que mostramos interés uno por el otro no éramos más que un par de conguitos de dos y tres años en bañador. Ella y la madre de Rubén estaban sentadas en la terraza del bar tomando un café y nosotros no dejábamos de dar la brasa porque queríamos ir a jugar al parque. Al final, harta de que no paráramos quietos, la madre de Rubén le dijo que podíamos hacerlo siempre que cuidara de mí, porque, aunque ambos nacimos en 1980, él es de finales de enero y yo de primeros de diciembre. A partir de aquel momento, Rubén se lo debió de tomar tan en serio que no hubo tarde en la que no me diera la manita para ir a los columpios o a cualquier otro lugar.

Al año siguiente, su padre y el mío nos enseñaron a montar en bici juntos, yo con ruedines y él sin nada. Después se arrepintieron cosa mala porque no dejábamos las bicis ni para dormir. Nos pasábamos todo el día calle arriba y calle abajo, atropellando a medio camping.

El año que cumplimos los cinco, nos emparejaron para participar en la carrera de llenar botellas con agua que organizaron en las fiestas del camping. Mis padres aún se ríen recordando que, según iba corriendo con el vaso entre las manos, se me escurría la braguita del bañador y Rubén se colocaba detrás de mí para sujetármela. No llegamos a llenar ni media botella, pero merendamos churros con chocolate para celebrarlo.

A los siete me daba un canguelo tremendo tirarme de cabeza a la piscina. Rubén, en lugar de reírse de mí, que es lo que haría ahora, se tomó una tarde entera para que perdiera el miedo y aprendiera. No sé la de veces que saltamos al agua y lo arrugados que acabamos... A cambio, yo le enseñé a hacer el pino en la hierba. Ese también fue el año en el que su pez naranja, Butragueño, pasó a mejor vida, le organizamos un funeral en la playa y lloramos durante horas abrazados.

El verano en que solo me faltaban unos meses para cumplir los nueve y él ya los tenía, sufrimos nuestro primer castigo importante. Estábamos llenando las pistolas de agua en los servicios de arriba del camping, cuando apareció Xabi y nos declaró la guerra: el local acabó inundado y la bronca que nos echó el padre de Rubén todavía retumba entre sus paredes.

El año que hacíamos los diez, me pasé todas las mañanas sentada al borde de la piscina mientras él entrenaba para las competiciones de natación que se disputarían a mediados de agosto, ni sé la de horas que estuve con el cronómetro en la mano. Por las tardes, en cambio, él me ayudaba con el librito de ejercicios de matemáticas que me habían mandado mis profes como refuerzo; era su asignatura favorita, así que consiguió que yo aprendiera un montón y, encima, me divertí con sus tonterías. Ese verano, además, fue el primero en el que empezó el cachondeo a costa de todo el tiempo que pasábamos juntos.

Con once años, Rubén atravesó una fase extraña en la que no se quitaba su camiseta del Madrid con el número siete ni para nadar en la piscina, hasta que una noche que nos escapamos a robar almendrucos a un terreno que hay junto al camping, vio que estaba helada de frío y me la regaló para que no me resfriara. A cambio, yo le di el chupete morado de plástico que llevaba a modo de colgante. Ese agosto también probamos juntos el granizado de café y, además de que no nos gustó, nos pasamos toda la noche en vela aprendiendo a jugar al mus con Xabi.

En el verano del 92, Gemma y yo invertimos medio agosto escondiéndonos de nuestros padres para reemplazar nuestras muñecas por Brenda Walsh, Kelly Taylor y todos sus dramas adolescentes en Sensación de vivir. Rubén se burlaba de nosotras, pero vigilaba con Xabi para que no nos pillaran mientras veíamos la serie. Aunque las chicas para ellos todavía éramos un puaj en toda regla, bien que les echaban miraditas furtivas a los pechos de Brenda... Aquel también fue el verano en el que empezaron los rumores.

