Siempre seremos eternos (Bilogía Fugaces 2)

Paula Ramos

Fragmento

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Abril de 2023

Mojácar

Ava

Doy un paso tras otro. Sin mirar atrás. Sin titubear, y a cada paso que doy, soy consciente de que esta vez va a ser diferente. Quizá sea porque nos hemos separado en el punto donde terminó todo por primera vez, si es que esa frase tiene sentido… aunque, sí, para nosotros lo tiene. Nuestra historia empezó ese verano, cuando éramos unos críos, y finalizó en el mismo lugar que había presenciado el inicio.

Sin embargo, hoy… hoy esta despedida es diferente. Lo siento. Lo sé.

Por eso no me doy la vuelta. Por eso no hago caso a esa voce­cilla tan irresponsable que siempre toma protagonismo cuando él entra en escena, porque… ¿para qué?, ¿para qué quiero ver cómo se aleja?

«Además —me susurra mi consciencia—, ya no está solo. Ahora… ahora todo es distinto».

No me vuelvo, no. Pero sí que levanto la mirada hacia el frente, y veo a Grace observándome a pocos pasos de distancia. Me sonríe cuando nuestras miradas se encuentran, pero sé que la alegría no le llega a los ojos oscuros, esos que heredó de papá, y sé que se debe a la tristeza que aún la invade, igual que a mí. De todos modos, sé que mirarnos le duele más a ella que a mí. Al fin y al cabo, heredé los ojos de mamá…

Camino hacia mi hermana pequeña; aunque el término siempre la acompañará, no es real. Grace hace tiempo que dejó de ser esa mocosa diablilla que nos volvía locas. Se ha convertido en toda una mujer de veinticinco años que, cruzada de brazos, me espera con paciencia apoyada en el capó de su coche. Sigue teniendo la larga melena alborotada del mismo pelirrojo intenso que el mío, la pálida piel salpicada por las pecas que solo los más valientes se atreverían a intentar contar, y una figura esbelta, ahora enfundada en unos vaqueros rotos y una chaqueta de cuero.

—¿Ese de ahí es…? —pregunta cuando la alcanzo.

Pero la interrumpo:

—Entra en el coche, por favor.

Grace enfatiza la expresión de los ojos en un gesto muy suyo, pero obedece, algo que le agradezco desde lo más profundo de mi ser. Pero, claro, no deja de ser Grace, así que, cuando cerramos las puertas del vehículo una vez dentro y arranca el motor, vuelve a hablar. Por supuesto que lo hace.

—Entonces, era cierto, ¿no? Hugo, en Mojácar. —Mi hermana saca el coche del estacionamiento y se incorpora a la carretera para ir al pueblo, alejándonos de la costa y los chiringuitos.

—Ya ves —logro decir mientras intento por todos los medios no mirar hacia donde debe de estar Hugo en compañía de Lara.

Hugo. En compañía de Lara. ¿Cuándo demonios había sucedido eso?

—Y tú, en Mojácar —sigue comentando Grace como si tal cosa.

La miro ceñuda, la mala leche va ganando terreno.

—Todos en Mojácar, sí —digo, y me inclino para encender la radio del coche, esperando que así capte el mensaje.

—¿Has estado toda la tarde con él? —continúa Grace al tiempo que detiene el coche.

Nos encontramos en el ceda el paso de la rotonda a la que nos vamos a incorporar para salir de la zona costera y subir al pueblo.

—… y haz el favor de no mentir, que sé la verdad —añade.

—Entonces ¿para qué preguntas? —le contesto, cruzándome de brazos.

Grace suspira.

—Te pones inaguantable cuando hablamos de él —murmura.

Decido que es buen momento para guardar silencio, porque, sí, tiene razón.

Negarlo sería absurdo.

Opto por centrarme en el exterior mientras el coche avanza por esa carretera de curvas que asciende hasta la montaña, hacia el pueblo que nos vio crecer.

Y, en cierta forma, nos veo.

Recuerdos nítidos me permiten contemplar a una Ava mucho más joven que camina por esa acera en dirección contraria, seguramente hacia alguna de las quedadas de la playa. No va sola, la acompaña un Caleb adolescente. Hablan, se ríen de alguna tontería, incluso Miriam va con ellos…

Una punzada me atraviesa el corazón. ¿Cómo ha podido pasar el tiempo tan rápido? ¿Dónde quedan esos recuerdos?, ¿guar­dados siempre en ese mismo lugar?, ¿o siempre bajo mi piel?

Apoyo la cabeza en el cristal de la ventanilla y contengo un suspiro, pues hemos llegado al pueblo y ya no solo me avasallan los recuerdos de nosotros creciendo allí, sino que también aparece ella. Mamá.

Odio Mojácar. Odio todo lo que me hace sentir. Odio que me haga tomar conciencia de todo lo que dejé atrás, de todo lo que perdí.

