Leo y Robert 1 - Antes de tiempo

Marcos Bueno

Fragmento

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Prólogo

Julio

Para poder explicar con detalle cómo he acabado en la parte trasera de un Fiat 500 sin aire acondicionado, en pleno mes de julio, y con seis horas de camino por delante, debo remontarme unos meses atrás en el tiempo. Fue a mediados de primavera, pero no lograría especificar el día aunque me lo propusiese. Tampoco sabría decir si los almendros que crecen en mi calle ya habían florecido o si aún no estaba de más usar uno de esos jerséis que papá y mamá me habían regalado por Navidad, la última que pasaríamos los tres juntos.

Ares y yo estábamos tirados en el sofá del salón de su casa. Sus padres le habían dejado solo para irse a recorrer algunos pueblecitos de la costa andaluza y nosotros habíamos aprovechado para pasar el fin de semana juntos, haciendo un maratón de películas de Keira Knightley, su actriz favorita, y jugando a Gemas y Dragones.

«Necesitas salir de tu habitación» se había convertido en la frase favorita de mi mejor amigo. Me lo repetía todo el rato, como si fuera un mantra que yo no terminase de entender desde mi ruptura con Bruno. Y aunque mi mejor amigo había conseguido que me pusiera algo diferente al pijama y me arrastrara hasta su casa para no estar solo y triste, aún no le permitía que fuéramos a lugares llenos de gente a pasar el tiempo. Me daba miedo que el resto del mundo me viera así.

Después de terminar el último y cálido fotograma de Orgullo y prejuicio, Ares se recostó junto a mí, mientras yo degustaba uno de esos dónuts de chocolate que él me había comprado en esa tienda americana que le encanta.

—Un clásico. Esta peli es, simplemente, un clásico. —Silencio—. ¿Cómo te encuentras, Leo?

—Bueno… —contesté sin dejar de masticar y secándome los párpados con la manga de la sudadera—. Ha sido como si me apuñalasen tres veces en el pecho, pero por lo demás…

—Oye, mira que te avisé de que un maratón de Keira Knightley quizá no fuese la mejor idea. Siempre podríamos haber optado por Jim Carrey.

—Odio a Jim Carrey. Bueno, no a él, pero sí sus películas.

—¿Y quién no?

—Estoy bien, tranquilo —dije mientras me incorporaba, claramente mintiendo. Esto hizo que él soltara un gruñido cuando su cabeza rebotó contra el cojín del sofá—. Me apetece ver Begin Again.

—¿No crees que es un poco masoquista por tu parte elegir justo esa?

Yo me di la vuelta un momento antes de seguir buscando el DVD en la enorme estantería del salón, concretamente en la balda que tenía reservada para todas sus películas. Claro que podíamos encontrarla en Blinx o en cualquier otra plataforma de streaming, pero para algunas cosas Ares era un poco purista, y el ritual de sentarnos a ver la filmografía de Keira era una de ellas. Encontraba una inexplicable satisfacción en el chasquido que producían las carátulas al extraer los discos y en ver después cómo estos se introducían en el reproductor con un sonido mecánico.

—Solo por disfrutar del plano de ella montando en bicicleta y convirtiéndose en un alma libre en Nueva York ya merece la pena. Además —añadí—, la banda sonora es increíble.

Y, antes de que me diera tiempo a alcanzarla, escuché cómo mi amigo daba un brinco a mi espalda.

—Leo, ¡que viene Pink Tokyo a España!

—¡¿QUÉ?!

Me acerqué a él rápidamente para comprobar de qué estaba hablando. En la pantalla de su teléfono móvil aparecía una fotografía con todos los miembros de Pink Tokyo sobre un fondo rosa en el que podía leerse «European Tour».

—Julio, en el… Mierda, ¡esto es en Barcelona!

—¿«Villa Plutón»? —leí, alzando una ceja—. Nunca he oído hablar de ese sitio.

—Bueno, por mí como si tocan en mitad del Manzanares. ¡Hay que ir a verlos!

En la página web del festival una frase se repetía constantemente: «En Villa Plutón, la música y el verano pueden cambiarte la vida».

—Hostias, ¡esto pinta a planazo increíble! —gritó mien­tras yo terminaba de poner la película en el reproductor y volvía a acomodarme en el sofá.