El año que cumplíamos los trece, Gemma, otras chicas y yo nos pasamos varios días aprendiendo el baile de «Saturday Night», de Whigfield, y la tarde que por fin decidimos grabar un vídeo para la posteridad, el muy idiota de Rubén nos chafó la única toma que nos salió bien haciendo un calvo delante de la cámara. Xabi me dijo que me echaba de menos y que no me enfadara con él. Tócate los pies. Varios días después, cuando me vino la regla por segunda vez en la vida, Rubén me vio hecha polvo y, aunque nunca le expliqué lo que me pasaba en realidad, porque me daba una vergüenza horrible, me compró un Frigopie y me lo trajo a la caravana. Según me dijo, un helado rosa, que era mi color favorito por aquel entonces, me ayudaría a dejar de estar triste. Me hizo tanta ilusión, que le perdoné el calvo y le di un besito en la mejilla para agradecérselo. Él a cambio, me robó el dedo gordo del helado y me lo restregó por toda la cara.

No sé cómo no supe ver que aquello era una prueba irrefutable de lo idiota que se volvería a no mucho tardar, porque justo al año siguiente, cuando él tenía catorce años y yo todavía no los había cumplido, el cambio fue radical. Durante la primera mitad del verano pasado se dedicó a meterse conmigo, a vacilarme y a ser un imbécil integral, y yo desarrollé un odio rápido y muy fiel hacia su persona. El pobre Xabi, que siempre estaba con nosotros, intentó mediar, hasta me quiso vender la moto de que Rubén, en realidad, estaba por mí desde hacía algún tiempo. Pero ¿quién trataría de esa manera a la chica que le gusta? ¡¡¿Quién?!! Pues eso, ¡nadie!, así que no lo creí. Durante la segunda mitad, en cambio, pasamos directamente a ignorarnos y solo nos hablábamos cuando la situación o nuestros amigos lo exigían. Pasamos del «todo» al «nada» en cuestión de un verano. Aunque he de admitir que tuvo el detalle de consolarme cuando vimos morir a Mufasa juntos en el cine. Él no lloró, por supuesto, es un tío duro que ya no hace esas cosas.

Y este año, aunque nadie ha tenido la decencia de avisarme, sospecho que las reglas del juego van a cambiar otra vez, tanto como parece haber cambiado él.

Mis padres continúan hablando con Rubén un rato más y él sigue con la puñetera sonrisita en la cara. Un gesto que, por mucho que quiera evitarlo, atrae mi mirada sin remedio. Él lo sabe y está gozando. Por muy enemigos que hayamos sido, siempre le ha gustado que preste atención a sus tonterías.

Y a mí hacerlo.

2. ¿Cómo está?

2

¿Cómo está?

Benicàssim, 5 de agosto de 2005

Xabi es un cabezota.

Se ha agenciado una escalera y herramientas y se ha puesto manos a la obra en cero coma tres. Aunque sé que mi aita tiene todo lo necesario para montar el tinglado, no tengo ni idea de dónde lo guarda. Rebusco entre las cosas que hay metidas en el cajón exterior de la caravana y, al sacar la malla verde para el suelo, veo la bolsa que contiene mi iglú morado en el fondo. Me quedo mirándola y noto que los ojos empiezan a llenárseme de lágrimas otra vez. Me entran ganas de cogerla y abrazarme a ella mientras me balanceo y gimo desconsolada, pero no estoy aquí para regodearme en el dolor: he vuelto para cerrar las heridas, no para abrirlas. No me puedo derrumbar por culpa de un puñetero iglú morado, por mucho que forme parte de uno de los recuerdos más bonitos que tengo.

Suspiro con fuerza y me obligo a ponerme a trabajar.

Ayudo a Xabi a colocar el toldo entre los cuatro árboles que rodean la parcela y, mientras lo tensamos y lo inclinamos un poco por si llueve, para que no se acumule el agua, le pido a Nagore que suba al supermercado y compre algunas bebidas; el calor empieza a apretar muy pronto por estos lares. En cuanto mi amiga desaparece pasillo arriba, miro el culo de Xabi, que es justo lo que tengo a la altura de mis ojos.

—¿Cómo está? —pregunto sin preliminares.

Tal vez sea un poco tarde para preocuparme por Rubén, pero no puedo evitarlo.

Mi amigo se gira y se queda mirándome unos instantes, todavía subido a la escalera, sin saber muy bien qué contestar. Y lo entiendo, claro que lo entiendo, es un tema muy delicado, pero no por eso quiero que me oculte nada, aunque sepa que sea cual sea su respuesta me va a afectar, porque si me dice que está mal me va a doler, y si me dice que está bien me voy a arrepentir de haber preguntado.

