1
Londres, 1880
—MacRae está que se sube por las paredes —le advirtió Luke Marsden al entrar en el despacho—. Si nunca has visto a un escocés enfadado, será mejor que te prepares para lo que va a soltar por la boca.
Lady Merritt Sterling levantó la mirada de la mesa con una media sonrisa. Su hermano estaba guapísimo, con el pelo oscuro alborotado y la tez sonrosada por el frío aire otoñal. Al igual que el resto de los hermanos Marsden, Luke había heredado la figura esbelta y alta de su madre. Ella, en cambio, era la única de los seis que había acabado siendo bajita y voluptuosa.
—Llevo casi tres años dirigiendo una naviera —replicó—. Después de todo el tiempo que he pasado con hombres de mar, nada podría escandalizarme.
—Es posible —admitió Luke—. Pero los escoceses poseen un don especial para maldecir. Tenía un amigo en Cambridge que conocía al menos diez palabras para llamar a los testículos.
Merritt sonrió. Una de las cosas que más le gustaban de Luke, el menor de sus tres hermanos varones, era que nunca la protegía de la vulgaridad ni la trataba como una tierna florecilla. Ese era el motivo, por no mencionar otros muchos, de que le hubiera pedido que se hiciera cargo de dirigir la naviera de su difunto esposo cuando ella le enseñara los entresijos del negocio. Él había aceptado sin titubear. Dado que era el tercer hijo de un conde, sus alternativas eran limitadas, y tal como solía decir, un hombre no podía ganarse la vida con su apostura sin mover un dedo.
—Antes de que hagas pasar al señor MacRae —siguió ella—, podrías decirme por qué está enfadado.
—Para empezar, se suponía que el barco contratado iba a entregar la carga directamente en nuestro almacén. Pero las autoridades portuarias lo obligaron a dar media vuelta porque todos los embarcaderos están ocupados. Así que ha descargado a más de seis kilómetros tierra adentro, en Deptford Buoys.
—Es el procedimiento habitual —repuso ella.
—Sí, pero la carga no es la habitual.
Frunció el ceño al oírlo.
—¿No es el cargamento de madera?
Luke meneó la cabeza.
—Whisky. Noventa y cinco mil litros de un valiosísimo whisky puro de malta de Islay, en depósito fiscal. Han empezado a traerlos en gabarras, pero dicen que tardarán tres días en trasladarlo todo al almacén.
Merritt frunció más el ceño.
—Por el amor de Dios, ¡todo ese whisky no puede quedarse en Deptford Buoys tres días!
—Para empeorar el asunto —siguió Luke—, ha habido un accidente.
Eso hizo que pusiera los ojos como platos.
—¿Qué clase de accidente?
—Un barril de whisky se cayó del montacargas, se rompió sobre el tejado de una caseta de tránsito... y acabó derramándose sobre MacRae. Ahora está que trina..., razón por la que te lo he traído.
Merritt soltó una carcajada, pese a la preocupación.
—Luke Marsden, ¿piensas esconderte detrás de mis faldas mientras yo me enfrento al escocés grande y malo?
—Pues claro —contestó su hermano sin titubear—. Te gustan grandes y malos.
Enarcó las cejas al oírlo.
—¿Se puede saber de qué hablas?
—Te encanta tranquilizar a las personas difíciles. Eres el equivalente humano al jarabe de arce.
Merritt apoyó la barbilla en una mano con gesto guasón.
—Pues hazlo pasar, que voy a por el jarabe.
No podía decirse que le encantara tranquilizar a las personas difíciles, pero si estaba en su mano calmar los ánimos, le resultaba satisfactorio. Como la primogénita de la familia, siempre había sido la que zanjaba las discusiones entre sus cinco hermanos o la que se inventaba los juegos dentro de casa los días de lluvia. En más de una ocasión había organizado expediciones a la despensa o les había contado historias cuando se colaban en su habitación después de la hora de acostarse.
Buscó en el pulcro montón de carpetas que tenía en la mesa hasta dar con la etiquetada «Destilería MacRae».
Poco antes de morir, Joshua, su marido, había acordado proporcionar a MacRae el uso de un almacén en Inglaterra. En aquel entonces le había hablado de su reunión con el escocés, que visitaba Londres por primera vez.
«¡Tienes que invitarlo a cenar!», había sugerido Merritt, incapaz de soportar la idea de que alguien estuviera solo en un lugar desconocido. «Lo he hecho —había replicado Joshua con su seco acento norteamericano—. Me agradeció la invitación, pero la declinó». «¿Por qué?». «MacRae tiene unos modales un poco toscos. Creció en una remota isla de la costa occidental escocesa. Sospecho que la idea de conocer a la hija de un conde le resulta abrumadora». «No tenía que preocuparse por eso —había protestado ella—. ¡Ya sabes que mi familia apenas está civilizada!».