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Ava

Volver a atravesar la puerta sabiendo que mi madre no estará duele demasiado, pero mantengo una expresión neutra por Grace, a quien se le escapa una lágrima que intenta disimular cuando cerramos detrás de nosotras.

—¿Estás bien? —quiero saber.

Mi hermana simplemente asiente mientras deja el bolso sobre el mueble de la entrada; todavía no lo hemos empezado a vaciar como el resto de las cosas de la casa.

Recorro con la mirada las numerosas cajas esparcidas por el salón-comedor, en el que pasábamos incontables noches haciendo sesiones de cine, las tres atrincheradas y apretujadas en el sofá mientras teníamos reveladoras conversaciones, regañinas, risas y llantos.

Oigo que Grace se mueve por el salón y me dirijo a la cocina, entonces me doy cuenta de que da igual hacia dónde mire. Mamá está en cada rincón de la casa.

Un familiar nudo ya no solo me atenaza con dureza la garganta sino el mismísimo pecho, pero tengo que mantener el tipo. Por Grace, por mí y por… y por mi madre.

Ya han pasado ocho meses y sé que le horrorizaría vernos abatidas. Somos sus chicas, sus valientes y fuertes chicas… Pero, mamá, ¿cómo me puedo sobreponer a tu marcha?

Sé que me contestaría con alguna de sus frases ácidas y sarcásticas que me haría poner los ojos en blanco; daría lo que fuera por escucharla una sola vez más.

Cierro los ojos antes de abrir la nevera para sacar una botella de agua y servirme un vaso bien frío.

—¿Y Caleb? —me pregunta Grace.

Carraspeo para alejar todos esos pensamientos y oigo que se acerca a la cocina con paso firme.

—¿No está arriba?

—No —niega Grace—. ¿No íbamos al Arlequino a cenar?

—Ese era el plan —asiento, y saco el móvil del bolsillo de mis pantalones—. Quizá nos esté esperando ya allí…

Justo en ese momento, se oye un portazo en la entrada.

—¿Chicas?

La inconfundible voz de Caleb llega a nuestros oídos, y ambas sonreímos.

—Ya pensábamos que nos habías dado plantón.

Ese es el saludo de mi hermana, yo tan solo me vuelvo para ver a mi mejor amigo entrar a la cocina.

—¿Yo? ¿Plantón a mis pelirrojas favoritas? —contesta, llevándose una mano al pecho con teatralidad.

—Ni que tuvieras muchas pelirrojas en tu vida —lo sigue pinchando Grace.

Caleb la mira con un gesto de inconfundible indignación.

—Bonita mía, vivo en tu querida Irlanda, por supuesto que tengo muchas pelirrojas en mi vida.

Por la entonación de mi amigo, sé por dónde van los tiros de la conversación, así que intervengo:

—Bueno, ¿dónde estabas?

—En el Arlequino.

—¿Ves? —Grace sonríe como el ser maligno que es—. Eso huele a intento de plantón.

—No. Eso huele a previsión —le contesta Caleb, que se cruza de brazos.

—¿Y bien? —insisto, adivinando lo que está a punto de desvelar el moreno que se apoya en la isla de la cocina.

—No hay sitio. Tendríamos que haber reservado.

—¿Qué? —se queja Grace.

Caleb se encoge de hombros.

—Es lo que hay, monada —contesta él al tiempo que se sacude los rizos.

Ahora solo los lleva en la parte de arriba, pues se ha cambiado el peinado, y los laterales los tiene tan cortos que no se le forman tirabuzones; la imagen del Caleb adolescente que recorría las calles de este pueblo queda muy lejos de la actual.

Sí, ante mí hay ahora un hombre de casi treinta años que ha abandonado cualquier signo de la niñez; un hombre con el que he crecido, con quien nos hemos acompañado en los buenos y malos momentos, y que no ha dudado ni un instante en dedicar días de vacaciones a acompañarnos a Grace y a mí hasta el que fue nuestro hogar, dispuesto a ayudarnos a vaciarlo para la venta. Caleb dirige su mirada de oscuros ojos hacia mí, y ese insignificante detalle me basta para adivinar que hay algo más. Nos conocemos demasiado bien como para malinterpretar nuestros gestos.

Me tenso.

—¿Qué pasa? —le pregunto.

Grace nos mira intrigada, sobre todo cuando Caleb tamborilea los dedos sobre la superficie de la isla, claramente nervioso, debatiéndose entre una respuesta y el silencio.

—¿Caleb? ¿Cómo es de malo? —quiero saber.

Caleb se yergue de nuevo y toma aire antes de soltar la bomba:

—Hugo está aquí, y con «aquí» me refiero a «aquí mismo», en Mojácar.

—Ah… —digo antes de que Grace estalle en una carcajada.

—Llegas un poco tarde para la exclusiva —comenta mi hermana mirando significativamente a Caleb, cuya expresión pasa de la preocupación a la estupefacción.