Xabi suspira y baja con parsimonia de la escalera. Deja caer el martillo al suelo y se pone a enrollar la cuerda sobrante entre su mano y su codo.

—Supongo que está bien —responde sin mirarme—. Ya lo conoces, a veces es muy suyo, en eso no ha cambiado.

Lo conozco demasiado bien. Ha sido una parte importante de mi vida.

Me gustaría recordar la primera vez que vi a Rubén, pero era demasiado pequeña, de manera que siempre me he tenido que conformar con rememorar la historia que suele contar mi madre sobre aquella tarde en los columpios, o aquel verano del 95 en el que todo cambió... Sea como sea, después de tantos años, acabó llegando el día en el que soltó mi mano y tuve que seguir adelante sola.

—No esperaba encontrarlo aquí, Gemma me dijo que no estaría.

—La verdad es que es muy raro que haya vuelto esta semana. El sábado pasado nos dijo que se quedaría todo lo que resta del mes estudiando en Madrid.

—Maldita sea mi suerte. —Fuerzo una sonrisa que resulta de lo más triste.

Xabi deja la cuerda perfectamente enrollada a nuestro lado y se mira las manos. Con ese gesto tan suyo sé que está a punto de decir algo que puede hacerme pupa.

—Maider..., sabes que cualquier cosa fuera de lugar que Rubén pueda soltarte estos días no la siente de verdad. Lo entiendes, ¿no?

Sus palabras resultan ser una advertencia bien clara sobre la situación real. Xabi sabe que Rubén sigue cabreado conmigo, que tiene parte de razón para estarlo y también que jamás se quedará callado si tiene la oportunidad de hacérmelo saber de la manera más apoteósica y cruel posible. Así que, en cierta manera, también ha contestado a mi primera pregunta: «¿Cómo está? Como la última vez que lo viste hace tres años. Exactamente igual».

El dolor y el rencor continúan siendo mutuos, siguen presentes en ambos lados de la acera. Nuestro pasado está medio muerto, agonizando, la esperanza se nos acabó hace tiempo y todas las palabras bonitas que nos dijimos se han podrido ya. Ese es el percal.

—No me importa nada de lo que tenga que decir. —Subo la barbilla intentando que mis palabras ganen una fuerza que en realidad no tienen, porque sé que cualquier cosa que Rubén diga o haga me puede destrozar. Ese es el poder que tiene sobre mí. Una influencia que no me gusta nada otorgarle, pero que se ha ganado a pulso.

—Y tú, ¿cómo estás, Mai? Desde que te marchaste hace tres años, no he sabido de ti más que a través de nuestros padres, y mira que vivimos cerca.

Mis padres y mi hermano han vuelto los últimos veranos y me llegaron recuerdos de su parte, pero no se los devolví. No podía.

—Cambié de teléfono y perdí vuestros números.

Nos miramos a los ojos. Sabe que jamás le mentiría, pero también que mis palabras ocultan muchas cosas. Ambos somos conscientes de que lo que acabo de soltar no es más que una excusa de mierda.

—Maider, sé que me has estado evitando, no soy tonto. Te he permitido hacerlo porque entiendo perfectamente que necesitaras tu espacio después de lo que pasó, pero tenemos que hablar. No puedes seguir ignorándome durante más tiempo, mi pobre corazoncito no lo soportaría. —Sonríe y me da un codazo cariñoso.

—No estoy preparada para hablar del tema...

Apoya sus manos en mis hombros y aprieta con suavidad.

—No te agobies, no tiene que ser hoy, pero sí en algún momento de este verano. No puedes volver a marcharte dejando las cosas a medias. Tienes que prometerme que un día de estos, cuando tú quieras, quedaremos y nos tomaremos un café a solas. Y ya puestos, otro día, aprovechas que Rubén está en el camping y también hablas con él.

Estoy a punto de protestar por su segunda propuesta, pero Xabi levanta una mano y me hace callar.

—Si me avisas con tiempo, te prometo que me encargo de meterle algún sedante en la Coca-Cola que se toma por las mañanas para que lo tengas bien calmadito... —Me guiña un ojo.

Asiento con una sonrisa pequeñita.

