Prólogo
Londres. Mayo de 1827
Querido Linus:
Imagino la expresión de sorpresa que debes de tener en este momento al recibir una carta de mi parte, pero lo cierto es que deseo que de una vez por todas tomes en serio las palabras de tu familia. Y cuando digo «familia» entenderás que principalmente me refiero a mí, ¿verdad? Estimo que sí, pues sabrás muy bien que tu hermano, al igual que tus hermanas, no están muy de acuerdo con esta medida.
Aun así, tus padres, en especial tu pobre madre, entendió que esta decisión es lo mejor para ti. Y, como sé que entre todas las cosas que detestas está la de leer cartas, te resumiré el asunto: te desheredaremos.
Espero que no hayas lanzado el papel por los aires, ya que, como todo en la vida, la decisión no es tan definitiva, pues, aunque sé que es muy dura y fuerte, comprenderás que lo hacemos para que las presiones que hemos puesto sobre las futuras generaciones (es decir, sobre tus hermanos, principalmente sobre Thomas) sean justas y equilibradas entre todos.
Como sea, la cuestión es que hemos decidido que no recibirás ni una sola libra como herencia e incluso dejarás de recibir dinero de la familia si, al finalizar la temporada, no te casas con una joven dama.
Pero no creas que será tan sencillo, querido Linus, pues no esperamos que contraigas matrimonio con cualquier debutante. El linaje, el apellido, la sangre y yo, en especial, exigimos que sea una muchacha de buena cuna. Como sabrás, tu desastrosa fama de libertino ha comenzado a afectar la imagen de la familia, por lo que es crucial que formes un matrimonio decente, con una joven mínimamente noble, de excelente reputación y comportamiento. Y, por supuesto, por muy interesado que suene, la fortuna de la familia a la que pertenezca es clave, pues no queremos que la sociedad crea que se ha casado contigo por la riqueza de los Wright.
En fin, como ves, tienes mucho por pensar y hacer, aunque creo que más por hacer que analizar. Dudo que te dé igual dejar de lado el despilfarro y la vida de libertinaje que llevas hace años, así que estimo que te pondrás manos a la obra.
Por supuesto que te daré unos días hasta que nos encontremos para que me extiendas una lista de las posibles candidatas y, solo cuando yo misma le dé el visto bueno, estarás en condiciones de hacer lo que mejor sabes: conquistar corazones. Y, aunque sé que no tendrás problemas en esta parte del trato, te deseo mucha suerte, querido nieto, pues ya te adelanto que, con tu fama, no será fácil acceder al «sí» de las familias.
Pero eso ya no es mi problema. Inteligencia no te falta, así que espero desde el fondo de mi corazón que logres hacer efectivo este compromiso, pues de lo contrario me veré obligada a cumplir con mi palabra, por mucho que me duela.
Espero que entiendas que no solo lo hago para ser justa con el resto de tus hermanos, sino que también lo hago por tu propio bien, por tu futuro, Linus.
Sin más que agregar, me despido con el cariño que esta abuela siempre te ha infundido.
Teresa García de Arteaga Wright
Linus Wright estrujó la carta que acababa de recibir de parte de su abuela, Teresa García de Arteaga Wright, condesa de Haworth —aquella que siempre había tenido de su lado—; exhaló el aire con violencia y se dejó caer sobre el respaldo del sillón.
No era estúpido, sabía que tarde o temprano lo presionarían para que contrajera matrimonio, pero jamás en la vida había imaginado que recibiría semejante presión por parte de la familia. Y, sin lugar a dudas, su primer pensamiento fue replicar la misiva con la promesa de mantener un perfil más bajo que no afectara el apellido, pero sabía que al hacerlo estaría mintiendo. De hecho, no era la primera vez que había sido presionado con un ultimátum, aunque sí era la primera en que su abuela, su querida abuela, lo ponía entre la espada y la pared. Y sabía de sobra que no tenía sentido pedirle compasión. Una vez que tomaba una decisión era imposible que se retractara de esta, por lo que, le gustara o no, Linus entendió que había llegado el momento y bajo circunstancias más que desafiantes.
Dejar de gozar de la fortuna de su familia, dejar de vivir con la libertad y los lujos con los que disfrutaba cada día de su destino, no era una opción viable, por lo que no tenía opción: debería casarse. Y no de cualquier manera. Su abuela había sido clara con las condiciones del matrimonio. Eso sí, que el resto de la familia se olvidara de pasar tiempo con él. Estaba de verdad muy ofendido; no quería verlos por un buen tiempo y, si se los cruzaba, no dudaría en ignorarlos.
Se levantó del sillón, se acercó hasta la pequeña mesa donde solía dejar el brandy, se sirvió una copa y la bebió de un solo sorbo. El alcohol le quemó la garganta y le recordó que no era una pesadilla, sino que lo que estaba viviendo era real. Dejó la copa sobre la mesa, se acarició el cabello castaño claro hacia atrás y, vencido, suspiró. Haría lo que su abuela le exigía, pero para ello necesitaría ayuda.
Decidido, tomó su sombrero de copa, se acomodó la corbata y, tras mirarse en el espejo los ojos azulinos, marchó directo a White’s, el único lugar donde encontraría a su gran amigo.
Sin duda alguna, si había alguien en el mundo que pudiera ayudarlo a cumplir con éxito semejante desafío, ese era su querido lord Hamilton.
Capítulo 1
Había pasado un año y Mary Herrick sabía lo difícil que sería para su hija ser presentada en sociedad.
De hecho, tras la insistencia de Emily, retrasó el evento doce meses creyendo que para el año siguiente estaría lista. Sin embargo, el instinto materno le decía que la escena del año anterior se repetiría.
Aun así, esta vez, y como condesa de Westmont, Mary debería dejar de lado su comprensión maternal para velar por el futuro de su única hija.
Decidida, subió las escaleras, se aproximó a la puerta de la alcoba de Emily y, tras acomodarse el rubio cabello, respiró profundo y abrió la puerta.
—¿Emily? ¿Podemos hablar? —inquirió lady Westmont al adentrarse en el dormitorio.
Despacio y con la calma que solía envolver a la más joven de la familia, Emily dejó de lado Evelina, el libro que la había ayudado a escapar de la realidad, y clavó la mirada celeste en la de su madre.
—Si has entrado sin siquiera haber llamado a la puerta, creo que no tengo opción, ¿verdad, madre? —preguntó con un tono tranquilo, pero que su madre reconoció punzante de inmediato.
Mary inclinó la cabeza hacia un hombro y, tras fruncir las cejas en una expresión de perdón silencioso, la miró.
Había soñado toda la vida con tener una hija hermosa, pero jamás creyó que sería de una belleza tan indescriptible. Y no era solo por el largo cabello color oro, por la piel de porcelana o la mirada celeste más calma que hubiera visto alguna vez. La personalidad de Emily era la propia de un ángel, y eso era un obsequio que la vida le había dado a Mary. De hecho, sabía por otros familiares lo complejo que era lidiar con hijas indomables. Sin duda alguna, estaba más que agradecida de haber sido premiada con una hija como lo era Emily.
Caminó hasta la cama, se sentó y suspiró.
—Perdona, hija. No fue mi intención interrumpirte, pero ya debes saber que, cuando actúo así, es porque los nervios me superan.
Medio resignada, Emily exhaló.
—E imagino que, si los nervios te dominan, se trata de un tema que a mí tampoco me agradará.
Mary la miró con compasión y Emily bufó al tiempo que se presionó los ojos.
—Lo siento, Emily, pero no tenemos opción. Hemos dejado pasar un año, y eso que a duras penas logré convencer a tu padre para que no armara un escándalo. Pero no hay oportunidad para que se repita una vez más. —Apoyó una mano sobre la de Emily—. Lo siento, hija. De verdad que lo siento mucho.
Emily se mantuvo en silencio por varios segundos. Sabía que su madre sufría tanto o más que ella al tocar ese tema, pero también era consciente de que más temprano que tarde debería enfrentar la realidad a la que ella y todas las jóvenes que entraban en edad casadera tenían que atravesar. En especial, al ser la hija de un conde.
—Padre te ha insistido, ¿cierto?
—Así es. Y, por cómo se ha mostrado, no dará lugar a réplicas.
—Lo imaginaba... —susurró.
Mary miró el rostro de su hija y el corazón se le rompió en mil pedazos. Verla sin opción le recordó su propia juventud, cuando ella misma fue acorralada por sus padres para que fuera presentada cual yegua en el mercado de caballos. Y se odiaba a sí misma por tener que hacer lo mismo con la niña de su vida. Pero así eran las reglas de la sociedad a la que pertenecían y ni ella podía hacer algo al respecto.
—Sé que es difícil. Créeme que lo sé, pero no es tan malo como piensas. Después de todo, no solo encuentras un compañero para el resto de tu vida, sino que además contarás con la fortuna de formar tu propia familia. Y, si tienes la maravillosa suerte que tuve yo, tendrás la posibilidad de tener una hija como la que tuve yo —sonrió.
Emily suspiró con una sonrisa amarga.
—Lo sé, madre, lo sé. Pero es que... —Tragó saliva para deshacer el nudo que se le había formado en la garganta y respiró profundo para no quebrarse como solía hacerlo—. Es que tú sabes lo que en realidad yo deseo y...
—Sé que quieres casarte por amor —la interrumpió—, pero, aun cuando eso no ocurra, quiero que entiendas que es posible ser feliz. Sin ir más lejos, me tienes a mí de ejemplo. Aprecio a tu padre, lo quiero, y él a mí. Y hemos formado una familia hermosa. No podría estar más agradecida por ello.
Emily observó a Mary y, aunque la sonrisa indicaba que no era una mujer infeliz, la mirada sin brillo expresaba con claridad que tampoco era feliz.
—Gracias, madre. Pero no es solo eso. Ya sabes, mi timidez no será de gran ayuda y, si tan solo pudiéramos dejar pasar un año más, estoy segura de que yo...
—Chisss, ya no sigas, Emily —soltó al tiempo que se puso de pie. Caminó hasta la ventana y clavó la vista en el verde campo de Alovary Hall, la casa que más disfrutaban en Hertfordshire—. Sé cómo sigue tu discurso y, por mucho que me gustaría darte el visto bueno, sabes que no puedo. Esta vez no, Emily. —Se giró para mirarla directo a los ojos—. Nos guste o no, esta temporada serás presentada.
Un intenso escalofrío recorrió la columna de Emily al ver la triste determinación en los ojos de su madre. Sabía que no h