—Ya…

—Oye, ¿por qué ese «ya» no ha sonado a «¿cuándo compramos las entradas?»?

—No sé.

—Leo, vamos a ir. No hay otra opción, ¡es Pink Tokyo!

La pantalla del televisor comenzó a mostrar las primeras imágenes de la película y las notas musicales intentaron abrirse paso a través del silencio al que yo parecía aferrarme. Ares se cruzó de brazos y me miró con ojos inquisidores a escasos centímetros, esperando una respuesta por mi parte.

—No digo que no me apetezca. Es solo que no sé hasta qué punto…

—… te apetece, Leonardo.

—No me llames así.

En realidad, era cierto que desde hacía unas semanas todo me había dejado de estimular de forma progresiva, como si un largo eclipse estuviera teniendo lugar en mi cabeza y me nublara la vista, el apetito y las ganas de hacer cosas. No quería pasármelo bien, no me lo permitía. Había dejado que la tristeza encontrara su sitio en algún lugar bajo mi pecho y que se extendiese poco a poco como un veneno al que me hubiera acostumbrado.

Una vez leí en algún libro que, cuando terminas una relación tóxica, tu vida cambia drásticamente, como si volvieras a ver las cosas tal y como las apreciabas antes de lanzarte a ese océano tormentoso. En mi caso no fue así. Yo seguía recordando su voz, como el murmullo de las olas, a pesar de haberme decidido a cortarlo todo de raíz. Algunas noches deseaba que me empapasen una vez más, deseaba desbloquear a Bruno en mi teléfono para que pudiera llamarme otra vez, y también dejar que sus manos tomasen mi cuerpo como él quisiera. Algunas noches… deseaba que se subiera a uno de esos autobuses verdes que pasaban por delante de su casa y se plantase bajo mi ventana, donde el neón de los escaparates iluminaría su rostro.

Y, sin embargo, cuando saludaba a mi reflejo cansado a la mañana siguiente, me agradecía a mí mismo no haberlo hecho. A veces lloraba; otras no. Era frustrante sentir que todo seguía aún en mi cabeza, demasiado reciente, como una puerta atrancada que el viento empuja y hace que chirríe. No terminaba de comprender cómo, aun sin estar juntos, Bruno parecía consumir mi energía de aquella forma.

—¿Te lo pensarás, al menos? —preguntó Ares con delicadeza.

Asentí, pero sin dejar de mirar a la pantalla.

—¿Podemos ver la película, por favor?

Él no se negó. Cogió el mando a distancia y subió un poco el volumen mientras Keira cantaba en un bar sobre cómo el cabrón de su ex le había partido el corazón sin importarle una mierda.

Unas semanas más tarde, mamá y yo fuimos a cenar por mi cumpleaños a Jardín Zhou, nuestro restaurante favorito del barrio. Conocíamos a la familia Zhou porque eran vecinos de nuestro edificio y alguna vez le había dado clases de lengua a Raven, la hija pequeña. Una vez nos hubieron acomodado y pedimos algunos platos para compartir, mamá me tendió una caja pequeña y ligera envuelta en papel de regalo brillante. La agité antes de abrirla, tratando de averiguar qué contenía, y después retiré con cuidado el envoltorio. Ese año no había querido pedir nada especial porque sabía que la floristería no estaba atravesando su mejor momento.

Al abrir la caja, me quedé sin palabras. Dentro había una resplandeciente pulsera ajustable con las palabras «Viaje a Plutón» grabadas en color naranja.

—¡Sorpresa!

—Pero… —murmuré, perplejo y sin poder articular ninguna frase—. Esto es… ¿Cómo…? Quiero decir…

—¡Ah! Te he pillado, ¿verdad? —preguntó soltando una risita—. He de confesarte que ha sido todo a última hora. Este año no tenía ni idea de qué querías por tu cumpleaños y me estaba volviendo un poco loca. Pero hace unos días, tu amigo Ares se pasó por la floristería para comprar un ramo y, hablando de unas cosas y otras, mencionó que os haría ilusión ir juntos a este festival con algunos compañeros de la universidad.

Tuve que contener una carcajada.

«Ares comprando flores. ¿En qué universo, exactamente?».

—Bueno, cielo. Dime, ¿he acertado?

Y aunque una parte de mí quería estrangular a mi mejor amigo por cómo había acabado saliéndose con la suya, mi madre, con los ojos encendidos por la emoción, esperaba una respuesta con entusiasmo al otro lado de la mesa.