Por mucho que me cueste admitirlo, uno de los motivos por los que he aceptado regresar a Benicàssim, aparte de que Nagore no dejó de insistir en que teníamos que venir a la playa para desconectar, ha sido volver a ver a mis amigos y recuperar el tiempo perdido. Tal vez no sea capaz de arreglar todo lo que se rompió tres años atrás, pero al menos retomaré la relación con ellos o lo habré intentado, y eso me quitará un buen peso de encima. No contaba con que Rubén fuera a estar aquí, pero una vez pasada la impresión inicial, tal vez Xabi tenga razón y haya llegado el momento de sacarme esa espinita también, aunque me acabe desangrando.

—Por cierto, ¿sigues con el tío ese?

Antes de que me dé tiempo a contestarle, Nagore irrumpe en la parcela.

—¡Chicos, aquí llega la botillera! —grita arrastrando un carro de la compra con cuatro garrafas de agua de cinco litros cada una y un pack de seis botellines de cerveza.

Estoy a punto de abrazarla por cortar de cuajo la conversación que estaba teniendo con Xabi, pero temo quedar en evidencia, así que disimulo mi alegría cogiendo un par de cervezas y le lanzo una al de Burlada.

Mientras descansamos y bebemos en silencio, Nago abre las cuatro puertas del coche, pone «Biziraun», de Berri Txarrak, a todo trapo y se sienta en el asiento del piloto para buscar lo que ha perdido.

Me es imposible no preguntarme lo mismo que Gorka Urbizu en la canción: «¿Vivo o sobrevivo sin ti?». Y tampoco tengo una respuesta.

—Uy, mira. Aquí está una parte de lo que tú y yo sabemos.

Nagore se echa a reír mientras menea en el aire un pequeño cogollo de maría como si fuera el Domingo de Ramos. Hay que joderse... Ya me veo que va a salir marihuana de cualquier parte del coche. Solo espero que no llegue a enraizar y me crezca una planta por el tubo de escape.

—¿Y qué planes tenéis para estos días? —le dispara Xabi directamente a mi amiga porque sabe que es muy posible que yo solo le responda con evasivas.

—Bueno, no tenemos nada cerrado. Piscina, chiringuito, playa, chiringuito, cama, resaca, chiringuito, lo que surja y repetir.

—Pues si queréis apuntaros, este fin de semana he quedado con Gemma y Óscar para cenar algo e ir al pueblo de marcha.

Nago ni siquiera pregunta quiénes son Gemma y Óscar, qué más da, y tampoco me mira antes de decirle que sí, que nos apuntamos de cabeza a ese plan y a todos los que tengan. Xabi, en cambio, me observa a la espera de una reacción que no llegará. Estoy tan atiborrada de emociones que ya empieza a importarme todo un pito. Es que, joder, no hay nada de malo en pasar una noche con mis amigos de juerga, aunque Rubén pueda estar presente.

Llevo tiempo aprendiendo a no dejarme dominar por el miedo, pero es que a Rubén no lo he superado, solo me he resignado a vivir sin él. Nadie tuvo la decencia de explicarme cómo hacerlo, ni siquiera mi terapeuta.

Fuerzo una sonrisa y me intereso por el resto de los planes que tienen, que resultan ser los mismos que hemos venido haciendo todos los veranos que hemos compartido: cine al aire libre en el Bohío, karts, parque acuático, discoteca... y playa, mucha playa. Y es que no puedo negarme, lo necesito más que ninguno de ellos. Tengo que volver a conectar con la Maider que fui con mis amigos a mi lado.

Nos dan casi las dos de la tarde poniendo el suelo, sacando el mobiliario de dentro de la caravana y limpiando un poco. Xabi y Nagore deciden que ha llegado la hora de subir al bar a comer y saludar a los demás, y, aunque me he prometido que el miedo no va a dominar mi vida ni mis vacaciones, vuelvo a sentirlo con la fuerza de los siete mares.

Incluido «su» Mediterráneo.

1995. Tu chica

1995

Tu chica

Benicàssim, 4 de agosto de 1995

Son las siete en punto cuando subo a la piscina con Gemma y me pego un buen chapuzón, el primero del verano. La piscina no es muy grande y está bastante llena a esta hora, motivo por el cual me extraña mucho que Xabi, Óscar y Rubén no estén en el agua haciendo el payaso como siempre.