—No —niega él. Sus ojos me estudian, pero como la risa de Grace sigue, no queda espacio para las dudas—. No, joder, Ava. No.

—¿«No»? —repito—. No es lo que piensas.

—Ha estado toda la tarde con él —le desvela Grace, con una insoportable entonación de redicha.

—¡AVA! —me regaña Caleb, mirándome horrorizado.

—Por favor, estás sacando las cosas de quicio —le contesto mientras intento dar una colleja a mi hermana.

Sin embargo, la pelirroja me esquiva con una sonrisilla de duende que me insta a perdonarle su actitud. Hacía tiempo que no veía esa sonrisa, y si es a mi costa, que así siga. Pero no tarda en cambiar la expresión, porque me lee los pensamientos —imagino— o porque piensa lo mismo que yo.

Se aclara la garganta —de pronto, preocupada por una arruga invisible en su sencillo jersey fino— y se dirige hacia la salida de la cocina.

—Bueno, chicos, os dejo —nos aclara—. Voy arriba, a ver cómo puedo organizar las cajas de mi habitación, que casi no he empezado.

Y sin darnos tiempo a añadir nada, sale de la cocina. Me quedo congelada, no sé si intentar que se quede para hablar con ella o si pretender que no pasa nada. Siento que lo estoy haciendo todo mal, que…

—Poco a poco, Ava. Poco a poco. No te martirices —habla Caleb, interrumpiendo mis negativos pensamientos.

Desvío la vista del sitio por donde ha desaparecido Grace, y me topo con la mirada comprensiva de Caleb.

—¿Dolerá menos? —quiero saber.

—Dolerá diferente —me promete él.

Suspiro, esperando que tenga razón, y lo miro de nuevo mientras me sujeto la larga melena en una coleta alta.

—¿Qué cenamos entonces? En la nevera no hay nada. ¿Pedimos algo? —le propongo.

—Sí, claro —asiente Caleb.

Consulto en el móvil en qué restaurantes se podría pedir. Ha­ce mucho tiempo desde la última visita a Mojácar, y no tengo ni idea de qué locales envían comida a domicilio. La mejor opción son unas pizzas. Mientras estoy concentrada en el pedido, Caleb danza por el salón, inmerso en la labor que nos atañe en este viaje. Cuando mi amigo habla de nuevo, descubro que no se había alejado.

—Así que has visto a Hugo…

Levanto la mirada y lo pillo estudiándome con cierta seriedad. Por un instante mantengo el duelo de miradas, pero después asiento; ¿para qué negarlo?, si realmente necesito esta conversación.

—¿Cómo está? —me pregunta Caleb.

—Igual y… distinto.

Mi amigo medita mis palabras con la cabeza ladeada suavemente.

—Esta respuesta me suena. —La sombra de una sonrisa aparece en su semblante.

A él también le cuesta estar de nuevo en pueblo. Pero eso es otro tema, así que me centro en lo que estamos tratando.

—Pero ahora es distinto —insisto.

—¿Sí? ¿Y eso?

Noto la ironía en su voz. Pero es cierto, esta vez lo es… ¿verdad? Desvío la mirada cuando me llega el aviso de que el restaurante ha aceptado el pedido.

—¿Ava? —me llama la atención Caleb.

Cuando levanto la mirada nuevamente, decido decírselo:

—Está con Lara.

La sorpresa invade su expresión.

—¿Con Lara, Lara? —quiere asegurarse.

Y lo entiendo, claro que lo hago.

—Sí.

—Joder. —Es lo único que dice.

—Lo sé.

Volvemos a sumirnos en un silencio denso, cargado de recuerdos y momentos que inútilmente procuras que no salgan a flote.

—¿Sabes? Eso no tiene que significar nada. —Los ojos de Caleb me buscan.

Lo miro y le sonrío.

—Caleb, sabes que eso lo significa todo.

—Hay historias que están…

—Condenadas a repetirse —lo corto, y a su frase añado una anotación que quizá diste de lo que quería decir él—: Por lo menos, hasta que se decida poner el punto final.

—¿Y es que ahora vas a ponerlo?

Hago una mueca al escuchar su pregunta, pero él sabe dónde hay que indagar.

—Sí.

—¿Sabes?, esa respuesta también me suena.

No puedo evitar otra mueca. Al fin y al cabo, en cierto momento de nuestra historia, siempre tendremos que recordar…

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Febrero de 2015

Granada

Ava

«Copacabana», de IZAL.

Es la canción que comenzó a sonar cuando nuestras miradas se encontraron casi de un modo inverosímil entre la muchedumbre que ni siquiera era consciente de lo que acababa de suceder.

Hugo.

Yo.

Hugo y yo.

En el mismo bar.

Salí del trance al despegar la mirada de la suya, pues me había asustado un súbito movimiento; tan solo era nuestra amiga Leticia, que se unía a la mesa con un nuevo suministro de botellines de cerveza y un bol de golosinas sospechosas que no pensaba tocar ni con un palo.