Sin embargo, Joshua le había dicho que su definición de «estar apenas civilizado» difería de la de un escocés de una zona rural y que MacRae se sentiría mucho más cómodo a su aire.
Merritt jamás se imaginó que cuando por fin conociera a Keir MacRae, Joshua ya no estaría y que ella dirigiría Sterling Enterprises.
Su hermano se acercó a la puerta del despacho y se detuvo en el vano.
—Si me acompaña —le dijo a alguien que esperaba fuera—, haré las presentaciones y después...
Keir MacRae entró en tromba, como un torbellino, y pasó junto a Luke para detenerse justo delante de la mesa de Merritt.
Con expresión guasona, Luke se apoyó en la jamba de la puerta y cruzó los brazos por delante del pecho.
—Claro que... ¿para qué perder el tiempo con presentaciones? —preguntó sin dirigirse a nadie en particular.
Merritt observó asombrada al enorme y furioso escocés. Era una imagen magnífica con su más de metro ochenta de puro músculo y fuerza envuelto en una fina y mojada camisa, y unos pantalones que se le ceñían como si los llevara pegados a la piel. Lo recorrió un estremecimiento irritado, casi con seguridad debido al frío provocado por el alcohol que empezaba a evaporarse. Con el ceño fruncido se llevó una mano a la cabeza para quitarse la gorra, dejando al descubierto una abundante mata de pelo alborotado que hacía meses que necesitaba un buen corte. Los gruesos mechones tenían un precioso color ambarino con brillos dorados.
Era guapo pese a su aspecto descuidado. Muy guapo. Con unos ojos azules que brillaban con la inteligencia del mismísimo diablo, unos pómulos afilados y una nariz fuerte y recta. Una barba rubia oscura le ensombrecía el mentón... ¿Tal vez para ocultar la papada?; imposible saberlo. De todas formas, era arrebatador.
Merritt jamás habría creído posible que hubiera un hombre vivo capaz de afectarla de esa manera. Al fin y al cabo, era una mujer de mundo y segura de sí misma. Pero no podía pasar por alto el rubor que le subía por el cuello alto abotonado del vestido. Ni la forma en la que se le aceleró el corazón, como si fuera un ladrón torpe que pisoteara el parterre de flores.
—Quiero hablar con la persona al mando —dijo él con brusquedad.
—Esa persona soy yo —repuso ella con una rápida sonrisa al tiempo que rodeaba la mesa—. Lady Merritt Sterling, a su servicio. —Le tendió la mano.
MacRae tardó en reaccionar, pero acabó aceptando el saludo y le rodeó los dedos con los suyos, fríos y algo encallecidos.
La sensación le erizó el vello de la nuca, y sintió que algo muy placentero nacía en su estómago.
—Mi más sentido pésame —dijo él con voz gruñona al tiempo que le soltaba la mano—. Su marido era un buen hombre.
—Gracias. —Tomó una bocanada de aire para tranquilizarse—. Señor MacRae, siento muchísimo cómo se ha torcido su entrega. Entregaré la documentación necesaria para asegurarme de que queda exento del cargo de atraque, y Sterling Enterprises se hará cargo de los costes del transporte en gabarra. En el futuro me aseguraré de que haya un embarcadero reservado para usted cuando llegue su cargamento.
—No habrá ni un puñetero cargamento más si me quedo con una mano delante y otra detrás —protestó él—. El funcionario de aduanas dice que todo barril de whisky que no haya entrado en el almacén a medianoche dejará de estar exento de impuestos y que tendré que pagarlos de inmediato.
—¿Cómo? —Merritt miró escandalizada a su hermano, que se encogió de hombros y meneó la cabeza para decirle que no sabía nada al respecto. Era un asunto muy grave. Las regulaciones gubernamentales sobre el almacenamiento de whisky en depósito fiscal se cumplían a rajatabla, y cualquier violación acarreaba multas altísimas. Sería malo para su negocio y desastroso para el de MacRae—. No —dijo con firmeza—, eso no va a pasar. —Rodeó la mesa de nuevo, se sentó y empezó a hojear un montón de autorizaciones, facturas y formularios aduaneros—. Luke, hay que traer el whisky desde Deptford Buoys lo más rápido posible. Convenceré al funcionario de aduanas de que nos dé hasta mañana por la mañana. Bien sabe Dios que nos lo debe después de todos los favores que le hemos hecho.
—¿Sería suficiente? —preguntó Luke con escepticismo.
—Tendrá que serlo. Vamos a necesitar todas las gabarras y embarcaciones ligeras que podamos contratar, y a todos los hombres disponibles...