—Oye, Gemma, qué raro que los chicos no hayan subido a la piscina, ¿no?

—Pues sí que es raro, sí... ¡Joder! Se me había olvidado por completo que hoy empiezan las fiestas del camping y esta tarde arranca el campeonato de ping-pong.

No hace falta que diga más, las dos salimos del agua, nos escurrimos el pelo, nos enrollamos las toallas en la cintura como si fueran faldas de tubo y nos apresuramos en dirección a la terraza trasera del bar.

Cuando llegamos, Óscar está jugando contra Damiano, un chico italiano y amigo de mi hermano, en una de las mesas de ping-pong y, en la otra, Rubén compite contra un ser humano que no llego ni a identificar porque, por lo visto, tengo otras prioridades que consisten básicamente en estudiar cada movimiento de mi... ¿amigo?, ¿enemigo?, ¿enemigo con derecho a roce en un futuro ojalá muy cercano? Ay, yo qué sé. La cuestión es que lo he visto millones de veces jugando al ping-pong, demasiadas para lo aburrido que es, pero hoy me parece que su estilo moviendo la palita es fascinante.

—¿Cómo van? —pregunta Gemma a Xabi, que está entre las dos mesas observando con atención cada golpe.

—Rubén va ganando por poco y Óscar va empatado. Oye, Maider, ¿no piensas darnos un par de besos a cada uno?

Rubén pierde la concentración. Se le escapa la pala de las manos y sale disparada como un bumerán. Su hermana Lorena se agacha para esquivarla y acaba incrustada en el arbusto que tiene a su lado. Él ni se inmuta, se queda mirándome, pero yo le devuelvo la jugada de este mediodía en el bar, solo le doy dos besos a Xabi y agito la mano para saludar a Óscar.

Con el marcador actualizado, los mofletes a punto de explotarme y las protestas del contrincante de Rubén flotando en el aire, Gemma y yo nos sentamos en el murete bajo que rodea el jardín del bar. Nos ponemos al día mientras vigilamos las partidas, ella a ratos y yo continuamente. Cada uno de los gestos y movimientos de Rubén son pura poesía para mis ojos, y no dejo de preguntarme qué me está pasando, porque, por muy bueno que esté, sigue siendo el anticristo en bañador.

Pasado un rato, escuchamos los gritos que anuncian que Rubén se ha hecho con la victoria y hasta me levanto con intención de celebrarlo, pero me vuelvo a sentar en cuanto percibo la mirada alucinada de Gemma. La entiendo, Rubén lleva siendo mi enemigo desde el verano pasado y parece que yo lo haya olvidado hasta el punto de casi cometer alta traición contra mí misma. No tengo excusa, estoy de lo más agilipollada desde que he llegado este mediodía.

Después de chocar los puños con sus amigotes y distraer a Óscar de su partida, que va francamente mal, Rubén coge una Cherry Coke y una silla del bar, y se sienta cerca de mí. Está sudado y algo fatigado. Ni me habla ni le hablo, cumpliendo con el programa habitual. Me siento extrañamente cómoda porque sé cuáles son las normas y así evito hacer el ridículo otra vez.

Continúo de charleta con Gemma sobre varios cotilleos del camping, nuevos amoríos en su mayoría, mientras vigilo a mi archienemigo con disimulo. De pronto, llaman a mi amiga por megafonía para que acuda a recepción a atender algún asunto relacionado con el campeonato de cartas que empieza mañana, según me hace saber, en el que participará como jueza.

Me quedo sola, cosa que hasta hoy nunca me había supuesto un problema, porque, cuando Rubén y yo estábamos a buenas, nunca se nos acababa la conversación y, cuando estábamos a malas, lo ignoraba sin pestañear. Pero ahora...

Jugueteo con un hilillo de mi toalla, tiro de él y me lo enrollo en un dedo. Miro a Rubén de reojo. Arranco una hoja del hibisco que tengo a mi espalda, la hago pedacitos pequeños y me los tiro por encima como si fuera Nochevieja. Lo vuelvo a mirar. Me hago una trencita en un mechón de pelo mientras intento centrarme en la partida de ping-pong de Óscar. Me aguanto las ganas de mirarlo por tercera vez. Canturreo bajito «Milonga del marinero y el capitán», de Los Rodríguez, que sale a todo volumen del bar, y hasta muevo los pies siguiendo el ritmo. Noto que Rubén me está observando, así que acabo sucumbiendo y decido que ya he tenido suficiente.