Andrea y Caleb comentaron algo que provocó la risa de todos, pero yo volví a dirigir la mirada hacia la entrada del bar.

Ya no había ni rastro.

Como si hubiera sido un espejismo, estaba completamente despejada, sin señal alguna de un joven de veinticuatro años al que hacía demasiado tiempo que no había visto, incluso en mis sueños, porque, sí, Hugo me había visitado en sueños.

—Ahora vengo —dije a nadie en particular.

Me separé del grupo y me interné entre los que bailoteaban con un gran subidón el tema de IZAL.

Recuerdo ese momento como si hubiera entrado en un tran­ce especial. Es decir, era consciente de lo que había alrededor, pero en cierta forma, no. Tenía la sensación de haberme metido en una película, de las antiguas, en blanco y negro, y casi de cine mudo. Recuerdo que la música me retumbaba en el pecho, que la gente me impedía andar en línea recta; el juego de luces parpadeante que nos zambullía a todos en una atmósfera underground entre sombras y luces me permitió des­cubrirlo de nuevo. Mirándome. Estudiándome en la distancia. Acortándola.

Mi corazón aleteó y el estómago me sacudió con esa peligrosa y adictiva sensación que hacía tiempo que no me asaltaba.

Era como lanzarte al vacío, como gritar a todo pulmón en medio del silencio, como acelerar en una carretera de un solo sentido.

Como ver una estrella fugaz.

Continué avanzando entre esa bruma en la que dudas de que tu vivencia sea real. Esquivé a un grupo de chicas que brincaban felices. Bordeé a otro grupo de rostros invisibles.

Hugo hizo lo mismo hasta que, por fin, nos encontramos en medio de la marea de gente.

El tiempo se detuvo.

La distancia entre nosotros chisporroteó.

Y no éramos los únicos que lo notamos, porque a pesar de la multitud que nos envolvía, nadie, absolutamente nadie, se interpuso entre ambos. Todo el mundo respetó el espacio vacío que quedaba entre los dos.

—Eres tú. —Fue lo primero que le dije.

Hugo sonrió; supe que era una sonrisa sincera, pues no siempre lo eran, pero yo podía identificar y reconocer cada uno de sus gestos.

—Hola, Ava.

Sentí la tentación de cerrar los ojos para disfrutar de su voz pronunciando mi nombre. Solo Hugo tenía la capacidad de erizarme la piel con sus palabras.

Nos quedamos en silencio, a dos escasos pasos, sin decirnos nada pero contándonoslo todo. Examiné con detenimiento sus rasgos, más masculinos, más marcados que la última vez que nos habíamos visto. Sin rastro de barba debido al minucioso afeitado; el pelo oscuro, siempre corto, pero con mechones rebeldes en la parte superior que procuraban ocultar sus ojos azules que esa noche me parecieron electrizantes.

Qué guapo era. Y no era la única que lo apreciaba. Algunos a nuestro alrededor lo repasaron bien, o quizá tan solo nos miraban intrigados porque éramos dos personas de pie en mitad de la pista, sin moverse, sin hablar. Solo mirándose.

Mis ojos vagaron por su cuerpo. Me sorprendí al intuir trazos de tinta en su cuello. ¿Ahora tenía más tatuajes?

Inmediatamente me asaltó una batería de preguntas: «¿Cuán­tos tenía? ¿Qué dibujos decoraban su piel? ¿Se los había hecho él? ¿Alguien se los había visto?». Y… y la más definitiva: «¿Por qué estaba ahí?».

—¿Qué tal estás? —rompió de nuevo el silencio.

Recuerdo que estuve tentada de tocarle para comprobar si era real, pero ¿y qué más daba si no lo era? Podría disfrutar de esa alucinación, ¿para qué estropearlo?

Sonreí genuinamente y vi que estudiaba el gesto de mis labios.

—Bien. Muy bien —respondí.

—He visto a Caleb por ahí al fondo —comentó, y yo asentí—. Él no me ha visto, pero parece estar bien.

—Está mejor que nunca —asentí de nuevo.

—Me alegra saberlo.

Me dedicó una sonrisa contenida. No pude esperar más.

—Hugo. —Pronunciar su nombre provocó que mi cuerpo reaccionara, en especial cuando él guardó silencio y me contempló prestándome toda su atención—. ¿Qué haces aquí?

—¿Aquí o…?

—En Granada.

Tenía que hacerle esa pregunta.

—Tan solo estoy de paso.

No era la primera vez que me daba esa respuesta, y mi fuero interno, que se disparaba ante su presencia, sabía que tampoco sería la última.

Asentí lentamente mientras asimilaba e intentaba descifrar sus palabras, cuando alguien me empujó desde atrás, perdí el equilibrio y me abalancé hacia él. No llegué a tocarlo, el empujón no fue tan fuerte, pero sí que acortó la distancia entre nosotros, y… y nuestras manos se rozaron.