—No tan rápido —la interrumpió MacRae al tiempo que plantaba las manos en la mesa y se inclinaba hacia delante.
Merritt se sobresaltó por el sonido y alzó la cabeza para mirar esa cara que tenía tan cerca de la suya. Sus ojos eran de un penetrante azul hielo, con arruguitas en los extremos, fruto de la risa, el sol y los días ventosos.
—¿Sí, señor MacRae? —consiguió preguntarle.
—Esos zoquetes suyos acaban de tirar quinientos litros de whisky al agua, y una buena parte me ha caído a mí encima para rematar. Que me aspen si dejo que se carguen el resto.
—Esos zoquetes no eran nuestros —protestó Luke—. Eran estibadores de la gabarra.
A Merritt la voz de su hermano parecía llegarle desde otra planta del edificio. Solo atinaba a concentrarse en el hombre enorme y viril que tenía delante.
«Haz tu trabajo», se ordenó con firmeza, y consiguió apartar la mira de MacRae a duras penas para dirigirse a su hermano con lo que esperaba que fuera un deje profesional.
—Luke, de ahora en adelante ningún estibador de la gabarra pisará la plataforma del montacargas. —Se volvió hacia MacRae—. Mis trabajadores tienen mucha experiencia a la hora de manejar mercancía valiosa —le aseguró—. Serán los únicos que tengan permiso para cargar su whisky en el montacargas y trasladarlo al almacén. No habrá más accidentes, tiene mi palabra.
—¿Cómo puede estar segura? —le preguntó MacRae, al tiempo que enarcaba una ceja con gesto burlón—. ¿Va a dirigir la operación en persona?
Su forma de preguntarlo, con tanto sarcasmo envuelto en seda, le provocó una extraña sensación de familiaridad, como si lo hubiera oído hablar así antes. Algo que no tenía el menor sentido, dado que se acababan de conocer.
—No —contestó—, mi hermano la dirigirá de principio a fin.
Luke suspiró al darse cuenta de que acababa de comprometerlo para que trabajase toda la noche.
—Ah, sí —repuso con sarcasmo—, estaba a punto de sugerirlo.
Merritt miró a MacRae.
—¿Merece eso su aprobación?
—¿Tengo elección? —replicó el escocés con deje furioso mientras se apartaba de la mesa. Se dio un tirón de la camisa húmeda y manchada—. Manos a la obra pues.
«Tendrá frío y estará incómodo —pensó Merritt— y además apesta a whisky recién salido del barril. Necesitará asearse antes de regresar al trabajo».
—Señor MacRae —le dijo con tiento—, ¿dónde se hospeda en Londres?
—Me ofrecieron el piso del almacén.
—Por supuesto. —Habían preparado unos aposentos prácticos, aunque reducidos, en su almacén de mercancías en depósito fiscal para la comodidad de bodegueros y dueños de destilerías que deseaban mezclar y embotellar sus productos en el lugar—. ¿Han trasladado ya su equipaje allí?
—Sigue en el muelle —contestó MacRae con sequedad, ya que a todas luces no quería que lo molestasen con tonterías cuando había tanto por hacer.
—En ese caso, lo recogeremos enseguida y ordenaré que alguien lo acompañe al piso.
—Después —replicó él.
—Pero tiene que cambiarse de ropa —insistió Merritt, inquieta.
—Milady, voy a pasarme toda la noche trabajando codo con codo con estibadores a los que les importarán un carajo mis pintas o mi olor.
Ella sabía que debía dejar el tema, pero no pudo contenerse y añadió:
—Hace mucho frío en el muelle por la noche. Va a necesitar un abrigo.
MacRae parecía exasperado.
—Solo tengo uno y está hecho una sopa.
Merritt supuso que con «sopa» se refería a que estaba empapado. Se dijo que el bienestar de Keir MacRae no era de su incumbencia y que tenía asuntos urgentes que atender. Pero... a ese hombre le iría bien un poco de atención. Tras haber crecido con tres hermanos varones, conocía a la perfección la expresión demacrada y hosca de un hombre hambriento.
«Luke tiene razón —pensó con sorna—. Sí que me gustan grandes y malos».
—No puede dejar su equipaje tirado en un lugar público —razonó—. Solo tardaré unos minutos en recoger la llave y acompañarlo al piso. —Le dirigió una miradita a su hermano, que se aprestó a apoyarla.
—Además, MacRae —añadió Luke—, no puede hacer nada hasta que haya tenido la oportunidad de organizar a más hombres y contratar a más estibadores para las gabarras.
El escocés se pellizcó el puente de la nariz y se frotó los ojos.
—No puede acompañarme al piso —le dijo a Merritt con firmeza—. No sin una carabina.