—Enhorabuena por la partida —digo.

Está casi tirado en la silla a mi lado, todavía exhausto y con los mofletes colorados.

—Gracias —responde con la misma voz grave del mediodía.

—¿No piensas preguntarme qué tal?

—¿Acaso tú me lo has preguntado a mí? —Sus ojos verdes me miran fijamente y, de pronto, me siento desnuda por dentro y por fuera. Me pregunto dónde habrá aprendido semejante truquito.

—¿Qué tal, Rubén? —me intereso con retintín.

—Muy bien, gracias. —Hace una pausa y se pone en pie—. Creo que me voy a pegar un baño antes del siguiente partido.

¿No piensa interesarse por mí? Y, lo más importante, ¿por qué quiero que lo haga? Sin embargo, acabo levantando las cejas e interrogándolo con la mirada.

—Me toca jugar contra Iván a las ocho y media.

Iván es el hermano mayor de nuestro amigo Óscar. No solemos coincidir mucho con él porque nos lleva varios años y suele salir con mi hermano y sus colegas, pero si algo tengo claro es que no tiene nada que ver con Óscar, que es un despiste con patas.

—No te estaba preguntando eso.

—Ya sé que Iván me saca seis años, pero la cabrona de mi hermana me ha apuntado con los mayores sabiendo que acabaría jugando contra su exnovio. No tengo claro a quién de los dos está castigando. —Lanza una mirada fulminante a Lorena, que está haciendo de árbitro al otro lado de la terraza.

No sé de qué se queja, es un clon de su hermana, solo que ella resulta adorable.

Tomo una nota mental para investigar en algún momento por qué rompieron Lorena e Iván.

—Sigues sin preguntarme qué tal estoy —insisto.

—Pensaba que esa parte ya la habíamos superado. —Me dedica una miradita de lo más penetrante otra vez. En serio, ¿cuándo puñetas ha aprendido a hacer eso? ¿O es que se ha vuelto miope como mi madre?

—Eres un...

Busco desesperadamente una palabra para insultarlo, pero mi cerebro solo responde con ruido de interferencias y sílabas inconexas.

—Eres un...

Pues no atino. Según deduzco, estoy atrapada en una especie de estado de estupor permanente desde que he puesto un pie en el camping y a él le está haciendo muchísima gracia.

—Eres un...

Ya está. Es oficial, se me ha frito el cerebro. Me doy por vencida y resoplo.

Rubén me sonríe con arrogancia mientras apoya su mano en mi hombro y me da varias palmaditas condescendientes. En cuanto cree que ya se ha burlado lo suficiente, se aparta, coge al azar una de las muchas toallas que descansan colgadas en una de las ventanas del bar y se rodea el cuello con ella.

—Cuando tengas claro qué soy para ti, me lo comentas. Y como parece que vas a necesitar un buen rato, me voy a la piscina. ¿Te vienes?

No se ha molestado en preguntarme qué tal estoy, acaba de pitorrearse de mi repentina falta de vocabulario, ¿y pretende que me bañe con él? ¿Los chicos cuanto más crecen más bobos se vuelven?

Me fastidia tener que admitirlo, pero, en realidad, no estoy enfadada con él, estoy cabreada a más no poder conmigo misma porque, ¡sorpresa!, ya no quiero pasar de él porque sea un pesado que me vacila a todas horas o un idiota prepotente que me saca de quicio. Necesito ignorarlo porque me muero de la vergüenza cada vez que me habla, y creo que eso buena señal no es.

¡Ni siquiera puedo mirarlo sin que me arda la cara!

—Venga, un bañito rápido —me anima con otra sonrisa, esta segunda mucho más provocadora que la primera, y yo sigo preguntándome dónde se la ha comprado, porque de verdad que el año anterior no la tenía. Además, por culpa de ese gesto noto algo moviéndose dentro de mi estómago. Como un aleteo. Como un montón de hormigas correteando. No entiendo qué es lo que se ha desatado en mi interior, pero sospecho que debe de ser el odio que está cambiando de forma y convirtiéndose en otra cosa mucho peor.