Hubiera sido cruel destruir algo tan bello.

—Claro que has acertado, mamá. Te quiero mucho.

Así que aquí estamos, Ares y yo, en la parte trasera del coche de Joan y Carla, dos amigos con los que hemos crecido en el barrio y que ahora son pareja, camino de Barcelona.

Han pasado a recogerme muy temprano, cuando los rayos del sol apenas arañaban las cornisas de los edificios. Y aunque hubiese dado lo que fuera por poder dormir unas horas más, rápidamente nos hemos enredado en varias conversaciones para mantener a Joan despierto, ya que es el único que sabe conducir. Además, Carla se ha ocupado de preparar un tanque de café helado y una extensa playlist con auténticos temazos.

—Dentro de poco te veremos a ti abriendo los festivales, Ares.

—Buah, Carla, ojalá. De momento, en septiembre la banda tiene varios bolos en algunas fiestas y luego nos pondremos a terminar de grabar el disco.

—Ahí estaremos, en primera fila —contesta ella mientras se ajusta las gafas de sol—. Leo, ¿y tú tienes pensado algún plan? ¿Qué ocurrió al final con esa beca que echaste para irte a escribir por el mundo como un bohemio de primera?

Se me acelera un poco el pulso al escuchar su pregunta. Se refiere al Programa de Residencias Europeas para Jóvenes Talentos, un programa de becas para estudiar un curso de Escritura creativa, con todos los gastos pagados, en una universidad europea. Lo eché con toda la ilusión del mundo y sin ningún tipo de esperanza. Sin embargo, para mi sorpresa, conseguí llegar hasta la última ronda de selección. Y durante un momento —grave error por mi parte— me permití fantasear con la idea de que iban a admitirme. Pero en enero, justo cuando mis padres decidieron poner fin a su matrimonio, recibí la noticia de que no era uno de los treinta candidatos seleccionados.

Desde luego, este no tenía pinta de que fuera a ser mi año.

—Pues que no me la dieron —respondo como si fuera evidente—. Aunque tampoco contaba con ello, es muy difícil que te acepten en un programa así.

—Vaya, lo siento mucho —contesta Carla, mirándome a través del retrovisor con una expresión de arrepentimiento en el rostro.

Me doy cuenta entonces de que he sido un poco grosero, así que trato de continuar la conversación:

—De momento seguiré ayudando a mi madre con la floristería, pero…, bueno, la semana que viene tengo una entrevista de trabajo en Scorpion.

La noticia sobresalta a mis compañeros como un bache en mitad de la carretera. Ares me agarra del brazo con tanta fuerza que creo que me lo va a partir en dos.

—¡Qué dices, Leo! ¡¿Y me entero de esto ahora?!

—¡Ay! —me quejo, zafándome de él—. Suelta, que me haces daño.

—A ver, a ver, que me he perdido un poco. ¿Qué es Scorpion? —pregunta Joan—. Suena a marca de lujo, como de coches o relojes caros.

—Amor, qué bruto eres —espeta Carla sonriendo—. Deberías coger un libro de vez en cuando.

—Es una editorial, una de las más grandes —le explico—. Vi que había una vacante temporal en sus oficinas de Madrid y eché el currículum. Aunque lo más probable es que me digan que no, claro.

—¿Una editorial? —repite Joan, aún algo confuso—. ¡Ah, calla! Que a ti te gusta escribir.

—Así es, aunque se trata de un contrato temporal para trabajar en el departamento de marketing.

—Desde luego, que no se diga que Comunicación audiovisual no es una carrera versátil —contesta Carla—. Somos el comodín que mueve el mundo.

—En cualquier caso —añado—, se presentará mucha gente al proceso de selección, así que…

—Ya estamos anticipándonos al desastre —dice Ares, soltando un suspiro.

—¿Qué ocurre? —pregunto, sin entender su queja.

—Pues que eso ya está fuera de tu control, Leo —interviene Joan, sin perder de vista la carretera—. Tú ve y haz la entrevista lo mejor que puedas. ¿Que luego te contratan? De puta madre. ¿Que no? Ellos se lo pierden. Al menos lo habrás intentado.

—Eso es —afirma Carla, dándose la vuelta en el asiento del copiloto para regalarme una sonrisa—. Nunca hay que dejar de intentarlo.

Quizá tengan razón. Quizá me esté anticipando. Al fin y al cabo, es como funciona mi cerebro, tramando planes de autosabotaje que él mismo aprueba sin mi consentimiento. Pero últimamente no es que reciba demasiadas señales que me hagan pensar de otra forma, que me hagan pensar que las cosas van a salir bien.

Después de dejar las maletas en el hotel, ducharnos y comer algo en un sitio de tapas tremendamente caro, los cuatro llegamos a la entrada del festival, donde, tras un exhaustivo control policial, nos recibe un gran letrero luminoso en el que puede leerse:

En Villa Plutón,

la música y el verano

pueden cambiarte la vida

El recinto es gigantesco, para verlo todo a simple vista habría que situarse en un lugar elevado. Hay gente por todas partes hablando diferentes idiomas, y carpas de colores sobre nuestras cabezas que proyectan sombras y nos encierran en un universo propio. Existen tres áreas diferenciadas: una central, nada más acceder, protegida por una gran estructura de metal bajo la cual se encuentran los puestos de comida y venta de merchandising; el ala izquierda, al aire libre, donde están situadas las atracciones, y la zona principal, al fondo del todo, en la que los escenarios se encuentran lo suficientemente alejados entre sí para que puedan tocar varias bandas al mismo tiempo.

Por mucho que nos duela admitirlo, el viaje en coche ha hecho mella en nosotros, así que hemos decidido tomarnos el resto de la tarde con calma. Compramos unas cervezas, tratamos de cazar patitos de plástico en una de las casetas de juegos y, después, enlazamos un par de conciertos seguidos. En el primero bailamos un poco entre el público, pero en el segundo nos acomodamos en una zona con césped no muy alejada del escenario mientras disfrutamos del comienzo del atardecer. Y yo lo agradezco, porque no tengo ni idea de quién está cantando.

—Estamos hechos unos abuelos —dice Carla mientras menea la cabeza al ritmo de las notas musicales.

—Oye, ¿soy el único que está hambriento?

—Yo no, la verdad —me contesta Ares, tumbándose en la hierba—. Es que aquí se está taaan bien.

—Creo que voy a acercarme a comprar algo antes de Pink Tokyo —digo.

Los tres asienten y me alejo de allí prometiendo volver enseguida. Sin embargo, al llegar a las casetas más cercanas, observo una larguísima fila de personas extendiéndose como el cuerpo de una serpiente. Decido seguir caminando para encontrar un puesto menos saturado y, a medida que avanzo, la marabunta de gente se va dispersando hasta que me topo con una caravana que está un poco más apartada. Al acercarme al escaparate de cristal, distingo varios tipos de pizza cortados en porciones que tienen buen aspecto.

—¿Hola? ¿Hay alguien? —pregunto mientras me acerco al mostrador—. Que… ¡Quería comprar unas porciones de pizza!

Nada. Solo escucho el sonido mecánico de un pequeño cronómetro con forma de huevo apoyado junto a la máquina registradora. Tictac, tictac… Retrocedo un par de pasos y suspiro, un poco decepcionado. Pero justo al darme la vuelta para marcharme, una voz ronca emerge detrás de mí y me detiene en seco:

—Per darrere.

Sorprendido, echo de nuevo un vistazo a la caravana de rayas azules y blancas, pero allí no hay nadie.

—Per darrere, noi.[1]

Entonces reparo en un pequeño cartel pegado en la ventanilla del copiloto. Escrito con una caligrafía maltrecha, se puede leer: ZONA DE DESCANSO. Rodeo el automóvil y, al llegar a la parte trasera, encajo la voz en el rostro de una mujer sentada en una silla de tela. Está fumando y parece un poco molesta.

—Que no has llegit el cartell?

—¿Disculpe?

—Que si no has leído el cartel —repite, esta vez en español—. Estoy descansando.

Frente a ella hay una mesa con una botella de agua, un mechero y lo que parece ser una baraja de cartas. También tiene un pequeño altavoz en el que suena una canción pegadiza de Carly Rae Jepsen.

—Disculpe, no lo sabía. Solo quería comprar algo para comer.

Ella me observa de arriba abajo y da otra calada al largo cigarrillo que sostiene entre los dedos. Hay algo en su presencia que me recuerda a un personaje de una película de cine negro. Tiene un gran lunar junto a la comisura de los labios que me llama la atención, al igual que el largo cabello negro que lleva recogido bajo un pañuelo azul y los pendientes dorados, que parecen pesar una tonelada.

—Si me das cinco minutos, te atiendo. Primero, deja que me termine el pitillo… Una necesita reponer sus energías, ¿no?

—Claro —contesto, dando media vuelta.

—Espera, no hace falta que te marches. ¿Quieres sentarte mientras tanto? —dice señalando la silla desocupada que hay en el otro extremo de la mesa.

—No… no hace falta.

—Insisto.

Un poco dubitativo, acepto su ofrecimiento y tomo asiento. Junto a nosotros hay un pequeño generador eléctrico que no para de ronronear y un gato negro enroscado que duerme en la entrada trasera de la caravana. Aquí atrás, el ruido del festival queda un poco amortiguado.

—¿Cómo te llamas, muchacho?

—¿Yo?

—Tú, claro. ¿O es que ves a alguien más por aquí?

—Ya, perdone. Me llamo Leo.

—Ya lo sabía —contesta, soltando una risa desenfadada.

Alzo una ceja y ella asiente en silencio, como dándose la razón.

—¿Ya lo sabía?

—Me lo han dicho las cartas —afirma, apuntando a la baraja—. Que vendrías. Aunque te has adelantado unos minutos.

Al examinarla con atención, me doy cuenta de que la baraja es más grande de lo normal y tiene unos símbolos que no reconozco pintados sobre la caja de cartón que la guarda.

—¿Usted lee el tarot?

—Eso es. Puedes llamarme pluriempleada, si quieres. Es algo que está muy de moda en este país.

Entonces la mujer apaga la colilla en el cenicero, coge la baraja y empieza a mezclar las cartas con una rapidez asombrosa.

—Corta.

De nuevo, dudo si hacerlo.

—Se lo agradezco mucho, pero, con todo respeto, es que yo no creo demasiado en estas cosas, ¿sabe? Solo venía a por unos trozos de pizza.

—Bueno, si no crees en ello, ¿qué mal puede hacerte? —pregunta, mostrándome dos tacos separados—. Además, no tengo pensado pedirte nada a cambio. Simplemente estoy aburrida y me gustaría matar un poco el tiempo.

Al final acabo aceptando y toco uno de los montones. Ella aparta el otro y coloca tres cartas boca abajo.

—Oh… —dice mientras levanta la primera—. Dios santo…

—¿Qué ocurre?

—No has tenido tu mejor año, ¿verdad, querido?

En algún lugar he leído que el tarot es solo un juego psicológico en el que la persona que maneja la sesión trata de leer tus expresiones y de guiarte a través de sus asunciones para intentar que, de alguna manera, conectes con sus palabras. Lo primero que pienso tras su afirmación es: «¿Qué persona que esté atravesando el mejor año de su vida acudiría a una tarotista?».

—La verdad es que no.

—Lo sé, querido, lo sé… —Señala la carta que ha levantado, que muestra una torre dibujada, y después alza otra—. Hay algo en tu vida que te impide avanzar. Varias cosas, mejor dicho.

Curioso, observo cómo continúa desvelando las demás cartas.

—Dime, ¿habéis sufrido alguna pérdida en la familia últimamente?

Mi respuesta más automática es negarlo enseguida, pero algo consigue hacer que me replantee su pregunta y cobre un nuevo significado. Pienso en papá, y también escucho un portazo, que se extiende como las ondas que provoca una roca al caer al agua.

—Más o menos —contesto—. Mi padre se marchó de casa a principios de este año, aunque no sé si eso cuenta como tal.

—Por supuesto que es una pérdida. Es algo que antes estaba ahí y ya no. Querido, esto no es una ciencia exacta, ni pretende serlo. ¡Caramba…!

Con cada nueva carta, apenas me doy cuenta de cómo mi intriga crece poco a poco, deseosa de conocer sus próximas palabras. Mi espalda se arquea para observar los diferentes símbolos que ha desvelado y, por unos minutos, me olvido de qué me había llevado a su caravana.

—Piensa que siempre habrá más oportunidades para aquello que no has podido conseguir —dice—, no debes rendirte. Y… ¡Espera un minuto! —exclama, alzando una mano como si estuviese deteniendo el mundo.

—¡¿Qué ocurre?!

La mujer de mirada oscura y labios gruesos sonríe como si acabase de descubrir algo tremendamente valioso. Estoy seguro de que puede oler mi curiosidad burbujeando. Voltea otra carta y su mirada se encuentra con la mía.

—Todo eso va a cambiar muy pronto.

Un escalofrío me acaricia la nuca y consigue ponerme los pelos de punta.

—¿A qué se refiere?

—Esta carta indica fortuna, crecimiento, oportunidad. —Cierra el puño izquierdo y posa la barbilla en él—. Quizá en tu trabajo, por ejemplo.

—Yo no tengo…

Y, antes de completar la frase, recuerdo la entrevista con Scorpion.

«De ninguna manera».

Pero un súbito golpe en la mesa me devuelve a la realidad. El gato maúlla y corre hasta que desaparece en la oscuridad. La mujer ha dado una palmada y desvelado la última carta para acercármela al rostro.

—Pero bueno, muchacho, ¡tienes que prepararte para todo esto! ¡Ya viene!

—¡¿Qué viene!?

—«Qué» no, ¡quién! —Y entonces suelta una carcajada que consigue echarla hacia atrás y que, sinceramente, me hace pensar que se le ha ido la olla—. ¡El amor!

—¿Cómo dice?

La mujer recoge la baraja con cuidado y niega lentamente con la cabeza.

—Escúchame, muchacho. Debes estar atento: vas a empezar una nueva etapa en tu vida, la más importante hasta el momento. Y, además, hay alguien que está a punto de llamar a tu puerta.

—Las pizzas son quince euros. Pero, mira, ¿quieres esto? Te lo voy a regalar por haberme alegrado un poco la tarde. Yo ya estoy mayor y no tengo tiempo para malgastarlo en tonterías.

Como aún no va a empezar el concierto, he decidido desviarme un momento del camino de vuelta para acercarme hasta la zona de atracciones. Cuando alzo la vista, vislumbro una gran noria llena de luces led parpadeantes. Me llevo la mano al bolsillo del pantalón y saco un tíquet arrugado con las manos temblorosas. Me pongo en la fila y, cuando llega mi turno, se lo entrego a la mujer que está sentada a la entrada de la atracción. Ella lo rasga y me lo devuelve al momento.

—¿Vas solo?

—Eeeh… sí —admito, un poco cohibido.

—Por seguridad, tienen que ir dos personas juntas en la cabina. Puedes ir pasando mientras te busco compañía.

La cabina no es muy grande, está pintada de color azul y cuenta con un pequeño altavoz camuflado en cada una de las esquinas del techo. Una vez dentro, apoyo un brazo en el borde del hueco de la ventanilla, por el cual entra una suave brisa que alivia el calor concentrado en el asiento de metal, y pasan varios segundos durante los que me pregunto qué diablos estoy haciendo ahí.

Entonces escucho cómo unos nudillos golpean la puerta y una voz desconocida me hace volver el rostro.

—¿Se puede?

Mis ojos se encuentran con otros más claros y amables, con una mirada que hace que se me olvide respirar durante unos segundos. Debe de ser mayor que yo, rozando la treintena, y también es más alto, por lo que tiene que encorvarse un poco para no darse con la cabeza en el techo de la cabina. Su piel brilla con suaves destellos de purpurina dorada, como si fueran fragmentos de estrellas aferradas a su torso descubierto. Al sentarse frente a mí, me dirige la sonrisa más encantadora que he visto jamás.

—Ey. —Es lo único que logro articular a modo de saludo.

—Parece que soy tu copiloto —dice el desconocido con voz cálida.

—Sí —río un poco nervioso, y al momento noto cómo se me ruborizan las mejillas—, eso parece.

La atracción se pone en movimiento y yo contengo un grito de impresión. Permanecemos en silencio mientras nos elevamos poco a poco, pero enseguida empiezo a darme cuenta de que no he tenido la mejor idea del mundo subiéndome aquí. Veo los rostros de la gente cada vez más pequeños y desdibujados, y un hormigueo me recorre el cuerpo y hace que mis músculos se tensen como las cuerdas de una guitarra. Cuando la noria se detiene en el punto más alto de todos, alzo el mentón y trato de concentrarme en el horizonte para evitar pensar que estoy a mucho

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