Alcé nuevamente la mirada, esta vez tuve que inclinar la cabeza hacia atrás para poder conectar con la suya.

—Ava…

—Sabías que estaba aquí.

No fue una pregunta, o quizá sí; tan solo lo dije, y que él lo interpretara como quisiera.

Hugo cogió aire y sus labios esbozaron una lenta sonrisa que no tomó todo el protagonismo, pues se estaba conteniendo; y él sabía que yo también.

—No sabía que estabas aquí…

—Ha sido una casualidad. —Terminé la frase por él.

Y ahora sí que sonrió, como yo, porque era imposible no hacerlo.

Tenía miedo. Oh, sí, sí que lo tenía. Pero a la vez lo sentía correcto, dándome cuenta de que esto era lo que tenía que suceder. Hugo debió de leer en mi expresión el rumbo de mis pensamientos, incluso en el lenguaje corporal. Unió nuestras frentes.

—Joder, Ava… no he venido solo.

Su confesión no me alteró en absoluto. Quizá fuera por el alcohol, no lo sé, pero busqué su mirada.

—Entonces ¿por qué has venido a buscarme?

No dijo nada, porque no había una respuesta que ninguno de los dos no supiéramos ya. No perdimos más tiempo. Nuestros labios se encontraron. Desconozco quién acortó finalmente la distancia, pero nos besamos. Nos besamos como hacía tiempo que nadie me besaba, y sabía que tampoco a él lo besaban así.

Saltaron chispas. Como cada vez, como en cada encuentro que nos deparaba el destino. Parecía que se empeñara en entrecruzar nuestras vidas, e invadiéramos cada rincón sin temor ninguno y sin reservas, pero, a la vez, sin mezclarnos.

Éramos como el aceite y el agua, uno danzando alrededor del otro pero sin llegar a fundirnos por mucho ímpetu que le pusiéramos.

Al principio fue doloroso.

Después, dejamos las preguntas a un lado.

Al final, nos dimos cuenta de que no era posible.

Esa noche, en medio de gente desconocida, nos besamos con cierta desesperación; habíamos decidido dejar las preguntas para otro momento, pero eso siempre es un error, como pronto aprenderíamos.

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Abril de 2023

Mojácar

Hugo

Estoy solo en la habitación, completamente a oscuras. Sentado en el borde de la cama de matrimonio, descanso las manos sobre las rodillas, presionándolas como si el gesto sirviera de algo, y… y estoy agradecido de haberles dicho que fueran saliendo sin mí, que me uniría a ellos en un momento.

Ni siquiera he podido mirar a Lara a los ojos. ¿O sí que lo he hecho? No lo sé, y me siento mal por ello, porque lo sabía, en el fondo sabía que esto pasaría.

Me levanto de la cama y salgo afuera, a la terraza, donde la fresca noche me acuna mientras intento ordenar mis pensamientos.

Enciendo de manera casi enfermiza un cigarrillo, y por un instante fijo la atención en la calada larga, en el modo en que el humo entra y sale de mi cuerpo, en cómo me calienta los pul­mones; a pesar de ello, la nicotina no disuelve ese nudo que me atenaza el pecho.

Y es que… ¿qué pretendía?

Cuando en el último momento propuse pasarnos por Mojácar para ver cómo estaba todo, en el fondo lo hice por ella. No para encontrármela, pues ni siquiera sabía que estaba aquí, tan solo… tan solo tuve una corazonada muy parecida a las numerosas corazonadas del pasado. Y… tal como me había preguntado en tantas otras ocasiones, si estaba, ¿no quería verla una vez más?

Sé que tengo que alejar esos pensamientos, dejar de martirizarme con ellos. Mis ojos se pierden en la oscuridad que me envuelve, en las vistas de la terraza del hotel de un Mojácar muy distinto al que conocí, pero es que ya no soy el mismo Hugo. Todo ha cambiado tanto que no parece real.

Me termino el cigarrillo admirando la tranquila noche mien­tras alejo la mente de aquellos ojos azules oscuros y cabellera rojiza. Pero sé que, a pesar de mis intentos, volverá, como siempre.

Salgo de la habitación con determinación, como si el gesto de cerrar la puerta fuera mucho más allá, como si con ello lo dejara todo atrás. Aun sabiendo que esa es una de mis mentiras más antiguas.

En el ascensor, una pareja está inmersa en una conversación privada; al darse cuenta de mi presencia guardan silencio y siento sus miradas sobre mí. Sé lo que sucede: les sueno, pero no saben de qué. Una vez llegados a la planta principal, salgo sin establecer contacto visual con ellos, dispuesto a cruzar el pequeño hall del bonito hotel en el que nos alojamos.

Oigo que me llama un empleado. Me vuelvo, y con una voz atropellada y algo avergonzada me comunica que la dirección del hotel quiere invitarnos a una cena de degustación, invitación que declino con educación. No me gusta este tipo de trato especial, pues a pesar de los años transcurridos, no llego a acostumbrarme a que continúen haciéndolo.