—¡Vaya, no tiene que preocuparse por eso! Soy viuda, así que me corresponde a mí ejercer de carabina con otras.
MacRae miró a Luke con expresión expectante.
Su hermano parecía perdido.
—¿Espera que diga algo?
—¿No le va a prohibir a su hermana que se vaya sola con un desconocido? —le preguntó MacRae, incrédulo.
—Es mi hermana mayor —adujo Luke— y trabajo a sus órdenes, así que... no, no voy a decirle ni media palabra.
—¿Cómo sabe que no voy a mancillar su honor? —exigió saber el escocés, escandalizado.
Luke enarcó las cejas con expresión curiosa.
—¿Va a hacerlo?
—¡No! ¡Pero podría!
Merritt se mordió el labio por dentro para contener una carcajada.
—Señor MacRae —dijo con voz tranquilizadora—, tanto mi hermano como yo somos conscientes de que no tenemos nada que temer de usted. Al contrario, es bien sabido que los escoceses son gente honesta y de fiar y..., en fin, que sencillamente son las personas más honorables que existen.
El ceño de MacRae se suavizó un poco. Al cabo de un momento dijo:
—Es cierto que los escoceses tenemos más honor que cualquier persona de otras tierras. Llevamos el honor de Escocia con nosotros a todas partes.
—Exacto —convino ella—. Nadie pondría en duda mi seguridad en su compañía. De hecho, ¿quién se atrevería a decir una sola palabra ofensiva o amenazar con hacerme daño si está usted presente?
La idea empezaba a convencerlo.
—Si alguien lo hiciera —repuso con vehemencia—, le arrancaría la piel a tiras a ese malnacido apestoso y lo tiraría a un estercolero en llamas.
—¡Ahí lo tiene! —exclamó Merritt, que lo miró con una sonrisa—. Es usted el acompañante perfecto. —Desvió la vista hacia su hermano, que estaba justo detrás de MacRae.
Luke meneó la cabeza despacio con una sonrisilla traviesa en los labios mientras articulaba con ellos: «jarabe de arce».
Se desentendió de él.
—Vamos, señor MacRae, solucionaremos sus problemas en nada de tiempo.
A Keir no le quedó más remedio que seguir a lady Merritt. Desde que lo empaparon de whisky con un cincuenta por ciento de alcohol, se le había congelado hasta la médula de los huesos. Pero esa mujer, de sonrisa fácil y ojos tan oscuros como el café, era lo más cálido del mundo.
Atravesaron una serie de bonitas estancias con paneles de madera y cuadros de navíos, aunque él apenas se fijó en lo que lo rodeaba. Estaba concentrado en la voluptuosa figura que tenía delante, en los intrincados tirabuzones de su recogido, en esa voz vestida de seda y perlas. En lo bien que olía, como ese jabón tan caro que vendían envuelto en papel elegante. Tanto él como todas las personas que conocía usaban jabón de colofonia para todo: suelos, platos, manos y cuerpo. Pero el olor que envolvía a lady Merritt no era fuerte en absoluto. Daba la impresión de que con cada uno de sus movimientos brotaban volutas de perfume acompañando al frufrú de sus faldas y de sus mangas, como si fuera un ramo de flores que se agitaba con delicadeza.
La alfombra que pisaban tenía un diseño tan bonito que podría adornar una pared. Era un crimen, desde luego, pisarla con sus pesadas botas de trabajo. Se sentía muy incómodo en un ambiente tan elegante. No le gustaba haber dejado a sus hombres, Owen y Slorach, en el puerto. Podrían apañárselas sin él un rato, sobre todo Slorach, que había trabajado en la destilería de su padre durante casi cuatro décadas. Pero toda esa operación era responsabilidad suya, y la supervivencia de la destilería dependía de ella. Asegurarse de que el whisky acababa en el almacén sano y salvo era demasiado importante como para dejarse distraer por una mujer.
Sobre todo por esa. Era educada y elegante, la hija de un conde. Y no de cualquier conde, sino de lord Westcliff, un hombre cuya influencia y riqueza eran bien conocidas. Y lady Merritt tenía poder por méritos propios, ya que era la dueña de una naviera que incluía una flota de cargueros de vapor, además de almacenes.
Como hijo único de padres ya bastante mayores, Keir había recibido lo mejor de lo que estaba al alcance de su mano, pero no había habido muchos libros ni actividades relacionadas con la cultura en su vida. Veía la belleza en las estaciones del año y en las tormentas, y en los largos paseos que daba por la isla. Le gustaba pescar y pasear con sus perros, y le encantaba destilar whisky, el negocio que le había enseñado su padre.
Sus placeres eran sencillos y honestos.
Lady Merritt, en cambio, no era nada de eso. Pertenecía a un tipo de placer muy distinto. Un lujo que saborear, pero no para los hombres como él.
Aunque eso no le impidió imaginársela en su cama, ruborizada y sumisa, con ese pelo oscuro como una tira de seda sobre su almohada. Quería oír su bonita voz, ese acento tan culto, suplicándole que la satisficiera mientras la poseía lentamente. Menos mal que ella no tenía la menor idea del giro lujurioso que habían tomado sus pensamientos, porque de lo contrario huiría dando alaridos.
Llegaron a una zona abierta donde una mujer de mediana edad con pelo rubio y anteojos estaba sentada delante de una máquina en un soporte de hierro.
—Milady —dijo la mujer antes de ponerse en pie para saludarlos. Su mirada se posó sobre él, con su aspecto desaliñado, y reparó en la ropa húmeda y en la ausencia de chaqueta. El mohín que hizo con la nariz fue el único indicio de que reconocía el potente olor del whisky—. Señor.
—Señor MacRae —dijo lady Merritt—, le presento a mi secretaria, la señorita Ewart. —Señaló dos elegantes sillones de cuero emplazados delante de una chimenea con repisa de mármol blanco—. ¿Le apetece sentarse un momento mientras hablo con ella?
Pues no, no le apetecía. O, mejor dicho, no podía apetecerle. Llevaba días sin descansar bien. Si se sentaba aunque fuera unos minutos, el agotamiento lo vencería.
Negó con la cabeza.
—Prefiero quedarme de pie.
Lady Merritt lo miró como si sus problemas y él la interesasen más que cualquier otra cosa en el mundo. La ternura íntima de sus ojos sería capaz de derretir el contenido de una hielera en pleno invierno.
—¿Le apetece un café? —le preguntó ella—. ¿Con nata y azúcar?
Le parecía tan bien que casi se le aflojaron las rodillas.
—Sí —aceptó, agradecido.
En un abrir y cerrar de ojos, la secretaria apareció con una bandejita plateada en la que llevaba un servicio de café y una taza alta con pie de porcelana. Tras dejarla en una mesa, lady Merritt procedió a servir el café en la taza antes de echarle la nata y el azúcar. Ninguna mujer le había servido café en la vida. Se acercó, hipnotizado por el elegante movimiento de sus manos.
Ella le ofreció la taza, y la cogió, envolviéndola con los dedos, disfrutando de su calor. Sin embargo, antes de beber inspeccionó con recelo el borde de porcelana con forma de media luna del interior.
—Una taza para mostachos —le explicó lady Merritt al percatarse de su titubeo—. Ese borde interior protege del vapor el labio superior de un caballero y evita que la cera del mostacho se derrita, cayendo en la bebida.
Fue incapaz de contener la sonrisa mientras se aproximaba la taza a los labios. Aunque él lucía la barba y el bigote bien recortados, y no necesitaba usar cera, había visto los enormes mostachos que llevaban los ricachones que disponían de tiempo todas las mañanas para enroscarse y encerarse las puntas hasta que quedaban tiesas. Al parecer, el estilo requería que se hicieran tazas especiales para ellos.
El café estaba cargado y bueno, y seguramente fuera el mejor que había bebido. De hecho, estaba tan bueno que acabó bebiéndoselo de unos cuantos sorbos. Tenía demasiada hambre como para dar sorbitos como un caballero. Hizo ademán de soltar la taza en la bandeja con gesto tímido, tras decidir que sería de mala educación pedir más.
Sin preguntar siquiera, lady Merritt le rellenó la taza y se la volvió a preparar con nata y azúcar.
—Solo tardaré un momento —dijo ella antes de alejarse para hablar con la secretaria.
En esa ocasión se bebió el café más despacio, y después soltó la taza. Mientras las mujeres hablaban, se acercó a la mesa para echarle un vistazo a esa máquina negra y brillante. Una máquina de escribir. Había visto anuncios en los periódicos. Intrigado, se inclinó para ver mejor las letras colocadas en unas varillas metálicas.
Después de que la secretaria se marchase, lady Merritt se colocó a su lado. Al percatarse de su interés por la máquina, colocó una hojita de papel e hizo girar un rodillo para dejarla en posición.
—Pulse una de las letras —lo invitó.
Con cuidado, Keir pulsó una tecla, y una varilla metálica se alzó para tocar una cinta de tinta colocada delante del papel. Sin embargo, cuando soltó la tecla, la página seguía en blanco.
—Con más fuerza —le aconsejó lady Merritt—, para que la letra golpee el papel.
Él meneó la cabeza.
—No quiero romperla. —La máquina de escribir parecía frágil y carísima.
—No la romperá. Vamos, inténtelo. —Sin dejar de sonreír porque él seguía negándose, dijo—: En ese caso, yo teclearé su nombre. —Buscó las teclas correctas, pulsándolas con fuerza.
Él observó por encima de su hombro mientras su nombre surgía en letras diminutas y perfectas.
«Sr. Keir MacRae».
—¿Por qué no están colocadas las letras en orden alfabético? —preguntó.
—Si pulsa letras que están demasiado juntas, como la S y la T, los brazos metálicos se atascan. Organizar el alfabeto de esta manera ayuda a que la máquina funcione mejor. ¿Quiere que teclee otra cosa?
—Sí, su nombre.
Vio que un hoyuelo aparecía en esa suave mejilla mientras obedecía. Solo tenía ojos para ese diminuto y precioso hoyuelo. Deseaba pegar los labios a él, acariciarlo con la lengua.
«Lady Merritt Sterling», escribió ella.
—Merritt —repitió, como si estuviera probando a pronunciar las sílabas—. ¿Es un nombre tradicional en su familia?
—No exactamente. Nací durante una noche de tormenta, precisamente cuando el médico no estaba disponible y la partera, borracha. Pero el veterinario local, el doctor Merritt, se ofreció a ayudar a mi madre durante el parto, así que decidieron ponerme su nombre en su honor.
Sintió que una sonrisa asomaba a sus labios al oírla. Aunque estaba medio muerto de hambre y había tenido un humor de mil demonios durante gran parte del día, empezó a invadirlo una sensación de bienestar.
Mientras lady Merritt hacía girar el rodillo para sacar el papel, atisbó un trozo de piel de la cara interna de la muñeca, a través del cual se distinguía una telaraña de diminutas venas azuladas. Un lugar muy delicado y suave. Le recorrió la espalda con la mirada, deleitándose con sus preciosas curvas, con la estrecha cintura y las voluptuosas caderas. Solo atinó a imaginarse la forma de su trasero, oculto por los elegantes pliegues de las faldas. Pero apostaría a que era redondo y delicioso, perfecto para darle un azote, un apretón, para acariciarlo...
De repente, sintió los estragos del deseo en su cuerpo y contuvo una maldición. Estaba en una oficina, por el amor de Dios. Y ella era una viuda a la que debería tratar con dignidad. Intentó concentrarse en lo elegante y culta que era, y en lo mucho que la respetaba. Al ver que no funcionaba, recurrió al honor de Escocia.
Se le había escapado un mechón de pelo del complicado moño que llevaba en la nuca. El mechón oscuro le caía contra el cuello, rizándose en la punta como un dedo que lo invitara a acercarse. Parecía tener la piel muy delicada y vulnerable. Sería maravilloso acariciársela con la nariz y mordisquearla hasta que ella se estremeciera y se arqueara hacia él. Después...
«¡Maldición!».
En una búsqueda desesperada de algo que lo distrajera, echó un vistazo a su alrededor. Vio un cuadro pequeño, pero con un marco muy recargado, en una pared.
El retrato de Joshua Sterling.
Eso bastó para calmar su ardor.
La secretaria regresó. Lady Merritt tiró la hojita de papel en una pequeña papelera metálica pintada y se alejó para hablar con la recién llegada.
Keir clavó la mirada en el contenido de la papelera. En cuanto las mujeres le dieron la espalda, se agachó para recuperar la hojita, que dobló hasta formar un cuadradito y se la guardó en el bolsillo de los pantalones.
Acto seguido, se acercó al retrato para verlo mejor.
Joshua Sterling había sido un hombre apuesto, con facciones curtidas y mirada franca. Recordaba que le cayó muy bien, sobre todo después de que descubrieran que a los dos les encantaba la pesca con mosca. Sterling le mencionó que había aprendido a lanzar la caña en los arroyos y los lagos que rodeaban su Boston natal, y él lo invitó a visitar Islay algún día para pescar truchas de mar. Sterling le aseguró que le tomaría la palabra.
Pobre desgraciado.
Se daba por hecho que había muerto en el mar. Una lástima, desde luego, que un hombre pereciera en la flor de la vida, y con semejante mujer esperándolo en casa. Según tenía entendido, no había hijos de su unión. No había un niño que continuara su apellido y su legado.
Se preguntó si lady Merritt volvería a casarse. No cabía la menor duda de que podría conseguir al hombre que quisiera. ¿Por eso había planeado dejar a su hermano pequeño al mando de Sterling Enterprises? ¿Para poder participar en los eventos sociales y encontrar marido?
Su voz interrumpió sus pensamientos.
—Siempre me ha parecido que ese retrato daba una impresión demasiado seria de mi marido. —Lady Merritt se colocó junto a él—. Sospecho que intentaba ofrecer un aspecto autoritario, dado que sabía que el cuadro se colgaría en las oficinas de la empresa. —Esbozó una sonrisilla mientras observaba el retrato—. Tal vez algún día contrate a un artista para que le añada un brillo travieso en los ojos, para que se parezca más a como era en realidad.