Finalmente, me rindo a su sonrisa y acepto su oferta poniéndome en pie.

Vaig a pegar-me un escabussó en Maider! —le grita a su hermana, y consigue que todos los presentes nos miren. ¿Qué necesidad había de anunciar a grito pelado que nos vamos a bañar juntos?

Veo un poco de todo a nuestro alrededor: caras de sorpresa y sonrisas enormes, sobre todo de nuestros amigos y de Lorena. Mis mejillas se cuecen un poco más.

Lo sigo hasta la piscina con la toalla todavía colocada como si fuera una falda. No es que vayamos muy lejos, solo tenemos que cruzar la carretera de entrada al camping, pese a eso, me gusta dar este paseíllo con él. Es algo que hemos hecho millones de veces, pero por primera vez siento que es diferente. Me resulta agradable ir a su lado y que estemos a solas, aun así, no voy a decírselo, no vaya a ser que se piense lo que no es. Encima, sé que todos nos están mirando, y convertirme en el centro de atención me produce un bochorno mortal.

Tiramos nuestras toallas y chancletas junto al seto que rodea el recinto y Rubén se quita la ropa entre risitas. Con tal de no mirarlo más, no me ducho y salto al agua de cabeza directamente. Él me sigue poco después. Emergemos a varios metros y nadamos durante un rato cada uno a su rollo, pero sin perder de vista lo que hace el otro. De hecho, estoy a punto de comerme el bordillo un par de veces por ir mirando donde no debo.

Cuando me canso de dar vueltas como una patita desubicada, apoyo los codos en el borde de la piscina y dejo que mis pies floten. Me relajo mientras los últimos rayos de sol me dan en la cara y observo a Rubén. Sin duda, es la peor idea que he tenido en todo el día, y mira que hoy estoy sembrada. No recordaba el estilazo tan perfeccionado que tiene nadando, la elegancia y la rapidez con la que se mueve en el agua. Lleva toda la vida practicando natación y eso, con el tiempo, se nota: de hecho, estoy segura de que el cuerpazo que está echando tiene una relación directa con ese deporte.

Hace un par de largos más, que me parecen de lo más impresionantes, y en cuanto se percata de que estoy parada de miranda, viene hasta mí. Sabe de sobra que lo veo acercarse, y, pese a eso, el muy chorizo me tira de un pie para hundirme en el agua. Quisiera decir que ahora sí que me cabrea, pero no estoy segura de que sea verdad, porque solo me apetece sonreír como una tontorrona y seguir jugando con él. Sacamos la cabeza del agua uno junto al otro e intento hacerle una ahogadilla que él esquiva sin problemas. Se sacude en plan perro delante de mis narices.

—Ya estaba mojada, Rubén —digo, poniendo los ojos en blanco.

Se echa a reír como si eso que acabo de decir tuviera gracia, lo que me recuerda nuestro encuentro en el bar.

—¿De qué te reías este mediodía en el bar?

—De ti.

Sonrío satisfecha porque el odio que últimamente he sentido por él se reaviva un poco. Todo está volviendo a la normalidad, falsa alarma, dispérsense porque no hay nada que ver aquí.

Apoyo los codos de nuevo en el borde de la piscina y ladeo la cabeza para observarlo a la espera de que me dé más datos.

—No me apetecía saludarte, pero entonces he visto el regalito que me has hecho y, vaya...

—No te he hecho ningún regalito.

Se me acerca con la clara intención de privatizar la conversación que estamos teniendo.

—Tenías la falda enganchada y se te veía todo el culo.

—Eso no es verdad. —Me carcajeo.

Lo conozco tan bien que estoy muy segura de que me está tomando el pelo. No puede ser que mis padres no se hayan percatado de que su hija estaba paseándose por el camping con el trasero al aire.

—Llevabas un tanga negro.

Dejo de reírme y me pongo del color de una nariz de payaso.

Es la primera vez que me compro algo del estilo con la clara intención de que, a no mucho tardar, alguno de los chicos que me gustan lo vea. Lo que no esperaba ni en un millón de años era que Rubén fuera el afortunado. Maldito sea.

—¿Tengo razón o no?

—No. No uso tanga —digo con una vocecilla tan aguda que seguro que me delata.