Es irónico.

¿Ahora, que es cuando menos necesito, más me ofrecen? La vida parece una puta broma, constantemente. Y de las de humor negro.

Salgo del hotel y me saco el móvil del bolsillo. Podría llamarles y preguntarles dónde están cenando, pero prefiero man­dar un mensaje para tener tiempo de caminar y despejarme mientras espero a que me indiquen el lugar. Necesito volver a ser yo. O la versión de mi «yo» sin ella…

Sé que acabaré yendo a la playa, la echo de menos; demasiado como para negarlo e intentar alejarme del mar cuando tengo la posibilidad a escasos metros de mí.

Ahora que puedo decir que conozco mundo, ahora que tengo un lugar al que llamar «hogar»… Ahora puedo decir que Mojácar siempre será ese lugar, ese sitio especial sobre el cual siempre diré que nunca quiero volver, del que siempre renegaré; sin embargo, en el fondo, seré consciente de que es mi lugar. Porque en él tengo los recuerdos de mi «yo», no sé si real, pero sí la versión de mí que ha dado sentido a todo lo que ha ido persiguiendo y conformando mi vida.

Me detengo para mirar el cielo estrellado mientras escucho el mar de fondo. Aunque sé que no debo, busco en el cielo una estela —como de costumbre—, esa huella que siempre me lleva a ella. Sin embargo, sospecho que el hecho de no ver ninguna desde hace tanto tiempo es una señal.

La señal de que las fugaces ya no son las estrellas, sino nosotros.

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Ava

Una vez cenados, mi hermana y yo nos sentamos en el sofá —todavía no sabemos qué vamos a hacer con él— mientras Caleb ronda por la cocina. Ni idea de lo que está haciendo, pero por el ruido de cajones abriéndose y cerrándose, busca algo que desconozco, pero tampoco se lo voy a preguntar, pues estoy francamente agotada.

Suspiro y reclino la cabeza en el respaldo del sofá; espero que, con el paso de los días, mejore mi congoja.

Me sorprende la determinación de mi hermana al hablar:

—Me lo llevo a casa.

—Te llevas ¿el qué? —le pregunto sin entender a qué se refiere.

—El sofá, ¿qué va a ser? —Grace me responde como si me faltara un tornillo.

Me vuelvo para mirarla sin ocultar mi gesto de incredulidad.

—Venga, Grace —niego con la cabeza—. ¿Cómo te lo vas a llevar? Déjate de tonterías.

—Llevándomelo —me contesta con tozudez—. Y no es ninguna tontería. No sé si lo recuerdas, pero esa vez que mamá lo vendió, se arrepintió tanto que salió a buscarlo. No lo pienso abandonar. ¡Es nuestra herencia!

Pestañeo.

—¿Có… cómo? —logro decir mientras procuro procesar sus palabras.

—Lo que oyes. Vale que vamos a vender todas las cosas. Está bien, tiene sentido que nos deshagamos de la mayoría; pero como nos llevamos otras… esta será una de ellas.

—Grace, a ver. No lo estás pensando bien… —continúo rebatiéndola.

Entonces entra Caleb al salón, con una bandeja en las manos y algo que nos llama la atención.

—¿Baileys? —Grace se estira para alcanzar el vaso con hielo y la cremosa bebida que él le tiende.

—¿De dónde lo has sacado? —le pregunto extrañada.

—¿De verdad que tengo que responder?

Caleb me guiña el ojo y se sienta entre nosotras tras depositar con cuidado la bandeja sobre las dos cajas de cartón que nos sirven de mesa.

Sonrío levemente antes de inclinarme y tomar un vaso. Caleb coge el que queda y brindamos sin añadir nada; en silencio, simplemente damos un trago a la dulce y espesa bebida, la crema irlandesa nos trae algunos recuerdos, ahora que estamos los tres juntos en el salón.

Grace rompe el silencio, verbalizando los pensamientos de los tres:

—¿Os acordáis de la cogorza que nos cogimos esas Navidades?

Se me escapa una sonrisa y los miro; Caleb también sonríe, con la mirada perdida en algún punto del techo del salón. Esas Navidades resultaron duras para él, fueron las primeras que pasó sin sus padres, pero mi madre le abrió las puertas de casa de par en par, y los cuatro celebramos las fiestas juntos.

Esa Nochebuena, mi madre preparó un delicioso cóctel navideño a base de la famosa crema irlandesa, y estaba tan bueno que se nos fue de las manos.

—Era mi primera borrachera —se ríe Grace.

—Por favor, Grace. No mientas —bufa Caleb.

Me río.

—Me refiero —concreta mi hermana— a la primera borrachera en casa con mamá.

—Lo recuerdo —contesto mientras niego con la cabeza y me muerdo el labio en un gesto entre disgustado y divertido—. No paraba de decirle a mamá que no te dejara beber.

—Solo tomé una copa, aguafiestas. ¿Verdad, Caleb?

—Sí, señorita. Una detrás de otra —asiente, haciéndonos sonreír.

Sin embargo, el silencio de él tras la automática queja de Grace me invita a observarlo, y descubro que sigue perdido en sus pensamientos.

Grace me mira y después dedica un vistazo significativo al moreno sentado entre nosotras. Sí, ella también sabe que le pasa algo.

—¿Sabéis? Me voy a la cama —anuncia de pronto Grace antes de ponerse en pie.

—¿No te terminas la copa? —Caleb la mira confundido.

Mi hermana niega con la cabeza.

—Os la dejo a vosotros. Me voy a dormir pronto, que mañana tiene que ser un día productivo.

Su mirada de ojos oscuros encuentra la mía y no hace falta que diga más. Está dejándome vía libre para que hable con Caleb.

—Buenas noches —nos despedimos ambos.

Ella nos dedica un gesto algo difuso con la mano y desaparece por las escaleras.

Al oír que se cierra la puerta de su cuarto, nos giramos como por un resorte para mirarnos y hablar a la vez.

—¿Qué te pasa? —le pregunto yo.

—¿Me vas a explicar de una vez de qué habéis hablado Hugo y tú? —dice él.

—¿Es eso? —Lo miro sorprendida—. ¿Estás preocupado por eso?

Caleb enarca las cejas.

—Cómo decírtelo. Que me hagas esa pregunta ya es un aviso de alarma.

—Caleb… —me quejo.

—Ava —replica él, mirándome—. ¿De verdad pensabas que dejaría a medias la conversación que hemos tenido en la cocina?

—Es que no hay nada nuevo que añadir. Está en el pueblo, sí. Otra maldita casualidad de las muchas que llevamos a rastras. Pero esta vez… —Callo, no estoy muy segura de querer terminar la frase.

Caleb inclina la cabeza para verme mejor, pues conforme hablaba he ido escondiendo la cara.

—¿Esta vez?

—Ya te lo he dicho. Esta vez es distinto. Está con Lara.

—No es la primera vez que alguno de vosotros está con alguien, y eso, bonita mía, nunca os ha detenido.

Su sarcasmo me hace arquear la ceja.

—Pretendes hacer daño. ¿Qué pasa?

Caleb suspira y da un largo trago a su bebida hasta terminársela; entonces coge la copa de Grace.

—¿Caleb? —insisto.

—Es este puto pueblo, que está cargado de fantasmas.

La frase es como un calambrazo para ambos, porque, sí, tiene razón, esta visita está removiendo demasiadas cosas, y algunas hacía tiempo que habían quedado enterradas.

—Pero no todos son malos —digo al fin, pues me niego a que todo lo que nos duele sepulte lo bueno.

Caleb me mira dedicándome una sonrisa tristona.

—Eso es cierto —asiente.

Coloca entonces el brazo detrás de mí, en el sofá, para que me acomode a su lado con la cabeza apoyada en su hombro. Volvemos a sumirnos en un silencio cómodo, pero rápidamente lo rompo de nuevo.

—¿No es de locos pensar en todas las cosas que han pasado aquí? —murmuro, y noto cómo los dedos de Caleb juguetean con mi pelo—. Es que, si lo piensas, ¿no te da la sensación de que somos mucho más viejos por la cantidad de recuerdos que tenemos a nuestras espaldas?

Caleb se ríe.

—Eso significa que tenemos unas vidas muy agitadas —coin­cide él—. Y, ¿sabes?, creo que eso es cojonudo.

Pongo los ojos en blanco.

—Creo que por fin el alcohol te está haciendo efecto.

Se me mueve la cabeza debido a la vibración de su pecho al reírse.

—¿Qué vas a hacer?

Al fin formula la pregunta que ha estado bailando por la casa desde que yo he mencionado su nombre.

—Nada. Esta vez, nada.

—¿Lo recuerdas? —dice entonces Caleb.

Confundida por su respuesta, me inclino para mirarlo.

—¿El qué?

—El verano en que me contestaste lo mismo.

La mirada de ojos oscuros de mi mejor amigo encuentra la mía, y sí. Lo recuerdo.

Claro que lo hago.

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Julio de 2013

Mojácar

 

Ava

Tan solo llevaba una semana en Mojácar. Después del final del curso y tras algunos exámenes de recuperación, había partido directamente a Irlanda junto a mi hermana estar unas semanas con la familia de mi padre, pero tras el viaje, pasaría el resto del verano en Mojácar con mamá y Grace.

Aquella mañana, mamá estaba en la farmacia trabajando y nos había encargado algunos recados. Y ahí estábamos Grace y yo, recorriendo las calles estrechas de nuestro particular pueblo; mientras ella me bombardeaba con constantes chismorreos, suposiciones y más de un suspiro por… Andrés: su último flechazo y, por ese momento, el protagonista de todas sus fantasías, las cuales quería relatarme mi hermana con todo lujo de detalles.

—Es que cuando lo veas —comentaba mientras yo seleccionaba una sandía en la frutería—, me darás la razón. Tiene la mirada más impactante y varonil que vas a encontrar.

Sonreí ante su descripción.

—¿No tiene tu edad? —Arrugué la nariz en un gesto entre divertido y de contrariedad.

Grace bufó.

—Por supuesto, pero es supermaduro —me aseguró sin disimular ni un ápice esa mirada soñadora.

Yo asentí lentamente mientras me dirigía hacia las naranjas.

Quizá tenía algo de suerte y pasaba como en las películas de El Padrino, pero algo me decía que no habría ninguna muer­te y que aún me quedaba un buen rato con sus anécdotas.

—Espera —le dije al detenerme frente a los mangos, y casi provoqué que Grace chocara contra mí porque seguía mis pasos—. ¿Y Rodrigo?

—¿Qué pasa con Rodrigo? —La expresión de Grace cambió notablemente.

Entrecerré los ojos.

—¿No era Rodrigo el gran amor de tu vida?

Grace sacó la lengua en un gesto de desprecio y desvió la mirada.

—Bah. Rodrigo, nada.

—¿Y Javier? —la pinché mientras recordaba la ristra de nombres.

Grace puso los brazos en jarras y me miró mal.

—¿Qué pasa? ¿Me vas a echar en cara cada una de mis historias?

—¿«Historias» o «coleccionables»?

—¿Ahora una mujer no puede experimentar?

Tras lanzarme la pregunta, desapareció con tal digno aspaviento por un pasillo del supermercado que me resultó impo­sible contener una sonrisa. Sí, Grace coleccionaba corazones rotos, pues bien sabíamos mi madre y yo que era ella la que dejaba a esos chicos, y sin ningún tipo de remordimiento. Aunque también estábamos seguras de que llegaría el día en que uno la dejaría a ella. A veces hay que sentir un poco en tus propias carnes lo que causan tus actos, para ser capaz de ponerte en la piel de las otras personas.

Grace no lo hacía con maldad, pero había nacido «con demasiadas mariposas en la cabeza», como decía mi madre.

Dieciséis años tenía la criatura, y no solo había crecido en edad y estatura, sino también en dramatismo.

Cuando estaba en el pasillo de limpieza del hogar, Grace volvió a asaltarme.

—¿Me dejarás entonces tu top rojo?

—¿Para qué? —le pregunté, ceñuda.

Mientras tanto, buscaba entre los botes de friegasuelos el que mi madre me había detallado en su particular lista de la compra: no ponía los nombres de las cosas o las marcas, no. Dibujaba los productos y tú tenías que interpretarlo. A veces era divertido; otras, querías asesinarla.

—¿Cómo que «para qué»? ¿No has escuchado todo lo que te he contado? —dijo Grace con su característico tono indignado.

Suspiré, ya cargada, y la miré sin ocultar que empezaba a molestarme.

—¿Para ver a Alejandro esta noche?

—Andrés, se llama Andrés —me corrigió ella.

—Lo que quieras, siempre que no te lo quedes —cedí, conocedora de que no pararía hasta que se lo prestara.

—Por cierto, ¿y tú?

—¿Y yo?

Grace puso los ojos en blanco.

—Venga, Ava. Céntrate un poco, parece que esté hablando con un eco.

—Pues, concreta. No paras de soltar preguntas inconexas.

Por fin identifiqué el bote de friegasuelos, lo eché a la cesta y volví a concentrarme en la lista mientras retomábamos la marcha.

—Oye, esto… ¿crees que es una fregona o…? —quise saber.

Grace inclinó la cabeza sobre el trozo de papel que tenía entre las manos.

—O es eso, o un peluquín. Y creo que ninguna de nosotras lo necesita todavía. —De pronto me quitó la lista de las manos y, antes de que pudiera quejarme, continuó hablando—: Pero, dime, ¿qué tal él?

Por supuesto, se preocupó de conferir una entonación especial al pronombre. Sabía a quién se refería: a Roberto, mi amigo Roberto. Me mordisqueé el labio en un intento de contener una sonrisilla nerviosa.

—¿Y bien? —pinchó de nuevo, imitando mi mueca, justo cuando nos adentrábamos en el pasillo por excelencia, el del azúcar en sus múltiples versiones, y el del chocolate—. ¿Vas a soltar prenda? Porque sé que delante de mamá te guardas información jugosa.

Miré significativamente a mi hermana, que inspeccionaba con mirada golosa un paquete de galletas.

—A mamá le cuento muchas cosas, lo que ocurre es que tú tienes un problema de verborrea. Sabes que puedes guardarte información para ti y tus amigas, ¿cierto? —apunté.

La miré con cariño al oír su respuesta.

—Pero vosotras sois las mejores que tendré nunca, así que, sí, os cuento muchas cosas, pero si prefieres que actúe como tú y me guarde información… —me recrimi

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