—¿Cuánto tiempo llevaban casados? —Se sorprendió al preguntárselo. Tenía por costumbre no preguntar sobre temas personales a los demás. Pero era incapaz de controlar la intensa curiosidad que le despertaba esa mujer, que no se parecía a nadie a quien hubiera conocido jamás.
—Año y medio —contestó lady Merritt—. Conocí al señor Sterling cuando vino a Londres para abrir una sucursal de su naviera. —Hizo una pausa—. Nunca imaginé que acabaría dirigiéndola yo.
—Lo ha hecho usted muy bien —le aseguró antes de que se le ocurriera que tal vez resultase presuntuoso halagar a alguien que estaba tan por encima de él.
Sin embargo, lady Merritt parecía complacida.
—Gracias. Sobre todo por no terminar la frase con un «para ser una mujer», como hace la mayoría de la gente. Siempre me recuerda a la frase que dijo Samuel Johnson sobre un perro que caminaba sobre las patas traseras: «No lo hace bien, pero se sorprende uno de que lo haga».
Le temblaron los labios por la risa contenida al oírla.
—En Islay hay mujeres que dirigen negocios con éxito. La botonera y la carnicera... —Se interrumpió mientras se preguntaba si sus palabras parecían condescendientes—. Aunque tal vez sus tiendas no puedan compararse con una naviera de gran tamaño.
—Los retos son los mismos —replicó lady Merritt—. Asumir la responsabilidad, aceptar los riesgos, evaluar los problemas... —Se detuvo y lo miró con expresión irónica—. Lamento decir que se siguen cometiendo errores bajo mi liderazgo. El caso de su mercancía es un buen ejemplo.
Keir se encogió de hombros.
—En fin, siempre hay algún nudo en algún punto de la cuerda.
—Es usted un caballero, señor MacRae. —Lo miró con una sonrisa que le arrugó la nariz y le elevó los rabillos de los ojos.
Esa sonrisa hizo que la cabeza le diera unas cuantas vueltas. Hizo que la luz del sol le inundara las venas. Lo había hechizado, y se planteó que tal vez fuera una criatura mitológica. Un hada, quizá una diosa. No una diosa fría, distante y perfecta..., sino una pequeñita y alegre.
2
El cielo había empezado a oscurecerse cuando volvieron a salir al muelle. Un sereno avanzaba encendiendo una hilera de farolas de gas. Merritt vio que la gabarra había partido hacia Deptford Buoys en busca de más whisky después de descargar los barriles y trasladarlos hasta la entrada del almacén.
—Ese es el mío —dijo MacRae mientras señalaba con la cabeza un solitario baúl de viaje, reparado con varios parches de cuero, que habían dejado entre unos cuantos barriles de whisky.
Merritt siguió la dirección de su mirada.
—¿Algo más? —preguntó, segura de que debía de haberlo.
—No.
Como temía haberlo ofendido, se apresuró a añadir:
—Eso sí que es tener maña para hacer el equipaje.
A MacRae le temblaron los labios por la risa contenida.
—También puede deberse a que hay pocas cosas que guardar.
De camino hacia el baúl, pasaron junto a un grupo de estibadores y mozos de almacén que se habían reunido en torno a Luke. La imagen hizo que Merritt se sintiera orgullosa.
—Mi hermano es un buen encargado —dijo—. Cuando empezó en Sterling Enterprises, insistió en pasar el primer mes trabajando con los estibadores en la carga y la descarga. Además de ganarse su respeto, de esa forma ahora entiende mejor que nadie lo difícil y peligroso que es su trabajo. Gracias a él, hemos instalado lo último en equipos y hemos mejorado nuestras medidas de seguridad.
—También ha sido obra suya —señaló MacRae—. Usted maneja el dinero, ¿no es cierto? Muchos propietarios de negocios elegirían los beneficios antes que a los trabajadores.
—Yo sería incapaz. Mis empleados son hombres buenos e infatigables, y la mayoría tiene familia que mantener. Si uno de ellos resultara herido, o algo peor, porque yo no velara por su seguridad... —Hizo una pausa y meneó la cabeza.
—Lo entiendo —dijo él—. Una destilería también es un negocio peligroso.
—¿Lo es?
—Sí, hay riesgo de incendio y de explosiones en casi todas las etapas del proceso. —Llegaron junto al baúl, y MacRae echó un vistazo por encima de la multitud, hacia el otro lado del muelle—. Parece que mis hombres han ido a Deptford Buoys a por la siguiente carga de barriles.
—Estoy segura de que desearía haber ido con ellos —replicó Merritt, que intentó parecer contrita.
MacRae negó con la cabeza, y las arruguitas de sus ojos parecieron intensificarse al mirarla.
—No puedo decir que me apetezca.
Algo en su tono insinuaba que era un cumplido, y Merritt sintió un pequeño estremecimiento de placer.
Tras agarrar el baúl por el asa lateral, MacRae se lo colocó en un hombro con facilidad.
Acto seguido, echaron a andar hacia el almacén número tres, donde estaban guardando los barriles de whisky, y siguieron hasta una puerta cerrada con llave emplazada en un lateral.
—Por aquí se accede al piso superior —le dijo Merritt al tiempo que introducía la llave en la cerradura y la hacía girar para abrir—. Por supuesto, serán sus aposentos. Podrá entrar y salir cuando quiera. Pero no está conectado con el almacén de forma directa. A esa parte del edificio solo se podrá acceder cuando usted y yo estemos presentes junto con un funcionario de aduanas, cada uno con su propia llave. —Empezó a subir un estrecho tramo de escalera—. Me temo que en el piso solo hay agua corriente fría. Pero puede calentarla en la estufa de hierro cuando tenga que asearse.
—Me es indiferente lavarme con agua fría o con agua caliente —repuso él.
—¡Oh, pero no en esta época del año! Podría resfriarse y acabar con fiebre.
Sus palabras parecieron hacerle gracia, ya que dijo:
—No he estado enfermo en la vida.
—¿Nunca ha tenido fiebre? —le preguntó Merritt.
—No.
—¿Nunca ha tenido dolor de garganta ni tos?
—No.
—¿Ni siquiera un dolor de muelas?
—No.
—Asombroso e irritante a la vez —replicó Merritt con una carcajada—. ¿Cómo explica que posea una salud tan perfecta?
—¿Suerte?
—Nadie tiene tanta suerte. —Abrió la puerta situada en la parte alta de la escalera—. Debe de ser su dieta. ¿Qué come?
—Lo que haya en la mesa —respondió MacRae, que la siguió al interior del piso y dejó el baúl en el suelo.
Merritt reflexionó sobre lo poco que sabía de la cocina escocesa.
—Gachas de avena, supongo.
—Sí, a veces. —MacRae le echó un vistazo a la estancia mientras hablaban. Estaba amueblada de forma sencilla, con una mesa y dos sillas, además de una pequeña estufa de hierro emplazada en un rincón.
—Espero que el piso le resulte aceptable —dijo Merritt—. Es bastante rudimentario.
—El suelo de mi casa es de piedra —repuso con sequedad—. Esto es una mejora.
Merritt sintió deseos de morderse la lengua. Era impropio de ella tener tan poco tacto. Intentó reconducir la conversación.
—Decía usted... En fin, estábamos hablando de su dieta.
—Bueno, básicamente me crie con leche, patatas, dulse, pescado...
—Disculpe, ¿ha dicho «dulse»? ¿Qué es eso?
—Un tipo de alga marina —contestó él—. De niño, mi trabajo consistía en recolectarla de las rocas de la orilla aprovechando la marea baja. —Abrió un armarito que contenía distintos utensilios de cocina—. Se les añade a los caldos o se puede comer cruda. —La miró por encima del hombro, y esbozó una leve sonrisa al ver la cara que ella había puesto.
—¿Las algas son el secreto de la buena salud? —preguntó Merritt con incredulidad.
—No, milady, eso es el whisky. Mis hombres y yo nos bebemos una copichuela todos los días. —Al ver su expresión de perplejidad, añadió—: El whisky es el agua de la vida. Calienta la sangre, mantiene el ánimo tranquilo y el corazón fuerte.
—Ojalá me gustara el whisky, pero me temo que no es de mi agrado.
Sus palabras parecieron horrorizarlo.
—¿Bebió usted whisky escocés?
—No estoy segura —respondió ella—. Fuera el que fuese, me quemó la lengua.
—Entonces no era whisky de calidad, sino de garrafón. El whisky de Islay parece quemar con el primer sorbo..., pero justo después aparecen los matices y puede saber a canela, o a turba, o a miel recién sacada de la colmena. Puede recordarle a aquel paseo que dio hace mucho tiempo en una tarde invernal... o al beso que un día le robó a su amor en el pajar. El whisky es la lluvia de ayer, destilada con cebada hasta convertirse en vapor que se alza como un fuego fatuo y que después descansa el tiempo necesario en barriles de buen roble. —Su voz se había vuelto tan suave como una voluta de humo—. Algún día nos beberemos una copa de whisky, usted y yo. Brindaremos por la salud de nuestros amigos y por la paz de nuestros enemigos... Beberemos por los amores perdidos en el tiempo y por los que aún est