—Di lo que quieras, pero esa imagen ya está guardada a buen recaudo. —Se da varios golpecitos en la sien.

Si fuera otro tío, estaría segura de que lo olvidaría pronto, pero Rubén no lo hará. Él lo recordará durante el resto de nuestras vidas y, lo más importante, no permitirá que yo lo olvide.

—Te has puesto roja, Maider.

—Es que me haces cabrear como nadie.

Y no estoy mintiendo, me mosquea bastante que haya tenido que ser el primero en verme con un tanga y que encima haya sido por culpa de un despiste mío. Seguro que cuando he ido a hacer pis... Empiezo a recordar el trecho que he debido de recorrer enseñando el culo, y el sofoco que siento crece a lo bestia. Pero es que, claro, en este pueblo no corre una gota de aire que te refresque el culete para que puedas percatarte de que lo llevas al descubierto.

—Pues te aseguro que lo último que pretendo este año es que te pongas roja por un cabreo. —Me sonríe, satisfecho—. ¿Sabes? Creo que este va a ser nuestro verano, no ha podido empezar con mejor pie.

—¿Nuestro verano?

—Dame una semana —afirma con la vista clavada en mis labios.

Muy a mi pesar, sé que si alguien me pregunta en el futuro qué fue lo que me enamoró de Rubén, recordaré este instante con una sonrisa y le diré: esa seguridad en sí mismo, esa manera de hablar tan arrogante y esa mirada penetrante fija en mi boca.

—En tus sueños, chaval.

—Venga, Maider, algún día tendrás que darme una tregua.

—¿Yo a ti? —No salgo de mi asombro—. Perdona, pero si lo que de verdad quieres es que cambie de opinión, tendrás que dejar de ser un gilipollas que me vacila y me hace putadas hasta el aburrimiento.

—Yo no hago eso. —Suena arrepentido, pero sé que no lo está—. A lo mejor no he sabido comportarme de otra manera, pero no pretendía...

Paso de admitir que entiendo a la perfección lo que está insinuando, ese rumor que Xabi me confesó y Tito me reafirmó cantando, así que me lanzo a acusarlo por todas las jugarretas que me ha hecho antes de que termine la frase.

—Que no pretendías, ¿qué? Rubén, ¡¡te chupabas el dedo y me lo metías en la oreja!! Si eso no son ganas de tocar las narices, tú me dirás. —Levanto las manos y salpico hacia todos los lados.

—¡Eh! No te pases. Hace años que no te hago eso.

—Dos o tres, a lo sumo. ¿Y qué me dices de cuando se te ocurrió llenarme el iglú de grillos?, porque eso fue el verano pasado.

Se echa a reír. El muy cabrón se descojona.

Este es Rubén siendo Rubén.

Ay, cómo me gusta este odio tan denso y familiar que me corre por las venas.

—No veas qué risas cuando te vi salir corriendo y gritando: «¡Mi iglú está lleno de bichos! ¡Socorro! ¡Que alguien me ayude!» —dice, imitando mi voz, y agita las manos al aire como una damisela en apuros.

—¿Estabas mirando?

—Pues claro.

—Serás...

Soy una pacifista, pero Rubén hace que me replantee la vía diplomática demasiado a menudo. Hago el amago de estrangularlo, pero él me sonríe y no se aparta. ¿Quiere que me acerque? ¿Qué demonios está tramando? Me retiro despacito, sin apartar la mirada, y regreso al borde de la piscina.

—Tú tampoco es que seas un angelito, ¿eh, Maider? Siempre que estás con Xabi te dedicas a hablar en euskera para picarme.

Pongo los ojos en blanco y resoplo.

—Claro, discúlpame, por favor, qué cruel e insensible he sido utilizando mi propio idioma con un amigo que, casualmente, también lo habla... Porque, por supuesto, eso es muchísimo peor que echarte un pedo delante de la gente y acusarme de que he sido yo. «Oh, Maider, qué mal estás de lo tuyo, hueles a muerto».

Quiere reírse, pero se aguanta.

—Estás siendo muy injusta conmigo, lo de echarme pedos te lo hacía con nueve años, no puedes mezclar las cosas así.

—Me da igual cuándo fue porque no he olvidado ni la brom

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos